DISCLAIMER: TODOS LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHANIE MEYER Y A LA SAGA CREPÚSCULO.
.
¡Hooola de nuevo!
Espero que todxs estéis bien de salud. Esta pandemia que está atizando al mundo es devastadora y espero que todxs, desde los diferentes países, lo estéis llevando lo mejor posible.
Aquí os traigo un nuevo capítulo, aunque con el ritmo infernal de actualización no sé ni si os acordaréis ni de la historia jajaja Espero que sí y que perdonéis a esta loca escritora. De nuevo, MUCHAS GRACIAS POR VUESTRO APOYO. No sabéis lo bonitas que son siempre vuestras palabras. Es un honor que le dediquéis un poquito de vuestro tiempo a mi historia. Los lectores son el motor de este loco mundo de FF.
Sin más os dejo con Bella ;)
.
UN TE QUIERO SIN VOZ
BPOV
.
"AQUELLOS QUE ERAN VISTOS BAILANDO ERAN CONSIDERADOS LOCOS POR QUIENES NO PODÍAN ESCUCHAR LA MÚSICA" (*na1)
Edward dormía abrazado fuertemente a mi cuerpo. Sus brazos se cernían en mi cintura y su cabeza se escondía entre mi pecho dejando ligeras cosquillas cuando su aliento salía con más potencia de lo esperado.
Me había despertado por una patada hace casi una hora y comenzaba a tener una prieta necesidad por ir al lavabo pero era incapaz de separarme de su agarre, cuanto más lo intentaba más enroscado en mi cuerpo acababa. Edward tenía el pelo revuelto debido a nuestra loca e intensa actividad de anoche. Sin lugar a dudas, nos echábamos de menos.
Después del baile con Emmet estuve atendiendo y despidiendo a todos los invitados. Edward había desaparecido hacia un rato y no pude localizarlo para bailar ni que fuera una pieza con él. Lo echaba tanto de menos que no importaba el ridículo, de repente solo existía la necesidad de estar entre sus brazos, pero por mucho que pregunté entre los invitados que quedaban o a los trabajadores no logré dar con él.
No quería marcharme del lugar, sabía que había reservado una habitación en el hotel. No tenía caso irme sin él así que me acerqué a la barra y pedí una copa de champan. Era mi particular brindis por todas las cosas que habían salido bien. La presentación del la nueva directiva de Swan's Networks parecía haber convencido a los invitados influyentes e inversores presentes y la nueva interfaz de Carl y Ernest había sido todo un éxito entre la prensa especializada y yo…. Yo finalmente había vuelto a tomar las riendas de mi vida.
Aunque la vida me había obligado a elegir un camino que no habría escogido lo había hecho mío. Finalmente sentía este lugar como mío. Me había enamorado de lo que hacía, me gustaba ser la presidenta de Swan's Networks y, sobretodo, el equipo que tenía a mi alrededor habían dejado de ser unos desconocidos a los que miraba con miedo por su desconfianza a ser como una pequeña familia. Conocía sus historias de vida, sus pequeñas manías… Eran una parte de mi.
Y sin duda me había enamorado de Edward y estaba dispuesta a luchar por él. Dispuesta a no rendirme a mis miedos. A no dejar que la salida fácil se impusiera. A confiar en él que tanto como me había demostrado que confiaba en mí durante todos estos meses. Esta verdad tan absoluta había caído sobre mí con la contundencia de las grandes verdades.
¡Qué idiota e injusta había sido!
Di un trago a mi burbujeante bebida regalándome un momento de reflexión.
Las veces que había malinterpretado a Edward estos meses eran infinitas, los reproches que le había lanzado porque era incapaz de pensar bien de él se acumulaban en mi mente haciéndome sentir culpable. Todos esos recuerdos me hacían sentir aun más orgullosa por haber aguantado el ataque de Jessica. Sabía que habrían más y cada vez era más consciente que acabaría teniendo que tomar una decisión definitiva que seguramente cuestionara mi parcialidad de liderazgo en la empresa.
-¿Está libre? – escuché la voz profunda de Edward detrás de mí provocando un escalofrío recorriera piel de todo mi cuerpo y una sonrisa se posara en mi cara.
