Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«20»
Los seis hombres que seguían junto al libro de apuestas se miraron consternados.
—Se va en busca de Utakata —dijo en tono grave Sai, y los demás asintieron con la cabeza.
Se equivocaban.
—¡A casa! —gritó Naruto al cochero al entrar en su coche. Jugueteando con los guantes, con los que se iba golpeando el muslo, Naruto hizo el recorrido hasta el número 3 de Upper Brook Street en un estado de tranquilidad absoluta, planteándose una serie de métodos posiblemente gratificantes mediante los que pretendía impartir a su terriblemente obstinada e infiel esposa una lección que tenía merecida y que no iba a olvidar en su vida.
Jamás se había sentido tentado de pegar a una mujer, y en cambio en aquellos momentos nada le parecía tan satisfactorio como la idea de entrar en el dormitorio de Hinata, ponerla sobre su regazo y zurrarla hasta cansarse. Decidió que aquel era un castigo muy adecuado por lo que él consideraba un acto de desafío público sumamente infantil.
Y después de aquello tenía intención de meterla en la cama y utilizarla para lo que la había creado Dios.
Con el malhumor que tenía, habría hecho todo aquello al pie de la letra. Pero, tal como le informó Higgins al pasar como un rayo ante él, directo hacia la escalera, Hinata no estaba en casa.
Unos minutos antes, Naruto habría jurado que no podía sentirse más enojado. Pero la noticia de que Hinata se había rebelado desacatando sus órdenes y saliendo, cuando él le había precisado que tenía quc permanecer en casa, le hizo hervir la sangre.
—Llame a su doncella —ordenó Naruto en un tono que hizo retroceder a Higgins y luego le obligó a correr para cumplir su cometido.
Diez minutos después, a las diez y media, Naruto se encontraba de camino hacia la mansión de los Uchiha.
En aquel preciso instante, el mayordomo de los Uchiha anunciaba en voz alta la llegada de:
—¡Su Excelencia la duquesa de Konohagakure!
Contemplando con displicencia las cabezas que iban volviéndose hacia ella y las miradas inquisitivas, Hinata descendió con gracia la lujosa escalinata luciendo el conjunto más atrevido que se había puesto nunca en público. Le sentaba de perlas: aquella noche se sentía terrible y maravillosamente independiente.
A mitad de camino, echó un vistazo a la concurrencia para ver dónde se hallaban Utakata, Ino o la duquesa viuda. A está fue a la primera que vio, de pie, rodeada por un grupo de amigas de su edad, y se dirigió hacia ella. Era un dechado de elegancia y juventud; sus ojos casi brillaban más que las joyas que lucía mientras se detenía de vez en cuando para hacer una leve y giá inclinación ante algún conocido.
—Buenas noches, mi querida señora —dijo Hinata con aire alegre, dando un beso a la apergaminada mejilla de la duquesa.
—Veo que está animada, pequeña —respondió Su Excelencia, dirigiéndole una sonrisa radiante y tomando su mano entre las de ella—. Y me alegra comprobar —añadió— que Naruto ha hecho caso del excelente consejo que le he dado esta mañana y ha retirado la estúpida orden de no dejarla salir.
Con una sonrisa pícara, Hinata hizo una respetuosa reverencia que en realidad fue una especie de giro grácil y, levantando luego la cabeza, declaró con desenvoltura:
—No, señora mía, no la ha retirado.
—Quiere decir...
—Exactamente.
—¡Oh!
Puesto que Hinata sabía perfectamente cuál era la postura de la duquesa en cuanto a obligaciones conyugales, aquella reacción tan poco entusiasta frente a su rebelde comportamiento no le apagó lo más mínimo el ánimo. En realidad, tal como encaraba las cosas, creía que ya nada podría desanimarla, hasta que unos minutos después apareció Ino con expresión horrorizada.
