Momentos previos a la cena


La campana sonó, anunciando en toda la escuela la llegada del recreo. Kagura se apresuró rápidamente a guardar todos sus útiles escolares y, ante la mirada atónita de Soyo, salió despavorida del salón de clase, como si hubiese algo sumamente importante que ella tuviese que resolver y que ya no le podía dar más espera.

—¡Kagura-chan, espérame! —gritó la pelinegra, tratando de empacar sus útiles a la misma velocidad que la pelirroja, pero fracasando en el intento. Al final, cuando salió al pasillo, no pudo alcanzar a la chica. Es más, no sabía hacia donde se dirigía.

—¿Qué pasó con Kagura-chan? —preguntó Shinpachi en cuanto alcanzó a Soyo. —Salió corriendo como alma que lleva el diablo, y ni siquiera me vio.

—No lo sé, tal vez tenía que hacer algo importante. —dijo la chica, mirando el camino por el que se había ido su mejor amiga sin darle una explicación.

De pronto, el foco de las ideas se le prendió, y se imaginó la posible razón por la que Kagura había salido de esa forma del salón de clases. La había visto distraída—más de lo normal—, como pensativa, dándole vueltas a algún asunto, y Soyo creía enteramente que ese asunto tenía que ver con su castaño "hermano mayor". Desde que había pasado el incidente de la mañana, en donde Okita no le replicó el insulto a la pelirroja, la niña había estado muy silenciosa. Prueba de ello fue que no hizo bromas guarras dentro del aula de clase mientras transcurrían las horas de la mañana.

—¿Crees que debamos buscarla? —preguntó Shinpachi, pareciéndole extraño ese brillo que tenía Soyo en la mirada.

Una sonrisa de complicidad se formó en las facciones de la chica. —No. Dejémosla. Creo que estará bien por su cuenta. —eso se lo decía su intuición, y esa casi nunca fallaba. —Mejor busquemos un lugar donde sentarnos y estudiar las fichas con nuestra información para la cena de mañana.

—Bien, pero me hace falta la de Kagura.

—Dije que la dejemos por ahora. —Shinpachi asintió rápidamente ante el aura amenazante de la niña.

Unos minutos más tarde, estaban sentados bajo un árbol, con sus respectivos almuerzos—que gracias a Dios nos los cocinó Tae—y con los papeles llenos de información de los miembros de su "familia". Efectivamente, como había dicho el chico de lentes, hacia falta la ficha de Kagura. Soyo supuso que la elaboraría más tarde, después de resolver el incidente.

—"Respuestas oficiales y todo lo que se me ha ocurrido por Shimura Shinpachi" —leyó Soyo la ficha que tenía en sus manos y soltó una carcajada. —¿Tenías que ponerle un título?

—Así se ve más original. —Shinpachi se rascó la cabeza, nervioso. —¿Te lo leo?

—Por favor.

—Mi cumpleaños es el 12 de agosto, soy de signo leo, mido 166 centímetros y tengo 16 años. No puedo ver si no utilizo lentes, probablemente tenga miopía, nunca he ido a que me revisen por falta de dinero. Soy fan de la música de Terakado Tsuu. Es la mejor cantante que pudo haber existido, y soy líder de su club de fans. Me gusta cocinar, soy fanático a la limpieza y he vivido esclavitud laboral y represión desde que empecé a trabajar en la Yorozuya Gin-chan. Más que todo porque mi jefe es una mierda.

Soyo parpadeó varias veces, impresionada por la última parte de la historia de Shinpachi. —Esto es…bastante peculiar. ¿Gin-san te tenía en situación de esclavitud?

—Trabajar gratis es esclavitud. —el rostro de Shinpachi se puso sombrío.

Soyo soltó una pequeña risita ante eso, no porque se alegrará del sufrimiento de su amigo, para nada. Es solo que cuanto más Shinpachi hablaba sobre sus días siendo empleado de Gintoki, todo se le hacía muy gracioso. Las anécdotas que tenía junto al hombre de cabello plateado eran por mucho las mejores que había escuchado la pelinegra. O sólo quizá le parecía genial por el simple hecho de la libertad que tenía Shinpachi y la buena relación que tenía con Gintoki, a pesar de que, palabras del Shimura menor, fuera un viejo tacaño apostador y bebedor.

