19. 27 DE MARZO


Cuando la suave brisa agitó las cortinas junto a su cama a la mañana siguiente, Hinata se despertó. Todavía le dolía la espalda y se sentía extrañamente cansada a pesar de haber dormido ocho horas o más. Al levantarse notó que el peso del bebé hacía mucha presión en el bajo vientre.

El día transcurrió despacio. Por la tarde, despidió a los últimos invitados del día anterior, a excepción de la señora Gokyōdai que aún permanecería con ellos unos días. Llegó la noche y con ella la cena.

La familia y su invitada disfrutaron de una deliciosa sopa de pescado obra de tía Kaharu y, cuando los últimos platos fueron retirados, el grupo se acomodó en el salón. Hinata estaba igual de incómoda allí que en las sillas del comedor y decidió retirarse con la escolta de Naruto. En la sala de estar, despidió a Yuka y se desnudó sola.

Estaba estirada en la oscuridad cuando oyó a Naruto subir y moverse por su habitación. Una vez se hubo acostado, volvió a reinar el silencio.

Hinata finalmente se durmió, aunque no por mucho tiempo, pues las contracciones en su vientre se hicieron realmente dolorosas desvelándola por completo. Se colocó la mano sobre la barriga y comprendió que había llegado la hora.

Un dolor intenso la invadió haciendo que todos los músculos de su cuerpo se agarrotaran por la tensión. Consiguió levantarse de la cama con la intención de avisar a Yuka para que fuera en busca de Karui.

Al encender la vela de su mesita de noche, descubrió que su camisón estaba manchado y se dirigió despacio hacia la cómoda para coger otro. A medio camino abrió los ojos de par en par sorprendida y exhaló un gemido. Había roto aguas y estaba empapada.

Cuando Naruto abrió la puerta alarmado por los ruidos, la encontró impotente y confusa. Entró desnudo, poniéndose la bata.

—Hinata, ¿te encuentras bien? —preguntó—. Creí haber oído... —Se detuvo de golpe al ver el camisón manchado y luego se acercó a ella a toda prisa—. ¡Dios mío, es el bebé! —exclamó.

—Naruto, estoy empapada —comentó la joven, desconcertada—. Pasó tan deprisa. No sabía que estaba viniendo. —Lo miró fijamente durante unos segundos como si lo único que le preocupara fuera que se hubiera mojado y empezó a desabrocharse la prenda—. Por favor acércame otro. No puedo regresar a la cama mojada.

El hombre se abalanzó sobre la cómoda y abrió los cajones revolviéndolo todo como un loco. Finalmente consiguió encontrar los camisones doblados pulcramente en el último cajón y se acercó a ella para darle uno rosa.

—Pero Naruto, es rosa —protestó—. Voy a tener un niño, y los niños no llevan ropa rosa. Ve a buscar uno azul, por favor.

Él se la quedó mirando, atónito, por un instante.

—Por el amor de Dios, me da igual si es niña o niño —exclamó al fin— Ponte esto y deja que te lleve a la cama.

—No —insistió ella con terquedad—. Voy a tener un niño y no me pondré eso.

—Va a llegar desnudo a este mundo, así que da igual —dijo Naruto—. ¿Vas a ponértelo o no?

Hinata lo miró y sacudió la cabeza, con los labios apretados. Naruto alzó los brazos en señal de exasperación, dejando que el camisón cayera al suelo. Luego se dirigió de nuevo a la cómoda revolviéndolo todo en un frenesí.

Al final encontró uno de color azul y se precipitó hacia ella con él. Hinata, en actitud expectante, se lo arrebató, pero él, totalmente confuso se la quedó mirando boquiabierto.

—¿Puedes volverte, por favor? —pidió ella, reparando en su desconcierto.

—¿ Cómo ? —preguntó él estúpidamente.

—¿Puedes darte la vuelta, por favor? —repitió la joven.

—Pero si ya te he visto sin ropa... —Se detuvo y se volvió dándose cuenta de que no valía la pena discutir pues estaba aferrada en hacer las cosas a su manera, y lo único que conseguiría sería retrasarlo todo.

Hinata, al no encontrar otro lugar donde ponerlo, echó el camisón azul sobre un hombro de Naruto.

—Apresúrate —la instó él—. Vas a parir aquí en medio si no te das prisa, y nuestro hijo será el primero en no nacer de cabeza.

Hinata dejó caer el camisón mojado al suelo y cogió el limpio.

—Lo dudo mucho, amor mío —contestó entre risas.

—Hinata. ¡Por Dios! —suplicó—. ¡Deja ya de cotorrear y ponte el vestido!

—Pero Naruto, no estaba cotorreando —corrigió—. Sólo te estaba respondiendo. —Se colocó el camisón correctamente y empezó a atarse la cinta—. Cuando quieras ya puedes volverte.

