Capítulo 30
Inesperada.
Apenas llevaba cinco minutos con ella, el tiempo de ayudarla a bajar la maleta del taxi, y ya habían discutido como tres veces.
Eran las 10:30 de la mañana del sábado, del primer día de vacaciones tras las primeras semanas de ensayo en el teatro, y probablemente las últimas vacaciones que tendría antes del estreno de la obra. Y allí estaba, recibiendo a quien iba a ser su compañera de apartamento en aquel día tras su llamada una hora y media antes, que la había despertado del sueño más hermoso que había tenido en su vida, para decirle que su vuelo acababa de llegar a la ciudad de los rascacielos, y pretendía alegrarle el fin de semana con una visita sorpresa.
—Tendrías que haberme avisado antes.
—Deja de quejarte y ayúdame con esto.
—¿Por qué vienes cargada con esta maleta? Solo vas a estar una noche.
—Te recuerdo que vengo directamente desde Florida, y me marcho a Lima, así que deja de quejarte y llévame ya a tu casa.
—Es aquí—respondía indicándole la puerta del edificio—Pero insisto, no puedes hacer estas cosas así, sin más. ¿Qué habría pasado si yo no hubiera estado aquí? No puedes presentarte en la ciudad sin avisar, Santana.
—¿Dónde ibas a estar si no? —le replicó colándose en el edificio—Me dijiste que ibas a pasar las vacaciones aquí.
—Si, pero a veces cambio de planes, por ejemplo, hace un par de semanas me fui a Lima sin planearlo. ¿Y si hubiera hecho lo mismo hoy?
—Pues me voy a un hotel, o me monto en el tren y me voy a Lima. Deja de quejarte por cosas absurdas, no soy una cría. Viajo por el todo el país, ¿recuerdas?
—Ok, muy bien, pero no vuelvas a hacerlo más—le amenazó invitándola a tomar el ascensor—No me gustan las sorpresas.
—¿No será que me estás escondiendo algo?
—¿Qué? ¿Qué te voy a esconder?
—No sé, a lo mejor tenías a alguien metido en la cama, y no querías que lo supiera. Tranquila—bromeó—Yo tampoco quiero tener que ver algo así. Por eso te he avisado con más de una hora de antelación.
—Vete al infierno—soltó molesta.
—¿Qué te pasa? Parece que no te alegras de verme.
—¿Tú qué crees?
—Pues no lo sé, pero como sigas diciéndome cosas con esa cara de mustia, voy a empezar a sospecharlo. Llevas un año y medio sin verme, y no paras de quejarte porque te he querido dar una sorpresa. Menuda amiga estás hecha.
—Dios, ¿qué diablos llevas aquí metido? —le recriminó tirando de la maleta al salir del ascensor, ignorando su intento por sacarla de quicio.
—Ropa, nada más.
—¿Nada más? —insistió deteniéndose frente a su apartamento.
—Bueno, y zapatos, y el ordenador, y algunos regalos para mi familia.
—Ok. Eso tiene más sentido.
—¿Qué quieres que haga? Llevo tres meses sin ir a Lima, tengo que… ¡Oh dios! ¿Qué diablos es esto?
—Es mi casa—respondió sonriente permitiéndole el paso—¿Te gusta? —añadió observándola. Santana no dudaba en colarse y mirar completamente sorprendida a su alrededor—Todavía le faltan algunas cosas, pero…
—¿Con quién te estás acostando?
—¿Qué? ¿Qué dices?
—Vamos Quinn, vives en un loft en pleno centro de Manhattan, al alguien tienes que estar metiendo en tu cama para poder pagar esto. Eso o es que en el teatro ese te pagan muy bien.
—¿Eres idiota? ¿Cómo se ocurre pensar eso de mí?
—¿Qué quieres que piense? Hace cuatro años vivías en un apartamento de mierda en Bushwick con tres chicas más, y ahora vives aquí. ¿Tan famosa eres en Londres?
—Eres imbécil…
—No, en serio—la miró cambiando el gesto ¿A quién has matado para conseguir esto?
—A nadie—se quejó molesta—El dueño es el representante de una amiga y me ayudó a conseguirlo más barato.
—¿Representante? —cuestionaba adentrándose hasta el interior del loft—O sea, que sí te estás acostando con alguien—masculló—Hey ¿Y eso?
—Es mi cama.
—¿Qué? No, ¡imposible! —exclamó lanzándose hacia las escaleras, dispuesta a averiguarlo por si misma—¿Aquí voy a dormir yo?