—¿Cómo has podido hacer algo así, Hinata? —exclamó, tan alterada que ni siquiera se fijó en que la duquesa viuda estaba a su lado—. No encontrarías un solo marido que no estuviera dispuesto a retorcerte el pescuezo, incluyendo el mío, cuando se enteró. Has ido demasiado lejos, ¡eso ya no tiene ninguna gracia! Tú no puedes...
—¿Pero de qué me hablas? —la interrumpió Hinata, pero el corazón empezaba ya a latirle con fuerza como reacción frente a las palabras de gran inquietud de su amiga, habitualmente tan imperturbable.
—Me refiero a la apuesta que has dicho a Utakata que escribiera en tu nombre en el libro del White, Hinata.
—En mi nombre... —exclamó Hinata, llena de incredulidad y muerta de miedo—. ¡Madre mía! ¡No tenía que haberlo hecho!
—¿Qué apuesta? —preguntó con brusquedad la duquesa viuda.
—¡Pues lo ha hecho! Y ahora todos los reunidos aquí están al corriente.
—¡Madre mía! —repitió Hinata casi sin aliento.
—¿Qué apuesta? —preguntó la duquesa viuda en voz baja, aunque sonora.
Demasiado conmovida y enojada para responder a la abuela de Naruto, Hinata dejó que lo hiciera Ino. Se recogió la falda y se volvió intentando localizar a Utakata. Pero lo que vio fue un montón de rostros masculinos que la observaban con aire hostil.
Por fin vio a Utakata y se acercó a él con mirada asesina y corazón afligido.
—Hinata, amor mío —dijo él, sonriendo— qué aspecto tan maravilloso... —alargó el brazo para cogerle la mano pero ella lo rechazó, mirándole con ojos enfurecidos y acusadores.
—¡Cómo ha podido hacerme esto! —exclamó con amargura—. ¿Por qué ha escrito la apuesta en un libro y ha puesto mi nombre al lado?
Por segunda vez desde que se habían conocido, Utakata perdió momentáneamente el control de su desabrida expresión.
—¿A qué se refiere? —preguntó en voz baja, indignado—. Yo he hecho lo que usted quería que hiciera. Pretendía demostrar a la sociedad que no iba a arrojarse a los pies de Naruto y yo he situado la apuesta en el lugar más adecuado para que todos se enteren de sus sentimientos. Y no crea que ha sido una tarea fácil siguió con irritación—. Sólo los miembros del White tienen derecho a apostar, por ello he tenido que poner mi nombre en su apuesta para avalarla...
—¡Yo quería que apostara por mí en su nombre no en el mío, por eso se lo pedí! —exclamó Hinata en tono inquieto—. ¡Quería que fuera una apuesta privada, confidencial y verbal, de caballero!
Utakata enarcó las cejas mientras el enojo iba eclipsando su justificada indignación.
—¡No sea boba! ¿Qué esperaba ganar con una puesta privada y confidencial?
—¡Dinero! —exclamó ella, abatida.
Utakata abrió la boca.
—¿Dinero? —repitió perplejo—. ¿Hizo la apuesta porque quería dinero?
—¡Por supuesto! —Respondió ella con ingenuidad—. ¿Por qué apuesta, si no, la gente?
Mirándola como si fuera un curioso espécimen totalmente incomprensible para él, Utakata le dijo a título informativo:
—La gente apuesta porque disfruta ganando. Usted está casada con uno de los hombres más ricos de Europa. ¿Para qué necesita el dinero?
Aquella pregunta, a pesar de ser lógica, le habría exigido poner al descubierto unas intenciones totalmente privadas.
—No puedo explicárselo —dijo compungida—, y siento haberle echado la culpa.
Utakata aceptó la disculpa con una inclinación, detuvo a un lacayo que pasaba, tomó dos copas de champán de la bandeja que llevaba y ofreció una a Hinata.
—¿Cree usted —dijo ésta, impaciente, un momento después, sin percatarse del elocuente silencio que reinaba en el enorme salón— que hay alguna posibilidad de que Naruto no descubra mi apuesta?
