Capitulo 18
La transformación de Naruto parecía milagrosa. Con un entusiasmo que dejaba boquiabiertos a los habitantes de Longbridge, emprendió la enorme tarea de adaptar todo lo que conocía a un mundo de oscuridad. Nadie podía con él, fuera de Hinata.
El entusiasmo de ella era igual que el de él, porque por fin había hallado su libertad. Esto no ocurrió como podría haber esperado, pero le llegó en los días que pasaba explorando un nuevo mundo con el hombre que amaba.
Se convirtió en los ojos de Naruto, y como tal, de pronto veía cosas conocidas como si no las hubiera visto nunca antes.
Objetos a los que nunca había prestado atención, los veía con otros ojos. Esa nueva visión de los objetos inanimados los hacían casi animados, y su pintura adquirió esa cualidad, adquirió una profundidad que ella modestamente consideraba arte.
Eso era volar, eso era experimentar la vida, en el fondo de su corazón, que era donde más contaba.
Y Naruto, ah, cómo había cambiado Naruto. Era ridículo pensarlo, pero a ella le parecía que, ciego, su marido tenía más del aventurero intrépido que lo que podría haber tenido antes.
Naruto no conocía límites. Era casi risible pensar que era el mismo hombre que arrastraba los pies como un anciano en sus primeras semanas de ceguera. Con el bastón que le dio ella y los cordones fijados por toda la casa, caminaba por los corredores y patios con tanta decisión como antes; un forastero tenía que observarlo detenidamente para saber que era ciego.
Él insistía en «ver» la propiedad. Al principio caminaban, millas y millas caminaban, Naruto golpeando resueltamente el camino con el bastón delante de él.
Hinata caminaba a su lado, sonriendo feliz como una boba a todo lo que la rodeaba, inmersa en la magia de simplemente estar con él. Durante esos paseos su admiración por él crecía a pasos agigantados, cuanto más tiempo pasaban juntos, con más libertad hablaba él de sí mismo y de su vida.
Le contaba anécdotas divertidas de su juventud, actos escandalosos cometidos con los infames Libertinos, aventuras peligrosas en el extranjero. En lugar de horrorizarse por las cosas que él le contaba, como habría hecho cualquier dama pudorosa, ella se sentía embelesada. Casi se imaginaba a sí misma ahí cuando él recordaba, casi sentía la embriagadora sensación de temeridad, de osadía.
En raras ocasiones, en esos momentos de reflexión, él hablaba de su nacimiento. Tenía recuerdos claramente dolorosos, en especial de su madre. Su madre era una mujer rota, deshecha, desolada, decía, que vivía una mentira callada. «Imagínate, sin tener hermanos ni amigas para hablar, sin poder contar con nadie, aparte de dos niños pequeños. Es increíble que haya resistido tanto tiempo.»
Hinata sentía una profunda pena por él; lo que él llamaba «mentira callada» había definido su vida. No se había criado tan alejada de la sociedad como para no entender que ese secreto le arruinaría la vida a Naruto si se hacía público. Sin embargo..., algo le rondaba en un recóndito recoveco de la mente, la vaga sensación de que no todas las partes de ese secreto encajaban bien.
El único tema del que Naruto se negaba a hablar era Yūra Kazekage Era clarísimo lo doloroso que esto era para él, y si bien había llegado a una especie de paz consigo mismo, no mencionaba el nombre de Yūra ni permitía que se mencionara en su presencia.
En realidad, para su gran humillación, él prefería que ella hablara de su sencilla vida. Avergonzada hasta el fondo del alma por su pasado tan monótono y poco interesante, le contaba titubeante los aburridos detalles, siempre esperando ver una sonrisa burlona o señales de tedio.
Así pues, encontraba nada menos que milagroso que él nunca se aburriera oyéndola. Se rió muchísimo cuando tímidamente le contó que el acto más vil que había hecho fue poner pimienta en la cajita de rapé del señor Willard.
Arqueó una ceja cuando a regañadientes confesó su costumbre de echar carreras a caballo con Himatsu a espaldas de su madre, pero sonrió encantado cuando le dijo que ella ganaba nueve veces de cada diez.
Asintió comprensivo cuando le habló tristemente de las exigencias de su madre, de sus constantes esfuerzos por portarse como ésta esperaba de ella, y cómo nunca logró estar a la altura de sus expectativas. Y cuando le habló del temor que sintió siempre de perecer en Blackpearl Grange sin siquiera haber visto Londres, la cogió en sus brazos y le susurró: «Sé lo angustioso que es desear tanto algo y creer que nunca se podrá tener».
