Capítulo 18
―Emma está en la ciudad―dijo Aurora. Daba vueltas por el sitio con paso pesado.
―¿Regina la vio?―cuestionó Elsa. Aunque no mostrara sorpresa, no imaginaba que hubiera regresado tan rápido.
―Claro que la vio. Y estaba a punto de echar a correr hacia ella, pero conseguí impedírselo―dejando escapar un suspiro, Aurora se llevó las manos a la sien y entonces se sentó ―No puedo entender qué le pasa a Regina. ¿Por qué no puede sacarse a esa mujer de la cabeza?
―Aurora, tienes que impedir que Regina la vaya a buscar o que Emma venga a buscarla―dicho eso, Elsa se retiró.
Intentando ignorar la imagen de Emma martilleando en su mente, Regina contemplaba el cielo claro en medio de la noche fría. Al apartarse de la ventana, sus ojos se posaron inmediatamente sobre una botella de whisky que había encima de la mesa. Aunque la había mirado con desprecio, Regina atravesó el pequeño espacio y cogió la botella sin siquiera coger un vaso. La abrió y se la llevó a los labios. El alcohol le quemó la garganta, pero no ofreció ningún alivio a su dolor. Soltó la botella en un rincón cualquiera, salió del despacho y fue a la cocina a buscar a Ruby. Sin embargo, la tristeza estampada en el rostro de Eugenia fue suficiente para hacerle recordar la equivocación que había cometido.
―Eugenia…¿Ha tenido noticias de Ruby?―avergonzada, tragó con dificultad al finalizar la pregunta ―¿No dijo a dónde iba? ¿Ni le ha mandado ninguna carta para decirle que está bien?
―No sabe escribir ni yo sé leer. Así que no. No sé nada. Con permiso.
Sintiendo el dolor y la dureza en el comportamiento de Eugenia, los ojos de Regina se llenaron de lágrimas. Sin decir nada más, subió a su cuarto con la idea de que Ruby quizás estuviera con Emma. A pesar del arrepentimiento sincero, Regina sabía que en parte era una disculpa para buscar a Emma, aunque no se atreviera a admitirlo.
Cuando la luz de la mañana y el canto de los pájaros despertaron a Regina de otra pésima noche de sueño, saltó de la cama y rápidamente se cambió de ropa. Rechazó desayunar, y se dirigía a las caballerizas para coger su caballo cuando Aurora apareció.
―Regina, qué bien que te veo…
―Estoy de salida, Aurora. Hablo contigo después.
―Es urgente. Tu caballo…
―¿Qué le pasa a mi caballo?
―Por los síntomas, sospecho que haya ingerido alguna planta venenosa o que alguna cobra le haya picado.
Sin poder articular movimiento, Regina intentó volver a la realidad, demostrar algún indicio de equilibrio mental mientras miraba a Aurora. Después de Emma, Rocinante era todo lo que más amaba. Corriendo hacia las caballerizas, casi no pudo creerse cuando lo vio echado con expresión abatida.
―Calma, querido…Todo va a ir bien―dijo ella, acariciando el pelaje suave y bien cuidado.
―Necesito tu firma en estos documentos para que me entreguen el antídoto―dijo Aurora
―¿Todavía no lo has medicado?―la voz alterada de Regina dejaba claro su enfado
―Le daré la medicina en cuanto firmes estos documentos y dejes de mirarme como si fuera la culpable.
Nerviosa y preocupada con todo lo que estaba pasando, Regina cogió los papeles de su mano y firmó sin ni siquiera molestarse en leerlos.
―Un criado ya viene con los medicamentos. ¿Puedes aplicarlos mientras yo voy a la ciudad?
Regina asintió y volvió a consolar al caballo mientras Aurora dejaba la hacienda con un plan perverso rondando por su cabeza.
Tiempo. Emma nunca más lo vería de la misma manera después de que sus padres y hermano murieran ni tras la última separación de Regina. Sin ninguna de las personas que, a su modo ella amaba, el tiempo pareció ganar un nuevo significado.
