Buenas. Quiero hacer un pequeño apunte. Me he equivocado al subir capítulo, y durante unas horas, he subido el capítulo siguiente a este. Si no habéis visto el otro, entonces no habrá problema, pero si no, habréis tenido dos capítulos en un día, y hasta dentro de 3 semanas no habrá nada nuevo. Pido disculpas y que disfrutéis.


Roy Mustang - Interludio 4

Ishval SO. 15/JUL/1908

Cuando abrí los ojos todo quedó en silencio. Los gritos angustiados, el rugir de las llamaradas, el temblor de la artillería y el estruendo de las ametralladoras enmudecieron bajo el peso de la noche. Mi respiración agitada rompía aquella calma. Era un sonido entrecortado, húmedo y agudo.

Las pesadillas eran un justo castigo, un recordatorio que me han seguido acompañando mucho después de que acabara la guerra. Las palabras de Kimblee no iban dirigidas a mí, pero las sentí igualmente, como una losa invisible con la que cargaría toda la vida: "No los olvidéis. Nunca, jamás. Porque ellos tampoco os olvidarán a vosotros."

El estrés, desde un punto de vista biológico, es una herramienta que tenemos los seres vivos para facilitar nuestra supervivencia. Mejora nuestros sentidos, nos hace responder más fuerte y más rápido, como el dopaje de un motor. Sin embargo, igual que una máquina se rompe si se fuerza demasiado, lo mismo ocurre con las personas.

Durante las primeras semanas no se lleva del todo mal. Duermes poco, pero lo que duermes te ayuda a seguir adelante. Después viene la etapa del cansancio. La cabeza comienza a zumbar, y tus sentidos se embotan. Te notas lento, torpe, e inconscientemente te fuerzas a dormir menos. Tu cuerpo necesita parar, pero tu cerebro te niega ese descanso, eres vulnerable.

Se trata de una espiral en la que vas hundiéndote, la causa propicia síntomas, y esos síntomas son la causa de seguir empeorando. Y al final llegas al nivel cero. Ahí el ser humano deja de ser humano. Automatizas tus movimientos, confinas tu mente en una celda diminuta y lo proteges del horror que vives.

Pierdes la noción de la realidad y te mantienes en guardia tanto cuando cierras los ojos como cuando los tienes abiertos. Por suerte o por desgracia, por mucho que el cuerpo humano lo dilate, al final encuentra su límite. Tu cerebro se rinde, pierde ese estado de vigilia constante y se desactiva. Y entonces tu mente se libera. La tienes encerrada en una celda, pero cuando duermes, esa celda se abre.

Es ahí cuando vienen las pesadillas. Un disco rayado de vivencias insoportables. Algunas son reales, otras edulcoradas con la más macabra de las imaginaciones. Por el día puedes haber disparado a un rebelde, puedes haber incendiado una casa o puedes haber visto a un niño muerto en una cuneta.

Pero cuando cae la noche y cierras los ojos, tu mente te susurrará que tú mataste a ese niño, te mostrará con todo lujo de detalles cómo lo carbonizaste, cómo su piel humeante se deshacía, separándose de unos huesos blancos y pequeños. Puedes ver sus ojos hirviendo y oler su pelo quemado.

Y entonces despertarás y verás que sigues allí, en el infierno.

Cuando me incorporé del catre pude sentir cómo la camiseta se me pegaba al pecho. Estaba sudando, aunque no hacía calor. De hecho, tenía frío. Las noches en el desierto eran igual de duras que los días, pero por causas opuestas.

Antes de bombardear la ciudad los edificios cortaban el viento, protegían a los habitantes como una muralla de piedra y adobe. Sin embargo, después de arrasar con todo, el viento bordeaba las ruinas, recorría las grietas y se clavaba en nuestros huesos como puñales de hielo. De nada servía guarecernos en las carpas, las lonas eran como coladores con diminutos agujeros.

Me puse la casaca azul y salí al exterior. Ya había renunciado por completo a dormir. El campamento quedaba levemente iluminado. Se habían colocado unas lámparas alimentadas con electricidad. Crear el tendido eléctrico había sido laborioso, pero después de que los monjes incendiasen el campamento anterior toda precaución estaba más que justificada.

Un par de soldados de guardia se paseaba por los corredores de grava que separaban las tiendas de campaña y las carpas. Allí, en medio de aquellas ruinas, descansaba el gusano que había envenenado la manzana.

