Capítulo 30. Georgetown
La noche era joven, ambos estaban desfalleciendo de hambre y la Negra apenas había comenzado a digerir su cena recién cazada, así que Draco y Harry decidieron seguir su ejemplo y alistarse para salir a buscar un restaurante.
Harry, tal como Draco se lo había imaginado, era increíblemente atento y caballeroso; parecía tener el gusto de mimar a su pareja después del acto sexual, así que él, nada negado, se dejó consentir. Con gran cariño y cuidado, Harry los limpió a ambos y luego lo ayudó a recuperar sus prendas e incluso a ponérselas; y, cuando ya tuvo a Draco bien abrigado de nuevo, él también se vistió.
Durante esos minutos, Draco tuvo tiempo de pensar en lo que acababa de pasar entre ellos y en las cosas que se habían dicho. Le costaba creer que Harry hubiese ya renunciado a su trabajo y por una decisión propia en la que, en realidad, Draco ni siquiera estaba implicado. Ahora, Draco iba a hacer todo lo posible para ayudarlo a salir de ese aprieto laboral, o dejaría de apellidarse Malfoy.
La perspectiva de volver a casa con Harry era tan jodidamente espectacular que incluso lo asustaba. Pero todo iba a salir bien, estaba convencido. Sentía como si las piezas que le darían forma al rompecabezas de su vida en común, por fin estuvieran cayendo en su lugar. Harry… Harry era adorable. Cada vez que Draco recordaba el modo en que le había besado las cicatrices del pecho, no podía evitar estremecerse de placer y de un sentimiento muchísimo más profundo que no dejaba de aterrorizarlo a pesar de que ya tenía muchos días de haberlo reconocido y aceptado.
El apartamento era muy frío aun con la chimenea encendida, así que Harry aplicó encantamientos de calefacción para que la serpiente no estuviera incómoda y pudiera digerir sus ratones a gusto, según dijo. Draco fingió que se exasperaba y ponía los ojos en blanco, pero la verdad era que cada acción de Harry era un detalle más que le confirmaba que no se había equivocado al enamorarse de él y que, dejando a un lado el trauma por los dementores, este Harry era esencialmente idéntico al Harry del "vistazo".
Por lo que Draco podía deducir, la fachada de donjuán sin corazón había sido solamente eso: una fachada. En el fondo, Harry era perfectamente tierno y amable.
O quizá, Draco quería pensar, era así solamente con él.
Cuando estaban ya listos para aventurarse por las calles de Georgetown, Harry detuvo a Draco y le dijo:
—¡Espera! Casi olvido algo. Vuelvo en un minuto.
Ante los ojos entrecerrados de Draco, Harry sacó su varita y se desapareció. Draco suspiró y, antes de que pudiera comenzar a preguntarse a dónde podía haber ido, éste volvió a aparecer ante él. Venía con una sonrisa enorme y traía los brazos llenos de lo que parecía ser ropa.
—¿Qué...?
—Creo que no estamos vestidos acorde al clima de afuera, así que regresé a buscar en el baúl que dejé en el rancho y traje estos dos abrigos. —En efecto, Harry traía dos abrigos más gruesos de los que ambos vestían en ese momento. Le pasó uno a Draco—. Creo que ese que traes no será suficiente para el clima de esta ciudad.
Draco puso los ojos en blanco.
—Potter, por algo somos magos, ¿recuerdas? Podemos conjurar encantamientos de calefacción a nuestro alrededor —musitó, pero de todas maneras, se cambió el abrigo por el que Harry le había traído. Era muy bonito, olía a Harry y tenía capucha. Le protegería la cabeza de la nieve.
—¿Y atraer miradas extrañadas de los muggles? Para qué. Y bueno, además quería... quería devolverte esto. Pensé que la ocasión era perfecta porque... porque no traes bufanda puesta.
Diciendo eso, Harry le tendió una bufanda de color rojo oscuro que Draco reconoció al momento como suya. Frunció el ceño, preguntándose cómo...
—Ah, sí. El sombrero de la cena de Navidad —musitó y sonrió, tomando la bufanda. Casi por inercia, se llevó la prenda a la nariz y olfateó. Se decepcionó porque no tenía el aroma de Harry en ella—. Veo que... Veo que no la usaste —dijo con desencanto.
Por alguna razón, Harry se sonrojó.
—De hecho, sí la usé, aunque no en la calle ni en el trabajo. Me la ponía para... Me la ponía para dormir con ella y poder evocar el único momento en que estuvimos juntos —dijo a toda velocidad sin dejar de ver a Draco a los ojos—. Si no huele a mí es porque le puse un encantamiento conservador en cuanto la destransformé.
Draco se quedó mudo. La valentía de Harry al confesarle eso le causaba admiración; sabía muy bien que, si él hubiese hecho algo remotamente parecido, jamás se lo contaría a nadie, mucho menos al implicado. Pasó saliva, sintiéndose enternecido por aquella tontería.
—Bueno, creo que es hora de remediar eso, ¿no crees? —Usó su varita de arce para finalizar el encantamiento conservador sobre su bufanda y, acto seguido, dio un paso hacia Harry. Con parsimonia, se la envolvió alrededor del cuello—. La usarás toda la noche, yo me la llevaré a casa y ahora tendrá tu olor —le dijo a Harry en voz baja. Acercó su boca a la oreja de Harry y susurró—: Me masturbaré oliéndote a ti en ella, Potter, porque estoy seguro de que eso fue lo que hiciste tú, ¿o me equivoco?
Harry gimió y negó con su cabeza. Buscó la boca de Draco con la suya y le plantó un beso rudo que duró bastante; lo envolvió apretadamente entre sus brazos y, cuando Draco presintió que si no detenían aquello no iban a alcanzar a salir a cenar, dejó de besar a Harry y, jadeante, se alejó un par de pasos.
Sonrojados, con la respiración agitada y una sonrisa que no les cabía en las caras, salieron de aquel apartamento hacia el frío de las calles de Washington.
Dejaron el edificio donde se ubicaba el apartamento de Harry y Draco se sorprendió gratamente de lo que vio afuera. El barrio era realmente bonito y parecía antiguo. Las casas, adosadas y angostas, tenían al menos unos dos siglos de haber sido erigidas ahí. Las farolas de aspecto anticuado tenían coronas navideñas que, en ese momento, estaban llenas de nieve, y muchas de las casas y negocios estaban adornados con luces de colores, lo que provocaba un reflejo arcoíris sobre la nieve que cubría el suelo. Llegaron a la esquina y Harry lo dirigió hacia la derecha; bajaron por unas escaleras estrechas y empinadas que los llevaron hacia otra calle que iba en paralelo.
Harry miró hacia la escalera que acababan de bajar y soltó un jadeo.
—¡Son las escaleras de El exorcista! Ya decía yo que se me hacían conocidas, y la casa de la esquina también.
Draco frunció el ceño.
—¿El exorcista?
