Buenas.

Mi mujer instaló el Civilization IV y como que me envicié un poco. Pero tengo el cap a termino.

Niña a la que no llamaré por su nombre hasta que haya pasado un mes al menos manteniendo uno: Me alegro que te haya gustado el cap.

Christine: Si, yo tambien amo esa relación.

Guest: Lilly era amigo de los dos. Y Harry primero se tiene que abrir con Christopher antes que con Severus. Este no es un fic Severitus y el protagonista aquí es Christopher. Si quieres un fic de ese estilo, te recomiendo The Subterfuge, de Murai-Sakura o la trilogia de The Potions Apprentice, de la misma autora, la recomiendo al 100%. No creo que encuentres lo que estás buscando en mi fic. Lamento mucho decepcionarte.

Sakura: Harry necesitaba un adulto que lo reconfortara por una vez. Por ahí se tarde un poco en contar lo de sus tíos.

Wolf (te olvidaste de poner tu nick): Se que lo lindo habría sido que Jerry y Chris encerraran a Larson padre en un sótano y lo torturaran hasta la muerte, pero fui por lo más "sano".

Si, siempre son simplones, no me gasto mucho en los titulos de los capítulos. Mira mis otros fics y te darás cuenta que siempre fui así.

Claro que va a ser fácil, Chris le da mil vueltas a Harry. Años de estudios no fueron en vano.

Si, debe ser porque tiene hermanos. El Severus de mi fic no puede ser el mismo del libro porque sus circunstancias fueron un poco distintas acá. Tiene tres hermanos que lo aman, no puede ser el mismo.

Capítulo veintiuno

Navidad

En los días siguientes, Christopher se fue enterando más cosas sobre Larson. Nadie encontraba al padre por ningún lado y el ministerio sugirió que, si el padre no aparecía para cuando terminara el año escolar, podría ser adoptada por una familia de magos. Jerry y Anna se ofrecieron primero con la excusa de que Severus era conocido suyo y que le había comentado al respecto (lo cual tranquilamente podría ser verdad). Si todo salía bien, Lorena Larson viviría con los Summers. Christopher ya les había dado el nombre de un sanador de mentes que se especializaba en niños para que la llevaran apenas pudieran.

Como en el castillo apenas había un alma, arreglaron para encontrarse la mañana de Navidad en las habitaciones de Severus y abrir allí los regalos.

—¡Feliz Navidad! —Lori saltó a los brazos de Severus, colgándose de su cuello.

—Lori, le vas a romper el cuello —le advirtió Gary, a modo de broma, acomodándose el cabello despeinado.

En el suelo, en medio de la habitación, había cuatro pilas de regalos.

—Como es la habitación de Severus, que él abra los suyos primero —dijo Christopher, poniendo un poco de orden.

Severus comenzó a abrir los regalos. Lori le regaló tres cajas de calaveras de chocolate rellenas de menta, sus favoritos.

—Sé que no es el mejor regalo, pero sé que son tus chocolates favoritos —Lori estaba completamente roja de la vergüenza.

—Me encantan. Gracias.

El siguiente era de Gary. Era una taza negra que decía "Lagrimas de estudiantes" escrito en blanco. Las letras tenían un hechizo que parecía que estaban escritas en agua.

—Tiene un hechizo que hace que la taza llore cuando le sirves líquido —explicó Gary, muy orgulloso de su regalo.

—Gracias.

—Prometeme que lo usarás.

—En la sala de profesores y en mi habitación, pero no las usaré en clases.

Iba a abrir el de Christopher, que era grande y de forma acampanada, pero este le dijo:

—Abrelo al final, como broche de oro.

Severus enarcó una ceja.

—Está bien.

El cuarto era de Amaranta y era grande, de forma cuadrada. La abrió y se encontró con una maleta negra de cuero. Encima había una nota:

No es una maleta común. Si la abres, verás que te lleva a una habitación que da a un jardín donde puedes plantar tus ingredientes y hasta llevar criaturas mágicas. Es como tener una habitación con jardín portátil. Espero que te sea útil

Amaranta.

Christopher le dio un codazo.

