Disclaimer: Todo pertenece a Rowling. A mí que me registren.

Como siempre, mil gracias por las lecturas y los reviews. Sois geniales y leeros me hace mucha ilusión.

Yaz, a ti no puedo contestarte por PM (si falta alguien por contestar, mil perdones, intentaré hacerlo mañana, lo prometo), pero te contesto por aquí que no, no me había planteado una segunda parte con los Weasley. La verdad es que me parece muy interesante. No estoy muy conforme con mi redacción y mi escritura aquí, pero supongo que algún día, si se me ocurre una buena idea, podría explorar un poco más allá.

Un abrazo a todes.


CAPÍTULO DIECINUEVE

Cuando amaneció, Draco estaba congelado hasta los huesos y tiritando. Tenía mojada toda la ropa, incluso la interior.

«Aquel día sería un suplicio», previó.

Se incorporó, notando como su espalda crujía y se quejaba. Posó los pies en el suelo y los calcetines chapotearon. Notaba los pies entumecidos. La mochila estaba seca, afortunadamente. De todos modos, mientras siguiese lloviendo quedaba totalmente descartado sacar ropa seca y cambiarse.

«Claro que si sigue lloviendo, la lluvia no tardará en penetrar la tela», lamentó Draco mirando al cielo nublado.

No se le ocurría cómo proteger la mochila del agua. El chaparrón nocturno había dejado paso a una lluvia fina que iba calando poco a poco, enfriando el ambiente. La parte más veraniega del otoño había llegado a su fin y enfilaba hacia el invierno crudo.

Draco volvió a sentir ganas de llorar. Se daba cuenta que había hecho una gilipollez. Estaba congelado y entumecido. No tardaría en estar resfriado en cuanto sus defensas se debilitasen. Y era consciente que el progreso conseguido gracias a las medicinas se echaría a perder en poco tiempo. Y no menos importante, echaba de menos a Harry.

—¿Se habrá ido ya Harry? —se preguntó a sí mismo.

Necesitaba oír su propia voz. Durante los días de atrás se había acostumbrado a hablar no solo con Harry, también con Lady. Y ahora se daba cuenta del bien que le había hecho intercambiar palabras con otras personas. Incluso cuando habían ido a casa de los Weasley, y las salidas que habían hecho. Echaba de menos el contacto humano y no habían pasado ni veinticuatro horas.

Esperaba que sí se hubiese marchado. Si no, habría fracasado y todo su sacrificio habría sido en vano. Merlín, él haciendo sacrificios por un Potter como un colegial enamorado. Un hombre solitario de pelo largo en coleta entró en el parque y pasó al lado del banco trotando.

—Sí que madruga la gente —murmuró Draco mirándolo al pasar. «Nunca había visto un muggle vestir con ropa deportiva de ese tono rosa chillón», pensó.

Abrió la mochila. Con un suspiro, sacó las zapatillas y un par de calcetines secos. Quitándose los que llevaba puestos, se los cambió rápidamente. Sabía que estaba gastando uno de sus bienes más preciados, porque no tenía modo de secar los calcetines mojados y aún no había terminado de llover, pero el frío de los pies estaba empezando a dolerle y meterlos así de empapados en las zapatillas sería peor.

Se calzó rápidamente para evitar que los calcetines se mojasen de nuevo. Abrió la mochila de nuevo, buscando algo que desayunar y sacó una lata de sardinas. Podría comerla con los dedos y lavarse las manos en la fuente donde bebió el día anterior. Sacó la lata del cartón donde venía embalada y usó este para guardar los calcetines mojados debidamente escurridos y doblados.

—No hará mucho, pero mejor que nada —suspiró resignado.

Abrió la lata y, cogiéndolas con los dedos, fue comiendo las sardinas una a una. Mientras lo hacía, aquel hombre volvió a pasar corriendo. Esta vez le dirigió una mirada de desdén. Draco percibió cómo le despreciaba, pero no bajó la vista. Le pareció que los ojos eran crueles, engastados un poco juntos encima de una nariz desproporcionadamente afilada para un rostro tan delgado.

Cuando terminó de comer se colgó la mochila y se dirigió a la fuente, donde se lavó y bebió agua. Aprovechó a lavarse la cara también e intentó frotar un poco sus dientes, recordando que debía intentar mantener una higiene básica el máximo tiempo posible.

Cuando terminó se encontró perdido otra vez. No conseguía recordar en qué había invertido el tiempo antes de que Harry lo llevase a casa.

«Creo que en aquel tiempo estaba tan jodido, que no podía hacer otra cosa que no fuese seguir estando vivo. Jodido, pero vivo», comprendió.

Ahora podía enfocar sus pensamientos en otra cosa y en casa de Harry eso se había traducido en leer y escuchar música, aprender a cocinar, limpiar… Y por tanto, su cerebro también demandaba entretenimiento.

