La reina de tus caprichos

Ilusionada por nuestra reciente reconciliación, imaginaba, mientras me duchaba, mil y una formas de intentar aproximarme a ti, en cuanto saliera de mi aseo. Había estado pendiente de escuchar si se abría la puerta del camarote y, con agrado, solo oí los ruidos que hacías al recogerlo todo ¡Me moría de ganas de lanzarme a tu cuello y comerte a besos!

Mis ilusiones dieron al traste, cuando me secaba, con la aparición de una inoportuna mancha roja. Mi irregular ciclo había decidido hacerme una visita ¿Justamente ahora? Bueno, si hubiera sido unas semanas antes no me hubiera molestado tanto, cuando apenas compartíamos robados besos, aún a escondidas, como si cometiéramos la mayor de las travesuras.

Pero ahora, tras haber estado contigo de una forma tan íntima, sin nada que esconder, rozando nuestros cuerpos desnudos, después de casi dos días sin poder tocarte... ¡Buff! Aquello podría ser una auténtica tortura. Y por si fuera poco, empecé también a notar los fastidiosos dolores punzantes, que me advertían ya, que esta iba a ser una de esas menstruaciones que se hacían odiar. Y, ahora ¿Qué te iba a decir? Aunque yo estuviera manchando, seguía deseando tocarte, cobijarme entre tus brazos, notar tus labios ¡Te añoraba tanto!

Sabía, por los comentarios de otras mujeres y reacciones que había visto trabajando de enfermera, que muchos hombres se sentían incomodados. Nosotros habíamos vivido juntos en el apartamento, pero al no pasar de fraternal, nuestra relación en aquel entonces, no habíamos llegado a compartir esta clase de situaciones.

Aunque, por fuerza, habías de haber visto los indicios de mi período, por mis sábanas y esa bendita costumbre tuya de adelantarte siempre a mí, para hacer la limpieza. Ahora era totalmente diferente. No estábamos casados pero yo ya me sentía completamente tuya. Tras estos días de silencio entre nosotros, la necesidad de ti me era más que acuciante.

¿Cómo te lo ibas a tomar? El dolor empezaba a intensificarse y yo necesitaba algo que me lo calmara y una compresa* ¡Suerte que tomé algunas en mi saco! Pero más tarde debería acercarme a la enfermería.

- ¡Albert! –te llamé a través de la puerta-. ¿Me podrías acercar mi saco? –No estaba segura de si me habrías escuchado y abrí el pestillo. Tu mano apareció cubierta con una muda, como si quisieras adelantarte para sorprenderme, como siempre– Gra… gracias… pero necesitaré una cosa más… y la tengo en el saco –dije un poco apenada.

- Dime que es y te la traigo –se te ocurrió contestar. En ocasiones, tu esmero, podía resultar irritante.

- Esto… tú solo tráeme el saco ¿Quieres?

- ¿Acaso no quieres que husmee? ¿Llevas secretos contigo? –Reíste guasón. Me estaba empezando a exasperar y encima el dolor iba a más.

- Albert, por favor, no estoy para bromas, solo alcánzame el saco –Ya empezaba. Yo misma me percataba de cómo me cambiaba el carácter en esos días y si seguías por el mismo camino, temía que volviéramos a enfadarnos–. Albert, de veras, solo el saco –Yo de mientras había aprovechado para vestirme de cintura para arriba, y mirando hacia mis piernas vi como una caprichosa gota dibujaba un sendero rojo- ¡Diantre!

Apareciste con el saco, acabando de abrir la puerta, apoyándote descuidadamente en el marco. Tras un leve gesto de asombro inicial, mirando entre mis piernas, me comentaste con la mayor naturalidad del mundo– ¡Serás tontina! ¿Por qué no me has dicho que solo necesitabas una compresa? Si dejas el saco en el suelo se mojará todo. Cógela, yo te lo aguanto –Lo abriste sin soltarlo para que pudiera rebuscar. Tomé la compresa, me limpié y por fin pude acabar de vestirme.

- No, no sabía cómo te lo tomarías –comenté entre tanto– A la mayoría de los hombres parece que les perturben estas cosas.

- Bueno, por suerte para ti, yo no soy la mayoría de los hombres –te jactaste-. Y trabajando en el zoo estaba acostumbrado. También les pasa al resto de las hembras de primates **. Aunque ya había tenido una monita en Lakewood hace años, y mi hermana se encargó de explicarme qué le pasaba de vez en cuando. De paso, aprovechó para explicarme que a las mujeres os sucedía algo similar, ¿Cómo te encuentras?

Te miré sorprendida por la agudeza, mientras salíamos del baño– Pues con un poco de molestias -Me senté contigo en mi desvestida litera.

- ¿Te apetece que vayamos a comer o prefieres descansar un poco más? -Acariciaste mi mejilla y agradecí que no me evitaras.

- Me gustaría descansar un poco, pero ¿Podrías quedarte conmigo? Sé que es muy tonto, pero me gustaría poder estar un rato entre tus brazos -confesé, seguramente escarlata-. Estoy segura de que eso aliviará también un poco las molestias -comenté traviesa.

