Mortal life is brief for the rebel angels
They make their final stand
And soon you'll be alone
Descending angel
Stand by my side
And face the night...
"Descending angel" (Misfits)
Sherlock siempre fue un niño inquieto, curioso, pero, sobre todo, inteligente, brillante. Desde que había tenido memoria, había escuchado decir a todos los especialistas que habían pasado por él y su hermano, que los hijos de los Holmes eran simplemente extraordinarios, que su inteligencia era admirable.
Pero cuando creció, la idea de ser jodidamente inteligente había pasado de ser un don a una carga, los amigos que tenía de niño habían pasado a ser parte del pasado, excepto por dos personas que se habían quedado a su lado a pesar de su decisión de ignorar al resto de mortales idiotas de los que se sentía hastiado de estar rodeado allá en Sussex.
Mike Stanford y Victor Trevor eran las dos únicas personas con las que le gustaba salir, aunque sentía una mejor conexión con Victor, ya que Mike no se había unido a su locura punk que adquirió al entrar a la adolescencia. El alcohol y sus primeros pasos por las drogas habían sido compartidas con Victor, así como conciertos, algunas peleas y varios arrestos por delitos menores, como atentar contra la paz de los vecinos poniendo música a un volumen jodidamente alto en la calle.
Sherlock acababa de terminar la escuela, dos años antes de lo normal y Victor simplemente lo había abandonado, así que ellos solían perder el tiempo desapareciendo por fin de semanas o, en ocasiones, por semanas enteras donde viajaban a la ciudad a buscar algo interesante qué hacer.
—Estás perdiendo el camino, lo estás abandonando por voluntad propia—
Las palabras de Mycroft sonaban ridículas para Sherlock, sus padres lo habían obligado a hablar con su hermano mayor quien estaba en Londres ya con una carrera terminada y disfrutando de un buen puesto en el gobierno. Todo un ejemplo a seguir para el menor, pero claro, Sherlock apenas le interesaba saber en qué estaba metido el gordo de su hermano.
— ¿Por qué no te metes en tus propios asuntos en vez de joderme la vida, querido hermano? —
Sherlock estaba tumbado en su cama mientras tenía un libro que hablaba de lo importante que era cada diminuta vida en el planeta, Sherlock había quedado interesado hace relativamente poco sobre la curiosa forma de vida de las abejas y sería mentir si no admitía que simplemente había quedado fascinado, así que últimamente, la apicultura y temas relacionados se había convertido en su obsesión intelectual.
—Padre y madre están preocupados, Sherlock, no quieres estudiar solo por salir a... ¿hacer nada? —
—No tengo un interés en particular por ser el maldito lame culos de la reina, Mycroft—
Pudo escuchar el suspiro de su hermano al otro lado del teléfono, lo que le hizo sonreír divertido.
—Estoy enterado de tu gusto por el pequeño laboratorio que armaste en casa. Padre me dijo que siempre te ve entusiasmado y madre te regaló un libro sobre Química hace poco, ¿no te interesa estudiarlo aquí en Londres? —
Sería mentira decir que Sherlock no había pensado eso en varias ocasiones, todo lo que tuviera que ver con ese tema captaba su atención de inmediato y, por demás está decir, que siempre amaba aprender más sobre ello y, sobre todo, experimentar con sustancias; sin embargo, estaría loco si le daba la razón a su hermano, prefería negarlo todo, aunque esté mintiendo.
— ¿Sabes qué es lo que me interesaría, Mycrfot? —
—Sherlock... — advirtió Mycroft, sabía que esa pregunta no vendría con nada bueno
—Que te vayas a la puta mierda y me dejes tranquilo, estúpido gordo—
— ¡¿No puedes comportarte de manera aceptable sólo por un minuto?! — el mayor de los hijos Holmes había sonado bastante enojado —Seguir con ese estilo de vida no te dará ningún beneficio, ¿qué es lo que pretendes escapándote por días y regresar manejando ebrio un auto ajeno, Sherlock? —
—En primer lugar, Mycroft, ese auto es de Victor y si manejo ebrio es mi maldito problema. En segundo lugar, tus consejos me valen una mierda, no te voy a agradecer por limpiar mis antecedentes penales, jamás te pedí que lo hicieras—
— ¡¿Cómo puedes...?! —
Sherlock jamás supo qué era lo que Mycroft quiso decirle después, él simplemente colgó y apagó el teléfono. Nunca le importó en realidad seguir el ejemplo de nadie, él solo quería divertirse, puesto que no encontraba absolutamente nada que lo pueda retar, algo que haga que su cerebro tenga que ir a mil por hora. Todo parecía efímero, aburrido y tan monótono. Sherlock incluso sintió que, si ser tan inteligente era estar condenado a tener una vida así de insatisfecha, entonces prefería ser tan idiota como todos los demás, al menos así se conformaría con una miserable vida.
