Vigesimoséptimo

Ni la almohada, ni los auriculares, ni el edredón, ni la tila doble que me tomé cuando estaba a punto de cometer una locura para acabar con aquello.

Bueno, tal vez la tila si me ayudó, pero tampoco es que estuviese pensando en acabar con mi vida. De hecho, la idea más factible que rondó por mi mente en aquella noche antes de que las propiedades antiespasmódicas, somníferas y relajantes de la flor del Tilo me consumieran en un profundo sueño, fue la de hacer saltar la alarma de incendios del edificio, y romper la divertida y entretenida velada que parecían estar viviendo mis vecinas de habitación.

La insulté varias veces, y no me arrepentí en absoluto de ello. Porque después de ver la cara de resignación y frustración de Quinn al ser invitada por Santana a su habitación, y apenas unos minutos después escuchar sus risotadas tras la pared, entendí que me había estado tomando el pelo. Que se había burlado de mí, o tal vez que el poder de seducción de Santana era tan irresistible que le había sido imposible negarse a ello.

Y no. No tengo ni idea de si habían manteniendo relaciones. Por mucho que pegase mi oído a la pared no lograba distinguir algo que me hiciera presagiar tal hecho. Pero sí escuchaba algunas carcajadas por parte de ambas, y eso ya era suficiente como para montar mi propia escena de sexo entre ellas y morir de celos. Para creer que Quinn había cedido y disfrutaba de una noche desenfrenada junto a mi mejor amiga.

Si Kurt había escuchado lo mismo que yo, pronto aparecería para bautizarla como Miss risillas, o sonrisitas Fabray. Al menos no era como una de esas chicas que gritaban como si estuviesen subidas en una montaña rusa. Una de esas chicas que incluso ya empezaba a echar de menos.

Por suerte aquella mañana no me encontré con él después de nuestra desastrosa noche. Porque tras lo sucedido con Quinn y Santana, yo no regresé al sofá ni continué con nuestra absurda disputa por contarle o no lo que me sucedía.

Me excusé como pude y me encerré en mi habitación hasta que supe que él también se había ido a dormir. Solo entonces, cuando sabía que era libre de vagar por el apartamento sin ser cuestionada, me levanté dispuesta a hacer algo para no seguir escuchándolas, pero solo encontré la solución en la infusión que iba a lograr que mi sueño llegase, hasta que el sol me despertara. O. mejor dicho, el subconsciente.

Ni siquiera sonó el despertador, fue suficiente percibir el olor a café para salir de la cama dispuesta enfrentarme a un nuevo día.

Prometo que quise hacerlo sin odios, sin reproches a nadie y sonriendo todo lo posible. Al fin y al cabo, no debía olvidar que me habían regalado una oportunidad única de entrar en Broadway, y eso era más que suficiente para ver la vida desde otra perspectiva. Siempre y cuando una rubia de ojos indescifrables, sonrisa encantadora y pelo alborotado, no se paseara por tu cocina como si tal cosa.

Y es que nada más abandonar la habitación dispuesta a devorar las tostadas y el café que Kurt debía estar preparando, me la encontré a ella. A Quinn.

Al menos está vestida, pensé al notar como ella también se había percatado de mi presencia, y una débil sonrisa se apoderó de su rostro. De hecho, estaba convencida de que quería disimularla, pero no pudo. Y supe que la culpa la tuve yo.

Ella si estaba vestida, pero yo no. No fui consciente hasta ese instante de que mi pijama solo era una camiseta de Supergirl que le había robado a Santana, y unos shorts minúsculos, que solo utilizaba cuando mi edredón de plumas de nivel 6 me mantenía lo suficientemente calentita en mi cama.

Reconozco que la incertidumbre de todo lo vivido aquella noche, me provocó un extraño mutismo y la necesidad de evitar aquel encuentro. Pero Quinn no estaba dispuesta a que eso sucediera.

—Buenos días —me saludó rompiendo el silencio que yo misma había provocado, y no tuve más remedio que acercarme.

