Palabra: aguja.
Mitsuki Bakugo
Can I be the only hope for you?
Because you're the only hope for me
And if we can't find where we belong
We'll have to make it on our own
Face all the pain and take it on
Because the only hope for me is you alone
The Only Hope For Me Is You, My Chemical Romance
—Kacchan, deja que…
—Estoy bien.
—Katsuki —interviene Shouto—. Sigues herido.
Cabron.
Son unos imbéciles cabrones que se alían en su contra, eso es lo que son. Están cansados y no pueden más, tienen que detenerse. No falta demasiado para la frontera, donde los soldados ya no lo tendrán tan fácil como para perseguirlos. Pero siguen en el reino Todoroki y Katsuki sabe que no van a detenerse hasta encontrarlos. Por eso no se han acercado a ninguna posada. Ningún lugar en el que puedan reconocer al príncipe.
—Sólo quiero revisarte las manos, Kacchan —dice Izuku—. Si se te infectan las heridas podría afectar tu magia.
Muy bien.
El imbécil tiene razón.
Katsuki suelta un gruñido.
—Vamos, Katsuki, si te portas bien te doy un beso.
—¡NO TE PONGAS DE SU LADO, PRINCESA!
Shouto sonríe. Es imperceptible, pero lo hace. Joder. Lo que daría por perderse en esa sonrisa, pero no puede. El dolor en la mejilla lo mantiene despierto. Está toda amoratada. Y las manos están vendadas pero cubiertas de sangre seca. No se anima a intentar soltar una explosión después de todas las que soltó cuando lo tenían encadenado.
La mitad de esas ni siquiera fueron a propósito.
Para alguien que se enorgullece del uso de su magia, sólo quiere olvidar todo el tiempo que pasó en los calabozos del castillo Todoroki.
—Kacchan, si te duele, tienes que decirme. —Izuku levanta primero su mano izquierda. Ya tiene un paño con agua preparado en la mano y empieza a limpiarle la sangre seca—. Si tuviera con qué cerrar bien las heridas… Aguja. Pero ninguna es muy profunda. Creo.
Está llena de cortes causados por la reacción de la estúpida caja de metal cada que intentaba usar magia.
No es su culpa.
Es culpa de los otros salvajes.
Los que le quitaron toda la dignidad cuando tenía dieciséis años y lo amarraron dentro de una de las tiendas de su campamento. Recuerda la manera en la que habían puesto sus manos. A su espalda. Con las palmas pegadas la una a otra. «Si explotas, te vuelas un brazo», le habían dicho. Así había estado tres días, intentando controlar su respiración, sin sucumbir al pánico que le daba encontrarse en una situación demasiado grande para él. Mandaban siempre a alguno de los niños a que le diera de comer, a que lo acompañara al baño con una cuerda atada al cuello que se apretaría si intentaba correr o largarse. Tres días fue lo que se tardó Mitsuki en encontrarlo y quemar todas las tiendas hasta sus cimientos.
Todo el tiempo que las había tenido aprisionadas en metal le había recordado a eso.
Lo habían atrapado por una disputa entre Tribus en la que ni siquiera tenía que ver. Pero claro. Gritaba más. Se hacía notar. Había declarado antes que quería ser el líder en algún momento.
—Kacchan. —La voz de Izuku lo saca de los recuerdos—. ¿Estás…?
—Te estoy oyendo.
—Creo que no deberías usar tu magia unos días. Sólo hasta que sanen todos los cortes, ¿de acuerdo? Son superficiales, no tardarán.
—¿Quedarán cicatrices?
Izuku tuerce la boca.
—Quizá. —Empieza a vendarle la mano izquierda. Katsuki no hace ni un gesto. Intenta sacar el recuerdo de las lágrimas y la furia de Mitsuki, todo mezclado, mientras cortaba las cuerdas que lo mantenían atado y la manera en que le dio un zape bien dado y luego lo abrazó y se echó a llorar en su pecho. «¿Por qué te llevaron a ti…?». Estúpidos y cabrones recuerdos—. Kacchan. ¿Estás ahí?
—Sólo sigue.
—Kacchan.
Izuku sabe en qué está pensando. Izuku siempre sabe, cabrón.
Luego la mano derecha. Está en el mismo estado que la izquierda.
Shouto se acerca y se pone en cuclillas, al lado de donde está sentado Katsuki.
—¿Puedo? —Extiende una mano hasta su rostro al tiempo que deja caer su peso sobre sus rodillas.
Katsuki aparta el rostro por instinto.
No le gusta la ayuda, nunca le ha gustado. Soporta a Izuku porque es tan molesto como para saber todos sus puntos débiles, pero no sabe cómo recibir una mano de apoyo.