Me giré levemente rezando para que mi poder de seducción funcionara.
-Espero a alguien muy importante para mí pero éste es un país libre si quieres tomar asiento no se lo puedo negar. – propuse sintiéndome ligera por estar así con él después del estrés de los últimos días, incluso semanas.
-Entonces te haré compañía. – declaró con su característica sonrisa que me hizo temblar anticipatoriamente. –
Edward lucía cansado. Me preocupaba porque, aunque no habíamos parado en toda la noche, sospechaba que existía algo más profundo detrás de ese gesto tirante en su cara. No quería pensar demasiado en ello, era una noche para disfrutar, además confiaba en que si fuese algo importante lo compartiría conmigo y si no le daría tiempo. Estaba dispuesta a hacerle olvidar sus problemas esta noche.
Edward pidió una copa de whisky.
-Me han dicho que la fiesta ha sido todo un éxito. – comentó mientras el barman dejaba su pedido delante de él y se alejaba dándonos un poco de intimidad. –
-Todo el mundo parecía muy contento. – contesté mirándolo a los ojos. – Yo estoy muy contenta. – sentencié más para mí que para él.
Edward me miró profundamente como si quisiera abrir mi cabeza y descubrir todo lo que escondía mientras se acercaba a mí, tocando su brazo con el mío.
Sonreí por su descarado movimiento.
-Por qué me parece que estás hablando de algo mucho más trascendental que la fiesta. – preguntó demostrándome que había captado el trasfondo de mis palabras.
-Porque quizás lo haga… - contesté misteriosamente. – Quizás me haya dado cuenta de muchas cosas… Quizás si eres bueno te las cuente algún día. – bromeé con él.
-Vaya quién diría que un acontecimiento social te revelaría tantas cosas… quizás debió ser durante el baile con Emmet… - murmuró caprichosamente mientras daba un trago a su bebida. Ignoré su reclamo.
-De hecho fue antes. – dije levantando las cejas. Los ojos de Edward brillaron como si vislumbraba un reto que estaba dispuesto a superar.
-¡Vaya! Has tenido tiempo para todo esta noche. – respondió divertido mientras pasaba sus dedos por mi mano haciéndome temblar.
-Para todos menos para una cosa. – puntualicé enredando mis dedos con los suyos jugando a ese juego tan inocente como tentador.
Edward no contestó inmediatamente. Estaba distraído con mi cuerpo. Subió sus caricias por mi brazo entreteniéndose con mis pecas trazando un delicado camino por mi piel. Cerré los ojos deleitándome con su toque. Cuando llegó a mi hombro se acercó lentamente posando un beso en él.
-No sabes lo que me ha provocado este lazo toda la noche. – declaró ronco mientras se colaba en mi cuello para jugar con mis instintos.
-Edward… - suspiré mientras miraba a mí alrededor para comprobar que no había nadie que pudiera escucharme o vernos en esta situación tan comprometida.
-¿Qué te has quedado con ganas de hacer Bella? – preguntó obviando mis advertencias.
Suspiré porque Edward ya era demasiado arrebatador sin intentarlo, ahora que era completamente consciente de lo que estaba haciendo iba a conseguir que desapareciera por combustión espontanea.
-Bailar contigo. – le contesté girándome, finalmente, hacia él para que nuestras miradas se encontraran. Marrón contra verde. Ambos oscuros de deseo.
Una sonrisa de lado se instaló en su cara y sus ojos llamearon traviesamente.
-Me alegra saber que está en mí la solución. – dijo finalmente ofreciéndome su mano que tomé sin dudarlo ni un segundo.
Edward me ayudó a levantarme de mi asiento y nos dirigió a la mitad de la pista en la que se había llevado a cabo la fiesta. Las mesas estaban recogidas ya aunque aún quedaba mobiliario más grande y parte de la decoración. El espacio vacío de gente aún lo hacía parecer más grande e imponente de lo que era. Yo, al contrario, me sentía más segura que nunca.
No sonaba música que nos acompañara pero aun así nos mecimos al ritmo de una melodía que solo nosotros podíamos escuchar.