—Oh, es una cosa muggle. Una película de terror —dijo Harry como si tal cosa, sonriendo—. La escena del clímax tiene lugar aquí, en estas escaleras. Son… famosas, por así decirlo. Al menos entre la gente que gusta de ese tipo de películas.
—Desde que hago negocios con muggles, he intentado conocer su cultura lo suficiente como para reconocer referencias y esas cosas, pero siento que la producción de sus medios me rebasa. Quizá tú puedas ayudarme con eso... —Miró hacia Harry con esperanza mientras ambos reanudaban la marcha. Harry lo miró y sonrió.
—¿Quieres... quieres que yo te dé algunas recomendaciones?
Draco le sonrió más y negó con la cabeza.
—Más bien pensaba pedirte que viéramos películas juntos. Las cosas más icónicas y reconocidas, y así. Para... para ampliar mis conocimientos y no hacer el ridículo cuando hable con muggles, ya sabes.
Draco estaba seguro de que a Harry le había brillado la mirada.
—¿Lo-lo dices en serio? —tartamudeó—. Quiero decir, sí, sí, claro. Con mucho gusto. —Hizo una pausa y añadió—: Me gusta el plan. Debo confesar que cuando yo era niño no tuve oportunidad de apreciar mucho de la cultura pop porque... Bueno, porque mis tíos nunca iban al cine y, si iban, no me llevaban con ellos, además de que no me permitían usar la televisión ni la computadora, así que era bastante ignorante, pero... Ahora, de adulto, Hermione es quien nos ha estado educando a Ron y a mí. Intentamos tener "tardes de películas" de vez en cuando, y a veces hasta hacemos un tipo de club de lectura donde leemos el mismo libro al mismo tiempo para ir comentándolo.
—¿Como el libro que mencionaste? —preguntó Draco sin pensar en lo que decía—. ¿El de una navaja sutil que abre ventanas a realidades alternas?
Harry se detuvo y lo miró con gesto serio.
—¿Te refieres a La daga? Sí, yo leí ese libro pero… No recuerdo habértelo mencionado.
Draco abrió mucho los ojos, dándose cuenta de su error. Eso, a lo que se refería, había sido algo que le había dicho "el otro Harry", el del "vistazo". Y, de hecho, ni siquiera se lo había dicho a Draco. Draco lo había escuchado mientras fingía que estaba dormido durante aquella ocasión en la que lo habían llevado a San Mungo para confirmar su identidad.
Joder.
—Oh, ¡mira, agua! ¿Es ése el río Potomac?
Harry giró su cara hacia la derecha, hacia donde Draco le señalaba con la mirada. Por ahí corría un canal angosto que llevaba muy poca agua y la cual estaba casi congelada. Harry frunció el ceño y miró a Draco con extrañeza, lo cual no era raro pues el Potomac era un río extremadamente ancho y caudaloso que no podía ser confundido con aquel pequeño canal de ninguna manera.
—No-no. El Potomac está un poco más hacia allá. Este es un canal artificial que corre paralelo.
—Ah —dijo Draco y suspiró. Le ardía el orgullo por haber quedado como un ignorante delante de Harry, pero al menos había salido del apuro. En serio, tenía que tener más cuidado con lo que decía.
Caminaron poco más de medio kilómetro a través del agradable paseo que bordeaba aquel canal mientras buscaban algún restaurante abierto. Estaba nevando levemente y la temperatura se había tornado un poco más cálida. Draco elevó la cara hacia el cielo y abrió la boca para atrapar copos de nieve. Harry lo descubrió haciendo eso y soltó una risita, pero lo imitó. Draco sonrió entonces mientras la nieve se derretía en su lengua y pensaba si sería buena idea, ahora que parecía haber comenzado una relación con Harry, contarle acerca de lo que había visto en "el vistazo". Su consciencia le urgía a hacerlo, quizá porque no quería tener secretos con él.
Pero, ¿Harry le creería? Algo le decía que no. El miedo a tener un malentendido con Harry fue más poderoso y Draco decidió callar. Al menos, por el momento.
Llegaron a una esquina y Harry lo dirigió hacia la izquierda. Caminaron por una avenida principal, la cual tenía muchos negocios y restaurantes pintorescos. Encontraron un restaurante de comida belga y Draco se entusiasmó.
—¡Vamos ahí, Harry! —le dijo, tomándolo del brazo y tirando de él hacia allá. El restaurante estaba al fondo de un callejón—. La cocina belga es estupenda. Tiene tanta calidad como la francesa y lo mejor es que te sirven porciones enormes que sí llenan. ¿La has probado?
—Si los waffles cuentan como probarla, entonces sí... —masculló Harry y Draco resopló de risa.
—Te va a encantar, confía en mí. Amarás sus cervezas. Ohhh, y sus papas fritas. Verás qué papas.
Entraron ambos al cálido ambiente de aquel restaurante decorado en dorado y azul. Entregaron sus abrigos al guardarropa y los condujeron a una mesa. Draco no demoró nada en comenzar a pedir: ordenó sopa de cebolla, dos cervezas importadas de Bélgica (para comenzar, dijo) y al menos tres diferentes platillos principales para compartir con Harry y que no se quedara con ganas de probar.
—Y, para finalizar, pediremos waffles de postre. Con nutella, por favor. Los vas a amar, Harry —le dijo Draco con una gran sonrisa mientras el camarero se alejaba con el pedido. Harry lo estaba observando fijo con los ojos resplandecientes y una sonrisa tierna. Draco se descolocó—. ¿Qué? ¿Qué pasa?
La sonrisa de Harry amainó un poco, pero él no se acobardó. Sin dejar de ver a Draco a los ojos, le susurró:
—Creo que estoy enamorado de ti.
Draco, quien en ese momento había estado acomodándose la servilleta sobre el regazo, se quedó congelado ante esa revelación. Boquiabierto, se dio cuenta de que Harry estaba siendo sincero: se podía leer la honestidad desnuda en sus ojos verdes. Draco cerró la boca y pasó saliva. El corazón le había dado un vuelco dentro del pecho y ahora le latía sin control.
Desde hace varios días, durante varios eternos y muy largos días, no había existido nada más en el mundo que Draco hubiese anhelado escuchar. Harry Potter confesándole amor. Ahora que lo tenía por fin, no sabía cómo reaccionar.
Harry pareció cohibirse un poco ante su silencio y bajó la mirada hacia su plato. También tomó su servilleta y procedió a acomodársela sobre las piernas, enrojeciendo de las mejillas. Fue cuando Draco se dio cuenta de que había dejado transcurrir demasiado tiempo y que seguramente Harry pensaría que él no le correspondía.
Oh Harry, si supieras...
—Harry, yo...
El camarero llegó con las cervezas, interrumpiéndolo. Draco maldijo entre dientes. El momento había sido mágico durante unos pocos segundos y él, grandísimo estúpido, lo había dejado pasar, desaprovechándolo.
