15, CAPÍTULO QUINCE,

CHAPTER FIFTEEN.


Incluso antes de despertar, la realidad se halla afianzada a mi memoria, sin oportunidad para permitirme olvidar dónde me encuentro, aunque sea por una fracción de segundo. Y al abrir mis ojos, estoy sola.

Ruedo sobre mi costado, escaneando la habitación por cualquier señal de un chico alto, castaño y condenadamente lindo.

Pero Shawn no está en el dormitorio.

Sé que es verdaderamente de día ahora porque, a pesar de la oscuridad que alberga la habitación, una franja de luz cae entre las cortinas.

Bajo mis pies de la cama y tallo mis ojos, preguntándome por Shawn.

Palpo entre las sábanas por mi celular hasta dar con él y lo prendo. La hora me tranquiliza, demostrándome que aún es de mañana. Además, descubro un mensaje reciente de Shawn en mi buzón.

Estaré en la cocina. Baja cuando estés lista.

Me desplomo sobre la cama, cerrando los ojos con fuerza.

Dime, Dios; ¿soy de las que abrazan?

Cuando puedo calmar los latidos enloquecidos de mi corazón (¿ya, en serio? acabo de empezar el día), me desperezo de las sábanas, y atravieso descalza la alcoba. Antes de salir al pasillo, me aseguro de que ni siquiera el fantasma de la casa ande por ahí antes de cruzar hasta la magnificencia del cuarto de baño, con su camiseta únicamente como prenda.

Un par de minutos después, regreso a la habitación de Shawn, usando de vuelta mi vestido verde. Dejo la camiseta sobre la cama y finalmente me atrevo a bajar.

Persiguiendo mi propio instinto, voy hasta la barandilla al final del pasillo, con vistas al salón circular, debatiendo qué puerta parece más la entrada al arte cisoria. La casa de Shawn es, en todos sus aspectos, mirífica.

Atendiendo a un impulso, volteo de perfil, y mi curiosidad da con la puerta de nogal, atrayente de una forma confusa.

Me acerco y giro el picaporte, descubriéndola gratamente abierta.

Parece una oficina, ocupada por aparatos eléctricos, guitarras y cables por cada rincón. Sí, ahí está él. Pero no Shawn. No, sino su estruendo artístico y único.

Con una sonrisa, cierro la puerta y giro para irme, cuando me encuentro cara a cara con una mujer.

Soy sorprendida por ella, pero advierto rápidamente que no se trata de su madre. He conocido a Karen Mendes por fotos y ella no se parece en nada, sólo tal vez en la convergencia de edad y madurez.

Ágilmente, descifro su semblante. Curioso, amable, maternal. No me observa como si me tratara de un ladrón... o peor, una admiradora enloquecida que logró dar con la casa de su famoso favorito e hizo allanamiento a la morada. Más bien como si tuviera preguntas sin resolver respecto a mí.

—Hola —logro decir, sintiéndome cohibida bajo razones desconocidas.

Sra. Curiosidad arquea sus cejas con impresión. Parece que, de alguna manera, le sorprende encontrarme aquí.

—Hola, África —responde.

¡Pero qué...!

—Hola —repito, sin saber qué contestar a eso.

Sra. Curiosidad sonríe.

—Soy Beatrice —explica—, el ama de llaves del señor Mendes. Él me pidió venir a ver cómo estabas.

Eso significa que ella ya sabía que me encuentro aquí. Entonces, ¿por qué al principio lució tan sorprendida?

—Oh, mmm... pues estoy perdida —exclamo, nerviosa por su mirada. Es como si me estuviera evaluando. Sacudo la cabeza, ¿dónde están mis modales?—. Es un gusto, Beatrice. ¿Me diría dónde se encuentra la cocina?

—Cruzando el salón, después del mini bar. Te acompañaré, si gustas.

—Gracias —suspiro—, eso estaría bien.