—Ni lo sueñes—le respondía Quinn desde el salón, sin poder evitar sonreír por su reacción. —Esa es mi cama, y ahí solo duermo yo.
—¿Qué dices? ¿Vengo a pasar un jodido día a Nueva York y no me vas a permitir dormir en una cama?
—Si me hubieras avisado con tiempo, —volvía a quejarse—habría preparado algo.
—¿Qué ibas a preparar? —le cuestionó al tiempo que descendía—¿Un colchón en el suelo? ¿Una cama plegable? Vamos, esa va a ser mi cama, las dos lo sabemos. Y si tú no quieres dormir conmigo, pues te duermes en ese sofá que tienes y que, espera… ¿Qué diablos es eso? —señaló rápidamente hacia la jaula—¿Es una rata?
—¿Qué dices de una rata? —siguió los pasos de Santana—Es una ardilla ¿Nunca has visto una?
—Las ardillas son roedores, así que es una rata ¿Por qué vives con una rata?
—¡Santana!, no es una rata ¿Ok? Es una ardilla, vamos, repite conmigo, una ardilla—musitó despacio.
—¿Crees que soy idiota? —la miró desafiante—me da igual que sea una ardilla, para mí es una rata y punto. ¿Por qué vives con una rata?
—¿Sabes qué? Te voy a ignorar a partir de ahora.
—¿Muerde? —le preguntó acercándose al animal— Dios, Quinn estás peor de lo que me temía. Londres te ha sentado fatal, primero ese acento estúpido que tienes, después ese sarcasmo que no sabes usar y que crees que es divertido, y para colmo metes un bicho de estos en tu casa. Necesitas ayuda.
—Lo que necesito es que te calles, o te voy a echar de mi casa. Recuerda que ahora soy la única rubia que te aguanta.
—Hey—la interrumpió girándose hacia ella rápidamente—no sigas por ahí, ¿Ok? Eso es un golpe bajo.
—Pues vamos a llevarnos bien, tú te callas, yo me callo—le recriminó.
—Lo que tienes que hacer es invitarme a un café, llevo horas despierta y me estás provocando dolor de cabeza.
—Si te portas bien, te haré café—le dijo volviendo a sonreír—Pero antes déjame que vaya al baño.
—Estúpida Fabray—murmuró volviendo a desafiarla con la mirada, mientras Quinn se colaba en el baño, y la dejaba a solas con la ardilla.
—Me da igual lo que diga, —susurró dirigiéndose al pequeño roedor—eres una rata.
—¡Te he escuchado! —gritó Quinn desde el interior del servicio.
—¡Concéntrate en tus cosas, Fabray! —respondía divertida. Una diversión que duró solo el instante en el que alguien llamaba a la puerta, y destruía la interminable discusión que mantenían—Ya abro yo— musitó acercándose a la misma—Supongo que será Taylor—se dijo así misma segundos antes de abrir la puerta, y quedarse petrificada.
—¿Berry? —masculló completamente confusa, y Rachel perdió el habla al descubrirla.
—¿Es Taylor? —Quinn irrumpía en la escena tras salir del baño, y no fue hasta que Santana decidió abrir más la puerta, cuando la descubrió. —Rachel—susurró sintiendo como un nudo se anclaba a su garganta. Y no solo por ella, sino por quien se aferraba a su mano y la miraba completamente ilusionada. —Em…
—Hola Quinn—balbuceó con la preocupación instalada en su rostro, y la rubia acudió a su encuentro, adelantándose a Santana, que seguía desconcertada observándolas.
—Rachel ¿Qué haces aquí? —le preguntó tratando de mantener la compostura—Hola, hormiguita—miró a la pequeña, que parecía impaciente por recibir uno de sus divertidos abrazos. Fue lo que hizo tras notar el silencio de Rachel, y como Santana seguía pendiente de cada gesto entre ellas—¿Cómo estás, cielo? —añadió alzándola entre sus brazos para entregarle el beso que tanto deseaba la chica—¿Qué hacéis aquí? ¿Dónde está Kate? —cuestionó intentando hacer entrar en el juego a Rachel.
Dudó varios segundos, pero por fin reaccionó.
—En su casa, estábamos con ella y Emily quería verte, íbamos a pasar la mañana en el parque, pero tenía que hacer algo y mientras decidimos venir a verte—balbuceó sin poder evitar mirar de reojo a Santana—Emily quería verte—insistió.
—Ah, perfecto—trató de sonreír—San ¿No, no le vas a decir nada a Rachel?