Apoyé mi cabeza en Edward dejando reposar no solo mi cuerpo sino todas mis preocupaciones en él. Apoyada encima de su corazón, en el que ya era mi lugar en su pecho, mi mundo estaba en paz.
Edward posó un beso en mi cabeza.
-Te dije que volveríamos a bailar… - murmuró abrazándome más fuerte recordando el poema que le lancé tan cruelmente en Nueva York. Cuanto había llovido desde ese día, qué diferentes éramos.
Levanté la cabeza para buscar su atención, su mirada verde.
-Lo siento. – le dije sinceramente confundiéndolo. Lo sentí tensarse así que continué antes que pudiera pensar cosas que no eran. – Lo siento por no darme cuenta antes de todo lo que me has querido decir silenciosamente. –
Edward se relajó de nuevo y volvió a posar un beso en mi frente.
-Me he vuelto a enamorar de ti. – continué armándome de valor. – Y aunque siempre he estado enamorada de ti, ahora, además te quiero. Te amo por quien eres cuando estás conmigo, por cuanto te preocupas por mí, porque mi cuerpo sólo reacciona a ti. Te quiero mucho mi amor. – me declaré en el acto más valiente que había hecho nunca en mi vida. Me sentía como Juana de Arco versión romántica y algo más patética.
Era el momento de luchar por él, de demostrarle que ya no me escondía, que no quería ocultarnos más y no servía de nada callar lo que mi corazón chillaba cada día.
Me lancé a sus labios para demostrarle en un beso todo lo que sentía porque si en algo habíamos fallado Edward y yo era en comprendernos pero cuando finalmente dejamos que nuestros actos y nuestro cuerpo hablara por nosotros todo cambió.
Nuestras lenguas luchaban por dominar el beso mientras Edward sujetaba mi rostro casi con temor a que me alejara, sin saber que era algo para lo que nunca tendría voluntad.
-Siempre te adelantas. – suspiró como un niño al que le arruinan una sorpresa una vez nos separamos.- Ven. – dijo tirando de mí sin decirme nada más.
Estaba nerviosa por su extraña respuesta.
No es que necesitara que Edward se declarara de rodillas, o de ninguna manera, ni mucho menos, pero esta actitud me desconcertaba. Le acababa de abrir mi corazón y, joder, esperaba menos misterio de su parte.
Nos dirigimos hasta el ascensor en silencio y subimos de la misma manera. Edward trazaba suaves círculos en mi mano mientras no despegaba su intensa mirada de la mía. Era como si nos hubiéramos quedado atrapados y solo la campana del ascensor osara interrumpirnos para avisarnos de nuestra llegada.
-Paciencia – murmuró Edward sensualmente mientras dejaba un beso en mi frente. Bajó sus manos por mis brazos hasta llegar a las mías entrelazando nuestros dedos para volver a tirar de mí hasta la que parecía una de las suites del hotel.
-Espero que esta vez no te desmayes. – dijo con una sonrisa de lado antes de abrir la puerta captando mi atención con sus intrigantes palabras.
-¿Qué quieres decir? – pregunté sin resistirlo más.
-Descúbrelo tú misma. – me animó a entrar empujando suavemente mi cuerpo.
Entré a la suite que era casi más grande que mi propio apartamento.
Tenía una gran sala con un sofá enorme, chimenea y un gran ventanal por el que podías observar toda la ciudad. Me recordaba a mi despacho.
En el suelo había unos grandes y mullidos cojines con un precioso ramo de rosas rojas y champan.
-¿Nostálgico? – bromeé con él antes de posar un rápido beso en sus labios.
-Digamos que me gusta recordar buenos momentos a tu lado. – me contestó Edward divertido entendiendo una vez más mis palabras a la perfección.
Nueva York y nuestra primera noche juntos.
Observé ese rinconcito para descubrir una caja blanca con un gran lazo verde oscuro. Sonreí. No me gustaban mucho los regalos pero los que venían de Edward me hacían sentir especial.
Corrí hasta allí lanzándome a los cojines olvidándome de la encorsetada elegancia que había tenido que aparentar durante toda la noche. Edward me imitó con mucha más elegancia y prudencia aunque con una sonrisa divertida en su cara que dejaba entrever que estaba aparentando toda esa dignidad.