Al abrir la puerta de la cocina, la mirada de Emma se posó sobre el pastel que Ruby le había preparado a Henry. Cumplía dos años.
―Es bonito, Ruby. Gracias―dijo Emma, tocándole amablemente su hombro.
―De nada, señora
―Mary lo ha sacado a darle un paseo, pero ya deben estar de vuelta. ¿Vamos a poner la mesa?―sugirió Emma, pero entonces el ruido de unos golpes en la puerta invadió la estancia ―Voy a abrir, deben ser ellos.
A paso apresado, Emma atravesó la sala y cuando abrió la puerta, se encontró frente a frente con un desconocido.
―¿Sí?―dijo ella, estrechando los ojos mientras lo analizaba.
―¿Señora Emma Swan?
―Sí, soy yo.
―Mi nombre es Graham Humbert. Soy abogado de Regina Mills, y estoy aquí para decirle que esta casa tiene que ser desocupada hoy mismo―dijo él, sin ceremonia.
Como si precisase de algunos minutos para procesar aquellas palabras, Emma frunció el ceño, incapaz de creer lo que aquel hombre decía.
―No puede ser…Esta casa está a mi nombre.
―¿Puedo ver las escrituras?
―Yo no las tengo…
Dejando escapar una sonrisita, él dio un paso hacia delante, acercándose más.
―¿Ve esto?―levantó un papel ―Es un mandato firmado por Regina reivindicando la propiedad―añadió, retrocediendo tras darle una copia ―Al caer la tarde, volveré para estar seguro de que la casa haya sido desocupada. En caso contrario, avisaré a las autoridades. Con permiso.
Cuando él se hubo ido, Emma cerró la puerta y con sus ojos llenos de lágrimas se sentó en el sofá. La idea de que Regina pudiera estar vengándose era demasiado dolorosa y rasgaba su corazón. Al bajar la mirada una vez más hacia el papel en sus manos, el corazón de Emma se encogió al reconocer la firma de Regina. No había duda.
El ruido de Mary y Gepetto entrando en la casa junto con Henry resonó en el ambiente, pero el único sonido que Emma conseguía escuchar era la voz de Regina autorizando aquella orden.
―Emma, ¿ha pasado algo?―preguntó Mary, acercándose con cautela.
Con la respiración entrecortada, Emma le entregó el documento. Cubriéndose la boca con la mano, Mary se tambaleó, incapaz de creer lo que sus ojos leían.
―¿Cómo es posible que Regina haya sido capaz de tal bajeza?―preguntó Mary, incrédula ―¿Estás segura de que esta es su firma?
Mientras asentía, Emma tragaba en seco, intentando digerir lo que acababa de ser tirado sobre su cara. Lo que debía ser un día feliz, acabó volviéndose una pesadilla. Armada con esa nueva información, Emma no estaba dispuesta a permitir que la actitud perversa y vengativa de Regina arruinase el cumpleaños de su hijo. Se puso en pie, lo cogió en sus brazos, le besó la cabecita y con el corazón encogido, lo condujo hasta la tarta. La emoción trasbordó de sus ojos cuando Henry se agitó en sus brazos y sonrió. Los ojitos del niño brillaban de felicidad y gracias a esa dulzura Emma consiguió soportar el pesar en su pecho.
―Puedes quedarte en mi casa el tiempo que necesites.
―Gracias, Mary. Pero no puedo quedarme en tu casa el resto de mi vida. Aun menos con Ruby y mi hijo.
―Bueno, sabes que tengo espacio suficiente…
―Sí, lo sé. Pero estaremos bien en la hacienda de mi padre.
―¿Y si Regina decide echarte de allí también?
―Eso no podrá hacerlo porque la hacienda está a nombre de mi padre. Ella invirtió mucho dinero para levantarla, pero continúa a su nombre.
―Está bien, entonces. Me quedaré con Henry hasta que te organices y mandaré a algunos criados para ayudaros con la mudanza.
―Gracias, Mary.
―De nada, amiga. Lo que necesites, no dudes en pedirlo.