Naruto se volvió y se inclinó para levantarla del suelo.

—Pero Naruto —protestó—, tengo que secar el suelo.

—¡Al infierno el suelo! —exclamó cogiéndola en brazos. Permaneció unos segundos con ella así indeciso, mirando la cama de Hinata y luego en dirección a su habitación, hasta que decidió llevarla a ésta.

—¿Dónde me llevas? —inquirió—. Karui no me encontrará nunca. Tendrá que buscarme por toda la casa.

Naruto la depositó suavemente en medio de la enorme cama.

—Aquí. ¿Contesta esto a tu pregunta? Es donde me gustaría que mi hijo... o hija naciera.

—No voy a tener una niña. Voy a tener... —Una nueva contracción la hizo retorcerse de dolor.

—Voy a despertar a Karui—dijo Naruto, y salió de la habitación a toda prisa.

Pero la vieja criada, que desde su cabaña había visto luz en la habitación de Hinata, sospechaba que había llegado el momento y ya estaba en el vestíbulo cuando su amo abandonó su dormitorio.

—¡Va a tener el bebé! —gritó Naruto al verla—. Apresúrate.

Karui sacudió la cabeza mientras subía por las escaleras en dirección al dormitorio.

—Pasará un rato antes de que nazca el niño, señorito Naruto —comentó la mujer—. Es el primero y lleva su tiempo. Todavía faltan horas.

—Bueno, pero tiene muchos dolores ahora. Haz algo por ella —la apremió Naruto.

—Señorito Naruto, lo siento, pero no hay nada que yo pueda hacer para calmar el dolor —respondió. Se inclinó sobre Hinata con la frente arrugada por la preocupación y le apartó el cabello del rostro—. No luche señorita. Respire cuando las sienta, luego relájese cuando hayan pasado. Necesitará su fuerza más tarde.

Hinata fue respirando según las indicaciones de Karui y el dolor cedió al cabo de un rato. Fue entonces cuando la muchacha sonrió a su esposo, que fue a sentarse a su lado en el borde de la cama y le tendió la mano.

Hinata pudo comprobar que la expresión en el rostro de su marido era adusta y hasta le pareció ajado.

—Me han contado que todas las madres tienen que pasar por esto — comentó en voz baja para consolarlo—. Forma parte del hecho de ser mujer.

Karui despertó al servicio para que avivaran los fuegos y pusieran agua a hervir. Trajeron toallas y sábanas limpias y, con la ayuda de Naruto, colocaron varias debajo de Hinata. El camisón azul fue sustituido por una sábana blanca que extendieron sobre la joven para cubrir su desnudez.

El tiempo transcurrió despacio para unos y muy rápido para otros. Cuando no atendía a su ama, Karui se balanceaba en una silla junto a la cama, y Naruto se angustiaba más con cada nueva contracción.

— Karui, ¿cuánto tiempo crees que puede durar? —la interrogó él ansioso, al tiempo que se enjugaba la frente.

—Eso nadie lo sabe, señorito Naruto —respondió la anciana—, pero lo que está claro es que la señorita Hinata lo está llevando mucho mejor que usted. ¿Por qué no va a tomarse un trago de eso que usted bebe? No le hará daño y puede que le ayude.

En efecto, Naruto necesitaba con desesperación beber una copa de coñac, pero declinó el ofrecimiento de Karui, pues deseaba estar al lado de su esposa para ayudarla en lo que pudiera. Hinata se agarró a la mano de su marido con fuerza, sin querer que se alejara de ella.

¿Cómo iba a abandonarla con todo lo que estaba sufriendo para dar a luz a su hijo?

Una vez más llegó el dolor, y de nuevo desapareció. Naruto, cada vez más pálido, le pasó un paño frío y húmedo por la frente. Karui se acercó a la cama y lo apartó.

—Señorito Naruto, será mejor que vaya a que el señorito Menma le prepare algo fuerte —le aconsejó—. No tiene buen aspecto.

Lo acompañó hasta la puerta, la abrió y lo empujó con suavidad—. Vaya a emborracharse, señorito Naruto. Emborráchese y no vuelva hasta que yo lo avise. No quiero que se desmaye cuando tenga que asistir a la señorita.

La puerta se cerró en sus narices y Naruto, perdido e indispuesto, echó un vistazo a su alrededor. Al final, decidió bajar por las escaleras hacia su estudio, donde Menma y Killer B estaban esperando. Menma le echó una ojeada y le puso una copa en la mano.

—Toma, parece que la necesitas —comentó. Naruto apuró la bebida haciendo caso omiso de los dos hombres que lo observaban. Menma le hizo una señal a Killer B y éste se apresuró a coger el vaso de su capitán y a rellenarlo con coñac y un buen chorro de agua. Naruto no notó la diferencia mientras caminaba arriba y abajo por la estancia.