—Buenos, buenos días. ¿Y Santana?

—Se está duchando. Me, me dijo que preparase algo de café y bueno, me he tomado la libertad de hacer estas tostadas. Kurt se acaba de ir y se ha llevado una para comérsela por el camino. Dijo que iba a visitar a una buena amiga. Pensé que tú también querrías.

Que alguien que está de invitado en tu hogar te expliqué por qué está haciendo el desayuno en tu cocina, es lo normal. Que Quinn se atropelle con las palabras mientras se excusaba por estar allí, no. Demasiado nerviosa para haber tenido la ocasión de relajarse durante toda la noche, pensé. Y me maldije por ello.

¿Por qué no era como las demás chicas que pasaban la noche con Santana, y se marchaban antes del amanecer?

Lo último que me apetecía era imaginármela en aquella situación con mi amiga.

—Solo, solo tomaré un poco de café —la interrumpí al tiempo que intentaba hacerme con la cafetera que reposaba sobre la isleta.

—Deja, ya te sirvo yo. Siéntate —me invitó como si aquella realmente no fuese mi casa, y sí la suya. Y lo peor es que yo acepté la invitación y tomé asiento en una de las banquetas que rodeaban la isla—. ¿Tienes alguna taza favorita o…?

—No, no, cualquiera me sirve— respondí sin perderla de vista.

Era curioso, porque a pesar de no querer ni verla tras pensar lo que creía que había sucedido entre ella y Santana, no podía resistir la tentación de mirarla mientras la tenía frente a mí, concentrada en servirme una simple taza de café y con claros signos de nerviosismo acusándola.

Estaba preciosa, y eso provocaba que mi desilusión se hiciera más latente. Dicen que la amistad está por encima de cualquier cosa, pero ver a Quinn así, tratando de contener los nervios que mi presencia le provocaban y desviando la mirada constantemente, solo me hacían desearla más. Mucho más.

—¿Más?

—No, está bien así —la detuve al ver como el café ya se dejaba ver a una altura razonable de la taza—. Gracias.

—¿De verdad no quieres una tostada?

—No, no —negué rápidamente, y no porque fuese ella quien me la estaba ofreciendo.

Nunca había tenido problemas con la comida. De hecho, me gustaba comer de todo y cuánto más mejor. Tal vez mi madre biológica nunca me quiso ni me deseó. Sin embargo, me había dejado en herencia varios regalos de los que estaba sacando todo el beneficio posible; Mi voz y mi perfecta constitución física.

Daba igual cuanto comiese, mi cuerpo quemaba las suficientes calorías para mantenerme siempre en un peso perfecto dada mi estatura y edad. Sin embargo, en aquellos días, sobre todo, después de lo vivido con Brian, pude notar como mi apetito empezaba a verse perjudicado por la situación y los conflictos que me rodeaban.

La noche anterior, antes de que toda la mentira de Santana y su embriaguez sucediera, ni siquiera había cenado. Y en aquella mañana, a pesar del delicioso olor que se expandía por todo el apartamento, no me apetecía comer nada. Solo el café, y porque me servía de estimulante para despertarme por completo.

—Tienes, tienes mala cara —me dijo y me molestó—. Deberías comer algo.

—Ésta es mi cara cuando despierto —fui algo borde—, no todo el mundo puede presumir de cara al despertar. Intuyo que para ti es habitual tener siempre buena cara.

Me miró con algo de pena, y eso que el sarcasmo de mi respuesta solo pretendía reprocharle su falta de tacto al decirme que estaba horrible. Pero evidentemente me había dejado llevar por los celos que aún seguían rondando por mi cuerpo, y no tuve medida.

Quinn desvió la mirada hacia las tostadas que ya reposaban en un plato, y dejó escapar un sonoro suspiro lleno de resignación. Y después de ello mantuvo un silencio que no hizo más que incomodarnos. O al menos esa fue la sensación que a mí me provocó.

