Extraña encrucijada

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Capítulo 22

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—Es un muchacho simpático. Creo que estaba algo decaído —dijo con gesto curioso.

Bura quedó estupefacta.

—¿Qué? ¿Lo conoces?

¿Cómo podía ser eso posible?

—Sí, hace un rato se acercó a mí y me hizo preguntas. Fue extraño que lo hiciera de la nada, pero no me molestó.

—¿Qué preguntas? —se apresuró a preguntar.

Gokú se quedó un momento pensativo.

—Pues… Me preguntó si mi trabajo contigo era muy pesado, si debía encargarme de muchos atacantes, y otras cosas como…

Bura lo seguía escuchando, pero, al mismo tiempo, su mente trabajaba para entender por qué él se había acercado a Gokú. No había mucho para adivinar o inferir. Era demasiado evidente. Al parecer aquel muchacho insistente no se había resignado. Al igual que ella. De pronto se vio reflejada cruelmente en aquel muchacho rubio y de cabellos largos, elegante y que parecía un príncipe de cuentos de hadas. Muchas hubieran matado por estar en el lugar de Bura Brief. Y ella, antes, se hubiera sentido muy dichosa. Allen Schezar ya no tenía reputación de casanova desde hace mucho tiempo. Bura había escuchado que finalmente se había enamorado y que se estaba reservando para la mujer que le había robado el corazón. ¡¿Qué clase palabras eran esas?! No eran propias de Allen. Y, sin embargo, a Bura le dolía. Era estúpido. Todo aquello le parecía la estupidez más grande. Pero lo entendía. Y ella era la mayor estúpida de toda aquella estupidez.

Allen Schezar, así que te diste cuenta. Y ahora que lo hiciste, ¿seguirás insistiendo pese a lo que te dije? Sí, porque somos muy parecidos.

—Ya veo —se limitó a decir.

Los ojos de Bura se pusieron algo melancólicos. De verdad Allen y ella se parecían demasiado. Y por eso le dolía lo que él sentía.

Gokú parpadeó.

—¿Qué te pasa? ¿No debí hablar con él? Pensé que tu madre solo invitaba a tu fiesta a personas que les agradaran a ambas.

Estaba un poco fresco allí en el patio de la Corporación Cápsula. Ella debió de haber traído un abrigo con ella. La fiesta era divertida, pero luego de hablar con Allen y de rechazarlo por quién sabe cuanta vez, de pronto se sintió un poco mal. Gokú todavía seguía siendo su guardaespaldas aún luego de más de un año, así que seguía siguiéndola a todos lados por órdenes de su madre debido a que no hace mucho Naraku había enviado a más hombres para secuestrarla. Afortunadamente no pudieron porque ella ya no era la misma, y Gokú seguía haciéndose más fuerte también.

—¿Te dijo su nombre?

—Mhm… Sí, espera que me acuerde… creo que se llamaba Alan… Alan Shar…

—Allen Schezar —aclaró ella.

—¡Sí! Ese era su nombre —dijo con una sonrisa.

—¿Sabes? Allen se me ha declarado muchas veces. No solo él, también otros pretendientes.

—¿Ah sí?

Y Gokú seguía como siempre: sonriendo como un niño risueño. No le afectaba en lo más mínimo lo que le estaba diciendo. De vez en cuando, a la hora del entrenamiento, ella intentaba sorprenderlo, pero nunca pudo. Gokú a veces se dejaba golpear voluntariamente para mostrarle a ella lo que estaba haciendo mal. Pero solo eso. Y algunas veces Bura no pudo evitar tener el impulso de tomarlo desprevenido para robarle un beso. Qué patético. Jamás lo hubiera imaginado antes. Es solo que no podía evitarlo. Era más fuerte que ella. Sin embargo, Gokú siempre tenía la guardia alerta. Era algo natural en él. La única oportunidad que tuvo de acercarse más a él fue casi un año atrás, pero usó esa oportunidad para poder golpearlo en el estómago. Fue la única vez. A partir de ese momento él nunca más se dejó caer en otra trampa. Qué mala suerte.

