Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.

Capítulo XX

"Deamhan"

Demonio

—No tenemos pruebas aún—acotó Edward, secando con premura el cabello de Isabella—.Pero es probable que tengan algún cómplice dentro del clan—no le complacía demasiado entregar esa noticia, sin embargo comprendía que era necesario—.No debe ser alguien cercano, sólo una persona capaz de entregar información sobre las veces que abandonas la fortaleza.

—Eso es de dominio público—murmuró la joven, que pese a disfrutar las atenciones del cobrizo, no podía renunciar a la tensión de sus músculos.

—Lo sé, no será fácil encontrarlo. No obstante, podemos reforzar la seguridad a tu alrededor—Edward contuvo el aliento al pronunciar las palabras.

— ¿A qué te refieres? —lo observó con intensidad, pero no de la buena.

—He estado pensándolo, y creo que lo mejor es que te mantengas dentro de la fortaleza y seas escoltada cuando desees ir a cabalgar.

Contempló cómo alzaba una ceja y apretaba los labios. De manera que se apresuró en acariciarle el rostro con las puntas de los dedos, mirándola con ternura.

Mo Bhean (mi señora), entiende que eres importante para mí, sólo deseo mantenerte a salvo.

—No me gusta la idea de ser una prisionera—se apartó de su toque. Y él suspiró.

—No lo serás.

—Claro que sí. Pondrás gente a seguirme a cada paso que doy.

—Dentro de la fortaleza no—corrigió. Aquello la hizo enfadar más. A veces podía ser tan necia.

—No te burles de mí, McCullen.

—No podría burlarme de esta situación, Isabella. Entiende que tampoco es placentero para mí. Pero es aceptarlo, o quedarte confinada en esta habitación.

— ¿Estás dándome una sentencia? ¿No puedo opinar?

—Si tienes una mejor idea, estoy dispuesto al dialogo—ella contuvo el aliento, y supo cuánto le costó no ceder ante el malgenio. Le dio la espalda, andando por la habitación; por sus hombros podía apreciar lo duro que estaba tratando de poner un freno a sus alborotadas emociones.

Al cabo de unas vueltas, lo miró de nuevo. Aún había chispas en sus ojos, pero sus labios lucían relajados.

—Bien, vamos a pensar sobre esto—recuperó su lugar en una esquina de la cama—.Emmett te informó sobre una fortaleza en ruinas en la que vio merodear a algunos hombres, que bien podrían ser del clan Comyn o no.

Edward asintió, alentándola a continuar.

—Debido a los sucesos en los que he sido atacada, creen que hay un infiltrado que informa a estos hombres de las ruinas cuándo es prudente proceder. Y todas estas conclusiones se sustentan en que soy un blanco perfecto para rivalizarlos con el clan Swan, ¿verdad?

—Así es.

—Olvidan que he sido aborrecida por ellos, que no he recibido noticias, y que probablemente a Charlie Swan no le importaría en lo más mínimo mi muerte, ya que espera otro hijo.

—Aquello me parece incluso más sospechoso—indicó, y al ver que Isabella aguardaba, continuó—.Todos sabemos que eres lo más preciado para tu padre—la joven rodó los ojos, sintiendo que el tema le molestaba tanto como la flecha en su hombro—, es extraño que no hayan enviado ni una sola carta, verás, cuando se supo lo del embarazo de tu madre, todos los clanes de la alianza recibieron una misiva.

El interés de Isabella se centró en ese detalle.

—No hubo carta dirigida a Inverlochy, pero sí a Inverness. Mi única explicación es que alguien ha interceptado esa carta, y tal vez otras.

Calló por unos momentos, reconociendo que tenía sentido.

—Me quedaría más tranquilo si escribieras una nota y se las hicieras llegar.

—No lo haré.

—Isabella…—trató de tomarla por la barbilla, pero se apartó.

—No—negó con energías. Y pudo adivinar que había algo más.

— ¿A qué le temes?

—Eso es ridículo—se levantó, tensa.

Los dedos cálidos de Edward sobre sus hombros la hicieron estremecer y apretar con más fuerza las manos.

