—He bordado la audición —les digo a Hina y a Rin mientras me meto una cucharada enorme de chocolate en la boca.
Estoy sentada en mi cama, con las piernas cruzadas y debatiéndome entre ir un par de horas al gimnasio o acabarme la tarrina entera de helado. Qué leches, ya lo quemaré cuando vaya. Lo de hoy es una emergencia emocional en toda regla.
—Entonces ¿te importa explicarnos por qué te estás metiendo entre pecho y espalda más azúcar del que hay en la fábrica de Willy Wonka?
Rin se recoloca las gafas de leer y me mira, visiblemente preocupada. Sabe cuál es mi situación con Itachi; supongo que Hina le ha advertido del estado en que se encuentra la loca de su compañera de habitación y por eso lleva todo el fin de semana de guardia, vigilando al huracán Sakura.
—Mmm, me gusta ese libro —murmuro, y meto la cuchara en el helado.
Seguro que tengo una pinta patética: un pijama raído con más agujeros de los que me gustaría contar, el pelo sin lavar por tercer día consecutivo, y montañas y montañas de azúcar a mi alrededor.
El azúcar no te suelta una bomba del tamaño de Texas y encima por internet.
El azúcar no te evita ni ignora tus llamadas.
El azúcar no tarda tres días en enviar un mensaje en el que solo pone «estoy ocupado».
Así que, claro que quiero que nos dejen en paz, a mi azúcar y a mí, pero no sé por qué últimamente me rodeo de gente que se preocupa por mí y que nunca me dejaría recorrerme todo el campus a la carrera en pleno subidón de azúcar.
Los buenos amigos no permiten que sus amigos metan la pata y encima desnudos.
Estoy segura de que me tienen aquí encerrada con llave y ahora pretenden someterme a una especie de terapia. No saben que lo mío no solo vende más que la revista Vogue, sino que todo el grupo Condé Nast al completo se las vería y se las desearía para competir con mis números.
—Entonces ¿Tenten te ha dicho que tienes posibilidades de entrar en el equipo?
Me encojo de hombros. En mi mente la audición y todo lo que ha venido después están un poco borrosos.
Me ha acompañado Hina para animarme, pero el veredicto me lo han comunicado en privado. Por lo visto, no lo he hecho del todo mal y además no suelo compartir mis resacas con todo el mundo a través de las redes sociales como sí hacen las otras novatas, así que de momento la cosa pinta bastante bien. Me han dicho que me mandarán un correo electrónico a lo largo de la semana, pero me he fijado que algunas chicas del equipo ya me sonríen y me saludan como si fuera una más. Algo es algo.
—Seguramente sí, pero ya os he dicho que podría torcerse todo por culpa del rumor.
Es extraño, porque cuando se descubrió que Itachi y yo estábamos juntos, la gente de las fraternidades me trató como basura, y ahora que creen que ya no estamos juntos, su reacción es aún peor.
¿Qué hago con ellos?
Curiosamente, lo que me preocupa no es la relación con mi novio. En el fondo sé y estoy convencida de que Itachi jamás me rompería el corazón de esa manera, que preferiría suicidarse antes que provocarme semejante dolor.
Pero aunque lo sepa no puedo evitar estar enfadada. Tengo una idea más o menos clara de lo que está haciendo Itachi y muchas ganas de coger un avión hasta Nueva York y practicar con Karin mis nulas habilidades de ninja, porque ha sido ella la que lo ha empezado todo. Se acabó mi intento de ser una buena persona porque, al final, me ha acabado estallando en la cara.
Hina sacude una mano, como quitándole importancia a mis problemas.
—Por favor, te sorprendería lo popular que te estás haciendo. Hasta ahora eras la chica misteriosa por la que el quarterback del equipo bebía los vientos y, de repente, se preguntan por qué niega vuestra relación. Según el último rumor que he oído, es porque le has roto el corazón y ahora todos los tíos del campus quieren enrollarse contigo.
Creo que voy a vomitar. He perdido el apetito con tanto rumor y tanta especulación, así que guardo el helado que queda en la nevera y me tomo un momento para tranquilizarme.