—Otro problema más que hará esto horrible —suspiró.

Se puso a caminar sin rumbo, sin fijarse por donde caminaba. Al salir del parque, el hombre de coleta vestido con el chándal rosa le sobrepasó corriendo.

—Me pregunto dónde tendrán los muggles el sentido de la moda —dijo con un resoplido.

Caminó despacio, sin prisa. Se recordó constantemente que debía andar lentamente, reservando sus fuerzas y administrándolas a lo largo del día. Pasó por delante de una panadería y el olor hizo que el estómago volviera a molestarle. Las galletas y la lata que había comido no eran comida suficiente.

Se detuvo un momento mirando el escaparate, sintiéndose tentado de entrar y gastar alguna de las monedas que tenía en cualquiera de esos productos tan apetitosos que podía ver. Se dio cuenta que la tienda le sonaba y girándose miró con detenimiento la calle.

Claro que le sonaba. Estaba cerca de la casa de Harry. Sus pasos le estaban dirigiendo hacia allí inconscientemente. O quizá solo era casualidad. Al fin y al cabo, el parque donde solía dormir no estaba lejos del hospital donde le había encontrado Harry. Y sabía que iba caminando, así que su apartamento no podía estar lejos.

Habían pasado por delante de aquella tienda cuando habían vuelto del primer paseo que dieron. Mirando hacia la izquierda, calculó que el parque que visitaron estaría a no más de tres calles, pero no podía verlo porque hacía cuesta. Si caminaba hacia la derecha acabaría llegando a casa de Harry. El hospital estaría en algún punto completando aquel triángulo imaginario.

Una vez orientado, Draco vio que tenía dos opciones. Alejarse o acercarse. La tentación era demasiado grande como para desaprovecharla. Decidió que se acercaría. No mucho, solo lo suficiente para averiguar cuál era la ventana del apartamento de Harry y comprobar que efectivamente se había ido.

«Así podré quedarme tranquilo», se convenció a sí mismo.

Con un objetivo en mente, pareció como si se hubiese quitado un peso de encima y caminó ligero. Confundió una vez uno de los cruces, pero se dio cuenta rápidamente y retrocedió hasta que volvió a la ruta correcta. Cuando reconoció la calle de Harry paró, buscando un sitio desde el cual poder mirar el edificio sin despertar sospechas.

Si había conseguido despistar a quien le estuviese rondando ayer, probablemente tenían la casa vigilada. Desde la esquina, echó un rápido vistazo a la calle. Siendo un barrio residencial, había poco movimiento, solo gente dirigiéndose a sus trabajos. «Doce personas», contó. Tres de las cuales estaban girando por la esquina donde él estaba. Del teléfono muggle rojo que había a cincuenta metros del portal de Harry salió un hombre trajeado con maletín.

—¡No! —jadeó.

Se quedó helado. Velozmente, se escondió en la esquina. Algunos de los muggles que estaban cruzando por allí le miraron con desagrado, como si pensaran que estaba loco. No le importó.

Ese pelo peinado en coleta era muy familiar. Con cuidado echó un vistazo. No estaba mirando en su dirección, por lo que se atrevió a mirar con más detenimiento. No podía ver sus ojos desde allí, pero juraría que su nariz era prominente. Y los pantalones eran marrones y la chaqueta azul marino. No había visto esa combinación en un muggle nunca.

Ni tampoco había visto esas ropas deportivas en chicos muggles, solo en chicas.

—Como un mago vistiéndose para salir fuera del mundo mágico —entendió.

El hombre sacó un reloj de bolsillo y consultó la hora. Draco no había visto ningún muggle con ese tipo de relojes. Todos llevaban pulseras alrededor de la muñeca. Todo encajaba. No los había despistado. O habían conseguido volver a encontrarlo de todos modos. Y si no hubiese sido por ese chándal ni siquiera se habría dado cuenta. Estaba jodido.

Se giró hacia donde Draco estaba y este se escondió rápidamente. Con la mirada buscó un sitio donde meterse, pero no lo había. Se arriesgó a volver a mirar. El hombre volvía a darle la espalda y se había acercado todavía más al portal de Harry, mirando a ambos lados de la calle.

«Está esperándome», entendió. «No a Harry, a mí».

Este era el que había estado vigilándolo a él. Por eso lo había visto en el parque esa mañana. Lo que no entendía era por qué estaba ahí con otra ropa. Lo había adelantado mientras caminaba, en lugar de seguirlo a una distancia prudencial.

«Porque creía que volvía a casa. Joder, creía que volvía a casa», comprendió.

Había tomado inconscientemente el camino hacia allí y el auror había deducido, correctamente claro, su dirección. Seguramente el haberse parado y perdido le había dado tiempo a verlo salir cambiado de ropa. Si no, seguramente no habría llegado a fijarse en él antes de tenerle pisándole los talones con otro aspecto.