Cuando el camarero volvió a retirarse, Harry masculló sin verlo a la cara:
—No-no tienes que responderme nada, Draco. Sé que fue apresurado, pe-pero, no pude evitar decírtelo. De pronto, me giré a verte y te encontré tan guapo, tan conocedor del tema, tan atento conmigo, entusiasmado como un niño... tan adorable. Y ese fue el sentimiento que me brotó desde dentro, y nada más. No tienes que, quiero decir, no tienes obligación de corresponderme. Lo siento. Me disculpo si fue algo… Algo que no debí haber dicho.
Harry parecía miserable y Draco no supo que hacer. Los camareros no paraban de pasar a su alrededor, y pronto estaban sirviendo la sopa y los demás platillos.
Draco se dio por vencido por el momento, pero se prometió a él mismo que arreglaría ese error en cuanto le fuera posible. Intentó charlar con Harry de temas inofensivos al menos mientras duraba aquella cena y podían volver a estar a solas e inspirados.
Afortunadamente, fue la misma comida la que les dio tema de conversación. Harry le hizo preguntas de esto y de aquello, Draco respondió alegremente y luego, de algún modo, terminaron charlando acerca de la experiencia de Harry ahí en Washington desde el día que había arribado. Harry le narró con detalle en lo que consistía su trabajo en MACUSA y Draco pudo comprender porque aquella labor era tan aburrida para él. Saber que aquellos americanos de pacotilla lo habían tratado mal, provocó que le hirviera la sangre. Decidido a ayudarlo, Draco hizo junto con él algunos planes para contratar a uno de los mejores abogados que conocía y las estrategias legales que usarían para defenderse en caso de que MACUSA intentara demandar a Harry por incumplir con su contrato y, de ese modo, la cena pasó breve y amena.
Draco era consciente (y sabía que Harry también) de que ahí había un gran elefante en la habitación y ése era el asunto de "su relación". Era curioso cómo ambos hablaban del futuro como si sólo fueran un par de amigos, como si ninguno se atreviese a asumir que existiría algo más entre ellos.
Pero Draco sabía que sí existía (y existiría) mucho más y estaba dispuesto a luchar con garras y dientes por ello. Especialmente porque había una sola idea que no dejaba de presentarse en su mente como letrero de luces de neón, y eso era lo que Harry acababa de confesarle.
Harry creía que estaba enamorado de él.
Aquel pensamiento era tan increíble como emocionante y Draco no cabía en sí de la felicidad. Cada vez que lo recordaba, una sonrisa enorme se le dibujaba en la cara.
Finalmente, cuando les llevaron los waffles prometidos para el postre, Harry ya estaba medio ebrio. Habían probado casi todas las cervezas belgas listadas en el menú y Draco no podía recordar una cena en toda su vida en la que se la hubiese pasado mejor.
Harry, por su parte, parecía haber olvidado ya el incómodo momento de hacía un rato y se veía bastante relajado y contento. No paraba de sonreírle a Draco y éste se sentía igual. Los camareros a su alrededor les echaban miradas furtivas, como si se dieran cuenta de que ambos estaban locos el uno por el otro y les hiciera algo de gracia.
A Draco nunca le había importado menos lo que otros pensaran de él.
Cuando dejaron el lugar, todavía nevaba un poco y la calle rebosaba de vida. Después de todo, era viernes, y Georgetown era un barrio bohemio donde mucha gente acudía a cenar, a comprar y a caminar. Soltando risitas, Harry le pasó un brazo alrededor de los hombros a Draco y lo acercó hasta él.
Le susurró al oído, provocándole escalofríos:
—No recuerdo haber cenado más delicioso en mi vida. Muchas gracias, Draco.
Draco se alejó un poco para mirarlo a los ojos.
—¿Quieres... quieres regresar ya al apartamento? —preguntó en voz baja. Se moría por volver a estar a solas con él.
Harry pareció dudarlo.
—No ahora mismo, pero sí… Dentro de un rato. Primero me gustaría caminar un poco. Comí demasiado y creo que tanta cerveza me nubló un poco la mente. Quizá un paseo al aire libre me... ¡Espera! Ya sé a dónde podemos ir. Me hablaron de un sitio que podemos visitar.
Paró un taxi y los dos subieron en el vehículo. Le pidió al chófer que los condujera al Zoológico Smithsoniano.
—¿Un zoológico? —preguntó Draco mirando su reloj—. Pero si ya casi son las siete de la noche, Harry. No creo que esté abierto.
Harry lo miró sonriente.
—Claro que está abierto. Es la magia de la temporada navideña —dijo con toda solemnidad y Draco soltó un resoplido.
El viaje en auto no demoró nada. En menos de diez minutos estaban arribando a su destino. Había bastante gente en el sitio a pesar de la oscuridad y el frío, y Draco pronto comprendió por qué.
El zoológico tenía un espectáculo de luces navideñas: aparentemente, podías caminar dentro de las instalaciones del parque para verlo. Con una gran sonrisa y una ilusión casi infantil resplandeciendo en la mirada, Harry le hizo una seña a Draco y, a paso lento y caminando bien pegados el uno al otro, se internaron en el zoológico a través de la vereda principal.
El parque estaba atestado de paseantes. Y era hermoso, Draco no podía negarlo. Los árboles que bordeaban la vereda estaban adornados con luces desde la base del tronco hasta las puntas de cada una de sus ramas sin hojas, cada uno de un color distinto, y había figuras gigantes de muchos animales no mágicos (obviamente), iluminadas y con movimiento. Pinos artificiales hechos sólo de luces eléctricas y figuras navideñas de todo tipo. A lo lejos, Draco pudo ver un carrusel funcionando y muchos puestos de comida y bebidas de temporada. Más adelante, había un pequeño teatro al aire libre donde un grupo de ancianos y ancianas vestidos con ropas que recordaban a épocas pasadas, cantaban villancicos a todo pulmón. Por el lado opuesto, se llegaba a otro anfiteatro donde una banda tocaba música clásica.
Había tanto que ver que ambos caminaron un rato por el parque sin hablar mucho entre ellos mas que para hacer algún comentario. Después de unos minutos, llegaron hasta lo que, Draco supuso, era la presentación estelar: un laberinto hecho de paredes de luces blancas y azules que tenía un letrero que decía: "La Gran Búsqueda: Encuentra a los nueve renos de Santa". Harry miró hacia Draco.
—¿Qué dices? ¿Vamos a cazar renos?
—¿Mientras se llega la hora de cazar a Enescu? —respondió Draco con una sonrisa torcida y coqueta—. Me parece genial. Podemos tomarlo como entrenamiento.
Harry se rió y, para azoro de Draco, le ofreció una mano enguantada. Draco titubeó y miró a su alrededor: en verdad, el sitio estaba lleno de familias con niños, pero todos estaban muy ocupados en sus propios asuntos y nadie les dedicaba ni una sola mirada. Decidiéndose, Draco le tomó la mano a Harry y se adentraron en aquel océano de luces led.