Tras despedirse de su amiga y del hijo, Emma se puso a hacer las maletas con los nervios a flor de piel.
―Lo siento mucho, señora―la voz de Ruby interrumpió sus pensamientos.
Los labios de Emma se curvaron en una sonrisa triste antes de acercarse a Ruby y abrazarla.
―Gracias por todo. Has sido como una hermana para mí.
Con sus ojos llenos de lágrimas, Ruby hizo mención de decir algo, pero entonces alguien llamó a la puerta. Aprensiva, Emma se dirigió a la ventana y casi no dio crédito cuando vio a Aurora parada en el lado de afuera.
―¿La veterinaria? ¿Qué querrá con usted?―cuestionó Ruby
―No sé, pero ya lo descubriremos.
Al abrir la puerta, los ojos verdes de Emma encararon los azules de Aurora mientras la tensión comenzaba a planear entre ellas. El creciente y sofocante silencio pareció durar una eternidad cuando, por fin, Aurora tomó la palabra.
―No voy a robarte mucho tiempo ―dijo ella. Su voz era baja y suave, sin embargo fría como el hielo ―Solo he venido a decirte que Regina y yo estamos comenzando una nueva vida juntas, y que no permitiré que te metas entre nosotras.
Emma no respondió nada. Siguió encarándola en silencio. Las palabras dieron vuelta en su cabeza mientras miraba fijamente a Aurora. Se sintió mareada, y acabó buscando apoyo en el hombro de Ruby para mantener el equilibrio.
―Solo era eso lo que tenía que decir. Espero que lo hayas entendido.
Y entonces ella se giró y se marchó. Tras cerrar la puerta, Emma se sentó en el sofá y se abrazó a sí misma, mientras la imagen de Regina y Aurora juntas la invadía.
―Señora…
―La he perdido, Ruby. Esta vez la he perdido para siempre.
Mirando alrededor, Emma desistió de celebrar el cumpleaños del hijo. Se levantó, cogió las maletas y dejó aquella casa repleta de recuerdos buenos y malos.
Tras casi una hora cabalgando sin destino, Regina ató el caballo del lado de fuera y con un suspiro, abrió el portón agarrando el corazón y el futuro en sus manos. Se acercó a la puerta, miró soterradamente hacia todos lados y entonces llamó dos veces. Ninguna respuesta.
―Emma…Yo…Soy yo, Regina―dijo ella, respirando hondo y llamando de nuevo.
Durante largos y dolorosos minutos, Regina llamó y esperó, y como no obtuvo respuesta, por fin decidió marcharse.
Pasaron algunos días, y Regina no obtuvo noticia de Emma. Sentada a su mesa del despacho de la casa grande, se recostó en la silla y se puso a pensar. Había algo raro para que Emma no estuviera en la casa a ninguna hora en que ella había ido a buscarla.
Conforme las horas fueron pasando, y aunque su cuerpo había tenido que asistir a algunas reuniones de la hacienda, la mente no estuvo presente en ninguna de ellas.
―Robin―lo llamó con discreción mientras seguían hacia el patio ―¿Has tenido alguna noticia de Emma?
―¿Qué tipo de noticia, patrona?
―¡Da igual, cualquiera!
―Bueno, en la ciudad se comenta que dejó aquella casa y se fue a vivir a la hacienda de su fallecido padre.
―¿Y por qué lo sabes?
―Dicen que fue después de haber recibido la visita de un misterioso hombre.
―¿Qué hombre? ¿Killian Jones?
―No, patrona. El teniente sigue preso. Por lo que parece, ese hombre no es del pueblo y no se sabe exactamente qué quería con ella, pero para que haya dejado la casa, quizás haya sido amenazada.
―¿Y por qué es ahora cuando me lo cuentas?―aunque intentaba mantener el control, su voz exaltada dejaba claro su rabia.
Robin miró a su alrededor. Suspirando hondo, volvió a encararla. Su incomodidad era palpable.
―Doña Elsa dio órdenes para que nadie hablara de la señora Emma.