No sabía qué había querido decir él con eso, pero ella ya no languidecía por el mundo como antes, cuando estaba en Blackpearl Grange. Ya estaba viviendo su sueño, con él, y esa experiencia era mucho más exquisita que lo que había podido imaginar.
A medida que Naruto se sentía más seguro con su ceguera, fue reanudando más y más sus actividades. Empezó a cabalgar nuevamente, y se afirmaba en su cintura cuando ella hacía galopar a Kurama al límite de su capacidad.
Revisaba los libros de cuentas con ella cada mañana, le enseñó a cuadrar las cuentas y finalmente le confió esa tarea a ella.
Fueron transcurriendo los preciosos días con él, y a ella ya le resultaba imposible recordar al hombre que fuera tan cruelmente indiferente con ella. Era como si él fuera un hombre distinto a aquel con quien se casó, incluso parecía deleitarse en complacer sus tontos caprichos.
Una noche en que logró convencer a Polly para que tocara el piano, si es que se puede llamar tocar a eso, le pidió a Naruto que bailara con ella. Él se desconcertó un poco, pero cuando ella lo tironeó hasta levantarlo del sillón, él la cogió en sus brazos y empezó a hacerla girar por la sala al ritmo del vals, entonces descubrió avergonzada que era ella la que tenía dos pies izquierdos.
Él bailaba con tanta soltura, de un modo tan elegante y seductor, que en un momento de locura le miró atentamente los ojos, casi convencida de que veía. Pasado un momento, su tácita pregunta obtuvo respuesta en un choque contra el aparador.
Después de celebrar el tropiezo con una alegre carcajada, él la abrazó repentinamente y la besó, a plena vista de Polly, Kakashi, y un lacayo joven que se puso colorado como un tomate.
Naruto se convirtió en asiduo del invernadero de naranjos, accedió a posar para un retrato con la condición de que ella prometiera solemnemente quitar el cuadro donde él estaba montado en una mula.
Al principio esas sesiones la desconcertaban un poco, pero muy pronto se acostumbró a esas miradas aparentemente fijas mientras pintaba. Tanto se acostumbró que dejó de molestarse en aparecer mínimamente recatada.
Si hacía calor, se desabotonaba la blusa y se subía las faldas por encima de las rodillas para poder atacar mejor la tela.
Con la mente ocupada en alguna vieja melodía, giraba y hacía piruetas por el invernadero sin preocuparse de si parecía retrasada mental. Allí, con él, se sentía libre para hacer lo que le daba la gana, para ser quien le daba la gana.
Y al parecer, también Naruto se sentía libre, en paz consigo mismo y con su vida. Nunca comprendió eso ella con más claridad cómo la mañana en que lo sorprendió con sus perros.
Al pasar por la puerta de su estudio lo vio sentado en su sillón y a Hugo echado durmiendo con la cabeza apoyada en su pie, pero aún más extraordinario era que Maude tenía la cabeza apoyada en sus rodillas y él le estaba acariciando las orejas.
Verlo con «las bestias» la conmovió tanto que tuvo que cubrirse la boca con una mano para ahogar una espontánea exclamación de alegría. Si algo revelaba su transformación, si algo demostraba su capacidad de sentir, era su atención con sus perros.
Era ridículo, insensato en realidad, pero ella creía firmemente que cuando Naruto perdió la vista, perdió también los grilletes invisibles que le habían tenido aprisionados dentro los sentimientos.
Esa verdad la veía claramente cada noche. Dios de los cielos, las cosas que le hacía. En sus brazos se convertía en una desvergonzada lasciva, en una Jezabel exultante en los supuestos pecados de la carne.
Lo increíble era que no se avergonzaba de las cosas que hacían. Por motivos incomprensibles para ella, la incapacidad de Naruto para verla desear descaradamente toda su masculinidad la liberaba para darle placer con el mayor desenfado. No la acobardaba nada, y mucho menos explorar formas nuevas e impúdicas de amarlo.
Por qué Dios no la golpeaba con un rayo por su indecencia era un misterio para ella. Pero mientras eso no sucediera, procuraría aprender las muchas maneras de darle placer, siempre impresionada por la facilidad con que él le daba placer a ella.
El hombre era un maestro con su lengua y un artista absoluto con sus manos. Le bastaba tocarla para que ella estuviera jadeante de deseo, suplicándole que la penetrara, con más fuerza, más rápido, más tiempo. Cuando hacían el amor se sentían tan libres, tan desligados de todo límite que estaba segura que todos en la casa oían sus gritos de éxtasis cuando se perdía en él.
Y él la llamaba querida; la palabra se le enrollaba en el corazón cada vez que él la decía. Mi querida diablesa, le susurraba, mi querida princesa Hina. Cuando se enterraba en ella le susurraba que era hermosa, le elogiaba su perversa respuesta a él.
