Notó que el brazo del profesor se alejaba de ella y se aferró con más fuerza. De pronto todo se volvió negro, y la chica empezó a percibir una fuerte presión procedente de todas direcciones. No podía respirar, como si unas bandas de hierro le ciñeran el pecho. Sus globos oculares empujaban hacia el interior del cráneo, los tímpanos se le hundían más y más en la cabeza, y entonces…
Aspiró a bocanadas el aire viciado del interior de un edificio y abrió los llorosos ojos. Se sentía como si lo hubieran hecho pasar por un tubo de goma muy estrecho. Tardó varios segundos en darse cuenta de que Hogwarts había desaparecido. Snape y ella estaban de pie en el rellano de su piso.
Rebuscó en su bolso hasta que encontró las llaves. Al entrar en su piso vacío lo encontró todo tal y como lo había dejado. Con un gesto le indicó al su acompañante que podía pasar y entraron juntos.
- No es el palacio de Buckingham, pero es un hogar. – Dijo ella.
El profesor Snape miró a su alrededor, quería soltar algún comentario mordaz, pero no se le ocurría nada. Comparado con su casa en la calle de las Hilanderas ese humilde piso era sin duda mucho mejor.
- Necesito un tiempo para poner en orden mi vida aquí. Así que si quieres puedes ir donde quieras. – Le dijo la chica.
- Como quieras. Si no tienes que moverte por el mundo mágico y no me necesitas, me iré. Volveré por la tarde.
El profesor parecía más seco de lo normal si eso fuera posible. Dio media vuelta y se desapareció.
Johanna por su parte se puso manos a la obra, tenía muchos cabos que atar y mucho que preparar. Antes de irse les había pedido a los elfos domésticos que le mandaran a casa una caja con los aparatos electrónicos que se había llevado la escuela y donde no funcionaban. Colocó todo en su sitio e hizo una lista de lo que le haría falta comprar en el callejón Diagón, empezando por un baúl. No quería dar la nota con su maleta de ruedas. Tenía pensado comprar todo lo necesario por la tarde, en cuanto volviera el profesor.
Se pasó la mañana organizando cosas y haciendo llamadas. Tenía que llamar a sus padres y contarles que le habían ofrecido una beca anual para viajar por el mundo y aprender cocina internacional. Sus padres se tomaron mejor esta historia que si hubiera tenido que explicarles lo que iba a hacer en realidad. No le gustaba mentirles, pero así era más fácil para todos. Puesto que la directora se había encargado de modificar los recuerdos de sus compañeros de trabajo, no tuvo que inventarse ninguna excusa para ellos. En un momento se acercó al supermercado más cercano para comprar algunas cosas para la cena, tenía pensado dejar al murciélago callado con su excelente comida.
A medio día pidió comida al chino de debajo de su casa. Poco después se oyó un fuerte "CRAK" en la entrada, seguido de la llamada del timbre. Johanna abrió la puerta. No se sorprendió al ver a Snape al otro lado, se apartó para dejarle pasar y se fijó en que tenía los ojos enrojecidos. Le miró extrañada y se fijó que en la manga del traje tenía una extraña mancha de un polvo amarillento. Parecía polen pero por qué tenía polen en el traje. Tras unos segundos de reflexión Johanna levantó la cabeza asombrada y le miró a los ojos.
- La has ido a ver ¿Verdad?
- No es asunto tuyo.
- Tienes razón. – Respondió la chica con seriedad en su rostro.
Severus estaba bastante sorprendido de que la chica no aprovechara esa oportunidad para burlarse de él y a compasión reflejada en sus ojos le hacía enfurecer.
- Bueno, no me habrás hecho venir para nada. A donde tenemos que ir. – Dijo el hombre con brusquedad.
- Pues la verdad es que necesito cosas de Hogsmeade. – Y añadió pensativa. – Un baúl, unos cuantos libros y una jaula y comida para Loki.
- ¿Para quién? – Preguntó sorprendido.
- Loki, mi búho.
El profesor contuvo, con mucho esfuerzo, una carcajada. Realmente esa chica era asombrosamente estúpida. Quién llamaba a su mascota con el nombre de dios embaucador de la mitología nórdica. Entonces lo recordó, exactamente la misma persona que llamaba a su enorme perro sarnoso, Black.
- Si quieres ir al callejón Diagón deberíamos cambiarnos de ropa. – Dijo severus.
Johanna entró un momento en su habitación para salir con la túnica violeta que había comprado en Hogsmeade hacía un mes. Al salir vio que su profesor ofrecía e aspecto de murciélago habitual y suspiró con resignación. Había sido agradable (por decirlo de alguna manera) verle con algo que no lo hiciera parecer un cura de la inquisición.