-¿Es muy pretencioso asumir que es para mí? – le tomé el pelo.
-Nada en ti es pretencioso Bella. – me alagó haciéndome sonrojar. Me preguntaba si algún día me acostumbraría a que Edward me adulara.
-¿Verde? – pregunté sorprendida por el color del lazo. Normalmente eran rojos.
-Es tu color preferido. – contestó completamente pagado de sí mismo. Yo misma se lo había confesado pero en estos instantes su ego podría explotar e inundar la habitación.
Rodé los ojos pero Edward ni se inmutó.
Deshice el precioso lazo y lo anudé en mi muñeca asegurándolo con un nudo mientras Edward llenaba nuestras copas de la espumosa bebida.
Abrí la caja para encontrarme algo que jamás esperé.
Mis ojos se aguaron.
Eran las dos maquetas del Ford que le había regalado para sus cumpleaños. La primera y la última. Eran iguales y estaban juntas en una nueva caja de cristal. La abrí con mucho cuidado. Esta vez tenía la certeza que entre mis manos tenía una parte del corazón de Edward.
"Un te quiero sin voz"
Estaba gravado en la base. Las lágrimas caían por mi cara al recordar que eran mis propias palabras.
-Cuando te enseñé mi colección fue como una revelación para mí. – Confesó. - Ni yo mismo me había dado cuenta hasta el instante que te vi coger ese coche entre tus manos de nuevo… Supe que la necesidad que siempre tuve de mantener a salvo tus regalos era porque te mantenía a salvo en mí. Era mi esperanza de que todo pudiera ser diferente… que yo pudiera ser diferente contigo… - me explicó Edward levantando con sus dedos mi cara a la vez que se acercaba a mí rodeando mi cuerpo con sus piernas.
Estaba presa en él. En su cuerpo y en el significado de sus palabras.
-Me gustaría poder decirte que siempre he estado enamorado de ti y hasta ahora no me había dado cuenta pero no es así… Pero desde ese día supe que siempre te he querido de alguna manera y nunca supe demostrártelo. – susurró acariciando mi rostro para limpiar las lagrimas.
-Edward…- intenté interrumpirle pero no me dejó. Puso un dedo en mis labios impidiéndome continuar.
Volví a mirar esas dos delicadas piezas que Edward había creado y una sonrisa inundó mi cara cuando entendí lo que me quería decir. Ahora y ese día en su casa en el que yo no le hice caso y acabé alejándome y huyendo hasta del continente.
-Te quiero Bella… Y quiero que tú guardes la muestra de mi amor… - dijo antes de besarme.
Abrí mis labios sedienta por él.
-Shhhh… - paró separándose con dificultad, aunque no separó nuestros cuerpos ni un milímetro. – A partir de hoy no pienso volver a mi casa, te lo advierto. Ese lugar ya no es mi hogar. - anunció dirigiendo su mirada hasta dos maletas que había a un lado de la sala haciéndome sonreír por su seguridad. Edward Cullen era la única persona de este planeta que podía mudarse a un lugar sin ser invitado. – Y no pienso vivir en un lugar en el que no estén ni estas maquetas ni tú. – añadió haciéndome sonreír de pura felicidad. –
-¿En ese orden? – le tomé el pelo llena de ilusión por todo lo que estaba sucediendo. Edward y yo habíamos llegado al mismo punto del camino.
-No necesariamente. – contestó divertido.
Guardé con la delicadeza que merecían las dos piezas en la caja y la aparté para que ningún golpe furtivo pudiese dañarlas. Cuando volví mi atención, Edward me esperaba con la copa de champan alzada. La tomé sin dudarlo. Una velada como la de hoy merecía un brindis.
Un brindis por nosotros. Un brindis por, finalmente, ser lo suficientemente valientes como para declararnos nuestro amor.
-Por Charlie. – dijo Edward antes de chocar mi copa con la suya.
Lo miré extrañada..
-No soy muy dado a creer en el destino ni nada por el estilo… - admitió y por su cara dejaba claro lo que pensaba del asunto.- Pero estoy seguro que no es casualidad. Tu padre de alguna manera siempre supo y quiso que nos diéramos una oportunidad. – acabó.