—Yo no tengo nada que hablar con ella—fue contundente y la confusión se adueñó de Quinn, que veía como su amiga las dejaba a solas en la puerta, y regresaba al sofá.
—Quinn, no, no sabíamos que estabas acompañada—le dijo Rachel suplicándole con un gesto que no insistiera— Así que no, no te vamos a entretener…—Respondía al ver como la rubia ya dejaba en el suelo a la pequeña.
—¿Os vais?
—Sí… Ya, ya nos vemos otro día—dibujó una media sonrisa—Vamos, Em—tomó a la pequeña de la mano. Pero ésta se quejó regalándole una mirada que la hizo detenerse.
—¿Quiere ver a Superman? —le preguntó Quinn, pero la morena negó rápidamente a pesar de que la niña asintió con entusiasmo.
—Superman no está, Em—le dijo Rachel y la niña buscó a Quinn un tanto confusa—No está, ¿verdad, Quinn?
—Eh, no, no está. Está, está con su mamá. Ha ido a visitar a su mamá—le soltó sin encontrar otra excusa más valida— Pero pronto va a volver, y cuando vuelva, entonces jugamos con ella. Yo le diré a mamá que te traiga—le dijo procurando que no pasara desapercibido aquel comentario para Santana. Mencionar a Kate era esencial para evitar las conjeturas de su amiga.
—Sí, eso es— Añadía Rachel sin lograr convencer del todo a la pequeña, que seguía mostrándose disconforme— Cuando Superman vuelva, Quinn avisará a tu mamá para que puedas venir a jugar con ella. Ahora, lo que vamos a hacer es darle a Quinn lo que le has hecho —le dijo buscando en el interior de su bolsillo, de donde sacó una hoja doblada. —Lo ha hecho ella y quería que lo tuvieras.
—Oh, gracias—respondía aun aturdida. Tratando de entender la situación, y sobre todo de adaptarse a ella. Que Rachel estuviese allí seguía destrozando todos sus esquemas.
No habían hablado, supuestamente estaban enfadas, a pesar de lo sucedido el día anterior en el teatro, que, aunque había sido un paso hacia su reconciliación, tampoco consideró que fuese tan determinante como para que todo transcurriera con tanta rapidez. Que Rachel acudiese a su hogar apenas 24 horas después de aquello, y con la única intención de entregarle algo que había hecho su hija, no era normal. O al menos, así lo entendía ella.
—No… No lo mires ahora—Rachel la detuvo al ver que se disponía a descubrir lo que era la hoja, y lanzó una mirada hacia Santana, que no perdía detalle de ambas—Ya lo verás en otro momento. Es, es solo un dibujo.
—Ok.
—Bien, nosotras nos vamos—musitó rápidamente tras asegurarse que Quinn había comprendido su temor—Kate nos está esperando para ir al parque. Ya hablamos otro día.
—Perfecto.
—Adiós, Quinn—balbuceó sin poder evitar lanzar una última mirada hacia Santana.
—Adiós, Rachel. Me alegro de verte, Em—Quinn volvía a regalar una caricia en la cabeza de la pequeña, que permanecía con el mismo gorro que ella misma le había regalado días atrás. —Pasároslo bien en el parque.
Una tímida sonrisa cuando ya se alejaban de ella fue lo último que recibió de la pequeña, no así de Rachel, que se alejó con celeridad para colarse en el ascensor y salir del trance lo más rápido posible.
Quinn aprovechó esos segundos en los que las observó marcharse, para tratar de encontrar las suficientes excusas que iba a tener que usar con Santana. Porque sabía que nada más cerrase la puerta, el cuestionario se haría interminable.
No le dio tiempo a nada. Quinn cerró la puerta tras ella, y caminó hacia la cocina con la intención de preparar el café, dejando la hoja perfectamente doblada sobre la isleta. El silencio en Santana la obligó a mirar hacia ella, para descubrir como simplemente la observaba.
—¿Qué? —le dijo
—No sé, dímelo tú.
—¿Qué te diga qué?
—¿Qué hace Berry aquí?
—Rachel vive en Nueva York, creí que lo sabias.
—Sí, claro que lo sabía. Lo que no tengo ni idea es qué hace aquí, en tu casa.
—¿No lo has escuchado? Tenemos una amiga en común, y ha pasado a saludarme. Nada más.
—Ya.
—¿Qué?
—Te lo voy a hacer sencillo ¿Por qué no me has dicho nada?
—¿Por qué te iba a tener que decir nada?
