Capitulo 17 Te Amo
-Ya era hora de que vinieran. Son más de las nueve —dijo la señora Gokōdai mientras salía de detrás del mostrador de la tienda al día siguiente—. Ya se nos ha ido la mitad del día.
Naruto cerró la puerta detrás de Hinata mientras los niños avanzaban por el estrecho pasillo de la tienda. Estaba demasiado contento para dejarse irritar por la indiscreta intromisión de la señora Gokōdai en su intimidad.
—No tenemos prisa —dijo, apretando la mano de Hinata, recordando los gemidos de placer que había arrancado de la garganta femenina aquella mañana, cuando le hizo de nuevo el amor antes del amanecer.
Hinata se sonrojó y agachó la cabeza, fingiendo estar estudiando un rollo de tejido. Los niños corrieron hacia los juguetes que había a un lado del mostrador. Entre ellos, una pelota roja.
Naruto no pudo evitar una sonrisa. La noche anterior había sido mucho más intensa de lo que jamás pudo imaginar. Nunca soñó que la vida pudiera volver a ser tan maravillosa y plena otra vez.
La señora Gokōdai los miró a los dos, y después sonrió. Buscó un bote grande de palos de caramelo y sacó dos. Rodeando el mostrador, dio uno a cada niño.
—Id a sentaros los dos al porche. No quiero dedos pegajosos cerca de mis tejidos nuevos.
Los rostros de los niños se iluminaron con sendas sonrisas y los dos echaron a andar hacia la puerta.
Hinata los detuvo antes de que salieran. Se arrodilló delante de ellos y les susurró algo al oído.
Los dos niños se volvieron y miraron a la señora Gokōdai.
—Gracias.
La tendera les guiñó un ojo.
—De nada, hijos.
Cuando los niños salieron de la tienda, la señora Gokōdai se plantó ante ellos con las manos en las caderas.
—Bien, ya veo que los dos tienen un excelente aspecto hoy por la mañana. Hinata se echó a reír.
—Volvemos al rancho y queríamos despedirnos.
La señora Gokōdai la abrazó. —Les deseo toda la felicidad del mundo. Se retiró un par de pasos y se secó una lagrimita con una esquina del delantal.
— Sé que los dos serán muy felices. Naruto, tengo entendido que el señor Shimura quiere que le lleve los caballos a la cabeza del ferrocarril para inspeccionarlos.
— Sí, lo hará dentro de cuatro semanas. Quiero llegar al mercado pronto, para poder regresar antes de que caigan las primeras nieves. Aunque no quiero estar fuera más tiempo del que sea estrictamente necesario.
Hinata sonrió y le tomó la mano en la suya.
— Nosotros estaremos pendientes de Hinata mientras estés fuera. Shikamaru pasará por el rancho con frecuencia, y así ella tendrá más compañía y no se sentirá tan sola.
Naruto asintió.
— Se lo agradezco. Después de lo que pasó ayer con Uchiha, no me hace ninguna gracia tener que dejarla sola con los niños.
La señora Gokōdai restó importancia al asunto con la mano.
— No creo que le dé ningún problema. Seguramente ya se le ha pasado la borrachera y ha vuelto a su rancho.
—Esperemos que así sea —dijo él.
Uchiha tenía mucho trabajo con su ganado, y cualquier hombre en su sano juicio dejaría al lado las disputas y rencillas por el bien de su rancho. Pero Uchiha no siempre estaba en su sano juicio.
El sonido de las voces de los niños llegó hasta la tienda.
— Será mejor que nos vayamos antes de que se metan en líos —dijo Hinata.
—Es cierto. Hasta pronto, señora Gokōdai. Hinata sonrió.
—Gracias de nuevo.
Los dos se volvieron y echaron a andar hacia la puerta. Naruto tenía la mano en la puerta, cuando oyó la voz de la señora Gokōdai a su espalda.
— Admítalo, Naruto. Hinata y usted forman un gran equipo. Y yo tenía razón.
Naruto posó la mano en la espalda de Hinata. Le encantaba tocarla.
—Usted gana, señora Gokōdai. Usted tenía razón. Formamos un gran equipo. Satisfecha, la mujer cruzó los brazos al pecho.
—Ah, es el sonido más dulce del mundo, oír a un hombre admitir que una mujer tiene razón.
Un gran equipo. No un gran matrimonio. No un gran amor, sino un equipo, como si fueran caballos o mulas.
Las palabras permanecieron grabadas en la mente de Hinata durante muchos días, a pesar de que hizo lo imposible para olvidarlas.