Y cuando estaba desesperada por sentir dentro de ella la erupción de la desgarradora pasión, susurraba su nombre. «Ahora, mi querida princesa Hina, córrete conmigo, córrete conmigo ahora.»
En esos momentos mágicos eran un solo corazón, un solo espíritu, un solo cuerpo. En esos momentos su vida con Naruto era mejor de lo que jamás se había atrevido a esperar. Su alma estaba completamente liberada en su amor por él; no conocía limitaciones, se sentía libre para ser lo que era, abandonándose a la magia que él creaba para los dos.
Por fin estaba volando, en su corazón, más alto de lo que habría soñado posible, muy por encima de la tierra y de todo lo que conocía.
Hasta que aparecía Menma.
Y Menma aparecía con demasiada frecuencia para su gusto. Para sus adentros sus visitas le causaban resentimiento; quería a Naruto para ella sola. Pero incluso en su recién encontrada libertad, seguía siendo hija de su madre, y lo recibía con todo el respeto debido a un cuñado.
¿Qué otra cosa podía hacer?
Naruto no parecía molestarse por sus visitas, siempre se mostraba muy cortés con su hermano. Ciertamente Menma no hacía nada para ganarse su resentimiento, pero no podía evitar sentirse incómoda con él.
Para empezar, vivía haciendo insinuaciones veladas respecto a Naruto, nada tremendamente descarado, pero lo suficiente para hacerla desear proteger a su marido. Un día en que la convenció de dar un paseo por los jardines, habló claramente de la desavenencia entre su padre y su hermano. «Padre se ha esforzado por aceptarlo, pero Naruto no se lo ha puesto muy fácil», dijo suspirando.
«Siempre ha sido muy desconsiderado, ¿sabes?, pero supongo que eso era de esperar, ¿verdad?» Y dejó esa pregunta en el aire, como provocándola a preguntarle qué quería decir con eso. Pero ella lo ignoró, y le contestó con cierto tono de amargura:«Encuentro horriblemente cruel desheredarlo y luego pretender quedarse con la custodia de sus posesiones».
«Sí, bueno», contestó él, «estoy procurando que eso no suceda. Confía en mí, Hina. No permitiré que los actos de mi padre te dañen.»
Entonces le apretó la mano y la obsequió con una tierna sonrisa.
Eso era lo otro que no le gustaba nada. Siempre estaba tocándola o mirándola de una manera que la hacía sentirse desagradablemente vulnerable. Le daba un beso en la mejilla y tardaba en apartar los labios, o le echaba hacia atrás un rizo de la sien con excesiva familiaridad.
Y justo cuando ella pensaba que iba a explotar y decirle algo desagradable, él sonreía y decía: «Agradezco tanto que seas feliz con él, Hinata. Si padre pudiera ver lo feliz que eres, no seguiría adelante con el pleito».
Todo era muy desconcertante, y la confundía. A veces se fiaba de Menma y otras veces se obligaba a fiarse de él. Si había una mínima posibilidad de que influyera en su padre, debía soportar sus atenciones por el bien de Naruto.
Naruto soportaba las visitas de Menma por misericordia. Por mucho que lo irritara su presencia, se merecía tanta misericordia como él. Y a él se le había concedido misericordia; lo único que lamentaba era haber tardado tanto en verla. ¿Cuánto tiempo podría haber estado ahogado en autocompasión hasta entender que la única persona que podía darle el tesoro de la misericordia estaba delante de él?
Había muchísimas cosas en Hinata que él nunca vio antes del accidente, mucha belleza a la que él había sido ciego.
Esa mujer se interesaba mucho por los demás, y eso él lo había considerado debilidad; era generosa a más no poder, y eso él lo había considerado propio de una campesina palurda; era compasiva, y eso él lo había encontrado molesto.
Dios santo, ya no podía ver hacia fuera, pero sí veía hacia dentro, y no le gustaba lo que veía, ni remotamente. Había sido cruel, indiferente, ciego a todo lo que lo rodeaba, sólo absorto en sus obsesiones.
«Ciego de corazón.»
Bueno, ahora valoraba enormemente sus cualidades y le atribuía el mérito de salvarlo del borde del infierno. Esa noche que fue a su habitación y escuchó en silencio todos los motivos para despreciarlo, le dejó una marca indeleble en el alma.
Ni una sola vez dijo una palabra en contra de él, ni soltó exclamaciones de repugnancia, ni expresó miedo por el escándalo en que sin duda se vería envuelta. Su princesa se lo tomó con mucha tranquilidad, asumió el problema como propio y, sorprendentemente, le juró que no permitiría que nadie le hiciera daño.