— ¿Qué ocurre, Mo Cridhe (mi corazón)?

Luchó contra sí misma unos instantes, pero la verdad se le escurrió entre los labios, rindiéndose a la ternura con que la tocaba.

— ¿Qué pasa si no hay respuesta? No sé si podría vivir con la certeza que me han repudiado—confesó con un hilo de voz, percibiendo una debilidad interior que amenazaba con desbordarla.

Edward la abrazó con fuerza, al advertir la vulnerabilidad de la muchacha. Sin decir palabra, ella volteó y ocultó su rostro en el pecho masculino. No recordaba haberse sentido tan segura y confortada antes con nadie que no fuera su padre. Por primera vez se dio cuenta de la confianza que tenía en el McCullen, tanta que permitió que su fragilidad la invadiera.

Fue como si el peso de todos esos meses por fin dejara de presionar sus hombros; respiró con una certidumbre que la conmovió.

Sus brazos se elevaron, despacio, hasta envolverlos en la cintura de Edward. Se aferró con bríos, deseando jamás tener que separarse de la calidez, del amparo de sus fuertes hombros.

—No creo que sean capaces de repudiarte—susurró, besándole el tope de la cabeza, descendiendo hasta su oído—, pero si lo hacen te ofrezco dos cosas. La primera, llevarte a esta ellos y dejar que estrelles todos los leños de la fortaleza hasta que tu dolor esté saciado.

Isabella sonrió.

— ¿Y la segunda?

—Un lugar a mi lado, hasta el final de mis días. Un lugar únicamente tuyo, como mi compañera, como mi esposa, como mi mujer… como mi Nighean (chica) de espíritu indomable.

La castaña sintió que se le cerraba la garganta y se le entibiaba el corazón con una ternura imposible hasta ese día. Su pecho se encontró pesado de pronto, por lo mucho que él se había apoderado de su ser, tanto como para que sus ojos ardieran por la vehemencia, por sus promesas de un amor más allá de sus diferencias, incluso más allá que su irreverencia. Nunca se había sentido tan adecuada para nada, ni nadie, como en ese instante.

Alzó el rostro, y Edward la contempló con dulzura, conectando sus miradas a un nivel mucho más íntimo. Ni siquiera cuando se encontraba despojada de sus vestiduras se había sentido más desnuda y vulnerable como en aquel intercambio.

Lento, se estiró para alcanzar su boca. No había elocuencia posible para expresar su gratitud, su sentir. Esperaba que sus inexpertas caricias fueran suficientes para suplir la carencia de retórica.

Edward respondió el contacto, comprendiendo que Isabella desnudaba su alma para él. Dudaba haber sentido tanto con un roce de labios en el pasado, o quizá nunca había tenido nada tan auténtico.

Se apartaron unos estrechos centímetros, lo suficiente como para verse a los ojos. Jamás había parecido tan cierto que correspondían a las puertas del alma como en ese momento. La resolución los hizo volver a encontrarse, con labios ansiosos, deseosos.

Las manos masculinas estrecharon la cintura, tratando de eliminar cualquier espacio probable entre ambos cuerpos.

La profundidad del beso les hizo probarse, los dedos delgados aferraron el cabello cobrizo. Se habían besado antes, pero nada podía compararse a lo que compartían ahora; lo más recóndito de sus seres reconocía al otro como un alma afín.

El deseo hizo mella en sus entrañas, besos ardientes fueron depositados en la piel femenina, trazando un camino de fuego. Se agitó, enardecida, respondiendo al contacto.

Pronto las respiraciones se convirtieron en jadeos. Él la cogió por los muslos, y ella no tardó en ocupar un lugar en las caderas masculinas. La intensidad los hizo gemir su camino al lecho.

Cuando el cabello aún húmedo de Isabella se esparció por la cama, y volvió a mirarla, tendida, sonrojada, la última fibra de racionalidad pareció encenderse.

—No puedo ponerte en más riesgo, Mo Bhean (mi señora) —pese a su reclamo, se recostó sobre ella, sosteniéndose apenas en sus manos, rozando sus labios.