Menma y Killer B se encargaron de que la copa de Naruto estuviera siempre bastante aguada. Menma observó cómo su hermano encendía los puros, uno detrás de otro, y los apagaba tras darles dos caladas. Se movía por el estudio aturdido, indiferente a lo que ocurría a su alrededor, ignorándolos.

Salió al vestíbulo varias veces para mirar al segundo piso, luego regresaba y se servía otra copa. Cada vez que oía los pasos de una de las criadas subiendo o bajando a toda prisa por las escaleras, se asomaba expectante.

Menma supo que estaba en otro mundo cuando se bebió un tercio de una copa de whisky sin notar la diferencia.

—Naruto, o eres ya muy mayor para esta clase de cosas, o es que tu mujer te importa mucho más de lo que quieres admitir — comentó Menma—. Te he visto perseguir a un jabalí herido sin miedo, sabiendo perfectamente lo que estabas haciendo. Ahora estás tan aturdido que te bebes mi whisky y no lo aguantas.

Naruto lo empujó con el vaso.

—Bueno, entonces, ¿por qué demonios me la has dado si sabías que no me gustaba? —inquirió.

Menma miró a Killer B, perplejo, y éste le sonrió encogiéndose de hombros. Luego se sentó en el escritorio sacudiendo la cabeza y trató de relajarse.

Tras unos minutos cogió una pluma y un papel y garabateó unas cifras. Cuando se volvió hacia Naruto, una sonrisa de satisfacción cruzaba su semblante.

—¿Sabes, Naruto?, según mis cálculos tuviste que casarte con Hinata el primer día que llegaste a Londres —comentó.

Killer B escupió la cerveza sorprendido ante el comentario y se atragantó mientras Naruto le lanzaba una mirada llena de furia a su hermano.


En el dormitorio, Hinata se retorcía en una agonía silenciosa al intentar expulsar a la criatura de su interior. Respiró profundamente cuando el dolor cedió, pero el intervalo fue breve pues volvió a sentir una nueva contracción.

Agarró la mano de la sirvienta con fuerza, apretando los dientes mientras Karui la animaba

—La cabeza está a punto de salir, señorita Hinata. No falta mucho ya. Empuje. Eso es. Grite si quiere. Ha estado callada demasiado tiempo.

Hinata gimió presa del dolor. Luchó por no gritar, pero al asomar la cabeza el bebé no pudo reprimir un alarido que dejó a Naruto helado en el estudio. Miró a su alrededor sin ver y, antes de que derramara la copa, Killer B se la arrebató. El grito de la joven también había afectado al sirviente y a Menma, que intercambiaron miradas de consternación.

Poco después, una sonriente Karui abrió la puerta del estudio con el pequeño Namikaze en brazos. Se dirigió al padre mientras los otros dos se acercaban para admirar el rostro del recién nacido.

—Es un niño, señorito —anunció la anciana—. Es un niño fuerte, hermoso y sano.

—¡Dios mío! —exclamó Naruto volviendo en sí y encontrándose con el rostro enrojecido y arrugado de su hijo. Agarró la copa y la apuró de un trago.

Menma y Killer B se aproximaron para ver al niño y esbozaron una sonrisa, orgullosos, como si ellos fueran los responsables de que la criatura estuviera allí, olvidándose por completo del padre, Menma acarició con dulzura la pequeña mano.

— Se parece mucho a Naruto —comentó. Killer B echó una rápida ojeada al padre y al hijo, pero Karui se apresuró a agregar orgullosamente sus recuerdos.

—El señorito era igualito cuando nació. Era igual de largo. Este niño será tan alto como su padre, eso seguro. Ya ha tenido un buen comienzo.

Naruto se levantó y miró orgulloso al niño por encima del hombro de Killer B. Mientras éstos continuaban contemplando embobados a la criatura, se precipitó escaleras arriba hacia su dormitorio. Al acercarse a la cama y cogerle la mano, Hinata le sonrió somnolienta.

—¿Lo has visto? —le preguntó al sentarse a su lado—. ¿No es precioso?

Naruto asintió a la primera pregunta y se reservó la opinión de la segunda.

—¿Cómo te encuentras? preguntó con ternura.

—Cansada —suspiró Hinata—. Pero muy feliz. Él la besó en la frente y susurró:

—Gracias por el niño.

Hinata le sonrió y luego cerró los ojos apretando su mano contra el pecho.

—La próxima vez será niña —le aseguró Naruto en voz baja. Pero Hinata ya dormía.

Naruto soltó con cuidado la mano de su esposa y salió de la habitación de puntillas en dirección al salón, dejándola al cuidado de Yuka. Se detuvo frente a una ventana y vio que rayaba el alba.

Sonrió para sí, sintiéndose con la energía suficiente para enfrentarse a un oso a pesar de la noche en vela. Arrimó una silla a la ventana, que abrió, y se sentó apoyando los pies sobre el alféizar.