—Porque somos amigas y las amigas se cuentan las cosas.
—Sabías perfectamente que seguía en contacto con ella. No sé por qué te extrañas que nos veamos estando en la misma ciudad.
—¿En contacto? ¿Seguías en contacto con ella?
—Pues sí, y lo sabias.
—¿Con tener contacto te refieres a los dos estúpidos emails que, según tú, me dijiste que te había enviado por Navidad y por tu cumpleaños?
—Santana—la buscó con la mirada tras preparar la cafetera—¿Qué quieres que te diga? Rachel ha tenido mucho trabajo, yo también. Cuando regresé me lo explicó, y la verdad, no somos niñas para estar recriminándonos algo así.
—Yo también trabajo, y mucho.
—¿Y me mandas emails?
—No, yo tomo un jodido vuelo y me presento en Londres para celebrar tu cumpleaños. ¿Te parece suficiente?
—En ningún momento he comparado tu amistad con la de ella. No entiendo por qué te pones así. Rachel está en Nueva York, yo he vuelto y nos hemos vuelto a encontrar. Nada más.
—Pues me parece patético por tu parte que sigas ofreciéndole tu amistad, ¿la verdad?
—Ok, ok…—La interrumpió tratando de mantener la compostura— ¿Me puedes explicar qué diablos te pasa con Berry? —cuestionó molesta—¿Qué os ha pasado?
—A mí no me pasa nada, es ella la que no ha dado señales de vida durante estos años. ¿Ahora ya no le incomodan sus amigos? ¿Ahora ya no necesita alejarse de todos los que una vez la apoyamos? Me importa muy poco o nada lo que haga con su vida, la verdad.
—Pues si tan poco te importa, tampoco debe importarte que yo tenga contacto con ella. Es asunto mío—sentenció.
—Perfecto, haz lo que te dé la gana.
—Genial. ¿Café solo o…?
—¿Quién es esa niña? —soltó ignorando su intento de desviar la conversación. Y de nuevo la sensación de alerta en Quinn, pero esa vez con la tensión de saber que no podía bajo ningún concepto delatarse. Algo complicado siendo Santana quien la interrogaba. Era su amiga, lo había sido durante años, y a pesar de la relación extraña que mantenían, donde continuamente se quejaban la una de la otra, mentirse no era algo habitual entre ellas.
—Tenemos una amiga en común que vive justo debajo de este apartamento. Es su hija—le dijo evitando mirarla en todo momento.
—¿Su hija?
—De nuestra amiga, —aclaró—es hija de nuestra amiga.
—¿Y por qué estaba ella con la niña?
—¿No la has oído? Suelen ir al parque juntas, y estaba esperando a que terminase algo. Que se yo. Suelen venir a menudo.
—¿Y de qué conoces a su madre? ¿Quién es?
—Una, una amiga de un compañero de teatro—volvía a mentir, y el temblor en su voz empezó a ponerla nerviosa.
—Oh. ¿Y cómo es? ¿Es guapa? ¿Está casada…?
—No, no está casada. Es madre soltera, y sí, es muy guapa.
—¿Cómo de guapa? —se interesó, y Quinn la miró por primera vez tratando de descubrir sus intenciones—¿Qué? ¿No me puedes decir cómo es?
—Pues, pues alta, delgada, tiene los ojos verdes y es pelirroja. No creo que sea tu tipo.
—¿Pelirroja? Vaya, y ¿los ojos verdes?
—Sí. ¿Qué pasa? ¿Te resulta raro una chica pelirroja de ojos verdes?
—Si, si me resulta raro.
—¿Por qué?
—Porque esa niña se parece más a Rachel que a su madre, según me las estás describiendo.
—¿Qué? —balbuceó desviando la mirada de nuevo.
—Quinn, Rachel no tendrá un hermano y resulta que esa pequeña es su sobrina, ¿no?
—No digas tonterías. Rachel no tiene hermanos.
—Pues entonces sí que es rarísimo. Lo digo en serio—remarcó, pero Quinn sabía que estaba interpretando un papel. Que aquella estupidez de creer que Emily era su sobrina, solo era un plan para ponerla nerviosa, para sacarle toda la información posible. —¿Me vas a negar que son iguales? Solo les falta llevar ese ridículo jersey que Berry solía llevar en el instituto, y serian dos clones. Para mí que esa esconde algo, y no te lo quiere decir…
—Basta, Santana—la interrumpió con dureza— Primero, deja de confabular, es una estupidez lo que estás diciendo. Y segundo, esa tiene nombre y se llama Rachel. Te pido que no vuelvas a tratarla así, al menos no en mi presencia. Es una falta de respeto. —Sentenció, y lo hizo con tanta convicción que Santana no pudo evitar quedarse en silencio mientras la observaba sorprendida.
