- Ayer por la noche —dijo Ciri, pero no la que Jaskier conocía, sino la médium con voz innatural - un ejército con las enseñas de Lyria y los estandartes de Aedirn perpetró una agresión contra el imperio de Nilfgaard. Atacaron Glevitzingen, un fuerte fronterizo situado en Dol Angra. Unos heraldos anunciaron en nombre del rey Demawend por las aldeas de los alrededores que, a partir de hoy, Aedirn asume el gobierno sobre todo el país. Llamaron a la gente a alzarse en armas contra Nilfgaard...

El emperador Emhyr var Emreis dio la orden de responder golpe con golpe. Los ejércitos de Nilfgaard han penetrado esta mañana al amanecer en Lyria y Aedirn.

La voz innatural de Ciri estremecía a Jaskier y le hacía preguntarse una y otra vez quién era, por qué entraba en aquellos trances, si se trataba de ella y sus poderes, u otro ser dominaba su cuerpo y hablaba a través de Ciri. Sabía que no obtendría respuestas, porque ni siquiera Geralt las tenía, por ello había pedido ayuda a Yennefer... Y Yennefer, era por demás hermética y si sabía algo, él esperaba que lo compartiera, pero comenzaba a dudar de qué cosas la hechicera estaba dispuesta a compartir con ellos...

- De este modo, -Tissaia habló y lo arrancó de sus turbados pensamientos. El poeta giró su rostro y miró a la Gran Maestra: - nuestros reyes han mostrado qué gobernantes tan razonables, ilustrados y amantes de la paz son. Y algunos hechiceros han demostrado a qué causa sirven en realidad. A aquéllos que podrían haber evitado una guerra de rapiña los han cargado previsoramente de cadenas de dwimerita y han lanzado contra ellos absurdas acusaciones...

Jaskier miraba todo desde una esquina, intentando no entrometerse (tanto) con asuntos arcanos, de los que poco entendía y a los que mucho temía.

Minutos atrás, Yennefer los había llevado a un salón, en el interior de Garstang donde Jaskier se había encontrado con muchos hechiceros que discutían acaloradamente y de donde habían provenido las voces que habían oído con Ciri. En un rincón que él no llegaba a apreciar, creía que había más magos, pero no estaba seguro.

Ni bien habían ingresado a aquel sitio, Ciri se había sacudido y había gritado y aquella voz metálica, maligna, había salido de sus labios, sus ojos perdieron la gracia que él conocía y Yennefer la sostuvo en brazos para que todos la oyeran hablar. A él le había parecido un abuso por parte de la hechicera de ojos de tormenta, pero Yennefer, glacial como era, simplemente sostuvo a la jovencita y la dejó hablar delante de todos los hechiceros para que escucharan sus profecías.

Había reconocido a Filippa, Sabrina y Triss. Una hermosísima hechicera élfica estaba allí parada, frente a Tissaia, aunque sus manos cargaban esposas, quizás con la misma aleación que las que había puesto en las muñecas de Ciri. Se preguntó si aquella no sería la famosa hechicera élfica Francesca Findabair, de quien se decía que era la mujer más bella del Continente... Algo se retorció en su interior al verla esposada e inquirió que el motivo de su cautiverio había sido simplemente su raza... y le pareció injusto.

Jaskier sabía perfectamente que antes de conocer a Geralt, él habría sido uno de esos humanos que habría deseado la muerte de los "inhumanos", pero luego, había comprendido su error... Y ahora, no le parecía correcto lo que les estaban haciendo.

- ¡A la mierda con todos vosotros! - gritó de pronto Sabrina Glevissig, quien ahora tenía una túnica gris, y ya no aquella blusa transparente y provocativa. Jaskier volvió su atención a la discusión. - ¡Filippa! ¿Qué es lo que significa todo esto? ¿Qué significa ese jaleo de Dol Angra? ¿Acaso no establecimos que no se debía comenzar demasiado pronto? ¿Por qué ese puto Demawend no se ha contenido? ¿Por qué esa zorra de Meve...?