Poco después, cuando Karui pasó por delante de él en dirección a la sala, se lo encontró profundamente dormido. Esbozó una sonrisa y pensó: Pobre amo, seguro que ha tenido una noche muy dura.


Los rayos del sol brillaban sobre Harthaven cuando unos berridos furiosos despertaron a Naruto. Al acto, comprendió que su hijo estaba haciendo sus propias reclamaciones. Se levantó y fue a asearse para borrar el horrible sabor a alcohol de la noche, luego abrió la puerta del cuarto de los niños y se encontró a Karui inclinada sobre el pequeño.

Chascaba la lengua, emitía arrullos y le hablaba en un tono tranquilizador, pero él continuaba rabiando.

—Vamos a darte de comer en un minuto, pequeño Namikaze —le aseguró la criada—- No es el fin del mundo.

Con un sentimiento de orgullo paternal, Naruto se aproximó a la cuna con las manos a la espalda, para ver cómo Karui le cambiaba la ropa mojada. El bebé, con las piernas en alto, continuaba llorando, con la cara enrojecida.

—Vaya, está realmente furioso —comentó Karui—. Quiere algo de comer y pretende que todo el mundo se entere.

Una vez seco, el pequeño Namikaze se calmó un poco. Cada vez que se rozaba la mejilla con el puño, abría la boca como un pajarillo balbuceando contrariado.

Karui se rió de él.

—Fíjese señorito, está intentando pedirme algo de comer. Naruto miró al bebé que balbucía, contrariado, y sonrió.

—Desde luego que es un pequeñín muy impaciente —dijo Karui, cogiéndolo y acurrucándolo en su amplio pecho—. Pero tu mamá está despierta y vamos a llevarte con ella ahora mismo.

Naruto siguió a la criada hasta el dormitorio, pasándose los dedos por su cabeza despeinada. Vio a Hinata recostada en la cama, peinada y aseada, con un vestido limpio con volantes, irresistiblemente hermosa.

Cuando ella lo vio aparecer, indicó a Yuka que se apartara, devolviéndole el espejo, y lo miró con una sonrisa radiante y los brazos abiertos, deseosa de abrazar a su hijo. Naruto observó que al desabrocharse el camisón y apartárselo, se ruborizaba nerviosa ante la nueva tarea materna.

Sin embargo, Hinata arrulló a su pequeño con ternura dirigiéndolo en su ansiosa búsqueda. El pezón rozó la mejilla del recién nacido, que se aferró a él con la ferocidad de un animal hambriento, sobresaltando a la dolorida madre. Naruto esbozó una sonrisa y Karui se echo a reír al ver el modo en que el bebé succionaba.

—¡Dios santo! —exclamó la criada—. El pequeño amo está muerto de hambre. Tendremos que prepararle una teta de azúcar hasta que la mamá tenga leche.

La diminuta boca produjo en el cuerpo de Hinata una extraña sensación de placer mientras lo contemplaba con amor.

La pequeña cabeza estaba cubierta por un cabello suave y rubio, las magníficas cejas tenían la misma forma que las de su progenitor. Hinata pensó con orgullo maternal que era el bebé más guapo del mundo.

—Es hermoso, ¿verdad. Naruto? —murmuró mirando a su esposo con ternura. Karui empujó a Yuka para que saliera de la habitación, y los dejaron a solas.

—Sí, que lo es —admitió Naruto. Se aproximó y metió uno de sus dedos en el pequeño puño de su hijo, que se apretaba con fuerza contra el pecho de su madre. El bebé lo agarró de inmediato, asiéndolo con fuerza. Naruto sonrió, complacido.

Le devolvió la mirada a su esposa, perdiéndose en sus bellos ojos perlas que lo contemplaban. No fue consciente de sus actos al inclinarse sobre ella fascinado por sus ojos, deslizar la otra mano por la nuca, y besarla apasionadamente.

Sintió cómo Hinata aflojaba los labios y los separaba empezando a temblar. Pudo saborear la respuesta cálida y dulce de la joven y notar su corazón palpitar salvajemente.

Hinata intentó respirar bajo el beso de su marido, sintiendo sus caricias.

Casi a punto de desmayarse, se liberó con una carcajada.

—Haces que me olvide del bebé —susurró mientras él le besaba el cuello e intentaba coger su rostro—. ¿Cómo lo vamos a llamar?

Naruto se apartó y la miró durante unos segundos.

—Si no tienes ninguna objeción, me gustaría llamarlo como un viejo amigo mío ya fallecido. Murió hace unos cuantos años intentando apagar un fuego en su iglesia. Lo admiraba mucho, pero debo prevenirte, que el nombre es de origen de tus enemigos. Entendería que tu ascendencia inglesa desaprobara el nombre.

