El dolor de cabeza fue lo primero que notó al despertar. No recordaba la última vez que sintió que la cabeza se le partía en dos. ¿Cuántas cervezas había tomado? Estaba claro que bebió algo de vino (siempre le asentaba mal por alguna razón). Intentó recordar algo más de la noche anterior, pero era casi imposible con el dolor de cabeza. Lo único que sabía con certeza era que había estado con Maura.
Finalmente abrió los ojos, pestañando varias veces hasta que su visión se aclaró lo suficiente para darse cuenta que no estaba en una habitación de hotel. "La casa de Maura" reconocía el lugar tanto como las paredes de su propia casa. "Cierto… la gran colección de vinos de Maura" se quejó al recuperar una fracción de sus recuerdos.
Una manta de deslizo de su cuerpo cuando intentó incorporarse un poco y se dio cuenta que aún tenía puesta la ropa del día anterior con excepción de los zapatos. Todo parecía indicar que se había quedado dormida en el sofá. ¿Dónde estaba Maura? ¿Aún dormía? Comenzó a incorporarse para levantarse, pero su pie descalzo tocó algo frío y duro que se movió. El grito de susto seguido con el brinco que dio al otro lado del sofá la dejó con el corazón en la boca.
—¡Por Dios!
—Le caes bien —dijo una voz femenina detrás de ella.
Maura estaba apoyada en el marco que daba al pasillo ¿Desde cuándo estaba ahí?
—¿Es Bass? ¿Cierto? —preguntó, intentando controlar su respiración.
—Sí. Si mal no recuerdo ayer en la noche no dejabas de tocarlo. Hasta le diste de comer. —Caminó hacia la cocina, intentando mantener su expresión indiferente al notar la hinchazón en los ojos de Jane. No era necesario suponer para saber que había estado llorando durante la noche. Jane había asegurado que hablaría con ella de lo ocurrido cuando estuviera lista y ella respetaría su decisión. Así que sonrió intentando dejar su preocupación a un lado por un instante, y le preguntó qué deseaba para desayunar.
—Algo para este dolor de cabeza sería genial —había respondido sin dejar de mirar al animal que caminaba lentamente hacia la cocina como si estuviera siguiendo a su dueña—. Tu apartamento es espectacular, por cierto.
La rubia rio aun dándole la espalda.
—Eso mismo dijiste ayer.
—¿Cómo es que te acuerdas de todo? Esto no suele pasarme. Ni siquiera recuerdo la última vez que tuve una resaca tan mala.
—Solo bebí dos copas de vino. Tú te tomaste mi tercera y otras más.
—¿En serio?
—Estabas muy decidida a hacerlo. Y, en aquel momento, tu argumento para emborracharte me pareció justo. Que conste que ya me había bebido una copa de vino. Igual, me debes una —le advirtió divertida.
—Bueno… eso explica el dolor de cabeza.
—Te haré un café y mientras tanto toma esto —le entregó dos píldoras.
Jane asintió agradecida y en silencio observó cómo se movía de un lado a otro en la cocina. Era raro verla —al menos en persona— sin un vestido o algo extremadamente formal o elegante. Le gustaba mucho esta Maura; la que ahora vestía una blusa blanca de mangas cortas y un jean negro que parecía hecho a su medida. Lo que más la impactó es que estaba descalza.
—Te ves diferente.
Maura la miró por encima del hombro.
—¿Uhm?
—Cuando te vistes así.
—¿No me queda bien? —se giró una vez que el café comenzó a colar—. No siempre uso vestidos, Jane. También me gusta vestir casual. Me has visto muchas veces así y siempre me pongo tu ropa cuando me he quedado a dormir en tu casa.
—Sí, pero no tanto en persona.
Maura ladeó la cabeza, pensativa.
—Tienes razón. Por cierto, te dejé una toalla y un cambio de ropa en el baño al final del pasillo. Creo que podrá ayudarte con el dolor de cabeza.
—¿Me dará tiempo para el café?
—Anda. Te esperaré.