Era él quien debía haberle prometido eso a ella. Y luego le enseñó humildad demostrándole lo inmensa que era su capacidad de perdonar.
Esa noche, Dios le hizo ver la virtud de la misericordia y le dio un motivo para vivir.
Pero jamás la había mirado de verdad, y en esos momentos sólo tenía un recuerdo ya borroso de su cara. Sólo podía imaginársela pintando vestida con una de las mejores camisas de él, salpicándole manchitas de color; o arrojando un palo en el lago para que Hugo fuera a buscarlo, o riéndose con el cocinero mientras perfeccionaban el pudin que devoraba, y mirando ceñuda a Kakashi con esos chispeantes ojos de diablesa cuando éste se quejaba de los despóticos modales de la señora Dismuke.
Incluso podía imaginarse su cara de resolución cuando fijó esos cordones a las paredes de la casa, o el destello travieso en sus ojos cuando puso los cascabeles a los perros.
En su imaginación la veía girar por el invernadero entonando una vieja melodía gaélica, y el brillo de sus ojos cuando él bailó con ella. Estaba viva, más viva que lo que él había estado nunca en todos sus treinta y dos años, y su vitalidad era contagiosa.
Sólo oír su melodiosa risa le producía un estremecimiento en el espinazo. Su conversación, que en otro tiempo temía, era ahora una fuente de enorme agrado y consuelo para él.
De pronto se encontraba muy bien versado en todos los detalles de la adoración de Hanabi por Udon Ise; sabía el día y la hora exactos en que su familia volvería de Bath; sabía las muchas cosas que diferenciaban a sus dos chuchos de todos los demás perros del mundo, y sabía la hora en que le bajó la reciente fiebre al señor Killer B.
Lo iluminaba y alegraba todo, y el sonido de su voz emocionada cuando le describía las cosas que veía para él le llegaba directamente al corazón. Por increíble que le pareciera, realmente sentía el sol a su alrededor cuando ella estaba cerca.
Su princesa campesina era tremendamente inteligente también; no había tardado nada en entender los principios de contabilidad que él aplicaba, y aprendió muy rápido todo lo que le enseñó acerca de los libros de cuentas.
Francamente, podría dejar la administración de Longbridge en sus capaces manos, algo que jamás se le habría ocurrido pensar antes.
Longbridge. Bueno, ese era otro craso error por su parte. Su insensata ambición de hacer mejoras en la propiedad para que rivalizara con las más grandiosas de Europa estaba motivada por la envidia.
Nada que pudiera hacer en Longbridge le devolvería Rasenrengan Park. Pero, sorprendentemente, estaba llegando a comprender que no necesitaba Rasenrengan Park. Cualquier solaz que hubiera creído encontrar ahí se había desvanecido hacía mucho tiempo. Su solaz estaba en Longbridge ahora, con Hinata.
Pero su cara lo obsesionaba, y se esforzaba por recordarla. El único lugar donde se sentía libre de esa obsesión era su cama.
Allí no necesitaba verla, podía sentirla, palparla.
Su pasión reverberaba alrededor de los dos, su sensualidad le hacía arder todas las partes donde se tocaban. Sus manos, sus labios, sus cabellos, todo lo envolvía en un seductor baile surreal que lo catapultaba al cielo en oleadas y oleadas del más puro placer.
En su cama la aspiraba, desde el aroma de agua de rosas de su pelo al aroma del mojado deseo entre sus piernas. La saboreaba, desde el hueco de detrás de la oreja a la sensible piel de la corva de la rodilla.
Y el corazón le amenazaba con estallar cuando ella le susurraba su amor.
Incluso él, el maestro en reprimir toda emoción, se daba cuenta de lo que le estaba ocurriendo. Por circunspecto que fuera, por mucho que se esforzara en sepultar sus emociones, había llegado a querer profundamente a la corriente princesita campesina con que se había casado, tanto que tenía miedo hasta de intentar ponerle nombre al sentimiento.
Lo único que sabía era que ella le había iluminado milagrosamente el alma. Por primera vez en su vida, se sentía en paz.
Qué extraño que eso le hubiera llegado con la pérdida de su visión.
Habían transcurrido dos meses desde su accidente; hacía más calor y el sol empezaba a hacer más larga su presencia en cada día. Una mañana estaba sentado en la terraza, disfrutando del sol, de la fresca y crujiente sensación de renacimiento primaveral que percibía en la brisa, y escuchando el tintineo de los cascabeles de los perros y la risa de Hinata.
Sonriendo afectuosamente, cambió de posición para que el sol le diera en la cara. Qué extraño, pensó distraídamente, casi veía la luz.