Fueron dos semanas después cuando Mycroft tuvo que regresar a Sussex para visitarlo en el hospital. Sherlock aún no despertaba, había estado dormido por casi dos días... y realmente hubiese preferido que se quedase de esa manera toda su vida.
"Victor murió, Sherlock. Él no sobrevivió".
Esas palabras lo atormentarían por años, Sherlock sintió sus ojos llenarse de lágrimas sin que pudiera controlarlas. Su mejor amigo había muerto y era su culpa. Era su maldita culpa. Regresaban de, sabe quién dónde, por la noche, Sherlock manejando ebrio mientras todavía bebía una cerveza, Victor luchaba por permanecer despierto, pero las drogas y el alcohol en su cuerpo lo habían adormecido. El rizado reía divertido mientras veía a su amigo intentando ponerse el cinturón de seguridad, a partir de eso, lo único que recordaba era que un fuerte golpe lo sorprendía y lo sacudía con fuerza mientras veía todo dar vueltas. Cuando de pronto hubo silencio y tranquilidad, Victor simplemente había desaparecido.
Sin Victor, Sherlock se sentía solo, Mike era el único que lo visitaba y el único ajeno a su familia que no lo juzgaba por lo ocurrido. Con el tiempo aprendería que no solo por eso tendría qué agradecerle a Mike, porque sin él, era muy probable que hubiese terminado muerto. Ya que, luego de la muerte de Victor, las drogas corrían por sus venas casi todos los días, pero ya no era solo por diversión, ahora era para olvidar, para aliviar su maldita conciencia.
Fue una noche en la que realmente había sido demasiada droga para su cuerpo, en la que Mike, como casi todas las noches, lo buscaba siempre en esa miserable casona abandonada para sacarlo de ahí y llevarlo a su casa. Mike siempre le decía que nunca dejase que su madre lo viera así porque a ella se le rompería el corazón, y por algún motivo, Sherlock, quien nunca escuchaba consejos, había tomado eso como una ley inquebrantable, ni siquiera dejaba que su madre lo viera fumando un simple cigarrillo. Pero esa noche fue diferente, Mike se desesperó poco después de encontrarlo y, sabiendo que Mycroft estaba de visita en Sussex, lo llamó para que lo ayudara.
Sherlock no recordaba mucho de aquella noche, pero sí de esa promesa que le hizo a Mycroft, esa en la que esté donde esté, pase lo que pase, él escribiría todo lo que consumiría, todo lo que su cuerpo recibiera, porque tal vez y solo tal vez, si no era demasiado tarde, Mycroft podría salvarle la vida. Y eso pasó, le salvaron la vida, aunque no había sido precisamente una lista, sino Mike Stanford quien llamó a Mycroft para poder llevarlo al hospital. Aquel muchacho le había dado un valor a su vida y Sherlock ahora se sentía en deuda por ello.
Un año después, Mike viajaría a Londres para asistir a la universidad, Sherlock se quedó solo nuevamente; sin embargo, debido a la cercanía con la familia del chico, los señores Holmes, sabiendo (aunque guardando silencio por el bienestar de su hijo) de la difícil situación del menor de sus hijos, decidieron que hacer lo mismo que los Stanford no sería tan mala idea, es decir, mudarse a Londres. A Sherlock realmente no le había gustado mucho la idea, en todo ese tiempo en su rehabilitación, visitar el criadero de abejas en su tiempo libre había resultado una gran terapia para él y con el viaje eso desaparecería. Pero, por otro lado, alejarse de todo lo que le recordaba a Victor y de toda persona que sabía sobre su terrible error, parecía ser un gran alivio.