Le envolvió con el calor de sus muslos atléticos, forzándolo a permanecer.

—No lo haces—le besó las orejas, el cuello, deslizando la camisa recién puesta por los anchos hombros.

—Si te dejo embarazada sería peligroso. Es peligroso ahora para ti misma.

—No quiero esperar más. Si he de tener nuestros hijos, este momento es tan bueno como cualquiera—susurró a su oído.

— ¿Estás segura? No querías tener hijos aún…—forzó a sus deseos a retroceder para verla a la cara.

—Si ha de pasar, pasará. Pero sé cosas sobre mi cuerpo que tú no.

— ¿Ah, sí?

—Sé que este no es mi tiempo más fértil, y… sé que te deseo—lo apretó entre sus piernas, logrando que irremediablemente su cuerpo masculino rozara contra ella.

— ¿Cómo es que sabes esas cosas…?

Isabella rio.

—Te lo contaré después… tal vez.

— ¿Tal vez?

—Depende de qué tan bueno seas.

Edward alzó las cejas, gustándole el rumbo de la conversación. Adoraba la picardía de Isabella, amaba que no usara una falsa timidez para ocultar lo que quería.

—Te demostraré lo bueno que puedo ser—dicho aquello, permitió que sus reservas retrocedieran. Había temido este momento de intimidad, por los riesgos que conllevaba, pero si tanto él como Isabella estaban dispuestos a asumir las consecuencias, ya no había nada que lo detuviera de reclamar—por fin—a su mujer.

Le besó el rostro, y los labios con toda el hambre contenida, pero no era suficiente. Nunca lo era con Isabella. Continuó por el cuello, las clavículas y sus pechos.

Colmó de mimos, caricias, la piel disponible. E hizo lo mismo, con igual devoción al revelar más. Nunca se cansaría de la visión de la palidez contra los colores de su clan, ni del aroma, ni de las reacciones apasionadas de Isabella al besar, probar y sorber en su boca sus crestas erguidas, enrojecidas por la vehemencia de sus atenciones.

A menudo ella lo llevaba sobre el borde al apretarlo con sus piernas, al alzar las caderas, rozándose contra su masculinidad. Pero tenía la férrea convicción de hartarla de placer en el primer encuentro, de hacerla perder el sentido, por lo que empujaba sus límites, ahogando su propio ardor.

El cuerpo de la joven ardía, dolía por la necesidad cuando por fin él permitió que sus dedos hicieran contacto con su feminidad. Estaba ya tan excitada, que temía terminar al instante en que sintió el suave masaje. Creyó que alcanzaba la cima, jadeando, temblando, cuando se detuvo y la observó.

Un gemido escapó de sus labios. Y él sonrió.

Mallachd! (¡Maldición!) McCullen—jadeó, aferrándose a sus hombros.

Sin dejar de mirarla, bajó hasta besarle los pechos. Era demasiado.

Volvió a tocarla, reconociendo su parte más íntima que clamaba por la liberación. Jugueteó por su entrada, previo a volver a su nudo de nervios. Se estremeció, tensándose la punta de sus pies. No obstante, la abandonó nuevamente.

Insatisfecha, bufó, gimiendo. Ya no iba a esperar más.

Audaz, bajó por su propio cuerpo hacia ese lugar que clamaba por atención. Antes de llegar, la detuvo, llevando su mano hacia su cabeza.

—Impaciente—susurró, pero se le veía afectado por su propio juego. No esperaba que ella fuera a buscar lo que quería por sí misma, aunque bueno… era Isabella después de todo—.Te gustó jugar conmigo, ¿verdad? —le dio un beso apasionado.

Deamhan (demonio) —jadeó, con su bonito pecho subiendo y bajando de prisa.

Sonriendo, volvió a besarla. Por fin se apiadó de su esposa, y la acarició en la unión de los muslos hasta que la sintió arquearse. Aprovechando su momento de satisfacción, probó su interior con un dedo y las contracciones lo hicieron gemir. No podía esperar a estar ahí.