Y ahora había sucedido lo de Allen. Otra vez se le había declarado. Seguía insistiendo. No se rendía. Y a ella le dolía. Ella estaba en la misma situación.

—Allen está enamorado de mí, Gokú.

—Entiendo.

—Pero yo sigo enamorada de ti.

Él no dijo nada. Solo miró el cielo estrellado. Era una noche fresca y el plenilunio parecía brillar más de lo normal.

Siempre era lo mismo. Bura había entendido hace mucho tiempo la peculiar forma en cómo él evitaba hablar sobre todo lo referente a los sentimientos que ella sentía por él. Era algo discreto, pero demasiado evidente al mismo tiempo. Gokú se las ingeniaba para cambiar de tema sin que pareciera muy brusco o se aprovechaba de su fama de despistado para hacerle creer a Bura que no captaba cuando ella le decía que lo amaba. Bura tenía una personalidad fuerte, bulliciosa y demandante igual que su madre. Era directa con lo que quería, pero con Gokú era diferente. Le costaba ser directa, y la timidez que no tenía con nada ni con nadie salía a flote. Y él se aprovechaba de eso. A veces Bura lograba ser directa y Gokú simplemente no decía nada, o miraba el cielo si estaban en un lugar abierto. Dolía tanto. Tanto. Tanto. Tanto. Tanto.

Trató de contener las lágrimas.

—Allen dijo que seguiría insistiendo pese a que sabe que estoy enamorada de ti. Dijo que no se rendirá. ¿No es grandioso?

Gokú solo siguió mirando el cielo.

—Lo admiro mucho. Tal vez algún día logre enamorarme de él, y de esa forma…

¿En verdad podría enamorarse de Allen Schezar? ¿En verdad podría olvidar a Gokú? Bura se quedó en repentino silencio. Tenía que poder. Tenía que aprender.

Y él finalmente la miró.

—Oye, Bura, ¿puedo hacerte una pregunta?

Ella lo miró desconcertada. Gokú tomó eso como un sí.

—¿A qué hora naciste?

Bura parpadeó. No entendía por qué aquella pregunta tan fuera de contexto de repente. Al final ella jamás dejaba de sorprenderse de lo extraño que era ese hombre. Bura se acordó que dos días atrás su madre le había dicho que cuando la adoptó le dieron todos sus papeles y que esos papeles decían que ella había nacido a las dos y treinta de la madrugada. Bulma se lo había repetido como unas dos o tres veces pese a que Bura recordaba bien que su madre le había dicho que uno de los momentos más felices de su vida fue cuando la adoptó a ella y a Trunks.

—A las dos y treinta am. ¿Por qué lo preguntas?

Gokú revisó su reloj y eran las dos y treinta y siete de la madrugada.

—Ya es tu cumpleaños.

Ella también revisó su reloj. Era verdad. Oficialmente ya tenía dieciocho años.

— ¿Por eso es que pese a que todos me han felicitado tú aún no lo has hecho?

—Pues sí.

—¿Y qué esperas? —instó ella.

Él amplió su sonrisa.

—Bien.

Se acercó a ella.

Y en ese momento el corazón de la mujer latió como nunca.

—Feliz cumpleaños, Bura.

¿Qué significaba eso?

Ella quiso hablar, pero la verdad es que todo su ser se había descolocado. El cerebro de Bura mandaba las órdenes a su cuerpo para hacer la voluntad de aquella alma, y, sin embargo, no se podía mover, apenas podía respirar y temblaba mientras un extraño hormigueo le recorría las entrañas.

Bura lo miró con las pupilas dilatadas y los labios tibios y entreabiertos.

Ella seguía sin entender lo que acababa de pasar.

Desde una de las ventanas superiores que daba al patio de la Corporación Cápsula, Bulma Brief observaba lo ocurrido con una sonrisa y una copa de vino tinto en la mano derecha. Al fin ocurría.