Empiezo a comprender la casa de Shawn ahora que mi cabeza no está abrumada por los residuos de una música estridente y la incredulidad de un corazón.

Al bajar las escalinatas con Beatrice, el salón me desconcentra con una pared completa de cristal, con vistas al revés de la casa. El patio finaliza con el inicio del bosque y una valla.

—¿Eres tú la novia del señor Mendes? —me pregunta Beatrice.

Tropiezo con un obstáculo invisible. Niego, incrédula y tomada con la guardia baja. Pero, sintiendo el gesto insuficiente, musito un llano no.

—Oh —murmura, decepcionada.

Sí, oh.

Muerdo el interior de mi mejilla, tragándome la curiosidad por conocer el motivo de su pregunta. No quiero ser entrometida.

El minibar es una alacena de vinos y licores, con distribución de copas y botellas de colección. Tiene la entrada a la cocina. Provista de elegancia en acero, con una barra de granito blanco que incluye un fregadero y tres sillas altas con respaldo. El soporte oscuro hace juego con una pared, donde el refrigerador, el horno y la estufa cohabitan.

El chico a mitad de la habitación llama primordialmente mi atención.

Shawn espera recargado contra la encimera, bebiendo de un vaso de agua mientras revisa algo en su celular. Su cabello está húmedo, enroscándose en las puntas y confiriéndole ese aire arrebatador.

El tiempo parece avanzar en vano para él. Luce como si Dios mismo le hubiera pasado la mano por encima hasta dejarlo hermoso e imponente.

Mis piernas se sienten débiles cuando él alza la vista.

Shawn me mira como si no hubiéramos estado juntos toda una noche. Por mi parte, la imperiosa sensación no ha desaparecido.

Me pregunto cuándo dejaré de sentirme desconcertada, o si, de hecho, eso alguna vez llegará a suceder.

—Buenos días —expresa, viéndome.

Adelanta sus pasos y deposita un suave beso en mi mejilla. El mareo aumenta, despegándome de la realidad y subiéndome hasta las nubes. No creo que Shawn entienda cuánto me afecta.

—Buenos días —musito.

Shawn sonríe tan naturalmente para mí. Toma mi mano y me lleva al asiento de la barra. Noto a Beatrice observándonos, detenida.

—Bea —advierte Shawn, mientras me aparta una silla alta—, gracias.

Él cruza una mirada con ella y dos motas rojas aparecen en sus mejillas. Beatrice sonríe una última vez, algo tierno pero divertido, y asiente antes de salir de la cocina.

Shawn se aclara la garganta, rehuyendo a mi mirada intrigada mientras rodea la encimera hacia el horno. Coloco mi mejilla sobre mi mano, oteándolo con mesura. Él toma dos platos del interior y pone uno de ellos frente a mí. Entonces, se mueve hasta el refrigerador y lo abre, tomando una jarra con jugo de naranja. Suspiro, sintiendo las necias mariposas aletear contra mi pecho. Verlo en un ambiente tan cómodo, tan... hogareño, juega con mi cordura.

Bajo la vista y, mientras le escucho abrir gabinetes, disfruto de la vista de mi delicioso desayuno. Son panqueques con trozos de fresa y sirope de arce.

Shawn Mendes no necesita llenar expectativas. Él es la expectativa.

—¿Cocinaste tú? —le pregunto, reteniendo el deseo de pasar mi dedo por encima del maple.

—Contrario a lo que pudiste pensar —responde Shawn, inclinándose sobre la encimera para hacerme frente—, no vivo sólo a base de muffins.

—Nunca me atrevería a pensar eso —digo, un tanto insolente. Shawn arquea una ceja, mirándome pasar mi dedo por la miel y chupándolo sin poder contenerme. Su garganta trabaja duramente. Murmuro, —Eres un buen cocinero.

La situación ha adquirido un tinte lascivo de pronto.

Él se queda ahí, estático. Las venas se marcan en sus brazos debido a la fuerza que les impone. Entonces, chasquea y se aleja de golpe.

