Demasiado tiempo demoré, lo lamento.
Yo sigo trabajando normal, si están en casa, disfrútenlo en lo posible.
Perdí el capitulo...
Lo recupere a medias...
Me colgué una espada de Damocles sobre la cabeza en el trabajo...
¡En fin! Espero que lo disfruten.
"¡Trabajo Duro, Como un Esclavo!" (cantando)
19
Despuntaba apenas el alba en ese momento, la ciudad estaba comenzando a despertar con el trajín de todos los días, el ambiente era de ese gris nuboso típico de esa hora intermedia en que no está oscuro, pero tampoco realmente iluminado. Entre el mar de oficinistas que se agolpaba en corrientes enredadas de las venas citadinas, resaltaba la figura de un muchacho de cabello anaranjado con toques rojizos, enfundado en una armadura gris platinada, sus vestiduras blancas, algo plomizas, volaban con su rápido andar, pasaba por entre las personas sin que estas lo notaran, como un veloz fantasma ocupado en sus asuntos.
Al poco rato se le unió otro hombre, algo más alto que el, de cabello azulado y negros ojos con iris plateado, los carcaj de ambos chasqueaba con el golpetear de las flechas, similar al de monedillas de níquel, platicando de como había sido su noche mientras seguían caminando. El de cabello anaranjado estaba particularmente alegre. Se les unieron al poco rato otros dos más, y el final una quinta persona, una mujer, de cabello rosado oscuro muy lacio, que le pregunto con desdén por qué estaba tan feliz.
—Esta noche me tocó darle en la diana a una pareja que estaba por separarse. Él sea irá a un viaje para estudiar en el extranjero, estaban terminando su relación formalmente porque se va por unos 6 años, pero el miedo que le hice sentir a ella de perderlo para siempre la ayudó a decidirse.
—¿Y qué pasó? —preguntó uno de ellos.
—Va a huir con él, va a desafiar a su padre, que está en contra de la relación, para irse. Le tiene un miedo horrible a su padre, pero el miedo de perder a su ser amado es más fuerte.
—¡He! imagino que él o la erota a quien ayudaste sin querer con eso debió darse de golpes contra la pared del coraje —comentó la chica con cierta alegría.
—¡Que va! me agradeció, dijo que ya no sabía qué hacer para que ella tuviera ese valor.
—Que aburrido —dijo la fobia de cabello rosado oscuro con decepción
—Y bueno, ¿a ti que te tiene tan mal hoy?
—La puerta me llevó con una madre soltera a quien le quitaron su oportunidad de tener un trabajo mejor.
Todos hicieron expresiones de desaprobación ante el hecho, ella entonces les explicó que presenció como a esta mujer joven, a quien ya le habían dado una vacante que anhelaba en otra empresa mejor pagada, le llamaba la reclutadora en cuestión para informarle (con mucho pesar, debía admitirlo) que uno de los jefes de su compañía había pasado por sobre su trabajo, y había impuesto a un conocido suyo en el puesto para el que la había reclutado. La pobre madre había sentido el terror apabullante caerle encima, ya había renunciado a su trabajo y estaban buscando a su reemplazo, tenía un hijo que mantener sola. Ahí fue que el terror abrió la diana y ella había tirado la flecha del miedo en su corazón. La mujer se había soltado a llorar, desesperada, ahí mismo, con la reclutadora del otro lado de la línea tratando de calmarla. En su pánico, la mujer había colgado, llamado a su jefe llorando de horror, y le había rogado que le dejara conservar su empleo, a lo que su jefe accedió, muy feliz, luego de decirle un tajante "¡ya ves! eso te pasa por confiada."
—Me dieron unas ganas tremendas de partirle la cara —masticaba con odio sus propias palabras mientras apretaba una flecha entre sus manos. —Esa mujer tendrá miedo desde ahora y por siempre a intentar buscar cosas mejores, acaba de volverse una esclava, una conformista. Un borrego más al matadero —en un acto de coraje, partió en dos la flecha que tenía entre las manos, deseando que fuera el cuello de los culpables de toda esa situación. Todos permanecieron callados un momento, hasta que el de cabellos azulados soltó una sola frase contundente:
—¡Que asco!
Todos los demás lo secundaron, hasta que uno de ellos hizo una pregunta muy sincera, una que les pasaba a todos por la cabeza luego de la anécdota:
—¿Ustedes creen que funcionará? ya saben, lo que sea que Jarod esté planeando.
—¿Tu querrías que funcionara?—preguntó el de ojos negros, el mayor en rango de todos los presentes.
—¡Yo sí!—arremetió ella tajantemente —Ojala que funcione, ya estoy harta de ver todas estas porquerías todos los días, de tener que meter mano para joderle la vida a alguien, aunque no queramos hacerlo.
—Yo no sé... no todo lo que hacemos es malo, además lo que hizo Jarod… —el chico de cabellos anaranjados no dijo más, solo recordar el día, meses atrás, en que "eso" había pasado, le daba escalofríos. Le tenía miedo a Jarod, mucho, más que a cualquier cosa que hubiera temido antes, pero entendía porque su compañera lo decía, podía percibir en los otros las mismas emociones, todos tenían miedo, pero también ser agentes del miedo en el mundo era algo muy difícil. Tener la opción de que las cosas fueran distintas era indiscutiblemente tentador, y esperanzador.