Ese día esperado.

Casi tres meses atrás, en algún momento que Gokú estaba solo comiendo, Bulma lo vio y aprovechó para confesarle que estaba enamorada de él desde hace tiempo. Bulma conocía bien al guardaespaldas así que procuró ser directa, franca y clara. El hombre quedó sorprendido. Bulma era una versión más madura de Bura, pero se notaba la diferencia entre madre e hija. En Bulma no hubo rastro de timidez ni vacilación como en la hija cuando le hablaba. Después de todo aquella grandiosa mujer ya tenía experiencia en el amor y con las relaciones románticas.

Al principio Gokú no supo que decir. Se había acostumbrado a lidiar con las confesiones de Bura y a evitar sus acercamientos. Pero con Bulma fue diferente. Se quedó pensativo y en silencio. Hasta que finalmente fue Bulma la que tuvo que seguir hablando. En ese momento ella tenía un café en una mano. Entiendo, le había dicho ella. Pero Gokú no entendía. ¿Qué era lo que ella entendía? Y como si nada pasara, Bulma le reveló lo que él no había podido revelarse ni a sí mismo.

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—Estás enamorado de Bura —dijo con serenidad, y tomó un sorbo de su café—. Está bien.

Bulma lucía tan tranquila que parecía que estaba hablando del clima. Eso desconcertó a Gokú. Pensó que Bulma estaba confundida, pero se dio cuenta que él era el confundido. Todavía no captaba sus propios sentimientos.

—Lo siento, pero se trata de mi hija. Tenía que ser directa.

—Todavía no lo entiendo.

—¿No? Ya ha pasado más de un año desde que estás a su lado. ¿No te das cuenta? Se que al principio no correspondías sus sentimientos. Sin embargo, ahora que veo tu expresión al hablar de ella, me doy cuenta claramente de lo que te sucede.

—Yo sí me di cuenta de que quiero a Bura.

Ahora era Bulma la sorprendida.

—¿Qué?

—Es decir, nunca me pasó antes así que estaba confundido, pero creo que ahora lo entiendo —manifestó con una sonrisa.

—¿Y qué harás?

Gokú puso gesto de no saber qué hacer. Él no entendía lo que era tener esa clase de sentimientos por alguien. Pero Bura lo quería y él también a ella. ¿Qué ocurriría ahora? Él no tenía idea. Todo el tiempo estaba con ella. Eso era amar a alguien, ¿o no? Solo tenía que decírselo y ambos se corresponderían y listo. Pero, en el fondo, Gokú sabía que no debía hacerlo, pues Bura era casi una niña para él. ¿No estaba mal eso? La sociedad así lo veía. Y tal vez tenían razón.

—Dejaré que estén juntos —declaró Bulma—. Es lo que ella quiere después de todo. Y tú también.

—¿En serio?

—Sí, pero solo cuando ella cumpla los dieciocho. No antes.

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Bulma no había actuado de manera diferente a la usual cuando habló con Gokú, pero no podía negar que por dentro fue un golpe duro. Derrotada por su propia hija. Eso estaba bien. No se sentía mal. Bura era una digna oponente. Y perder contra ella había sido algo justo. En esos momentos en que los veía juntos bajo el claro de la luna se dio cuenta de que eran el uno para el otro. Él la cuidaría bien.

—¿Q-Qué f-fue eso? —Al fin logró decir.

—Eso fue… Quiero decir, eso significa que ya no puedes enamorarte de Alan Scharzade —pronunció torpemente— y que ya dejará de insistir. Y que, Oh, mira es muy tarde, por hoy acabo aquí. Mañana es mi día libre. Me iré a dormir.

¡¿Qué diablos estaba diciendo?!

Una repentina furia invadió cada fibra de Bura.

—¡Alto ahí, Son Gokú! —vociferó la princesa de la Corporación Cápsula al ver que él se estaba yendo.

