Capítulo Veintiuno
La primera impresión que tuvo fue que estaba delirando. Después de tres meses, le costaba creer que fuera él. Mas cuando su mano apartó un poco su cabello, pudo ver con atención que no estaba equivocada, era él. ¡Era Hao! No tenía la más mínima duda. Lo que no tenía en su cabeza es cómo había llegado a eso, ¿por qué? No lo entendía. Ni tampoco el temor que parecía tener ante su contacto.
Comía casi desesperado, con el trozo de galleta desapareciendo en sus dedos.
No lo podía dejar ahí, simplemente su corazón no le permitía semejante barbarie.
—Ven…—dijo suave, tomándole su mano.
Él volvió a encogerse.
—Soy yo, no te haré daño—dijo agachándose aún más—Estarás bien, te lo prometo.
El olor era difícil de ocultar, incluso cuando permitió que le tomara la muñeca, no dejó de expedir ese nefasto aroma. Tuvo que retener su respiración, cuando poco a poco le ayudó a levantarse. Él se encogió de inmediato al dar el primer paso. No llevaba un zapato y podía ver varias heridas en sus pies. Entonces le pidió que se sentara un momento en la banca. No le costó trabajo averiguar que tenía un vidrio clavado, por eso la limitante en su andar.
—Voy a quitarlo, dolerá un poco.
Él no respondió, estaba tan ofuscado y débil.
Pero al retirar el fragmento, escuchó su quejido, incluso alcanzó a cerrar su puño por el dolor. Estaba sangrando un poco, pero era moderado. Quitó la pequeña pañoleta de su cuello y realizó un pequeño vendaje. Eso fue suficiente para parar la hemorragia. Quizá lo más difícil vendría ahora, en que tendría que auxiliarlo para caminar.
Eran las cosas difíciles del amor.
Tomó un respiro, antes de levantarlo y apoyarlo en su hombro. A pesar de que su constitución era más ligera, él era alto, y ella no era tan fuerte. Como pudo llegó al coche, pese a todas las miradas curiosas y de desagrado que encontró a su paso. No los culpaba, ella apenas toleraba el aroma. Sin embargo, eso no cesó su objetivo y lo ayudó a subir al asiento trasero, donde volvió a recostarse.
No tuvo más remedio que llamar a su madre.
—¡Hola, linda! ¿Cómo te lo estás pasando? —respondió de inmediato.
—Bien, solo hablaba para decirte que regresaré a Londres unos días.
—¿Por qué? ¿Pasa algo?
De inmediato sus sentidos de alerta se activaron.
—En realidad, no, sólo quiero pasar por más ropa y a revisar un trabajo con Sara.
—Comprendo, maneja con cuidado—dijo despidiéndose de ella—No olvides estar aquí el domingo.
—Claro.
Encendió el auto y abrió todas las ventanas. Fue la hora y media más eterna que pudo haber vivido. Su cabeza no dejaba de pensar en todas las dificultades que pudo pasar para terminar de ese modo. Incluso, aunque se había prometido ser fuerte, no pudo evitar derramar un par de lágrimas por él. Su aspecto era más que deplorable. Él era fuerte, incluso el doble de lo que era ella, verlo así sólo le partía el corazón.
Estacionó la camioneta en el estacionamiento subterráneo. Para su fortuna, el cajón frente al elevador estaba vacío. Así que no dudó en dejar el auto en ese sitio. Tomó aire de nuevo, antes de dirigirse al asiento trasero. Nadie estaba en guardia Ni siquiera el portero. ¿Cómo conseguiría llevarlo sin que se cayese?
Tomó sus manos y lo despertó, lo incorporó y le pidió que la abrazara. Apenas pudieron salir de la camioneta. Después regresaría para subir los vidrios, ahora importaba que llegaran a su departamento. Tenía ganas de vomitar, no podía negarlo, pero resistió hasta llegar al tercer piso. Era el colmo que ni siquiera Horokeu estuviera en su sitio, como siempre de chismoso.
Tuvo que maniobrar demasiado para abrir la puerta y una vez dentro, se dirigió a su recámara sin fijarse en mayores detalles. Lo recostó en su cama y salió al estacionamiento de nuevo por su bolso, asegurándose de cerrar correctamente el auto. Su ropa era un desastre por obvias razones. Sin embargo, eso apenas iniciaba.
Marcó de nuevo su teléfono, le pidió a Pilika si podía ir a su casa. Ella argumentó que estaría mañana temprano ahí, ya que se encontraba en un curso en Oxford. Como lo dijo antes, nadie conocido a la vista. Tomó una bolsa de basura y se dirigió a su habitación. Era claro lo débil que se encontraba, porque ni siquiera se había movido de su sitio. Encendió el aromatizador para al menos disipar un poco el fétido olor.
Comenzó por el zapato, luego desabrochó el pantalón y lo deslizó por sus piernas. No tenía nada en los bolsillos, así que lo desechó de inmediato, no sin hacer una mueca de asco. Subió más y cortó la playera que lo cubría. Ahí notó que el cuerpo al que estaba acostumbrada ya no estaba, él estaba sumamente delgado. Podía ver los golpes en su torso, incluso uno bastante evidente en su costilla izquierda. Lo que no esperó ver fue las marcas en su brazo, producto de agujas.