De pronto el corazón le dio un brinco.
¡Pues sí! ¡Veía luz! Al instante negó con la cabeza y parpadeó rápidamente. Qué idea loca, ya estaba imaginándose cosas, pensó con amargura; se imaginaba que veía luz, igual que a veces se imaginaba que veía los ojos de Hinata.
En un segundo volvería la oscuridad, como siempre. Esperó, jugueteando impaciente con la corbata.
La luz, aunque evidente producto de su imaginación, era extrañamente desconcertante. ¿En qué momento volvería la oscuridad, ese estado de ser que ya conocía tan bien?
Volvió a parpadear, pero la luz pareció aumentar en claridad. Empezó a temblarle la mano y de pronto la levantó y la movió delante de su cara. No, no veía su mano; ¡claro que no podía ver su mano! ¿Entonces cómo podía ver luz?
Giró la cabeza, desviando la cara de los rayos del sol; la luz disminuyó, pero no desapareció. Ay, Dios, esa era luz, un fragmento diminuto de luz que perforaba la oscuridad y entraba en su conciencia, haciendo estragos en sus emociones.
Estaba tan desconcertado que no oyó a Hinata entrar en la terraza.
-¿Naruto? ¿Te encuentras bien?
Se giró violentamente hacia el sonido de su voz.
-Sí, sí, claro.
-¿Te apetecería un paseo por los jardines? Cuando levantó la cara hacia el sonido de su voz, la luz se intensificó. «¿Qué le ocurría?»
-¡Naruto! -exclamó ella-. ¿Qué te pasa?
Él le cogió la mano que le había apoyado en el hombro.
-Un poco de dolor de cabeza, princesa, no es nada. Creo que Ebisu está a punto de llegar. -Se levantó lentamente, con la mente fija en la luz-. Hay correspondencia que tengo que revisar con él.
Hinata le cogió la mano.
-Tienes aspecto de haber visto una aparición -le dijo en tono preocupado.
Y sí que estaba viendo una aparición. Pero se obligó a sonreír, subió la mano por su brazo hasta el cuello y la atrajo hacia él.
-Nada de apariciones -dijo, y se inclinó a besarla.
Cuando puso los labios sobre los de ella, la luz se desvaneció totalmente.
Sólo era una cruel broma que le gastaba su mente, su maldita imaginación, esa parte de su cerebro que se negaba a aceptar su ceguera. Eso le había ocurrido antes, imágenes fugaces que a veces le pasaban por la imaginación, tan reales que creía haberlas visto. Pero esas imágenes desaparecían con la misma rapidez con que venían; nunca duraban tanto como el diminuto rayo de luz.
Pero cuando levantó la cabeza reapareció la luz y todo el cuerpo se le contrajo de miedo.
-Me reuniré contigo para el té -se obligó a decir, y empezó a mover el bastón delante de él abriéndose camino.
Cuando llegó a la sala de estar de la terraza se llevó la mano a los ojos y se los apretó con fuerza. No había luz. Sorprendido por sentirse casi agradecido de que hubiera desaparecido la luz, sintió un estremecimiento de miedo.
¿Y si de veras veía luz?
Ese pensamiento le produjo un acceso de náuseas en el vientre. No había ninguna explicación posible; su mente le estaba gastando bromas pesadas. Maravilloso, iba a perder el juicio además de la vista. Pero eso no era luz, pensó tristemente, y echó a andar hacia su estudio, golpeando con el bastón muebles y puertas.
Pero al día siguiente ya no le cupo duda de que veía luz. Hinata le pidió que la acompañara al lago. La luz le llegó en el momento en que salieron de la casa, y fue haciéndose más clara a cada paso.
Por tenue que fuera, le dolieron los ojos y sintió la cabeza a punto de estallar. Inventó un pretexto para volver a la casa, y Hinata se lo aceptó, sin darse cuenta de que cada paso le producía un dolor desgarrador detrás de los ojos.
El resto de la tarde la pasó en su estudio, cerrando y abriendo los ojos a cada rato, en un desesperado intento de hacer volver la luz, pero en vano. Cuando llegó la hora de la cena ya se había convencido nuevamente de que se estaba imaginando cosas.
Hinata ya estaba en el comedor cuando él entró. La oyó moverse alrededor de la mesa.
-¡Por fin! -exclamó ella, feliz.
-Tienes hambre, ¿eh? - dijo él irónico.
-¡Un hambre canina! Subí hasta la cima del cerro del otro lado del lago. ¿Sabes a cuál me refiero? Desde el jardín no se ve muy alto, pero es altísimo. Pensé que podría perecer antes de llegar a la cima.