En cuanto entraron al laberinto (el cual formaba un arco encima de ellos: era como internarse en una cueva hecha de alambre plastificado, cables y luces), sus rostros, cabello y ropa se volvieron de color azul eléctrico. Harry se rió mucho mientras observaba a Draco, y Draco le dio un empujón con un brazo. Pronto, se dieron cuenta de que el laberinto no eran sólo paredes de luces que se bifurcaban en distintas direcciones, si no que, de tanto en tanto, había salidas a diferentes claros donde encontraban alguna escultura principal hecha de luces, además de muchos pinos, copos de nieve, carámbanos o cualquier otro motivo navideño gigantescos y hechos, cómo no, sólo de alambres y luces. En uno de ésos claros estaba un anillo de tamaño gigantesco colocado de pie, con un diamante de luz azul en la punta. Draco estaba comenzando a preguntarse qué significaría eso, cuando, justo bajo el arco del anillo, un hombre se arrodilló frente a su acompañante femenina y, a su vez, sacó un anillo real en una evidente propuesta de matrimonio. La mujer gritó y la gente comenzó a rodearlos y a sacarles fotos.
Harry y Draco miraron eso durante unos momentos. Intercambiaron una mirada incómoda y, sin decir más, continuaron su camino. Draco sentía que el pecho le ardía de esperanza.
Quizá… quizá algún día...
Era en esos instantes donde agradecía no haberse quedado a vivir en "el vistazo" y haber regresado a su realidad. Experimentar cada uno de esos momentos en vez de sólo saber que ocurrieron, le parecía mucho más satisfactorio y legítimo. Se imaginó a él mismo pidiéndole matrimonio a Harry, casándose con él, teniendo a Eltanin… Era un futuro maravilloso. Lo único que tenía que hacer era ir construyéndolo con cuidado para no espantar al otro.
Sonrió y apretó la mano de Harry en un movimiento inconsciente. Harry no lo había soltado durante todo ese rato y Draco no podía sentirse más feliz. Los dos traían guantes puestos, claro, pero de todas formas… Draco podía sentir su calor y su agarre firme, y a causa de eso, una emoción indescriptible le reptaba por el pecho, le invadía la mente y no lo dejaba pensar en nada más.
Ser la pareja de Harry Potter era un sueño vuelto realidad.
Continuaron vagando por el laberinto y, después de un rato, Draco se estremeció de frío: ya había dejado de nevar y la temperatura había descendido bastante. Harry lo notó y se detuvo. Soltó a Draco, se desenrolló la bufanda que éste le había prestado y, como era bastante larga, se las ingenió para compartirla con él.
Draco se quedó muy quieto, sólo mirando fascinado lo que Harry estaba haciendo, porque estaban muy, muy cerca el uno del otro, sus rostros apenas a centímetros, sus labios casi rozándose, el aliento intoxicante de Harry asaltando sus fosas nasales y Draco se preguntó si acaso aquel no sería un buen momento para decirle lo que no se había atrevido en el restaurante…
Se tardó demasiado en pensar y en decidir. Harry terminó de arreglar la bufanda, dejándola de modo que envolvía los cuellos de ambos. Lo tomó de nuevo de la mano y reanudó la marcha, caminando ahora bien pegado a su costado.
No que Draco se quejara de eso...
Salieron a otro claro donde estaba una gran escultura de un reno. Harry se rió.
—Bueno, ¡hemos encontrado al primer reno! Ahora nada más nos quedan ocho… —fue bajando la voz hasta enmudecer, mirando fijamente a esa escultura con gran interés.
Draco se fijó que, como el reno estaba hecho de luces plateadas, daba la impresión de parecer un patronus. Se inclinó hacia Harry y le dijo al oído:
—Mira nada más en dónde venimos a encontrarnos con lo que parece ser el monumento al patronus del jugador de quidditch más engreído del mundo, ¿no crees, Potter? ¿Recuerdas cuando me lo echaste encima, allá en Hogwarts?
Harry resopló con burla y asintió.
—Sí, claro, mi patronus, y… Bueno —Dejó de ver al reno de luces y giró su rostro hacia Draco—. Si te soy sincero, en lo primero que pensé fue en mi padre, no en mi patronus. No realmente. Y luego, claro, también me acordé de mi madre.
Draco frunció el ceño. Que se lo tragara la tierra, pero no entendía por qué Harry le decía eso. ¿De qué dato importante se había perdido?
—¿En tu padre? —repitió en tono de pregunta.
Harry asintió.
—Oh, ¿no lo sabías? Mi padre era un animago que se convertía en ciervo. Por eso, mi patronus… Y… Bueno, no lo sé con certeza, pero creo que su patronus era el mismo animal y, el patronus de mi madre, era una cierva.
Algo golpeó a Draco casi de manera física en cuanto escuchó a Harry decir eso. ¿Sus padres muertos, ambos representados como una pareja de ciervos? De inmediato, recordó los venados que lo habían salvado en el bosque de los Arces Perdidos, recordó las palabras de la bruja kikapú.
Lo que se sabe de nuestro bosque sagrado, es que es ahí a donde se van las almas de aquellos que se han adelantado a nuestro camino. Ellos reencarnan en alguna criatura inocente, quien puede buscar un modo de estar cerca de los que fueron sus seres queridos en vida. Especialmente si en alguna fecha reciente, tú les brindaste algún homenaje o realizaste alguna ceremonia en su memoria… Es probable que esa haya sido su manera de darte las gracias.
Pero, ¿de qué podrían, los padres fallecidos de Harry, haber estado dándole las gra...?
Ah, sí, se interrumpió él mismo la línea de su pensamiento al acordarse de El Lily y El James.
¿Sería posible?
—¿Sucede algo, Draco? De pronto te has puesto muy pálido.
Draco, sin soltarle la mano, se giró hacia Harry y lo miró a los ojos. No tenía manera de explicarle aquello que le había sucedido en el bosque, al menos, no en ese momento. No podía confesarle así nada más que de pronto se le había ocurrido que aquello que lo había mantenido vivo en el bosque, tal vez habían sido los espíritus de sus padres, ni más ni menos.
Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras abría la boca y ningún sonido salía de ella. Era ridículo, completamente ridículo, pero repentinamente se le vino a la mente que tal vez los padres de Harry sabían lo que ellos dos podían lograr juntos y, de cierto modo, estaban aceptándolo como futura pareja de su hijo. La idea era tan cursi e inverosímil que Draco resopló y se apartó de Harry. Dio un par de pasos hacia atrás y la bufanda se desenrolló de su cuello.
—¿Draco?
Draco respiró hondo para tranquilizarse. Parecía absurdo, pero quería creer. Creer que tenía la aprobación de los padres de Harry para estar con él: le parecía la cereza del pastel.
Se aferró a ese pensamiento, aunque se juró no contárselo a nadie porque era una soberana estupidez.