En las semanas siguientes a la boda, el trabajo dominó por completo sus vidas. Naruto tenía que reunir a los caballos que vivían en libertad en las praderas del rancho, y encerrarlos en corrales para desde allí llevarlos a la cabeza de línea del ferrocarril, donde los vendería. Por eso trabajaba desde el amanecer al anochecer, y ella apenas lo veía durante el día.
Los días de Hinata estaban igual de ocupados. No sólo tenía a los niños y sus tareas de siempre, sino que además el rancho se estaba convirtiendo en una parada regular de la diligencia de Shikamaru.
Pero las noches eran diferentes. Les pertenecían a ellos dos. Después de que los niños se metieran en su nueva cama en el desván, ellos se deslizaban en la suya y pasaban la noche amándose.
Era en aquellos silenciosos momentos cuando ella se sentía más cerca de Naruto, cuando, acurrucada contra él, le susurraba su amor. Él la abrazaba con fuerza y la besaba en la mejilla, pero nunca le declaraba su amor. A pesar de todo, al tenerlo tan cerca, Hinata casi podía convencerse de que él también la amaba.
Un domingo de agosto, poco después de las dos de la tarde, Hinata y los niños fueron al establo a comprobar el estado de una yegua que habían adquirido recientemente. Aquel día Naruto había prometido regresar a casa antes que de costumbre, para poder cenar temprano y celebrar el cumpleaños de Hinata. Pero él ya llevaba un retraso de más de un ahora.
Hinata aún no había empezado a preocuparse. Naruto estaba trabajando muy duro y probablemente había olvidado que era domingo y que ella había preparado una cena especial. También lo había olvidado la semana anterior.
Y la anterior.
Las otras semanas ella había restado importancia al retraso. Tenía trabajo que hacer y ella se hacía cargo.
Pero aquella mañana ella le pidió que hiciera un esfuerzo especial para estar de vuelta a tiempo. Era su cumpleaños, le explicó, y quería que tuvieran una cena especial en familia. Naruto le había prometido que así sería, y después de darle un beso de despedida, se fue.
Hinata y los niños se acercaron a la cuadra. La yegua, negra con manchas blancas, se encabritó, alzándose sobre las patas traseras.
—No parece muy contenta—dijo Shinachiku.
— Se está acostumbrando a su nueva casa- dijo Hinata, ofreciendo un puñado de avena al animal. La yegua pateó el suelo, pero no se acercó a ellos.
—Es mejor que la dejemos en paz.
—Pero yo quiero acariciarla —dijo Arashi.
Hinata le revolvió el pelo con la mano. Tanto él como su hermano necesitaban un buen corte de pelo.
—A lo mejor mañana. Necesita un poco más de tiempo —explicó Hinata.
— Deberíamos ponerle un nombre —dijo Shinachiku.
No tenía sentido poner nombre a los animales. Pronto se irían con los demás.
— Seguro que los dos tenéis hambre. —Yo sí —dijo Arashi. —¿Cuándo vuelve papá? Hinata le apartó unos mechones de pelo de la frente.
—Pronto. Ahora os daré a vosotros la comida.
— ¿Podemos comer un trozo de la tarta que has preparado?
Hinata llevaba una semana guardando los huevos para tener suficientes para la tarta.
—Por supuesto.
Media hora más tarde los niños habían comido su plato de estofado y cada uno había devorado dos trozos de tarta. Sólo quedaba media hora de luz diurna, y Hinata los dejó salir afuera a jugar mientras recogía la mesa y limpiaba la cocina.
Molesta porque Naruto había olvidado su cumpleaños, empezó a recoger la mesa, amontonando los platos sucios en el fregadero y devolviendo los limpios sin usar de Naruto a la estantería.
Levantó el mantel blanco por las esquinas y lo sacó al porche, donde suavemente lo sacudió. Era una tonta, lo sabía, pero le hubiera gustado que por unas horas Naruto la pusiera por delante del rancho.
Sonrojada, dobló cuidadosamente el mantel de lino hasta dejarlo en un cuadrado perfecto. Su madre había servido todas sus cenas de cumpleaños en aquel mantel. Hinata había esperado mantener la tradición, pero parecía que Kumogakure no permitía tantos lujos.
Oyó la grave voz de Naruto afuera. Había llegado a casa.
Diez minutos después de desensillar al caballo y darle agua, Naruto, con un niño bajo cada brazo, caminó hacia la casa. Los tres estaban sonriendo.
Hinata se secó las manos en el delantal, y esbozó una sonrisa.
—A ver, ¿qué es lo que estáis tramando?
—Nada —respondieron los niños a la vez.