Cuando Isabella sintió que podía respirar otra vez, luego de las oleadas de placer, demandó un beso que no tardó en llegar. Aunque pronto la abandonó, para volver a estimular sus pezones.

—Edward…

—Sólo un poco más, Leannan (cariño) —sin embargo, se dio el tiempo de quitarle el camisón y besarle el vientre.

Al adivinar sus intenciones, Isabella quiso incorporarse. No creía poder soportar eso, en este momento. Pero él estaba decidido, y sujetó con firmeza sus caderas.

—McCullen… deja de jugar conmigo.

—Voy a complacerte, no puedo esperar.

—Yo no puedo esperar, ¿quieres matarme?

—Tú me has llamado demonio, Mo Bheatha (mi vida), y he decidido reclamar tu cuerpo como me plazca.

Las palabras del hombre debieron despertar su parte más iracunda, pero le gustaba cuando jugaban a que él tenía el control sobre ella.

Tragó profundamente cuando su boca besó el hueso de la cadera y bajó por el muslo. Con una mano la fijó a la cama, y con otra abrió sus piernas. La miró con ojos negros al besarle el interior del muslo, avanzando hacia su lugar femenino.

El control de Edward era bastante precario a esas alturas, por lo que actuó con más brusquedad de la que hubiera deseado, aunque no se arrepentía en lo más mínimo. El aroma de Isabella le volvía locos los sentidos, y no dudó en acariciarla con su boca.

Ella gemía en agonía, la dulce agonía a la que él la sometía con cada roce. Exploró, probó y atacó con vigor aquella carne secreta, forzándola a humedecerse más, si era posible.

Volvió a probar la gloria con dos de sus dedos, disfrutando de la estrechez, del calor. Y la obligó, a punta de caricias, a inclinarse al borde al precipicio, para dejarla ahí.

Gruñó, desconcertada. Pero al alzar la vista comprendió.

Edward se despojó de la ropa, y miró hacia la joven embobada con su erección.

—Es tu última oportunidad de arrepentirte, lass (muchacha) —habló con voz dura, contenida. No iba a durar mucho más.

Ella sólo lo miró con deseo, y asintiendo, Edward se acomodó entre sus piernas, haciéndose sitio. Rozó su longitud unas cuantas veces contra el manojo de nervios, haciéndola gemir.

Entonces se inclinó, soportando el peso sobre sus codos a cada lado de la cabeza de la joven.

Mirándola a los ojos, movió las caderas. Y ella se aferró a sus hombros, besándolo.

No tenía miedo, ni pudor. No cuando él la miraba así, y la aceptaba tal cual era, haciendo ella misma lo propio con él.

Este acto, no era más que una confirmación de lo que no se podía decir con palabras.

Con suavidad, volvió a acariciarla, e Isabella jadeó, echando la cabeza hacia atrás. Fue entonces, que Edward reclamó su cuerpo.

Un pequeño gritito de satisfacción y sorpresa abandonó sus labios. Sus miembros se tensaron sin querer, por el leve dejo de dolor que hacía eco en lo más profundo de sus entrañas.

— ¿Estás bien? —la voz gruesa, y áspera de Edward llegó a su oído, para revelarle que no era la única que temblaba.

Aye (sí) —despacio, él comenzó el baile más antiguo de todos.

No obstante, la personalidad apasionada de Isabella no permitió que mantuviera un ritmo gentil, como él deseaba. Se enroscó, presionándolo, abrazándolo, forzándolo a seguir las pautas que ella indicaba.

Como un buen esclavo, se aseguró de darle lo que anhelaba, deleitándose con la conquista, con el descubrimiento de que eran absolutamente compatibles para esto. Era tan sencillo como respirar, y tan ardiente como el fuego que ardía en el hogar.

Jadeando, comprendió que no quedaba mucho más en él. Pero no iba a ser mezquino con ese ser tan maravilloso, no. Se aseguraría de darle la mejor experiencia de todas.

Acarició su cuerpo del modo que ella disfrutaba, sincronizándolo a sus vigorosas embestidas que reclamaban a su mujer. Su mujer, por fin.