Tardé como dos o tres minutos en volver a hablar. Y lo hice de nuevo sin tacto alguno.

—¿Has dormido bien? —fui directa, y lo lamenté justo cuando salía de mis labios.

—Lo he intentado. Tenías razón —me miró volviendo dibujando una débil sonrisa—, da patadas.

—Ya, siempre tengo razón —mascullé al tiempo que trataba de serenarme—. Me, me alegro que hayas aceptado su propuesta. No te vas a arrepentir.

—¿Su propuesta? ¿Qué propuesta?

—Pasar la noche con ella. Veo que no te lo has pensado demasiado.

—¿Hay algo malo en eso? No es la primera vez que veo una película con una amiga y me quedo a dormir con ella.

—Ya, una película —balbuceé de manera casi imperceptible. Aunque lo cierto es que ella pudo oírlo claramente.

—¿Insinúas algo?

—No, nada —mascullé notando como regresaba a nosotras la falta de confianza que tuvimos antes de confesarnos nuestros sentimientos. Como la pena y la contención por evitar la disputa, volvía a mostrarme su cara más fría y dura—. Gracias por el café, será mejor que regrese a mi habitación para vestirme y…

—Espera —me detuvo justo cuando yo pretendía descender de la banqueta para abortar aquella misión. Daba igual si me apetecía observarla, sabía que íbamos a terminar discutiendo y no estaba por labor de hacerlo.

—¿Qué?

Tardó en hablar. Quinn sacó las dos últimas rebanadas de pan de la tostadora y las dejó en el plato antes de sortear la isleta y acercarse a mí con algo de dudas. Yo simplemente me mantuve firme con el café entre mis manos.

—Escucha, sé que tal vez no es el momento, ni tampoco estoy segura de que quieras hablarlo conmigo, pero en cierto modo, si anoche acepté venir hasta aquí fue por ti.

—Tienes razón —la interrumpí—, no es el momento para que empecemos otra vez con…

—No, no pretendo hablarte de lo que sea que te haya sucedido conmigo, y por qué no quieres ni verme. Lo único que quiero dejarte claro es que, aunque no lo creas o no lo quieras, puedes contar conmigo si necesitas hablar.

—No, no sé de qué hablas —balbuceé—. No tengo nada que hablar, así que, puedes estar tranquila.

—Rachel —volvió a cortar mi respuesta—. Emma me lo ha contado —se mostró seria, tanto que imponía—. Algo te ha pasado con Brian, y espero que no sea nada de lo que ella pensó que era. Porque si ese tipo te ha puesto un dedo encima, te juro que…

—No —la callé asegurándome de que Santana seguía en el interior del baño—. No digas nada más. Emma está equivocada. ¿Ok? No me ha pasado nada con Brian ni con nadie —mentí, y ella lo supo.

Había olvidado que nuestra extraña conexión nos hacía saber qué pensábamos o cómo actuábamos sin mencionar palabra alguna.

—Sé que no vas a querer contármelo, pero te aseguro que yo no estoy dispuesta a hacer como si no supiera que algo ha sucedido. Si no me lo cuentas tú, no voy a tener más remedio que comentárselo a Santana. Y tú mejor que yo, sabes que ella logrará averiguar por qué llorabas desconsolada el otro día en mitad de la calle.

—No, ni se te ocurra mencionarle nada —le amenacé—. No eres nadie para meterte en mi vida. ¿Ok?

—Sí, sí que soy. Y tú lo sabes perfectamente. Que no quieras aceptarlo o asimilarlo no me deja fuera de tu vida, y lo sabes. Y por eso mismo no me voy a quedar tranquila sin saber si llorabas porque realmente eres así de dramática, o porque ese tipo hizo algo.