- ¡Cállate, Sabrina! – rugió Filippa.

- Pero no, que hable. - Tissaia de Vries alzó la cabeza. - Que nos hable del ejército de Henselt de Kaedwen que está concentrado en la frontera. Que nos hable de los soldados de Foltest de Temería, que seguramente ahora están echando al agua los botes que habían tenido escondidos en los bosques del Yaruga. Que nos hable del cuerpo expedicionario bajo mando de Vizimir de Redania que está junto al Pontar ¿Acaso creías, Filippa, que somos ciegos y sordos?

- ¡Esto no es más que una maldita provocación! El rey Vizimir...

- El rey Vizimir - la interrumpió la voz impasible de Ciri - fue asesinado anoche. Apuñalado por un sicario. Redania ya no tiene rey. – Oh, vaya, esto sí que no me lo esperaba... pensó Jaskier. Bueno, yo trabajaba para Vizimir, ahora que ha muerto... al menos podría Dijkstra tener el decoro de no declararme traidor de la corona, como gesto amistoso por haberle dejado con vida.

- Hace mucho que Redania no tenía rey. - Tissaia de Vries se levantó. - En Redania gobernaba su majestad Filippa Eilhart, digna sucesora de Raffard el Blanco. Dispuesta a sacrificar decenas de miles de vidas para alcanzar el poder absoluto.

- ¡No la escuchéis! - gritó Filippa. - ¡No escuchéis a esta médium! Es una herramienta, una herramienta sin conciencia... ¿A quién sirves, Yennefer? ¿Quién te ordenó traer aquí a este monstruo? – Por todos los dioses, ¿cómo van a tener esa visión de Ciri? ¿No es peligroso, acaso, que hechiceras como Filippa la vean como una amenaza tan grande? Como un monstruo... ¿Por qué Yennefer la llevó delante de todas estas personas, carentes de lealtades fijas, para que supieran de sus capacidades? ¿Qué hubieras hecho tú, Geralt? ¿Dónde estás, viejo lobo?

-Yo - dijo Tissaia de Vries. – Yo ordené que trajeran aquí a la vidente.

Y fue en ese momento que todo se fue a la mierda. Pero Jaskier estaba por descubrirlo, aún.

Tissaia levantó su mano indignada por la discusión con los miembros del Consejo, dijo palabras en la lengua antigua e hizo un hechizo, sin dar tiempo a los presentes de suponer si quiera cuál había sido el objetivo de sus palabras. Pero Tissaia no era una mujer que actuara sin un objetivo establecido, ella lo tenía... solo que no había pensando en las consecuencias de sus actos.

Y así, la Gran Maestra levantó su mano diestra al aire, cerró su puño que estalló en estelas brillantes y desató el Caos sobre todos.

Algo malo sucedió, algo se rompió, algo ingresó a aquel sitio, Jaskier lo sintió.

Unos hechiceros que aparentemente habían permanecido apresados, allí donde su visión no alcanzaba, fueron liberados, entre ellos Vilgefortz que atacó con espada en mano a Filippa, quien de inmediato adoptó la forma de lechuza gris para zafar de la ira del hechicero. La hermosa elfa, otrora esposada, se liberó de su amarre metálico y atacó con extraordinario poder a Sabrina y Triss, quien creó una barrera de contención para evitar el ataque. Ramas fuertes reforzaron la barrera de Triss Merigold, y Jaskier sintió una explosión mágica dentro del salón que lo obligó a cubrir su rostro, aterrado por la situación que se librara allí dentro.

Una ráfaga de viento los aplastó a todos. Jaskier rebotó contra la pared de la sala. Comenzó una lucha encarnecida entre los hechiceros, de la que él, por suerte, no formaba parte.