Un silencio que apenas duró unos segundos. El sonido de su teléfono lo destruyó haciéndolas reaccionar.
—Mira, ahí la tienes—fue Santana la primera en descubrir quien estaba llamándola, tras lanzar una mirada hacia el teléfono que reposaba sobre la mesita frente a ella—supongo que querrá saber que hago aquí.
Quinn tardó varios segundos en aceptar la llamada, tras hacerse con el teléfono sin siquiera mirar a su amiga, que desde el sofá parecía estar presenciando toda una obra de teatro. Una llamada que prefería no recibir pero que debía afrontar si quería convencerla de que no sucedía nada raro.
—¿Sí?
—Quinn, soy yo.
—Lo sé, ¿qué ocurre? —le preguntó regresando a la cocina
—¿Qué ocurre? ¿Qué diablos hace Santana ahí? —fue directa.
—Ah, sí, sí Rachel. Lo había olvidado—disimuló tratando de hacerla entender que no podía darle explicaciones en ese instante.
—¿Qué? ¿Qué dices? ¿Te habías olvidado de decírmelo?
—No, no tranquila, tengo el libreto aquí, —soltó—a mi lado—le dijo regresando a la mesita frente al sofá.
—¿Está a tu lado?
—Sí, lo tengo justo delante—volvía a disimular con el libreto entre sus manos—¿Qué ocurre?
—Nada, supongo que no puedes hablar.
—No. Lo siento, pero esta tarde he quedado para ir de compras y no sé a qué hora voy a llegar.
—Dios, Quinn, yo necesito hablar contigo cuanto antes. Estoy temblando aún…
—¿Sigues en casa de Kate?
—No. Estamos llegando al parque.
—Ok. Pues voy y te lo dejo ahí.
—¿Qué? ¿No me has escuchado?
—No te preocupes, bajo un instante y te lo dejo ahí.
—¿Estás segura? ¿No va a sospechar nada?
—Tranquila, acabamos de llegar y Santana tiene que descansar un poco, además, estamos esperando a una amiga. Bajo y te dejo el libreto. ¿De acuerdo?
—Gracias Quinn…
—Hasta ahora—se despidió cortando rápidamente la llamada para enfrentarse de nuevo al cuestionario que seguro Santana le iba a realizar.
Pero estaba equivocada.
Lo único que le regaló su amiga fue una sonrisa repleta de sarcasmo.
—¿Qué?
—¿Te vas? Vengo a Nueva York para darte una sorpresa, y me abandonas por Berry. Muy bonito.
—No tardo más de cinco minutos. Le tengo que llevar este guion, y tengo que bajar yo porque le has dado miedo—se quejó.
—Ya, miedo…
—Sí. Si fueses más educada no tendría que salir yo—añadió de nuevo mientras se colocaba el abrigo—El café está a punto, sírvete o espérame si quieres. Estás en tu casa, así que puedes hacer lo que…
—¿Por qué quiere Berry tu guion del teatro? —la cuestionó ignorando de nuevo su intento por cambiar de conversación, y Quinn no supo que responderle.
—Luego te lo cuento—se excusó dándose por vencida—Vuelvo enseguida—añadió tras hacerse con el teléfono, y por supuesto el libreto.
—Muy bien, ve con tu amiga…
—Estás insoportable—espetó algo molesta—Miami te sienta fatal—esgrimió segundos antes de abandonar el apartamento—Cuida de Superman—le gritó ya desde el exterior, y Santana lanzó una mirada hacia el pequeño animal, que ajeno a todo parecía más preocupada en llenar sus mofletes con semillas.
—¿Superman? —susurró confusa—¿De verdad se llama Superman?
Cinco minutos le prometió a Rachel, y apenas dos llevaba cuando cruzó la calle que la llevaba directamente hacia donde se encontraba.
Aún seguía sorprendida por haber reaccionado de aquella forma, por haberle propuesto encontrarse con ella en esas circunstancias. Solo Rachel era capaz de conseguir hacerla salir de casa cuando la nieve ya casi ocultaba el asfalto, y Santana, su querida y sarcástica amiga, acababa de llegar a la ciudad para pasar un día con ella.