—Basta Quinn —volví a mirar de reojo la puerta del baño—. No pasó nada. ¿De acuerdo? Me encontraba mal, había sido un mal día y…

—No entiendo cómo eres actriz, si mientes fatal —intervino sin dejarme continuar con mi excusa—. Mírate, estás nerviosa. No paras de asegurarte que Santana no se va a enterar y eso solo significa que mientes. Que hay algo que escondes y no quieres que sepa. Como lo que sientes por mí —susurró desconcertándome por completo—. Entiendo que no sea el momento aquí y ahora, pero, me vas a decir la verdad.

—Discutí con él, ¿de acuerdo? —espeté intuyendo que no iba a dejar de cuestionarme hasta quedar satisfecha—. No fue un buen día. Discutí con él y me sentía mal.

—Emma me dijo que había intentado algo contigo.

—Emma puede decir lo que quiera. Es una bocazas y me odia.

—No me mentiría con un tema así. Rachel. ¿Qué pasó? ¿Qué mierda intentó Brian? O me lo dices a mí o se lo dices a Santana…

—¡Me quiso besar! —respondí rápidamente—. Nada más, me quiso besar y yo lo rechacé. Y cuando salí de allí, me sentía mal. Eso es todo, soy así de melodramática.

—¿Te quiso besar? —cuestionó tensando la mandíbula— ¿Y tú lo rechazaste? ¿Por qué?

—No es asunto tuyo.

—Sí, sí que lo es. Claro que es mi asunto saber por qué diablos has rechazado a alguien que te gusta desde hace dos años. ¿Es normal en tu vida tratar así a quien se acerca a ti? —ironizó.

—No tengo que darte explicaciones. Ya te he dicho lo que ha sucedido y punto. No le menciones nada a Santana o te las verás conmigo. Y hablo completamente en serio. Deja de molestarme.

—Rachel —volvió a detenerme—, no trato de molestarte, solo me preocupo por ti. ¿Entiendes? No puedo hacer como si nada si Emma me dice que te encuentra en la calle llorando y que es por culpa de Brian. ¿Cómo crees que me siento? ¿Piensas que no me importas? Sigo sintiendo lo mismo, a pesar de que…

—Basta Quinn —la detuve—. Deja de hablar de amor y sentimientos. No creo que sea el momento más adecuado, y menos después de lo que has hecho esta noche. No trates de hacerme ver algo que está más que demostrado que no existe.

—¿Qué? ¿Como que no existe? ¿Acaso sabes tú lo que yo siento realmente? ¿Sabes leer la mente?

—Deja de ser sarcástica. Ya no te sirve ese juego —mascullé—. Agradezco que te preocupes de mí, pero no mezcles conceptos. Suficiente tengo con sobrellevar mis cosas como para que vengas a cargarme con más remordimientos de conciencia.

—No, no me lo puedo creer —murmuró sin dejar de negar con la cabeza—. ¿Estás insinuando que miento? ¿Qué no soy honesta al confesarte mis sentimientos?

—No, basta, no quiero hablar más y menos aquí —dije tras sentir como el corazón se estremecía al escuchar el sonido en el baño y creer que Santana había aparecido sin más. Por suerte no lo hizo, pero yo ya me había decidido a dejarla a solas en la cocina y evitar cualquier malentendido.

—¿Dónde vas?

—No quiero hablar más —me excusé dispuesta a regresar a mi habitación—. No es el momento y tampoco me apetece seguir discutiendo contigo por algo que no ha…

—No puedo más —me interrumpió, y el extraño quiebro de su voz hizo que no diera el primero de los pasos hacia mi habitación—. Te juro que he tratado de hacer lo que me pediste. He tratado de no insistirte e intentar verte, pero me es imposible. He dejado que Santana me engañe solo para verte, aunque sean un par de minutos y saber si estabas o no bien.

—¿Qué? —musité lanzando una mirada hacia el baño, asegurándome que Santana seguía allí dentro.

—Sabía que Santana no estaba borracha, es muy mala actriz. Sabía que quería traerme para meterme en su cama, y yo solo vine porque intuía que tú estabas aquí y quería saber qué te sucedió el otro día —se acercó sin reparo.