Volaron por los aires pedazos de piedras y ladrillos, vidrios y objetos peligrosos, una ráfaga innatural de viento los atrapó, incapaces de ver sin que los ojos se dañaran, y una sensación extraña, sin duda magia, los abrazó, debilitándolos... o solo debilitándolo a él, pero se sentía extraño, desorientado, ¿o quizás se había golpeado fuerte la cabeza cuando había rebotado contra la pared?

La hechicera bellísima, élfica, corrió hacia una puerta y la abrió y en ese instante, muchos elfos, Scoia'tael, ingresaron con brutalidad y comenzaron a atacar. Jaskier sintió que el corazón se dio un vuelco, ¡Ardillas! ¡Por los dioses! ¿Qué es esto?

Los elfos y algunos magos atacaron a otros, comenzó una masacre.

Jaskier corrió hacia Ciri, pero Yennefer ya la había tomado en brazos. La hechicera tomó la mano del poeta, también, y corrió hacia otra dirección, desesperada por la situación que se producía en aquel sitio. El techo crujió, de golpe cayó un pedazo al suelo, mató a varias personas, elfos y humanos.

Yennefer cayó al suelo con la Ciri en trance sobre sus brazos, Jaskier las cubrió a ambas con su cuerpo en una reacción protectora refleja. - ¿¡Qué sucede, Yennefer!? – alcanzó a gritar.

- He cometido un error. – le explicó la hechicera y él sintió pánico, ¿qué había querido decir con aquellas palabras? No sabía por qué, pero un error de Yennefer generaba en él mucho miedo... Los errores de ella, solían tener consecuencias catastróficas... Esperaba que aquel error no fuera haber mostrado las capacidades de médium de Ciri a los demás hechiceros. Pero ya era demasiado tarde para retroceder en el tiempo... solo quedaba avanzar en el presente y hacia el futuro. Y lidiar con lo que surgiera.

Yennefer se puso de pie, una vez más, desesperada, Jaskier cubriéndola por la espalda. Las ráfagas de viento mágico comenzaban a arder, los bucles de Yennefer bailaban despavoridos, el poeta casi no podía ver a su alrededor. De pronto, sintió que la hechicera de ojos de tormenta tiró de su mano bruscamente y empezó una huida desesperada, sosteniendo a Ciri en sus brazos mientras volvía a correr. Jaskier la siguió sin otra alternativa.


"Te dije hace mucho tiempo, hace siglos, que el Caos extiende su mano hacia ti". Recordó Jaskier las palabras que Yennefer le había dicho a Ciri cuando huían de aquel desastre que se había ocasionado en Garstang. "Silencio, feúcha, cometí un error. Nadie es perfecto."

Ciri, ya era la Ciri que él conocía.

Jaskier y Ciri corrían a toda velocidad por unas largas escaleras oscuras que descendían sin fin y sin la hechicera de cabellos oscuros y ondulados a su lado. Los había dejado, Jaskier se preguntaba por qué.

Yennefer les había dicho que fueran hasta el establo que estaba siguiendo el camino, allí encontrarían un caballo entrenado, que lo usaran para huir hasta Loxia, y una vez allí, buscaran a una hechicera: Margarita. Pero ella se había quedado allí, donde el caos acontecía. Y Jaskier se preguntaba por qué... por qué... por qué...

"Jaskier, una vez más tendrás que cuidarla. Por favor, vuelve hacerlo del mismo modo que lo hiciste hoy, más temprano. Incluso con tu vida, si la circunstancia así lo requiere. Ciri, es más, mucho más que nosotros."

"Una vez te dije que todo lo que hago, lo hago por tu bien. Corre, hija mía" ... habían sido sus últimas palabras, antes de empujarlos y detener a unos hechiceros que los habían seguido con ataques arcanos. En ese momento Jaskier supo que tenía que dejar a la hechicera glacial, que tenía que salvar a Ciri... Así que, los dos, habían vuelto a huir, dejando sola a Yennefer.