Me pregunto la raíz de este impulso. ¿Qué si quiero asegurarme de que Shawn siente lo mismo que yo? ¿Tan improbable es?

Saciado una vez su hábito matutino, que noto lozano y natural, viene a mi lado y toma sitio. Me desliza un vaso de jugo y una servilleta de tela. Sonrío sin poder contenerme. Shawn estrecha sus ojos en mi dirección, como si intuyera que estoy conmovida por sus atenciones. Pero me es imposible no hacerlo, y no quiero desmerecerlo.

—Tienes el vuelo de regreso hoy, ¿no es cierto?

—Sí, por la tarde —respondo, apuñalando mis panqueques con el tenedor.

—¿Puedo ser egoísta y tenerte para mí hasta que suceda?

Giro a verlo, sorprendida. Amistad, qué confusa eres.

—¿Crees que puedes soportarme hasta entonces?

Shawn me mira y resopla.

—África, estoy en Toronto por ti, Dios.

—¿Oh? —¡Cierto, él anteriormente estaba en su pueblo!—. Tengo curiosidad, ¿he llenado tus expectativas o te he decepcionado sin remedio?

—Buena pregunta —tararea Shawn, inclinándose hacia mí con un brazo sobre la encimera—, pero yo tengo una más para ti. ¿Qué te hace pensar que puedes decepcionarme?

—El que no sea lo que esperabas —digo.

Shawn suaviza su mirada. Estira su brazo, que tiembla por un corto instante, antes de acomodarme el cabello detrás de mi oreja.

—Puedes ir deshaciéndote de ese temor —dice.

Toma aire, dispuesto a continuar. Y lo hace a medias antes de detenerse abruptamente y enderezarse en su silla. —Ahora come —indica.

Después del primer mordisco al panqueque, me es incontenible el gemido de asombro. ¡Está realmente bueno! Y, oh... la fresa y el maple combinados se sienten verdaderamente deliciosos en mi boca.

—¿Estás seguro que estás en la profesión correcta? —profeso a Shawn, claramente deleitada.

Él niega, divertido. Se acerca y pasa su pulgar por la comisura de mi boca, limpiando algo de las migajas del panqueque y lo glutinoso de la miel. Una acción tan súbita, que tal como se origina también se retrae. Shawn regresa a su asiento, enfocándose en su desayuno como si no hubiera dejado mi rostro ardiendo.

Continuamos comiendo. A veces en silencio, otras con sílabas que dan respuesta rápida a preguntas al azar. Una tensión se ha creado y es difícil ignorarla, por no decir incómodo.

¿Por qué Shawn se contiene tanto conmigo?

—¿Dormiste bien? —pregunta de pronto—. ¿Cómo fue tu primera vez durmiendo con un chico?

Paso mi lengua por mi labio inferior, sintiendo el sabor dulzón de algunos rastros de maple. Es un hecho; soy un desastre con la miel.

—Sí —sonrío, sofocándome con el recuerdo de su cálido cuerpo—, llenaste todos los espacios. Me temo que ahora la expectativa está muy alta.

Shawn sonríe.

—Sin importar qué, me alivia saber eso.

—Dime tú —indico, girando mi silla en dirección a la suya—, ¿lograste dormir algo? Te sentí muchas veces despierto.

—En contraste con los últimos meses, bastante mejor.

Apuñalo el último trozo de panqueque y me lo llevo a la boca, escuchándolo. —No estoy acostumbrado a dormir con alguien —confiesa—. Despertaba cuando creía que eras un sueño. Es difícil creer que finalmente estás conmigo.

—No soy un sueño —digo—. Soy una humanita que te encontró en un aeropuerto y te envió un mensaje comprometedor en Halloween. Creo que soy bastante predecible.

—No en mi vida —refuta Shawn.

No tengo una respuesta para eso. Reprimo un mohín y deposito el tenedor sobre mi plato vacío, dando por acabado el desayuno.