- Vamos, no hay tiempo que perder. – Le dijo el hombre mostrándole su brazo de nuevo.
Johanna se agarró con fuerza y en el acto tuvo la espantosa sensación de que pasaba por un estrecho tubo de goma. No podía respirar y notaba una presión casi insoportable en todo el cuerpo; pero entonces, justo en el momento en que creía que iba a asfixiarse, las tiras invisibles que le oprimían el pecho se soltaron y se halló de pie en medio de un callejón ruidoso y oscuro donde no pasaban ni los gatos.
Juntos y sin dirigirse la palabra se adentraron en el Caldero Chorreante, para acceder al callejón Diagón desde el patio trasero de la taberna.
Sus compras no se demoraron más de lo estrictamente necesario. El profesor estaba extremadamente incómodo y más arisco de lo normal. Solo se calmó cuando entraron en una tienda de ingredientes de pociones. El vendedor, un viejo encorvado que les miraba a través del mostrador con sus ojos vidriosos, saludó a Severus de forma cordial y le ofreció un montón de ingredientes y potingues que le habían llegado recientemente. El profesor declinó las ofertas una tras otra con una educación que Johanna nunca le había visto y que le parecía del todo anti natural.
Tras un par de horas de compras ambos volvieron a aparecerse en el apartamento de la chica.
- Snape.
La chica había empezado a hablar, pero el profesor la interrumpió con brusquedad.
- Profesor Snape, si no te importa.
La chica puso los ojos en blanco en señal de reproche. Pero en el fondo se sintió aliviada de que volviera a ser el Severus Snape de siempre.
- Está bien, profesor Snape. – Remarcó la palabra "profesor" mordazmente, acompañada de una mirada burlona. – Le quería preguntar si se le apetecía cenar. – Remarcó cada palabra para que sonara exageradamente gentil.
- La verdad es que no. – Respondió él.
- En realidad me da igual. Voy a hacer la cena y si quieres comer bien y si no también.
No dijo nada más y se dirigió a la cocina. Se puso manos a la obra para preparar su famosa receta de solomillo Wellington.
Mientras la chica estaba en la cocina, Severus se había sentado en el sofá, con tan mala suerte que había encendido la televisión al sentarse encima del mando a distancia. Tras pelearse con el mando unos minutos consiguió apagarla. De pequeño había tenido un televisor en casa, pero de aquello ya hacía mucho tiempo y los recuerdos de aquella época permanecían muy bien guardados bajo llave. Miró hacia la cocina para comprobar que su alumna no lo había visto hacer el ridículo con la tecnología muggle. Johanna estaba absorta totalmente concentrada en lo que tenía entre manos. A Snape le recordó a la actitud que tenía en clase de pociones. De total concentración, completamente aislada en un rincón de su mente donde nada ni nadie le podían molestar. Eso era algo que le fascinaba de la chica aunque no se lo iba a reconocer ni a sí mismo.
Johanna preparó la mesa, sacó un par de copas y destapó una botella de vino. Cuando la cena estuvo servida avisó a su descortés invitado. Los dos cenaron sin hablar y se terminaron la botella de vino entre los dos. Snape saboreaba cada bocado de la cena. Le pareció una comida espectacular, digna de los elfos domésticos de Hogwarts. Cuando terminaron Snape hizo la primera cosa amable desde que se conocían. Con un par de hechizos dejó la mesa recogida y los platos limpios. Johanna lo miró sorprendida.
- Pensé que pretendías envenenarme, pero resultó que eres una cocinera aceptable.
Johanna sonrió por dentro. Había conseguido lo que quería.
- Espérate aquí un momento. – Le dijo la chica.
Entró rápidamente en la habitación y salió con unos vaqueros rotos de hombre y una camiseta blanca. En algún momento aquella ropa había pertenecido a alguno de sus exnovios y había quedado olvidada en un cajón de su cuarto.
Con media sonrisa le entregó la ropa a su profesor.
- Toma, ponte esto. – Le dijo. – Te voy a llevar a un sitio que te gustará y con la ropa muggle que traías darías un poco el cantazo, no queremos asustar a todo el mundo.
El profesor cogió la ropa que le estaba ofreciendo la chica y la observó minuciosamente.
- ¿Por qué tengo que ponerme unos pantalones estropeados? – Preguntó
- No están estropeados, se llevan así. – Dio la chica. – Pero claro, viendo lo que llevas habitualmente está claro que no entiendes nada de moda. – Añadió con un deje de ironía en su voz.