—Te olvidas, milord —contestó con una sonrisa—, de que en realidad tú eres más inglés que yo. ¿Cómo se llamaba tu amigo?

—Boruto...—respondió rápidamente. Hinata pronunció el nombre y asintió.

—Es bonito. Me gusta. Boruto Namikaze será su nombre.

Naruto soltó la manita de su hijo y abrió el cajón de la cómoda para extraer una caja alargada. Se la ofreció a Hinata levantando la tapa.

—Como agradecimiento por haberme dado un hijo—. Ella quedó maravillada al ver el collar de perlas con broche de rubíes y oro.

—Oh, Naruto, es precioso —musitó. Naruto contempló su cuello y su busto.

—Pensé que las perlas realzarían la belleza de tu piel mejor que los diamantes —comentó con voz ronca.

Hinata podía sentir cómo la mirada de su esposo la acariciaba. Una sensación placentera recorrió su cuerpo acelerando de nuevo los latidos de su corazón.

De pronto Naruto desvió la mirada.

—Voy a vestirme —apuntó con voz ronca levantándose de la cama—. Imagino que Chiyo estará ansiosa por ver al bebé.

Escogió la ropa del armario y antes de vestirse, se volvió para contemplar a su mujer.

Poco después, Chiyo y Menma entraron en el dormitorio para ver al bebé, que en ese momento dormía en una cuna junto a su madre. La anciana alzó las gafas y estudió al recién nacido, luego miró a Naruto y dijo con una sonrisa:

—Bueno, ya veo que habrá otra generación de jovencitas asediadas por un Namikaze, pero espero que tengan los suficientes para contentar a todas esas faldas con volantes. No les va a gustar nada que sólo haya uno.

Menma sonrió tranquilamente.

—Tendrán por lo menos una docena, pero dudo que todos sean varones — afirmó.

Chiyo observó a Naruto con alegría.

—Bueno, ahora se hará justicia cuando uno de ustedes dos tenga que defender el honor de una dama. —Rió ante la broma—. Se te subiría la sangre a la cabeza si tuvieras que forzar a un joven soltero a desposarse con tu hija.

Hinata lanzó un rápido vistazo a su marido y se sorprendió al ver por primera vez un rubor en su semblante. Menma sonrió ante el desasosiego de su hermano, pero la señora Chiyo, ensimismada con el bebé, no se percató del intercambio de miradas y de lo cerca que había estado de descubrirlo todo.

—Has traído al mundo un niño magnífico, querida —comentó la señora a Hinata—. Debes estar muy orgullosa.

Hinata esbozó una sonrisa a la mujer y miró con ternura a su marido.

—Gracias, señora Gokyōdai. Lo estoy.


Una vez el niño hubo nacido. Naruto dedicó toda su energía a poner en marcha el molino. Hinata permaneció en el dormitorio con la idea de que se quedaría en él. Naruto advirtió que su peine y cepillo estaban sobre el tocador, y más tarde sus polvos y perfumes.

Cada vez había más ropa colgada junto a la suya en el armario y en la cómoda la lencería se mezclaba con sus alzacuellos y medias. Muchas veces había sacado un pañuelo delicado pensando que era suyo.

Por deferencia a la delicada salud de su esposa, Naruto ocupó lo que él confiaba fuera una residencia temporal en la sala de estar, no sin lanzar ocasionales miradas de nostalgia a la enorme cama pues la suya en la sala no estaba hecha para una persona tan corpulenta como él.

Cada vez que se golpeaba la cabeza o le sobresalían los pies maldecía enérgicamente. Pero no encontraba el momento de reclamar cortésmente sus derechos y ocupar su lugar en el lecho junto a ella.

Al ver que todavía se movía con dificultad por la casa, comprendió que aún pasaría cierto tiempo antes de poder aliviar sus necesidades más básicas. Pero como tampoco lo invitaba a compartirla con él, resignado, trató de disfrutar de la escasa comodidad de la que disponía.

Aunque pasaba la mayor parte del tiempo en el molino, sus ratos libres los compartía con su mujer y su hijo. Se levantaba muy temprano y se reunía con Hinata mientras ésta atendía al bebé, bañándolo o alimentándolo.

Disfrutaba de ello antes de iniciar la jornada, como parte de la rutina diaria. Y durante esos momentos de tranquilidad al lado de su hijo, ambos empezaron a desarrollar un lazo nuevo y estrecho.


Llegó el verano, y tras las lluvias los días se hicieron cada vez más calurosos. El algodón ya había sido plantado y el trabajo de la primavera había concluido. Ahora el molino funcionaba casi al máximo rendimiento y el almacén de madera estaba empezando a llenarse.

Los primeros envíos se efectuarían tan pronto como los tablones recién serrados se secaran, tras varias semanas expuestos al sol.