¿Quién es Ciri? ¿Qué representa? ¿Qué quiso decir Yennefer al decir que se había equivocado? ¿Acaso que fue un error mostrarla delante de todos esos magos delirantes? ¡Pero si era obvio que constituía una locura!

El poeta corría al lado de la joven bruja sin emitir palabra, absorto en sus pensamientos y lidiando con un presentimiento aterrador... algo había salido mal, pero ¿qué era aquello? Yennefer, Yennefer, ¿has sido sincera conmigo? Siento que me has ocultado tantas cosas... siento que no me has dicho ni la mitad de lo que sospechas y veo en Ciri una jovencita inserta en medio del vórtice caótico del destino que la rodea y no estoy seguro de ser yo el indicado para protegerla... Se escapa de mis manos la posibilidad de mantenerla a salvo... Oh, Yennefer, ¿qué es lo que has callado?

A mitad de las escaleras, los rodearon dos elfos. Tomó al bardo de sorpresa, que casi resbaló al detenerse de golpe al ver aquellos elfos descendiendo por las mismas escaleras que ellos dos, pero mucho más arriba.

Jaskier reconoció a uno: Rience, el que lo había torturado. Oh, no, no, no. Por los dioses... No... Rience... el elfo que me torturó.

De golpe Jaskier recordó aquella vez que había tenido las muñecas atadas y la torción de las articulaciones del hombro, con los brazos por detrás, sobre su espalda, las manos sostenidas por una soga que le estiraban antinaturalmente los miembros superiores cuando se negaba a responder acerca de Ciri.

No iba a dejar que el miedo lo paralizara. Una vez ya había estado frente a ese hijo de puta y había sobrevivido (gracias a Yennefer, a decir verdad) y esta vez sería igual... solo que sobreviviría gracias a... miró a Ciri... A la brujita o al destino, le daba igual cuál de los dos.

Las escaleras por las que transitaban estaban inmersas en restos del palacio élfico que alguna vez había sido aquel sitio. Los muros y piedras a su alrededor eran viejos y en el otro extremo de ésta, se abría un salón enorme que bruscamente terminaba en intemperie, porque a estas alturas ya no había paredes.

Los elfos se habían puesto justo por detrás de ellos (los escalones descendían), a varios metros de distancia. Estaban agitados, se notaba que también iban corriendo en una carrera desesperada. Jaskier y Ciri se encontraba en un descanso de la escalera, con barandillas a cada lado. Por el lado derecho, se caerían hacia el suelo, donde luego seguía la intemperie, es decir, el mismo sitio que si bajaban todos los escalones, solo que la distancia era tremenda. Del otro lado piedra sólida.

Jaskier cerró sus ojos, mordió su labio inferior, respiró molesto porque tendría que volver a matar y sintió que Ciri tomaba de su mano. – Sígueme. – dijo, soltando su mano, pero sacándolo de aquel trance en el que él había caído analizando todo lo que venía sucediendo.

Ella corrió y dio un grácil salto por una barandilla sin pensárselo, cayó al suelo y roló con éxito sobre la piedra, poniéndose de pie (al parecer sin rasguños alguno) se detuvo y se giró hacia él. - ¡Vamos! – lo llamó desde la distancia, una muy pronunciada distancia.

Jaskier apoyó sus manos sobre la barandilla y miró la distancia de su cuerpo con el suelo. Él no podría hacer la pirueta que había hecho Ciri y contar el cuento... - ¿Estás loca? – miró los escalones que lo llevarían hasta el suelo, pero eran demasiados. Miró hacia atrás. Sintió los pasos de los elfos que se estaban acercando a ellos.

- ¡Hazlo! – lo instó la jovencita que lo veía desde la distancia.

- Oh, por todos los dioses... por todos los dioses...