La emoción amenazó con romper su control, pero mordió el interior de sus mejillas y resistió hasta que con un gemido ahogado, Isabella alcanzó la cúspide. Aquello sólo mejoró su propia experiencia, la fuerza con que los músculos íntimos de su esposa lo ceñían le hizo consciente que nunca había sentido tanto placer.

La aferró con fuerzas, sosteniendo sus caderas mientras se permitía la liberación en lo más recóndito del cuerpo de su preciosa castaña.

Gruñó, apretando el manto alrededor de Isabella entre sus manos, sacudiéndose con vigor. Parecía que nunca terminaría de temblar, y que sus pensamientos jamás le pertenecerían otra vez.

Sin embargo, poco a poco, bajó del cielo, sólo para encontrarse con otro más vasto en la mirada de Isabella.

Mientras le acariciaba el rostro, susurró con voz ronca:

Mo chuisle mo chroí (el pulso de mi corazón) —la castaña sonrió, besándolo suavemente en los labios. Nunca pensó que se sentiría tan tranquila, alegre, luego del acto, siempre lo vio como una obligación, una molestia, sin embargo, no podía esperar por volver a hacerlo.

No obstante, sus golpeadas emociones reclamaban su merecido descanso, y gozando de la satisfacción del cuerpo masculino junto al suyo, cedió al sueño.

Edward permaneció un tiempo más despierto, trazando formas sin sentido en la espalda femenina, disfrutando del momento como jamás lo había hecho.

-o-

—Enviaré la nota—comunicó la joven, vistiéndose—.Al clan Swan, quiero decir—al ponerse de pie de prisa luego de atar sus botas, fue consciente de un dolor sordo en lo más profundo de sus entrañas.

— ¿Estás bien? —interrogó, acariciándole la espalda.

—Por supuesto. Sólo fue un pequeño recordatorio.

—Ayer no me permitiste ser demasiado suave que digamos.

Ella se volteó, mirándolo a los ojos con intensidad.

—No lo quería suave—jaló la barbilla masculina hasta apoderarse de los labios del cobrizo, ya preparado para otro día de labores, después de compartir un abundante desayuno.

Se apartó, descolocando a Isabella.

— ¿Qué ocurre? —lo sostuvo por el cuello, impidiéndole escapar de su escrutinio.

—Sólo creo que debes descansar un poco, Mo Bhean (Mi Señora), y si sigues incitándome, seré el culpable de tu dolor.

La joven esbozó una sonrisa descarada.

— ¿Crees que me causas dolor? Yo sé cuándo debo descansar, y descansar no es lo que quiero. Aunque—lo liberó, acomodándose la larga cabellera a un costado—tal vez tú debas descansar un poco. Lo entiendo.

Edward rió entre dientes. Tentándose por momentos, ¿ella creía que le resultaba muy sencillo apartar las manos de su cuerpo? Si por él fuera, no la dejaría salir de la cama en días.

Justo cuando estiraba un brazo en su dirección, tocaron a la puerta, haciéndolo gruñir de frustración.

—Disculpen la molestia, pero Emmett necesita al Laird. Dice que es urgente.

—Esta noche no permitiré que duermas, lass.

Un excitante calorcillo se encendió en el vientre de la mujer, que disfrutó del beso exigente que Edward demandó antes de abandonar la habitación.

A penas desapareció, Alice ingresó con una mirada pícara. Isabella se limitó a sonreír.

—Veo que has conseguido arreglar los problemas entre ustedes—afirmó, ayudándola a ajustar el vestido.

— ¿Qué puedo decir?

—Supongo que he de cambiar las sábanas entonces. Vamos, déjame trenzar tu cabello, está más alborotado que de costumbre.

—Me pregunto por qué será—la joven castaña ocupó un lugar frente al escritorio. Aprovechó de coger un papel, el sello y la pluma.

— ¿Enviarás una nota?

—Debo hacerlo—respondió a regañadientes. Tenía suficiente motivación para juntar los materiales necesarios, pero no para las palabras.