Utakata, a quien pocas veces le pasaba algo por alto, echó un vistazo a su alrededor y seguidamente levantó la vista en la dirección en la que se habían vuelto todas las cabezas.
—No muchas —respondió él escuetamente y, con un displicente gesto de su mano, le señaló la galería superior en el momento en que el mayordomo de los Uchiha anunciaba con voz retumbante:
—¡Su Excelencia el duque de Konohagakure!
Una sacudida de sobresalto y emoción agitó a los congregados mientras Hinata levantaba bruscamente la cabeza y clavaba los ojos, horrorizada, en la sobrecogedora silueta vestida de negro que descendía la escalera con gesto altivo. Ella se encontraba a menos de quince metros del pie de la escalera, pero cuando Naruto llegó allí, la marea humana del salón pareció formar una inmensa ola que estalló en gritos de bienvenida formando una ensordecedora cacofonía.
Superaba en medio palmo a la media de altura, y Hinata, desde su rincón, vio cómo sonreía levemente mientras respondía a las preguntas, al tiempo que sus ojos iban oteando el gentío... buscándola, o eso temía ella. Presa de pánico, tomó champán y pasó la copa vacía a Utakata, quien le ofreció la suya.
—Tómese ésta —dijo él—. La necesitará.
Hinata miraba de un lado para otro como un zorro en busca de una madriguera, deteniendo el movimiento cada vez que, sin darse cuenta, situaba los ojos en la línea de visión de Naruto. Incapaz de moverse, se apoyó en la pared y se llevó la copa de Utakata a los labios en el momento en que su mirada topó con la de la duquesa viuda, situada a su derecha. ésta la miró de forma extraña, con ojos críticos, y acto seguido se volvió hacia Ino. Poco después, su amiga, sorteando a los congregados que rodeaban a Naruto, se acercó a Hinata y Utakata.
—Tu abuela dice —empezó Ino en tono perentorio en cuanto llegó a su lado— que hagas el favor de no escoger sobre todo esta noche para excederte y que no te preocupes porque el duque sabrá exactamente qué debe hacer cuando vea que estás aquí.
—¿Ha dicho algo más? —preguntó Hinata, terriblemente necesitada de apoyo.
—Sí —respondió Ino con un enérgico gesto de asentimiento—. Que me pegue a ti sin dejarte un solo instante pase lo que pase está noche.
—¡Madre mía! —exclamó Hinata—. ¡Creía que iba a decir que no tenía que preocuparme de nada!
Utakata hizo un gesto de indiferencia.
—Tal vez Naruto no esté aún al corriente de su apuesta, de forma que no debe alterarse tanto.
—No sólo me preocupa la apuesta —respondió ella con aire misterioso, sin perder de vista a Naruto, intentando prever qué dirección iba a tomar cuando consiguiera deshacerse de la multitud, para decidir ella la dirección opuesta—. Me preocupa que descubra que estoy... —Alguien que estaba junto a Naruto le dijo algo al oído y él volvió la cabeza; su mirada recorrió la pared en la que se encontraba Hinata... pasó por encima de Ino, de Utakata, de ella... y luego retrocedió fijando en su rostro algo así como dos negras y mortíferas pistolas—. Aquí —concluyó Hinata casi sin voz mientras Naruto seguía atravesándola con su mirada, transmitiéndole que iría a por ella en cuanto pudiera.
—Creo que lo ha descubierto —dijo Utakata.
Apartando los ojos de Naruto, Hinata buscó un lugar en el que refugiarse en el que a nadie le pareciera que se estaba escondiendo. Decidió rápidamente que lo mejor sería meterse entre aquel gentío formado por setecientos invitados e intentar confundirse con éste hasta que Naruto la perdiera de vista.
—¿Damos una vuelta por aquí? —sugirió Utakata, quien, evidentemente, había llegado a la misma conclusión.