Pero que Rachel hubiese dado el primer paso para recuperarla, era una buena excusa. Al menos, le servía para convencerse de que estaba haciendo lo correcto, aunque la situación la llevase a verse reflejada en una de los cientos de películas románticas que había visto a lo largo de su vida.
—Estás loca—se dijo a si misma mientras aceleraba su paso, y esquivaba las decenas de transeúntes que concurrían por aquella zona a pesar del frío.
West drive, una de las vías de acceso a Central Park aparecía ante ella colapsada de taxis y coches de caballo, y pensó que debía llamarla y asegurarse el lugar exacto donde iba a estar, pero ni siquiera se detuvo a ello.
Le bastó atravesar aquella entrada, por la que siempre solía entrar en Central Park, para descubrirla. Estaba allí, sentada en el mismo banco donde semanas atrás ello creyó morir, tras haber competido como Usain Bolt en las Olimpiadas. Rachel aguardaba sola, protegida por su abrigo rosa y una bufanda que prácticamente le cubría el rostro. Tuvo que ralentizar sus pasos para recuperar el aire que había dejado escapar de sus pulmones, y que, en ese instante, supo que era más debido a los nervios que a la improvisada carrera por toda la avenida.
—Si sigues ahí te vas a congelar—susurró asustándola. Rachel no la había visto llegar, y su voz la obligó a levantarse rápidamente. —Lo siento, ¿te he asustado?
—Hola—balbuceó—No, estoy bien, te estaba esperando.
—Ya, ya lo sé—le replicó tratando de mantenerse firme—¿Dónde está Em?
—Está con Kate. Han ido a comprar esas galletas que venden para dar de comer a las palomas.
—¿Palomas? —cuestionó sorprendida—Kate y palomas no es buena combinación.
—Si, bueno…
—Solo una Berry es capaz de conseguir que alguien con pánico a las palomas, vaya a buscar comida para darles de comer.
—Ha, ha sido más una excusa. Sabía que venias.
—Oh. Ok. ¿Y bien? ¿Qué es lo que sucede?
—¿Qué hace Santana en tu casa? —soltó ignorando la pregunta de Quinn—deberías haberme avisado.
—¿Cómo? —se mostró confusa.
—Tienes que avisarme de esas cosas Quinn. De haberlo sabido no habría ido a tu casa.
—Espera, espera—la interrumpió—¿Es eso por lo que me has llamado?
—Sería un bonito detalle de tu parte si lo hubieses hecho.
—Rachel—volvía a interrumpir recuperando la seriedad—En primer lugar, no tenía ni idea de que Santana fuese a venir, de hecho, me llamó hace un par de horas diciéndome que acababa de llegar a Nueva York. En segundo lugar, en el caso de que lo hubiese sabido, no sé por qué tendría que decírtelo.
—¿Para evitar que viese a Em, quizás?
—Te recuerdo que tú y yo no nos hablábamos, no tengo por qué pensar que iba a venir a mi casa sin avisar, de hecho, deberías haber sido tú quien me avisara—le recriminó.
—¿Y lo de ayer?
—¿Qué pasó ayer?
—Pues, pues que nos abrazamos, y me dijiste que me echabas de menos. ¿Eso no te sirve para sospechar que tal vez todo volvía a la normalidad entre nosotras?
—¿Qué? Rachel, fui yo quien te dijo eso, tú no me dijiste absolutamente nada. Me abrazaste, sí, pero de la misma manera que abrazaste a todos los chicos.
—¿Igual?
—Pues sí, ¿hemos hablado después de ello?
—No, pero porque pensé que no…
—Que no era necesario. Pues me temo que sí, que si es necesario Rachel. De hecho, he venido porque pensabas que querías decirme algo más, aparte de cuestionarme por Santana.
—Ok. Tú ganas—murmuró bajando la mirada, y Quinn comenzó a negar sintiéndose completamente ridícula.
—¿Yo gano? —cuestionó molesta—Muy bien, Rachel. Creo que esto ha sido un error. Será mejor que vuelva a mi casa, hace un año y medio que no veo a Santana, y la he dejado a solas en mi casa solo por venir hasta aquí, con la excusa de traerte el estúpido libreto. Genial, Rachel—se quejó mostrándole el guion—Genial
—Quinn…
—No, déjalo. Adiós, Rachel—susurró girándose sobre sí misma dispuesta a regresar a su hogar, pero la morena logró adelantarse y no dudó en tomarla del brazo.
—Quinn, espera—insistió.