—Está loca por ti, Sev.

—Callate —dijo Severus.

—Sev tiene novia, Sev tiene novia —canturreó Gary. Lori lo golpeó en la cabeza.

—Todavía no lo es. Ya le diremos eso cuando empiecen a salir —se rio Lori.

—Basta, basta —dijo Christopher—. Es hora de abrir los mios.

—Faltan dos mas—gruñó Severus, abriendo el de Jerry y Anna. Resultó ser un pastel en forma de caldero que se veía delicioso. El de Dumbledore resultó ser un par de medias color verde oscuro con dibujos de calderos. Los tres hermanos se rieron a más no poder, mientras que Severus tiraba el regalo a un costado, molesto.

—Bueno, empezaré a abrir los míos —dijo Chhristopher, tomando el más cercano, de Lori. . Era una pluma color bordó para escribir.

—Es una vuelapluma —explicó Lori.

—¿Las que escriben solas? —preguntó Gary, con curiosidad.

—No tan así —le dijo Christopher—. Escriben lo que uno les dicta. Se puede personalizar para que escriban según tu estilo. Muchas gracias, Lori.

—Ahora el mío —dijo Gary.

El de Gary resultó ser un libro llamado "Cocina para tontos". Christopher miró la cubierta, extrañado, mientras que los hermanos menores se desternillaban de risa y Severus lo miraba con una sonrisa maliciosa.

—Ja, ja, muy gracioso, Gary. Eres el rey de la comedia.

—No es una broma —se defendió Gary—. A duras penas sabes cascar un huevo.

—Exagerado.

—Chris, si Amaranta no te llevaba comida tres veces a la semana, los chicos habrían pasado toda su infancia a comida chatarra y ensalada —le dijo Severus—. Ya es hora de que aprendas a cocinar, porque que tu ex te alimentara fue una de las cosas más patéticas que he visto.

—Tú y Lori se encargan de la cocina, yo no tengo por qué meterme.

—¡Hasta yo aprendí a cocinar un poco! —agregó Gary.

Christopher resopló.

—Lo intentaré, demonios. Gracias.

El regalo de Severus era muy pequeño. Era una pequeña botellita con un líquido dorado. La nota decía:

La poción medicinal que querías.

Severus.

Eso no era poción medicinal, Christopher conocía demasiado de pociones para identificar esa. Se aseguró de cubrir el frasco con la palma de la mano para asegurarse que sus otros hermanos no la reconocieran.

—Nunca puede faltar esta poción en mi botiquín. Gracias Sev —le dijo Christopher, guardándola en el bolsillo.

—¿Qué es? —preguntó Lori.

—Ah, una… poción cicatrizante muy buena y que es difícil de hacer —mintió Christopher.

—Ah. ¡Mira, Amaranta te mandó un regalo!

—Amaranta siempre me da regalos.

El regalo de ella resultó ser un sueter tejido a mano de color blanco con un Papá Noel al frente montado en su trineo.

—A ti te da la maleta de Felix el gato y a mi un sueter. No hay ningún favoritismo, ¿no?

El regalo en forma de campana de Severus se sacudió un poco. Todos lo miraron y Christopher se rio.

—Ya sabrán que es al final, paciencia.

Abrió el último regalo, de Jerry y Anna. Era una caja llena de hombres de jengibre caseros.

—Dumbledore no me ha dado nada —comentó Christopher.

—¿Que pasa, decepcionado por no tener medias rojas con dibujos de varitas? —se burló Lori.

—¡Ahora abriré los míos! —exclamó Gary, ya tirándose encima de su pila de regalos.

Gary recibió una túnica de gala de Severus, un disco de rock de parte de Christopher, un collar con púas de parte de Lori, un panda de peluche con anteojos oscuros y una guitarra de parte de Amaranta y un budín de frutas de parte de Anna y Jerry. Lori recibió una pluma de pavo real para escribir de parte de Severus; un bonito collar con un dije en forma de gota de color azul de parte de Christopher; una pequeña muñeca de bailarina en una plataforma (que bailaba de verdad), de parte de Gary; una esfera de nieve con una rosa dentro de parte de Amaranta y una caja de bombones caseros de parte de Jerry y Anna.