Regina le lanzó una mirada de rabia y enseguida miró a su alrededor buscando a Elsa. Aunque estaba decidida a cuestionar la orden a su amiga, decidió que lo haría en otro momento. Entonces ensilló al caballo y partió en busca de algo incierto.
En pocos minutos Regina llegó a la hacienda. Tras bajar del caballo, abrió el portón de madera y echó a andar, pero tras unos pocos pasos, la vio. Cuando aquellos labios rosados se entreabrieron en un jadeo, y los ojos verdes delicados se clavaron en los de ella, Regina dio unos pasos vacilantes hacia ella, comprobando cómo estaría, antes de intentar abrazarla.
―¿Qué haces aquí?―preguntó Emma ―¿Has decidido venir en persona en vez de mandar a tu abogado? Aunque esta hacienda haya sido levantada con tu dinero, sigue perteneciendo a mi padre―su voz estaba comedida, pero los pensamientos no.
Con el ceño fruncido y la confusión estampado en su rostro, Regina redujo la distancia entre ellas.
―¿De qué estás hablando?
―¡Pues hablo de la orden que le diste a tu abogado para que abandonara la casa donde nací y crecí!―aclaró ella, con su voz cargada de dolor.
Regina empalideció. Sus hermosos ojos castaños se nublaron, y la confusión de minutos antes se mezcló con el asombro y la inquietud.
―¿Te has vuelto loca? ¿O eres igual que tu hermano acusándome de cosas que no he hecho?
Emma clavó sus ojos en ella como puñales y alzando la mano, estaba a punto de darle una bofetada, pero Regina le agarró la muñeca.
―Sabes que yo no lo maté, ¿o no lo sabes?―Emma intentó soltarse, sin embargo Regina la atrajo hacia su pecho. Con su mano libre, apartó los cabellos dorados de su rostro ―¿Por qué te marchaste creyendo en una mentira? ¿Por qué no esperaste a que las autoridades concluyeran las investigaciones? ¿Por qué me abandonaste cuando yo más te necesitaba?
Los ojos de Emma se desorbitaron mientras intentaba soltarse otra vez.
―¿Cómo te atreves a decir que yo te abandoné cuando tú has dado órdenes para que yo saliera de tu vida?
Regina retrocedió como si esta vez Emma la hubiera golpeado. Su corazón se encogía dentro de su pecho y sus ojos se clavaron en los de ella durante un largo instante mientras su mente se obcecaba con pensamientos amargos.
―Dios mío…¿De dónde ha sacado todo eso?―perpleja, Regina llevó su mano al rostro de la rubia, pero Emma se apartó ―Prácticamente me acusaste de haber matado a tu hermano y después te marchaste…Y nunca más regresaste.
Durante un segundo, la voz de Emma quedó presa en su garganta, su corazón latiendo a mil.
―Cuando regresé al cuartel, el coronel no me dejó entrar. Dijo que tú habías dado órdenes de que mi entrada no fuera permitida. Así que regresé a la hacienda, quería pedirle a Elsa que hablara contigo, pero al llegar, mis maletas estaban preparadas porque según ella, tú ya no me querrías en tu vida.
Regina se sentía perdida, su mente era un torbellino de confusión.
―No…No puede ser. No puedo creer que Elsa haya sido capaz…―ella murmuró, con sus ojos llenos de lágrimas.
―Yo intenté avisarla, patrona―la voz de Ruby llamó la atención de Regina ―El día que me despidió…
Con el corazón saltando en su pecho, Regina alternó su mirada entre Emma y Ruby. No era capaz de decir nada, se acababa de enterar de que Elsa le había mentido cuando afirmó no saber los motivos de la marcha de Emma. Algo en su fuero interno le había avisado de eso, sin embargo la amistad entre ellas la había traicionado, haciendo que creyera en ella.
―Yo…Ya no entiendo nada…―pálida, Regina se restregó el rostro con las manos, mientras intentaba asimilar toda la información.
―Creo que necesitamos hablar, Regina―dijo Emma, agarrándola de la mano ―Hay muchas cosas que tenemos que aclarar.