- ¡Hazlo! – Jaskier sabía que no había otra opción, como cuando había atacado a Dijkstra. No había otra opción... porque el destino se había encaprichado en hacerlo atravesar situaciones por demás, inverosímiles... y así tenía que ser. Como si ya estuvieran trazadas las líneas de su vida.

Jaskier sintió a los elfos más cerca. Cerró sus ojos. Mierda. Saltó también la barandilla, hacia donde estaba Ciri. Sintió que cayó sobre ella, que lo había esperado abajo, pero algo "raro" lo sostuvo durante la caída. Ciri había usado uno de los trucos que Yennefer le había enseñado para contener el golpe de la caída, le había significado un gran esfuerzo, pues ella no era docta en el uso de hechizos, pero al menos, le había permitido caer sin grandes lesiones.

Él flexionó sus brazos y quitó su rostro del cuello de Ciri, ella, debajo de él, flexionó sus muslos sobre su abdomen y salió de allí. Se puso de pie, estiró las ropas de Jaskier desde su espalda, él sintió que le dolían las rodillas por la caída, pero se puso de pie a su lado, no era nada en comparación al dolor que había sentido menos de una hora atrás.

Ciri tomó la mano de Jaskier y corrió hacia un pasillo lateral que él ni siquiera había visto, oculto por debajo de la gran escalera, que parecía introducirse por el interior de la piedra. Él se aferró a ella, sintiendo confianza en las decisiones de Ciri y se preguntó en qué momento él mismo se había convencido de que ella era coherente en sus elecciones. Pero bueno, los resultados de dicha confianza, estaría por verse. Al fin y al cabo, ese jueguito venía jugando entre ambos: confiar ciegamente uno del otro y ver en qué puerto los dejaba aquella confianza. Y hasta ese momento, había resultado.

Poco después de correr detrás de ella, Jaskier comprendió que aquel pasillo podría haber sido para la servidumbre (si es que los elfos la habían tenido) en el pasado y los llevó al interior de una sala deteriorada, que bien podría haber sido una cocina o algo por el estilo. En la actualidad eran ruinas, peligrosas, puesto que en el suelo había ladrillos y piedras esparcidos que ambos iban sorteando.

En un momento él tropezó, Ciri se giró con una velocidad inverosímil y lo tomó sobre sus brazos. Le recordó a Geralt. - ¿Entrenamiento brujeril? – preguntó, mientras volvía a ponerse en pie y sentía el sudor sobre su frente y su torso. Respiraba notablemente agitado.

- No tenemos tiempos para preguntas. – le dijo, lo tomó de la mano y volvió a correr. Jaskier sintió que la vida se le iba en aquella corrida desesperada al lado de ella, que era endemoniadamente rápida. Estaba muy sorprendido por las habilidades físicas de Ciri, no tenía idea de que era tan... atlética.

- ¿Eso lo aprendiste en Kaer Morhen? – insistió, casi sin voz.

- ¡Cállate! Intentamos perderlos. – dijo la jovencita y él asintió, aunque ella no lo vio. Sintieron que los elfos los seguían, corrieron más rápido.

- Conozco a... - aspiró bocanadas de aire... - Uuuhh... estoy muriendo sin aire... - respiró de nuevo.

- Quizás deberías cerrar la boca. – dijo ella sin mostrar signos de agitación, solo enfocada en el terreno a través del que lo conducía.

- Conozco a ese elfo... - logró articular. Ella no le dio importancia, así que, a pesar de su propia naturaleza, Jaskier decidió cerrar el pico. No porque no le hubiera gustado seguir hablando, (estaba nervioso) sino porque no le quedaba aire.

De golpe, el camino se interrumpió por una gran ventana por demás deteriorada frente a ellos y a través de esa ventana, una caída inmensamente abismal hacia... hacia la irremediable muerte. Jaskier asomó su cabeza por el vidrio roto de la vieja ventana, mientras recuperaba el aire. No había modo de sobrevivir a aquella caída. – Oh, no iremos a... - Ciri ya le había tirado del brazo y lo había guiado por un saliente (muy pequeño) de piedra, que bordeaba la ventana y seguía hacia un costado, para luego perderse en la oscuridad.