Fue así como Sherlock volvió a Londres, pero esta vez no de pasada, sino como un ciudadano más. Aquella ciudad lo enamoró al muy poco tiempo. De todos los lugares que había conocido alguna vez, ninguno lo había dejado tan enamorado como Londres. Esa era su ciudad ahora. Incluso soportó la idea de volver a tener a Mycroft en casa con él si de eso dependía seguir ahí.
Pasando un par de meses, Sherlock había sido aceptado en la universidad, la ayuda de Mycroft desapareciendo sus antecedentes penales había vuelto a ayudar y, por supuesto, su nata habilidad intelectual. Fue así que terminó en la misma universidad que se buen amigo Mike y en la que luego entabló una agradable amistad con Molly Hooper. Cada vez que llegaba a clases, lo miraba ligeramente avergonzada. Sherlock no supo por qué por un tiempo hasta que Mike se lo explicó, aun así, siempre le resultaba agradable cumplir deberes con ella ya que el resto de estudiantes no contaban con su aprobación... excepto por Jim Moriarty, este chico había resultado ser un "rebelde" más entre todos, o al menos así había logrado escuchar que los llamaban, pero, por más que trataba de ignorarlo, siempre terminaba atraído por su actitud y su clara burla a los demás por ser tan idiotas. Sí, sonaba tan como él que el rizado quedaba sorprendido.
Sherlock había agarrado el gusto por la ropa sencillamente negra, chaqueta de cuero, botas, cadenas, ah, por supuesto, aquel piercing que Victor le había animado a tener durante sus andadas, por lo que no se sorprendió al ver chicos y chicas así en la universidad; sin embargo, Jim Moriarty lograba diferenciarse y lucir diferente a todos, aunque con un poco más de color, claro. Ambos resaltaban entre todos y ellos dos lo sabían muy bien.
—Tenía una chaqueta parecida a la tuya, pero se me hizo mierda en una pelea— le dijo Jim
— ¿Acaso tengo cara de que me interese? —
Esas habían sido las primeras palabras que habían cruzado, pero no empezaron a frecuentarse hasta que Sherlock lo encontró una tarde en el laboratorio cuando tenía planeado una serie de experimentos. Moriarty resultó mucho más interesante de lo que se atrevió a pensar alguna vez, experimentaba con sustancias y prácticamente tenía los mismos intereses que él. Eso es lo que marcó el inicio de una... amistad. Aunque para Sherlock esa palabra siempre había resultado demasiado grande para describir esa extraña relación que tuvo con Jim.
Quizás si Jim no hubiese sido tan parecido a él, Sherlock jamás hubiese tenido el interés suficiente de conocerlo, pero había resultado ser jodidamente interesante, solían tener las mismas ideas e incluso los mismos puntos de vista. Sherlock identificó una gran capacidad intelectual en Jim, una tan buena como la suya y así, el don de ser malditamente inteligente no se sintió (por fin) como una carga.
Química era la carrera que eligió Sherlock, apasionante e interesante, se leía libros rápidamente sobre el tema, pero las clases, los exámenes y los trabajos no estaban a su nivel. Nada, absolutamente nada lo retaba, nada lo hacía pensar, era como sumar dos más dos todos los días y ver sus excelentes calificaciones como esos sellitos de "bien hecho" que les dan a los niños en los primeros años de escuela. Aburrido, monótono.
Jim fue quien lo convenció de solo asistir a las clases que contaban la asistencia como parte del puntaje en la materia, así Sherlock empezó a faltar a clases para salir a hacer cualquier cosa que llamara su atención: música, alcohol... y ocasionalmente drogas. Los conciertos eran diarios y no importaba de qué banda, solo necesitaban que la música suene malditamente alta y que el alcohol esté al alcance. Con el tiempo, Sherlock sintió que la relación que tenía con Jim se había vuelto algo compleja, sentía que había algo entre ellos que hacía que Jim se le acercara demasiado, que se sienta en el derecho de recostar la cabeza en su hombro y acercase a su cuello con la excusa de sentir su perfume.