Hacía unas semanas habían recibido varios pedidos. El señor Yamanaka había probado su dilatada experiencia y mantenía el estanque lleno de madera preparada. Todo apuntaba a que esa primera temporada daría unas ganancias considerables y Naruto estaba muy satisfecho con los avances.

Ahora que los días eran largos y calurosos, los hacendados iniciaron el ajetreo de la vida social veraniega. La primera fiesta iba a celebrarse en Harthaven el fin de semana siguiente, por lo cual la atención de Hinata se concentró en los preparativos del feliz acontecimiento.

Enviaron invitaciones, compraron champán y planificaron el menú. Habló con Karui sobre los nuevos uniformes del personal y sobre la apariencia general de la mansión, al tiempo que los jardineros se esforzaban en arreglar los patios según sus indicaciones.

Mientras Hinata estaba atareada planeando la fiesta y atendiendo a Boruto, Naruto era cada vez más innecesario en el molino.

Como sabía que ahora podría pasar más tiempo con su esposa y su hijo, puso en marcha una estrategia para conseguir ocupar un lugar junto a ella en la gran cama. Escogió ese día con premeditación para sobornarla.

Aquella semana había comprado una magnífica yegua alazana con manchas blancas en las patas delanteras y en la frente. Era una potra enérgica pero dulce, que pensó su mujer podría montar con facilidad.

Colocó la silla de amazona a horcajadas sobre el animal con una sonrisa traviesa en el semblante, y acarició la piel en la que su esposa se sentaría pensando en lo que este regalo podría traerle. Sería muy amable con ella mientras le enseñase a manejar al animal, y quizá podría ganarse un beso o dos.

Llevó a Kurama y a la yegua frente a la fachada de la casa sonriendo ante tales pensamientos. Los ató a un poste y subió las escaleras del porche.

Hinata estaba en el salón cosiendo con sumo cuidado una de sus camisas. Naruto se apoyó contra el marco de la puerta contemplándola durante un rato largo mientras ella continuaba con su labor sin percatarse de la presencia de su esposo.

Su hijo dormía plácidamente en una cuna de mimbre junto a ella tras haber sido alimentado. De manera que estaban solos. Sonrió al ver que su esposa arrugaba la frente ante un punto difícil.

—No arrugues la frente, mi amor —bromeó Naruto—. O te parecerás a la pasa de la señora Seki —. Hinata saltó al oír la primera palabra.

—¡Naruto, me has dado un susto de muerte! — exclamó la joven. El hombre sonrió pícaramente.

—¿Y ahora? —preguntó dulcemente—. Lo siento cielo. No era mi intención.

Hinata se echó a reír apartando la costura mientras él se acercaba más atractivo que nunca. El sol había oscurecido su piel y sus ojos azules brillaban intensamente. Su aspecto era muy varonil, ataviado con el equipo de montar, y el corazón de la muchacha se aceleró.

Naruto se detuvo frente a ella y tomándola de la mano la levantó sintiendo la fragancia suave y dulce de su perfume. La condujo hasta el vestíbulo donde ordenó a Killer B que fuera a buscar a Yuka para que cuidara del bebé. Luego se volvió hacia su esposa que lo contemplaba perpleja.

—¿Dónde me llevas? —quiso saber Hinata. Naruto, sonriente, puso la mano en la espalda de la joven animándola a seguir.

—Fuera —respondió evasivo.

Hinata salió al porche y echó una ojeada a su alrededor descubriendo los dos caballos atados al poste esperando a sus jinetes, el más pequeño con una silla de amazona. Alzó la cabeza lanzando una mirada inquisitiva a su marido.

—¿No te gusta? —preguntó Naruto sonriendo—. Nunca te he preguntado si te gustaban los caballos o si sabías montar, pero será un placer enseñarte si... tu salud te lo permite.

Hinata se echó a reír alegremente bajando las escaleras a toda prisa en dirección a la yegua.

—Me encuentro estupendamente —afirmó la joven por encima del hombro.

La sonrisa de Naruto se ensanchó y corrió tras ella. Entusiasmada con la hermosa yegua, Hinata le acarició el hocico sedoso y le peinó la crin sin poder contener su excitación.

—Oh, Naruto, es preciosa —afirmó—. ¿Cómo se llama?

—Bella Dama —contestó.

—Oh, es perfecto. En efecto, es una bella dama. —Se volvió y sonrió—. ¿Me ayudas a montar?

Naruto se quedó mirando el vestido de verano corto y fino que llevaba su esposa.

—¿No crees que sería mejor que te cambiaras, cielo? —inquirió—. Ese vestido no es el más...

—No —le interrumpió haciendo pucheros—. Quiero montarla ahora y si me cambio tardaré mucho. —Sonrió lisonjeramente mientras recorría con el dedo los botones del chaleco de Naruto—. Por favor, Naruto. Por favor.