Se abrazó, tocando el jersey. Lo notó mojado, mucho más húmedo de lo que había notado la mochila esa mañana. O los muggles eran muy buenos impermeabilizando telas como esa… Se tocó el pelo, maldiciéndose por no haberse dado cuenta antes. Tenía el pelo seco. Los dedos de sus manos estaban todavía ligeramente arrugados por la humedad, pero su pelo estaba seco.

«Hice magia», se maldijo.

Durante la noche, había estado muy preocupado porque la mochila no se mojara, sobre todo cuando había metido sus deportivas dentro. Había deseado poder hechizarla para impermeabilizarla, y lo había deseado tanto que lo había conseguido.

—Joder, puta mierda —protestó, generando otra mirada de desagrado de una mujer que empujaba un carrito.

Respiró, intentando controlar su pánico. La parte mala es que había salido de dudas, tenía un Detector. Si hacía magia o alguien hacia magia cerca de él, lo encontrarían. La parte buena es que los había conseguido despistar una vez.

—Dos —se dijo en voz alta con fiereza—. Han sido dos, joder.

El puto auror no sabía dónde estaba, por eso estaba ahí plantado esperándole. Si corría rápido y lejos de allí, no lo encontraría. Tendría que renunciar a aquel parque, por supuesto, porque le buscarían ahí en cuanto cayese la noche, pero Londres era grande y tenía muchos lugares donde dormir.

El auror empezó a caminar hacia el extremo contrario de la calle en la que se encontraba Draco. «Iba a buscarle a otra parte», entendió. O a cambiar de turno. Decidió seguirle. Podría ver quién más estaba siguiéndole y así poder identificarlos. El mago no sabía que estaban siguiéndole, y no tomaba ninguna precaución para evitarlo.

«La presa se ha convertido en cazador, cabronazo», pensó.

Manteniendo toda la distancia que podía permitirse sin perderlo de vista, lo siguió. Pronto reconoció la calle donde estaban, una larga avenida llena de personas y tráfico. Se había desmayado en esa calle unas manzanas más abajo, así que el hospital de Harry debía estar cerca. Cuando llegaron a la altura del callejón sin salida donde se había ocultado aquel día cuando sintió que iba a volver a desmayarse, se metió dentro y desde allí espió.

El mago siguió caminando hasta casi llegar a lo que reconoció como la entrada del hospital. Esperó pacientemente un semáforo antes de cruzar por el paso de peatones. En la acera de enfrente, retrocedió algunos metros. Draco miró a su alrededor, buscando algo donde esconderse si alcanzaba su línea visual. En el callejón había unos contenedores y una fila de cajas, así que se sintió seguro.

No llegó a tanto. El auror paró junto a otro hombre, más bajo, rechoncho y calvo que estaba sentado en un banco bajo un paraguas. Fijándose, Draco pudo ver que la lluvia no rozaba ni el paraguas ni el trozo de banco donde estaba sentado. Hablaron durante un rato y después el hombre de la coleta, mirando a ambos lados con cuidado, se Desapareció.

Draco parpadeó. Había realizado la Desaparición con tanta elegancia que si no hubiese estado mirando fijamente no se habría percatado. De hecho, ninguno de los muggles que caminaban por la calle lo habían visto. Cuando se percató de esto, se dio cuenta que efectivamente todas las personas que pasaban caminando junto al banco lo ignoraban.

«No lo ven. Y yo tampoco lo vería si no hubiera sabido que estaban ahí», se mordió el labio.

Si el otro auror había estado vigilándolo a él… no era difícil saber a quién estaba vigilando este. ¿Habría ido Harry a trabajar? ¿O le habría hecho caso y se habría marchado y el auror estaba esperándole ahí como el otro le había esperado a él en la puerta del apartamento?

«Solo hay una manera de averiguarlo», se dijo.

Ocultándose más adentro del callejón, se sentó en el suelo encharcado y se dispuso a esperar a que llegase la hora de salir del trabajo de Harry. De vez en cuando, cuando estimaba que había pasado una hora, se asomaba con precaución y comprobaba que el mago seguía ahí. Tenía que hacer un esfuerzo para encontrarlo cada vez que lo hacía, pues el hechizo que estaba utilizando le intentaba hacer creer que ahí no había nada.

Como seguía lloviendo, no era capaz de saber qué hora era por la posición del sol, así que en un intento de calcular el tiempo intentó contar muy despacio para estimar los segundos que iban pasando. La lluvia arreció y volvía a estar empapado.

Las horas pasaron indolentes, mientras Draco cada vez estaba más y más helado. El auror seguía allí sentado, seco e impertérrito, con la mirada fija en la puerta del hospital. Draco se agarró las rodillas en un intento de hacerse más pequeño y conservar el calor.