—¿Por qué casi siempre regalan dulces? —preguntó Gary, ya cortando un pedazo de pastel de fruta—. No es que me queje, porque lo que nos dan es delicioso.

—A Anna le gusta cocinar y Jerry nunca sabe que regalar, así que por eso lo hacen —explico Christopher, ya mordiendo la cabeza de un hombre de jengibre.

—¡Falta el regalo de Chris, Sev! —dijo Lori de golpe, señalando el paquete de forma acampanada.

Severus puso los ojos en blanco, subió el paquete a la mesa y lo abrió. Era una jaula pero no estaba vacía. Dentro, había un pequeño cuervo.

—Severus, te presento a Felix, tu nueva mascota —anunció Christopher alegremente, poniendo una mano sobre la jaula.

Hubo unos segundos de silencio donde nadie se atrevió ni a moverse hasta que Severus finalmente preguntó:

—¿Por qué?

—Sev, estaba esperando un "gracias, que hermoso regalo" o algo así —dijo Christopher, haciendo una mueca fingida de decepción.

—Gracias… Ahora sí, ¿por qué?

—Nunca tuviste una lechuza.

—Nunca la necesité. Hogwarts está lleno de lechuzas.

—Bueno, como nunca quisiste una lechuza, decidí traerte un cuervo. Al fin y al cabo, cumple la misma función.

—Es un buen regalo, Sev —razonó Lori—. Los cuervos son más astutos que las lechuzas, pueden aprender a imitar sonidos e incluso a hablar.

—Felix habla —dijo el cuervo de golpe, haciendo que todos se giraran a mirarlo.

—¿Le pusiste nombre, Christopher? —le preguntó Severus a su hermano—. ¿Le pusiste nombre a mi cuervo?

—¡Ah, lo llamas tu cuervo, eso quiere decir que te agrada! —señaló Christopher, triunfante.

—¿Por qué lo nombraste? —preguntó Severus.

—Porque eres pésimo eligiendo nombres, así que decidí ponerle uno. ¿Qué, no te gusta?

—Le queda bien, me sorprende que no sea nórdico.

—Si fuera mío, lo hubiera llamado Munim, como uno de los cuervos del dios Odín, pero decidí llamarlo Felix por la poción Felix Felicis.

Severus se apretó el puente de la nariz.

—En fin. Gracias, Christopher.

—De nada. Ahora… ¿desayunamos aquí? Porque me voy a acabar ya todas estos hombres de jengibre.


Harry bajó al Gran Comedor junto a Hermione y Ron. A pesar de que sus dos amigos estaban peleados por culpa de Crookshanks, que había intentado una vez más comerse a Scabbers, estaba feliz. Alguien le había regalado una Saeta de Fuego para Navidad y ahora estaba listo para aplastar a cualquier equipo que se le enfrentara.

Cuando llegaron, descubrieron que habían vuelto a arrimar las mesas a los muros, y que ahora sólo había, en mitad del salón, una mesa con doce cubiertos.

Se encontraban allí los profesores Dumbledore, McGonagall, los hermanos Snape, Sprout y Flitwick, junto con Filch, el conserje, que se había quitado la habitual chaqueta marrón y llevaba puesto un frac viejo y mohoso. Sólo había otros tres alumnos: Lori, la novia de Fred; Gary, su hermano y una pequeña niña rubia de Slytherin de primer año que parecía querer que se la tragara la tierra.

—¡Felices Fiestas! —dijo Dumbledore cuando Harry, Ron y Hermione se acercaron a la mesa—. Como somos tan pocos, me pareció absurdo utilizar las mesas de los colegios. ¡Sientense, sientense!

Harry, Ron y Hermione se sentaron juntos al final de la mesa.

—¡Cohetes sorpresa! —dijo Dumbledore entusiasmado, alargando a Snape el extremo de uno grande de color de plata. Snape lo cogió a regañadientes y tiró. Sonó un estampido, el cohete salió disparado y dejó tras de sí un sombrero de bruja grande y puntiagudo, con un buitre disecado en la punta.