—¿Qué quieres, Rachel? —cuestionó soltándose de sus manos—Te presentas en mi casa después de seis días sin dirigirme una sola palabra, me dices que necesitas hablar conmigo algo importante, vengo hasta aquí para evitar que te comas la cabeza, porque estoy convencida de que no has dejado de darle vueltas a si Santana me ha dicho algo, o que se yo… Y lo único que haces es recriminarme cosas ¿Qué quieres?
—Quinn basta, —suplicó bajando la mirada—te lo pido. No, no puedo más, no puedo seguir así contigo.
—¿Seguir así cómo? ¿Cómo estamos Rachel? Porque te juro que yo sigo sin comprender nada.
—No quiero estar enfadada contigo, no quiero tenerte lejos de mi vida, Quinn—confesó sorprendiéndola—Sé que todo lo que he hecho está mal y por eso quiero pedirte disculpas. Por eso fui a tu casa, porque ya no podía estar más tiempo así. No puedo más, Quinn.
—¿Qué es lo que te sucede? —volvía a preguntar con la esperanza de entender de una vez lo que le estaba pasando. Rachel bajaba la mirada y no podía evitar que su barbilla comenzase a temblar ante un inminente llanto.
—No lo sé.
—¿No lo sabes o no lo quieres saber?
—No lo sé, —susurró alzando la mirada hacia ella—solo sé que no puedo estar lejos de ti.
—Eres tú la que me alejas, Rachel.
—Lo sé.
—¿Y por qué me alejas? ¿A qué tienes miedo, Rachel? Escucha, si es por Em, si es por la obra…
—Tengo miedo de hacerte daño—la interrumpió cuando las lágrimas ya asomaban en sus ojos.
—¿Hacerme daño? ¿Por qué ibas a hacerme daño? Si es por Em, no quiero que te preocupes por nada, Rachel. Si tengo que mentir por ella, lo haré. He mentido durante toda mi vida por cosas estúpidas, ¿de verdad crees que no sería capaz de hacerlo por ella?
—Pero…
—Escucha, Santana me acaba de preguntar que quien era y le he dicho que era hija de Kate. Y no me ha temblado el pulso. Sé que es importante para ti salvar su privacidad, y te juro que conmigo tienes tu secreto bajo llave. Me da igual si es Santana, si es mi madre o quien sea, si mintiéndoles te protejo, lo voy a hacer.
—No es solo eso, Quinn—la interrumpió— Sé qué harías todo eso por Em, pero hay algo más.
—¿Algo más?
—Quinn. Eres muy importante para mí, tan importante que, que ni siquiera yo lo entiendo. Es complicado de explicar y no quiero que… —Se detuvo para tomar una bocanada de aire que lograse templar su voz—No quiero incomodarte, pero cada día que pasa yo…—se volvía a detener, pero esa vez el silencio se alargó acompañando a varias lágrimas que comenzaron a caer sin control por sus mejillas.
Y otra vez la debilidad. Quinn volvía a ceder, volvía a sentirse vulnerable al verla llorar, y se olvidaba de la firmeza que había mostrado para dar ese paso que ambas deseaban.
—No llores, por favor—susurró acortando distancias y obligándola a que la abrazara—Ven aquí.
Era quizás la mejor solución para lograr calmarla, pero, sobre todo, para evitar que el temblor que acusaba a la morena dejase de existir. No había nada mejor que el calor humano para combatir el intenso frío que caía sobre ellas, y Rachel lo agradeció, aunque supo que era su perdición.
Era una cobarde. No tenía el valor de confesarle lo que sentía por ella, y no creía merecer ese abrazo, ese consuelo que siempre le entregaba Quinn, pero el calor de su cuerpo, el poder aferrarse a su cintura era un regalo difícil de rechazar.
Podría estar así toda la vida, pensó, y Quinn notó la intensidad del gesto.
—Todo está bien, Rach ¿Ok? —susurró tratando de hacerla sentir bien, y dejando un delicado beso sobre su cabeza—Todo va a salir bien y…—Se detuvo.
A lo lejos, por uno de los senderos, Kate y Emily caminaban ajenas a la que estaban protagonizando, y Quinn no pudo evitar esbozar una enorme sonrisa.
—Mira quien viene por ahí—le dijo con apenas un susurro, mientras Rachel destruía el abrazo lentamente, para descubrir la enorme sonrisa de su hija corriendo hacia ellas con una bolsa en sus manos.
La sorpresa en el rostro de Kate las llevó a separarse por completo, y fingir una naturalidad que ninguna de las dos tenía.