Sonrió y se limpió los ojos húmedos con el dorso de la mano. Miró a Harry, quien lo observaba con apuro. Caminó de nuevo hacia él, le echó los brazos encima para rodearlo del cuello, y lo besó.
Sintió el cuerpo de Harry liberar tensión y percibió el suspiro que el moreno soltó por la nariz mientras comenzaba a corresponderle. A su alrededor, los muggles pasaban sin prestarles atención y Draco creyó que ya era suficiente.
Separó un poco su rostro del de Harry para susurrar encima de sus deliciosos labios:
—Vamos al apartamento. Quiero hacer el amor contigo toda la jodida noche. Quiero que me folles, largo, duro, una y otra vez. Quiero… Te quiero a ti, Harry. Quiero todo de ti. Y no sólo hoy. Seamos novios, quedémonos juntos. ¿Qué… qué dices a eso?
Harry se estremeció, lo miró incrédulamente a los ojos durante un instante y entonces sonrió. Draco se dio cuenta de que se le humedecían los ojos y se sintió muy conmovido. Entonces, Harry asintió y, sin soltar a Draco, sacó su varita del abrigo y se desapareció junto con él hacia el apartamento.
Poco les importó si algún muggle fue testigo de aquello.
Harry los apareció directamente en el cuarto. El sitio estaba oscuro y helado; Draco alcanzó a distinguir una cama, pocos muebles y ningún efecto personal porque, obviamente, si Harry había renunciado, se habría llevado todo con él en su baúl.
Rápidamente, Harry ejecutó encantamientos de calefacción y encendió una lámpara que estaba sobre la mesita de noche. Draco lo miró con una ceja arqueada y Harry, frunciendo el ceño con extrañeza, le dijo:
—¿Qué? ¿No esperarás que no quiera verte bien durante nuestra primera vez, o sí?
Draco se mordió los labios ante eso. Su primera vez. Había olvidado que, para este Harry, esa era su primera vez. Bueno, era cierto que ellos dos ya habían compartido un par de mamadas espectaculares y un frottage lleno de sensualidad y sentimientos, pero... Era su primera vez de aquella manera.
Draco intentó sepultar en el fondo de sus memorias las experiencias sexuales que había vivido con el Harry del "vistazo" y se preparó, con enorme emoción y felicidad, a vivir por primera vez lo que era hacer el amor con el Harry Potter que era realmente suyo.
Día con día, había estado luchando contra las sensaciones de derrota y arrepentimiento que le causaba saber que lo del "vistazo" no había ocurrido por causa suya, por haber tomado la decisión equivocada... Pero así como le había rogado a Harry que no se preocupara por las cicatrices del sectumsempra, en el fondo sabía que también tenía que comenzar a perdonarse a él mismo y aceptar lo que fuera que esa vida pudiera ofrecerle, pues el pasado no se podía cambiar.
Les había costado más años y había sido más duro, pero finalmente, ahí estaban, Draco y Harry, juntos, por primera vez.
La primera vez de muchas, muchísimas, Draco anhelaba creer.
En esa ocasión, se movieron lento y a consciencia. Turnándose el control de la situación, dominando a veces y luego permitiéndose ser dominado por el otro. En las penumbras de aquella habitación, Harry besó a Draco durante un largo, largo rato, apasionado y entregado mientras le quitaba la ropa prenda por prenda, como si Draco fuese un regalo de Navidad que Harry estaba dándose el gusto de desenvolver, acariciándolo cada vez que un trozo de su piel quedaba expuesta.
Draco sentía estremecerse. Nunca nadie lo había tratado con aquella ternura.
Una vez desnudo, Draco abrazó a Harry desde atrás mientras le mordía el cuello y le ayudaba a quitarse su ropa.
Le acarició su erección hasta que lo tuvo temblando de excitación entre sus brazos. Lo llevó hasta la cama, lo colocó boca abajo y se subió encima de él. Finalmente, Draco se dio el gusto de hacer lo que no había podido en ninguno de sus otros encuentros (contando incluso los que había sostenido con el Harry del "vistazo"): besarlo de pies a cabeza, recorrer toda su piel ardiente con las manos, tocar cada rincón y recoveco de su cuerpo.
Harry tenía un cuerpo escultural y Draco sabía que le era imposible desearlo más de lo que ya lo hacía; se sentía completamente loco por él, la cabeza le daba vueltas mientras sus labios no se cansaban de conocer y memorizar el sabor de su piel, se sentía ligeramente mareado y muy, muy feliz.
Los suaves gemiditos de agradecimiento y placer que emitía Harry eran verdadera música para sus oídos.
Finalizó su exhaustivo reconocimiento del cuerpo de Harry obligándolo a elevar el trasero, doblando las rodillas sobre la cama. Como si supiera lo que le esperaba, Harry se aferró de una almohada y miró a Draco por encima de su hombro. Los ojos verdes relampagueaban como fuego y Draco correspondió la mirada ardiente durante unos segundos antes de dedicarle un gesto travieso y sacarle la lengua. Sólo de ver eso, Harry gimoteó y cerró los ojos. Echó sus caderas más hacia atrás y Draco soltó risitas. Entonces, sin perder más el tiempo, tomó las dos hermosas y firmes nalgas de Harry, las acarició largamente mientras la boca se le llenaba de saliva, y, sintiendo que tanto él como Harry estaban perdiendo la paciencia, usó cada palma para aferrar cada nalga y las separó lo más que pudo.
Harry gimió mientras Draco lamía, chupaba y besaba la suave y arrugada piel de su entrada, volviéndolo loco, volviéndolo una masa aguada suplicante. Draco se entregó con ganas a la tarea, olvidándose de él mismo y concentrado solamente en producirle placer al moreno. En unos pocos minutos, bastó con que una mano de Draco rozara la erección de Harry para que éste se derramara abundante sobre las sábanas. Draco, quien tenía la lengua enterrada en el culo de Harry mientras éste se había corrido, sintió el modo en que el interior se estremecía y se apretaba y él mismo casi eyacula sólo por eso.
Continuó acariciando suavemente la erección de Harry y chupándolo hasta que éste expulsó la última gota. El moreno se desplomó sobre las sábanas, cayendo encima de la mancha mojada de su propio semen sin importarle.
Muy sonriente y pagado de sí mismo por la reacción que había provocado en Harry, Draco se dejó caer a su lado mientras el otro luchaba por recuperar la respiración y se giraba a verlo, todo sonrojado y satisfecho.
—Joder, Draco... —jadeó, mientras cerraba los ojos y se llevaba una mano a la frente para limpiarse el sudor—. Eso fue... eso fue… Lo mejor que… En serio, eres el mejor.