Naruto dejó a los niños en el suelo y les dio una palmadita a cada uno en el trasero.
— Vosotros dos, id a lavaros las manos para cenar.
— Ellos ya han comido —dijo Hinata —. He retrasado la cena todo lo que he podido, pero tenían mucha hambre.
La mirada de Naruto recorrió la mesa con la tarta a medio comer.
—Me he vuelto a perder la cena. Lo siento. Pero hoy he avanzado mucho. No era cualquier cena.
—El rancho es lo primero.
Naruto se acercó a la encimera y arrancó un trozo de pan de una barra a medio comer.
—La cabaña está preciosa. Has estado limpiando —dijo él, sonriendo—. Nunca he conocido a una mujer que limpie como tú.
—Quiero que todo sea perfecto.
Él le acarició la mejilla con la mano.
—Lo es.
No, no lo era. Hinata deseó apoyar la cara en su pecho y suplicarle que la abrazara. Hoy necesitaba sus palabras. Necesitaba saber que él recordaba su cumpleaños. Necesitaba que le dijera que la amaba.
En lugar de decir nada de eso, Hinatax preguntó:
—¿Qué tal va la manada?
—Perfecta y lista para el viaje. Los demás rancheros y yo nos iremos dentro de un par de días, como habíamos planeado. Si todo va bien, estaremos de vuelta a mediados de septiembre.
—Es mucho tiempo.
— Siempre he detestado estar lejos del rancho, pero no hay otra alternativa —dijo él, y le besó la punta de la nariz—. Pero estaré de vuelta antes de que te des cuenta, ya verás.
Arrancó otro trozo de pan de la barra y se lo metió en la boca.
—Estupendo —dijo ella, seria. Naruto la miró, preocupado.
—¿Qué ocurre? Estás muy rara. Ella se encogió de hombros.
— Supongo que estoy preocupada. Muchas cosas pueden suceder durante el viaje. Naruto le puso las manos en los hombros.
— He conducido ganado y caballos muchas veces. No hay motivo de preocupación. Hinata bajó la mirada.
— Soy una tonta.
—¿Qué es lo que te pasa, Hinata?
— Hoy es mi cumpleaños —dijo ella, en un tono que quería ser alegre. Naruto se pasó los dedos por el pelo.
— Y yo lo he olvidado. -Sí.
—Escucha, lo siento. Es que tengo muchísimo trabajo.
—Lo sé —dijo ella—. El rancho es siempre lo primero. Un destello de irritación brilló en los ojos masculinos.
—De momento, sí. Así es como tiene que ser. A Hinata se le hizo un nudo en el estómago.
—Jamás pensé que llegaría a odiar este lugar, pero ahora lo odio.
Naruto palideció, como si acabara de arrancarle el corazón de cuajo, y al instante Hinata se arrepintió de sus palabras.
—Naruto —dijo, yendo hacia él.
¡Cómo había podido ser tan insensible! Naruto sacudió la cabeza.
—Ahora no hay nada más que decir.
—No me ignores.
Pero antes de que él pudiera responder, oyeron los gritos de Arashi y Shinachiku afuera.
—Mamá. Papá. La puerta del corral está abierta.
Olvidando la discusión, salieron corriendo al exterior. Encontraron a los niños junto a la puerta del corral, que estaba abierta de par en par. Los caballos se arremolinaban en un extremo.
Naruto desenfundó el arma, preparado para disparar si algún caballo se acercaba hacia los niños.
Hinata abrazó a los dos pequeños.
—Vuestro padre os dijo que no os acercarais al corral.
—Hemos visto la puerta abierta—dijo Shinachiku . Naruto fue a cerrarla.
—No me mientas, hijo. ¿Cuál de los dos ha abierto la puerta?
Antes de que los niños pudieran responder o de que Naruto llegará a la puerta, sonó un disparo que asustó a los caballos encerrados. Varios de los animales se encabritaron y echaron a correr hacia la puerta abierta. Hinata alcanzó a los niños, y aplastó sus cuerpos contra la puerta, protegiéndolos con el suyo.
Naruto sólo tuvo una décima de segundo para no ser pisoteado por la manada de caballos que salió galopando furiosa del corral. Al lanzarse al suelo, vio el destello de un rayo de sol en el cañón de un revólver. Cayó al suelo y rodó. Entonces fue cuando distinguió a Uchiha a caballo, a unos treinta metros de distancia. El criminal volvió a disparar al aire, aterrorizando aún más a los caballos, y se dispuso a huir.
Uchiha había abierto la puerta.