Luego, le escucho reír. Volteo y lo descubro observándome, divertido. Estoy a punto de preguntar qué sucede cuando gira sobre su propia silla. Mis piernas quedan atoradas entre las suyas.

—¿Shawn?

—Tienes un poco... —Pone su pulgar sobre mi labio inferior y lo roza lentamente. Estoy sobre sus ambarinos ojos, pero él está sobre mi boca. A punto de que se me escape un suspiro, lleva su dedo a la mitad de mi bermellón—. Abre.

La tensión crepita y el calor invade mi vientre.

Insegura, separo levemente mis labios. Shawn toma mi barbilla y forja poco a poco el camino de su pulgar dentro de mi boca. Mis dientes lo rozan, y mi lengua se asienta debajo. Percibo el sabor dulzón del sirope mientras envuelvo mis labios alrededor de su dedo, tomándole gusto a la miel en mi lengua y a algo más pecaminoso.

Su manzana de Adán sube y baja, un camino duro y peligroso. Sus ojos pesan, y su respiración trastabilla.

Retira su pulgar, dejando un camino húmedo por mi boca.

Ahora sin obstáculo, inspiro hasta tomar aire con fuerza, deseando apagar el fuego en mi interior.

De nuevo, Shawn alza una barrera de contención a su alrededor, dejándome frustrada y confundida afuera.

Haciendo gala de una condescendencia impresionante, él chupa su pulgar, como si no hubiera estado antes en mi boca.

Renuente sobre mostrarme así de entregada, clavo mi vista en un punto sobre la encimera, controlando los impulsos de mi corazón. Doy con su brazo apoyado en el borde e, inevitablemente, con el tatuaje grabado en su antebrazo.

Incluso antes de reconocer el anhelo por tocarlo, mi mano se encuentra moviéndose por cuenta propia, algo irrefrenable y espontáneo. Tiento su piel blanca sin pensar. Shawn ni siquiera se inmuta a mi toque, pero percibo un ligero temblor en sus dedos. Recorro desde la palma de su mano hasta el inicio de la tinta; una caricia suave y titubeante, atraída por el erizamiento de su vello.

Oigo un ligero suspiro, perdido entre el control y escapado por el descuido. —¿África? —Shawn inquiere, por lo bajo.

Murmuro algo, mostrándole que le escucho, pero él no parece encontrar el aliento necesario para continuar hablando.

Recorro con la punta de mis dedos el mástil del tatuaje, alcanzando la corpulencia de la caja, donde todo se une para formar una guitarra, desde el grabado del horizonte de algún lugar de Toronto, hasta la longitud de onda de unas dulces palabras.

Shawn empuña su mano.

Termino con la caricia incontrolada.

Levanto la mirada. La suya ya está buscando la mía.

Luce bastante desordenado.

—Quiero llevarte a un sitio —murmura.

—De acuerdo.

Mientras espero por Shawn en el salón, Beatrice viene a mi encuentro, sosteniendo un par de mantas dobladas sobre el brazo y una pequeña canasta de mimbre. Sus ojos fraguan un brillo erudito y siempre está intentando encubrir una sonrisa. Me parece una mujer difícil de engañar.

Acabo de conocer a Beatrice, ¿por qué siento eso unilateral?

Me entrega las cosas, bajo un encargo fantasmal.

—Sabía que no podía estar equivocada —me dice—. Eres diferente.

—¿A qué? —pregunto, parpadeando.

—A cualquier cosa que él haya conocido.

En la canasta hay dos bebidas isotónicas y una bonita caja de papel de estraza sellada. Me cuestiono su interior. ¿Por qué necesitaríamos de estas cosas?

—Te llevará ahí —explica Beatrice, ante las emociones inciertas que se muestran en mi cara—. A ti, África. ¿Sigues pensando como esta mañana?