—Esto es como en el instituto pero peor. Antes al menos tenía la esperanza de huir donde fuera, básicamente aquí, pero ¿ahora? ¿Qué viene después? ¿Un máster? ¿Los estudiantes de máster también cotillean?
—Cariño, alégrate de que esto te pase en la universidad. En cuanto se acerque el final del semestre, iremos todos tan de culo que la gente no tendrá tiempo ni para inflarse de café en el Starbucks.
A Rin se le escapa la risa.
—Hina tiene razón. Mientras yo me ahogo entre tanto libro, ellos sacan tiempo libre para estas cosas. ¿Cómo lo hacen? —pregunta señalando los cientos de dólares en libros de texto que hay repartidos por toda la habitación.
Tiene razón. Entre las clases, el trabajo y las horas de estudio por la noche, no te queda demasiado tiempo libre, y menos para dedicarlo a diseccionar vidas ajenas.
—El problema no son ellos, Sakura. Dime, ¿has intentado hablar con Itachi?
Me acurruco debajo de las mantas y me tapo hasta la nariz porque, de pronto, estoy temblando.
—No me coge el teléfono ni me devuelve las llamadas. Ya sé que cree que su misión en la vida es salvarme, pero me parece...
—¿Absurdo? —propone Rin.
—¿Totalmente ridículo? —interviene Hina.
—Una idea de mierda. —Termino la frase y, no sé por qué, pero las tres nos echamos a reír.
Me gusta reírme, hacía tiempo que no lo hacía, y con estas dos a mi lado siento que puedo olvidarme del absurdo plan de mi novio, aunque solo sea un segundo.
Seis días después de la reveladora entrevista en la web de la ESPN, aún sigo recibiendo llamadas de familiares y amigos. Cómo no, Temari, Ino y mi hermano están que echan chispas. Los tres han vivido el momento álgido de la Sakura zombi y temen que vuelva a pasar por eso, pero yo les aseguro que estoy bien. Saben que las palabras de Karin podrían provocar un efecto dominó porque Itachi es como un adicto al «Hágalo usted mismo» en lo que a percepción de mi seguridad se refiere: siempre quiere encontrar la manera de que me sienta más protegida, más segura, más cómoda.
Creo que al final se le olvida que no es un abrigo para el invierno, sino mi novio, mi media naranja.
Pero es tan testarudo que me saca de quicio. No pienso obligarle a confesar, no después de lo lejos que ha ido, así que dedico mi tiempo a concentrarme en clase, a tomar los apuntes más exhaustivos de mi vida y a empollar unas cuantas horas al día en la biblioteca. Aún no sé nada de Tenten, pero dijo que necesitarían al menos una semana para concretar los detalles y decidir a qué novata arrebatarle los sueños.
Con pensamientos tan agradables como estos, me dirijo hacia la oficina de la profesora Clinn a recoger un trabajo que hice para su clase de literatura británica. Esta vez no tengo las mariposas en el estómago de otras veces; me dejé la vida en este trabajo y estoy muy orgullosa del resultado. La clase de la profesora Clinn es una de mis favoritas porque tiene una forma de enseñar muy interesante que invita a participar. De hecho, es la única clase en la que me atrevo a hablar sin miedo a hacer el ridículo.
Por eso me siento especialmente mal cuando me pone el trabajo delante y veo un «Suf ↓» dentro de un círculo rojo. Durante un par de minutos, creo que me niego a parpadear o a respirar. Las letras que cubren toda la página empiezan a mezclarse las unas con las otras, pero esas tres me miran fijamente y yo no puedo apartar la mirada.
Madre mía, ¿alguna vez me habían puesto una nota tan baja?
¿Y tenía que ser precisamente ahora, en mi primer semestre en la universidad, justo cuando la seguridad en mí misma se desploma más rápido que las ventas de Juicy Couture?
—P-pero... tiene que ser un error —tartamudeo como puedo, y empujo el trabajo de nuevo hacia la profesora Clinn, que me observa con lástima en la mirada.