El profesor se mostraba reacio a hacer lo que la chica le pedía, pero finalmente accedió de mala gana. Mientras el profesor se cambiaba, Johanna se puso una falda y unas botas negras.
- Venga, vamos. – Le dijo la chica señalando la puerta, al salir de su habitación.
El profesor se había puesto la ropa que la chica le había dado. Se le notaba incómodo y malhumorado. Johanna era consciente de que seguramente Snape había tenido un día emocionalmente bastante duro y por eso había controlado su mordacidad hacia él. Por su parte, el profesor, parecía haber hecho lo mismo. Se encontraban en una pequeña tregua no pactada que les facilitaba la convivencia forzada.
- Si vestirme de muggle sin hogar es alguna clase de broma retorcida…
Antes de que Severus pudiera seguir hablando, Johanna le cortó.
- No te negaré que verte hacer el ridículo con una indumentaria inapropiada no sea algo que se me apetezca ahora mismo. Pero dadas las circunstancias, tengo que decirte que lamentablemente este no es el caso. Te voy a llevar a un sitio donde suelo ir y que siempre me hace sentir mejor.
- ¿Dadas las circunstancias? ¿Qué te hace pensar que necesito que me hagan sentir mejor? – Intervino el hombre irritado.
- Por una vez, haz caso a alguien que no seas tú mismo y ven conmigo.
Johanna abrió la puerta y salió al rellano. Tras unos segundos vio como su profesor la seguía a regañadientes.
Mientras andaban por el oscuro callejón, Snape no paraba de tocarse la camiseta y los pantalones con enojo. Andaba con las piernas demasiado separadas, cómo si el tacto de los pantalones le produjera urticaria. A Johanna le parecía una imagen muy graciosa y no podía evitar esbozar una sonrisa cuando le miraba de reojo. La verdad es que sin su habitual túnica negra, el profesor, mostraba un aspecto mucho mejor. A pesar de su edad no estaba en baja forma y eso se podía apreciar mucho mejor sin tantos quilos de tela negra encima.
Hicieron el breve recorrido en silencio. Al llegar a la esquina, Johanna, le hizo una seña con la cabeza y entró en un antro oscuro y un poco lúgubre. Había unas cuantas mesas desperdigadas ocupadas, en su mayoría, por hombres que bebían solitarios. Al fondo de la pequeña estancia había una barra ennegrecida. Detrás de ella un hombre de mediana edad con greñas canosas y abundante barba dejó uno de los vasos que estaba limpiando para saludar a la chica.
- ¡Cuánto tiempo chica! – Exclamó. – Pensaba me habías cambiado por un bar de cócteles sofisticado.
- Sabes que nunca te abandonaría, Frank. – Dijo la chica sonriente. – Es solo que he estado fuera de la ciudad, hoy solo estoy de paso.
La conversación entre el tabernero y la chica despertó la curiosidad de los clientes del local. La mayoría de los hombres habían perdido el interés por la bebida que tenían en la mesa y miraban con curiosidad a la chica. Esta se sentó en uno de los taburetes libres en la barra y Snape hizo lo mismo.
- Te veo bien acompañada. – Le dijo Frank mientras le servía un wiski con hielo.
- No te hagas una idea equivocada. Es solo un conocido que también está de paso.
Esta afirmación hizo levantar la curiosidad del hombre que tenía sentado al lado, quien totalmente ebrio la miraba con lujuria. Snape se dio cuenta de que el hombre no apartaba la mirada de las curvas de la chica, pero no intervino. Ni era problema suyo, ni le importaba lo más mínimo.
- ¿Y a ti que te pongo? – Le preguntó Frank a Snape.
Este, sin saber muy bien qué responder, optó por una respuesta fácil.
- Lo mismo que ella, por favor.
- Marchando un wiski doble con hielo. – Dijo animadamente.
Entonces Snape se percató de la mirada de asombro de Johanna.
- ¿Por favor? ¿Severus Snape sabe pedir las cosas por favor? – Preguntó con sarcasmo.
- Algunos tenemos educación. – Respondió el secamente.
Tras ese breve intercambio de palabras estuvieron unos minutos bebiendo en silencio, lo que el hombre de al lado aprovechó para empezar una conversación con la joven. Tenía el pelo negro despeinado y barba de tres días. A medida que la conversación avanzaba, las proposiciones del hombre se volvían cada vez más directas. Snape, quien no se había perdido detalle del diálogo cada vez estaba más crispado sin saber por qué. En el momento en que el hombre le puso una mano en el muslo a la joven, el profesor no pudo aguantarse más. Puso un billete muggle encima de la mesa y agarró a la chica por el brazo, para llevársela a rastras de aquél sitio.