—Pero es un gran tipo, a pesar de todo. —concluyó Shinpachi sus historias de sufrimiento con el hombre, teniendo una sonrisa nostálgica en el rostro. —Agradezco mucho que se haya quedado conmigo y mi hermana en todo este embrollo.

Soyo le devolvió el gesto y se atrevió entonces a tomar la mano del pelinegro entre la suya enguantada, como para hacerle saber que ella entendía el nivel de aprecio que sentía él por el hombre.

—Gin-san es una gran persona, y a pesar de que no tenga algunos puntos a su favor, aún así sigue siendo alguien valioso, a pesar de que en su ficha de información dijera que vendería a sus "hijos" por muchas fichas para el Pachinko.

—Si, por supuesto que… espera, ¡¿Dónde dice eso?! —Shinpachi buscó frenéticamente la hoja de información que Gintoki había escrito para ellos. —¡¿En serio?! ¡La peor parte es que esto no me sorprende!

—Bueno, aún así demuestra su amor todos los días, ¿no?

—Es un asco.

Soyo levantó su otra mano—porque la otra seguía sosteniendo la de Shinpachi—y le dio palmaditas en el hombro, para evitar que entrara en su estado depresivo y sombrío. Y, estando en medio de eso, de un momento a otro la pierna de alguien fue estrellada contra el tronco del árbol en el que ellos estaban, haciendo que este se sacudiera. Ella y Shinpachi miraron el zapato—que probablemente había dejado marca de la suela en el tronco—asombrados.

—Chispitas, gafas. —Soyo se puso rígida y Shinpachi sonrió, aunque algo nervioso. —¿Dónde está mi hermana?

En vista de que la niña Tokugawa se negaba a mirar al muchacho y responder la pregunta, Shinpachi lo hizo por ella. —No sabemos. Soyo-chan ha dicho que ha salido corriendo del salón una vez se avisó del recreo.

—Uhmm. —Ese sonido ambiguo más la sonrisa amistosa del muchacho no era un buen presagio. —Qué raro, porque el estúpido cabeza de hongo tampoco está en ningún lado.

La chica giró su cabeza bruscamente para mirar al pelirrojo. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho, la pierna todavía conectada al tronco del árbol, los ojos cerrados y su sonrisa de siempre. —No deben estar juntos, si eso es lo que piensas. Kagura-chan dijo algo de hablar con una maestra para mejorar su…nivel de inglés.

El muchacho mayor abrió los ojos para mirar a Soyo quien, por el contrario de lo que él hubiese imaginado, le sostuvo la mirada, asegurándole que ninguna de sus palabras era una mentira. Shinpachi, ajeno a la situación, se la pasó mirando a Soyo, luego a Kamui, de vuelta a Soyo, y así sucesivamente, preguntándose si estaban respirando mientras se miraban uno al otro.

Era…raro.

Y así, tan extrañamente como empezó el contacto visual, desapareció, pues Kamui cerró los ojos y volvió a sonreír, retirando su pierna del lugar que había golpeado para después dar la vuelta y marcharse de allí. Soyo se relajó notablemente cuando no vio ningún rastro de mechones rojos a la vista.

Shinpachi prefirió no señalar el hecho de que se habían estado viendo casi por tres minutos seguidos sin parar, y por supuesto no le iba a decir que sus habilidades eléctricas se salieron un poco de control, pues había sentido el flujo de energía a través de la mano que aún sostenía, a pesar de estar enguantada.

Le parecía increíble que una persona pudiera alterar tanto a otra sólo con su mera presencia, tal y como lo hacía Kamui con Soyo.


Desde que partió de la casa de esas personas, Nobume no había leído ni una sola palabra de lo que traía el folio que había robado la noche anterior. No estaba precisamente feliz de que la pusiesen a esperar para poder reunirse con la mujer que mantenía cautivo a Isaburo, pero no tenía más elección.