Shouto no hace el intento de tocarlo.
—¿Fue el rey?
Katsuki sonríe y le imprime todo el desagrado que le tiene a Enji Todoroki en esa sonrisa. Qué cabrón. Rey hijo de puta.
—Tienes un progenitor de mierda, princesa.
Shouto asiente.
—Lo sé.
Hay algo en su gesto. Katsuki abre mucho los ojos. Izuku lo notaría mejor, pero él también lo ve. Lo lacónico de su tono al pronunciar esas últimas dos palabras lo delata. Katsuki se yergue un poco, dejando que Izuku siga limpiándole las heridas de la mano.
—Shouto —empieza—. ¿Tu padre también…? ¿Alguna vez…? —Usa la mano izquierda para señalarse la mejilla amoratada—. ¿Te ha hecho esto?
Shouto tiene las manos sobre las piernas. Las aprieta, jalando la tela del pantalón.
Esa es toda la respuesta que necesita Katsuki.
Y de todos modos, Shouto lo mira cuando lo que ya sabe que va a escuchar sale de sus labios.
—Sí.
Izuku se detiene. Katsuki lo nota porque el paño mojado con que le limpia las heridas empieza a chorrear y el agua se escurre entre sus dedos. Qué pendejada estar pensando en eso cuando Shouto ya no puede sostenerle la mirada y baja la cabeza.
—Duele como un demonio —dice Katsuki. Es sólo una observación para llenar con algo el silencio, cualquier cosa, lo que sea. Shouto alza un poco la mirada—. Creo que necesitas más un beso tú que yo.
Los ojos de Shouto se abren. Parece que se quedó congelado, pero Katsuki ve su gesto cambiar poco a poco, lentamente.
—Oh, carajo.
Estira la mano vendada, la que Izuku ya le limpió e ignora el dolor. Agarra a Shouto por la camisa y lo obliga a aproximarse hasta él.
Sus labios son diferentes a los de Izuku.
«Bravo, Katsuki, que observador».
Sus besos son diferentes, también.
No es hasta que besa a Shouto que se da cuenta de que, aún con toda su delicadeza, los besos de Izuku siempre están llenos una desesperación que no entiende, un ansia que lo carcome, un deseo que lleva demasiado tiempo esperando y que quizá Izuku tampoco ha notado. No lo culpa, porque para Katsuki besar se parece mucho a pelear y siempre se lanza contra los labios del otro con un hambre infinita; muerde, busca más, nunca se sacia. Shouto, en cambio, después de la sorpresa inicial, lo obliga a bajar el ritmo. Es sólo la manera en la que atrapa sus labios.
Sólo se separan cuando Izuku tose, viéndolos.
Katsuki tuerce la boca en un gesto neutral —que podría interpretarse como desagrado—, pero no deja de mirar a Shouto, que está rojo.
Izuku jala su mano y acaba de limpiarle las heridas antes de vendarlo sin decir nada. Lo único que Katsuki ve de su rostro es su sonrisa.
Todo está bien. De momento, todo está bien.
No tardan en llegar hasta la frontera. La casa de Izuku está de paso, pero no se detienen allí. «Después cruzaré el río», dice. «Le diré que estoy bien». Katsuki sabe que no quiere ponerla en peligro y llevar al príncipe menor Todoroki es ponerle una diana enorme para los soldados .
Por eso acaban enfrente de Mitsuki Bakugo apenas unos días después.
—¡¿Cómo se te ocurrió traer a un príncipe fugado la tribu?!
Ve el zape antes de que aterrice en su nunca. Nunca duelen mucho, pero siempre están ahí cuando se trata de Mitsuki.
—¡No iba a dejarlo por ahí sólo porque sí!
Otro zape.
Y esa vez se da cuenta de que Shouto también reacciona cuando caen. Es casi imperceptible. Apenas un movimiento en el hombro, la cabeza, como si quisiera evitarlo y luego recordara que no están aterrizando en su cuerpo. Pero luego ve sus ojos y entiende que ahí hay toda una historia que Katsuki no ha oído.
Además, sabe que Shouto no entiende más que unas palabras en la lengua salvaje.
—¡Mamá, lo estás asustando!
—¡En un príncipe Todoroki! ¡¿Por qué carajos lo asustaría una mujer de la Tribu de Río Claro?!
—¡Si escucharas y me dejaras explicar…!
Izuku se mira las manos. Gran ayuda. Sabe lidiar con Mitsuki mejor que él y su elección es mantenerse callado, grandísimo cabrón, hijo de la chingada.