A pesar de que le complacía escuchar eso, Draco no estaba para halagos. Él mismo se sentía a punto de explotar: no se había corrido todavía y sentía que no aguantaba más; no se había percatado de eso, tan ocupado había estado en complacer a Harry y hacerlo sentir bien, pero haberse comido su apetecible trasero y haberlo hecho correrse así a puros besos y caricias, lo había llevado al límite de la excitación. Acostado boca arriba mientras observaba a Harry recuperarse de su orgasmo, llevó una mano a su erección y comenzó a acariciarse.
—Oh no, no hagas eso. Permíteme ayudar —resopló Harry
Soltando un último jadeo, Harry se incorporó y se le echó encima. Volvió a besar a Draco en la boca durante un largo rato, sumergiendo la lengua casi hasta su garganta, gimiendo al percibir su propio sabor amargo en los labios de Draco. Entonces, dejó de besarlo, le sonrió y se arrastró hacia abajo por encima de su cuerpo.
Draco, sumamente excitado y con el corazón a punto de salírsele del pecho, miró a Harry dirigir su hermosa y sonrojada boca hacia su erección y gimoteó por la expectación. Harry le dirigió una última mirada y entonces procedió a chupársela a Draco, caliente, lento y tortuoso hasta provocar que estuviese a punto de derramarse. Con las manos, le acariciaba los muslos, forzándolo a abrir las piernas, llevando sus dedos hacia los testículos tensos de Draco y luego, más abajo, hasta la suave piel justo antes de su entrada. Draco sintió los dedos de Harry tanteando ahí y su boca tragándoselo lo más que podía, y no aguantó más. Se corrió en su garganta, sus dedos bien enredados entre los mechones negros de su cabello, sus caderas elevándose de la cama para encontrarse con la boca del otro y oh merlín, Draco sabía que no podía ser más feliz.
Joder, joder, Harry es tan bueno haciendo esto, qué suerte tengo, pensaba Draco mientras el moreno le lamía su ahora suavizado miembro hasta dejárselo sin rastro alguno de su corrida y él se sentía tan bien y tan liberado que ni siquiera podía abrir los ojos. Escuchó a Harry soltar risitas mientras regresaba a su lugar original en la cama, justo a su lado.
—¿Estuvo bueno? —preguntó el muy presumido.
Draco abrió un ojo y lo miró de soslayo.
—Tú sabes que sí. Sabes que eres bueno, no voy a engrandecer tu ego alabándote —bromeó Draco. Hizo una pausa mientras giraba su rostro hacia Harry. Su sonrisa se suavizó y murmuró—: La verdad, sí eres muy bueno. Eres… Eres lo mejor que me ha pasado, Harry Potter. Sólo pensé que debías saberlo.
Harry se había quedado acostado de lado, apoyado con un codo sobre la cama y la cabeza sobre la mano, mirándolo con ojos brillantes. En algún punto, cuando se estaban desnudando mutuamente, Harry había dejado sus anteojos por ahí tirados, y Draco no se cansaba de apreciar sus hermosos ojos verdes.
—El sentimiento es mutuo, Draco Malfoy —susurró Harry a su vez, observándolo con endiablada seriedad.
Draco se acordó entonces de un momento vivido en "el vistazo", cuando había dormido al lado de Harry y se había despertado para descubrir al moreno mirándolo exactamente en esa misma posición. Un escalofrío le sacudió el cuerpo.
Era increíble todo lo que le había pasado desde entonces.
Suspiró.
—¿Qué sucede? —preguntó Harry.
—Nada, es sólo que… No. No es nada —respondió Draco, intentando parecer despreocupado. Cada momento que pasaba con Harry, sentía que se volvía más urgente su necesidad de contarle toda la verdad. Estaba convencido de que, entre más tiempo dejara pasar, sería peor.
Pero, ¿era ése un buen momento?
Decidió que no.
Se mordió los labios y decidió actuar egoísta y calculadoramente: iba a dejar transcurrir unos pocos días, esperar a que ambos estuviesen de nuevo en Inglaterra, que Harry estuviese más enamorado de él de lo que estaba ya en ese momento, y entonces... quizá entonces se lo contaría.
Le sonrió de lado, de un modo que él sabía, era totalmente sensual.
—¿Te acuerdas que en el zoo te pedí que me trajeras aquí y que me follaras una y otra vez? ¿Toda la noche? ¿Hasta que la luz del amanecer entre por la ventana y debamos regresar a Texas? —fue preguntando provocadoramente al tiempo que se movía por la cama para acercarse más y más a Harry. Notó cómo, con cada palabra que decía, las pupilas de los ojos de Harry iban dilatándose—. ¿No quieres eso, Harry? ¿No quieres meterte en mí, sentir lo mucho que te deseo y...?
—Joder, Draco —masculló Harry con voz ronca, interrumpiéndolo y, para complacencia de Draco, acercándose más a él, subiéndose encima, ambos pringosos y húmedos a causa de sus recientes orgasmos. Cubrió el cuerpo de Draco con el suyo y comenzó a besarlo en la boca con renovada pasión—. No... tienes idea de... lo mucho que he... soñado con hacerte eso —le mascullaba entre beso y beso, frotándose contra Draco y, aunque ambos tenían sus penes fláccidos, Draco podía sentir el deseo burbujeando en su sangre—... Desde que... Desde esa primera noche... en tu loft.
De pronto, Harry dejó de moverse, dejó de besarlo y elevó la cara para mirarlo a los ojos.
—Espera, eso no es del todo cierto —dijo Harry y le obsequió una sonrisa encantadora que, si Draco hubiese estado parado, seguramente le hubiera hecho flaquear las rodillas—. En realidad fue desde mucho antes... Quizá incluso desde que estábamos en el colegio —comenzó a divagar Harry mientras miraba hacia un lado y fruncía el ceño.
Draco, tan feliz que no pudo evitar un resoplido de risa, le dijo:
—No sé si desde el colegio, pero sé a ciencia cierta que, si terminando la guerra, yo te hubiera buscado y besado, seríamos novios desde entonces.
Corrección: estaríamos casados y con un hijo, sin duda alguna.
Harry lo encaró de nuevo y puso gesto serio mientras le escudriñaba el rostro con los ojos. Draco le sostuvo la mirada y pasó saliva. No se arrepentía de lo que acababa de decirle. No tenía modo de explicarle lo del "vistazo" y la manera en que ellos dos parecían destinados a estar juntos, pero él sabía que era verdad y, por alguna razón, necesitaba transmitirle a Harry aquella certeza.
—Puede que tengas razón —susurró Harry finalmente y, para alivio de Draco, sus labios dibujaron una sonrisita—. Eras un puto grano en el culo, pero qué culo tenías desde entonces —afirmó, soltó una risa y Draco, en venganza, le dio una sonora nalgada.
Harry pegó un grito y de nuevo comenzó a retorcerse encima de Draco, provocando que sus penes semierectos se frotaran entre ellos. Draco se rió, llevó sus manos a los costados de Harry y comenzó a hacerle cosquillas. Harry respondió riéndose a carcajadas y moviéndose bruscamente. Se incorporó, atrapó las muñecas de Draco y las llevó hasta colocarlas arriba de la cabeza del rubio.