El hombre se echó a reír ante su coquetería sin poder negárselo. Se inclinó y apretó las manos en espera de su pie delicado, luego la subió.

Tras haberse aposentado en la silla de montar, la joven se agachó para cerciorarse de que había colocado firmemente los pies en los estribos. El escote pronunciado que llevaba se aflojó revelando cada detalle de sus senos bien redondeados.

Naruto se quedó helado con las riendas en la mano y los ojos clavados en su anatomía. Tragó saliva y se le escapó una especie de gruñido. Hinata lo miró sonriente y el corazón de su esposo empezó a latir desaforadamente.

Cuando ésta finalmente se enderezó, Naruto se quedó desconcertado con la mano en el aire sujetando las riendas.

Hinata las tomó hábilmente ante la sorpresa de su esposo, giró a la yegua y se alejó de él al galope, en dirección a los prados. Naruto montó a Kurama de un salto y salió a la carrera tras ella con gran estruendo.

La persecución hizo que Hinata sacara a la yegua del camino con gran despreocupación y se adentraran en el bosque esquivando los árboles. Los enormes cascos de Kurama despedían nubes de polvo tratando de seguir el camino sinuoso, pero tuvo que ponerse al paso, para gran consternación de Naruto.

De modo que la yegua mantuvo el liderato hasta que llegaron a campo abierto. Allí el corcel negro pudo estirar sus potentes músculos y aventajarla. Rápidamente sobrepasó a Bella Dama y Hinata sofrenó su montura. Esperó a que Naruto se situara junto a ella, y al ver su cara de preocupación se echó a reír.

—Me has engañado —comentó Naruto, y soltó una carcajada al comprender el juego—. Pero tu destreza es sólo superada por tu falta de sentido común.

—¡Ja! —exclamó ella—. Si hubiera cazado con jauría y me hubiera adentrado más en la arboleda, todavía seguirías jadeando detrás de mí. Se echó a reír y animó a la yegua a correr a medio galope por el prado.

Kurama, azuzado por el olor de la hembra, levantó las patas delanteras y se puso a su lado. El paseo continuó hasta que llegaron a una loma azotada por el viento cubierta de césped, donde Hinata se detuvo para dejar que Bella Dama descansara y disfrutara de la brisa.

Naruto acabó de atar las riendas de Kurama a un arbusto y, antes de ayudar a descender a Hinata, lanzó al animal una mirada llena de furia.

Luego asió a la joven con suavidad por debajo del busto, mientras ella reía feliz encantada con el regalo y el paseo. En el descenso, Hinata rozó su muslo con la entrepierna de Naruto cogiéndolos a ambos desprevenidos.

La muchacha se apartó de inmediato sofocada por el contacto y Naruto, tras ella, apoyó la mano sobre la yegua con los ojos cerrados, tratando de controlar el deseo ardiente que sentía hacia su esposa y que le hacía estremecerse.

El inesperado roce le hizo ser perfectamente consciente de la abstinencia que había mantenido desde la primera vez que había acariciado su cuerpo sedoso y dulce meses atrás.

La necesidad lo traicionaba y aumentaba contra su voluntad. Estaba hambriento de ella, de tomarla entre sus brazos y acostarla sobre la hierba suave. Se imaginó desnudándola, arrancándole la ropa, pero de pronto pensó en el impacto que le causaría a la joven. Maldijo la falta de intimidad que padecían, al recordar las interrupciones que habían sufrido cada vez que él había estado a punto de ganar terreno, pero no planeaba únicamente disfrutar de un revolcón en la hierba, sino de una vida llena de momentos placenteros.

Debía pensar primero en su objetivo, en cortejarla con galantería, y no en satisfacer sus deseos momentáneos.

Luchó por mantener el control, consiguiéndolo con gran esfuerzo, y contempló detrás de ella las colinas frondosas cubiertas de bruma. La rodeó con sus brazos, estrechándolos alrededor de la cintura, y le rozó el cabello con los labios gozando de su fragancia exquisita.

Mientras disfrutaban de esta nueva unión y cercanía, Hinata volvió la cabeza mirándolo con sus intensos ojos grises y los labios húmedos y abiertos.

Naruto no necesitó nada más para entender que podía saborear su suavidad y dulzura. Inclinó la cabeza para besarla apasionadamente, y como por arte de magia ella se volvió apretándose contra él y deslizando las manos alrededor de su cintura.

Naruto la estrechó más fuerte aun y ambos desearon que el momento durara eternamente. Los besos de Naruto encendieron el deseo de Hinata y la dejaron débil y maleable. Sintió los muslos de su esposo apretados contra los suyos y entendió que su pasión igualaba la de ella.

La joven abrió la boca para corresponder el fervor creciente del hombre y se acomodó contra su cuerpo.