Cuando calculó que la hora de salida de Harry debía estar cerca volvió a situarse cerca de la salida del callejón, intentando no llamar la atención. No podía arriesgarse a que el auror se moviese sin verlo y desde su posición no podía ver a Harry salir del hospital.

Después de lo que pareció otra pequeña eternidad, el auror se levantó del banco y cerró el paraguas. Draco hizo un esfuerzo consciente por mantener la vista fija en él a pesar de que su cerebro le estaba gritando que no había nada que mirar. El mago se dirigió al semáforo con calma y esperó a que este se pusiese en verde.

Harry pasó delante del callejón, al otro extremo de la acera, a unos escasos tres metros de él. Iba mirando hacia adelante, con la mochila colgada de un asa, sin paraguas, caminando a paso rápido, una mano en la tira de tela que llevaba al hombro y la otra en el bolsillo del pantalón. Draco se distrajo un momento mirándole y conteniéndose para no llamarlo.

Si lo hacía, el auror que le estaba siguiendo los vería a los dos y no era tan tonto como para no ser capaz de darse cuenta de la oportunidad de oro que tenía. Con la mirada, buscó algún objeto contundente en el callejón. Tuvo que conformarse con un trozo de madera sólido a modo de porra, probablemente algún resto de una caja grande que estuvo almacenada allí. Estaba húmedo y viscoso, pero se tragó el asco y lo aferró con fuerza.

Asomándose con cuidado, vio que la gente del semáforo ya estaba cruzando. Harry llevaba una ventaja considerable al auror, así que dudaba que este se entretuviese mucho. Forzó a sus ojos a buscarlo y cuando lo encontró lo descubrió a menos de diez metros del callejón, caminando por el centro de la calle.

Se concentró, moviendo los dedos para desentumecerlos y así aferrar la madera con más fuerza. Cuando el auror pasó por su lado del callejón sin verle, Draco dio dos zancadas y le asestó el golpe más fuerte que pudo en la nuca, impulsándose con todo su cuerpo. Asustado y sin pensar, volvió a golpear poniendo todo su impulso en ello. La madera se quebró y Draco se asustó, porque había quedado indefenso ante un auror con varita.

Sin embargo, pareció funcionar, porque el auror se derrumbó en el suelo como una marioneta a la que habían cortado los hilos. Draco lo cogió del pie y lo arrastró hacia el callejón, sin importarle los golpes que estaba dándole en la cara contra el suelo. Deseó tener fuerza suficiente para meterlo en uno de los contenedores, pero eso estaba descartado.

Gracias al hechizo del auror nadie les había prestado atención. Draco no se atrevió a registrarle para quitarle la varita, así que se limitó a salir corriendo del callejón. Unos metros después, exhausto, volvió a caminar, intentando ir lo más deprisa que podía. Harry le llevaba una ventaja considerable, pero quería llegar a casa a la vez que él, por si acaso. Tenía que avisarle.

No lo vio mientras deshacía el camino que había hecho hasta ese momento, pero no podía ir más rápido. Cuando llegó al portal, este estaba cerrado. Sabía que alguno de esos botones hacía sonar el teléfono de arriba, pero no sabía cuál de los que se leía tercero era y no se atrevía a equivocarse.

Examinó la calle con cuidado, forzándose a ver posibles hechizos de distracción. También revisó la cabina donde el otro auror había salido, pero estaba vacía. Mirando hacia el edificio, contó las ventanas hasta lo que supuso que era el tercer piso, pero no sabía cómo distinguir la de Harry. Dividido entre la angustia de mirar hacia arriba y de vigilar que no llegasen nuevos aurores, estaba empezando a sentir un ataque de ansiedad.

En ese momento se fijó en una de las ventanas. Lady estaba allí, mirando atentamente hacia el cielo. Draco sonrió, aliviado. Era algo que Lady hacía cuando no había nadie en casa prestándole atención. Harry debería haber llegado ya, pero no estaba en casa o Lady estaría siguiéndole. Y seguramente Harry habría abierto para ventilar.

Más tranquilo, se sentó en el bordillo del portal dispuesto a esperar a Harry mientras vigilaba la llegada de posibles aurores. Pasaron los minutos y empezó a preocuparse. ¿Le habría ocurrido algo por el camino?

«A lo mejor han detectado mi ataque al auror y han ido por él», pensó de golpe.

Un sentimiento funesto empezó a crecer en él, haciendo que la ansiedad que había mantenido a raya desde que se sentó a esperarle se acrecentara.

Sintió cómo su vista se nublaba y las lágrimas empezaban a correrle por las mejillas. El aire empezaba a faltarle, haciéndole muy difícil respirar. Sintió una presencia de pie a su lado, pero era incapaz de ver nada.

—Draco —susurró la voz de Harry.