No habían roto el paso, y por un rato siguieron en silencio hasta que llegaron a la esquina de una calle solitaria con un poste de luz, en cuya base lucía una mancha negra, ya muy vieja, olvidada de todos, pero aun ahí, existiendo. El guerrero de cabello azul rey extendió las manos, pero se detuvo un momento antes de abrir la puerta, había sentido algo. Pero cuando giró sobre su espalda se encontró con un perro callejero, flaco e iracundo, que les gruñía desde su escondite. Bajó la guardia de inmediato, para las fobias no era raro ser vistos por animales, incluso que les gruñeran o lloraran en su presencia, algunos incluso tratando de atacarlos, era parte del precio por ser potadores del miedo en el mundo, así que ignoró al can y regresó a lo suyo: levantó una mano, murmuró una frase apenas audible, y la mandorla con flamas platinadas se abrió ante ellos, cercada por los extraños glifos que eran el pórtico de la dimensión.
Cuando se fueron, el animalito salió de su escondite y se fue corriendo, pasando por entre las personas, las calles, y objetos, casi tan invisible como lo eran las fobias, hasta adentrarse en la arboleda tupida de un parque donde, recostado sin mucha preocupación, rodeado de varios animales salvajes y callejeros que jugaban o esperaban recostados, se encontraba Zephir, esperando que el sol terminara de salir. Tenía los ojos cerrados, aparentemente durmiendo, hasta que el can se acercó a su rostro a lengüetearlo. El pelirrojo sonrió sin abrir los ojos mientras que el animal, en silencio, le comunicaba con su mente aquello que había visto y escuchado.
Se sentó entonces de modo perezoso y acaricio las orejas del can, mientras le agradecía, como había hecho con todos los animales a los que había pedido ayuda para localizar a las fobias. Le había llevado algunos días por que las fobias, igual que los erotas, eran muchos, y a diferencia de ellos solían trabajar en grupos grandes que se repartían en terrenos extensos para cumplir sus labores, sembrando el miedo en los corazones. Había tardado en ubicar a un grupo específico con las características que buscaba, pero aparentemente al fin lo había encontrado.
Le intrigaba mucho lo que habían comentado sobre Jarod. Tenían un tiempo sin saber de él, lo cual era raro, algunos sospechaban que podría haber ocurrido ya que el supremo inquisidor lo nombrara al fin y le dejara el cargo, pero las fobias solo hablaban con los erotas y bacantes lo necesario, y ahora más que nunca, mantenían mayor distancia, así que no había modo de estar seguro.
—Vengan amigos, ya es hora de comer —les dijo antes de convertirse en un zorro cristalino, vibrante como la luz del sol, y salir corriendo, delante de la ecléctica manada, a buscar algo que cazar todos juntos.
La orden les llegó algunas semanas después de su estancia en aquella ciudad: había estallado una revuelta en alguna parte de África... otra vez, y a ellos se les asignaba ir a cumplir funciones en ella... otra vez. Las voces de tedio mezcladas con dolor fueron graves y notorias, desde recibir la orden, hasta los siguientes días, mientras dejaban todo listo.
Ya todos sabían lo que iban a ver.
Y no era agradable.
Nunca lo era.
En cuanto cumplieron con sus obligaciones se reunieron una vez más, y en silencio, pero compartiendo los mismos pensamientos, se encaminaron a la misma puerta que habían usado antes, en aquella esquina con el poste de la mancha vieja de sangre. La puerta los tele transportó al desierto del Sahara. El calor ya amainaba porque estaba cayendo la noche, así que caminar hasta el lugar que correspondía sería más sencillo. Sus demás compañeros ya debían estar trabajando y les esperaban.
Caminaron y caminaron, pero demasiado pronto comenzaron a inquietarse, sabían el trayecto, los estaban esperando, no había modo de que se perdieran, y sin embargo parecía que justo eso había pasado. Era como si dieran vueltas en círculos una y otra y otra vez. Se miraron, hablando en un lenguaje silencioso que sólo ellos conocían. Agudizaron su sexto sentido y fue entonces que confirmaron que algo iba mal. Se reunieron espalda con espalda, en círculo, todos atentos. No estaban seguros quién lo hacía ni cómo, pero sabían que algo estaba pasando, lo único que no esperaban era que algo más pasara bajo sus pies.
Un enorme hueco negro se abrió, ondas de energía espiritual los rodearon y los atrajeron, como una trampa de arena movediza. El hueco negro los tragó completos. Cayeron de cabeza al Yomotsu, pero amortiguaron el golpe abriendo las alas de sus Thymós, que eran membranosas, como de murciélago o reptil, pero estaban recubiertas de plumas en el arco superior. No lucían en exceso sorprendidos por estar en el Yomotsu, no lo suficiente para que el ataque de los erotas de Tréla fuera contundente. Las flechas atornasoladas negras salieron disparadas hacia ellos, pero las fobias evitaron diestramente las saetas brincando y volando, con gracia de otro mundo.
Dicro llevaba a once erotas, y aún así los guerreros de las armaduras grises les daban problemas. La primera parte del plan, que era separarlos, había funcionado, pero la segunda estaba tomando más tiempo del deseado. Las saetas chocaban entre si con precisión mientras todos volaban, haciéndose pedazos y saltando como chispas de acero y cristal fundido, mezcladas con cosmos. Entonces el líder de las fobias, de cabellos azules, se dio cuenta que se estaban limitando para no lastimarlos, y eso era una ventaja.
—¡Se están conteniendo! ¡HÁGANLOS PEDAZOS!