Jane emergió del baño en tiempo récord y sintiéndose más fresca que nunca. El dolor de cabeza se había aliviado bastante y las penas se habían ido –de momento- con la suciedad y el olor a alcohol.
La rubia le había dejado la copa de café sobre la isla de la cocina y había desaparecido. No fue hasta que sintió una ráfaga de viento, que se dio cuenta que la puerta del balcón estaba abierta y allí estaba ella.
—Creo que este café es el mejor que he tenido en mi vida —abrió los ojos como platos al degustar el líquido por primera vez —tienes que decirme tu secreto. Mi madre sentiría mucha envidia.
—No hay secreto y, como siempre, estás exagerando un poco.
—¡No exagero! Está muy bueno —se ajustó la toalla sobre los hombros para que el pelo mojado no goteara sobre la blusa—. Es muy bonita esta parte de Nueva York. Parece que a Bass también le agrada.
—Se viene siempre que abro la puerta. El sol le hace bien a su caparazón.
—Ummm. —No pudo decir nada más. Se limitó a mirarla en silencio; cómo se apoyó con los brazos en la barandilla y el viento agitaba varias hebras de cabello dorado que habían escapado de la coleta que se había recogido perezosamente.
Tenía que dejar de quedarse boba mirándola. ¿Cómo podía evitarlo? La mujer llegaba a ser hipnotizante y eso no se lo podía negar ni a si misma.
—Mi madre quiere que vaya a verla al estudio. ¿Te apetece acompañarme? — preguntó, regresando a la cocina, seguida por Jane.
—Claro. Si no te es molestia sacaré el boleto de regreso para mañana.
—No es molestia, puedes quedarte aquí todo el tiempo que desees. —Se quedó en silencio un instante, mirándola de pie a cabeza— ¿Necesitas un secador para el pelo?
—No, terminaré de secarlo con la toalla.
—Bien. Te haré unos panqueques y salimos.
—Maura eso no es neces…
—No escucho nada, detective Rizzoli. Tiene que alimentarse bien.
—Solo si me permites vendar tu brazo.
—Ohh… olvidé hacerlo. No sé dónde tengo la cabeza.
Jane dejó la taza de café al lado del fregadero y la hizo girar lentamente para examinar más de cerca la herida. Había tenido razón; el doctor había hecho un excelente trabajo.
—¿Maura… Estabas durmiendo en tu oficina? —No supo por qué había preguntado aquello en ese momento. Las palabras habían escapado de sus labios antes de darse cuenta de lo que estaba diciendo. No había pensado. Sintió que se tensó un poco y estaba evitando mirarla directamente—. ¿Por qué?
—Tenía mucho trabajo. Estaba ocupada y venir a casa me quitaba mucho tiempo —farfulló sin poder mirarla aún. Era la verdad; había tenido mucho trabajo, pero no había sido necesario quedarse en la oficina. Nunca lo había sido.
—Eres como yo. Cuando algo te preocupa te hundes en trabajo. En cualquier cosa que te distraiga —concluyó, apoyándose en la isla, registrando la caja de primer auxilio.
—Somos mujeres muy ocupadas. —¿Cómo decirle que desde aquel momento cuando susurró ese "Te quiero" no había dejado de pensar en esas palabras? En ella. Que la única forma de alejarla de sus pensamientos era sumergiéndose en el trabajo porque ni siquiera en sueños podía escapar de ella. Era una mujer prohibida. Aún lo era. Y ahora… ahora sus sentimientos no serían más que una carga para Jane. No eran importantes en ese instante.
Jane observaba con atención el mínimo cambio en aquel rostro que intentaba sonreírle. Maura no reaccionó cuando comenzó a limpiarle el brazo antes de vendarlo.
—Tienes razón —concordó y la rubia giró la cabeza para mirarla a los ojos, dándole el último empujón que necesitaba para hablar—. Te había escrito un mensaje... no estoy segura si ya lo leíste, pero te decía que quería hablar contigo... fue antes de que todo esto pasara —pausó al registrar un leve asentir de la mujer—. Hubo un momento que pensé que me estabas evitando a propósito. Intenté pensar, repasar cada palabra que te había dicho que pudiera hacer que quisieras evitarme. —Maura arrugó la cien y permaneció callada, mirándola. Jane había terminado de vendar el brazo, pero no se había movido ni un centímetro de su lado—. Creo que mis palabras pudieron haberte incomodado después de lo ocurrido en la casa de la playa...