—Prepararé el baño—dijo apenas audible.
Comenzó a llenar la bañera con agua caliente. Lo dejó a un nivel bajo. Después comenzó a llenar dos cubos de agua con la misma temperatura. Necesitaría bastante agua para devolverle la suavidad a su cabello sedoso. Juraba que a veces él tenía mejor cuidado de su aspecto físico que ella, por eso no se explicaba esa situación. Ni por qué tenía esas marcas.
—Está lista…
Él apenas consiguió abrir los ojos, cuando ella le ayudó a pararse de nuevo. Para su fortuna, esta vez era mucho menor el recorrido. Aun así, había llevado una silla para que él pudiese sentarse u apoyarse. Aunque le sirvió más a ella para terminar de desvestirlo. Fue raro para ella no ver esa parte erecta en él. Quizá la situación se tornaría erótica si él tuviera la más mínima intención de hacerlo.
—No vayas a resbalar—le susurró.
Él asintió, dejándose guiar.
Consiguió sentarse, más porque la bañera era pequeña que porque él tuviera la entereza para mantener esa postura. Suspiró y mojó una esponja con agua de jabón, pasándola por su cuerpo. Hao permitió todo el contacto sin quejas, incluso respiró aliviado con los primeros baldes de agua caliente que cayeron en su cuerpo. El agua paso de ser negra a estar cada vez más transparente.
El cabello representó un reto, por lo enredado y todo lo que traía encima.
—Solo tengo lavanda—le comentó, enjabonando su larga cabellera.
—Sí…
Se habían bañado juntos antes, pero esto representaba un grado de intimidad que no había tenido con él. No hubo un solo rincón de su cuerpo que no tocara, incluso en su entrepierna, dedicó bastante tiempo en su limpieza, aunque no sabía si lo estaba haciendo en forma correcta. Usualmente, era él quien enjabonaba su piel. No pudo evitar que la tristeza regresara a sus facciones.
No se supone que sintiera algo por él, a pesar de que todavía lo quería de ese modo.
Pero de algún modo, sus sentimientos eran más fuertes. Una vez que el agua de jabón se fue, llenó la tina de nuevo con agua caliente. Eso pareció relajarlo, al grado de apoyar sus brazos a cada costado.
Mordió sus labios, antes levantarse y desabrochar el vestido. Él la miró, sin ninguna reacción. Luego se despojó de su ropa interior y el sostén. Y entró con él a la bañera. El agua se derramó, mas eso no la limitó para sentarse en medio de sus piernas. De repente él suavizó su semblante, pudo ver en sus ojos una chispa de calor. Tomó la regadera de su costado y comenzó a mojar su cabello, mientras él la miraba embelesado.
También necesitaba el baño, aunque bien pudo hacerlo por separado.
Su cintura estaba bien cubierta bajo el agua, mas no sus senos, que se humedecían con el agua extra. ¿Por qué lo hacía? Quizá porque sabía que no la tocaría, aunque quisiera. No tenía la energía para hacerlo. Sumergió sus manos hasta tocar sus rodillas y recorrió su extensión hasta su ingle.
Eso sin duda le hizo soltar un gran suspiro.
Se acercó a él, hasta besar su frente y se hincó a centímetros de él para volver a tomar la regadera. Sintió su respiración contra su piel, apenas por debajo de su pecho. Pasó el jabón en forma directa sobre su cuerpo, mientras Hao miraba callado sus movimientos. Atento a la forma en que la espuma bajaba por su piel nívea. Atento al sutil subir y bajar de sus pezones rosados. Aquellos que él adoraba mordisquear y que se atrevió a pellizcar mientras él era solo un mero observador.
Realizó esa maniobra en ambos senos.
Luego, se giró y sentó en medio de sus piernas.
—Aun circula sangre por tu cuerpo….—describió al sentir su hombría crecer.
Sus manos descendieron hasta ese punto, que no tardó en acariciar con suavidad. Él jadeó, dejando caer sus manos a la bañera. ¿Era su forma de castigarlo? Ya no sabía. Era como si su cuerpo operara en otra dirección. Cuando minutos atrás hasta lloraba por su condición. Y ahora incluso se aprovechaba de su poca movilidad.
Paró sus acciones, dejado ir un largo suspiro, tomando sus manos y rodeando su propia cintura con ellas. Sus palmas se abrieron, percibiendo por primera vez el contacto con su piel.
—Debemos salir—le indicó, sacando con el dedo del pie el tapón de la bañera.
Dejó sus manos a su costado y tomó una toalla de la silla. Se giró para comenzar a secarlo, mientras él solo miraba con atención sus acciones. Incluso palpando su erección. Colocó la toalla ahí, mientras ella salía primero, envolviéndose en una bata.