Apenas escucharlo, las fobias sonrieron con malicia: se arrojaron del todo hacia ellos, evitando las agresiones, acercándose peligrosamente a los ataques que los erotas debían desviar a último segundo, lo que los dejaba vulnerables. Invocaron sus saetas más grandes y se atacaron cuerpo a cuerpo en el aire, dando golpes que hacían resquebrajar la tierra a la distancia.
Los erotas que tocaban tierra debían enfrentarse a una lluvia plomiza letal de la que apenas escapaban sin rasguño, o debían alejarse rápidamente cuando alguna fobia planeaba usar algún ataque con cosmos. Fue entonces que quedó claro por qué llevaban upodématas: los erotas contaban también con arcos y ballestas en las perneras, y eran capaces de dispararlas con los pies mientras daban piruetas para escapar de las flechas enemigas, usándolas para hacerse espacio.
Dicro era particularmente aguerrida, había tomado de los pies a un par de fobias y los había estrellado entre si, pero las fobias se movieron antes de que los pudieran inmovilizar. Los minutos pasaban y comenzaban a recibir cada vez mas golpes y daño, las fobias se estaban cansando, pero no lo suficientemente rápido. Uno de los erotas tuvo mala suerte y la única chica entre las fobias le asestó un golpe de martillo, con ambos puños, sobre la cabeza, estrellándolo aparatosamente contra el piso.
Apenas ver a uno de ellos desvalido, toda la lluvia de saetas fóbicas cayeron sobre el desafortunado. En un acto de valor que no pensó, la chica de cabello vinoso voló bajo, estrelló los pies frente al caído, y usando su cosmos para incrementar la fuerza expansiva, batió las alas, haciendo un golpe de aire que deshabilitó todas las saetas. Estaban por mandar otra ola de flechas, ella se puso en guardia para resistir y proteger a su erota. De pronto un cosmos dorado, diferente al de todos, estalló, molesto, en una onda expansiva que recorrió el piso, del que brotaron cuerpos por montones, buscando alcanzarlos.
Una voz de un sitio desconocido gritó una frase horrible que todas las fobias oyeron:
—¡Has que desciendan!
Las fobias trataron de remontar más el vuelo pero escucharon a una voz, férrea y de mando, invocar su técnica:
—¡Explosión de Galaxias!
Una enorme explosión llenó el cielo del Yomotsu, y la onda expansiva del ataque los empujó sin control a todos. Los muertos andantes sujetaron firmemente, apenas tuvieron la oportunidad, a casi todas las fobias, para que los erotas, raudos y certeros, los atraparan con las saetas mas grandes, del tamaño de lanzas, en el piso.
Los restantes volaron evadiendo el mar de manos que trataban de atraparlos, huyendo del ataque, por eso no lograron ver a la bestia de cristal y acero, feroz, roja y dorada, que brincó desde los riscos, y que los estrelló directamente al piso. Al poco tiempo las 6 fobias estaban en el suelo, arrodilladas, atrapadas en una jaula improvisada de saetas que les anulaban los movimientos, y al final un brillo veloz y dorado cruzó a la velocidad de la luz, atravesándolos e inmovilizándolos, mientras que Dicro y el resto de las saetas los rodeaban con las flechas listas a disparar.
Sólo entonces se aparecieron los demás.
—Estén tranquilos —explicó Saga, seguido de Alfa, acercándose al lugar— . No es nuestro plan asesinarles, les he paralizado el sistema nervioso lo suficiente para que no sean un problema, pero no tienten nuestra piedad.
Deathmask desapareció el mar de espíritus errantes mientras se acercaba con Zephir, quien portaba su nimata en su forma de asalto: una armadura de colores oro rubí que lo cubría casi del todo. El calzado eran patas cánidas, con garras, que levantaban el talón a modo de tacón, los guanteletes eran del todo garras, y el casco recubría toda la cabeza con la forma de un zorro rojo.
—¿Todo listo? —preguntó el pelirrojo. El hocico de su casco no se movió pero se escuchaba su voz perfectamente clara, sus ojos azules eran lo único que resultaba humano de su aspecto.
Saga volteó a mirar a la Saintia trigueña. Ella le devolvió una mirada preocupada pero valiente. Él le tomó una mano y le aseguró que podría hacerlo, y que iba a estar con ella.
—Listo —afirmó ella mientras se acercaba a las fobias inmovilizadas, ellos sólo podían mover los ojos, que la atravesaron como mil cuchillos de odio y miedo.
Ella cerró los suyos y se concentró, necesitaba tener la mente tranquila y en blanco para poder comenzar a escuchar. Poco a poco vinieron, primero distorsionados, y luego más claros, los sonidos y, posteriormente, las imágenes. Los prisioneros cerraron los ojos en señal de esfuerzo, tratando de resistirse, la sentían invadiendo sus pensamientos, pero no era sólo que les leyera la mente, era algo más profundo. Estaba entrando en ella para ver más allá de lo que estaban pensando. Saga ayudó incrementando la parálisis, lo que permitió que todas las barreras cayeran, y ella entró de lleno en sus recuerdos.
Alfa lo visualizaba como un espacio infinito, lleno de agua cristalina: mientras más se hundía, más entraba en los pensamientos. A su alrededor veía las escenas de los recuerdos más recientes, los cuales pasó de largo, siguió hundiéndose más y más, hasta que una gama de recuerdos llamó su atención y se introdujo en ellos. Logró observar de pronto el enorme valle que se hundía en la tierra, podía ver como si ella fuera una presencia invisible, casi omnipresente, a cada fobia capturada en un lugar determinado, observaba lo que ellos habían vivido.