Un enorme caballo castrado negro se encabritó junto a Naruto, y éste apenas tuvo tiempo de rodar por el suelo un segundo antes de que las patas del animal cayeran justo donde él había estado un momento antes.
La adrenalina se disparó en sus venas, y Naruto se levantó y desenfundó el revólver. Con un único y fluido movimiento, alzó el arma y disparó a Uchiha. Le alcanzó en el hombro, pero el hombre logró mantenerse sobre el caballo y huyó. Decidido a perseguir y matar a aquel hijo de perra, Naruto se volvió para montarse en el primer caballo. Pero su resolución se desvaneció al ver a Hinata y los niños. La escena que se desarrolló en ese momento no se borraría jamás de su mente.
Una yegua negra corría hacia Hinata y los niños. El animal se encabritó, alzando las patas delanteras por encima de la cabeza de Hinata. Ésta se encogió y cubrió los cuerpos de Arashi y Shinachiku con el suyo. Los niños gritaron y las pezuñas del animal cayeran con fuerza sobre la cabeza de Hinata.
Cuando despertó, vio la cara de Naruto. Tenía un aspecto terrible. Parecía haber envejecido veinte años de repente.
— Naruto —dijo ella —. ¿Dónde están Arashi y Shinachiku?
Las lágrimas inundaron los ojos de su esposo.
—Están bien. Tú los salvaste —tragó saliva, haciendo un esfuerzo para mantener el control—. Están afuera, con Shikamaru.
—¿Shikamaru está aquí?
—Ha venido a traernos las últimas noticias sobre Uchiha —le informó, con las mandíbulas apretadas—. Shikamaru encontró su cadáver. Por lo visto, se detuvo junto al arroyo para lavarse la herida de la bala que le metí en el hombro, pero un oso le atacó, y lo mató.
Hinata asintió, incapaz de sentir compasión por el hombre que había puesto en peligro a sus hijos. Intentó incorporarse, y sintió el terrible dolor en el cráneo.
—Mi cabeza.
Naruto le puso un trapo mojado en la cabeza.
—La pata del caballo te cayó encima. Tienes suerte de estar viva. Un par de centímetros más, y te habría aplastado el cráneo.
Hinata se humedeció los labios, e intentó sentarse de nuevo. Le dolía todo el cuerpo.
—Me duele todo.
Suavemente, él le acarició la cara con las manos.
—Túmbate. Lo último que necesitas ahora es sentarte.
—Tengo una empanada en el horno. Él sonrió.
—La empanada se quemó. Hace dos días.
— ¡Dos días!
—Has estado dos días sin conocimiento.
Hinata reparó en la barba sin afeitar que cubría la mandíbula masculina.
—Pero los caballos... la estampida —apenas recordaba los detalles —. ¿Reuniste de nuevo a los caballos?
—Tan práctica como siempre —dijo él, besándole la mano—. No, no salí a buscar los caballos. He estado muy preocupado por ti.
— Pero tenías que llevarlos a la cabeza del ferrocarril. Era mucho dinero. Él la besó suavemente en la frente.
—El dinero no importa. Tú sí.
A Hinata la emoción que teñía su voz le rompió el corazón. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Me porté como una tonta por mi cumpleaños. No quería decir lo que dije.
— Te Amo —dijo él — . Debía habértelo dicho hace semanas.
—Naruto.
Ver tan afectado a un hombre fuerte y orgulloso como él la destrozaba por dentro.
—No tienes que decir lo que no sientes —continuó—. Sé que sólo puedes dar lo que hay en tu corazón.
—Lo digo de verdad —le aseguró él, besándola suavemente en los labios. Hinata cerró los ojos, avergonzada de su reacción de unos días antes.
—No tenía que haber dicho lo que te dije.
—Hinata, mírame.
Hinata abrió los ojos. En los ojos azules de Naruto no había rastro de ira, sólo dolor y tristeza.
—Hinata. Te hice una promesa y la he roto.
—No tienes que explicarme nada. Has trabajado mucho para sacar el rancho adelante, y yo te dije unas cosas horribles que no son realmente lo que siento.
— Sin ti nada de esto me importa —dijo él—. Y tenía que habértelo dicho.
—Naruto, por favor, no. No quería su compasión.
Naruto le enmarcó la cara con las manos.
—Te Amo. Estos dos últimos días creí que iba a perderte —tragó saliva—. No sé qué haría si te perdiera.
Los ojos de Hinata se llenaron de lágrimas al mirarlo.
—Naruto, nunca me perderás.
—Te Amo, Hinata Namikaze.
—Y yo a ti, Naruto.