Salió del baño y quitó las ´sabanas sucias de su cama. Acomodó nuevas y sacó de ahí todo rastro de sus ropas viejas. La única fortuna, es que él mismo había dejado ropa ahí, al menos ropa deportiva, de las pocas veces que permaneció en su casa después del gimnasio. Giró para entrar al baño, pero lo vio caminar muy lento, apoyándose de la pared.
Se acercó para auxiliarlo. Ninguno dijo nada. Sólo le ayudó a cambiarse de ropa y luego se recostó, mientras ella también seleccionaba algo de su armario para sí. Él estaba agotado, aun así, seguía despierto.
—Pilika vendrá mañana…. ¿prefieres que te lleve a un hospital?
Pero él negó con la cabeza.
—Agua…—murmuró apenas audible.
Por supuesto, seguro estaba deshidratado. Claro, que como no había estado ahí durante semanas, se consideró afortunada de encontrar una botella de agua. Ni siquiera como para prepararle una sopa instantánea. Regresó a su cuarto, inclinándose para que él pudiese beberlo. Se acabó la botella entera.
—¿Quieres más?
Él negó la propuesta.
—Bueno…. Lo que sí necesitas es lavarte los dientes—dijo rolando los ojos—Te traeré un recipiente.
Él sonrió, mientras ella pensaba en toda la situación. Jamás le dio referencia de algún familiar o qué hacer en caso de un incidente. Tras terminar su aseo, lo dejó dormir. Seguía teniendo sus propias dudas. Pero era claro que apenas podía hablar. No le contaría en ese momento toda su tragedia.
Volvió a marcarle a Pilika, la primera cosa que le sugirió su amiga fue dejarlo morir. Después en su condición de médico le sugirió que solo bebiera cosas liquidas a fin de no saturar su estómago. Ninguna de las dos sabía a ciencia qué tan mal estaba su estado. Ciertamente estaba pálido y no tenía más fuerzas, más allá de las esenciales. Aunque lo que más le preocupaba eran las marcas en sus brazos, los golpes, las cicatrices. Tenía muchas de ellas.
—Llegaré temprano, pero que ni crea que le saldrá barata la consulta.
Volvió a la cama, recostándose frente a él. Mientras apartaba su cabello castaño del rostro. Apenas pudo resistirse, cuando lo abrazó. Él, apenas reaccionó, rodeando su cintura. En otras ocasiones la habría desnudado. Pero desde que mencionó aquella estúpida palabra, pareciese como si tocarla le quemara. En realidad, no se había dado cuenta de la falta que le hacía, hasta que lo sintió abrazarla.
Tal vez al día siguiente la rechazaría de nuevo o le saldría con otra tontería, ya no sabía qué esperar de él.
Fueron sólo algunas lágrimas que derramó, mientras el sueño llegaba sin mayor disimulo. En punto de las nueve, el timbre sonó. Más de tres veces escuchó el repique de la estúpida campana. Se incorporó con esfuerzo, mientras escuchaba el sonido en el baño.
Se levantó, alcanzando la bata de seda negra.
Escuchó el leve toque en la puerta y seguido de una conocida voz.
—Anna, soy yo, Hao—dijo con total claridad—Abre, sé que no quieres hablar conmigo, pero…
Sus manos temblaron, incapaces de reconocer sus propios movimientos. Hasta que sintió una mano cubrirle la boca y otra capturar su cintura. El movimiento los hizo a ambos caer. Pero ni ella misma opuso resistencia al efecto que un par de palabras suponían su realidad.
—Calla….—susurró a su oído—No le digas nada.
Sus ojos miraron de reojo al hombre, que agitado, seguía sosteniéndola.
—Por favor.
Asintió, permitiéndole ponerse de pie. Mientras él intentaba gatear para alejarse del centro de atención. Una vez que abrió la puerta, más dudas se dispersaron en su cabeza. Porque no habría modo de alucinar dos veces.
—He venido a… traerte esto—indicó el castaño—Jeanne dice que olvidaste recoger tu agenda personal.
Mas la única certeza que tenía en mente era: que existía más de un Asakura.
Continuará
Notas de Autor: Hola de nuevo. Lo sé, dirán que de nuevo no puedo dormir por las horas en que actualizo. No sé no me quise atrasar y aprovecho mis desvelos para escribir un rato. Lo que pasa es que a veces duermo en las tardes. No se si les pase que incluso ya no saben ni que dia es ni los horarios son los mismos. Así justo me pasa a mí. De la historia, wow, muchos ya se lo intuían. Sí, es Yoh. Yoh apareció por fin en la historia. Esto fue uno de lso puntos que modifique del libro. Porque mas bien, ahí no aparecía nadie y siento que para cerrar bien el personaje de Hao. Es super indispensable confrontar su pasado, que es el que le ha traido traumas. No solo el amor. Muchas gracias por todos esos reviews tan bonitos. Son mi orgullo y mi motivación para sentarme a escribir todos los días. Quuiero dedicarles este capitulo y bueno a ver si les gusta. Que les parece. Creo que esto ya va agarrando forma interesante.