Veía movimiento, ordenes extrañas que corrían por todos lados por días y días y sin dar mayor explicación. Algunas veces dadas por los superiores, otras entregadas a todo el ejército por boca de un joven hombre de largos y salvajes cabellos y ojos dorados. Las fobias le temían, su sola presencia los aterraba, aunque, con el tiempo, algunas de las fobias capturadas habían comenzado a comulgar con sus intenciones. Alfa quería saber por qué le temían tanto, y al ahondar en sus mentes descubrió, con no poco asombro, que el origen de sus sentimientos era el mismo evento: una ceremonia, solemne y antigua.
Todas las fobias estaban al fondo del valle, rodeando una fortaleza de piedra con forma de cruz. En el centro estaba el joven hombre arrodillado, y de pie, frente a él, otro más alto, envejecido pero de porte noble y discreto. Observó cómo lo cubría con un manto, y cómo le colocaba una corona que mas bien parecían cuernos, sobresaliendo de la oscura y larga cabellera. Después vinieron los festejos, discretos, por algunas horas en las que ambos hombres se perdieron en las profundidades de la fortaleza.
Y entonces lo sintió: los cosmos de ambos hombres intempestivamente comenzaron a pelear. Todas las fobias del grupo sintieron desconcierto y claro terror al notar que ambos hombres estaban combatiendo. Sin embargo, sólo uno de ellos tenía el rango para estar dentro de la fortaleza mientras ellos dos estaban dentro. Pero hubo un momento en que no pudo avanzar más adentro, algo, como un muro invisible, le impedía seguir adelante, a una parte de la fortaleza que todos sabían prohibida, excepto bajo órdenes del supremo inquisidor.
Explosiones.
El sitio se sacudía por todas partes.
Gritos de sorpresivo miedo por los rincones.
Polvo cayendo a raudales.
Y luego: silencio.
Un cosmos se había desvanecido por completo. La fobia de mayor rango se sacudió el tizne del cuerpo, y entonces lo vio salir. El hombre más joven estaba cubierto de tierra, desgarbado y ensangrentado. El polvo impedía ver a detalle todo el cuadro, caminaba lento y arrastrando cada pisada excesivamente. El nombre de "Jarod" salió de sus labios, preguntando qué estaba pasando, pero el nombrado no dijo nada y pasó de largo como si no existiera. Entonces lo notó, la barrera del Supremo Inquisidor había desaparecido. Sin pensarlo, se lanzó en aquella dirección, pero no encontró nada a su paso, excepto una enorme puerta de piedra que a saber cómo se podría abrir, y en el piso, justo a un lado de ella, sangre y destrucción.
Aquel era el sitio donde se había llevado a cabo el combate, pero no había nada más. ¿Dónde estaba el cuerpo del inquisidor Ásvaldur? Un escalofrío le recorrió la espina, y salió corriendo en la dirección por donde Jarod se había ido. Conforme se aclaraba la polvareda veía un rastro de sangre (¡demasiada!) por todo el piso. Algunas decenas de metros antes, cuando la luz de la salida superior de la fortaleza ya se divisaba, pudo escuchar el terror de voz de las fobias que, dado el escándalo, se habían reunido alrededor de la fortaleza.
Estaba de pie, cubierto de sangre, el brazo izquierdo levantado con firmeza, y sostenía firmemente del cabello al cadáver de su predecesor.
El golpe de horror que sintió la Saintia fue horrible, el miedo, el terror que sintieron todas las fobias capturadas, mientras observaban aquel espectáculo, fue tanto, que salió de sus mentes, expulsada. Fue tan rápido como si le hubieran dado un golpe, y las fobias terminaron inconscientes por el mismo motivo. Saga alcanzó a amortiguar su caída sosteniéndola y estrellándose en el piso.
Deathmask, Dicro y Zephir se acercaron de inmediato mientras el resto de los erotas mantenían la guardia.
Ella estaba hecha un ovillo contra el pecho de Saga, cubriéndose la cabeza con manos y brazos casi del todo, como queriendo impedir que el sonido y la luz llegaran a ella, mientras temblaba tenuemente. Deathmask iba a cuestionarle qué había pasado, pero Dicro lo detuvo en silencio. Podía percibir las emociones de ella, y junto con el miedo también sentía a su corazón haciendo esfuerzos por calmarse. Alfa tenía claro que debía hablar, que debía conseguir recobrar un poco más el temple porque no tenían mucho tiempo, darle un momento para lograrlo no les quitaba nada.
—Lo mató, sin piedad ni testigos —comenzó a hablar sin mirar a nadie—. Lo mató, lo arrastró, se vanaglorió de haberlo hecho.
—¿De quién estás hablando? —inquirió el canceriano con preocupación mezclada con ira, Dicro y Zephir estaban pálidos.
—Ásvaldur —mencionó ese nombre, y el alma les volvió al cuerpo a él y a sus dos amigos, quienes habían temido por un instante que hablara de Enola. —El supremo inquisidor Ásvaldur está muerto, su sucesor lo mató, luego de pasarle el mando.
Todos, menos Saga, intercambiaron miradas confusas y aterradas, los erotas comenzaron a murmurar entre ellos, como si aquello fuera inconcebible.