Confundida, me encojo suavemente de hombros. Beatrice no luce desencantada por mi retención, pero tampoco está satisfecha. Es más como si se lo esperase y no pudiera hacer gran cosa contra ello, sino esperar.

Sonríe sin mucha convicción, tomando mi mano para un apretón gentil que desborda el objetivo de mostrarme que me desea suerte. Se aleja por el salón, desapareciendo por el pasillo del ala izquierda.

Cuando Shawn vuelve, todavía observo pasmada la dirección de su salida. Claramente, Beatrice no peca de ignorancia y está resuelta a soltar indicios de esta razón hasta que finalmente yo descubra por qué Shawn parece contenerse tanto conmigo.

Ella lo hace por él, puedo verlo.

—¿Qué es eso? —pregunta Shawn, señalando la cesta en mis manos. Advierte el par de mantas con un arqueamiento de sus cejas.

—Beatrice me lo entregó —respondo—. ¿No se lo has pedido?

—No —contesta. Luego rueda sus ojos, acercándose hasta cubrir mis hombros con su chaqueta, la misma de la noche anterior—. Sé lo que está haciendo.

—Se preocupa por ti —reparo, disfrutando la calidez de la prenda y la atención de sus cuidados.

Mi soledad, tanto tiempo independiente, se arrodilla ante él.

—África —dice, mirándome desarmado—, ¿es que no lo has comprendido?

Orgullosa, frunzo el entrecejo. Me desvío hacia los ríos de mis pensamientos, tratando de entender sus corrientes y la insinuación ondulatoria detrás de sus palabras. ¿Por qué me es tan difícil? ¿O es que estoy combatiendo contra una de las más fuertes improbabilidades?

Sin dignidad suficiente para ofrecerle una respuesta, Shawn suspira y toma la canasta. Camina hasta la puerta de cristal y recorre su puerta, despejando las vistas hacia la cubierta de su jardín.

—Vamos —apremia, con una sonrisa explayada—, es hora de sucumbir bajo el sol.

Miro detrás de él, hacia el bosque extendiéndose detrás de la valla.

—¿Caminaremos hasta allí?

—Sí —Shawn ríe, como si mi barullo le resultara divertido—, no es posible llegar conduciendo, tendremos que adentrarnos por un sendero.

—Bueno —digo, adelantándome hasta cruzar el umbral hacia el exterior—, para todo tiene que haber una primera vez. Incluso para la rotura de un hueso.

Shawn me envía una mirada tal como si mi comentario le preocupara.

Rodeamos la piscina, marcando nuestros pasos por el fungoso césped. Shawn abre la valla y me dirige hasta la espesa línea de árboles del otro lado.

Mi curiosidad crece a borbotones a medida que nos adentramos en el follaje, siguiendo un estrecho sendero entre arbustos y matorrales.

—Guardo la esperanza de no estar siendo llevada directamente a mi muerte —digo, a mitad de una faena para preservar todos los huesos de mi cuerpo intactos.

Las raíces expuestas me están costando mi convicción.

—Está bien, África —Shawn se detiene, mirándome burlón—. No tengo como oscuro secreto llevarme a chicas bonitas a las profundidades de un bosque para arrebatarles la vida.

—Me alegra saber eso.

Él nota mis tropiezos. Me tiende su mano con simpleza, como si no estuviera ofreciéndome un remanso de tersura. Con el corazón acelerado (paradójico a la tranquilidad con la que él me mira), pongo mi mano sobre la suya. Una pequeña sacudida viaja a mi piel que en ese instante toca la suya, como el sonido reverberante de una televisión descompuesta.

Desde entonces, me es mucho más fácil andar entre las enredaderas y saltar las raíces. Percibo la experiencia de Shawn en esto. Predice y rodea las piedras salientes, los riesgos de un lodazal y el estrépito de una rama caída. Me produce preguntarme cuántas veces ha recorrido este mismo sendero por su cuenta.