Se levantó como una exhalación y se abrazó a él enterrando la cara en su cuello, llorando. Harry, sorprendido, le devolvió el abrazo con fuerza. Estuvieron así unos segundos, pero Draco se apartó rápidamente, mirando de nuevo a su alrededor.

—Tenemos que subir, Harry. No podemos quedarnos aquí.

Harry asintió, abriendo la puerta. Draco le siguió por las escaleras, sintiendo el cansancio de todo lo ocurrido acumulándose en sus músculos. Cuando abrió la puerta de casa, Harry se apartó para dejarle entrar primero y luego cerró la puerta tras de sí mismo.

—Estás empapado y tiritando, Draco —dijo Harry con voz suave—. Quítate toda la ropa y date una ducha caliente.

—No, espera. Primero tengo que contarte algo —contestó mientras sentía como Lady se acercaba contenta a él, demandando caricias.

—Sea lo que sea, puede esperar, Draco —se opuso Harry—. Dúchate.

—Tienes que irte, Harry, ¿no lo entiendes? Yo también tengo que irme. Nos están siguiendo a los dos. He conseguido despistar al que me seguía a mí, pero me volvió a encontrar. Le di esquinazo otra vez y entonces descubrí que había otro…

—Draco, para. —Harry estaba mortalmente serio—. He dicho que te quites esa ropa mojada y te des una ducha caliente. Después hablaremos.

—Pero si perdemos el tiempo nos encontrarán y…

—Primero tengo que llamar a Hermione y avisar a los Weasley de que te hemos encontrado. Mientras, tú te duchas y te cambias. Después hablaremos y trazaremos juntos un plan con calma.

Draco vio entonces lo enfadado que estaba. La furia chispeaba en sus ojos verdes a pesar del tono calmado con el que hablaba. A pesar de todo, había usado la palabra juntos. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Lo siento. Yo sólo quería…

—A la ducha, Draco —insistió con cariño—. Ya.

Entró en el cuarto de baño. Se quitó la ropa mojada y se metió dentro del plato de ducha. Cuando el agua caliente rozó su piel, no pudo contener un gemido de placer. Estaba enjabonándose el pelo cuando Harry golpeó la puerta entreabierta con los nudillos.

—¿Puedo pasar?

—Sí —contestó aclarándose.

Harry entró y recogió sus ropas mojadas. Salió y volvió a entrar, portando esta vez prendas secas. Sacó una toalla limpia y seca del armario. Se sentó en la taza a esperar a que terminase de frotar todo el cuerpo con la esponja. Cuando Draco salió de la ducha estaba preparado fuera para envolverle en ella. Draco se dejó hacer. Harry seguía teniendo el semblante serio, pero se comportaba con ternura.

—Lo siento, Harry —se disculpó.

—Lo sé —le respondió este retirándole un mechón de la oreja.

—Tenía que hacerlo —se justificó.

—No, tenías que haber esperado y tomado una decisión en frío.

—No quería ponerte en peligro —explicó—. Pueden detectarme, Harry y si estás a mi lado te encontrarán a ti también.

—Lo sé. Yo también he hecho los deberes en estas últimas horas —le tranquilizó Harry—. Toma ropa seca. Vístete. Y después comerás algo.

Draco obedeció dócilmente, dejándose cuidar. Cuando se sentó en la barra, Harry se sentó también. Ambos tenían enfrente un plato de legumbres.

—Son de bote, pero era lo más rápido para calentar —le explicó Harry.

A Draco no le importó y comió con ansia. Después de pasar el día con una lata de sardinas y seis galletas se habría comido cualquier cosa. Harry picoteó su comida, pero no parecía tener apetito. Fijándose en él, le descubrió las ojeras en el semblante serio.

—¿Podemos hablar ahora? —le preguntó con la boca llena.

—Come despacio —asintió Harry.

—No debes hacer magia mientras yo esté aquí —le explicó entre bocado y bocado—. Pueden detectarlo…

—Draco —le interrumpió Harry—. Lo sé. Leí tu citación, tu carta, hablé con Ron y Hermione y leí mi propia citación. Sé que tienes el Detector. Y creemos saber más o menos cómo funciona. Cualquier hechizo a tu alrededor te delata y facilita que un auror aparezca cerca de ti. No pueden entrar aquí, por las protecciones, pero sí llegar hasta nuestra calle.

—Nos seguían. Yo conseguí despistarlos ayer, pero esta mañana me han encontrado otra vez.

—Draco, calma. Cuéntamelo más despacio. Desde el principio.

Respirando hondo, Draco le contó todo lo que había ocurrido. Harry asintió mientras le escuchaba. Le explicó que había atacado al auror que le seguía, y que le había arrastrado al callejón.

—Y luego vine lo más deprisa que pude. Pero no contaba con adelantarte —concluyó Draco.

—Me desvié para entrar al banco a retirar todos los fondos que quedaban en mi cuenta muggle —explicó Harry—. Por eso llegaste antes que yo.