Harry, acordándose del boggart, miró a Ron y los dos se rieron. Snape apretó los labios y empujó el sombrero hacia su hermano, que se lo cambió por el que le había tocado, un sombrero alargado de piel, como los de la Guardia Real.

—¡A comer! —aconsejó a todo el mundo, sonriendo.

Mientras Harry se servía patatas asadas, las puertas del Gran Comedor volvieron a abrirse. Era la profesora Trelawney, que se deslizaba hacia ellos como si fuera sobre ruedas. Dada la ocasión, se había puesto un vestido verde de lentejuelas que acentuaba su aspecto de libélula gigante.

—¡Sybill, qué sorpresa tan agradable! —dijo Dumbledore, poniéndose en pie.

—He estado consultando la bola de cristal, señor director —dijo la profesora Trelawney con su voz más lejana—. Y ante mi sorpresa, me he visto abandonando mi almuerzo solitario y reuniéndome con ustedes. ¿Quién soy yo para negar los designios del destino? Dejé la torre y vine a toda prisa, pero les ruego que me perdonen por la tardanza.

Harry notó que Gary ponía los ojos en blanco mientras murmuraba algo al oído de su hermana. Esta se tapó la boca con la mano para contener la risa y le propinó un leve codazo en las costillas.

—Por supuesto —dijo Dumbledore, parpadeando—. Permíteme que te acerque una silla...

E hizo, con la varita, que por el aire se acercara una silla que dio unas vueltas antes de caer ruidosamente entre los profesores Snape y McGonagall. La profesora Trelawney, sin embargo, no se sentó. Sus enormes ojos habían vagado por toda la mesa y de pronto dio un leve grito.

—¡No me atrevo, señor director! ¡Si me siento, seremos trece! ¡Nada da peor suerte! ¡No olvidéis nunca que cuando trece comen juntos, el primero en levantarse es el primero en morir!

—Nos arriesgaremos, Sybill —dijo impaciente la profesora McGonagall—. Por favor, siéntate. El pavo se enfría.

La profesora Trelawney dudó. Luego se sentó en la silla vacía con los ojos cerrados y la boca muy apretada, como esperando que un rayo cayera en lamesa. La profesora McGonagall introdujo un cucharón en la fuente más próxima.

—¿Quieres mondongo, Sybill?

La profesora Trelawney no le hizo caso. Volvió a abrir los ojos, echó un vistazo a su alrededor y dijo:

—Pero ¿dónde está mi querido profesor Lupin?

—Me temo que ha sufrido una recaída —dijo Dumbledore, animando a todos a que se sirvieran—. Es una pena que haya ocurrido el día de Navidad.

—Pero seguro que ya lo sabías, Sybill.

La profesora Trelawney dirigió una mirada gélida a la profesora McGonagall. El sanador Snape agachó la cabeza, pero era evidente que se estaba aguantando la risa.

—Por supuesto que lo sabía, Minerva —dijo en voz baja—. Pero no quiero alardear de saberlo todo. A menudo obro como si no estuviera en posesión del ojo interior, para no poner nerviosos a los demás.

—Eso explica muchas cosas —respondió la profesora McGonagall. Lori y Gary estaban teniendo problemas para poner una cara seria.

La profesora Trelawney elevó la voz:

—Si te interesa saberlo, he visto que el profesor Lupin nos dejará pronto. Él mismo parece comprender que le queda poco tiempo. Cuando me ofrecí a ver su destino en la bola de cristal, huyó.

—Me lo imagino.

—Dudo —observó Dumbledore, con una voz alegre pero fuerte que puso fin a la conversación entre las profesoras McGonagall y Trelawney— que el profesor Lupin esté en peligro inminente. Severus, ¿has vuelto a hacerle la poción?

—Sí, señor director —dijo Snape.

—Bien —dijo Dumbledore—. Entonces se levantará y dará una vuelta por ahí en cualquier momento. Lorena, ¿has probado las salchichas? Son estupendas.