El tema era el siguiente. Aparentemente en aquel salón, los dioses sabían para qué lo habían usado los elfos, aquella gran ventana habría decorado, antaño, alguna gran pared. Actualmente, los años y la guerra en aquel sitio, habían destrozado aquellas paredes y la ventana yacía sola y rota. Y, a través de ésta, el abismo.

En su costado izquierdo, más piedra y decadencia, en su lado derecho, la caída abismal y la intemperie. Pues sí, ese paredón había cedido con los años, solo había intemperie.

La conclusión razonable era que no había forma de avanzar. La conclusión irracional de Cirilla de Cintra, era avanzar por un saliente que había visto solo con su perspicacia, el cual bordeaba la ventana y la roca que la había sostenido, en una caída mortal al suelo si se pisaba mal. Tendrían que apoyar sus espaldas sobre la roca, y avanzar lentamente pisando con mucho cuidado el saliente. - ¿Cómo demonios has visto este saliente tan pequeño? – Jaskier ni siquiera estaba seguro que alguna vez aquel saliente haya sido construido adrede, más bien, creía que la intemperie y el viento constante, lo habían moldeado sobre la roca y ahora a ellos les servía como vía de escape.

- No mires abajo. – dijo ella, aun tirando de su mano y colocando su espalda sobre la helada roca, comenzando a avanzar y obligándolo a Jaskier a hacer lo mismo. – Y cierra la boca, ¿quieres?

- No miro, no miro, no miro. – ni siquiera se molestó en hacerle caso, él simplemente se repetía "no miro". – Ufff... No debo mirar, no debo mirar. – el bardo respiraba agitado.

Ella avanzaba segura, lo guiaba de la mano. Él sentía que iba a desmayarse. Oh, por favor. Nunca más me meteré en estas aventuras. Nunca más. Gracias Geralt por nunca habérmelo permitido...

A mitad de recorrido por aquel saliente, Ciri se detuvo a inspeccionar y miró hacia abajo, aquel gran abismo, y encontró los vestigios de un puentecillo delgado allí en la distancia, y por debajo del puente una caída tan prolongada que solo se apreciaba negrura sin fin.

Ella podría llegar hasta allí, al puente, había caminado por sitios más estrechos en Kaer Morhen, era casi como el columpio. Podría saltar desde el saliente y llegar al puentecillo. Sí, estaba segura. Pero Jaskier...

Lo miró, estaba pálido como el papel, la cabeza pegada a la roca que sostenía su cuerpo y los ojos cerrados, y parecía que en cualquier segundo se quedaría sin aire. – Confiarás en mí, ¿de acuerdo? – dijo ella. Él la miró, aterrado.

- Oh, nononooooo... - dijo el poeta. - ¿Qué locura piensas hacer?

- Saltaré abajo ¡No mires abajo! Saltaré abajo y tú harás lo mismo luego. Yo te agarraré, como hace un rato ¿de acuerdo?

Jaskier miró abajo. - ¡Estás loca! No lo haré. No pienses que quiero morir aplastado por... ese... ese... - no encontraba palabra. - ... esa inmensurable negrura abismal, que es falta de vestigio alguno de seguridad otorgada por cualquier tipo de resplandor que pudiera guiar los pasos de personas coherentes y, ante todo sensatas, he de aclarar, quienes quisieran seguir con vida...

Ciri lo oyó y levantó una ceja, ¿qué dice?

- No es el abismo. Mira de nuevo. El puentecillo, ¿ves? – él rio con ganas.

- Nooo, no, no, no, no. Estás más que loca. Ese puente endeble está a punto de romperse, y es más que pequeño... pequeñísimo, y mortal... y una locura. Y yo no estoy tan loco... - Ciri revoleó la mirada a la oscuridad. – Y tú estás muy loca, Ciri... yo no pienso seguirte a la muerte infame a la que pretendes arrastrar mi destino...