¿Qué debería poner después de tantos meses sin noticias? Cuando comenzó a dudarlo demasiado, decidió dejar de pensarlo tanto y simplemente escribir lo primero que acudiera a su cabeza.

El resultado fueron unas escuálidas líneas, educadas, indicando su bienestar y el deseo de recibir alguna misiva confirmando que todo marchaba bien en el clan. Observó con disgusto su caligrafía simple, poco refinada; a su madre probablemente no le gustaría.

Sacudió la cabeza, no importaba más.

La selló con cuidado, dejando grabado a fuego el estandarte McCullen.

— ¿Podrías hacerme el favor de enviarla? —pidió a Alice, que por fin terminaba de trenzar la espesa melena castaña.

—Por supuesto—la cogió sin demasiada ceremonia, y le buscó un lugar en el frente de su delantal.

— ¿Has acabado?

—Así es—la vio levantarse de prisa, escribir esa carta la había dejado más tensa de lo previsto. Se merecía un paseo de relajación—.Eh, ¿pretendes salir?

Aye (Sí) —Alice corrió tras ella con un pesado manto de lana.

—Hace mucho frío, procura abrigarte bien. Ahora podría haber alguien dentro de ti.

—Lo dudo—descartó de prisa. Había escuchado infinidad de veces las explicaciones de Sue a sus hijas sobre el ciclo de la luna y la sangre. Sabía cómo funcionaba, además, los dioses celtas no le cortarían la libertad tan deprisa, ni reemplazarían el placer por un niño berreón.

De todas maneras, aceptó el manto, porque no quería congelar el interior de sus huesos.

No se entretuvo demasiado saludando, apenas pudo escapar del escrutinio público, echó a correr sobre la nieve crujiente bajo sus botas. El frío, por supuesto, se prendó de su nariz, volviéndola roja junto a sus mejillas. Pero no le importaba, estaba exultante. Llena de energía.

Esa mañana no había persona cuidando los establos, y tanto mejor para ella, menos tiempo tardaría en poder disfrutar de Tyr.

Lo saludó, alimentó con una jugosa manzana dulce y pronto caballo y jinete se perdieron velozmente entre las nubes de hielo.

Cabalgó largo y tendido, disfrutando el paisaje congelado, del invierno. No sabía cuánto duraría, pero ese día la parecía que todo estaba hecho para deleitarse. O quizá sólo ella había cambiado.

Para cuando decidió regresar al establo, los dedos le dolían por lo frío que estaban, aunque jadeaba debido al esfuerzo. Tyr compartía su sentir, y juraría que podía sentir el gran corazón del animal latiendo contra sus pantorrillas.

—Te ha gustado, ¿verdad? —se bajó de un saltó, acariciándole el cuello—.Ven, te daré otra manzana, te cepillaré. Quedarás despampanante, ya verás.

Tyr relinchó en aprobación, siguiendo dócilmente las pisadas femeninas, mientras seguía conversándole sobre el clima, la carta, o cosas similares. La charla continuó mientras lo atendía, cepillándolo con diligencia. Por supuesto que quien cuidaba de los caballos, también se encargaba de Tyr, pero Isabella estaba acostumbrada a hacerlo ella misma.

—Estás hermoso. Iré a buscarte algo de pienso fresco, aguarda—cerró la verja de madera, y se dirigió al cuarto posterior, en el fondo de la construcción.

—Creí haberte dicho que no era buena idea que salieras sola—se sobresaltó al oír la voz de Edward. No había reparado en su presencia para nada. Pero ahora que sus ojos verdes, enfadados, la escrutaban en silencio no podía ignorarlo.

— ¿Qué haces aquí? —interrogó a cambio, ocupándose de juntar heno para su caballo.

—Eso debería preguntarte.

—Vine a pasear con Tyr, ahora le llevaré un poco de esto.

Mallachd, lass (maldición, muchacha) —le arrancó la horqueta de las manos—te dije que no es seguro que vagues por ahí sin alguien que cuide tus pasos.