-No deberías salir sola, Hinata..
-Tal vez debería haberle pedido a Kakashi que me acompañara, pero estaba ocupado en una ridícula discusión con Polly...
-¿Otra vez?
Hinata se rió, ese exquisito sonido que se le enroscaba por todo el cuerpo. Suavemente, ella le cogió la mano y lo condujo a la mesa.
-Un barreño, parece, que pertenece a Polly... eh... bueno, uno de los lacayos lo usó... para otra cosa. Polly estaba indignada, y Kakashi se sintió impulsado a defender al pobre hombre. -Le dio una palmadita en el brazo para indicarle que se sentara-. Ya sabes lo práctico que es Kakashi. Le sugirió a Polly que limpiara el barreño con lejía, pero Polly se ofendió muchísimo, insistiendo en que no volvería a usar ese barreño, y le exigió a Kakashi que le comprara uno nuevo.
Naruto giró la cabeza en la dirección de su voz, y al hacerlo casi se cayó de la silla. Delante de él habían aparecido tres puntitos de luz, eran borrosos y tenues, sin contornos definidos, pero veía la luz y un apenas perceptible brillo de plata debajo. Era el candelabro, estaba seguro.
-Pero Kakashi opinó que eso era un despilfarro. Insistió en que el barreño estaba servible y que Polly era una exagerada.
Naruto casi no la oía. No podía apartar los ojos de la borrosa imagen del candelabro. Dios santo, ¿sería posible? No veía nada más, sólo los tres puntos de luz y el tenue brillo del candelabro de plata. Por su nariz pasó el olor a sopa de pato; un lacayo le puso un plato delante.
-Terminé tu retrato -continuó Hinata. Naruto asintió y a tientas buscó la cuchara, con los ojos fijos en los puntos que titilaban frente a él.
-Le dije a Killer B que lo colgara en la planta baja del ala oeste, con todos los retratos de la familia. Me comentó que era tu vivo retrato.
-Tienes mucho talento -dijo él.
-¿No te encanta la sopa de pato? -preguntó ella.
Él tuvo la sensación de que todos se detenían a mirarlo. Bajó la vista, débil como era, al lugar donde debía estar la sopa.
No vio nada.
Buscó el plato con la mano y con sumo cuidado metió la cuchara en la sopa, esforzándose por ver algo; no vio nada. El tintineo de la cuchara de Hinata en su plato sonó en sus oídos como una campana de iglesia, y sintió correr unas gotas de sudor en los costados.
-... y Killer B pensó lo mismo -oyó decir a Hinata. «¿De qué estaba hablando?». Se obligó a tomar una cucharada de sopa.
-En realidad, me lo comentó -continuó ella.
-Perdona, no te entendí-dijo él, tratando de que la voz le saliera normal, y mirando nuevamente hacia los puntos de luz.
-El retrato de las dos niñas. Te pareces mucho a una de ellas. Y entonces recordé algo que me daba vueltas en la cabeza. Ese retrato me recordó uno que hay Rasenrengan Park. Parece que yo solía estar horas contemplando los retratos de la galería cuando era niña. ¿Recuerdas el retrato de un hombre que está con el pie encima de un asiento con el látigo apoyado en el muslo? Te pareces mucho a él también.
Se quedó callada para tomar delicadamente una cucharada de sopa.
Naruto dejó la cuchara en la mesa y volvió los ojos hacia la izquierda. La sangre le abandonó la cara.
Dios santo, eso era imposible, condenadamente imposible.
¡Veía la sombra oscura, borrosa, de un ser humano! Nervioso, se secó las palmas sudorosas en los muslos, temeroso de mirar a la derecha, a Hinata. ¿Le concedería Dios un indulto tan grandioso?
Lo invadió un miedo irracional ante esa perspectiva, y se dio cuenta de que estaba sudando a mares. ¡Qué idiotez! Si llegaba a recuperar la vista caería de rodillas en acción de gracias.
-... y claro, estaba segura.
Naruto giró la cabeza hacia el sonido de su voz y creyó que se iba a desmayar por primera vez en su vida. ¡La veía! Verla, verla de verdad no, pero sí veía la forma vaga de su cabeza.
-¿Quién? -preguntó con voz ronca.
-Polly. Ella conoce a toda persona que haya llevado el apellido Uzumaki, pero con ese tobillo tan hinchado no pudo acompañarme al ala oeste. De todos modos está absolutamente segura de que el retrato es de tu madre cuando era niña.