—Ya puedes pasar. —habló un hombre que recién salía de la oficina de la mujer. La chica asintió, para luego pararse y adentrarse a los confines de la habitación.

—Hola, Nobume. —saludó ella cordialmente, con una sonrisa en sus rasgos ya un poco maduros. —Me dijeron que tenías algo para mí, ¿no?

—Si. —junto a la declaración, la peliazul asintió con la cabeza, dejando ver el sobre de manila que tenía en la mano. La mujer alzó una ceja, interesada. —Como sabe, fallé en la misión de traer a la matriz uno y dos, pero no volví con las manos vacías. Este Folio lo traían ellos, y supongo yo, contiene información importante.

—¿Y qué pides por devolvérmelo?

—Isaburo.

—No puedo liberarlo, mi pequeña.

—Pero puedes dejar la tortura. Prometo que no te fallaré, pero por favor, déjalo vivir tranquilo en su cautiverio.

La mujer la miró por unos momentos, sopesando sus opciones. Nobume era un gran elemento que no se podía dar el lujo de perder. Tenía que conseguir a todos esos mocosos y conseguir la forma para que sus poderes fuesen transferidos a ella. Y, mientras Kamui y Kagura no encontraran a su madre, quizá tendría oportunidad de hacerlos volver a Central, ya sea a las buenas, o a las malas.

Por otro lado, también necesitaba deshacerse se otra persona.

—Está bien, Nobume. Haré lo que me pides, pero necesito que hagas algo más por mí. —la chica la miró atentamente. —El hombre de cabello plateado que conociste…mátalo.

Aquella petición logró que ella se asombrara y dejara, por unos instantes, el semblante estoico que se había acostumbrado a llevar. ¿Qué tenía que ver Sakata Gintoki con todo el asunto? A pesar de querer preguntarlo, supo que de todas formas no recibiría una respuesta. Solo debía acatar la orden y esto era todo.

—¿Y entonces que pasará con los chicos? —preguntó, recuperando su expresión habitual.

—Le encargaré la tarea a otra persona que trabajará en conjunto contigo, pero en tareas distintas.

Tenía curiosidad de saber quién era esta persona.


Parecía que iba a llover, a juzgar por las nubes que se estaban formando en el cielo, haciendo que este pareciera un poco gris. Kagura suspiró, cerrando los ojos para disfrutar un poco de la brisa que parecía por el momento muy refrescante. Se sentía un poco culpable al haber salido despavorida del salón de clases sin darle mayor explicación a Soyo, pero realmente no quería estar ni con ella, ni con Shinpachi, porque seguramente la obligarían a estudiar esos estúpidos folios que se les pidió elaborar y hasta donde tenía entendido, sólo faltaba el de ella. Tal vez podría ir con su hermano, pero, conociéndolo, estaría con el super sádico, y ella definitivamente no quería estar cerca de él.

Desde la mañana había estado muy raro, tratándola como si ella no existiera. Y no es que a Kagura le importara realmente si el estúpido chihuahua la notara o no, pero no dejaba de darle vueltas a la idea de que él la estaba acusando silenciosamente por algo que ella definitivamente no había hecho. Y, además, si hizo algo, ella no se acordaba de haberlo hecho. No debería preocuparle en lo más mínimo para empezar, pero aun así algo dentro de ella no dejó de darle vueltas al asunto, y había un nudo en su estómago todo el tiempo después de ese incidente en la mañana con Okita.

—Maldito sádico de mierda. —le dijo a la nada.

—Es tan lindo que estés pensando en mí, china. —la voz del castaño la hizo saltar inmediatamente de su posición, con su corazón latiendo a mil.

—¡¿Qué mierda?! —gritó, porque no podía defenderse de él al decir que estaba insultando a otra persona, pues todos sabían que el único al que ella llamaba sádico era él. Estaba arrinconada. —¿Qué haces aquí?