Los minutos transcurren y el bosque no parece acabar. Sus árboles son espesos, el aroma de la hierba nunca llega a asentarse del todo, se halla flotando y viajando por el viento ondulante. No me pasa desapercibida la variedad existente, desde pinares balsámicos hasta cedros con un intenso olor a especias.

Un suelo seco y duro pasa debajo de nuestros pies. El sol se encuentra en su punto más alto, alumbrando las copas más eminentes de los árboles.

Finalmente, el bosque se abre hacia un claro y más allá de este, un lago. La respiración se atora en mi garganta cuando advierto frente a qué nos encontramos.

El tatuaje en su antebrazo derecho. Una representación de la ciudad de Toronto, de la Torre CN, pero la caja... la caja es la perfecta imagen del lago frente a nosotros, derramado en aguas turquesas, en el reflejo de altos abedules de ramas desnudas.

Quizá noto más de lo que debería, como en las razones que le han llevado a traerme aquí, pero el sentimiento se queda clavado profundamente en mi pecho.

—Bienvenida, África, a mi pequeño paraíso personal —dice Shawn, oteándome con un brillo revoltoso en sus ojos.

Estoy sorprendida. Más que eso, impresionada, a punto de caer boquiabierta.

El lago es hermoso, de una forma que sólo la soledad es capaz de ofrecer. Una sensación pacífica deambula por el aire, casi sobrenatural. Está exento de artificios o el toque de una mano humana. Es tal vez eso lo que le brinda su magnificencia.

—Es impresionante —musito—. Precioso, en realidad.

Me acerco a la orilla, donde el agua baila mojando la grava. Está casi congelada, esquirlas de hielo nadan. Entre las piedrecillas surgen brotes silvestres, púrpuras y blancos, con estigma amarillo.

Soy consciente de que aún sostengo su mano. Los anillos de plata en algunos de sus dedos se sienten fríos al toque.

—¿Qué significa para ti?

Shawn está detrás de mí, tan cerca a mi espalda.

—Libertad —responde.

Su voz manda un estremecimiento por toda mi espina dorsal. ¡Está muy cerca, y mi autocontrol muy lejos!

Volteo a verlo. Shawn suaviza la presión alrededor de sus ojos y su mirada da con la mía. Existen muchos lugares donde tener soledad, concluyo, pero pocos donde conseguir libertad. Shawn puede estar arriba de un escenario frente a miles de personas o recluido en su casa un día al azar del año, pero realmente nunca puede actuar y ser él mismo como en este momento, este instante en el que el agua cristalizada se refleja en la miel de sus ojos.

Justo ahora, lo tengo frente a mí. Abierto y vulnerable. Mostrándome más de lo que asume, entregándome más de lo que es consciente.

Es un peligro que ambos corremos constantemente.

Apoyándome sobre la punta de mis pies, paso mis brazos alrededor de sus hombros. Shawn inmediatamente me envuelve en un abrazo apretado contra su pecho.

—Gracias por mostrarme este lugar —murmuro cerca de su oído.

Tomando la valentía entre mis manos, un sitio inhóspito para ella, deposito un suave beso en su mejilla.

Shawn mira la pequeña canasta con ironía. —Bea debería darse un descanso —debate. La coloca sobre la manta ya tendida a la orilla del lago.

Ella sabía exactamente qué estaba haciendo.

Me deslizo en la manta, sentándome de rodillas. Shawn se acerca a mi lado y me pasa una bebida de la canasta. Hurga en su interior hasta tomar la caja, desenredar el nudo del cordel y descubrir la morada de varios muffins caseros.

—Caray —exclamo, riendo—, eso es una sorpresa.

—Me he vuelto predecible —suspira, visiblemente contrariado.

Casi le creo.

Casi.

El sol en su punto más alto sigue a la mañana. Es agradable sentirlo calentando nuestra piel.

Shawn me pasa un muffin de chispas de chocolate. Ya quisiera yo tener esa humildad a la hora de prestar uno de mis libros.