Sabe que me he esforzado mucho, que a veces era la única persona que venía a verla en horas de oficina para pedirle su opinión. De pronto, me empiezan a escocer los ojos, pero me niego a ser la niñata que se pone a llorar delante del profesor.
Dios, ni siquiera yo soy tan patética.
—Me temo que no, Sakura —responde con un suspiro—. He intentado señalarte todo lo que hacías mal cada vez que venías a verme, pero por lo visto no has sabido captarlo. La verdad es que me ha decepcionado mucho tu trabajo, pero solo porque esperaba más de ti.
Y la situación no hace más que empeorar.
Paso las páginas con gesto tembloroso. Hay tantas correcciones que parece que haya más tinta roja que negra. Con la cantidad de horas que he dedicado a investigar y repasar la información una y otra vez, ¿cómo es posible que me haya puesto un suficiente bajo?
Esto podría cargarse la nota media de mi expediente. De pronto, el equipo de baile y el periódico del campus me parecen sueños imposibles.
—¿Puede decirme exactamente qué he hecho mal? Porque, la verdad, he puesto todo mi empeño en este trabajo.
La profesora me vuelve a mirar como si se compadeciera de mí.
—Lo has enfocado mal. Esta es una clase introductoria y, por tanto, no pedía una investigación revolucionaria sobre Austen. Pero te reconozco el esfuerzo. Ni siquiera los estudiantes más veteranos invierten tal cantidad de tiempo y trabajo, pero la cuestión es que no has entendido lo que se te pedía. No quería que investigaras, Sakura, sino que mostraras alma y originalidad en el resultado. Quería escuchar tu voz a través de las páginas de tu trabajo y lo único que has hecho es citar y repetir lo que ya se ha dicho y hecho antes. Te ha faltado creatividad.
Genial, vamos, teniendo en cuenta que quiero licenciarme en filología inglesa. Lo bien que nos va a ir a mi falta de creatividad y a mí.
Siento que las paredes de la oficina se me vienen encima. Quiero rebatirle sus argumentos; de hecho, lo que me apetece ahora mismo es montarle una escenita y decirle que se deje de chuminadas. ¿Por qué no me dijo nada cada vez que le enseñaba un nuevo borrador? Qué quería, ¿engañarme para luego tirar a la basura tantas horas de trabajo y decirme que con mis mejores intenciones no basta? Cojo mi trabajo de encima de la mesa y salgo disparada hacia la puerta. Me tiemblan las piernas. Ya hablaré con ella cuando esté mejor, quizá le proponga que me deje reescribirlo o hacer otro partiendo de cero para compensar la nota, pero ahora mismo o salgo de aquí o acabo metiéndole la cabeza en la pecera.
Por una vez, tomo la decisión correcta y me voy.
Decir que he tenido un par de días bastante duros es quedarse corto. De hecho, creo que al próximo que me mire como si acabaran de atropellar a mi perro le pego un tiro. Rin me ve entrar en la habitación y se aparta de mi camino. Me dirijo hacia el armario como un ariete y me pongo la ropa de deporte. Sé que le he prometido a Naruto que no me dejaría controlar por la rabia, al menos no mientras esté haciendo ejercicio, pero o salgo a correr ahora mismo o me encierro en la habitación a llorar durante días. Atravieso la puerta, seguida de cerca por la ausencia de Itachi y el peso que supone saber que, por primera vez en mi vida, he sacado una mala nota. No sé adónde ir, Naruto estará con algún cliente y me echará del gimnasio en cuanto me vea.
Al final, decido coger el coche y dar una vuelta. Qué más da que sea el coche de Itachi y que a cada segundo me asalten su olor y los recuerdos que hemos compartido aquí dentro. Apago el móvil, lo tiró al asiento de atrás y selecciono una lista de reproducción en el iPod solo para mantener la cabeza ocupada. Sé perfectamente que una mala nota no significa que se acabe el mundo, aunque alguien debería haberme avisado de que eso es exactamente lo que se siente.