El viento cambió de repente, agitando la hierba bajo sus pies, y las primeras gotas de una tormenta veraniega cayeron sobre sus cabezas. Se separaron para mirar el cielo; la borrasca estaba sobre ellos.

Naruto sintió tal frustración que deseó levantar el puño al cielo ahora negro para maldecirlo, pero Hinata ya estaba corriendo hacia los caballos. La siguió y la ayudó a montarse sobre Bella Dama, luego subió a su semental.

El temporal se desató violentamente y cuando consiguieron llegar al abrigo de Harthaven estaban calados hasta los huesos, con las ropas pegadas al cuerpo.

Atravesaron el césped desde el bosque de pinos hasta el porche, Kurama bastante antes que Bella Dama. Bajo el aguacero Naruto levantó a Hinata de la silla de montar y la condujo hasta el porche, luego regresó a atar a los caballos.

Mientras lo hacía, la joven vio que su vestido era tan sólo una capa transparente que dejaba entrever las curvas de su cuerpo. Con el frío y la lluvia, sus pezones rosados se habían erizado y el corpiño apenas los ocultaba. Trató de separar el tejido de su piel pues no deseaba encontrarse con Menma o Iruka en esas condiciones. Naruto subió por las escaleras corriendo, resguardándose del chaparrón y, al verla, comprendió su apuro.

Se quitó el chaleco y la envolvió con él, luego la abrazó y le susurró al oído:

—Hoy no me gustaría tener que pelearme por ti—. Hinata rió y entraron juntos en la casa. Su alborozo se interrumpió al encontrarse frente a una Karui contrariada. Con los brazos en jarras, sacudió la cabeza y apretó la boca mirando a su amo.—Señorito Naruto, a veces juraría que ha perdido el juicio —gruñó.

—.¿Por qué se ha llevado a montar a caballo a la señorita con esta lluvia y recién parida? Dios santo, se va a morir de una pulmonía. Ahora señorita Hinata, suba y quítese esa ropa empapada.

La criada cogió a su joven ama por el codo y la arrastró escaleras arriba sin que pudiera impedírselo. Naruto se echó a reír ante la escena y Karui se volvió en el descansillo para amenazarlo con el dedo.

—Siga riendo y un día de estos el señorito Boruto se quedará sin mamá— espetó.

Se volvió y se dirigió al dormitorio a grandes zancadas, arrastrando a una perpleja Hinata, que miró a su marido por encima del hombro y le envió un beso antes de desaparecer.

Naruto permaneció mirando hacia arriba meditando sobre el último gesto de su esposa.

Sonrió para él bastante satisfecho con la forma en que había transcurrido el día. Se quitó las botas y subió las escaleras corriendo en calcetines hasta la sala de estar, en la que encontró ropa seca y toallas sobre la cama.

Se desvistió y cuando estaba secándose, oyó un chapoteo en la habitación contigua, una puerta que se cerraba y a Karui bajar por las escaleras.

Se acercó sigilosamente a la puerta que separaba ambas estancias y la abrió. Hinata estaba en la bañera de espaldas a él, apretando la esponja con la mano, dejando caer el agua por sus brazos y sus senos turgentes mientras canturreaba una canción familiar.

Negro es el cabello de mi amada.

De una belleza que fascina.

De suaves manos y tierna mirada.

Amo el suelo sobre el que camina.

Naruto contempló cómo se enjabonaba la piel sedosa, cómo levantaba una pierna esbelta, luego la otra mientras escuchaba su voz alegre y melodiosa. Tras unos minutos empezó a notar la tensión en su cuerpo, y cerró la puerta con cuidado.

Se apoyó en ella y se frotó las manos mentalmente, inmensamente feliz por el éxito inesperado de sus planes.

Recordaba con claridad las sonrisas sensuales, la exhibición atrevida de sus senos, los besos fogosos y, poco antes de la lluvia, el modo provocativo en que se habían abrazado.

Tiene que haber sido amor y deseo lo que he visto en sus ojos y notado en su cuerpo esta tarde, pensó. Sólo con que la anime un poco, estoy casi seguro de que esta noche caerá en mis brazos. Rió para sí. Haremos temblar la vieja cama con nuestros juegos como nunca lo ha hecho antes.

Oh, esta noche... esta noche la poseeré de nuevo y volveré a renacer entre sus muslos lujuriosos, con renovadas energías se vistió canturreando fragmentos de la canción que le había escuchado cantar a ella. Salió de la habitación con paso ligero y se ocupó en tareas simples hasta la hora del festín.

Hinata despertó al atardecer repuesta de la siesta y por un instante permaneció en silencio escuchando los sonidos de la casa. Al pensar en la tarde, pudo sentir los brazos de Naruto rodeándola, sus cálidos labios besándola y sus cuerpos unidos.

El pulso se le aceleró y supo que faltaba muy poco para que compartieran el enorme lecho.