—Espera, espera —la detuve—. ¿Me estás diciendo que te has acostado con Santana solo por venir a mi casa?

—¿Acostado? —me cuestionó—Te refieres a dormir. ¿No?

—¡No! —alcé la voz más de la cuenta y tuve que respirar profundamente para lograr serenarme— Hablo de sexo. ¿Te has acostado con ella solo…?

—No, no —me interrumpió—. No me he acostado con ella. Solo vimos una película y luego nos quedamos dormidas.

—¿A quién pretendes engañar? Os he escuchado.

—¿Qué? —se mostró curiosa— ¿Escuchado?

—No, quiero decir, no es que os haya estado espiando ni nada de eso, pero sí, si he escuchado las risas, y…

—Sólo estábamos viendo una película, y era una comedia. Es imposible no reírse con Sandra Bullock.

Dudé, pero su respuesta además de extraña parecía completamente sincera y convincente. O tal vez yo deseaba tanto que así lo fuera que no me costó asimilarlo.

—¿Crees de verdad que me he acostado con ella? —insistió ante mi mutismo.

—Eh, no, no lo sé.

—¿Contigo en la habitación continua? ¿Piensas que soy masoquista? ¿Cómo pretendes que haga tal cosa sin sacarte de mi cabeza? ¿Sabiendo que a un par de metros estás así, con esa camiseta y tus, shorts, durmiendo? No soy tan hipócrita Rachel, y hasta ahora siempre he sido fiel a mis sentimientos. Ni siquiera permití que me besara, y te aseguro que lo intentó varias veces.

Demasiada información, pensé. Y no porque no me gustase saber que no había pasado nada entre ellas. De hecho, en mi interior estaba saltando de alegría. Pero mi mente se quedó paralizada justo cuando me confesaba que no podría hacer nada sabiendo que yo estaba durmiendo a escasos metros de ella. Eso y su intensa mirada mientras describía mí improvisado pijama.

—¿Por qué, Rachel? ¿Por qué no asimilas que entre ella y yo no va a haber nada? ¿Por qué no aceptas que a ti te sucede lo mismo que a mí? Me acabas de confesar que has rechazado a Brian. Lo has hecho por mí. ¿Verdad?

—No, no, por favor —susurré retrocediendo varios pasos—. Aquí no. Deja de…

—¿Por qué me huyes? —volvió a romper la distancia—. Si ni siquiera puedes mirarme a los ojos sin ruborizarte. ¿Qué sentido tiene que nos mintamos? ¿Por qué si te gusto y tú me gustas? Mírate, estabas a la defensiva solo porque has creído que me había acostado con Santana. Estabas celosa y no puedes negarlo. Sientes cosas por mí.

—Quinn, por favor —supliqué quedándome sin respuesta alguna—, no te acerques, porque yo…

—Porque no puedes resistirlo tampoco. Rachel, más de una semana, 10 días con líos, 10 días viajando de un lugar a otro para solucionar unos problemas, he tenido que despedirme de Bleu y dejarlo a solas en una terminal de vuelo. Me quería morir de pena y, sin embargo, cuando volvía a casa, cuando me metía en la cama cada noche en lo único que pienso es en coger el maldito teléfono y acribillarte a llamadas o mensajes. ¿Te haces una idea de lo que estoy haciendo por no molestarte? Y tú ni siquiera me das una explicación lógica. Y no me vale que digas que no estás preparada para estar con una chica, porque alguien como tú no tendría ese tipo de inconvenientes. Y ni siquiera Brian te llena lo suficiente.

—¿No lo entiendes? No puedo hacerle esto a Santana, No puedo, ella es mi amiga.

—¿Y? Te he dicho que no siento nada por ella. Que no voy a acostarme con ella, y si sigues dudando, no me vas a dar otra opción que alejarme, que confesarle que eres tú quien me gusta y hacer que se olvide de mí de una vez por todas.