Fue una noche en la que Sherlock pudo comprender que la "amistad" de ellos se había vuelto en algo más, él se había dejado tocar hasta tener a Jim arrodillado frente a él mientras hacía un maravilloso trabajo con su entrepierna detrás de un bar. Sherlock sabía que lo suyo eran los chicos, incluso se había sentido un poco atraído por Victor en aquel tiempo, pero jamás se había sentido interesado en hacerlo con alguien. Ciertamente nunca lo tuvo del todo, a pesar de que se llegó a acostar con Jim semanas después de ese incidente detrás del bar. No podía mentir que sentía curiosidad sobre ello y al final había resultado muy placentero, pero no encontraba nada más luego. Lo sintió efímero, decepcionante y hasta le dio asco verse en la misma cama con él al lado. Nunca se sintió bien luego de haberlo hecho.
Después de ello, los toqueteos de Jim fueron bastante molestos, aunque se dejó tocar otra vez solo para saber qué cojones era lo que hacía Moriarty con su boca, porque de verdad lo hacía sentir muy bien. Jim se filmó a él mismo con su celular aquella vez mientras daba su buen desempeño, a Sherlock le había parecido bastante cómico tener su propio video porno casero; sin embargo, procuró eliminarlo antes de que otra persona pudiera verlo. Recibió un grito por parte del chico luego, pero a él simplemente le valió mil mierdas.
Sherlock solo quería divertirse y la pasaba muy bien con Jim, aunque hubo ocasiones en las que excedían límites y Sherlock sentía que debía dar un paso atrás. Tomar a personas contra su voluntad para hacerles lo que querían sonaba divertido cuando solo los obligabas a desvestirse para hacerlos caminar desnudos en la calle emitiendo estúpidos sonidos; sin embargo, a Jim le gustaba cosas más fuertes, le gustaba escuchar los gritos y verlos llorar. Fue ahí cuando Sherlock empezó a ver con claridad lo que realmente los diferenciaba.
La primera vez que escuchó el nombre de Irene Adler fue cuando Jim le hablaba sobre su recién iniciado negocio de venta de drogas. Aquella chica disfrutaba de popularidad por ser dueña de un bar donde buenas bandas tocaban en vivo. No era un local demasiado grande, pero era lo suficiente como para un pequeño concierto se diera lugar con comodidad. Jim y ella se habían vuelto socios, él con sus contactos traería droga de calidad y ella con su local traería la clientela.
Sherlock pisó aquel bar por primera vez una noche cuando Jim lo citó para hablar de negocios, y aunque nunca se sintió atraído por Adler, Sherlock no pudo evitar observarla porque aquella mirada penetrante y esos labios rojos eran malditamente atrayentes. Él había visto a miles de chicas vestir chaquetas de cuero y pantalones rasgados, pero ninguna lucía tan elegante y jodidamente hermosa como ella, menos aun cuando se dio cuenta de lo inteligente y perspicaz que había resultado ser. Si no fuera gay, tal vez esa sería su tipo de chica ideal.
Sherlock tenía muchas preguntas en su mente cuando se trataba de socializar, de conocer gente, y mucho más si entraba el tema de los sentimientos; sin embargo, de lo que sí podía estar seguro, era de que las mujeres no eran lo suyo, así que aquella única vez en la que Irene le había propuesto poner a prueba su homosexualidad, Sherlock había aceptado solo para joderle la noche al imbécil de Jim que se había pasado toda la noche intentando tocarlo y provocarlo. Tener a Irene encima suyo totalmente desnuda habría sido lo suficientemente estimulante para cualquiera, pero Sherlock apenas podía encontrar la belleza en sí en alguien, por lo que recurrir a sus recuerdos con Jim (sus únicas experiencias sexuales) había sido necesario para no alargar demasiado la noche.
—Apenas nos hemos acostado una vez. Tú y yo no somos nada, que te quede claro—
Sherlock se había dado vuelta de repente y había encarado los gritos de Jim cuando este se había dado cuenta que acababa de tener sexo con su socia.
—Oh, claro, pero bien que te gustó verme cómo me lo metía en la boca—
—Claro que me gustó, Moriarty, con toda la práctica que tienes es obvio que lo haces de maravilla— interrumpió
— ¿Qué?... Sherlock... —
Ver nervioso a Jim lo hizo sonreír divertido.
—No seas ridículo, no me vas a negar que se lo has jalado a casi todo Londres—
—Contigo es diferente, Sherlock—
— ¡Me importa una mierda! puedes hacer lo que te salga de los cojones, tú no eres de mi interés—
Sherlock volteó dispuesto a salir del bar, quería largarse de ahí, ya había tenido suficiente por esa noche.