Draco trató de resistirse, pero la verdad fue que no mucho. Sentir las manos fuertes de Harry agarrándolo así, inmovilizándolo así, despertó algo en él que no se había dado cuenta que tenía hasta aquella ocasión en que el otro Harry se lo había follado rudamente encima de un escritorio. Aquel día, Draco había descubierto que guardaba cierta preferencia por la sumisión, pero estaba casi convencido que sólo era así si estaba con Harry Potter.
Draco sonrió feroz y notó, con placer, que Harry se había quedado serio y que lo miraba con los ojos brillantes de lujuria.
—Draco —jadeó—, no tienes idea de cuánto te deseo… De cuánto quiero… De cuánto te quiero.
Draco entreabrió los labios y estaba a punto de responderle, cuando Harry bajó su rostro para besarlo. Lo hizo así durante varios y tortuosos minutos, sin soltarle las manos, dominándolo completamente, impidiéndole escapar.
Jadeante, se separó y sostuvo a Draco sólo con su mano izquierda. Abrió los dedos de la derecha y susurró un incarcereous sin varita que ató las muñecas de Draco a la cabecera de la cama. Aquello provocó que una ráfaga de algo ardiente y primitivo le subiera a Draco hasta el pecho, inundándolo hasta casi hacerlo llorar. Gimoteó y tiró de sus brazos para comprobar que sí estaba realmente inmovilizado y a merced de Harry.
Éste lo miró con preocupación.
—¿Está… bien? ¿Está bien esto para ti? ¿O prefieres que…?
Draco negó con la cabeza, interrumpiéndolo. De pronto, aquella situación se había vuelto increíblemente erótica y lo único que deseaba era que Harry prosiguiera y se lo follara de una maldita vez. Tenía tantas ganas de volver a sentirlo en su interior que no comprendía cómo no estaba muriéndose.
—No te preocupes, Harry, está muy bien, está perfecto —gimoteó, desesperado, rebulléndose bajo el peso del otro—. Confío completamente en ti. Oh joder, ¿qué esperas que no estás follándome ya?
Harry sonrió complacido ante su respuesta, e incluso soltó una risita burlesca, el muy atrevido. Draco lloriqueó de la frustración, empujando sus caderas hacia arriba para buscar un poco de fricción con el cuerpo de Harry. Las erecciones de ambos ya habían vuelto completamente a la vida, listas para el tercer asalto de la noche.
Aquello era fantástico y toda una novedad para Draco, ya que jamás había tenido una pareja con quien quisiera tener sexo una y otra vez sin hartarse, sin cansarse. Recordó cómo, cuando estaba en "el vistazo", él había pensado que le parecía maravilloso estar casado con Harry y, de ese modo, poder hacer el amor casi en cualquier momento del día sin excusas ni remordimientos.
Sabía que no podía aspirar a tanto en esa etapa de su relación, pero la esperanza de obtenerlo en un futuro no muy lejano lo hacía sumamente feliz.
Si Draco había pensado que Harry iba a "follárselo" ruda y descuidadamente como había pasado en "el vistazo", no podía haber estado más equivocado.
Lo que Harry hizo, aprovechando que tenía a Draco boca arriba atado a la cabecera, fue besarlo y acariciarlo del modo más meticuloso posible. Sin exagerar, Draco estaba seguro de que los labios de Harry no habían dejado un sólo trozo de su piel sin probar.
Harry no parecía cansarse de mirar, admirar, dar besitos, mordidas tiernas y, de vez en cuando, chupetones que, Draco sabía, le dejarían marcas deliciosas que él se contemplaría en el espejo más tarde y le provocarían sentimientos de pertenencia tan fuertes que lo harían estremecerse. Y Draco, atado como estaba, impotente para corresponder o apresurar, no tuvo más remedio que dejarse hacer, dejarse querer así por aquel hombre tan pasional. No le quedó más alternativa que torcer el cuello para observar a Harry mientras éste le besaba de nuevo las cicatrices de su pecho, como si intentara borrárselas a pura fuerza de cariño, reconciliarse con ellas, aceptarlas como parte de su relación.
Draco no pudo hacer más que retorcerse en medio de espasmos de placer cuando Harry volvió a tragarse su erección profundamente, unas pocas veces más, dándole unas chupadas tan duras que lo hizo ver estrellas, pero soltándolo a tiempo antes de que Draco pensara siquiera en correrse. Harry se hincó entre sus piernas, observando a Draco con gesto serio, labios entreabiertos y pupilas dilatadas, susurrando sin parar:
—Dios, qué hermoso eres, Draco, no me canso de mirarte… Te deseo, te deseo tanto...
… elevándole las caderas con una mano mientras que, con la otra, le ponía una almohada debajo de la espalda baja, preparándolo para recibirle.
Harry dejó caer su cabeza ahí, se sumergió ahí, besando y lamiendo los testículos de Draco con tantas ganas como si fuesen de caramelo, y luego, para fascinación de Draco, llevando su lengua y sus labios, finalmente, a la trémula piel de su hendidura.
Draco clavó los talones en el colchón y, con las rodillas dobladas, abrió los muslos lo más que su flexibilidad se lo permitió, ofreciéndose sin atisbo de vergüenza, estremeciéndose mientras Harry lo ayudaba a relajarse a lengüetazos y besos absorbentes, Draco emitiendo un grito de "Más, oh Harry, más" cuando sintió la pequeña punta de la lengua de Harry en su interior.
De nuevo Harry realizó su admirable magia sin varita, excitando más a Draco, aplicándole el ya conocido encantamiento que lo dilataría y lo lubricaría enseguida. Entonces, Harry se movió hacia arriba, arrodillándose de nuevo entre sus piernas mientras gotas del exceso de lubricante le escurrían desde su muy preparada entrada y mojaban la almohada que Harry había colocado debajo de él.
Draco, quien había tenido los ojos fuertemente cerrados, los abrió de nuevo para contemplar al adonis que tenía entre las piernas. Oh, Merlín, estaba tan enamorado de aquel mentecato. Harry, a su vez, lo estaba viendo con un gesto de pasión sin límite, una expresión ardiente que Draco jamás le había conocido a nadie más. Harry, sin decir nada, se llevó una mano a su propia erección para sostenérsela mientras se empujaba un poco hacia delante, apuntando hacia el culo de Draco. Con la otra mano, Harry le tomó una pierna y se la levantó lo más que pudo hacerlo.
Draco percibió la punta de la erección de Harry buscándose sitio en su interior, pasando el primer anillo de músculos relajados, y él se estremeció de placer. Harry cerró los ojos como si lo que estaba sintiendo fuera demasiado. Muy despacio, se retiró hasta salirse de Draco, y luego, volvió a empujarse un poco más, muy, muy poco. Conforme la gruesa erección de Harry entraba en él, Draco se estremecía de gozo y de dolor combinados, disfrutando de la agradable sensación de ardor que le provocaba aquella intromisión y sabiéndose un total masoquista por ello.