—No, no, por favor —le supliqué—. Santana no solo quiere meterte en su cama, ella… Quinn, tú querías darle una oportunidad ¡Dásela! Ella es buena chica, te aseguro que no te vas a arrepentir y te va a hacer feliz. Yo, yo no sirvo para relaciones, y ahora, ahora estoy centrada en el teatro. No quiero, no quiero…

Una banqueta rodando, el café cayendo al suelo y parte de él sobre mi camiseta por culpa de mi falta de equilibrio al retroceder de nuevo, y tratar de alejarme de ella.

Mi cabeza trataba de procesar tantas excusas a la vez, que ni siquiera me percaté de los obstáculos que tenía detrás de mí.

Estuve a punto de gritar al notar como el calor me abrasaba la barriga, pero Quinn fue más rápida que yo y tiró de la tela evitando que se adhiriese a mi piel.

—¡Mierda, mierda!

—¿Estás bien?

—No, me estoy quemando —me quejé al tiempo que soltaba la taza vacía sobre la isla — ¡Joder!

—¡Quítatela! ¡Vamos quítate la camiseta!

—No, no, dios —escupí a punto de lanzarle una horda de patadas al estúpido banco que me hizo tropezar. Y le hice caso. A pesar de mi negativa no tuve reparos en desprenderme de la camiseta y quedarme frente a ella semidesnuda.

—¿Estás, estás bien? —se preocupó.

—¡Déjame Quinn! —traté de esquivarla y separarme de ella de nuevo.

—¿Por qué me huyes? —volvió a cuestionarme en mitad de aquel descontrol, tirando de la camiseta que yo ya sostenía entre mis manos.

—Porque, porque me pones nerviosa. He tropezado por tu culpa, no puedes pretender que te tenga a tan cerca y no…

—¿No qué? ¿Qué no puedes pretender al tenerme tan cerca?

—¿Acaso no lo sabes? —balbuceé sin poder evitarlo. Y lo cierto es que fue más un pensamiento que una respuesta. Pero mi voz sonó lo suficientemente clara como para que ella pudiera percibirlo.

—¿Ves? —me interrumpió volviendo a acercarse—. No puedes negarlo,

—Quinn, por favor —supliqué al ver como se aprovechaba de tener sujeta la camiseta entre sus manos, para evitar que siguiese retrocediendo. Aunque lo cierto es que yo podría haberlo evitado, sin dudas. Solo debía soltar la camiseta y salir de allí corriendo. Sin embargo, no lo hice. Y no lo hice porque había algo dentro de mí que me obligaba a quedarme paralizada frente a ella.

No dijo nada. Simplemente se acercó, lanzó una mirada hacia el baño donde Santana seguía canturreando, y la regresó hacia a mí al tiempo que negaba continuamente con la cabeza.

—Quinn, no me hagas esto —supliqué sintiendo que no tenía fuerzas para rechazarla. No después de saber que la única razón por la que había aceptado dejarse engañar por Santana, era por verme e interesarse por mi situación. Porque estaba preocupada por mí, tanto que no dudó en pasar una noche soportando las constantes ofensivas de mi amiga, solo para tener al menos un par de minutos, y preguntarme si estaba bien. ¿Cómo me iba a negar sabiendo que Santana no había tenido problema alguno en mentirle, y obligarla a algo que no deseaba?

—No puedo, Rachel —susurró humedeciéndose los labios al tiempo que acortaba distancias conmigo—. No puedo, más. Toda mi vida me he resignado, llevo huyendo de mí misma desde que tengo uso de razón y esta vez no lo voy a hacer. No sin intentarlo al menos.

Fue lo último que dijo, porque fue lo último que sus labios pudieron atinar a vocalizar antes de fundirse con los míos.

Me besó, y lo hizo con tanta intensidad que no tuve más remedio que asimilarlo lo mejor que pude, y responderle de la mejor forma que sabía. De la única que realmente me apetecía y quería.