Hinata asintió con cierto alivio pero la idea de dar una vuelta perdió todo su atractivo unos minutos más tarde, al pasar frente a lord y lady Moseby y lord North, que se hallaban junto a la pista, cerca de la pared cubierta de espejos. Lady Moseby tendió la mano a Hinata, deteniéndola, mientras le decía en tono divertido, con cierta admiración:
—Me he enterado de su apuesta, Hinata.
La cortés sonrisa de está se paralizó en sus labios.
—No ha sido... más que una broma —comentó Ino Yamanaka, que acababa de situarse al lado de Hinata siguiendo las instrucciones de la duquesa viuda.
Mirando a Hinata con aire de desaprobación, lord North comentó fríamente:
—Me extrañaría que a Naruto le pareciera divertido.
—A mi no me lo parecería, se lo juro —dijo muy serio lord Moseby y, tomando a su esposa del brazo, se la llevó hacia otro lado, y lord North les siguió.
—¡Que me aspen! —exclamó Utakata dirigiendo una mirada asesina a los que acababan de hablar con ellos. Tras un momento de reflexión, se volvió hacia Hinata para mirarla con una expresión en la que se combinaba el arrepentimiento, la irritación y la ironía—. Me temo que la he agraviado al registrar la apuesta en el White —dijo—. Por supuesto, esperaba que los más gazmoños podían fruncir el ceño ante nuestra ocurrencia, pero desafortunadamente no he tenido en cuenta que al desafiar abiertamente a su marido con la apuesta, usted iba a hacer que se indignaran todos los maridos de la alta sociedad.
Hinata apenas le oyó.
—Utakata —dijo apresuradamente—, es usted muy amable de seguir acompañándome, pero su altura...
—¿Me está diciendo que la verían menos si no estuviera yo a su lado? —apuntó él y Hinata asintió—. En ese caso —concluyó compungido—, me escabulliré.
—Se lo agradezco mucho.
—Por más que me sienta responsable en parte de su situación, lo mínimo que puedo hacer es desaparecer del mapa de momento.
Con una breve inclinación, se alejó en dirección opuesta a la que habían tomado Hinata e Ino.
Cinco minutos después, apoyada en la pared, Hinata miró inquieta a Ino.
—,¿Lo ves?
—No —respondió está tras dirigir una furtiva mirada a los congregados—. Se ha alejado ya de la escalera y no viene hacia aquí.
—Si es así, me marcharé —dijo Hinata rápidamente, dándole un beso en la mejilla—. No ocurrirá nada, tranquila. Te veré mañana, si puedo...
—No podrás —respondió Ino con aire triste—. Mi marido considera que el aire de Londres no es adecuado para mi estado. Quiere llevarme al campo y que permanezca allí hasta que nazca el bebé.
La idea de tener que enfrentarse al futuro inmediato sin Ino abatió aún más a Hinata.
—Te escribiré —le prometió, preguntándose si volvería a verla de nuevo. Luego, incapaz de decir nada más, se recogió la falda y emprendió el camino hacia la escalera. Ino la llamo, pero el estruendo de las risas y las conversaciones en el repleto salón apagó la llamada de aviso mientras Hinata seguía adelante sin alejarse mucho de la pared.
Sin detenerse, se inclinó para dejar la copa de champán sobre una mesa y seguidamente ahogó un chillido cuando una mano le agarró con fuerza el antebrazo haciéndola girar. Naruto se había situado frente a ella y los dos quedaban fuera del campo de visión de la concurrencia. Levantó el brazo para apoyarlo en la pared detrás de ella y se colocó de forma que le bloqueara todo movimiento y, al mismo tiempo, quienes miraran hacia allí pudieran ver en ellos a un caballero entablando una conversación íntima con una dama.
—Hinata —dijo él en un inquietante tono tranquilo que pretendía encubrir la furia que emanaba de sus ojos—: en este salón hay unos cuatrocientos hombres y la mayoría está convencida de que tengo el deber de dar ejemplo a sus esposas sacándote de aquí delante de todos y llevándote luego a casa para hacerte entrar en razón... Y yo estoy perfectamente dispuesto, mejor dicho, estoy impaciente por hacerlo.