—¿Cómo? —fue la única pregunta que salió de los labios de la mujer de piel latte—. Ásvaldur no sólo era el Supremo Inquisidor y predecesor de Jarod, también era su maestro. ¿Cómo pudo ser capaz? ¿Por qué?
—No lo dijo abiertamente, dijo que el Supremo Inquisidor, igual que los otros anteriores a ellos, habían guardado un secreto de terrible poder, pero que él no iba a mantenerlo oculto más tiempo: iba a usarlo. Nadie lo esperaba. Nadie. Ha dado órdenes extrañas, han buscado materiales, y "cazado" algo, pero no vi qué, ninguno de ellos participó en esas cazas, quieren hacer "algo" pero no logré ver qué era, no lo saben. Él no se los ha revelado.
Todos se miraron entre sí, a pesar de que la información era valiosa, no era suficiente, y no iban a tener la oportunidad de repetir esa pesquisa. Deathmask caminó hacia las fobias capturadas, y una idea le cruzó la cabeza.
—Saga, tú tienes la mejor técnica de control mental de todos los Caballeros, efectúa tu técnica con ellos, ordénales que traten de averiguar todo lo que necesitamos, y que vengan de vuelta por su propio pie a nosotros.
Todos lo escucharon, era una locura, y al mismo tiempo era brillante. Saga se detuvo un momento a pensarlo, se escuchaba perverso, y el cuerpo de la Saintia, temblando entre sus brazos, lo convencía de que no iba a poder pedirle que hiciera eso otra vez.
—No sería sensato hacerlo con todos, el Gen Rou Ma Ken hace cambios drásticos en el cerebro que se traducen a un cambio en la personalidad, aunque sea de modo moderado, pequeños cambios en todos los elementos de un mismo equipo crearía sospecha. Necesitamos elegir a uno, la pregunta es: ¿a quién?
Y una voz diferente habló:
—A mí.
Todos voltearon, y vieron que el guerrero de mayor rango, de cabello azulado y ojos de esclerótica negra e iris plateado, estaba despierto. Lucia extenuado y sudaba, pero había una gran determinación en su cara.
—Soy Zaino de Skotádi*, Fobia a la Oscuridad, y líder de este grupo, les exijo que sea a mí a quien elijan para su plan.
Saga se levantó dejando a Alfa al cuidado de Zephir, y se acercó con determinación fría en su rostro.
—Habla antes de que me arrepienta.
—Si Jarod se da cuenta de que alguno está bajo el influjo de tu técnica, no va a dudar en matarlo, y no dejaré que ninguno de ellos peligre. Yo no sé qué quiere hacer Jarod, nadie lo sabe, pero puedo averiguarlo. Sólo yo, de entre todos, tengo la posibilidad de hacerlo sin demasiada sospecha.
—¿Cómo saber que no te vas a resistir o que no cuentas con alguna técnica para lograr atenuar la mía? Si lograste reponerte tan rápido de lo ocurrido hace un momento, significa que eres más fuerte que el resto.
—Por eso lo digo, imagino que para aplicar la técnica debes hacerlo en un oponente consciente, ¿o me equivoco?
—Eres demasiado inteligente para mi gusto —comentó el geminiano enarcando una ceja seriamente, sin mostrar la sorpresa que le implicaba que este hombre hubiera entendido algo tan fundamental de la técnica.
—Tendrás que despertarlos para hacerlo, y todos mis compañeros van a luchar, aún luego de que la apliques, van a pelear contra tu influjo. No importa que seas el caballero más poderoso de la orden de Athena, ellos se esforzarán para que tu técnica no sea perfecta, y para rechazarla a cada segundo que dure.
—Sabes que somos caballeros de Athena
—Las fobias estamos en todas partes y en ningún lugar. Dejaré que me des la orden que tú quieras y no me resistiré. Dejaré a tu técnica dominarme del todo. Lo haré a cambio de que no lastimen a ninguno, y de que los dejen fuera de esto. Lo juro por la cabeza de mis dioses: Deimos y Phobos, que seré la fobia más servil y silenciosa de todas mientras consigo la información que ustedes desean.
Saga lo sopesó, lo que decía el guerrero tenía sentido, pero se le antojaba demasiado fácil para su gusto.
—¿Zaino, cierto? ¿Por qué tendríamos que hacerte caso?
El nombrado le miró con escepticismo por unos segundos, para luego soltar una risilla desdeñosa.
—¿Tan extraño es, ateniense, ver actos nobles de parte de otros que no sean de tu orden?
—Te matará a ti también si lo nota, ¿cómo sé que no vas a traicionar tu honor?
—¿Como tú lo hiciste, Saga de Géminis? —Y la fobia sintió un ápice de victoria al verle los ojos brillar de enojo por un segundo—. Ellos son mis compañeros, camino a su lado todos los días, a través de un infierno que no podemos compartir con nadie mas, y ahora te pregunto yo a ti: ¿acaso no darías tu vida por los compañeros con los que atravesaste el infierno y el deshonor? —Saga apenas pestañeó, pero le disgustaba demasiado que supiera tanto. Zaino volvió a reír con desprecio notorio.
—¿Qué es tan gracioso, insecto? —inquirió Deathmask, que a cada segundo perdía más la paciencia.
Zaino les clavó la mirada llena de veneno
—Espero demasiado de ustedes, están demasiado a gusto con esa fantasía de ser héroes redimidos, salvadores del mundo. Se creen los únicos justos y por eso no pueden creerme. He jurado por la cabeza de mis dioses y aun así seguimos hablando y perdiendo tiempo, que no es como que les sobre.