- Yo sí. – Ciri saltó. Jaskier quedó atónito.

Ella sabía que, finalmente, él la seguiría. Así como sabía que no caería fuera del puente.

Ciri cayó, aterrizó, se tambaleó, pero mantuvo el equilibrio. – Yaaa, ¿ves? No fue tan difícil. – le gritó desde abajo.

- Maldita sea, Cirilla ¡La re putísima madre! – respiró una, dos, tres veces. Escuchó que los elfos hablaban en la vieja lengua... Se preguntaban dónde habían ido y de golpe uno de ellos habló del saliente. Los elfos debatieron si irían por ese camino, hasta que, finalmente, decidieron que no tenía opción.

Mierda. – Bueno, si he de morir... he de morir... - cerró sus ojos. Los abrió. – No, será mejor que vea dónde caigo... - Miró. – Oh, por los dioses... ¡Por debajo de la pasarela esa se abre un abismo, Ciri!

- Sí, un abismo inmensurable de negrura. Lo sé, lo has dicho recién. Pero por detrás de ti hay dos elfos sedientos de torturas, ¿acaso quieres volver a matar? ¡Salta, Jaskier! ¡Confía en mí! Es mi turno de devolverte el favor. Palabra de bruja. – él rio.

- Oh, ahora te burlas de mí... ¿Te parece momento adecuado para burlarte?

- El placer es todo mío, poeta ¡Vamos, salta! Sé que puedes hacerlo.

Los pasos de los elfos se oían ya muy cerca. - ¡Ahí veo al poeta que se te escapó! – escuchó Jaskier que uno de los elfos le decía en la lengua antigua a Rience.

- Oh, ese hijo de puta, cuando le ponga las manos encima... - respondía Rience también en élfico. – Desde el principio supo dónde estaba la asquerosa princesa.

Jaskier no pudo con su genio, se giró hacia las voces y gritó, también en élfico: - Eres pésimo en tu oficio, Rience. Ni siquiera pudiste sacarme información cuando me tuviste en tus manos. Menos podrás ahora.

- No será la primera vez que intentas escapar de mí. – dijo el hechicero en élfico, una vez más. Jaskier recordó el hechizo de parálisis por el que lo había tomado prisionero.

- Bien, pequeña bruja endemoniada. Muy bien. – Jaskier miró hacia abajo de nuevo. Sabía que tenía que saltar en ese mismo instante. Caso contrario, volvería a caer en manos del elfo. Su respiración se cortó, miró atrás, los elfos aún no habían llegado. Mierda, mierda, mierda. – Aaahhh... - respiró agitado. Sintió el ruido de las corridas de los elfos a su espalda demasiado cerca. No le quedaba mucho tiempo. - Puta madre, puta madre, puta madre. Malditos brujos... malditos brujos.

- ¡Ya!

Jaskier midió la distancia, cerró sus ojos (de otro modo no habría podido hacerlo), se tiró y cayó encima de Ciri (una vez más), que lo agarró con fuerza (y un poco de magia). Sintió el pequeño cuerpo de ella rebotar sobre el tambaleante puente, las náuseas lo invadieron, no lograba entender cómo era que seguían vivos y escapando de las garras de la muerte como por milagro. Ya habían burlado a la parca demasiadas veces. Debía de estar furiosa.

Pero estaban vivos, sí... él estaba encima de Ciri y no había muerto. No podía entender cómo seguía vivo.

El puentecillo tembló. Oh, es la muerte que se ha hartado de nuestros escapes. Jaskier se puso de pie de inmediato, la tomó de la mano y comenzaron a correr como si la muerte misma los siguiera por detrás y hacia el otro lado.