Ante la expresión de terror e incredulidad de Hinata, Naruto se detuvo un instante para coger una copa de champán de la bandeja colocada sobre la mesa que tenían al lado y ofrecérsela como si tal cosa, un gesto pensado para mantener la parodia de la pareja enfrascada en una conversación normal y corriente. Luego, en el mismo tono amenazador de antes, dijo:
—A pesar de su apuesta pública, y de la flagrante desobediencia que implica el haber venido esta noche aquí, todo lo cual merece unas represalias en público, estoy dispuesto a brindarle dos alternativas. —Y siguió con gran suavidad—: Escúcheme con mucha atención.
Estaba tan enojada y avergonzada que su pecho subía y bajaba con el movimiento que habría experimentado el cuerpo de un pajarito asustado. Solo fue capaz de asentir con la cabeza. Pero él, impasible ante el patente miedo de Hinata, pasó a la primera alternativa:
—Puede salir de aquí conmigo ahora mismo, sin abrir la boca, dejando patente que lo hace con gusto o bien pataleando y chillando, a mi me da exactamente igual. De una forma o de otra, si salimos ahora mismo, todos los aquí reunidos sabrán que me la llevo.
Cuando se calló, Hinata tragó saliva con gesto convulsivo y dijo en una especie de susurro, con la garganta reseca:
—¿Y la segunda opción?
—Para salvar su orgullo —respondió él—, estoy dispuesto a acercarme a la pista con usted e intentar simular que los dos consideramos su apuesta como una inofensiva broma. De todas formas, elija lo que elija —concluyó aún en tono de mal presagio—, usted y yo arreglaremos cuentas cuando lleguemos a casa, ¿me ha entendido?
La última frase y la inequívoca amenaza de castigo físico que implicaba eran suficientemente serias para mover a Hinata a estar de acuerdo con cualquier cosa... con lo que fuera mientras pudiera retrasar la partida.
En medio de la confusión que reinaba en su mente, a Hinata se le ocurrió que, al ofrecerle la oportunidad de salvar su orgullo, Naruto la trataba con más consideración que ella a él cuando había apostado en público contra su marido. Aunque por otra parte tampoco veía razón para sentirse agradecida de que le ahorrara la humillación pública, pues le prometía un castigo físico en privado. Haciendo un enorme esfuerzo, Hinata consiguió controlar su voz y adoptar una expresión que tradujera una cierta calma.
—Preferiría bailar.
Naruto miró aquel hermoso y pálido rostro y tuvo que ahogar la admiración que le produjo su valentía. Con gesto cortés, le ofreció el brazo, sobre el que ella colocó su temblorosa mano.
En el momento en que Naruto dio un paso hacia un lado, Hinata vislumbró los rápidos movimientos de las cabezas que se iban volviendo y se dio cuenta de que muchísima gente había observado su conversación. Simulando una actitud reposada y digna, avanzó del brazo de Naruto entre la fascinada multitud, que se iba abriendo como el mar Rojo para dejarles pasar y se volvía luego para seguir con la mirada su camino.
Sin embargo, el control de Hinata se tambaleó un poco cuando una pareja se volvió para dejarles pasar y se encontró frente a frente con Tayuya Grangerfield, quien hacía poco había enterrado a su anciano esposo. La conmoción de encontrarse cara a cara con la ex amante de Naruto casi le hizo perder el equilibrio a pesar de que Naruto y Tayuya se saludaron con la máxima tranquilidad.
—Bienvenido a casa, Excelencia —dijo Tayuya en su típico tono provocativo mientras le tendía la mano.
—Muchas gracias —respondió Naruto con una cortés sonrisa, y luego le besó galantemente el dorso de aquélla.
Contemplando la escena, Hinata tuvo la sensación de que alguien le acababa de pegar un puñetazo en el estómago. Consiguió, no obstante, mantener una expresión neutra al proseguir el camino, pero cuando llegaron a la pista y Naruto se dispuso a colocarle la mano en la cintura, Hinata se apartó con gesto reflejo y le lanzó una mirada iracunda.