-Me cuesta pensar en Charlie como celestino pero, en algo tienes razón, creo que papá conociéndonos sabía lo que podríamos llegar a ser. – concordé con él acomodándome en el hueco de su pecho. Mi lugar.
-Me gusta pensar que soy el único hombre con la aprobación del gran Charlie Swan.– anunció seguro.
-¡Eres tan arrogante! – le dije levantándome para mirarle acusadoramente. – A papá le caían bien mis parejas. – aseguré pero al ver la cara de Edward cambié de opinión. - ¿No? – pregunté sabiendo que si alguien tenía esa información era su mano derecha. Aunque la imagen de papá y Edward comentando mi vida amorosa me perturbaba un poco.
-Nadie es suficientemente bueno para un padre. – me dijo antes de dar un sorbo a su copa.
-Tú sí, ¿no? – volví a cuestionar, ahora más divertida.
-Jamás podrás negar que Charlie me adoraba. – concluyó encogiéndose de hombros.
-Te quiero incluso cuando eres un pretencioso. – declaré antes de besarle apasionadamente. Llevaba toda la noche deseando tenerlo solo para mí y, ahora que lo tenía, todo era más perfecto de lo que nunca hubiera imaginado jamás.
Edward aprovechó nuestra postura para, sin romper nuestro beso desesperado, tumbarme en el suelo, rodeada de cojines y mantas.
-Te quiero incluso cuando te burlas de mí. – añadió mientras dejaba lentos besos por mi cuello y sus manos acariciaban mi cuerpo haciéndolo arder.
Edward pasó sus manos, tortuosamente, por todo mi cuerpo hasta llegar a mis pies donde con deliberada calma sacó mis sandalias. Continuó su trayectoria acariciando mis piernas haciéndome temblar y suplicar por más.
-Llevas una semana haciéndome sufrir….- dijo con su voz profunda y afectada justo antes de dejar un pequeño mordisco en el interior de mi pierna. - ¿Sabes cuantas noches he necesitado enterrarme en tu cuerpo mientras tú estabas lejos de mi cama…? – susurró mientras sus manos se colaban en el interior de mi vestido. - ¿Sabes cuantas veces he querido arrancarte este vestido esta noche? – dijo justo antes de descubrir que nada se interponía entre sus manos y su destino.
El vestido era tan ceñido que había omitido la ropa interior.
Un gemido rompió el silencio de la habitación cuando los seguros dedos de Edward encontraron la entrada más privada de mi cuerpo.
-Tienes mucha suerte que no he sabido hasta ahora de tu pequeña travesura… - la voz de Edward sonaba cada vez más ronca.
-Mi amor… - lo llamé entre gemidos…
-¡Dios me encanta como suena! – admitió deshaciendo el gran nudo de mi vestido. – ¿Qué me estás haciendo? – preguntó mientras desnudaba mi cuerpo dejándome únicamente con la lazada verde alrededor de mi muñeca.
No contesté. Mi respiración entrecortada no podía formar ningún tipo de frase coherente.
-Siempre me han importado una mierda todas esas cursiladas… pero podría suplicar por escucharte llamarme así cada día. – confesó Edward mientras colmaba de atención mi cuerpo desnudo.
Estaba cada vez más ansiosa y lo necesitaba imperantemente.
-Edward te necesito. – supliqué atrayéndolo con toda mi fuerza hacia mí. Necesitaba que dejara de jugar con mi cuerpo.
-Y yo. – contestó juguetón cediéndome el poder. No tardé en desnudarlo de la misma manera que había hecho él antes, jugando con los puntos débiles que tenía perfectamente identificados.
Por mucho que deseara hacerlo sufrir un poco más, nos necesitábamos demasiado. Pasé mis manos por su pecho recostándolo en el suelo antes de besarlo intensamente mientras me colocaba a horcajadas sobre él.
Dejé un beso en mi lugar.
-Es un poco posesiva señorita Swan.- me tentó en cuanto notó mis labios en su pecho, justo encima de su corazón.
-Contigo siempre mi amor. – confesé cerca de su boca tirando ligeramente de su labio justo antes que Edward me devorara en un beso.
No tardamos en unirnos y dejar que fueran nuestros cuerpos los que se declararan amor durante el resto de la noche.