—La cosa es que se van a dar cuenta enseguida de que he atacado al auror. ¡Tienes que irte, Harry! —le urgió.

—Vamos a salir del país. Los dos —añadió cuando abrió la boca para negarse. Volvió a cerrarla— Sin magia. Hermione y Ron ya están en ello. Contábamos con tener dos días más, pero que hayas agredido a ese auror puede complicarnos un poco las cosas.

—Harry… yo solo soy una carga. Con magia tú puedes huir más fácilmente. Conmigo… nos encontrarán muy fácilmente, no han tardado ni ocho horas.

—No voy a discutir eso contigo, Draco. No me he marchado antes porque estábamos buscándote.

—¿Estabais?

—Los Weasley y yo.

Draco se sonrojó, entendiendo que había complicado las cosas hasta un punto terrible.

—Harry, lo siento mucho. Yo no quería que te pasase nada malo —este no contestó, se limitó a suspirar—. ¿Estás muy enfadado?

—Sí. Pero no contigo.

—¿No?

—Bueno, un poco sí. Pero lo que has hecho es solo una estupidez. Que levante la mano quien no haya sido estúpido alguna vez.

—Me gustaría… me gustaría no haberlo hecho. Irme —aclaró—. Fue una idiotez. Si algún día me perdonas…

—Ya lo he hecho, Draco —le interrumpió Harry.

—Pero yo…

—Lo hice cuando leí en tu carta por qué lo habías hecho. Lo he hecho cuando te he visto en la puerta. Y he vuelto a hacerlo cuando me has explicado por qué has vuelto. —Draco agachó la cabeza, le picaban los ojos—. Draco, irse no es lo importante. Lo importante es volver.

—¿Por qué?

—¿Cómo? —preguntó Harry extrañado.

—¿Por qué? —repitió—. Te he fallado. He tomado decisiones sin contar contigo a pesar de que teníamos algo. Y vuelvo y me tratas así. No me lo merezco. Y vas y dices que lo importante es volver, porque eres la persona más noble del mundo y eso solo hace que me enamore más de ti.

Se cortó abruptamente, porque la verborrea había desatado algo dentro de sí que le había incitado a decir todas aquellas cosas. Harry sonrió levemente, la primera sonrisa que le había visto desde que había vuelto.

—No es por nobleza, Draco. Ni siquiera es porque yo también esté enamorado de ti, que lo estoy —le correspondió. Draco se sonrojó ante la revelación—. Es porque eres mi amigo.

—Un amigo… —intentó llevarle la contraria, pero Harry volvió a cortarle.

—Cuando buscábamos los horrocruxes de Voldemort por todo el país para poder acabar con él, encontramos uno y no podíamos destruirlo. Era un objeto de magia oscura y perniciosa que nos influía negativamente, haciéndonos sentir horriblemente mal. Provocaba que las cosas que nos pasaban nos pareciesen peores y que peleásemos entre nosotros.

—Suena terrible.

—Lo fue. Era como tener una depresión cada vez que lo llevabas, y teníamos que portarlo con nosotros a todos los sitios. Finalmente, Ron no pudo aguantarlo más y después de una discusión, se fue. Se arrepintió nada más hacerlo, claro. En su cabeza, los motivos eran sólidos cuando tomó la decisión, influenciada por la magia de Voldemort.

—¿Ron se fue?

—Tardó semanas en volver —confirmó Harry—. Él quiso hacerlo en el momento, pero nosotros nos escondíamos muy bien. Hermione y yo estábamos destrozados. No dejó de intentarlo, porque tenía que avisarnos de que el nombre de Voldemort era tabú y no debíamos pronunciarlo porque así nos habían encontrado en una ocasión, derribando todas nuestras defensas.

—Imagino que lo consiguió —especuló. Al fin y al cabo, en la Mansión estaban los tres juntos.

—Sí. Volvió, ayudándonos a conseguir lo que necesitábamos para destruir el objeto. Él mismo lo hizo. Nos avisó del Tabú. Se quedó con nosotros. Elevó nuestro ánimo.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Tu miedo a volver a Azkaban es como ese horrocrux. Su influencia hizo que tomases una decisión errónea. No podemos condenar a las personas por tomar decisiones erróneas, tenemos que juzgarlas por las acertadas.

—Eso es absurdo.

—Ron volvió. Tu madre volvió. Tú volviste. La gente volvió a Hogwarts a pelear. Gracias a todos, pude vencer a Voldemort. Ahora tú has vuelto, y vamos a vencer a esos cabrones.

Draco se quedó mudo. Harry le sonrió y se levantó, situándose a su lado. Draco también se levantó y volvió a abrazarlo. Con suavidad, Harry le dio un beso en los labios.

—¿Y ahora?