—¿Prefiere marcharse ahora? —le preguntó él con suavidad mientras a su alrededor las parejas empezaban a girar y los vestidos a ondear.
Ella estaba tan enojada que no se había dado cuenta de que en el preciso instante en que habían puesto los pies en la pista, seiscientos pares de ojos se habían clavado en ellos. A regañadientes, colocó la mano sobre la manga de la chaqueta negra de Naruto, aunque su expresión dejó claro que aquel contacto le resultaba más bien repugnante.
Naruto la tomó entre sus brazos y los dos se integraron en el multicolor remolino de las parejas que se movían al compás del vals.
—Si tuviera un dedo de sentido común, o hubiera aprendido algo sobre modales y educación —dijo él casi sin aliento—, apartaría esta expresión de mártir de su rostro e intentaría mostrarse agradable.
Aquel comentario, junto con la arrogante superioridad que implicaba, hizo que a Hinata le entraran ganas de dar un bofetón al aristocrático rostro que tenía delante.
—¿Cómo se atreve usted a darme lecciones sobre modales y decoro cuando hace un instante estaba adulando a su queridísima amante teniendo al lado a su esposa?
—¿Y qué demonios tenía que hacer? —Respondió él en el acto—. ¿Atropellarla? ¡Estaba justo en nuestro camino!
—Podía haberme introducido en la conversación —lanzó ella a modo de reto, excesivamente alterada para plantearse que con aquello aún habría pasado más vergüenza.
Aquel hostil intercambio entre el duque de Konohagakure y su descarriada esposa no pasó desapercibido entre los asistentes. Las parejas chocaban entre sí en su esfuerzo por enterarse de algo de la conversación; los músicos se inclinaban ora a un lado, ora a otro, intentando verlos mejor, mientras los impertinentes enfocaban al unísono a la pareja de la noche.
—Introducido... —saltó Naruto, sin dar crédito a lo que oía— ¿Con una mujer que...? —En el último instante reprimió las palabras que había estado a punto de pronunciar, pero Hinata las dijo por él.
—¿Que se acostaba con usted? —dijo entre dientes.
—No creo que esté usted en la mejor posición para sermonearme, señora mía. Al parecer, su conducta en este último tiempo no ha sido exactamente la que correspondería a una buena esposa.
—¡Mi conducta! —exclamó ella—. Para su información le diré —prosiguió con gran sarcasmo— que de haberme tenido que comportar como correspondería a su esposa, tendría que haber seducido hasta al último integrante del sexo contrario que se hubiera cruzado en mi camino.
Aquel arranque sorprendió tanto a Naruto que por un instante tuvo ganas de zarandearla por su insolencia, pero al mismo tiempo le dejó helado la constatación de que Hinata estaba celosa. Se aplacó un poco, echó una mirada a su alrededor y se dio cuenta de que la mitad de las parejas de la pista habían salido de ésta para observar mejor el altercado entre él y su exasperante esposa, mientras el resto les contemplaban desde dentro con todo descaro.
Apartó la cabeza del público, apretó los dientes en un amago de sonrisa dirigido al rostro de ella y dijo:—¡Míreme sonriendo, maldita sea! Todo el baile nos observa.
—Ni lo sueñe —le espetó ella, aunque con un esfuerzo suavizó su expresión simulando tranquilidad—. ¡Sigo comprometida con su primo!
Le había ofrecido una excusa tan insensata, tan inesperada que Naruto tuvo que ahogar una carcajada.
—Tiene usted un código ético muy peculiar, señora mía. Por si no lo sabía, sigue usted casada conmigo.
—A mí no me llame señora mía. Además, como mínimo podría plantearse la postura de Gaara en todo esto —exclamó ella—. Imagínese lo humillante que sería para él pensar que he caído directamente en sus brazos. ¿No siente ninguna lealtad por su primo?
—Me plantea un complicado dilema moral —respondió Naruto hipócritamente—, aunque en este caso me reservo enteramente la lealtad para mí.