Dejé que el aire llenase mis pulmones. No había humo ni polvo, el viento de la noche era fresco y se deshacía de todo. Levanté la vista al cielo y miré las estrellas tratando de emular una calma que no sentía. Mi mente divagó, aturdida por aquellos sucesos que no eran del todo infundados. Aún seguía alterado por el sueño.

Al final acabé naufragando en el recuerdo de nuestro último encuentro. Aquellos ojos malditos, condenados a ver cómo se apagaban las vidas que ella misma quitaba, se habían cruzado con los míos. Había pasado desapercibida con aquella capa blanca cubriéndole el rostro. Solo pude reconocerla cuando se la quitó.

En su hombro portaba el arma con la que me había salvado la vida. Era su herramienta, su indeseable compañera de viaje. Las acciones del "Ojo de Halcón" ya corrían por el campamento como un mito. Era quien protegía a los soldados de amenazas invisibles; un ángel de la guarda, una asesina.

Una carga más con la que mi conciencia tendría de lidiar. Otro buen gesto truncado por la ironía de la vida. Sin embargo, más que dolerme por ver en qué se había convertido, me dolía ver cómo se culpaba por ello. Cómo sus ojos café, doblemente malditos, veían en el espejo al ser más despreciable de la faz de la tierra. Cómo se equivocaba. Cuán desproporcionadamente dura era con sigo misma.

Hablando con ella, más allá del campamento y las órdenes, más allá de rangos y formalidades, pudimos ser nosotros mismos; hablar con sinceridad y desahogarnos. Pudimos clamar al cielo y preguntarnos toda esa injusticia en la que vivíamos y de la que éramos partícipes.

Puso voz a mis demonios, al porqué de aquel uso de la alquimia. Pero más doloroso era lo que no decía, la sentencia muda que ninguno pronunciaba. Ella me había otorgado un don que yo había puesto al servicio del ejército. Esa carga no la mencionaba. En aquel momento asumí que era mi responsabilidad, mi maldición, que únicamente yo cargaría con ella.

En cambio, avivó en mí las brasas de un sentimiento olvidado. Unos ideales que aquella guerra había enterrado bajo fuego y sangre. Los había reducido a fantasmas, a quimeras abstractas e irrealizables. Proteger a todos, buscar la paz. Eran palabras bellas, pero con un significado demasiado ambiguo y simple una vez llevado a la realidad. Ella me hizo recordar por qué había emprendido ese camino.

Había buscado más poder y en el intento había descuidado a la gente de mi alrededor. No podía hacerme cargo de todos en aquel estado, no tenía el poder suficiente para ello. Debía centrarme en proteger lo que estaba a mi alcance. Aquello, por raro que pareciera, me reconfortó. Darme cuenta de mis limitaciones, ponerme metas visibles y realizables me infundió nuevos ánimos. Solo ella podía hacerme más fuerte mostrándome mis debilidades.

Me recreé en la sensación de calidez que me dejó aquel pensamiento mientras miraba aquel cielo oscuro. Fue entonces cuando sentí que el viento traía algo consigo. Un ruido sordo que quedaba acallado por el rumor del aire. Pisadas, una marcha. Alarmado, me incorporé tratando de situar aquel ruido.

Lo seguí a través de los corredores de grava, guiándome por ellos hasta los límites del campamento. Me sorprendió al ver a varios guardias en la entrada, sobre todo porque era el lado opuesto al frente. Supuse que sería un medio disuasorio para evitar emboscadas, pero esa teoría cayó cuando me cortaron el paso.

El reloj de plata no fue suficiente para abrirme el paso. Aquello significaba que el ejército ocultaba algo, y que necesitaría de otras herramientas para descubrir qué ocurría. Es sabido que la violencia abre puertas que la diplomacia no, y viceversa. La intimidación resulta violencia igualmente, pero se diferencia del conflicto directo en la sutileza con la que se lleva a cabo. Tuve que ponerme un guante para pasar.

La luz de las antorchas iluminaban las fachadas, proyectando sombras de gigantes encadenados. A medida que me acercaba, más soldados aparecían. Mantenían la tensión de aquel que guarda un secreto. Algunos me miraban de soslayo, pero si estaba allí supondrían que estaba autorizado. Lo malo de guardar un secreto ajeno es que no manejas toda la información.