Mientras le arrebato los granos al pan, Shawn suspira. —No deseo ser imprudente.

Alzo la vista, confundida.

—No lo eres —digo, confiada.

—Lo seré.

No está triste, tampoco amargado. Más bien... rendido. Como si hubiera comprendido un par de cosas que son inevitables. Mi respiración se acelera al notar la expresión aprensiva en su rostro.

—¿Por qué dices eso? —logro preguntar.

—Porque ambos sabemos que no debimos dar pie a nada, tampoco permitir que continuara. Mis amigos piensan que he perdido el buen juicio, y yo no lo creía hasta ahora.

Shawn sonríe débilmente. —Seré verdaderamente imprudente justo en el momento de confesarte qué siento por ti.

—Shawn —advierto.

Se pasa una mano por el cabello, desordenando sus enroscados mechones. Está nervioso y mi estómago da un brinco por ello.

—Déjame decírtelo, por favor. —Su voz toma fuerza—. Necesito ser imprudente.

Un temor surge dentro de mí. Pensé que estaba preparada, en verdad lo creí, pero... ¿y si no es así? ¿Qué pasará entonces?

Shawn se acerca, intuyendo el paulatino miedo. Aparta el cabello que la brisa ha traído a mi cara, metiéndolo detrás de mi oreja. Por un largo momento, todo lo que hace es observarme y me encuentro cayendo cada vez más en la profundidad de sus ojos.

Sé que mi corazón está rompiendo contra mi pecho, atraído por el aura cálida de su cuerpo. Y sé que ya nada volverá a ser igual.

—Me gustas —susurra, tan bajo que se siente como una amorosa caricia.

Y es perfecto.

Le miro, sin aliento. Sus ojos están clavados profundamente en los míos, destilando sinceridad y vulnerabilidad. Movida por una fuerza anormal, me acomodo entre sus piernas, rodeándole la cadera. Shawn aguarda en silencio, contemplándome.

—¿Por qué? —pregunto, en voz baja.

—Porque eres real.

Sus manos se posan en mis caderas, arrugando la tela de mi vestido al apretar. El dobladillo trepa. Shawn mira abajo, a mis muslos desnudos y presionados contra sus piernas. Luego vuelve a subir.

Acaricia mi mejilla y se siente como brisa suave.

—No soy tu tipo —digo.

—No —confiere él, sonriendo—, no lo eres.

—Se supone que eso debe ser significativo. —Más que refutarlo, estoy bromeando.

—No me gustas porque cumplas con mis caprichos. Nunca te ataría a una fantasía. Explotarías.

—Vaya, gracias.

Pero estoy perdida en el trazo de sus dedos en mi cuello.

Shawn decide dejar caer su mano. Lo impresionante es que no permite su despego. Aunque tengo puesta su chaqueta no evita que sienta el toque en mis senos cuando baja por encima de ellos, demasiado extasiado.

Mi pecho se expande cuando tomo una profunda respiración, y musito, —Debes estar loco para permitirte caer por mí.

—Me gusta más el término "romántico".

—Emocionalmente inestable —añado.

Sus ojos centellan en advertencia.

—No puedo creer que te esté declarando mis sentimientos y tú te burles de mí.

—Bueno, ¡lo siento! Estoy siendo igual o más imprudente que tú.

Su cuerpo, fuerte, caliente, está debajo del mío. Nos mezclamos en un lío de piernas. Su abrigo esconde su varonil torso, pero el pantalón le está delirantemente ajustado.

Su mano desciende por mi vientre, estirando la tela del vestido a su paso. Un calor comienza a extenderse por mi cuerpo.

—Háblame de prudencia —dice en voz tenue, tan cerca de mi rostro que puedo sentir su lenta respiración.

—Tus manos —indico, atrapando su muñeca a punto de escabullirse por debajo de mi vestido— no deberían de hacer eso.

Shawn sonríe con divertido desdén.