Naruto continuó mirando hacia ella, esforzándose por ver algo más que esa extraña forma que estaba seguro era su cabeza. ¿Qué diría ella si supiera que casi podía verla? Tan felices que estaban, tan terriblemente felices... ¿pero es que estaba tonto? ¿Qué tipo de idiota no querría recuperar la vista? No, no, ciertamente deseaba tener su vista otra vez. Pero no debía decir nada todavía. Tenía que pensarlo primero. No podía decir nada mientras no estuviera totalmente seguro.
-¿Por qué me miras tan raro? ¡Ah, el tobillo de Polly! - Suspiró exasperada-. Bueno, nos sorprendió a todos, y si yo hubiera sabido que iba a chocar así habría quitado la otomana. En serio. Naruto, ¿por qué me miras tan raro?
-No te estoy mirando, Hinata. No puedo ver -repuso él bruscamente.
-No, claro -dijo ella pasado un momento.
«No, claro», pensó él aturdido, y volvió a coger la cuchara. El resto de la cena la pasó tratando de conversar y mirando lo que creía era el candelabro, o tratando de ver un atisbo de forma de lacayo, o la sombra de la cabeza de Hinata.
¡Qué ridículo sentirse tan confundido!, pensó. Si no estuviera loco de remate, estaría saltando de regocijo en la silla. Sí, bueno, pero es que no estaba seguro. En ese momento sólo veía diversos matices de oscuridad, formas indefinidas y mínimos atisbos de luz. No podía suponer que estaba recuperando la vista.
¿Entonces cómo se dio cuenta de que ella le robó el pudin?
Lo olió, sabía que se lo habían colocado a un lado. Hacía rato que creyó sentir al lacayo detenerse a servirle el pudin, pero es que además lo vio, tan claramente como vio la sombra del brazo que lo cogió.
Atónito, ahogó una exclamación. No era posible que hubiera visto... En primer lugar, Hinata no le robaría el pudin, y en segundo lugar, no pudo haber visto algo tan definido como un brazo. La locura se estaba burlando de él. Ah, estaba perdiendo el juicio... ¿o no? Tragó saliva.
-¿Está bueno el pudin? -preguntó en tono despreocupado, desesperado por saber si tenía razón.
Hinata no contestó inmediatamente, y nuevamente él tuvo la extraña impresión de que todos se detuvieron a mirarlo.
-Perdona -dijo ella-. Pero es que nunca te lo comes.
A Naruto le dio un vuelco el corazón. O sea que sí lo había visto.
-Es pudin de pan, y me encanta el pudin de pan –explicó ella, claramente avergonzada.
Sin salir de su asombro, él movió la cabeza.
-Puedes comerte el pudin, princesa -le dijo.
Acabaron la cena en silencio, Hinata consternada por haber sido sorprendida, y él confundido por lo que le estaba ocurriendo.
Y cuando se retiraron, se sintió más confundido que nunca. Después que salieron del comedor no logró distinguir ninguna otra forma. Nada, sólo oscuridad. Esa noche le hizo el amor a Hinata con toda lentitud, hundiendo la cara en su vientre y muslos.
Se tomó su tiempo antes de penetrarla y luego en retardar lo más posible el orgasmo, prolongando su permanencia en el lugar donde había encontrado solaz los dos meses pasados. Era allí donde había encontrado su misericordia y su paz. Y tenía miedo de perder eso a la luz desnuda del día.
La vista le fue volviendo a trocitos. Nada era nítido ni constante, sólo veía formas vagas, sombras raras que lo confundían al darle una percepción surreal de lo que ocurría a su alrededor. De todos modos continuó negándose a creerlo, hasta que las formas comenzaron a adquirir mayor nitidez y la luz débil empezó a hacerle doler los ojos, tanto que ya no pudo negarlo.
Hinata en particular comenzó a cobrar forma para él, y se sentía casi enfermo de miedo. Gracias a su ceguera había descubierto que ella era mucho más de lo que había creído, pero en esos momentos temía, tal vez irracionalmente, que sólo se hubiera convencido a sí mismo de eso.
¿Sería posible que su terror a la oscuridad lo hubiera hecho imaginar la felicidad que había encontrado en ella, que se hubiera aferrado a ella por desesperación? ¿Qué pensaría él cuando la volviera a ver? ¿Qué pensaría ella? ¿Se había quedado con él porque lo amaba realmente o porque había confundido lástima con amor? ¿Había sido todo una falsa sensación de paz?
Se llevó una sorpresa cuando empezó a ver una imagen acuosa de su cara. En realidad no la veía, pero en ciertas condiciones, por ejemplo a la luz del mediodía, captaba belleza en su cara, una belleza natural, verdadera, más fruto de un espíritu vibrante que de cosméticos.