—¡A ver cómo chingados le explicas esto a Rumi! —exclama Mitsuki. Alza una mano, pero nunca aterriza. Katsuki vuelve a mirar a Shouto y se siente culpable al ver su rostro medio congelado. Después sus ojos se posan en Izuku y nota que también se dio cuenta—. ¡Vivimos en la frontera, Katsuki, no puedo creer que…!
—¡Sé perfectamente dónde vivimos!
—¡EN LA FRONTERA! ¡¿QUIERES TENER PROBLEMAS CON EL REY POR HABER SECUESTRADO A SU HIJO, KATSUKI?!
—¡No secuestré a nadie, si te das cuenta Shouto llegó por…!
—¡¿Y CREES QUE AL REY LE IMPORTA ESO?!
Otro zape.
Izuku decide dejar el silencio.
—Mitsuki —interviene. Da un paso para adelante, acerca su mano a su brazo—. Podemos explicarnos, ¡lo juro! Y —añade— no pondremos en peligro a la tribu. Lo prometo.
Su madre fija en él su vista. Frunce el ceño.
—Ustedes se lo explican a la jefa —espeta. Con Izuku siempre tiene más paciencia.
—Lo haremos —asegura Izuku.
Todavía cae otro zape sobre Katsuki.
—Si aparece el rey al otro lado del río demandando que le devolvamos a su hijo y ustedes sigues aquí con él, te cuelgo. ¿Entendiste?
Katsuki traga saliva. No la mira, no deliberadamente. Usualmente no le molestan los gritos, pero en ese momento no quiere darle absolutamente ninguna excusa para volver a empezar.
—¿Entediste, Katsuki?
—Sí.
—Váyanse, Rumi vuelve al anochecer.
Izuku es quien le hace una seña a Shouto para que lo siga. Katsuki encabeza la marcha. Su tienda debe seguir por ahí. Mitsuki siempre la mantiene en pie, esperando el día que regrese de los viajes. No tarda en encontrarla, a un lado de la de sus padres y abre la tela que hace de puerta. No hay casi nada en el interior. Algunas armas, cobijas, mantas. Nada más. Para alguien que no pasa demasiado tiempo en el campamento de la tribu de Río Claro, no tiene sentido acumular demasiadas cosas.
Deja que Izuku y Shouto pasen primero y luego lo hace él.
Le dirige una mirada al príncipe en cuanto la tela de la entrada vuelve a cerrarse.
—¿Entendiste algo?
—Hablan muy rápido —dice Shouto—. Algunas palabras. Tu nombre.
Katsuki le regala una media sonrisa.
—Es peligroso si alguien se entera que estás aquí —suelta. Alguien se refiere a una persona en particular pero no quiere mentarlo. Sus manos todavía duelen. Su mejilla todavía no olvida los golpes. Lo que más le arde son las lágrimas de Izuku, los ojos de Shouto cuando le preguntó si el rey alguna vez lo había golpeado así—. Mi madre sólo quiere asegurarse de yo no ponga en peligro a nadie.
«Yo». Eso es claro.
Deja a Izuku fuera.
A Shouto, más que a nadie.
Nadie dice nada un momento hasta que el príncipe abre la boca.
—Se parece a ti.
—Me lo dicen mucho.
—Creo que te prefiero a ti.
Shouto intenta sonreír, pero Katsuki se da cuenta de que se esconde en él algo más hondo. Aprieta los puños y está nervioso. Así que hace lo único que sabe, porque vio su mirada cuando Mitsuki le dejó caer los zapes en la nuca, sus ojos pintados con la sombra de un terror que no puede sacudirse; lo abraza. Da dos zancadas hasta él y lo aprieta contra sí.
—Lo siento.
El antiguo Katsuki Bakugo nunca se disculpaba por nada.
Ahora esas dos palabras le salen con mucha más facilidad.
—N-no tienes que disculparte. Es sólo que…
—Lo sé —corta Katsuki—. Lo sé. —Lo siente temblar bajo su tacto, es casi imperceptible—. Ella no es como… —No termina—. Lo siento.
Puede alegar que Mitsuki Bakugo y Enji Todoroki no se parecen en lo más absoluto. Sabe que no hay dos cosas en las que sean parecidos. Pero también sabe qué vio Shouto. Es, como todo, complicado. No quiere discutir con nadie su relación con Mitsuki porque sabe que está llena de problemas. En el fondo, sabe que ella siempre ha querido lo mejor para él y nunca ha podido expresarlo de otra forma. Como cuando lo encontró después del secuestro. Un zape y luego un abrazo que casi lo deja sin costillas.
—Kacchan —interrumpe Izuku—. Entonces, ¿qué haremos?
Está intentando cambiar el cuso de la conversación. Katsuki se lo agradece. A veces puede ser útil.
Suelta a Shouto.