No logro encontrar las fuerzas para alejarlo y él, al notarlo, mueve sus dedos hasta rozar la piel sensible de mis muslos. La electricidad brinca a la vida.

Fuerzo la saliva por mi garganta. —Yo —puntualizo— no debería de estar arriba de ti.

Admito que pierdo el control. Desleal a mis propias palabras, me inclino hacia él, tirada por un hilo invisible. Shawn encuentra mis ojos. Su frente se apoya suavemente contra la mía. —Nosotros —inspiro— no deberíamos estar así de cerca.

—Entonces —dice Shawn—, creo que hemos perdido por completo la cordura.

La respiración queda atorada en mi garganta cuando envuelve mi muslo, apretándolo con suavidad. Manda una corriente eléctrica directo a cada una de las áreas más sensibles de mi cuerpo.

Shawn se inclina más. Su cercanía estalla a mí alrededor, derribando mis retenciones. El primer momento aparece. Sus labios rozan mi pómulo y trazan un corto camino hasta que la punta de su nariz toca la mía. La cadena de acontecimientos parece resumirse a este mismo instante, en el que su boca se asienta en la comisura de mi boca.

Llega el punto culmine. Precioso, desgarrador.

Mis labios se abren para recibir los suyos. Incluso nuestros alientos se hallan ya combinados.

Entonces, Shawn se detiene.

Adolorida, le observo retirarse. Parece haber caído de golpe en la realidad y entendido que el control que mantiene sobre esta es precario.

—¿Cómo debo interpretar tu silencio?

Está confundido.

Levanto mi brazo y rodeo su nuca hasta envolverla. Shawn se estremece por el contacto.

—Correspondo a tus sentimientos —digo y sostengo su mirada—, pero temo por nuestra amistad.

Su caos crece. Frunce el ceño y, por un momento, su boca se crispa. Mi devoción se deposita completamente en él.

—¿Crees que estamos fallándole a esa etiqueta?

—Antes de ser tuya —susurro, marcando círculos en su cuello con mi pulgar—, tengo que ser tu compañera.

Ladeo la cabeza, estudiando sus ojos. —No derrumbaré ese pilar.

El cuerpo de Shawn se pone rígido. He encendido algo en él, y sospecho que es en virtud de una pequeña palabra que utilicé.

—No será lo mismo —advierte, ronco y escaso. Utiliza la misma voz que puede ponerme de rodillas.

—¿En serio? —digo—. ¿Alguna vez hemos actuado como amigos?

Shawn resopla, desviando por un momento la vista al lago.

—Denigras mis esfuerzos —replica—. ¿Acaso quieres volverme loco?

—Me encantaría hacerte delirar.

Me estrecha sus ojos. —Definitivamente lo estás consiguiendo.

Riendo, me estiro fuera de su alcance. Algo que sé; su mano sigue en mi muslo y no tiene intención de alejarse. La espléndida luz solar hace su camino entre nuestros cuerpos, ahora que no están presionados juntos. Se alcanza a percibir un insinuante sonido proveniente del lago. Suplicante, como si estuviera exigiendo nuestra atención perdida.

Inclinada sobre mis manos, le contemplo. Shawn también está riendo y su cabello está iluminado por el sol, brillando castaño. Y sus ojos resplandecen cual oro. Está sonriendo y está mirándome.

Me toma un instante notar la diferencia.

Hace meses conocí a un cantante en la sala de un aeropuerto. Cuidadoso, ajeno y novelesco. El tiempo nos lleva a conocernos y los sucesos a conectarnos. Aunque descubro en él a un ser humano, único como todos, perfecto como ninguno, no es hasta que me mira a los ojos y me habla con honestidad que lo entiendo.

"¿Qué es ser real?"

"Ser real no es cómo estás hecho. Es algo que te pasa." [1]

Él ahora es real.


1 Cita del libro "El conejo de terciopelo", por Margery Williams.