Él dio un respingo.

—Dime.

Y ella quedó muda otra vez. No sabía qué decirle. Todo parecía tan claro y confuso a la vez.

—Tú… tú…

¿Por qué rayos tartamudeaba otra vez?

—¿Sí?

—¡Tú tienes que llevarme a una cita! —lanzó en un terrible arrebato—. ¿Quién crees que soy yo? Si vas a declararte hazlo bien.

Y cruzó los brazos aparentando indignación, pero internamente, ella temía que Gokú pudiera escuchar los latidos de su corazón.

Y ahora estaba más roja que un tomate.

Y él le mostró la sonrisa más deslumbrante que jamás le haya brindado.

—Mañana pasaré por ti.

Y luego se marchó.

Y las piernas de Bura le fallaron.

Seguía sin creer lo que había pasado.

—Gokú… —dijo en un suspiro.

La princesa sonrió como una niña pequeña. El corazón no paraba de latirle con una fuerza nunca antes sentida. Llevó los dedos a sus labios y los recorrió suavemente.

Dulce, dulce… Muy dulce…

Y las lágrimas ya no pudieron evitarse.

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Abrió la puerta.

Lento. Lento. Lento.

¿Por qué tan lento?

No estaba segura. ¿Eso era real? ¿Qué era lo real? ¿Importaba? El mundo se volvió lento.

Otra vez esta sensación. Ya pasé por esto antes. Pero nunca puedo recordarlo. ¿Qué pasará ahora?

Y para cuando entró al lugar, una luz suave —casi dorada— la atravesó. Era cálida. Tan cálida. El corazón se le entibió. Se sentía segura. Y había alguien allí, frente a la ventana del salón de clases de Shikon no Tama. Una silueta. La luz de afuera reverberaba en las aristas que lo componía. Ella abrió los ojos de par en par. No sabía quién era, pero podía sentir cómo cada una de sus células se agitaban.

¿Quién eres?

Y de pronto, la figura del hombre se reveló ante ella. Los amables ojos se posaron en la joven. Y ella simplemente quedó estática.

No…

Las piernas le temblaron. No pudo acercarse más.

No lo merezco…

Él se acercó a la fémina. Y la muchacha simplemente lloró, con el corazón absolutamente trastocado, conmocionado. Los ojos del ser de luz emitían una pureza herida indecible.

Etéreo. Solemne.

Roto.

—Papá…

Y cayó de rodillas.

Se tapó el rostro con ambas manos, avergonzada, desolada, como una niña pequeña.

No lo merezco… No lo merezco… No puedo… No puedo verte a los ojos, papá…

Y como si el padre lograra escuchar los pensamientos de la hija, él le acarició la cabeza con inconmensurable dulzura. Pero ella siguió tapándose el rostro, cabizbaja, mientras las incesantes lágrimas caían a través de sus dedos.

—Kagome…

El sonido de su voz la sobrecogió. Era aquella voz afectuosa y cariñosa con la que siempre le había hablado antaño.

—No existe una deuda… Tarde o temprano lo ibas a saber, lo ibas a comprender, pero ese monstruo decidió enfermarte…

Y ella, lentamente, fue despegando las manos del rostro. Pero todavía no tenía el valor de subir la mirada y mirarlo.

—Kagome… —volvió a decir su nombre. Y ella finalmente lo miró—. No existe tal deuda —repitió.

Su padre estaba triste. Y eso le rompió el alma.

¿Qué puedo hacer…? ¿Qué puedo hacer para que no estés triste, papá?

—¿Papá?

No entendía sus palabras.

—La deuda estaba paga. Se suponía que el universo estaba sellado, pero él la desencadenó otra vez. Y ahora…

Ahora su hija estaba condenada.

—Kagome…

Lo siento…

Y él la abrazó.

Y él lloró.

—Recupera tus letras, Kagome, son tuyas. De nadie más. No existe tal deuda…

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Y no cesó la sonrisa: sincera, cristalina, cálida.