Harry repitió ese movimiento al menos una docena de veces más, saliendo y volviendo a entrar cada vez un poco más, hasta que, finalmente, se quedó completamente en el interior de Draco. Para éste, sentir a Harry dentro de él era lo mejor que le podía pasar y deseaba que aquel momento no terminara nunca. Agradeció que Harry estuviese dándole tiempo para adaptarse, pues se sentía enorme y vaya que ardía con ganas.
—Oh mi buen dios, Draco, te sientes increíble, no puedo creer lo caliente y apretado que estás, joder, joder —farfulló Harry mientras se estremecía y aferraba los muslos de Draco con sus manos enormes, separándoselos para ayudarlo a abrirse más.
Draco lo observó y sonrió, orgulloso de provocar aquellas sensaciones en el moreno.
—¿Bromeas? —jadeó casi sin aliento—. Tú eres el que se siente genial. Merlín, Harry, no tienes idea de lo mucho que soñé con esto… —Pasó saliva y añadió, mirándolo a los ojos—: No tienes idea lo enamorado que estoy de ti.
Harry se quedó sin habla, mirándolo con ojos resplandecientes y, casi de inmediato, dejándose caer encima de él para besarlo con ardor en la boca. Agitó su mano derecha y las cuerdas que sujetaban a Draco desaparecieron, y éste gimió con agradecimiento. Sacudió un poco los brazos para desentumírselos y, en cuanto pudo, llevó sus manos a la cabeza de Harry y lo aferró del cabello mientras Harry lo besaba duro, le mordía los labios y, finalmente, comenzaba a moverse encima de él.
Harry lloriqueó durante las primeras veces que salió y entró de nuevo en el ardiente calor de Draco, lento, exageradamente lento. Él, al igual que el rubio, parecía desear prolongar el acto lo más que fuese posible.
Pero Draco necesitaba más.
—Merlín, Harry, fóllame más duro, más rápido, te lo pido…
Harry gruñó algo ininteligible, besó a Draco con rudeza una vez más y, entonces, comenzó a penetrarlo con tanto empuje que lo mandaba hacia atrás por la cama con cada empellón. Draco gimoteó agradecido, y más cuando Harry abandonó su boca, se incorporó hasta volver a quedar hincado enfrente de él, lo tomó de las caderas y comenzó a follárselo con un ritmo brutal.
En menos de dos o tres estocadas estaba golpeando la próstata de Draco y éste emitió un grito ronco de sorpresa y placer. Harry sonrió satisfecho, gotas de sudor escurriéndole desde el negro pelo separado en mechones húmedos, su rostro sonrojado y hermoso y sus ojos verdes mirando a Draco con lasciva y adoración. Draco creyó que iba a desmayarse.
—Joder-joder-joder, ahí, Harry, ahí —decía cada palabra entre estocadas, Harry follándoselo tan despiadadamente que Draco comenzó a sentir cómo la coronilla de su cabeza golpeteaba la cabecera de la cama. Harry le dobló las piernas lo más que pudo, elevándoselas hasta que sus rodillas casi tocaron su pecho, subiendo los tobillos de Draco por encima de sus propios hombros, penetrándolo en movimientos circulares para llegar más hondo y Draco no pudo aguantarlo más. Se llevó una mano a su propia erección y comenzó a acariciarse al mismo ritmo con el que Harry estaba moviéndose.
—Dios mío, Draco… sí.
Era obvio que Harry no sólo estaba disfrutando lo que hacía, sino también lo que veía. Draco abrió los ojos mientras se acariciaba a él mismo cada vez más rápido, y notó a Harry observándolo embelesado, los labios entreabiertos, los ojos oscurecidos de deseo. Harry gruñía cada vez más ruidosamente conforme se esforzaba en darle a Draco la follada de su vida, penetrándolo más y más adentro cada vez, golpeándole la próstata y mandándole escalofríos y oleadas de sensaciones por cada nervio que se percibían casi como corrientes eléctricas.
Draco sintió cómo los pies y las manos le cosquilleaban y supo que estaba cerca.
—Ahí, Harry… Ya casi… Ya casi llego —susurró, cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y se abandonó.
Sintió su pene pulsar en su mano mientras se corría y Harry no dejaba de penetrarlo en lo que supo era el mejor orgasmo que había experimentado en toda la vida, sin excepción. Fue casi como si su alma se desprendiese de su cuerpo, se olvidó de todo y sólo se permitió sentir. Percibió la punta de la erección de Harry enterrándose, adentro, oh joder tan adentro, y se mordió los labios porque la alternativa era gritar, y sintió a Harry cayendo encima de su pecho, buscando su boca con la suya, comiéndoselo a besos y penetrándolo una, dos, tres veces más con movimientos torpes y erráticos antes de vaciarse dentro de él mientras gemía y Draco se devoraba con gusto esos ruidos que eran casi pornografía.
Ambos se habían corrido al mismo tiempo y, por lo mismo, se estremecieron juntos en medio de las sacudidas deliciosas de sus post-orgasmos, abrazándose apretados, acariciándose el uno al otro la piel erizada y empapada en sudor, besándose en la boca profundo, ojos fuertemente cerrados y casi nada de aliento.
Draco sabía que tenía los ojos empapados de lágrimas y una sonrisa estúpida en la cara cuando finalmente Harry dejó de besarlo y se incorporó un poco para permitirle respirar. No obstante, Harry no se quitó de encima. Se quedó ahí con él, adentro de él, postergando aquella unión lo más que se podía.
Lo miró a los ojos y le preguntó en voz apenas audible:
—¿De verdad…? ¿De verdad somos novios?
Draco le sonrió mucho y dejó caer la cabeza sobre la almohada, sintiéndose desfallecido, aliviado y tan alegre que creía que, si hubiese tenido más energía, se habría reído de buena gana.
—Si crees que voy a dejarte escapar después de esta follada de primera calidad, es que no me conoces de nada, Potter —susurró a duras penas—. No sólo eres campeón de quidditch. Estoy seguro de que si hubiese olimpiadas de esto, tú te llevarías el oro cada cuatro años, sin excepción.
Los labios de Harry se torcieron en una sonrisita ladeada. Pasó saliva y murmuró:
—Te amo, Draco. En serio, te amo muchísimo.
Draco dejó de sonreír instantáneamente. Apretó los labios y asintió.
—Yo también te amo —dijo pŕacticamente sin voz, pero fue suficiente para que Harry lo leyera en el movimiento de sus labios.
La felicidad que Draco vio relampaguear en la mirada verde de Harry, era espejo de la suya propia y supo que, finalmente, todo iba a estar bien.
Ambos se quedaron así, abrazados, temblando, recuperándose, besándose hasta que el dolor y el cansancio de cada parte de su cuerpo los sumergió en un sueño profundo y reparador.
