Capítulo 21: Que ella sufra. Y que él la repudie después.
Pasados veinte minutos, George salió de la cocina con un cuenco humeante en las manos, seguido por las dos chicas. Inmediatamente, todos arrugaron la nariz ya que, el mejunje verduzco y espeso que había dentro del recipiente, expandió un olor nauseabundo por toda la sala. Lo depositó en la mesa, con cuidado. Y Hermione hizo que Harry se sentase en una de las sillas, frente a este. La castaña tomó un poco de la pasta e hizo ademán de extenderla por una pequeña zona de la herida.
—¿Tenemos bezoares en casa? —preguntó a Molly, inquieta.
La mujer negó con la cabeza, tristemente.
—En cuanto te lo unte, si has sido expuesto a veneno, la mezcla se volverá de un rojo brillante. Y si no lo has sido, nada sucederá —explicó a su mejor amigo, con mirada de preocupación—. Sólo detecta veneno, no el peligro del mismo. Así que, si nos indica que has sido envenenado, lo mejor es que, inmediatamente después, te traslades a San Mungo para que los sanadores te traten con urgencia.
Él asintió con un leve ademán de la cabeza para hacerle entender que la había comprendiendo y respiró hondo. Ginny permaneció a su lado, mordiéndose los labios con temor e impaciencia.
—Hazlo —le ordenó, resuelto.
Y ella no se hizo esperar más.
Cuando la poción entró en contacto con la herida, Harry reprimió un espasmo de dolor, mientras el resto de la familia se agolpó a su alrededor para conocer el resultado de primera mano. Pasados unos segundos, el brebaje siguió mostrando el mismo color pantanoso que al principio. Hermione sonrió abiertamente suspirando, aliviada. George se abrazó a Angelina, sin poder frenar otro suspiro de alivio; coreado por el de Ron, quien no se molestó en ocultar el miedo que había pasado. Los señores Weasley se abrazaron también, ya más tranquilos.
—Bueno... Esta vez no han intentado acabar conmigo —el moreno afirmó, sonriente y triunfante, sin dar importancia a lo sucedido.
Ron lo traspasó con una mirada asesina. Y Ginny rompió a llorar, viniéndose abajo tras los nervios y el miedo que habían atenazado todos los músculos de su cuerpo.
—Vamos, Ginny... No ha pasado nada —Harry intentó consolarla torpemente—. No llores por semejante tontería.
—¿Y cuántas veces, según tú, he de creer que estoy apunto de perderte, para poder permitirme el lujo de llorar? —le reprochó, con los nervios a flor de piel, taladrándolo con una mirada indignada—. ¿Quieres a tu lado a una mujer que sea fuerte, pase lo que pase? ¡Pues te has equivocado conmigo, Potter! ¡Yo también soy humana! ¡Aunque no lo parezca!
Al escucharla, Harry sintió que su corazón se partía. Se levantó de la silla, decidido, para que los ojos de ambos se encontrasen a la misma altura.
—Nena, nena, mi vida… Perdóname, por favor… Perdóname —le suplicó, intentando acariciarle la mejilla.
Pero fue ella quien acarició su mejilla herida, con sumo cuidado. Y se abrazó a su cuerpo con ímpetu pegándose aún más a él, con todas sus fuerzas.
—Amor, vas a mancharte. Deja que antes me quite de encima toda esta sangre…
—Me da igual, si me mancho. Cállate de una vez y abrázame.
Él la abrazó, desesperado.
—Ginny, es sólo que, en todos estos años, te he visto llorar en tan pocos momentos, aún teniendo tantos motivos para hacerlo… Y en apenas dos semanas, por mi culpa, ya has llorado en tres ocasiones. Me sorprende y, si he de serte sincero, me inquieta. —Buscó sus ojos, para mirarla con ternura.
—Será que tú eres mi punto débil —ella afirmó, mostrando una sonrisa ácida, aún enfadada.
Él, dolido, giró el rostro hacia otro lado.
—Tú eres toda mi fuerza —se apresuró a añadir, tomándolo por la barbilla con suavidad para hacer que la mirase de nuevo—. Pero también eres mi mayor debilidad. Harry, sabes perfectamente lo que estoy intentando decirte —insistió, a sabiendas de que él estaba totalmente de acuerdo con ella.
—Lo sé. Si tú… si te perdiese, no sé qué sería de mí.