Ya en casa, Johanna se soltó con rabia.
- ¿Se puede saber que estás haciendo? ¿Quién te has creído que eres? – Dijo ella furiosa.
Tenía los ojos y las mejillas enrojecidas de ira.
- Mi trabajo es mantenerte a salvo mientras estés fuera de Hoggwarts. ¿A caso crees que me agrada salvarte de terminar tirada en una cuneta violada por un maníaco? – Respondió él con un deje histérico en su voz.
- ¿Se puede saber de qué estás hablando? No sé cómo será esto en el mundo mágico, pero entre muggles, si dos personas se atraen y se les apetece se pueden enrollar sin compromiso y sin terminar en una cuneta. A ver si el maníaco vas a ser tú por pensar esas cosas.
Johanna estaba encendida y Snape furioso. La tregua había terminado.
- Perdona por no saber que los muggles sois cómo conejos.
Snape estaba enfadado con ella y consigo mismo. El impulso que le había llevado a sacar a la chica de aquél antro fue un recuerdo fugaz de su padre ebrio, maltratándolos a él y a su madre.
- Pues mira, puedes compararme con un conejo si eso te hace sentir mejor, pero no pretenderás que me pase nueve meses sin compañía masculina, sin haberme podido desahogar.
El profesor la miró atónito y fue entonces cuando recordó que la chica había pedido una segunda copa y se estaba dando cuenta de que le estaba haciendo efecto.
- Entonces, profesor… ¿Me vas a compensar por espantar a mi presa? – Dijo ella con una sonrisa pícara agarrando la camiseta del hombre que permanecía estupefacto ante la escena.
Él la apartó con brusquedad y nervios mal disimulados.
- Es verdad. – Empezó la chica. – Que los muggles te damos asco. ¿O acaso me rechazarías porque no soy pelirroja? – dijo cínicamente.
Eso enervó aún más al profesor que apretó los puños para no abofetear a la muchacha. No iba a caer tan bajo como el bruto de su padre, pero la chica no se lo estaba poniendo fácil. Ella seguía mirándole con ojos desafiantes, respirando agitadamente haciendo que su pecho se moviera arriba y abajo rítmicamente acompasado con su respiración. El hombre bajó la mirada descuidadamente y la chica se percató del gesto. Sonrió y se acercó un poco más al profesor.
- ¿Quién es ahora el degenerado? Por lo que veo no eres tan diferente al hombre del bar.
- Eres más ingenua de lo que creía si de verdad crees que alguien tan vulgar cómo tu puede llegar a despertar en mi nada que no sea desprecio.
Tras decir eso él mismo se dio cuenta de lo absurdo que sonaba esa mentira en su cabeza. Claro que la chica le parecía atractiva, ya se había fijado en ella el día que la vio en el lago, y volvió a fijarse en su cuerpo cuando fue a su despacho tras el baile. Tampoco era verdad que solo despertara en él desprecio, en realidad le producía más curiosidad que desagrado e incluso alguna vez se había sorprendido pensando en ella. Pero todo eso no era motivo suficiente como para dejarse llevar. Había demasiadas cosas en contra. No se lo merecía, era demasiado mayor, era su profesor y además ella lo odiaba. Si le estaba diciendo todo aquello era para molestarlo o por pena. Intuía que la joven sospechaba dónde había estado aquella mañana y por eso lo había tratado con condescendencia hasta que él la había sacado del bar. Lo más seguro es que lo aborreciera y le diera pena a partes iguales cómo le había pasado con todo el mundo. Pero, y si se estaba equivocando y dejaba pasar la oportunidad de ser feliz. Tras pensar eso se serenó, él no merecía ser feliz, amar a Lily sería su penitencia para el resto de sus días.
Cómo si le hubiera leído la mente, Johanna, que se había serenado, se sentó en el sofá mirando de frente al profesor.
- Mira, solo te lo diré una vez. – Empezó a decir la chica con un tono mucho más calmado. – Por bien o por mal Lily ya no está y aun que creas que murió por tu culpa, ya es hora de que pases página. Supéralo.
Johanna lo contemplaba con una mezcla de sentimientos en su interior. En un momento de la discusión, cuando más enfadada estaba, pudo notar la aflicción que agitaba la mente del profesor. Sin saber cómo, se dio cuenta de la carga que era para él la muerte de esa mujer y cómo nunca abandonaba sus pensamientos. Aquello le provocó una punzada de dolor. Y le hizo darse cuenta de que había un poco de humanidad en aquél hombre que creía totalmente insensible. Aborrecía cómo al mismo tiempo le atraía y le detestaba.