—¿Y tú no serías escéptico cuando te juran sobre la cabeza de dos dioses muertos? —respondió Saga sin pestañear.
—¿Y por causa de quién están muertos mis dioses? —reviró Zaino haciéndoles alusión—. ¿Saben cómo se llama nuestro infierno? Se llama vida. La existencia de las fobias transcurre viendo lo peor del mundo, sembrando miedo. No por gusto, si no porque ese es nuestro deber, a raíz de las conductas humanas. Nosotros no somos villanos: nos duele lo que vemos. Creo que eso es algo en lo que los erotas y el pueblo báquico podemos coincidir. Pero al contrario de ellos, o de ustedes, nosotros no tenemos ningún tipo de consuelo. ¿A cuántos dioses no les han arrebatado la Tierra de entre las manos en menos de un siglo, Caballero Dorado, además de los nuestros? Nuestros dioses están muertos, y aquí seguimos, con las manos a desbordar de trabajo, siendo mudos testigos del dolor. No saben cuántas lagrimas inocentes hemos visto derramadas, cuánta gente sufre todos los días, sus vidas arruinadas, a veces por más de una reencarnación. Créanme cuando les digo que no han salvado a nadie, ni han hecho por el mundo nada. Y aunque le temo más allá de lo que quisiera, espero que Jarod logre lo que nos prometió. Por eso no me importa que me usen, tarde que temprano dará lo mismo. Y el día que pueda ver en sus caras un poco del terror que nosotros vivimos, ese día, voy a reírme hasta morir.
Un hilo de cosmos, diáfano, pero poderoso, cruzó el espacio y atravesó la cabeza del hombre para hacerlo callar.
—Ya era hora, estaba por golpearlo —afirmó el canceriano.
Saga atravesó velozmente, con su cosmos, preciso como el mejor neurocirujano, los cerebros del resto de las fobias, y borró la memoria de todo lo que habían sentido hasta caer inconscientes. Luego dictaminó las órdenes mentales que Zaino debería acatar a toda costa: no llamar la atención, mantener perfil bajo y sin conflictos, averiguar lo que se pudiera sobre la situación, y regresar al punto desértico donde los habían atrapado.
Luego de eso, los erotas los liberaron de las saetas y todos salieron del Yomotsu al mundo real. Aunque las habilidades dimensionales de Deathmask no eran tan fuertes como las de Saga, funcionaron bien para llevárselos, menos a Saga y las fobias, de vuelta al Santuario. Saga hizo lo propio llevando a los otros de regreso al desierto. Se alejó suficiente para no levantar sospechas y luego los hizo recuperar la consciencia, para que siguieran conversando, como si nada hubiera ocurrido, excepto por Zaino, que estaba más callado que el resto.
Saga estaba preocupado por el estado de Alfa posterior a la misión, pero se obligó a observar hasta que se perdieron de vista para estar seguro que había funcionado el plan. En cuanto tuvo oportunidad, regresó a través de las dimensiones hasta donde se encontraban. Conociendo a Alfa, ella preferiría ir de inmediato con Shion a decirles todo lo que vio, antes que darse un momento para recuperarse.
Y no se equivocó, cuando llegó ya había anochecido en el Santuario, y los erotas estaban en el Coliseo, siendo revisados por el personal de la Fuente de Athena. Le informaron que los demás ya iban de camino a la Cámara del Patriarca. Y pese a ser un Dorado y tener una condición física excelente, tuvo que alzar un poco el cosmos para equipararse a su velocidad. Zephir se había mantenido en su forma de asalto y llevaba en brazos a la chica, sujetada de su cuello, con una velocidad que sólo podría conseguir una bestia divina. A su lado iba Dicro, ayudándose de sus alas para apenas tocar el piso, y del otro extremo Deathmask seguía sus pasos.
Cuando al fin llegaron, luego de dar los pormenores a Shion, que se encontraba con Athena, Aioros y Dohko, de lo ocurrido, y de lo que a la larga habían hecho con Zaino, pasaron al meollo principal: la información que la Saintia de Retículo había conseguido. Pero en vez de explicarlo, la Saintia prefirió proyectarlo en la mente de los presentes, lo cual era parte de sus habilidades. Shion hubiera preferido que Saori no lo viera, pero ella insistió, y además ya no era precisamente una niña, así que, junto a todos, le tocó presenciar el horrible y violento show previo, y ellos, igual que Alfa, lograron sentir también el miedo que había invadido a las fobias por aquel hecho.
Llegó el momento en que Jarod habló ante todos con el cadáver de su antecesor y maestro colgando, ensangrentado, de su agarre:
—¡Heme Aquí! ¡Mis hermanos de guerra! De pie ante ustedes, bañado en la sangre del único hombre que era superior a mí! Aunque no lo crean, ahora yo comparto el horror que mina sus corazones en este momento. He tomado la vida del ser que más me importaba en el mundo, y lo he hecho porque hay otro horror, más fuerte que este, que me conminó a hacerlo. Hoy fui nombrado su Supremo Inquisidor, y sólo luego de jurar que cumpliría con mi deber como tal, fue que mi maestro me reveló la verdad. Una verdad terrible y dolorosa, que sólo los Supremos Inquisidores tienen el derecho a conocer. Un secreto largamente guardado por todos los Inquisidores anteriores a mí. Un secreto impresionante, terrible, que usado con sabiduría es fuente de gran poder. ¡Y los Supremos Inquisidores lo guardaron, lo ocultaron bajo nuestras narices, por milenios! Y Ásvaldur esperaba lo mismo de mí.