¿Por qué?

No es que fuese falsa. Para nada. Sonreía porque le nacía. Después de todo estaba frente a alguien que admiraba con profunda devoción. Sí. Deseaba que en algún momento ella pudiese ser la mitad de buena de lo que era él. ¿Entonces por qué se sentía tan desconcertada? ¿Era por lo que él acababa de decirle? Posiblemente. No. No era eso. Vamos, Kagome, tú sabías que esto iba a pasar. Al menos en algún momento. Era por esa sonrisa. Era tan sincera que le era perturbador. En el fondo, muy en el fondo... ¿Qué es lo que verdaderamente sientes? ¿Acaso no era evidente? La respuesta saltaba a la vista, en aquella emoción profesada, dibujada hacia al mundo exterior. No había rastro de mentira. Era lo que sentía. Sí. Sí. No lo niegues más. Estás feliz, estás verdadera y plenamente feliz. ¿Acaso en el fondo esperaba lo contrario? Eso sí la sorprendió.

—Creo que ya se había tardado —finalmente contestó ella.

—¿Tú crees? Apenas llevamos un año saliendo juntos —contestó él.

Relativamente hablando, un año no era tanto, aunque las parejas modernas no esperaban mucho para unirse en matrimonio.

—Sí, tal vez exageré un poco. —Rió divertida.

La mirada de la fémina se mantenía fija sobre su postre de chocolate. La sonrisa prevalecía, pero los fanales eran otra historia. ¿Qué significaba eso? ¿No acababa de concluir que estaba feliz? Por supuesto que lo estaba. Sin embargo, mirarlo a los ojos era algo un poco más complejo. O extraño. ¿Hace cuánto que no lo veía? Mucho. Pero habían estado siempre en contacto. Y entre mensajes y videollamadas él le había dicho que finalmente se había puesto en pareja con Palm. Y en ese momento yo me puse feliz, dolorosamente feliz, pero feliz al fin y al cabo. Y ahora que estaban reunidos después de tanto tiempo, podía confirmar el aura risueña de él.

Y finalmente lo miró con fijeza.

—Se ve bien, Freecs —declaró ella de pronto.

—Me siento bien. —Él sonrió ampliamente.

Los ojos de Freecs siempre brillaban, una característica que a ella se le antojaba tan bien en él.

—¿Vendrás a la boda?

—Si me invita sí —bromeó ella con una risita.

—Sabes que no necesitas invitación.

Ella se limitó a alzar los hombros con gesto divertido a la vez que engullía un gran trozo de pastel.

—¿Está seguro de invitarme?

El ambiente se tornó un poco serio de pronto.

—Ella así lo quiere.

Y esta vez fue él quien mantuvo la mirada en su postre de cerezas.

—Aunque... —continuó con algo de duda.

—Ella aún no me perdona, ¿verdad? —le interrumpió ella—. ¿Está celosa?

—Tal vez un poco, pero es parte de su personalidad.

Hubo un largo silencio. Ambos jugaron un rato con sus respectivos postres. Él finalmente dio un largo suspiro y sonrió nuevamente.

—Kagome —La volvió a mirar con fijeza—, estoy enamorado de Palm.

Ella amplió los ojos sobremanera. La absoluta franqueza directa de Freecs siempre la sorprendía y la cautivaba al mismo tiempo.

—Lo sé. Y yo estoy muy feliz por usted.

Silencio.

—Kagome…

Y para cuando ella se dio cuenta, el paquete estaba puesto sobre la mesa. Una vez más, ella abrió los ojos ampliamente.

Tiesa.

Los ojos clavados sobre aquel objeto que una vez la había desmoronado. Pero el contexto era diferente. El significado era diferente.

Y ella lo miró nuevamente. Nada había cambiado. Freecs seguía resplandeciendo. Entonces ella no tenía motivos para no aceptar aquel importante regalo. No dijo nada. Se limitó a tomar el paquete y rompió el papel madera con el que estaba envuelto.