—Y yo te dije que no voy a dejar que alguien me esté vigilando—trató de recuperar la herramienta, pero Edward la sostenía con fuerzas.

—No es para vigilarte—aclaró, con irritación—, es para cuidarte.

—No aceptaré eso. Ya envié la nota, déjame en paz—Edward arrojó lo que sostenía en la mano, y agarró el rostro femenino en su lugar, con mucha más delicadeza, por supuesto.

—No.

— ¿No? ¿Y qué harás? ¿Encerrarme en la habitación, atarme a la cama?—lo miró, molesta.

La expresión de Edward se volvió más dura, pero además del calor de la discusión, el deseo apareció en sus ojos claros.

—Eso en realidad suena bastante tentador.

—Nunca serías capaz de neutralizarme tanto tiempo como para atarme.

— ¿Estás poniéndome a prueba, lass?

Encogió los hombros.

— ¿Cómo debería corregir tu comportamiento?

— ¿Corregir? —Rio sin humor—, mi madre jamás lo consiguió, me gustaría ver cómo…

La interrumpió con un beso voraz, intenso, prolongado. Cuando al fin la liberó, sus pensamientos eran difusos. El corazón le latía de prisa, la pasión calentando su carne desde el interior.

—Yo no soy tu madre, mo bhean (mi señora) —volvió a saquear su boca, con brusquedad, dominando.

Pero Isabella no se quedaba atrás. Respondió con la misma crudeza, abalanzándose sobre él, colgándose de su cintura. La sostuvo con un jadeo, masajeando su trasero e incluso más allá.

La castaña gimió, y Edward respondió restregando sus caderas contra las femeninas. Besó la piel al descubierto, mordió, probó hasta sentir que no era suficiente. Había callado demasiado sus deseos, que ya no podía, ni quería contenerlos más. Isabella parecía más que dispuesta a permitir el placer para ambos, sin embargo, la ubicó sobre unos fardos de heno, y jalando con prisa del vestido logró llegar a la unión de sus muslos. Comprobó su excitación, la acarició un poco más, y cuando la oyó gemir, temblar, la tomó con impaciencia.

La joven soltó un suave grito de sorpresa ante la repentina invasión, pero se recuperó enseguida, moviendo las caderas contra Edward, disfrutando de la unión.

El cobrizo mantuvo un ritmo lento, pero cargado de fuerza, estaba en la gloria y pronto todo terminaría, podía sentir las señales de su cuerpo. Con dedos expertos, masajeó el nudo de nervios de su mujer, haciéndola tensarse. La jaló por el cabello, lo necesario para ver su expresión de placer cuando alcanzó el clímax. Ver tal espectáculo fue suficiente para su propia liberación.

Las respiraciones agitadas de ambos interrumpían el silencio del establo. Temblando, compartieron un beso más sosegado, sellando lo que acababan de compartir.

—Siempre quise tomarte aquí—confesó, provocando la carcajada de Isabella.

— ¿No puedes pensar en otra cosa?

—Sólo puedo pensar en ti, y en todos los lugares que deseo reclamar tu cuerpo—apretó sus caderas, besándole el pecho.

—Quizá yo reclame tu cuerpo.

—Estoy abierto a las posibilidades.

—Y yo.

Se miraron con picardía.

—Entonces estas dispuesta a aceptar que alguien vele por tu seguridad.

—Ahí vas de nuevo…


Hola, hola! uff ¿Qué tal les pareció? Espero poder leer sus opiniones jaja

Sé que me tardé bastante jaja, pero no lograba estar segura del capítulo, al final esto fue lo que más me convenció, espero les haya gustado.

Les quiero dar las gracias por los reviews, ¡Son muchos! Mil gracias por hacer esto posible, gracias por las alertas, los favoritos, me llenan el alma. También gracias a los lectores silenciosos, espero que estén disfrutando de la trama.

No me queda mucho más que decir, solo que procuren cuidarse en sus hogares, y que nos estaremos leyendo pronto. Ya nos acercamos al final, chan chan.

Nos estamos leyendo, mis amores!

Un abrazote.

Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que pude haber pasado por alto.