No volví a recordar que el café seguía mojando mi barriga, ni que la banqueta rodaba por el suelo por culpa del traspié. Lo único que notaba en era la delicadeza con la que Quinn se aferraba a mi cintura y me atraía hacia ella. Y de como el suelo se movía como si de un terremoto se tratase.

La había echado tanto de menos en apenas una semana que incluso me parecía enfermizo. Y saber que sus labios solo me deseaban a mí no ayudaba en absoluto.

No me opuse a que nuestros cuerpos terminasen chocando contra la propia isla que dividía la cocina, y a punto estuvimos de dejar caer las otras tazas y demás utensilios que se amontonaban sobre ella. No importaba, solo nos valía besarnos, abrazarnos y sentirnos como si el tiempo se nos acabara. Algo que estaba a punto de suceder.

Tal vez era nuestro subconsciente el que nos mantenía alerta dentro de la locura que llegamos a vivir en apenas unos minutos. Porque a pesar de tener todos los sentidos en nosotras, había algo que nos avisaba de cuándo debíamos detenernos. Aunque he de confesar que a Quinn esa alerta, debía funcionarle mucho mejor que a mí.

Si no llega a ser por ella y la capacidad de escuchar como el picaporte de la puerta del baño se giraba, Santana nos habría encontrado en pleno apogeo de aquel beso. Sin embargo, y gracias a ella, solo nos encontró desconcertadas, tratando de contener la agitación de nuestra desesperada respiración, y la confusión de todo el desastre que provocamos a nuestro alrededor.

No volví a mirarla a la cara. Ni a ella ni a Santana cuando se acercó y nos cuestionó.

—¿Qué haces así? —me cuestionó visiblemente molesta— ¿Por qué estás medio desnuda?

Responder a aquella pregunta sin resultar sospechosa, me resultaba prácticamente imposible en aquel instante. El desconcierto era abismal, y no me consideraba tan buena actriz para inventar una excusa que me hiciera salir sin que me cuestionase en una situación como aquella. Y suficiente remordimiento de conciencia tenía ya por lo que acababa de suceder, como para cargar con más culpa.

—Tropecé y me eché el café encima —dije tras regresar la banqueta a su lugar y cubrirme con la camiseta. Cuánto antes acabase con aquel suplicio, menos preguntas recibiría—. Voy, voy a ducharme. ¿Has terminado?

—Ya, claro… Y ¿estás bien? —se interesó de nuevo y con razón. Me negaba a mirarla a la cara. Era superior a mí y la vergüenza me podía en aquel instante. Cuando aún podía sentir su sabor en mis labios. El de Quinn.

—Sí, estoy bien. Voy, voy a la ducha.

Si digo que me excusé miento, porque lo que realmente hice fue huir como una cobarde que no era capaz de afrontar aquella situación.

No, no soy perfecta. Y por ello actué así, dejándome llevar por el miedo, por los impulsos que de nada me servían y que terminaban empeorando la situación. No soy perfecta, y sabía que lo que estaba haciendo rompía cualquier código ético y moral respecto a la lealtad en la que se debe basar la amistad. No, no soy perfecta, pero tampoco Santana lo era, ni Quinn. Ninguna de las tres actuábamos con sensatez, solo dejándonos llevar por lo que más nos interesaba o deseábamos. En mi caso lo que más me hacía vibrar. Y sí, ser una mentirosa, una amiga desleal y una cobarde que no se enfrentaba a los problemas, me convertía en el ser más imperfecto del universo. Pero al menos era capaz de reconocerlo, y aceptar que poco o nada iba a lograr que mi consciencia no terminase por destrozarme anímicamente.