—Jane, yo no...
—No... —le rogó con la mirada—. Si me detienes ahora no se sí podré decirlo después.
Maura tragó visiblemente en seco y volvió a asentir.
—Quería estar equivocada al pensar que me estabas evitando. Siento que cometí un error al decirte que te quería cuando nos despedíamos en el aeropuerto... —Los ojos de la rubia reflejaron pánico y comenzaron a brillar—. Fue egoísta de mi parte ponerte en esa posición. Lo dije sin pensar al dejarme llevar por mis sentimientos en ese instante y me olvidé de...
—De nuestro acuerdo —terminó Maura después de varios segundos en un silencio acompañado por una mirada nerviosa de la morena.
—¿Fue eso?
—Jane...
—Nuestro acuerdo... no sé cómo...
—Antes de todo soy tu amiga... —la interrumpió, girándose por completo quedando frente a frente—. ¿Deseas que sea honesta? —fue apenas un susurro que, si no se hubiera acercado, no la hubiera escuchado. —¿Deseas escuchar la verdad?
Jane sintió cómo su corazón latió contra su pecho cuando la distancia se acortó entre las dos. Se encontraban tan cerca como en la casa de la playa.
—Siempre deseo que seas honesta conmigo —fue apenas un susurro que hizo que Maura cerrara los ojos por unos segundos. Los segundos necesarios para intentar apagar su cerebro y también ser honesta con ella misma.
—Es difícil... ha sido difícil olvidar tus palabras. Es difícil deshacerme de lo que siento, dejar a un lado los sentimientos. No puedo hacerlo. Lo intenté. No te estaba evitando, no a ti. Me estaba evitando a mí misma o eso intentaba, ese lado de mí que... —volvió a tragar en seco, perdiéndose en los ojos oscuros que aún la miraba, nerviosos— …que no deja de pensar en ti… por mucho que lo intente. En aquella casa de la playa tuvimos un acuerdo en el silencio. Un acuerdo que no hizo más que llenarme de esperanzas porque… porque me hizo pensar que tú sentías lo mismo que yo.
—No soy diferente a él...
Maura dio un paso atrás para mirarla extrañada.
—¿De qué hablas?
—Gabriel me traicionó. Y yo... yo tengo sentimientos por ti. ¿Qué tan diferente puedo ser cuando mis sentimientos ya estaban divididos?
—No eres nada como Gabriel —objetó con firmeza, acercándose para sostener el mentón de Jane con sus dedos, haciendo que la mirara a los ojos—. No eres nada como él. Respetaste tu relación y a pesar de todo lo has respetado a él.
—Y te he lastimado a ti —susurró apenas audible, con ojos brillosos-. Y no deseo lastimarte, pero no sé cómo no hacerlo –su voz se quebró en la última silaba.
—Oh, Jane. —la abrazó con fuerza y cerró los ojos al sentir que Jane la abrazaba por la cintura como si se estuviera aferrando a su cuerpo—. Soy más fuerte de lo que parezco —sonrió al escuchar una risa mezclada con un sollozo, y se separó lo suficiente para limpiar una lágrima de aquel rostro—. En estos momentos necesitas a alguien que te apoye y que esté para ayudarte con lo que necesites. Puedo ser esa amiga, lo he sido hasta ahora y lo puedo seguir siendo.
—No quiero usarte de esa forma...
—No me estás usando. Nada me hace más feliz saber que mis sentimientos son recíprocos, pero creo que necesitas tiempo para volver a tomar control de tu vida y de tus emociones... ¿me equivoco?
—Rara vez lo haces...
—Si fuera necesario... entendería si necesitas tiempo y espacio de mí.
—No, eso no será necesario, Maur.
Maura asintió y se separó lentamente antes de aclararse la garganta.