—¡Qué barbaridad!
Naruto contempló a aquella joven y temperamental belleza que llevaba un provocativo vestido amarillo, cuyo rostro era delicado y al tiempo lleno de vida, con sus ojos gris perlas, los labios como pétalos de rosa, y de repente se le apareció la imagen de la última vez que la había visto vestida de amarillo: en el jardín de su abuela, con aquel encantador rostro vuelto hacia el cielo, mientras le explicaba con voz dulce y suave: «Cada estación del año me trae la promesa de que un día u otro me ocurrirá algo maravilloso. En invierno, es el olor a niéve en el aire el que trae la promesa. En verano, la oigo en el fragor del trueno y en el relámpago que enciende el cielo con fogonazos azules. Sobre todo la noto ahora, en primavera, cuando todo se ve verde y negro...».
Hinata había esperado algo maravilloso y todo lo que había conseguido era una boda de cuatro días seguida por quince meses de viudedad y, al parecer, toda la información que podía desilusionarla sobre la vida que había llevado él antes de casarse.
De repente desapareció el enojo que sentía Naruto y, al contemplar aquellos espléndidos ojos, el estómago se le encogió al pensar en su intención de llevársela a casa y hacerla llorar.
—Dígame una cosa —le preguntó con suavidad—. ¿Sigue creyendo que la tierra huele como el perfume?
—¿Cómo dice? —respondió ella con el ceño fruncido, contemplando con cautela su expresión más suave—. ¡Ah...! Ahora me acuerdo. No, ya no —añadió rápidamente al recordar que en aquel tiempo le había dado lástima—. Ya me he hecho mayor.
—Eso parece —respondió Naruto con ternura y algo de deseo.
Al ver la amable expresión de él, Hinata volvió la cabeza, pero notó que su enojo iba disipándose. La conciencia le recordó que su apuesta pública y su comportamiento hostil en la pista, adonde la había llevado Naruto para salvar su orgullo, no tenían excusa. Sin sentirse ya como la acusada inocente y perjudicada, se mordió el labio y levantó la vista hacia él.
—¿Firmamos una tregua? —planteó él con una sonrisa indolente.
—Hasta que salgamos de aquí —aceptó Hinata al instante, y tras dirigirle una vacilante sonrisa, vislumbró un brillo de aprobación en aquellos inescrutables ojos azules.
—¿Qué ha sido del cachorro que le regalé? —dijo intensificando la sonrisa.
—Enrique está en Konohagakure. Ah, y estaba usted equivocado —añadió con picardía—. El muchacho que se lo vendió no mentía: es de pura raza.
—¿Enorme? —preguntó Naruto—. ¿Con unas patas como platos?
Hinata negó con la cabeza.
—Como platazos.
Naruto se echó a reír y ella sonrió. Las parejas de la pista siguieron de nuevo la música con interés, descendieron los impertinentes y se reanudaron las conversaciones. Cuando acabó el baile, Naruto colocó la mano bajo el hombro de ella y emprendieron el camino entre el gentío, aunque fueron interrumpidos por los amigos de Naruto, que iban acercándose a él para darle la bienvenida.
Hinata, que había tramado un plan medianamente aceptable para garantizar que Naruto no iba a encontrarla en sus estancias aquella noche, contaba con que saldrían rápido, pero tuvo la sorpresa de comprobar que pasaba un buen rato hablando con los que acudían a saludarle y que todo el tiempo cubría con su mano los dedos de ella, apoyados en su brazo.
Sin otra alternativa, Hinata se mantuvo a su lado intentando dar una impresión de tranquilidad, como si para ella fuera lo mismo ir acompañada por Naruto que por Gaara.