Sougo la miró, aún sin comprender realmente por qué ella estaba actuando como si no lo hubiese besado la noche anterior, pero trató de ignorar sus pensamientos—a pesar de que sabía que Seita no estaba alrededor para exponerlo—y mejor se enfocó en la pregunta. No podía—y no iba a decirle, tampoco—que la había seguido. Le pareció extraño ver la forma en la que ella había subido las escaleras hacia la azotea, a toda prisa, y más extraño aún que no había sido seguida por Soyo. Así que hizo lo primero que se le vino a la cabeza, sin siquiera pensarlo dos veces o tener un plan elaborado.

—Yo estaba aquí primero. —fue lo mejor que se le pudo ocurrir y, al parecer, la chica pareció comprar el cuento.

—Cómo sea —los siguientes minutos pasaron con ellos dos allí, en la azotea. Kagura acostada en el piso y Sougo recostado contra la pared.

Después de otro minuto más, Okita sacó las fichas de información que le habían pasado sobre cada persona perteneciente a su "familia". Pasó hoja por hoja, pero no encontró ninguna que fuera de la china.

—China, ¿dónde está tu ficha? —cuestionó, a lo que la pelirroja se apoyó en sus codos para mantener la parte superior de su cuerpo levantado.

—¿Qué ficha? —preguntó ella, pareciendo claramente confundida.

El castaño la miró con su mismo rostro inexpresivo de siempre, pero por dentro estaba desconcertado por la actitud de china.

—¿Cómo que qué ficha? La que teníamos que hacer con la información de cada uno de nosotros para estudiarla. —le mostró los papeles que tenía en la mano, como para demostrar su punto. —Pensé que tu cerebro de maní podía por lo menos almacenar ese tipo de tarea.

Kagura puso un dedo en su mentón, pareciendo pensativa. —¡Ah, esa ficha! Lo olvidé. —respondió, ignorando adrede el insulto a su cerebro. —Soy más de improvisar.

El chico rodó los ojos. —¿Al menos has estudiado alguna ficha?

—Eres muy molesto. —ella escupió, con enojo. —No. No lo he hecho. ¿Por qué no te ocupas de tus asuntos y me dejas en paz?

—Whow, el simio se levantó con el pie izquierdo. —tras decir aquello, tuvo que esquivar un zapato que fue lanzado directo a su cara. —La verdad, esto no es mi problema. No es difícil saber cosas sobre ti. Eres como un libro abierto.

Kagura frunció el ceño. Ni siquiera su hermano mayor, sangre de su sangre, sabía cosas sobre ella, ahora este, que apenas si se conocían. La pelirroja se sentó completamente. —Vale, sádico, entonces dime: ¿cuál es mi plato preferido? ¿Qué es lo que más me gusta? ¿Qué es lo que más odio? ¿Qué cosas me dan miedo? Venga, te escucho, inútil.

Sougo la observó por un minuto, sintiendo un poco de gracia ante el ceño fruncido que la hacía ver como una niña pequeña. No era para nada intimidante. —Muy fácil, china. Tu plato preferido es el arroz con huevo. Odias que te llame mono, gorila, simio, orangután o cualquier tipo de primate. —ella frunció más el ceño. —Te gustan mucho los animales y no te da miedo casi nada. Bueno, solo una cosa; que te separen de tu hermano y de esta familia extraña que has encontrado. Eso te da pánico. —para ese punto, el rostro de la pelirroja reflejaba sorpresa, pues sus ojos estaban muy abiertos. —¿He acertado?

Kagura volvió a fruncir el ceño, y lo miró burlona. —Estás mal sádico. No has dado ni una.

Y después, ella fue literalmente salvada por la campana. —Bueno, faltan otras cinco horas de tortura, así que mueve ese trasero apestoso, sádico.

—¿Miras mucho mi trasero? —esta vez, el zapato si logró conectar con su cara.


Espero que esto no haya tardado tanto en llegar (a pesar de que sí sé que tardó mucho). Tuve muchos problemas y apenas hace dos semanas que pude volver a respirar tranquila y debo decir que no abandonaré este fic.

Muchas gracias a todos los que aun lo siguen y espero poder traerle el siguiente capítulo pronto.