Angelina se separó de George, para ir a la cocina a limpiar el tinglado que habían montado durante el repentino proceso de fabricación de la poción. Pero antes de marcharse, miró a sus cuñados con incredulidad.
—Nunca he sido capaz de entender cómo habéis podido pasar todo un año separados —declaró, con cierto tono de reprimenda en la voz—. Pero ahora, lo hago aún menos.
—Porque son una pareja de idiotas —George, quien había decidido acompañarla aseguró, divertido.
Ella dio a su novio una colleja cariñosa. Y él rió alegremente.
—Ya podemos estar tranquilos —Arthur declaró, animado—. Hijo, será cuestión de que te cures ese rasguño —sugirió a Harry, con amabilidad.
—Eso, es cosa mía —Ginny ordenó, tajante.
Y tomando a Harry de la mano, lo arrastró tras ella hacia el cuarto de aseo.
—Es maravilloso. Maravilloso — Molly afirmó, enternecida—. Verlos así…
—Lo es —su marido le dio la razón, abrazándola por los hombros—. La vida de ambos ha dado un vuelco en tan sólo dos semanas. Yo creía que jamás volveríamos a verlos juntos. Y mira ahora…
—Ellos nunca debieron separarse —Ron aseguró, molesto.
—Quizá sí —su padre objetó, con voz solemne—. Si ahora están más unidos que nunca, quizá sea porque son perfectamente conscientes de qué han estado apunto de perder.
Hermione se abrazó a Ron, envuelta en un mutismo emocionado. Y él correspondió a su abrazo sin dejar de mirar a su padre, pensativo.
Oooo HP oooO
La rubia caminó rápidamente, cautelosa, por el estrecho y mugriento callejón que la conduciría a su destino. No temía que alguien la descubriera en un lugar tan despreciable para ella, pues tenía bien claro lo que pretendía hacer. Y nada, ni nadie, conseguiría interponerse en su camino para conseguirlo. Pero que la vieran con él, —o entrando en aquella casa cochambrosa, casi en ruinas, de donde ella se había marchado sin mirar atrás hacía tanto tiempo ya y que se había esforzado tanto por ocultar, al igual que su origen humilde—, daría al traste con la imagen de opulencia que, tanto sus padres como ella, se empeñaban en mantener con tesón. Tan sólo la oveja negra de la familia, aquel muchacho bohemio y demente que le había tocado en desgracia como hermano, se empeñaba en alardear de sus paupérrimos orígenes.
En cualquier otro momento, Beatrice Blacksoul se habría mantenido bien lejos de aquel absoluto perdedor. Pero en esta ocasión lo necesitaba; y cómo. "Qué ironía", pensó.
Apresuró el paso y pronto llegó ante la puerta de la casa, que se caía en pedazos; tanto que, por un momento, dudó si golpear la aldaba, no fuese que la puerta —o la casa entera-— fuese a derrumbarse sobre su cabeza. Desechó aquel pensamiento con un ademán de su mano y golpeó con firmeza. Inmediatamente, supo que alguien la estaba espiando desde el otro lado de la puerta, por los pasos, firmes y pesados, que hubo escuchado cada vez más cerca de sí. Pero esta tardó en abrirse, todo el tiempo en el que ella mantuvo su postura firme y orgullosa.
Momentos después, un hombre joven y bien parecido, aunque extremadamente delgado —su varonil belleza apenas distinguible a través de un pelo largo y lacio que cubría la mayor parte de su rostro, del mismo color que el suyo, y una barba de dos semanas pulcra pero desaliñada— le indicó que entrase en la casa, con un ademán exageradamente refinado. Se notaba que estaba disfrutando enormemente con aquella situación.
—¡Qué grata sorpresa! ¡Beatrice! ¡En persona! —el hombre escandalizó, girando a su alrededor para observarla con aparente detenimiento e interés—. ¿Qué tripa se ha roto y, a quién, para que tú te dignes a regresar a nuestra humilde morada?
—Esta es tu casa, no la mía —respondió con frialdad, dirigiendo una mirada de asco a su alrededor.
—Pasa a la sala de visitas, por favor. Y ponte cómoda. ¿Quieres un té? ¿Pastas, quizá? —le ofreció, burlesco, disfrutando sin parar de las muecas de completa desaprobación que ella no se molestó en ocultar.
—No pienso entretenerme aquí más tiempo del necesario, que es bien poco. Quiero que se lo hagas a ella: a Ginevra Weasley. Sabes perfectamente de quién te hablo —exigió sin rodeos, con voz altiva.