—Entonces ¿Panqueque y huevos?
Jane sonrió y asintió.
Jane caminaba distraída por el estudio de Constance, mirando las fotografías en las paredes y algunos cuadros. Maura había entrado en la oficina de su madre unos diez minutos atrás.
—¡Natalia, no corras! —pidió Ella, entrando por la puerta, siguiendo a la niña— ¡Jane! —Exclamó sorprendida al verla. Pensé que ya estarías en Boston-. ¡Natalia, ve a jugar con los colores de Consti!
—Regresaré mañana —le informó y miró la niña que se había quedado notablemente tranquila.
—Le encanta el arte. Está en la familia; mi hija es fotógrafa y Maura siempre lleva a Natalia a su estudio cuando está pintando. Es la única forma de tener algo de silencio. ¿Y Maura? ¿Quieres un té?
—No, gracias, aunque agua no estaría mal.
—Sígueme entonces.
Jane la siguió, mirando de reojo la puerta cerrada de la oficina de Constance.
Maura había quedado boquiabierta, mirando la carpeta que su madre había dejado abierta enfrente de ella.
—Reacciona, hija.
—¿Cómo quieres que reaccione? Esto es demasiado… ¿Por qué no me consultaste antes de tomar una decisión así de precipitada?
—¿Precipitada? He estado rentando el lugar por años. Evan se va del país y me dijo que lo vendería así que lo compré.
—Ni siquiera vivo en Boston.
—Eso lo puedes cambiar.
—Madre… No puedo… No sabes lo que está pasando.
—Claro que sé. Diana Bennett, ¿no? —La expresión estupefacta de su hija fue respuesta suficiente. Constance se levantó y caminó alrededor del escritorio para sentarse a su lado—. Me encontré con ella en la cafetería del hospital cuando esperaba por ustedes para irnos. Le gusta hablar, especialmente cuando le pregunté cuánto tiempo tenía. Después de eso solo fue cuestión de conectar los puntos. Tu madre no es tonta.
—No cambia nada. No cambia nada entre nosotras, madre. Jane necesita una amiga en estos momentos. Nada más.
—He tenido esta carpeta desde que regresamos. Quería dártela antes pero no salías de tu oficina. ¿Sabes por qué lo hice? Porque detestas tu trabajo; no el de forense sino en lo que se ha convertido. Trabajas más para el alcalde que para la ciudad.
—Madre —intervino, pero Constance alzó una mano, deteniéndola.
—Piénsalo. Ya está comprado. Puedes usar la galería para lo que desees y todas tus cosas aún siguen en el sótano—. Maura la contemplaba con incredulidad y Constance continuó—. En realidad no necesitas trabajar. No estaría mal que tomaras unas vacaciones y te dediques a lo que realmente disfrutas. Puedes conseguir trabajo siempre que desees.
—Lo sé. Eso no significa que dejaré todo y me mudaré a otro estado.
—Solo quiero que estés bien. Que estés feliz. Tu trabajo no te está haciendo feliz en estos momentos.
—No tienes que decidir por mí.
—No lo he hecho —aclaró en voz baja, mirándola a los ojos— Solo quiero lo mejor para ti y lo que eso sea solo lo puedes decidir tú, hija.
—Gracias, madre —murmuró y se puso de pie. Constance asintió e hizo lo mismo, siguiéndola.
Jane y Ella hablaban sentadas en el sofá al otro extremo del estudio, con Natalia en el suelo enfrente de ellas, dibujando.
—Demoraron mucho.
—Maura no se ve muy feliz —pensó Jane en voz alta y frunció un poco el ceño.
—La conoces muy bien.
Jane se sonrojó, estremeciéndose visiblemente y evitó mirarla. Ella era la única persona que sabía que había algo más que amistad de su parte. En el fondo esperaba que la mujer se hubiera olvidado de la conversación que habían tenido mientras compartían un café en aquella cafetería de pena en el hospital, pero ahora se le hacía bastante claro que no habría forma de que eso pasara.
—Ella ¿Puedo hablar contigo un momento?
—Uy —murmuró la mujer y Jane negó con la cabeza, divertida.