Sintió su corazón estremecer. Los ojos se humedecieron. Llevó ambas manos a la boca y las lágrimas brotaron.

Estaba conmovida.

Grandes esperanzas de Charles Dickens.

No lo merecía, y aun así…

—Gracias… —solo pudo decir. No había palabras para expresar lo que sentía.

El resto de la solemne y alegre conversación fue algo que pasó con naturalidad. El asunto de las heridas y las dolencias pasadas eran algo que había quedado atrás. Una nueva página comenzaba.

Y aquel encuentro terminó cuando el sol se ocultaba.

—Es muy tarde —anunció ella con un sobresalto al ver el reloj.

—¿Te parece si seguimos conversando otro día?

—Me parece bien —convino—. Si quiere puede irse ya. Una amiga pasará por mí con su auto. Llega en unos minutos.

—Puedo acompañarte si quieres.

Ella negó con suavidad.

—No se preocupe.

—Como quieras.

Hubo una última sonrisa de parte ambos. Él se puso de pie y se marchó. Ella lo observaba irse en un ralentí infinito. Por su mente pasó todo lo que habían vivido juntos. La declaración. El rechazo. La enfermedad. La culpa. La redención. La locura. La vida. La muerte.

—¡Freecs! —gritó ella de pronto, a la vez que se puso de pie raudamente.

Él oyó su repentino grito y se dio vuelta para mirarla algo alarmado. Se quedó congelado al verla. Había algo en ella. No podía explicarlo. La vio mover los labios. Un susurro. Y desde dónde estaba él no pudo escucharla. Pero ella sonreía, sonreía genuinamente desde lo más profundo de su ser.

Y eso le trajo una profunda paz.

Y allí se quedó ella, en aquella mesa, en aquel pequeño bar. Simplemente sonriendo. Ahora estaba segura de que todo iba a estar bien.

—Ahora sé por qué lo sabías todo en la escuela, Rina —habló ella de pronto.

La nueva presencia tomó asiento al lado de su amiga.

—Escuchar conversaciones es lo mío.

—Chismosa.

Pero Rina hizo caso omiso a lo que le decía. A ninguna de las dos le interesaba la indiscreción que había tenido la que había estado oculta hasta ese momento.

—Dime una cosa —Hizo una pausa. Aún si ella era su mejor amiga, había algunas cosas que hasta a ella le costaba trabajo decírselas a Kagome—, ¿por qué nunca fuiste capaz de llamarlo por su primer nombre? Si bien todos nos hemos hecho amigos de Gon luego de graduarnos, tú jamás dejaste de ser tan formal con él. —Hizo otra pausa—. Y si te soy sincera, me parece contradictorio porque eres la que más cosas en común tiene con él, la que más habla con él...

¿Por qué?

¿Acaso ella podía responder semejante pregunta? Kagome Higurashi, la futura profesora de literatura, la mujer que quería ser por lo menos la mitad de buena de lo que era Gon Freecs. Sí. Ella. Ella no sabía cómo expresarse. Era algo abstracto. Algo complejo. ¿Demasiado para el mundo? ¿Cómo podía sentirse de esa forma? Y, sin embargo, era algo que solo ella podía comprender.

Y él.

Y él.

Eso debería bastar, ¿no?

Sí, pero Rina merecía intentar entender, después de todo ella era la que más la veía. La que más intentaba ver. Su enfermedad. Rina merecía una recompensa. Lo merecía porque lo deseaba. Porque era genuina en todo lo que hacía.

Y Kagome miró al cielo. Qué gran sonrisa portaba. Resplandecía. Y eso confundía a la otra. Sabía que estaba bien. ¿Acaso no había dolor? ¿Ni siquiera un dolor feliz? Y si estaba feliz, ¿por qué sentía dolor? ¿Qué era ese dolor? ¿La culpa todavía prevalecía?

Tal vez esa era la respuesta.

—Porque no lo merezco —finalmente respondió.