Apoyado sobre una roca vi al doctor Knox. Un hilo de humo conectaba el cielo con el cigarrillo que descansaba en sus labios. Se giró hacia mí cuando oyó mis pisadas; su ceño eternamente fruncido.

–Mustang. –Su comportamiento rallaba la insubordinación, pero solo tras conocerlo te dabas cuenta de que simplemente restaba importancia a las cosas que no la tenían.

–Doctor –respondí–. ¿Qué está pasando aquí?

Soltó una carcajada ronca, totalmente desprovista de humor. El humo se abrió paso entre sus dientes. –Esa es una buena pregunta. Podrías hacérsela al Generalísimo cuando lo veas.

–No creo que encontremos las respuestas que queremos oír. –Aquella respuesta me la había dado Hughes días atrás. Era una respuesta que pesaba más a cada momento que seguíamos allí.

–Eso es cierto, chico –asintió Knox–. Lo único que podemos hacer es nuestro trabajo. Y rápido. Cuanto antes lo terminemos, antes podremos irnos de aquí.

–¿Nuestro trabajo? –pregunté. Solo había oído a un megalómano psicópata llamarlo así–. ¿Cuál es nuestro trabajo?

–El tuyo matar –atajó él–. El mío analizar lo que matas.

Aquello me sorprendió. No había reparado en ello, mis pensamientos se iban con las vidas que quitaba, no con la cáscara mutilada que quedaba atrás. –¿Y qué se supone que analizas?

Knox le dio una calada a su cigarro, haciendo que la punta incandescente se reflejara en sus gafas. Se incorporó y caminó hacia las sombras de las fachadas. Lo seguí.

–La carbonización de los tejidos, el comportamiento de los órganos, la resistencia del cuerpo humano. –Exhaló el humo a través de sus fosas nasales–. Lo llaman ciencia, igual que la alquimia.

Al fin, llegamos al solar iluminado. Una fila pálida de ishvalíes discurría con lentitud, como la muda que deja una serpiente. Sus brazos y piernas estaban encadenados, limitando sus movimientos a una marcha lenta y pesarosa.

Soldados a ambos lados parecían vigilar que no hubiera altercados. Se mofaban de sus andares y apaleaban a los que se detenían. Mantenían el orden con rostros pétreos, desprovistos de humanidad. Los dirigían como granjeros que conducen su ganado al matadero.

–Todos los jóvenes venís con la misma idea cuando os mandan por primera vez al frente. Hombres disparando con fusiles y lanzando bombas, gloria y reconocimiento –dijo Knox tras un tiempo de silencio. No veía sus ojos, los reflejos proyectados en sus gafas los ocultaban–. Es cuando lleváis un tiempo que os dais cuenta de la realidad. La miseria y el hambre. Vejaciones, experimentos, la supresión de la humanidad. Esta es la verdadera cara de la guerra.

Los observé desfilar. Aquella privación de la dignidad, el ser tratados como animales, aquel abuso amparado por la oscuridad. No podía dejar de preguntarme por qué. ¿Por qué esa humillación? Si querían un exterminio, ¿por qué los mantenían vivos? ¿Por qué los paseaban como si fueran perros? ¿Qué sentido tenía todo aquello?

Tuve que tragar saliva. –¿Adónde los llevan?

Tiró la colilla hacia aquel macabro espectáculo. –Al laboratorio del doctor Marcoh.

Un escalofrío me recorrió la espalda. La imagen de Knox manipulando cadáveres carbonizados vino a mi mente con la nitidez de una pesadilla. –¿Qué van a hacer con ellos?

Knox se giró hacia mí. Ahora sí veía sus ojos, tristes y cansados.

–Ciencia.


Hola a todos y todas. Espero que estéis bien.

Creo que sería imposible hacer un fic de Ishval y no hacer mención a los experimentos que hicieron con los ishvalíes. Sin embargo, no quería que fuera algo explícito, pues Roy tampoco debía de tener un conocimiento muy claro del tema en aquel momento, y debemos recordar que esta historia la cuentan ellos. Ese fue el motivo por el que no salió Marcoh, y sí Knox. Además tengo que admitir que Knox me encanta, y quería que saliera fumando y con las gafas, así misterioso jajaja.

Eso es todo, siento el problemilla al subir los capítulos, me hice un lío.