El hombre enarcó una ceja y la observó, aparentemente confuso.
—Que le haga, ¿el qué? —preguntó, fingiendo no comprenderla.
Pero la suspicacia con la que brillaban aquellos ojos de mirada casi felina hacía pensar todo lo contrario.
—¡Conmigo no puedes fingir, Benjamin! ¡Sé que eres tú quien está violando a todas esas chicas! — le gritó, acusadora, perdiendo la paciencia—. No me importan tus motivos; aunque los conozco de sobra. Ni estoy aquí para juzgarte. Lo que hagas con tu vida, me resulta completamente indiferente. Sólo quiero que ella sufra. Y que él la repudie después —concluyó, decidida a todo para conseguir su propósito.
—¿Él? ¿Quién? —expresó una ignorancia genuina al preguntar.
—Harry Potter, por supuesto —dejó claro, alzando los brazos, exasperada, como si aquella duda estuviese totalmente fuera de lugar—. Esa mosquita muerta ha irrumpido, de nuevo, en la vida de Harry y le tiene absorbido el cerebro; estoy segura de que con alguna poción amorosa. Y él es sólo mío. ¡Mío! ¡Yo estaba apunto de conseguirlo! —afirmó, más airada por momentos.
Benjamin la observó enarcando una ceja, totalmente sorprendido. Al escuchar el nombre de Potter, su interés por las frases pronunciadas por su despreciable hermana se había multiplicado de un modo exponencial.
—¿Weasley vuelve a ser la novia de Potter? —Apoyó la mano en su barbilla, pensativo—. ¿Cómo es que esta imbécil no me lo ha contado? —preguntó para sí, con ira e indignación repentinas.
—¿Quién?
—Eso, a ti no te importa, hermanita. Y... ¿qué gano yo con todo esto?
Un profundo desdén se intensificó en la mirada que su hermana le dedicó.
—¿Qué te parece: que no te delate? Hace mucho que tengo completa certeza de que tú estás detrás de las agresiones perpetradas a todas esas chicas vinculadas al Departamento de Seguridad Mágica por parentesco. ¿Quién más está al corriente de que la muerta te dejó por él? —le preguntó con obviedad, desafiante—. Tuve mucha suerte al enterarme por casualidad: tú llorando, rebajándote ante papá, en busca de consuelo… Qué tierno… —aseguró, mostrando todo el cinismo que fue capaz de reunir.
Al notar cómo todos los dedos de las manos de su hermano se crispaban, al igual que su rostro, en un rictus de infinita ira, por un momento creyó que él la sometería al mismo trato que a todas aquellas infelices a las que había violado. Pero el hombre se limitó a fulminarla con una mirada asesina, en absoluto silencio, disfrutando al mantenerla en vilo durante unos interminables segundos. Finalmente sonrió con condescendencia.
—Voy a complacerte: haré pasar a Weasley un rato que jamás podrá olvidar —él aceptó con sencillez—. Sólo porque, hacerlo, beneficiará a mis propósitos de un modo en que tú ni siquiera eres capaz de imaginar. Por fin voy a conseguir la venganza que tanto he ansiado. ¡Esto es providencial! —gritó, entusiasmado.
—Estás como una cabra —afirmó con hastío.
—No hace falta que me recuerdes cuánto me quieres, adorada hermanita —respondió, con sarcasmo —Y no me importa en absoluto. Aunque, en este caso, acabas de hacerme un favor impagable. ¡Gracias!
La abrazó de forma impetuosa, mostrando una sonrisa radiante que, en su caso, le asemejó a un cínico payaso.
—¡Déjame!
Se zafó de la presión de sus fuertes y esqueléticos brazos con malos modos y abandonó la casa rápidamente. Mientras, él se doblaba en brutales carcajadas.
Aquel hombre continuó riendo y riendo hasta dejarse caer, rendido de agotamiento, en un viejo y ajado sofá.
COMENTARIOS DE LA AUTORA
Este capítulo lo dedico a everard71, no sólo por haber añadido este fic a sus Favoritos. Sino que también por haberme añadido a mí a sus autores favoritos. Y por haber añadido algunos de mis otros fics sobre Harry Potter a sus fics favoritos. ¡Gracias! De todo corazón.
Agradezco, también, a denisetrampetti que haya añadido este fic a sus Favoritos y a sus Alertas.
Con cariño.
Rose.