Rina parpadeó. De pronto se había perdido en sus lucubraciones y había olvidado su propia pregunta.

—¿Qué cosa?

—Llamarlo por su nombre.

—¿Qué eres? ¿Una anciana? —dijo alzando una ceja—. Son amigos, ¿o no? Eres la más cercana a Gon. Yo creí que... —Las palabras quedaron suspendidas en el aire por largo tiempo—. Yo creí que luego de tanto tiempo sin verse tú ibas a... —Hizo otra pausa larga. Eso ya no importaba. Gon iba a casarse con Palm.

Kagome comprendió lo que Rina pensaba. Le sorprendió.

—Aunque Gon no estuviese con Palm, aunque no se fuese a casar con ella, jamás hubiese hecho eso que piensas.

Rina amplió los ojos.

—¿Y qué piensas que pienso que ibas a hacer?

—Declarármele.

Silencio.

Rina estaba confundida. ¿Qué era lo que Kagome sentía realmente por Gon? Se negaba a creer que fuese pura admiración. Había algo recóndito en la relación que los unía. Y sabía que tampoco era solo una amistad. La culpa tampoco era motivo suficiente. Kagome no era esa clase de persona. Y Gon tampoco era la clase de persona que arrastraría a alguien por tal sentimiento. La serenidad y la sonrisa alegre de Kagome la desorientaba sobremanera. No la entendía.

—¿Amas a Gon? —preguntó ya sin rodeos.

Y allí estaba, otra vez esa pregunta. La misma de antaño.

Kagome la miró fijamente. Sin rastro de confusión. Sin rastro de duda.

Solo aquella alegría solemne e insondable.

—No existen blancos y negros. No existe un no o un sí. Es… más complejo. Todo se reduce a una sonrisa… ¿Lo entiendes?

Rina era una persona inteligente, alguien acostumbrada a lidiar con los conflictos psicológicos. ¿Y cómo no si ya tenía bastante práctica con su hermana Luna? Esa mujer era una bestia manipuladora que constantemente le hacía juegos psicológicos, pero pocas veces Rina caía. Y, sin embargo, lo que le decía Kagome la superaba completamente. La cabeza de Rina estaba vuelta un batido de frutas. Apretó los puños en frustración.

Kagome rió divertida. Le entretenía ver cuando Rina lucía confundida, una hazaña difícil de lograr. Generalmente él único que lo lograba era Killúa. Una vena se pronunció en la frente de Rina, acompañada de una mueca de terrible molestia.

—No lo pienses demasiado, Rina. Es solo eso. Él no me merece ni yo lo merezco.

Rina nunca acabaría de entender.

Definitivamente.

—Estoy enferma, Rina —continuó hablando—... siempre lo estuve desde la muerte de mi padre. La culpa no desaparece. Nunca lo hará, y cada tanto tendré que hacer algo para mermarla —declaró con los ojos tristes de repente—, creo que por ahora he cubierto mi cuota.

Rina la miró incrédula.

—¿Eso es lo que Gon significa para ti? ¿Ves a tu padre en Gon?

—Freecs es una persona única y extraordinaria. Hisoka hizo cosas horribles conmigo —declaró recorriendo la cicatriz del lado izquierdo de su cuello con la yema de los dedos y una mirada cargada de una perturbadora nostalgia. Los brazos de Kagome estaban llenos de cicatrices, algo que estremecía a Rina cada vez que las veía. No obstante, también sentía admiración al contemplarlas, porque Kagome no temía mostrarlas. —… me enfermó y sacó toda mi oscuridad, pero si algo le debo, es que me ayudó a ver la esencia de Freecs. Rina —Hizo una pequeña pausa—… él es la criatura más pura que conozco... y eso lo hace un monstruo.

—¿Qué...? —Rina no sabía qué decir. Apenas podía entender lo que Kagome decía, cómo lo decía.

—¿Quieres saberlo? ¿Quieres saber qué es Freecs para mí? ¿Qué siento por él?