—Presumo que la conversación con tu madre no fue tan bien? —le preguntó, cruzando los brazos mientras la seguía por el pasillo.
Constance había tomado su lugar al lado de Jane en el sofá.
—¿Sabías sobre eso?
Ella se sacudió de los hombros.
—Lo hace con buena intención.
Maura suspiró desconcertada.
—Quería hablarte de algo más —bajó la voz y Ella le dedicó toda su atención, interesada.
—Ayer cuando llegamos al apartamento Jane estaba ebria y decía cosas…
—¿Aja…?
—Dijo algo sobre ti. Que tenías razón o algo así ¿Algo que habían hablado?
—Hemos hablado de muchas cosas —intentó mostrarse desinteresada.
—¿Le hablaste de mí? Porque estaba diciendo cosas muy raras. La mayoría sin sentido pero claro estaba que hablaron sobre mí. ¿Qué me protegías?
Ella le sostuvo la mirada e inspiró hondo y se irguió.
—No fue nada. Solo tuvimos una breve charla.
—Ella…
—¿Qué? —Cruzó los brazos, suspirando con más fuerza—. No fue nada, Maura. En serio.
La rubia entrecerró los ojos, mirándola detenidamente antes de mirar a la morena que se reía con su madre.
—No sé qué puedo hacer para ayudarla— confesó, agobiada, entrelazando los dedos nerviosa.
—Todo saldrá bien. Por lo menos se ve mejor que yo cuando estaba en sus zapatos. Estoy segura que ya es suficiente con que estés a su lado.
—No, no está bien. Está siendo Jane; la tormenta está adentro, aunque esté sonriendo de esa forma. Está sufriendo y me siento inútil por no hacer nada —susurró casi inaudible.
Ella rodeó sus hombros con un brazo, acercándola.
—Créeme que estás haciendo muchísimo. Estoy segura que ella también lo piensa así. Es por ti que ahora está sonriendo de esa forma. Estás con ella en las buenas y las malas… hasta en el silencio.
—Mi madre quiere que deje el trabajo… que me mude o vaya a Boston por un tiempo.
—¿Eso quiere o eso te propuso?
—Sabes cómo es.
Ella sonrió de oreja a oreja antes de volverse seria nuevamente.
—¿Entonces?
—No hay un entonces.
Maura se mordió el labio inferior antes de negar con la cabeza, intentando convencerse a sí misma. Ella se acercó haciendo que la mirara y le habló en voz baja.
— ¿Eres feliz con ella solo como amiga, como compañera de trabajo?
—Como todo —terminó Maura—. Hay veces… hay veces que deseo no sentir… más. Sentir esto. No me deja disfrutar todo lo que tengo. Solo quiero apoyarla en estos momentos sin pensar en mí.
—Ya lo haces. Olvídate de lo que te dijo tu madre. Haz lo que el corazón te dicte y lo que te haga feliz.
—Ya no puedo comer más -respiró profundamente, acostándose en la alfombra al lado de la mesita de café-. Me estás mimando demasiado.
Escuchó la risa de Maura desde la cocina, mezclada con el ruido del televisor que tenían de fondo. Entre las dos se habían comido una caja y media de pizza -mayormente ella- aunque para su sorpresa Maura había comido mucho más de la normal.
-Ten.
Jane abrió los ojos para ver la imagen de la rubia mirándola desde arriba, sosteniendo una botella de cerveza abierta.
-Eres la mejor aunque no se si pueda terminarla.
-Eso dijiste con la primera. -Se sentó al lado de Jane en el suelo, apoyando la espalda en el sofá.
-La compraste por mí así que no puedo derrocharla. Esta será la última sí o sí o no podré despertarme a tiempo y perderé mi vuelo.
-Puedo despertarte.
Jane soltó una carcajada y se incorporó para sentarse a su lado.
-Espero no llegar a ese punto… otra vez. La verdad es que no deseo tener el mismo dolor de cabeza de hoy.
-Me aseguraré que solo tomes cerveza.