La niña de primer año enrojeció intensamente porque Dumbledore se había dirigido directamente a ella e intentó tomar la fuente de salchichas, pero le temblaban las manos. El sanador Snape se inclinó y le pasó las salchichas. Lorena murmuró un silencioso "gracias" y comenzó a comer con la vista fija en su plato.

—Señor Prince —dijo Dumbledore, haciendo que Gary se pusiera tenso—. He oído que usted ha estado esparciendo historias sobre todo el plantel docente, historias aterradoras y estoy muy decepcionado.

Gary se puso pálido como la cera.

—Señor, yo…

—Estoy decepcionado que no haya oído ninguna historia de terror sobre mí. Como director, tengo el derecho a poseer mi propia historia.

Gary suspiró como si su alma hubiera regresado a su cuerpo, mientras su hermana sonreía disimuladamente.

—Sí, si, profesor Dumbledore, apenas terminen las vacaciones todos tendrás miedo de usted.

—¿Cuáles historias? —preguntó Harry.

—Me parece raro que no las conozca —dijo la profesora Sprout, con un leve tono de molestia—. El señor Prince suele inventar historias tétricas sobre todos los profesores torturando y asesinando alumnos.

—Oiga, son solo historias inofensivas —se defendió Gary—. Y no de todos los profesores. Faltan las del sanador Snape y el profesor Lupin.

—Gary, por favor —le advirtió Lori.

—¿Qué? Al profesor Dumbledore le gustan. No tengo la culpa de que seas tan aburrida.

Lori le pegó un codazo que su hermano no tardó en devolverle. Parecían que se iban a agarrar a los golpes en la mesa.

—Señor Prince, señorita Prince, les ruego que no hagan un espectáculo de este almuerzo —les advirtió Snape, con tono muy suave. Los dos hermanos se pusieron rígidos enseguida.

—Lo siento —murmuró Gary.

—Le prometo que no volverá a ocurrir, profesor Snape —se apresuró a decir Lori, en un tono muy parecido al de Percy.

—De todos modos —Gary volvió a su tono jovial—, ya que al señor director le agradan mis historias, le pondré más empeño a que sean de excelente calidad. No puedo poner cosas como… no sé… que el profesor Lupin es un hombre lobo…

El sanador Snape, quien estaba tomando de la copa, se atragantó y comenzó a toser. Snape le dio unas palmadas en la espalda.

—¿Estás bien?

—No… —dijo, cuando recuperó un poco el aliento—. Jugo de calabaza… que asco, llegué a tragarlo.

—¿Te has quedado sin ginger ale?

—Si. Podrías haberme regalado eso para Navidad, ¿no?

—¿No te gustó mi regalo? —el tono de Snape era peligroso.

—Lo siento, lo siento —el sanador levantó las manos—. Me ha encantado, Sev.

Dumbledore hizo aparecer sobre la mesa una copa nueva frente al sanador. Este la examinó y abrió los ojos.

—¿Ginger ale?

—Exacto. Te servirán eso en las comidas a partir de hoy, Christopher. Consideralo un regalo de Navidad de mi parte.

—Gracias, profesor —por algún motivo, el tono del sanador no reflejaba mucho agradecimiento, pero nadie más pareció notarlo.

El resto del almuerzo transcurrió cas con normalidad. Atiborrados con el banquete y tocados con los gorros que habían salido de los cohetes sorpresa, Harry y Ron fueron los primeros en levantarse de la mesa, y la profesora Trelawney dio un grito.

—¡Queridos míos! ¿Quién de los dos se ha levantado primero? ¿Quién?

—No sé —dijo Ron, mirando a Harry con inquietud.

—Dudo que haya mucha diferencia —dijo la profesora McGonagallfríamente—. A menos que un loco con un hacha esté esperando en la puerta para matar al primero que salga al vestíbulo.

Incluso Ron se rió. La profesora Trelawney se molestó.

—No por nada a la profesora Trelawney la he nombrado el Pájaro de Mal Agüero —oyó decir a Gary en voz baja.

—¿Vienes? —dijo Harry a Hermione.

—No —contestó Hermione—. Tengo que hablar con la profesora McGonagall.