Rina no se atrevió a decir nada. Ya no estaba segura si estaba lista para esa conversación.

—Simplemente estoy feliz por él. Y ahora mismo te digo que es pura felicidad lo que siento. Porque sé que Freecs puede estar frente a mí sin sentir lo mismo que antes. Porque puede verme tal como soy. Porque ya no hay un cristal empañado ni desfigurado por las gotas de lluvia. Mi dolor venía de remontarme a aquel momento en que él fue capaz de abrirme su corazón y del hecho de que yo nunca pude corresponderle por estar enamorada de un psicópata. Me dolió habérselo ocultado y permitir que sus sentimientos crecieran tanto, que fuera a buscarme y que por poco muriera destripado y degollado.

—Pero Gon ya te conocía. En tus escritos, en tus análisis, en las miradas llenas de ternura que solo te dedicaba a ti. ¿Cómo puede ser que no te viera? —Y de pronto la verdad se reveló ante Rina—. Tú lo sabías… —susurró—. No querías verlo. —Se la quedó viendo largamente intentando comprender—. ¿Tanto miedo tenías? ¿Es eso? ¿Qué tanto…? —se interrumpió—. No. No lo diré. Si no lo haces tú, yo no puedo. No tengo derecho. No lo haré por ti, Kagome.

Esta vez fue Kagome la que guardó silencio.

—Solo hay que entenderlo. ¿Lo entiendes?

Otro silencio.

—Solo tú puedes hacerlo realmente. Tú, Gon e Hisoka. Creo que ustedes tres tienen una conexión demasiado profunda e intrínseca. Por más que el tiempo pase, nunca van a poder deshacerse de ese lazo que los une. ¿Sabes? , creo que no puedes decir que amas a Gon, pero tampoco puedes decir que no lo amas, y, sin embargo, sí puedes decir y afirmar que estás enamorada de Hisoka pese a todo lo que te hizo.

Sí, Kagome, estás enferma.

Ahora lo entendía. O eso creía.

Había amor, pero no era el convencional. Había una horrible y mórbida mutación que había atravesado y transformado el sentimiento. Era oscuro, amorfo. Y aun así, había una belleza trastocada que relucía. ¿Acaso aquello también había sido planeado por aquel psicópata en los muchos experimentos que había hecho con ella y con Gon?

—No tiene nombre, ¿verdad? —habló Rina nuevamente luego de una larga reflexión silenciosa—. Lo que tú sientes... No hay palabra para definirlo.

El amor… o lo que sea que sea… nunca fue suficiente… Nunca fue una justificación…

Kagome sostuvo el mismo cariz enigmático, extraño y risueño.

—Todo se reduce a una sonrisa —solo dijo.

Y la miró a los ojos. Profundo. Profundo. Más profundo. El universo del patrón de ondas de su iris se tornó infinito. La estremeció. De pronto se sintió atrapada en aquel universo indecible. La vio tan inmensa, tan profunda, tan incomprensible. Había algo en ella que la perturbó de repente. Solo en ese momento pudo comprender la imponencia críptica y aviesa de la transformación. Kagome siempre había hablado de lo que Hisoka le había hecho a Gon, de que los dos eran las dos caras de una moneda, pero la verdad era que ella también había sido cambiada. Allí en las cicatrices y en aquella calma solemne, inquietante y jovial que albergaba su semblante yacía la prueba. Hisoka no era el único monstruo. Tampoco eran solo dos. Son tres. ¿Qué era lo que Hisoka había descubierto en ella? ¿Qué clase de experimentos y torturas le había hecho? ¿Qué tan profundamente la había dañado? ¿Qué tan profundamente la había fortalecido? ¿Qué tan profundamente la había modificado?

Kagome era aterradora.

Freecs es… el alma gemela con quien no estoy destinada a estar.

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N/A: Bueno, solo falta el epílogo y esta historia estará oficialmente terminada. O_O

Espero les haya gustado.