La gesticulación de Jarod era avasalladora, conmovida, era un reflejo de una lucha entre una gran indignación, la confusión, y el terrible dolor de haber asesinado a su maestro.
—Somos esclavos de la vida, seres condenados a ser los testigos del infortunio. Aunque hemos hecho cosas buenas, ¿cuántas más cosas terribles suceden a causa del miedo? ¿Cuántas veces lamentamos tener que disparar nuestras flechas? ¿Cuántas lágrimas no hemos visto derramadas?, cuánta gente buena muerta, en un rincón, llena de miedo, preguntándose: ¿por qué? ¡Bien! este es el porqué: ¡porque ninguno de los Supremos Inquisidores tuvo el valor para poder usar el poder secreto que teníamos!
Con profundo rencor y dolor azotó el cuerpo de Ásvaldur contra la piedra que era el techo de la fortaleza. La sangre salpicó como en una explosión por todos lados, llenándolo a él aún más de sangre. Resoplando de ira, tomó un momento para controlarse y volver a hablar:
—En este momento deserto del puesto del Supremo Inquisidor, para no verme atado por el juramento. Y están en todo el derecho de intentar matarme si gustan, son una orden sin dueño, más allá de la lealtad a nuestros dioses. Pero ustedes y yo sabemos que si cualquiera de ustedes lo intenta: morirá. Soy el más poderoso, ni siquiera si estuvieran ocupados los 5 tronos del miedo tendrían oportunidad en contra mía. Levántense si quieren, mis hermanos, pero miren a mis pies, ya no tengo nada qué perder, pero ustedes y yo tenemos todo por ganar. Sé que nadie lo hará, nadie osará plantarme batalla, todos me obedecerán por miedo, y eso me basta por ahora. Pero yo les pido, mis hermanos: ¡únanse a mí! Síganme, no por miedo, si no por convicción, para liberarnos del yugo opresivo del capricho de la humanidad
Elevó las manos con los brazos abiertos, lucía aterrador y glorioso, casi místico.
Un salvador bañado en sangre.
—Únanse a mí, y les prometo que el mundo dejará de ser nuestro.
Cuando la ilusión termino, Alfa se tambaleó. Zephir estuvo por ayudarla, pero el geminiano prácticamente lo empujó, sin pensarlo, para hacerlo.
Todos tenían una expresión atónita, Dicro incluso estaba algo pálida. Deathmask iba a acercarse pero Zephir se le adelantó, golpeándola amistosamente en el hombro y ya sin su casco bestial sobre la cabeza, para que viera su sonrisa, que le decía amigablemente que estaba a su lado.
—Esto es terrible —alcanzó a murmurar Athena desde el trono.
—Lamento no haber conseguido más información
—Hiciste bien tu trabajo, Alfa —no tardó Aioros en corregirla—. Ahora sabemos que no hay una voluntad divina, si no humana, detrás de todo esto. Hemos visto el rostro del líder, de lo que es capaz, y ante todo, hemos visto el corazón del valle del Sheol. Es ese lugar, y no otro, el que debe estar en nuestra mira. Aunque aún no sepamos qué es exactamente. No desprecies eso.
—Todo lo demás podemos averiguarlo la próxima vez que interroguemos a Zaino, junto con el secreto de cómo acceder a la puerta y al valle —secundó el geminiano griego, sin dejar de sostenerla.
—Tengo una duda, no sé si alguno de ustedes podría respondérmela —mencionó Saori mirando a Dicro y a Zephir—. ¿Ustedes saben a qué se refería con "los 5 tronos del miedo"?
—Sí, lo sabemos —comenzó Zephir—. Los tronos del miedo son tronos literalmente, no se sabe dónde están, pero sí que el quinto, el más importante, es el reservado para el Supremo Inquisidor. Los otros 4 pertenecen a las fobias más poderosas. Representan lo que ellos llaman "Miedos primordiales", que son de los que se derivan todos los demás. Eso define a cada poseedor de un trono como líder del resto de las fobias de las que deriva. Nunca hemos sabido qué miedo en especial representa cada uno.
—Jarod posee uno, e iba a heredar el quinto al ser el Supremo Inquisidor —continuó la erota mexicana la explicación—. Sabemos que nadie se ha sentado en uno de ellos en específico desde hace siglos, y ahora, con la muerte de Ásvaldur, hay dos tronos vacíos, pero es todo.
—Es buena información, significa que el ejército del terror sólo tiene tres líderes, Jarod incluido —dedujo el tigre de oriente—, y dado que ni siquiera las otras dos fobias con tronos osan enfrentar a Jarod por su poder, podemos entender que él es el obstáculo principal a vencer.
—No es un obstáculo pequeño, Dohko —cortó Deathmask su optimismo—. Jarod es un guerrero jod... —iba a decir "jodidamente capaz", pero la mirada asesina de Shion al adivinar su lenguaje le conminó a callarse frente a la diosa—. ¡Ejem!... es un guerrero extremadamente capaz. Tácticas, estrategia, espionaje, infiltración, guerrilla, trampas, combate individual, con tropas, cuerpo a cuerpo. Es una máquina de guerra. Ya tuve el desagrado de cruzármelo una ocasión, y aún ahora tengo ganas de romperle la cara. No es un hueso fácil de roer.