Aún me sonrojaba de pensar en todas las maneras y veces en las que nos habíamos amado anoche. Era abrumador sentir todo lo que Edward me provocaba. Un amor real, adulto y cada día más intenso que el anterior.
Edward casi se volvió loco cuando le expliqué mi decisión de no ocultarnos más, que deseaba que todo el mundo supiera de nosotros. Por primera vez me daba igual la prensa y todos mis antiguos miedos, solo me importaba luchar por él. Por nosotros. No tenía sentido antes y mucho menos ahora que Edward había tomado la inamovible decisión de mudarse a mi apartamento.
Noté un soplido en mi pecho haciéndome cosquillas. Al notar el movimiento Edward me apresó con más fuerza. Comenzaba a temer quedar pegada a él.
Sentí la vibración de mi teléfono en la mesita de noche. Le quité el volumen al entrar a la fiesta de gala y no caí en volver a activarlo. Intenté cogerlo pero mi brazo no llegaba y mi margen de movimiento era limitado con Edward encima.
El silencio volvió y me olvidé del aparato concentrándome en el cuerpo del hombre que tenía a mi lado.
Mi novio.
Qué bien se sentía en pensar en él así. Atreverme a ponernos nombre sin todas las nubes estúpidas enmarañando mi cabeza con pensamientos absurdamente catastrofistas.
La vibración de mi teléfono volvió a interrumpirnos.
Temerosa de que fuera algo urgente me separé de Edward que se quejó abriendo con dificultad sus ojos.
-Necesito ir al lavabo. – le aclaré.
-No tardes… no puedo dormir sin ti. – protestó aunque me liberó del nudo que era su cuerpo volviendo a dormir en el mismo instante. Estaba realmente agotado.
Recogí el teléfono antes de dirigirme al cuarto de baño.
Miré la pantalla y no identifiqué el número entrante pero aun así lo cogí.
-Dígame. – dije educadamente aun sabiendo que lo más probable es que fuera publicidad. Ya me estaba arrepintiendo de abandonar la cama.
-Vaya… Al fin tengo el honor de hablar contigo. – contestó una voz desconocida al otro lado de la línea. Era ronca, bastante áspera y tenía un ligero acento sureño que no lograba identificar pero que no me daba buenas vibraciones.
-¿Quién es? ¿Le conozco? – inquirí al ver que no se presentaba. No había nada más odioso que la gente que llamaba y esperaba que les conocieras sin decir quiénes eran.
-Aun no… pero espero que eso cambie pronto. - contestó misteriosamente.
Me dieron ganas de colgarle. Si quería entretenerse que llamara a otra persona yo tenía cosas más interesantes que hacer como desperezar a Edward e ir a comer con mis suegros y cuñados. Me reí al pensar en los Cullen así. Mucho más imaginar a Alice cuando nos viera entrar de la mano a la casa de sus padres.
- ¿Qué te parece si me dejas invitarte a desayunar…? – interrumpió mis pensamientos ese hombre recordándome que estaba en una absurda conversación telefónica. – Hermanita. – añadió para hacer temblar todo mi universo con una simple palabra.
.
[**]
.
NA:
Como siempre las menciones primero:
NA1: La cita del inicio, obviamente no es mía, se le ha atribuido a varios autores y filósofos entre ellos Blake o Nietzsche
NA2: El título y gravado de Edward es del poema que le escribió Bella en NY y que pertenece a la canción "YA NO" de MANUEL CARRASCO.
¡Booooom! Espero que no me matéis mucho con este final. Creo que he compensado un poco con el inicio del capítulo.
Creo que todos teníamos muy claro que estos dos estaban coladitos uno por el otro pero era necesario una declaración con todas las de la ley, espero que os haya gustado. Hemos llegado a un punto en que esta pareja está muy segura de su amor pero toca demostrárselo al mundo. ¿Podrán con ello? Esperemos que sí.
Sigo sin poder deciros días de actualización porque voy escribiendo sobre la marcha. El fic está estructurado hasta el final solo me falta ir encontrando horas para escribir. Espero no haceros esperar mucho para el próximo.
Muuuuchos saludos!
Nos leemos!