—Ahora nos vamos. Hermione está avisando a los Weasley de que has aparecido. Tengo todo listo desde ayer para marcharnos en cuanto te encontráramos.

Miró a su alrededor y vio que todo estaba igual que lo había dejado. Harry se dio cuenta y le aclaró:

—Solo he cogido lo más importante. Nuestras varitas, mi Capa de Invisibilidad, cosas de Lady y mis pertenencias personales más queridas, como mis álbumes de fotos, el portátil... Lo demás es material y puede reponerse.

—¿Has cogido el libro?

—No.

—Por favor. —Harry asintió y se dirigió al armario. Lo sacó y lo metió en una mochila.

—También he metido tus pociones, por si acaso las necesitas. Y comida y algo de ropa, claro. ¿Algo más?

Draco negó con la cabeza. Harry tenía razón, todo lo demás era material.

—¿Cuándo nos vamos?

—En un rato. Los Weasley vendrán para aparecernos en diversos puntos a salvo. Creemos que eso hará saltar el Detector en varios puntos de la ciudad a la vez, y nos dará unos segundos de margen, o al menos les obligará a dividirse.

—De acuerdo.

—Hermione les está avisando por chimenea. Puede tardar un rato en conseguir la conexión flu, así que yo estimaría un par de horas. Cuando lleguen tenemos que estar listos —le advirtió—, porque todos los aurores vendrán aquí inmediatamente.

Draco asintió. Quizá le diese tiempo a echarse una siesta, se sentía agotado. Se agachó para acariciar a Lady, que estaba pidiéndole mimos desesperada.

—Habría que ir metiéndola en el transportín. No he querido hacerlo antes, pero lo mejor es estar preparados.

Apenas había acabado de decir esa frase cuando George Weasley apareció en la entrada del piso.

—¡Harry! —gritó. Mirándole, abrió los ojos como platos con una mezcla de sorpresa y terror—. ¿Malfoy ha vuelto?

—Sí, pensaba que estabas aquí porque Hermione…

—¡No hay tiempo! —le interrumpió—. ¡Percy dice que han atacado a uno de los aurores que os seguían! ¡Vienen hacia aquí! ¡Todos los escuadrones!

Draco lo entendió con horror. Las defensas no resistirían, por fuertes que fuesen. Y si colocaban hechizos anti-desaparición, estarían encerrados. Y sabrían que él estaba allí porque George había usado la Aparición cerca de él. Eran ratones en una ratonera. Se quedó paralizado.

Harry había empezado a moverse, cogiendo a Lady y peleando para meterla en una caja de tela. George estaba ayudándole, porque Lady se había aterrorizado por la brusquedad y se estaba resistiendo con todas sus fuerzas. Se les escapó de las manos y salió corriendo en dirección al dormitorio.

—¡Harry! ¡No hay tiempo! —le dijo George con los ojos llenos de miedo—. ¡Nos van a pillar a todos aquí!

—No puedo irme sin ella —se negó Harry corriendo hacia el dormitorio.

Draco corrió tras él, mientras George recogía la mochila del suelo y se la colgaba al hombro. Entró al dormitorio. Harry estaba tirado en el suelo intentando alcanzar a Lady que estaba bajo la cama. Cuando lo consiguió, la sacó mientras esta le llenaba de arañazos. Draco se acercó y la cogió del cogote. Lady se quedó paralizada.

—¿Cómo sabías eso? —preguntó Harry sorprendido.

—No lo sé. Creo que lo he visto hacer alguna vez —respondió Draco—. ¡La caja, rápido!

Harry reaccionó. Metieron a Lady en la caja de tela y ella se fue al fondo, muerta de miedo. Se reunieron con George, que les extendió las manos. Ambos se aferraron a él. No pasó nada. George empezó a jadear, hiperventilando.

—Han colocado el hechizo anti-desaparición —susurró horrorizado.

—No perdamos la calma —repuso Harry, que parecía haberse concentrado después del episodio de Lady—. Dame la mochila, George.

Este le obedeció y se la tendió. Harry la cogió y le entregó a Lady en el transportín.

—Hazte un hechizo de glamour —le dijo—. No es necesario que sea muy elaborado, bastará con que te quites el pelo rojo y te modifiques la nariz.

—Sabrán que alguien ha hecho un hechizo cerca de Malfoy.

—Ya saben que está aquí, así que supondrán que es mío. ¡Rápido, hazlo! —George se apresuró a obedecer—. Baja con Lady hasta la calle, como un muggle. Si te paran o te preguntan, di que vas al veterinario, que tu gato está muy enfermo. Cuando te hayas alejado lo suficiente ve al punto de encuentro original y espéranos allí.

—Harry… —dudó George.

—Funcionará, confía en mí. Ellos esperan a dos chicos. No te esperan a ti. Sin tu pelo rojo y con un gato, puedes pasar por un vecino si actúas convincentemente. Tómales el pelo, pregunta si son policías, dales los buenos días, lo que sea. Podrás pasar.