- Claro -Te levantaste un momento y tomaste contigo los papeles y las lentes que tenías en el escritorio. Luego, descalzándote, te tumbaste apoyándote en el respaldo, con una de tus piernas flexionadas e indicándome que tomara asiento entre ellas, tal como lo hiciera en la vieja casona del bosque-. Descansa un poco y en cuanto te encuentres mejor, bajamos a la cocina. Aún nos esperan varias jornadas de trabajo y no es bueno que te saltes comidas, y menos si estás con tu ciclo -Acabé de apoyarme en ti y me rodeaste con tu aroma y con tus brazos, sosteniendo los documentos, mientras tu respiración relajada me rozaba el oído, para revisarlos desde mi hombro. A fuerza habías de tener un don especial, porque mi mal empezaba a remitir.

- ¿Qué es todo eso? -Inquirí señalando los foráneos escritos.

- Algunos son informes sobre la situación aproximada de los sitios que tendremos que visitar, otros mapas para orientarnos con las últimas posiciones conocidas de las tropas, otros son previsiones... más orientativas que otra cosa, porque realmente no podemos estar seguros de nada. También hay listas de personas y lugares que nos ayudaran, pero estos tengo que aprenderlos de memoria y destruirlos cuando lo haya hecho para no comprometer a nadie. Por eso aprovecho cuando tengo algo de tiempo libre para hacerlo.

- ¿En serio? -Me sorprendí, no solo estaban en juego nuestras vidas y la de Stear sino la de terceras personas- ¿Quieres que te ayude? ¿No sería bueno que yo también memorizara algo?

- ¿Estás tratando de decirme que tengo mala memoria? -dijiste serio.

- Bueno, eso tiene gracia viniendo de ti, ¿No crees? -Escuche tu risa.

- ¿Qué tal estás de geografía? -Recordé cuando temía que desde el río que atravesaba Lakewood se pudiera llegar a Europa.

- Creo que bastante mejor que hace años, pero no me vendría mal repasar.

- Bien, de momento te paso los mapas. Céntrate en los ríos y las poblaciones que queden cercanas a ellos. También fíjate en las cordilleras, en ellas hay algunos pasos señalados. Te doy tres tipos de mapas, los orográficos, que son los que más nos ayudarán, y los de las últimas fronteras políticas e idiomáticas, en ellos están marcados la posible situación de altercados. De todas formas, esas zonas las evitaremos a menos que sea estrictamente necesario por coincidir con algún paso inevitable. Empieza por aquí, partiendo desde aquí, que es donde desembarcaremos en Francia -Señalaste un punto concreto en el mapa-, luego deberemos llegar hasta aquí -Señalaste otro punto bastante más alejado que me pareció otro país-. Si te fijas, hay varias rutas que podríamos seguir. Cuando lleguemos deberemos decidir, según el panorama, cuál de ellas tomamos para no ponernos en riesgo. Si las tenemos memorizadas podremos adaptarnos mejor, según los sistemas de transporte disponibles y la seguridad real de cada zona.

Tomé los mapas en mis manos, poniendo los documentos de forma que no te taparan la lectura. Intentaba concentrarme en todo lo que me habías instruido. Pero así, arropada entre tus brazos, me sentí capaz de todo. Al poco, otra duda me asaltó- Pero en Europa hablan varios idiomas, y yo apenas domino el francés ¿Cómo nos entenderemos?

- Déjame hablar a mí cuando veas que no entiendes lo que hablen. Para llevar los negocios de la familia he tenido que aprender varios idiomas y tengo nociones de otros tantos, así que en principio... -Había girado ligeramente, para hacerte la pregunta y me había quedado embelesada estudiando tu rostro. Siendo tú mismo estabas tan diferente de hacía dos días y, sin embargo, igual de apuesto. Me encantaba escucharte hablar y que me trataras como a una igual, sin dar por supuesto que no era capaz de comprender tus planes. Y aquello me resultó terriblemente atractivo. Mi respiración se contuvo, al fijar mi mirada en tus labios y notar que también habías dejado de hablar. Un instante después, nos encontrábamos devorándonos sedientos tras tanto tiempo de contención.

Continuará...


* - Primeras toallas sanitarias desechables comercializadas surgen el año 1890 "Curads and Hartmann's". Las enfermeras fueron las primeras en utilizarlas, y puesto que Candy era enfermera, era más probable que utilizara este tipo de producto que los antiguos trapos y molestos delantales. Además estaba a la vuelta de la esquina que naciera en 1921 una compresa de mayor uso y verdaderamente desechable "Kotex".

** - Solo los primates menstruamos. El resto de animales que tienen algún tipo de sangrado no es menstruación, si no celo. Las primates tenemos la infinita suerte de no ir a base de celos, por lo que las ganas de aparearnos pueden ser constantes durante todo el tiempo. Aunque obviamente nos vemos favorecidos por el buen tiempo.