La he pifiado en mi clase favorita. ¿De verdad quiero saber cómo me ha ido en las otras?
Creía que mis notas eran lo único con lo que podía contar, que estudiar era algo que tenía controlado, y, ahora que ni siquiera me queda ese consuelo, me siento perdida.
Estamos en noviembre y ya han caído las primeras nevadas. Hace más frío del que pensaba y no llevo el atuendo adecuado para soportarlo. Enciendo la calefacción y pienso brevemente en el rumbo que está tomando mi vida, pero me resulta tan deprimente que subo el volumen de la música y me pongo a cantar a pleno pulmón.
Ayuda, aunque tampoco demasiado.
Paso de una lista a otra mientras conduzco en círculos hacia ninguna parte. Hay una clase de paz interior asociada a la libertad de perderse en uno mismo. Es decir, ya que he tocado fondo, ¿por qué no disfrutarlo mientras pueda? Mañana volveré a ser la Sakura de siempre, la niña buena que siempre hace lo que debe.
No vuelvo a la residencia hasta pasada la medianoche. Estoy helada porque he tenido que buscar un sitio en el que aparcar el coche. Itachi lo dejó aquí para que yo pudiera usarlo y no tuviera que ir a buscarlo a su apartamento. Por cosas como esta me cuesta creer todo lo que se dice de nosotros.
Aun así, me saca de quicio que no quiera hablar conmigo.
Ya estoy un poco más tranquila, se me ha pasado el disgusto por lo de la nota. En cuanto pueda, iré a hablar con la profesora Clinn para suplicarle que me dé otra oportunidad.
Estoy absorta en mis pensamientos, así que cuando me dirijo hacia las escaleras, no me doy cuenta de que hay alguien sentado en los escalones, esperándome. El sonido de mis pisadas lo ha puesto sobre alerta; se levanta y ahí está, delante de mí, después de pasarse toda una semana ignorándome.
—Gracias a Dios —exclama, y baja corriendo las escaleras para estrecharme entre sus brazos.
Me quedo totalmente inmóvil, abrumada por la sensación de sorpresa. Itachi está aquí y me está abrazando. Dios, está aquí. Ha enterrado la cara en mi hombro, así que su voz suena amortiguada.
—¿Dónde estabas? Llevamos horas buscándote. Te has llevado mi coche... No tenía ni idea, Saku... ¿Adónde has ido?
Le cuesta respirar, se nota que le preocupaba que me perdiera, pero en cuanto lo abrazo me golpea una ola de rabia y un cansancio inimaginable.
—He tenido un día de mierda —murmuro contra su pecho.
Me abraza aún más fuerte, como si no quisiera soltarme nunca más.
—Ya lo sé, bizcochito. Vamos, deja que yo me ocupe.
Ya no me queda ni energía para protestar. Le dejo que me arrastre hasta su coche como si fuera una muñeca de trapo y esta vez él se sienta al volante.
¿Qué le digo?
—Puedo explicártelo... —me dice, porque se ha dado cuenta de que me interesa más mirar por la ventana que preguntarle cómo le ha ido la semana.
—Un poco típico, ¿no? Yo de ti intentaría ser más original.
Suspira y no dice nada más. Cuando llegamos a su casa, aparca el coche y nos dirigimos hacia la entrada en silencio y sin cogernos de la mano. En el apartamento no se oye ningún ruido, lo cual es señal de que su compañero de piso no está. Me dirijo hacia su habitación e intento que no se me cierren los ojos. Aquí estoy a gusto, rodeada de cosas que me son familiares.
Abro la puerta del armario, me pongo una de sus camisetas y me meto en la cama.
Aún no hemos intercambiado ni una sola palabra.
—Mañana, ya hablaremos mañana —me dice mientras se desnuda y se mete
en la cama en calzoncillos.
Tumbado boca arriba, tira de mí hasta que mi cabeza descansa sobre su pecho, mis brazos sobre su barriga y mis piernas se enredan entre las suyas.
No sé si asiento o si simplemente me quedo dormida.