—Hola mi amor—murmuró Rachel recibiendo a la pequeña entre sus brazos, que ya le mostraba la compra que habían hecho, mientras aún trataba de contener algunas lágrimas—Hey, aquí hay mucha comida—añadió regalándole varios besos.
—Hola Quinn—saludaba Kate desviando la mirada hacia Rachel—¿Todo bien?
—Hola, si todo bien. Veo que empiezas a tener cariño por las palomas—le dijo tratando de acabar con la tensión, y Kate respondió de la mejor manera. Lanzándole una fulminante mirada que logró provocar la sonrisa de Rachel, y de la pequeña.
—¿Interrumpimos? —cuestionó la pelirroja.
—No—respondía rápidamente Quinn—Yo ya me tengo que marchar.
—¿Ya? —cuestionó Rachel lamentándose de nuevo.
—Sí, te recuerdo que Santana está en casa y no me atrevo a dejarla a solas durante mucho tiempo—trató de bromear.
—Entiendo…
—Se marcha mañana—le dijo haciéndole ver que no daba por perdida la conversación—Si quieres, podemos vernos y hablar con más calma.
—¿Sí? ¿Estás segura? —cuestionaba tratando de mantenerle la mirada. Le costaba hacerlo. Aún sentía el nudo en su garganta tras haber estado a punto de confesarle sus sentimientos. Porque ese era el motivo que la había llevado a decirle que necesitaba hablar con ella, para explicarle de una vez que ya no podía ocultarlo más, que sus sentimientos era mucho más que una simple amistad. Y no había sido capaz de hacerlo. No había tenido el valor. Que Quinn volviera a ofrecerle esa oportunidad era algo que no esperaba.
—Claro, por supuesto que sí. Te llamo cuando se marche y hablamos, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Bien—le sonrió tratando de tranquilizarla— Ahora así, me marcho—lanzó una mirada a la pelirroja y a Emily, que esperaba impaciente su encuentro con las palomas—Hace mucho frío, así que cuidaros ¿Ok?
—¿Has escuchado lo que ha dicho Quinn? — cuestionó Kate a la pequeña, que rápidamente comenzó a asentir con una enorme sonrisa. —Eso es un sí, nos vamos a cuidar. —Añadió divertida y Quinn le agradeció la complicidad.
—Perfecto, adiós, chicas. —Se despidió tras regalarle una carantoña a Em, y lanzar una última mirada a Rachel, que desde que se habían abrazado, no había dejado de mirarla directamente a los ojos.
—Hasta mañana, Quinn—susurró ella segundos antes de verla desaparecer por el sendero que la devolvía al exterior de Central Park.
El regreso a su casa no fue igual que la salida. Quinn ralentizó sus pasos, y lo hizo porque necesitaba procesar lo que acababa de vivir, recordando cada momento, cada gesto que Rachel había hecho en esa breve conversación, y cómo ella fue incapaz de mostrarse todo lo dura que solía ser. Estaba llena de curiosidad por las dudas, por esa necesidad que parecía tener por querer apartarla de su vida, y el miedo por hacerle daño.
Quinn solo tenía claro lo que a ella le sucedía, y lo que deseaba de Rachel; Estar a su lado.
Le daba igual si como compañera de trabajo o amiga. Quinn necesitaba estar a su lado, poder disfrutar con ella y compartir su vida de alguna manera. Sabía que sus sentimientos hacia ella habían cambiado, y no quería mentirse a sí misma. Lo estaba asumiendo lo mejor que podía, por el bien de ambas. Pero sabía perfectamente que podía sobrellevarlos, que era capaz de controlarlos y ser su amiga, como siempre lo fue.
Lo único que no podía controlar era estar alejada de ella, justamente lo que Rachel le había conseguido confesar también.
Si ninguna de las dos quería alejarse ¿por qué estaban alejadas?, se preguntó mientras recorría los últimos metros que la separaban de su casa, aferrada al libreto que le había servido de salvoconducto para escapar de Santana, y que no tenía ni idea de cómo iba a volver a excusar.
Aquel paso de Rachel, a pesar de breve, había sido primordial para intentar aclarar de una vez por todas lo que sucedía entre ambas, y no estaba dispuesta a alargar aún más esa incertidumbre.
Solo un día más. Eso era todo. Quinn no iba a permitir que nada más se interpusiera ni las interrumpieran. Hablar con ella se había convertido en su máxima prioridad, e iba a hacer todo lo que estuviese al alcance de sus manos para que así fuera, incluso cancelar la visita que tenía programada para viajar Lima, y celebrar la Navidad con su madre.