Y es que la muerte había comenzado a seguirlos, ya que, por el golpe, el puentecillo cedió. Ciri miró hacia atrás, no llegarían al otro lado solo corriendo. Así que soltó la mano de Jaskier, hizo una pirueta brujeril, saltó por encima de él, llegó al otro lado, sobre suelo firme. _ ¡Salta, Jaskier! – ella extendió sus manos hacia él, Jaskier saltó y lo tomó de las manos con tanta fuerza que ambos impactaron sobre la roca, brutalmente.

El puente cayó hacia el abismo.

Ciri sintió que su cabeza se estampó contra la durísima pared de roca, Jaskier estuvo encima de ella al instante, ella se removió bruscamente por el mareo repentino, luego del golpe. Dio un rodillazo, sintió que Jaskier se agachaba y caía al suelo, sin aire. – Me has pateado en... - prefirió no seguir. Ella se agachó a su lado.

- Oh, lo siento, lo siento. – el poeta estaba rojo del dolor y asintió, con ambas manos en su región pubiana. No podía hablar. Ella rio nerviosa. – Lo siento de verdad... - Ciri intentó ayudarlo, pero él se la sacó de encima, enrojecido por el dolor y reteniendo la respiración por el impacto del rodillazo sobre sus partes "delicadas". – Ya, ponte de pie. Tienes que aprender a resistirlo. – le dijo y lo obligó a enderezarse.

- Menos mal que no quiero hijos. – dijo cuando se repuso. – Ten más cuidado... ya sabes... con "mis partes", si puede ser... para la próxima. – Soltó el aire. – Argh... La puta madre... Uuuuh... - sacudió sus manos para que la adrenalina le abandonara. Miró hacia atrás, el puente se perdió en la oscuridad del abismo, los elfos miraban desde el saliente a los dos que se les habían escapado de las manos, luego se giró hacia ella: – Tú estás más loca que tu padre. – le dijo señalándola, ella rio alegre y tomó su mano.

- ¿Ves? La bruja endemoniada te ha salvado. – los dos rieron y él la abrazó, Ciri se sonrojó y puso sus brazos sobre él, confundida por aquel gesto.

A Jaskier le pareció hermosa la libertad con la que había reído en aquel lugar del demonio, luego de que acababan de "casi" morir y, aun así, ella había adquirido la capacidad de conservar las ganas de reír...

Lo que él no sabía, era que esa capacidad la conservaba gracias a él. La historia habría sido otra si el poeta no hubiera estado a su lado. El miedo la habría invadido, pero con él. Con él no tenía miedo. Se sentía bien.

Ambos fueron conscientes de la cercanía y la intimidad en aquel sitio. Jaskier se tensó, Ciri lo sintió en su cuerpo y se preguntó por qué. Él se aclaró la voz y soló a la jovencita. – Me alegra que estemos vivos. – dijo, explicando el motivo del abrazo. Ella asintió, sonrojada, pero tranquila que la oscuridad de aquel lugar la protegía de mostrar sus emociones. Jaskier miró sobre su espalda una vez más. Los elfos no se animaban a seguirlos (eran realidad no había forma que lo hicieran, el puente se había roto).

- Vamos por allá. – señaló ella y Jaskier vio otro pasadizo que él ni siquiera se había percatado que allí estaba.

- De acuerdo. – él se quitó el doblete y se limpió el rostro empapado de sudor y sangre, por la pelea anterior. – Oh, necesito un baño... urgente... Quiero sacarme todo este polvo, tierra, sudor, sangre coagulada... ¡Qué asco! – Ciri sonrió, porque no era capaz de aguantar un día entero en aquel estado... recordó cuando ella había huido de Cintra... todos los días de mugre y sangre que había aguantado...

Ciri lo tomó de la mano confiando en su suerte y lo obligó a seguirla hacia el pasadizo. Jaskier se la apretó con fuerzas y dejó el doblete en el suelo, conservando solo su camisa, también empapada en sangre.

La suerte no les duró mucho más, doblaron en la esquina y los agarraron de golpe...