—Pero te encantó que te diera por el culo— las palabras de Jim lo detuvieron —Fui yo quien te quitó lo virgen ¿recuerdas? Estabas muy necesitado como para decirme que no—
Ambos tuvieron una pelea a puño limpio luego de eso y no se hablaron por semanas. Sherlock no volvió al bar de Irene en todo ese tiempo, hasta que, en una clase en la que tenía la obligación de asistir, Sherlock se encontró con un sonriente Jim Moriarty. A Sherlock le valía una mierda que Jim siga molesto o no, pero no pudo evitar sorprenderse cuando el chico quiso hacer las paces con él. "Sabes que me gustas, Sherlock. Puedo tirarme a toda la maldita universidad, pero contigo siempre será especial. Puedes buscarme para lo que quieras, amor, yo no te voy a negar nada". Sherlock pudo comprobar que aquellas palabras habían resultado ser ciertas, ya que comprar drogas ahora era como comprarle al mismo Jim porque siempre le deban el doble de lo que compraba, "Un regalo de Jim", le decían los vendedores. Al menos, volver a ser "amigo" de Moriarty había resultado ser beneficioso en ese sentido.
Así se pasó casi un año, entre un consumo medido de drogas, música, alcohol y unas cuantas clases a la semana. Sherlock estaba jodidamente aburrido de su mundo, de todo, hasta que una noche, mientras regresaba temprano a casa (tenía clases temprano al día siguiente) se topó con la escena del crimen de un asesinato. Había policías aquí y allá con varias patrullas alrededor y varios curiosos mirando el cadáver. Sherlock caminaba desde la otra acera mientras fumaba un cigarrillo, ver el cuerpo de lejos llamó su atención, por lo que, tal vez por morbo como todos los curiosos presentes, se acercó y dio un vistazo.
Por demás está decir que Sherlock se burló de las preguntas que hacía el hombre que parecía ser el que estaba a cargo del caso, el rizado podía ver las respuestas ahí mismo y cuando las dijo delante de todos, en vez de recibir admiración o alguna felicitación, terminó encerrado en la estación de policía toda la noche.
Tal vez habría sido lo mejor, ya que, gracias a ello, cuando sus padres fueron por él al día siguiente, el inspector Lestrade, el hombre a cargo del caso, se enteró de la capacidad mental del muchacho. Fue liberado y las sospechas que había despertado por prácticamente saber cómo había ocurrido el asesinato, fueron desmentidas.
Solo para estar seguro o tal vez por curiosidad, Lestrade le presentó dos casos relativamente recientes en los que, hasta ese momento, no habían sido resueltos. Sherlock resolvió al momento uno de ellos, ya que fue sencillo unir cabos con los datos del expediente, mientras que en el siguiente caso dio datos que a la policía jamás se le habían ocurrido y los cuales, luego de un par de horas de investigación, confirmaron que el rizado había resuelto el caso.
—Me sorprende que ahora inviertas tu tiempo en ayudar a la comunidad, Sherlock—
Mycroft había estado fuera de Londres casi un mes, por lo que toda la situación de su hermano menor en la estación de policía y ahora su colaboración con Scotland Yard había llegado a él gracias a sus contactos en Londres y, por supuesto, por sus padres. Sherlock ahora tenía que soportar esa llamada telefónica y las estúpidas felicitaciones de su hermano mayor.
—Yo no ayudo a la comunidad, solo demuestro lo ineficiente que es la policía de esta ciudad—
—Eso mismo, querido hermano. Si no fuera por tus deducciones, aún tendríamos a un asesino serial suelto en las calles de Londres. Agradecemos tus molestias—
—Cierra la boca, Mycroft y cuando digo cierra la boca, lo digo en serio porque estoy seguro de que tu pantalón ya habrá aumentado dos tallas—
—Las ha perdido, de hecho. Gracias por preguntar—
—Eres un gordo mentiroso, Mycroft Holmes— se burló Sherlock
—Si quieres jugar a la verdad, entonces dime cuántas listas tienes para entregarme—
Golpe bajo, Sherlock guardó silencio sin saber qué responder. Diecisiete listas era realmente una respuesta muy vergonzosa.