Pensé que tal vez el agua de la ducha lograría limpiarme, y no solo la viscosidad del café sobre mi piel, sino que también lo haría con mi alma, con mi conciencia. Que el calor y el vapor que inevitablemente iba a empañar el cuarto de aseo, lograría despejar mi mente y encontrar de una jodida vez la solución a todo aquel cúmulo sentimientos encontrados que me asolaban. Estaba completamente convencida de lograrlo y a la vez, me ayudaba a ignorar que fuera de aquellas cuatro paredes, Quinn fingía no sentir nada por mí después de regalarme aquel beso que tanto había deseado, aunque ni siquiera lo hubiese imaginado. Y que Santana se limitaba a comer las tostadas que le había preparado, creyendo que el simple hecho de compartir cama con ella, la acercaba un poco más a su corazón.

Creí lograrlo durante los casi diez minutos que me mantuve bajo el chorro de agua que caía de la ducha, y lograr dejar la mente en blanco. Evitando así que las lágrimas y la terrible sensación de saber que le estaba fallando a mi mejor amiga, lograsen acabar con mi ilusión de empezar a prepararme para el personaje de Dorothy.

Creí lograrlo hasta que escuché como la puerta del baño se abría y todo se volvía aún más confuso.

—Rachel —la escuché murmurar, y yo tuve miedo de correr la cortina para enfrentarme a su mirada. Preferí responderle desde la más absoluta privacidad.

—Dime.

—Me marcho, Quinn y yo hemos desayunado y yo tengo que reunirme con Scott antes de ir a trabajar.

—Ok.

—Eh, te veo luego. ¿No?

—Claro, entro después de comer —respondí recordando que mi turno de trabajo de aquel sábado, me iba a mantener hasta bien entrada la noche en la cafetería.

—Perfecto —musitó, y yo noté como parecía acercarse hasta llegar junto a la cortina que a mí me protegía—. Oye —susurró, y supe que evitaba que Quinn pudiese escucharla desde el exterior—. ¿Te ha dicho algo?

—¿Qué? —balbuceé deslizando un poco la cortina para buscar su mirada.

—¿Te ha dicho algo Quinn de lo de anoche? —volvió a cuestionarme con apenas un susurro— Creo que se dio cuenta de que no estaba borracha.

—Pues si se dio cuenta, peor para ti —mascullé—. Lo tienes merecido por no saber tratarla.

—¿Te lo ha dicho? —insistió, y yo como de costumbre, mentí.

—No.

—Mmm, ok —musitó traviesa al tiempo que regresaba a la salida—. Al final le va a gustar ese juego.

—Ese juego no le gusta a nadie, y menos a ella. Deberías empezar a ser más seria y decirle lo que te sucede de una vez.

—No hace falta, Berry —me interrumpió regalándome un guiño de ojos—. Ya se lo he demostrado esta noche, y lo ha entendido muy, pero que muy, bien.

Miento si digo que, en ese instante, justo cuando escuchaba las palabras de mi amiga y veía su traviesa sonrisa, no sentí que el agua oscilase de 39 grados a los 0 en apenas un microsegundo. Miento si digo que no sentí como el estómago me dio un vuelco y las extrañas ganas de vomitar que sentía cuando creía que estaban juntas y revueltas en la cama, volvían a mí.

Miento si digo que no desee salir de la ducha y ordenarle de la manera más agresiva posible que me negara que aquello fuera real. Pero a tenor por la mueca de satisfacción y la divertida sonrisa que dibujó, supe que hablaba en serio.

—¿Qué? ¿Habéis? —balbuceé completamente confundida. Hacía escasos minutos Quinn me había confesado que solo había dormido con ella, y que lo hizo solo porque le daba la oportunidad de verme. Sin embargo, Santana me daba a entender que lo que mi masoquista mente había estado imaginando gran parte de la noche, había sido verdad. Que no solo habían dormido juntas, sino que Quinn ya conocía las firmes intenciones de mi amiga por tenerla a su lado. Y que lo había hecho solo como ella, parca en palabras, podía hacerlo—. ¿De, de veras? —volví a cuestionar en un intento desesperado por escuchar un no rotundo, pero Santana se limitó a ampliar su sonrisa para responderme y hacerme ver que era un certero y sencillo .

—¡Ciao Berry!