Pero por más que ella intentara tratar a Naruto como había hecho con Gaara, se daba cuenta de que la aristocracia no actuaba así. Recordaba que a aquél lo habían tratado siempre con cordialidad, con el respeto debido a su rango, pero jamás con aquella especie de reverencia que mostraban hacia Naruto. Al observar que aquellas enjoyadas damas hacían una reverencia ante él y que los elegantes caballeros inclinaban la cabeza al verlo y le estrechaban la mano, Hinata comprendió que, para ellos, Gaara no había sido más que el guardián del título, mientras que Naruto era el título en persona.
Él era un duque y para ello había nacido.
De pie a su lado, empezó a pensar que tal vez había sobrestimado su capacidad de manipularlo a fin de que la dejara regresar a su antigua aldea en cuanto hubiera reunido el dinero. Después de pasar un tiempo entre la alta sociedad, había cometido el error de equiparar a Naruto con los otros aristócratas que había conocido: gente fina, meticulosa y cortés. Pero también suave. Tranquila.
Ahora que le veía relacionándose con los demás, le abatía constatar que tras aquella fachada de refinamiento y cortesía, no había nada que se pareciera a ellos.
Naruto se volvió hacia ella para decirle en tono educado aunque contundente:
—Si me da su palabra de que irá directamente a casa, puede marcharse. De esta forma parecerá que usted sigue con su velada y yo con la mía. Yo saldré dentro de un cuarto de hora.
Sorprendida por aquel amable gesto y tranquila al pensar que le facilitaba el plan, Hinata asintió y se dispuso a alejarse, pero la mano de él no le soltó el brazo.
—Su palabra, Hinata —insistió.
—Le doy mi palabra de que iré directamente a casa —dijo ella con una deslumbrante sonrisa fruto del alivio, y luego se marchó.
Naruto la observó con expresión algo intrigada mientras se planteaba la razón que la había hecho sonreír y también si había sido prudente al confiar en ella. más que por la fé en su palabra, le había planteado aquella salida porque en realidad no creía que pudiera desobedecerle de nuevo, sobre todo ahora que comprendía hasta dónde era capaz de llegar él para asegurarse de que ella cumplía su voluntad. Por otro lado, decidió, tomándoselo con filosofía y volviéndose de nuevo hacia sus amigos y conocidos, ¿adónde podía ir si no era a casa? Nadie, ni siquiera su abuela, le darían cobijo lejos de su marido.
Naruto no fue el único que observó la salida de Hinata; muchos otros invitados lo hicieron también y a nadie engañó aquella separación supuestamente armoniosa.
—Naruto le ajustará las cuentas cuando llegue a casa —comentó lord Ogilvie al grupo que se había congregado a su alrededor—. Pueden estar seguros de que no va a permitir que su comportamiento quede sin castigo una sola noche. Y no sólo esto sino que en la Carrera de la Reina va a lucir su cinta.
—¡Cómo no! —exclamó sir Billowby.
—¡Por supuesto! —repitió el conde de Thurston.
—¡Sin ninguna duda! —pontificó lord Carleton, categórico.
Lady Carleton observó cómo la duquesa de Konohagakure subía la escalinata y exclamó con valentía:
—Ojalá se equivoquen todos ustedes. Uzumaki ha roto corazones en toda Inglaterra. ¡Ya era hora de que una mujer rompiera el suyo!
La joven y tímida esposa de sir Billowby levantó la cabeza y secundó aquella opinión:
—¡Me gustaría que ella entregara la cinta a otro!
—No sea ridícula, —exclamó su esposo—. Yo pienso apostar cien libras a que se la entregará a Naruto.
Las dos damas se miraron y luego se volvieron hacia sus esposos.
—Milord —dijo lady Honor a su escandalizado esposo mientras sacaba cien libras de su bolsita—, acepto la apuesta.
—Yo también! —exclamó lady Carleton.
En el momento en que Hinata subía a su coche, se había apostado allí dinero suficiente para que alguien pudiera vivir durante años holgadamente, y las apuestas se situaban en veinticinco a uno a favor de Naruto. Solo las jóvenes damas mantenían cierta esperanza de que Hinata fuera la primera mujer que se resistiera al «irresistible» duque de Konohagakure.
CONTINUARÁ...