George asintió con un gesto de valentía y salió por la puerta. Harry tenía razón y esos dos rasgos modificaban sustancialmente su apariencia. Podía funcionar. Ellos en cambio, eran otra cosa. Miró a Harry, sabiendo que su cara reflejaba la desesperación que sentía. La Harry solo mostraba determinación.

—Ten, toma esto —dijo mientras rebuscaba en su mochila. Sacó su varita y se la tendió.

—Harry, no puedo hacer magia.

—Y no te he dicho que la hagas. De momento. Escúchame, Draco. Vamos a intentar salir de aquí sin que nos atrapen, pero va a ser complicado, ¿de acuerdo?

Draco asintió, con el miedo mordiéndole el estómago.

—Bien. Si sale mal, tienes tu varita: defiéndete. Yo haré lo mismo. Si podemos deshacernos de ellos, genial. Si no, iremos a la cárcel, pero al menos será por algo.

—No soy un asesino, Potter —le espetó.

—Yo tampoco. Pero las varitas nos darán alguna opción si todo sale mal.

—¿Qué vamos a hacer entonces?

Harry sacó de la mochila un tejido fluido que extendió sobre ellos dos.

—Vamos a escondernos debajo de la Capa. Es la Capa de la leyenda, la de las Reliquias. Es importante que entiendas que mientras estemos aquí debajo nadie nos puede encontrar con hechizos, ni siquiera la Muerte. Lo comprendes, ¿verdad?

—Sí. —Si Harry decía que era la Capa de la Muerte, él le creía. Porque la alternativa era morir.

—Pues vamos —dijo Harry volviendo a colgarse la mochila.

Ambos salieron por la puerta, que Harry cerró a sus espaldas sin hacer ruido. En lugar de bajar, Harry le cogió de la mano y, tirando de él, se dirigió hacia arriba. En los rellanos ya se oían voces de aurores pidiendo a los vecinos que estaban saliendo a ver qué ocurría que permaneciesen en sus casas. Cuando llegaron al último piso subió un tramo de escaleras más, hasta llegar a una verja metálica. Sentándose en el último escalón se cubrieron con la Capa, cuidando de que les tapara.

—¡Harry Potter y Draco Malfoy! Por orden del Ministerio, entréguense —una voz tronó por todo el edificio al mismo tiempo que se oía cómo aporreaban una puerta—. De lo contrario, serán acusados de resistencia a la autoridad.

Draco empezó a temblar de miedo, sin poder evitarlo. Harry deslizó una mano dentro de la suya y la apretó con cariño. Los aurores volvieron a aporrear la puerta varios pisos más abajo. Estaban armando un escándalo enorme, estaba claro que venían a por todas. Se preguntó por un momento cómo iban a hacer que eso pasase desapercibido. También se preguntó si George habría conseguido salir.

Varias voces habían comenzado a recitar hechizos. Podía notar la electricidad de la magia extendiéndose por todo el bloque. Eran muchos aurores, pero las protecciones de Harry eran fuertes y aguantaban.

«No en vano era el mago más poderoso de su generación, el vencedor del Señor Tenebroso», pensó con orgullo.

El suelo comenzó a vibrar. Las paredes temblaron. El escuadrón de aurores estaba poniendo toda su potencia mágica en juego. Sus temblores también aumentaron. Harry soltó su mano y la usó para rodear sus hombros y apretarle contra él con la mano que sostenía la varita. Le dio un beso silencioso y largo en la cabeza que consiguió tranquilizarle un poco.

Un chirrido horrible que resonó en todo el edificio anunció la caída de las protecciones de la casa de Harry, que culminó con un crujido como si la casa entera se estuviese partiendo en dos. Oyeron como los hechizos golpeaban y derribaban la puerta.

Los ruidos se volvieron confusos. Parecía como si los aurores estuviesen destrozando la casa en lugar de registrarla. No tardaron mucho en darse cuenta que el apartamento estaba vacío.

—Señor, hemos probado encantamientos reveladores, pero no hay nadie —la voz de uno de los aurores le llegó clara desde el rellano.

«Debían de estar en las escaleras superiores al descansillo de Harry, a apenas un piso de distancia», dedujo por lo nítida que les llegaba el sonido.

—No puede ser. Registren el edificio entero si hace falta, pero estaban aquí. El hechizo detector no se equivoca.

Draco volvió a estremecerse. Oyeron cómo los aurores se dispersaban por el edificio. Volvió a temblar violentamente. Si les pillaban no entendía cómo iba a poder usar la varita para ayudar a Harry con la mano convulsionando así. Harry le apretó el hombro, recordándole que estaban bajo la Capa, pero el sonido de los pasos subiendo las escaleras no contribuyó a calmarle.