—Probablemente para saber si puede darnos más clases —bostezó Ron yendo al vestíbulo, donde no había ningún loco con un hacha.

Cuando llegaron al agujero del cuadro, se encontraron a sir Cadogan celebrando la Navidad con un par de monjes, antiguos directores de Hogwarts y su robusto caballo. Se levantó la visera de la celada y les ofreció un brindis con una jarra de hidromiel.

—¡Felices, hip, Fiestas! ¿La contraseña?

—Vil bellaco —dijo Ron.

—¡Lo mismo que vos, señor! —exclamó sir Cadogan, al mismo tiempo que el cuadro se abría hacia delante para dejarles paso.

Harry fue directamente al dormitorio, cogió la Saeta de Fuego y el equipo de mantenimiento de escobas mágicas que Hermione le había regalado para su cumpleaños, bajó con todo y se puso a mirar si podía hacerle algo a la escoba; pero no había ramitas torcidas que cortar y el palo estaba ya tan brillante que resultaba inútil querer sacarle más brillo. Él y Ron se limitaron a sentarse y a admirarla desde cada ángulo hasta que el agujero del retrato se abrió y Hermione apareció acompañada por la profesora McGonagall y el sanador Snape.

Aunque la profesora McGonagall era la jefa de la casa de Gryffindor; Harry sólo la había visto en la sala común en una ocasión y para anunciar algo muy grave. Él y Ron la miraron mientras sostenían la Saeta de Fuego. Hermione pasó por su lado, se sentó, cogió el primer libro que encontró y ocultó la cara tras él.

—Conque es eso —dijo la profesora McGonagall con los ojos muy abiertos, acercándose a la chimenea y examinando la Saeta de Fuego—. La señorita Granger me acaba de decir que te han enviado una escoba, Potter.

Harry y Ron se volvieron hacia Hermione. Podían verle la frente colorada por encima del libro, que estaba del revés.

—¿Puedo? —pidió la profesora McGonagall. Pero no aguardó a la respuesta y les quitó de las manos la Saeta de Fuego. La examinó detenidamente, de un extremo a otro y luego se la pasó al sanador Snape—. Mmm... ¿y no venía con ninguna nota, Potter? ¿Ninguna tarjeta? ¿Ningún mensaje de ningún tipo?

—Nada —respondió Harry, como si no comprendiera.

—Ya veo... —dijo la profesora McGonagall—. Me temo que me la tendré que llevar; Potter.

—¿Qué?, ¿qué? —dijo Harry, poniéndose de pie de pronto—. ¿Por qué?

—Tenemos que examinarla para comprobar que no tiene ningún hechizo —explicó el sanador Snape, con tono muy serio—. Como experto en Encantamientos, debo asegurarme de que esté en orden. Las escobas no son precisamente lo mío, pero Madame Hooch me ayudará a desmontarla

—¿Desmontarla? —repitió Ron, como si el sanador Snape se hubiera vuelto loco.

—Tardaremos sólo unas semanas —aclaró el sanador Snape—. Si todo está bien, se la devolveré antes del próximo partido de Quidditch, lo prometo

—No tiene nada malo —dijo Harry. La voz le temblaba—. Francamente, sanador...

—Eso no lo sabes —se metió la profesora McGonagall con total amabilidad—, no lo podrás saber hasta que hayas volado en ella, por lo menos. Y me temo que eso será imposible hasta que estemos seguros de que no se ha manipulado. Te tendré informado.

La profesora McGonagall y el sanador Snape, con la Saeta de Fuego en sus manos, dieron media vuelta y salieron por el retrato, que se cerró tras ellos.

Harry se quedó mirándolos, con la lata de pulimento aún en la mano. Ron se volvió hacia Hermione.

—¿Por qué has ido corriendo a la profesora McGonagall?

Hermione dejó el libro a un lado. Seguía con la cara colorada. Pero se levantó y se enfrentó a Ron con actitud desafiante:

—Porque pensé (y la profesora McGonagall está de acuerdo conmigo) que la escoba podía habérsela enviado Sirius Black.