—No sé, ir más al sur, espera a que las cosas se calmen… —empieza.
—Quiero buscar a unos mercenarios —suelta Shouto. Es abrupto. Katsuki ni siquiera lo espera—. Cuando Chisaki…
—¿Chisaki?
—El hechicero de la ciudad amurallada, el de los Shie Hassaikai —aclara Shouto.
—Ah, el del pico de pájaro. —Katsuki no dice nada más. Todavía tienen qué contarle que ocurrió con eso, porque Izuku sólo le dijo que habían rescatado a la dragona y que Eijiro y Denki habían vuelto a las montañas, que Mirio había ido a su ciudad natal, que Mirai Sasaki había muerto. Sin embargo, los dos habían omitido lo que había ocurrido con el hechicero.
—Bueno, cuando usó el portal, aterricé con mercenarios. Aseguraron que mi padre los había usado para recuperarme. —Shouto se mira las manos—. Pero había uno que… —Suspira y a Katsuki le parecen extrañas tantas vueltas—. Bueno…
—¿A dónde quieres llegar? —pregunta.
—Me recordó a Touya.
—¿Touya?
Pero Izuku sí reconoce el nombre.
—¿No había muerto? —preguntó.
—¿Touya? —insiste Katsuki.
—Touya Todoroki —dice Izuku—. El antiguo heredero al trono. El que murió, Kacchan.
Shouto se mira los pies. No es capaz de alzar la vista en ningún momento para encararlos en todo ese intercambio.
—Mi hermano mayor.
Bueno. Carajo.
Katsuki, en teoría, entiende lo que está oyendo. En teoría.
—Creo, creo que está vivo —dice Shouto.
Se queda sin saber qué decir. Abre la boca y la cierra. Parece que Izuku va a empezar a hablar pero se abre la entrada y se asoma un rostro que Katsuki reconoce.
—Tu madre me dijo que te encontraría aquí.
Katsuki suelta un bufido. Primero se dirige a Shouto y a Izuku.
—Quédense aquí.
Y luego abre la tela y sale. Puede presentar al príncipe con su padre después. Cuando no acabe de decirle que quizá su hermano muerto está vivo.
—Iba a ir a saludar después —se excusa.
Masaru no le da importancia.
—También dijo que trajiste a un príncipe Todoroki —dice su padre—. Parecía preocupada.
Katsuki vuelve a bufar.
—Se preocupa en vano, podemos protegernos —responde—. Escapamos de su maldito castillo.
—¿Escaparon de…?
—Es una historia larga. Izuku puede contártela. —Él no es bueno para eso, va a evitarlo—. No nos quedaremos demasiado tiempo aquí. Sabemos que es peligroso.
Masaru asiente.
—Me alegra que hayas vuelto.
Sonríe y su sonrisa es franca. Katsuki nunca sabe qué hacer ante ellas. Es tan diferente a Mitsuki y a él mismo que apenas si ha aprendido a leerlo en veinte años de vida.
Al menos, su madre los interrumpe.
—¡Masaru!
Siempre a tiempo.
Se dirige hasta ellos.
—¿Y tú qué? —pregunta, viéndolo a él—. ¿No tenías invitados?
Katsuki bufa.
Su madre se ríe. Ojalá algún día pudiera entenderla completamente. Eso también equivaldría a entenderse a su mismo, así que no sabe qué tal va a salir.
—Vi como miras al príncipe —dice su madre—. No creas que vas a ocultar eso, Katsuki. —Su mano sube y Katsuki cree que le espera otro zape en la nuca, pero en vez de eso se hunde en su cabello y se lo revuelve—. Aunque me gustaría que hubieras elegido a alguien más sencillo. ¡No a un príncipe fugado!
—¡Mamá!
No están tan lejos de su tienda. Quizá Shouto e Izuku puedan huir sus gritos.
—Sólo digo lo que veo. Tus afectos traen problemas, ¿eh?
Katsuki bufa y acaba decidiendo dejarla con la palabra en la boca. Antes de dar media vuelta y marcharse, sólo agrega:
—Bueno, también elegí a Izuku.
Notas de este capítulo:
1) Creo, pero no sé, que esta parte ya será el último arco de la historia. Pero aún no lo tengo completamente planeado así que veremos. Quiero aprovechar para meter a varios personajes (aunque si de verdad tuviera el tiempo de hacer un fantasy AU con todos los que quiero meter saldría de más de 100K y este creo que por mucho va a rozar las 80K).
2) Ya apareció Mitsuki y ahondé un poco más en ella y su relación con Katsuki. Tiene muchos matices dignos de explorar, eh. Sobre todo desde la mirada de Shouto, que es externa.
Andrea Poulain