—Volveré a Londres la próxima semana, para entonces podremos hablar sobre ello, hermanito—
—Oh, por favor, no te apures, en realidad aquí nadie te extraña— Sherlock intentó pasar desapercibido el tema anterior
—Muy maduro, Sherlock—
Sherlock pudo sentir la molestia en la voz de su hermano y no pudo evitar sonreír.
—Una cosa más antes de que cuelgues, Mycroft—
—Te escucho—
—Es bueno saber que el lame culos personal de la reina vuelve a Londres. Que tengas un buen día, hermano— y finalmente colgó
Sherlock pasó los siguientes ocho meses colaborando ocasionalmente con Scotland Yard, algo que le resultaba jodidamente gratificante. Haber encontrado algo que por fin retara a su mente y a su intelecto era simplemente magnífico. Buscar pistas, deducirlas, ejercitar su mente, clasificar información, indagar en su palacio mental, aprender datos importantes. Todo eso era lo que estaba buscando por años y por fin lo había encontrado. Seguía frecuentando los lugares de siempre, asistía a algunas clases y cuando se lo requería, se unía a algún interesante caso, así era su vida ahora. No estaba seguro qué era exactamente lo que haría una vez terminada la carrera, pero sabía que seguiría resolviendo casos, no había algo que le atrajera más que el rompecabezas de un misterioso asesinato.
Entonces John Watson llegó a su vida y esos ocho meses en la que proclamaba que no había otra cosa en el puto mundo que lo llenara más, se vino abajo como quien derrumba una pared hecha de naipes. Su mundo dio un giro, se sacudió el piso bajo sus pies y de pronto se sintió deseoso, por primera vez en su vida, de besar, de abrazar y de poseer. Nadie había logrado despertar esas ganas de explorar sus sentimientos y mucho menos de despertar ese apetito sexual que tenía muy bien escondido. Antes se sentía pleno cuando resolvía un caso; ahora se sentía completo al lado de John.
Sherlock Holmes estaba acostumbrado a tener todo lo que quería si así se lo proponía, por eso decidió conquistar al rubio y cuando lo logró, depositó absolutamente toda su confianza, su vida entera y su alma si es que existiera, en John Watson. Por él haría lo que sea, por él hasta mataría, por él pondría sus manos al fuego sin dudarlo ni un segundo, porque lo amaba. Realmente lo amaba.
Una vez su hermano le había dicho que personas como ellos no estaban hechos para los sentimientos, ni mucho menos para involucrarse con alguien mucho más de lo que sería necesario. Sherlock de niño era muy vivaz y le gustaba hacer amigos, por eso nunca pudo entender en su momento cuando escuchó esas palabras por parte de su hermano hasta que finalmente lo hizo al crecer y esa realidad le pareció como una condena. Ahora con John a su lado, sentía que su hermano estaba completamente equivocado, que sus palabras simplemente habían sido dichas por el simple hecho de no haber conocido a una persona que lo complementara como lo hacía aquel rubio con él.
Sherlock podría haber cometido muchos errores en el pasado, pero ahora sentía que su vida tenía un nuevo sentido, que vivir en realidad era diferente a lo que él creía, que lo más simple era lo que más satisfacción le traía: como tomar su mano, verlo sonreír o escuchar su nombre salir de sus labios. Que entregarse en la cama no eran solo estímulos y reacciones químicas, no, definitivamente era algo jodidamente diferente, compartir algo tan íntimo era una de las cosas más importantes y hermosas que se podía hacer. Aunque hubiera preferido que su primera experiencia hubiese sido con John, Sherlock se dio cuenta que, en realidad, había hecho el amor por primera vez en su vida. Lo que sintió luego de despertar en medio de la noche con John a su lado aquella vez, no se comparaba en nada con cómo se había sentido cuando lo había hecho con Jim. Esas sensaciones de arrepentimiento y vergüenza que le habían dejado la primera vez fueron reemplazadas por una calidez en su pecho y un deseo de merecer más, de entregar más.
Sherlock se sentía un hombre feliz y completo, el mundo había ganado un poco de color ahora y le encantaba. John Watson era el equilibrio que no sabía que necesitaba, su mundo ahora por fin estaba como siempre lo había necesitado.