—También es ventajoso que lo sepas, creo que de eso vamos a tener que hablar luego con mayor detenimiento, ya que tienes tantos detalles —comentó Shion mientras observaba a todos ya con las fuerzas anímicas a mínimos, así que los mandó a descansar.
Antes de que Dicro y Zephir dieran un paso para retirarse, les comentó que había tomado precauciones al respecto: sus erotas a esa hora ya debían estar en la Fuente de Athena y podrían pasar la noche ahí, lo que también serviría para asegurarse de ayudarles con las heridas, ya que por las restricciones que sabía iban a tener, había deducido (acertadamente) que iban a terminar más maltratados.
—Alfa —le llamó Athena —, estas dispensada de tus labores hasta que te sientas suficientemente repuesta para retomarlas —y antes de que la Saintia se quejara continuo —, Saga, por favor, asegúrate de que descanse como debe.
El geminiano movió la cabeza afirmativamente y se llevó a la muchacha sosteniéndola de un brazo. Todos salieron en grupo menos Dohko, Aioros y Athena, que se quedaron todavía un rato conversando sobre la misión antes de que Shion, más por Athena que por los otros, también sugiriera irse a descansar.
En el camino, los cinco guerreros iban más bien taciturnos, hasta que Alfa, comenzó a hablar de cosas al azar para liberar la tensión y ayudarse a relajarse. La conversación se volvió ciertamente alegre cuando llegaron a piscis. Afrodita estaba esperando, a pesar de la hora, para asegurarse que habían regresado a salvo. Ellos le comentaron la misión a grandes rasgos.
—Death, por qué no dejas que duerman en tu Templo esta noche?, no creo que vayan a poner peros arriba por que no pasaron la noche en la Fuente.
Zephir lo miró con entusiasmo, Dicro puso cara de espanto, y Deathmask le habló vía cosmos con desconcierto
—¡¿Qué crees que estás haciendo, idiota?!
—Matando dos pájaros de un tiro, todos ustedes tienen el ánimo por el suelo, y tú quieres pasar tiempo con ella, sírvete —. Y le alzó las cejas, de modo encantador, un par de veces.
—Si serás...
Deathmask iba a insultarlo cuando escuchó la voz de Dicro hablar
—Me gustaría ir a ver a mis erotas —comentó.
—Vamos Dicro, tus erotas no son niños. Ni siquiera creo que esperen ya verte hasta mañana —respondió Deathmask.
—Posiblemente ya incluso estén dormidos —le apoyó Alfa.
—¡Carys, por favor!, ¡es buena idea! No quiero bajar todas estas malditas escaleras —suplicó el pelirrojo.
—No me opongo a que tú te quedes.
—¿Yo? ¿Con Deathmask? ¿Solito? Olvídalo, seré una tentación para él —dijo en broma.
—¡Ya quisieras! Zorrita —respondió Deathmask con ánimo, para luego ponerse conciliador—. ¡Vamos! Yo tampoco quiero bajar hasta la Fuente para acompañarlos, además, hay alguien en mi templo que moverá la cola encantado de verlos.
La cara de la muchacha de cabello vinoso se iluminó de pronto con una expresión tierna, como la de un niño, al recibir una alegría inesperada.
—Trato hecho.
Las Saintias ayudaron a Saori a prepararse para dormir. A pesar de que la misión había sido un éxito, había quedado exhausta. Todo el rato, mientras la ayudaban a bañarse y colocarse la ropa de cama, estuvo callada, sumida en sus pensamientos. Las Saintias lo notaron pero no quisieron incomodarla en ese momento con preguntas. Sólo cuando estuvo sola, en su cama, con la luz de la luna haciendo brillar el mármol de su cámara, se dignó a abrazar su almohada y ocultar el rostro un segundo en ella, buscando consuelo.
Las palabras de Jarod se le habían quedado grabadas con fuego en la memoria; el miedo que sintieron sus subalternos, también. De pronto se sentía invadida por el desconcierto de aquella frase demoledora:
"El mundo dejara de ser nuestro".
La frase la había impactado, no sólo por lo que significaba, si no por cómo la había dicho. Jarod se veía indignado, repleto de dolor y de impotencia. Realmente creía que su maestro había hecho algo terrible. Lo había tratado como un tirano, y hablaba de sus compañeros como hermanos, los observaba como si hubieran sido realmente esclavos y estuviera harto. Bajo cualquier otra circunstancia, los actos de Jarod serían dignos de un caudillo libertador.
Y este libertador era su nuevo enemigo.
Muchos años atrás, cuando se había enfrentado con Eris, soñó con ella diciéndole que llevaba impregnado el olor de la sangre de sus guerreros. Aquello la había afectado, siempre la afectó. Los enormes sacrificios de los guerreros de su orden le dolían, pero aprendió a sobrellevar ese dolor con dignidad, porque ella también deseaba que, cuando ella se sacrificara por ellos, lo sobrellevaran de la misma manera.
Pero ahora, un pedacito de su alma se agazapaba, avergonzada, en los pliegues de su corazón, preguntándose si todos esos sacrificios habían sido justos. Y por primera vez, desde aquella noche, donde el terror nocturno con el rostro de su hermana divina le había hablado, sintió miedo ante la respuesta.
N/A:
* Skotádi significa Oscuridad en griego.