-Estaré bien -dijo después de varios minutos y la miró cuando sintió la mirada de Maura sobre ella-. Te había dicho que te diría cuando estuviera lista y creo que lo estoy, bueno, creo que sería mejor ahora que después… y creo que tienes buena idea de lo qué pasó ¿no?
-Prefiero no deducir.
-Imaginé -susurró con una leve sonrisa-. Diana está embarazada con el hijo de Gabriel. La vi besarlo cuando llegue a su habitación en el hospital. Gabriel había insistido con tener una familia -un bebé-, creo que te había comentado cuando nos conocimos…
-¿Sobre tu horno?
Maura preguntó con seriedad y Jane no pudo evitar reírse. Necesitaba esa risa.
-No puedo creer que te acuerdes de eso, pero sí, mi horno. Había pensado que dejó el tema porque había entendido mi punto de vista. Ya ves que no es así, simplemente -supongo- que encontró a otra que le diera lo que yo no estaba dispuesta.
-Pero estabas dispuesta solo que no lista, aún ¿no?
Aquellas palabras le recordó a una pregunta que le había hecho Patricia. El silencio de Jane se prolongó y Maura se mantuvo callada, esperando.
-Patricia me preguntó si estaría dispuesta a tener "una familia" cuando cerrara el caso. Creo que en aquel momento me permití ser honesta con ella y conmigo misma. Me pregunté si quería tenerlo una vez que cerrara el caso, ¿pero que iba a cambiar? Después de este caso vendrá otro y otro y… creo que solo era una excusa. -Tomó un largo sorbo de cerveza y suspiró.
-¿Una excusa para no tener un hijo? -preguntó con delicadeza.
-No. Sí me gustaría tener uno algún día… o tal vez podría adoptar.
-¿No entiendo… por qué sería una excusa?
-¿Siendo honesta? Ni siquiera yo estoy segura. Tal vez, inconscientemente, pensaba que no era el indicado.
Maura ladeó la cabeza, claramente confundida y Jane tomó otro sorbo.
-Gabriel… que él no era el indicado para tener una familia. Supongo que mi madre a veces puede llegar a tener razón "Las cosas siempre tienen su razón de ser" ya quiero saber qué va a opinar de todo esto. No la verdad que no -hizo una mueca con solo imaginarse las posibles reacciones de su madre.
-¿Qué harás? Con Gabriel.
-Hmmm
Maura tomó un sorbo de su vino si apartar la mirada del rostro de Jane.
-Mi abogado lo contactará lo más pronto posible, si es que ya no lo hizo. -Maura abrió los ojos, sorprendida, como si fuera lo último que esperaba escuchar-. Le pediré el divorcio.
Maura permaneció con la copa cerca de sus labios, inmóvil. No sabía qué decir, aunque estaba segura de que estaría haciendo lo mismo si estuviera en el lugar de Jane.
-¿Cómo puedo ayudarte? -preguntó con sinceridad.
-Ya lo haces, Maura. Siempre lo has hecho, aunque no seas consciente. Ya te había dicho antes de todo esto que me siento tranquila con solo tenerte cerca. Siempre has tenido ese efecto en mí, aunque mi nariz estuviera sangrando y tuviera un ataque de pánico al ver que estaba arruinando tu vestido.
-Apenas nos conocíamos en ese entonces.
Las mejillas de Jane se sonrojaron inexplicablemente.
-¿Sería raro si te digo que tuviste ese efecto desde la primera vez que te vi?
Aquella pregunta la dejó muda de una forma muy obvia porque entre más se estrechaba su silencio, más amplia se hacía la sonrisa de Jane.
-No. No sería raro.
-Menos mal -exhaló y abrió la caja que aún tenía algo de pizza.
-¡Jane! Pensé que ya no podías comer más.
-Sé que no te la vas a comer mañana, así que solo te haré el favor.
Maura soltó una carcajada de esas raras que Jane solo había tenido el placer de presenciar en persona muy pocas veces.
-Esperó que no te estés riendo de mí -intentó sonar ofendida, pero no podía dejar de sonreír al ver cómo Maura se sostenía el abdomen, riendo descontroladamente.