Lo sorprendió haberla encontrado fea antes. Hinata era... luminosa, brillante. Creía ver la chispa en los círculos claros que eran sus ojos cuando se reía, el resplandor de su preciosa sonrisa, y la larga y bien formada sombra de su figura. Cuando empezó a verla con más claridad, comprendió qué tonto consumado había sido. Era hermosa, pero él había estado demasiado absorto en sus problemas para fijarse.
Curiosamente, cuanto más veía de su cara, más miedo sentía de decirle que estaba recuperando la vista. Al principio temió que sus sentimientos cambiaran un tanto cuando la viera. Dios sabía que estos cambiaban; por imposible que le pareciera, ella le importaba más.
No, la amaba, comprendió finalmente, pero la sola idea lo alarmó. Años de condicionamiento, años de experiencia, le decían que amarla era perderla. Se sentía atrapado, atascado entre el mundo de oscuridad que había sido su paz, y el mundo de luz resplandeciente en el que vivía ella, libre y dichosa. Y los sentimientos que lo invadían eran extraños, y ciertamente evidentes para él.
A medida que la forma de Hinata fue adquiriendo contornos, Naruto fue descubriendo con qué libertad vivía su mujer.
En el invernadero, por ejemplo, giraba por la sala haciendo piruetas que al parecer le salían de alguna parte de su interior, movimientos despreocupados, irreflexivos, que lo hacían sonreír.
Perseguía a los perros por la hierba de la bolera. Cachorros los llamaba ella, pero Hugo y Maude ya tenían el tamaño de terneros. Cuando le leía por la noche en el salón dorado, cayó en la cuenta de que la exasperaba su indiferencia por la literatura popular, algo de lo que nunca se habría enterado sin ver su borrosa imagen.
Una noche en que le estaba leyendo algo de Jane Austen, él comentó: «Esa novela es francamente estúpida».
Entonces la vio mover silenciosamente la cabeza; la claridad de sus rizos se distinguía muy bien de la oscuridad que la rodeaba. Continuó leyendo y a mitad del capítulo siguiente él exclamó: «¡Qué cosa más absurda! Escribe como una niña pequeña». Ella se echó hacia atrás y, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá, la movió de lado a lado, después le dijo dulcemente:«No pretende ser un tratado, milord. Sólo pretende divertir».
Desde ese momento él evitó hacer comentarios, por miedo a echarse a reír.
Lo peor fue cuando al ir a sus aposentos y ella lo llamó desde el baño, para que entrara. Estaba metida en la bañera echándose agua jabonosa despreocupadamente por los costados, y él distinguió sus suculentos pechos flotando en el agua como dos marsopas, que desaparecían bajo la espuma y volvían a surgir en un arco triunfante.
Le costó muchísimo fingir que prestaba atención a su relato de la última pelea entre Kakashi y Polly, algo que tenía que ver con cortinas.
Mientras ella le contaba la controversia, él la veía pasarse las manos por los pechos y cogerse los pezones entre los dedos; estaba seguro de que veía agitarse el agua alrededor de los pechos. Era terriblemente erótico, y tuvo que recurrir a todo su autodominio para no meterse en el agua con ella. Pero todavía tenía la visión borrosa, y no pudo dejar de dudar: ¿la vio realmente o tal vez sólo era el deseo de verla?
Y luego estaba el asunto de haberse enamorado de ella. Claro que en realidad no podía decir algo así, porque no podía estar totalmente seguro de que no llamaba amor a un profundo sentimiento de gratitud. Y aún en el caso de que se convenciera de que era amor, eso no borraba toda una vida de perder a las personas que amaba. No podía correr ese riesgo. Todavía no. No de esa manera.
Y así elucubraba día a día, comprendiendo que dado que su vista iba mejorando decididamente, era cada vez más monstruoso ocultarle , la verdad a su mujer.
Pero entonces volvió Menma a Longbridge y ocurrió algo que lo convenció de que realmente había recuperado la vista.
Cuando estaba tomando el té con su mujer y su hermano, no le cupo duda de que vio juntarse mucho sus formas borrosas, y luego oyó una risa ahogada que Hinata aseguró era para sus perros.
Entonces echó raíz una semilla de sospecha, y más avanzado el día tenía un terrible dolor de cabeza producido por sus esfuerzos por verlos, convencido de que muchas veces se movían como si fueran una sola persona, y reprendiéndose por pensar algo así.
Entendía, por supuesto, que, imágenes acuosas o no, eso era espiar.
También comprendía que ahora que estaba convencido de que veía, debía decírselo a ella. Y tenía toda la intención de hacerlo en el momento en que su visión fuera nítida.
Pero ni un momento antes, porque primero tenía que conocer la verdad acerca de ellos.