Ante tan inusual cambio de actitud todos los sentidos de Severus se pusieron alerta. No era posible que la chica hubiera usado la legieremancia en él, un oclumántico capaz de vencer en eso al mismísimo Lord Voldemort. Por otro lado, ¿Cómo se explicaba ese cambio de actitud y que sacara a relucir el tema de Lily? A todo eso tenía que sumarle otro factor. ¿Por qué no se había molestado al oír a la chica nombrar a Lily? Las dudas asaltaban la mente del profesor y no era el único que estaba confundido. Agotado se dejó caer en el sofá al lado de Johanna. Los dos se miraron sin pronunciar ni una palabra. Severus se perdió unos segundos en la inmensidad azul de los ojos de la chica, no era el verde de Lily, pero no tenían nada que envidiarle. Johanna, por su lado no despegaba la mirada de los ojos de su profesor. Negros como el carbón, parecían dos pozos sin fondo dónde perderse. Tras varios minutos, Johanna rompió el silencio.
- ¿Crees que eres el único que vive atormentado por sus malas decisiones? ¿El único que siente el vacío de la soledad cada día al levantarse y al acostarse?
Tras esas palabras lo tomó de la mano y lo condujo a su habitación. Él la siguió abatido, sin oponer resistencia.
La habitación estaba en penumbra. Al llegar a los pies de la cama, Johanna soltó la mano de Severus y se sentó en la cama. Él permaneció inmóvil contemplando a la chica que se había quitado la blusa. Ante la pasividad del profesor ella se le acercó para quitarle la camiseta. Él no respondió ante su iniciativa pero tampoco opuso resistencia, siguió allí parado como una estatua de mármol. Johanna se sorprendió al descubrir que, bajo la ropa, el cuerpo del hombre era fibroso. Con la yema del dedo fue perfilando cada uno de los surcos de sus marcados abdominales sin que él se inmutara. Al llegar al botón de los vaqueros, lo desabrochó, haciendo que cayeran hasta los tobillos. La chica empezó a besarle el cuello, dándole pequeños mordisquitos. A medida que avanzaba en su recorrido hacia el ombligo notaba como la piel de su peculiar estatua de mármol se calentaba y poco a poco dejó de estar inmóvil. Entre sus piernas podía apreciarse una creciente erección. Al percatarse, Johanna sonrió con picardía al mismo tiempo que lo atraía hacia ella hasta quedar prisionera entre el hombre y la cama.
Al darse cuenta de la situación, Snape titubeó e intentó liberarse del agarre de la chica. Pero no pudo.
- - Vacía tu mente. – Le susurró, la chica, al oído. – No te preocupes, esto no está pasando y nunca volveremos a hablar de ello. Así que relájate y déjate llevar, como si esto solo fuera un sueño. Bueno o malo eso lo decides tú.
Cómo si de una contraseña se tratara, aquellas palabras desencadenaron la fogosidad del profesor. Se deshizo de las prendas que le molestaban y despojó a la chica del resto de prendas que le cubrían el cuerpo.
Johanna intentaba ocultar sus nervios detrás de una sonrisa burlona. Tenía miedo de lo que iba a suceder a continuación. Durante unos segundos, él se dedicó a mirarla, comiéndose su cuerpo con los ojos. Al cabo de un rato empezó a tocarla, primero suavemente, luego con más energía. Severus era un hombre fuerte y un poco descortés, pero en ningún momento le hizo daño. Parecía que había transcurrido una eternidad antes de que las manos del hombre llegaran por fin a sus pechos. Acarició la piel delicada hasta que la sintió erizarse. Johanna estaba ruborizada y sin aliento, sentía el corazón desbocado en el pecho. Entonces Snape le sostuvo el rostro con ambas manos y la miró a los ojos con el semblante serio.
- - Ya no hay vuelta atrás. – Le dijo sin parar de tocarla.
Snape la levantó y se la colocó encima de su vientre, ella estaba totalmente desnuda y desde aquél ángulo él podía disfrutar del esplendor del cuerpo de la joven. Johanna volvió a ruborizarse y él siguió tocando cada parte de su cuerpo. Cuando Johanna estaba a punto de llegar al clímax él la penetró enérgicamente haciendo que la chica gimiera de placer. Tras varias embestidas, el hombre ahogó un gemido de placer y se quedó inmóvil de nuevo mirando al techo. Su respiración agitada se acompasaba a la de la chica, que despacio se levantó dejando a su profesor solo en la cama.
