Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


»19


El rumor de la disputa de los marqueses de Konoha corrió como la pólvora entre la aristocracia londinense. En las cafeterías y los salones de Mayfair, la especulación era generalizada. Nadie podía ignorar la tentadora historia de los Uzumaki: un hombre sombrío con un pasado aún más sombrío, de pronto casado con una belleza que, al parecer, había salido de la nada. Una gloriosa presentación en sociedad, seguida por una misteriosa disputa. Muchos de los que habían presenciado el desafío entre lady Davenport y lady Uzumaki en la fiesta de Deidara Green creían que la amante de Naruto era la culpable. Otros, en cambio, sostenían que la americana había mostrado públicamente un grado de desenfreno que el marqués no podía tolerar. En cualquier caso, la historia de los Uzumaki era mejor que las novelas más populares del momento y, en su afán por alimentar su insaciable apetito de chismorreos, la aristocracia londinense había inundado tanto a Naruto como a Hinata de invitaciones a fiestas, bailes y cenas.

Tras el incidente de la mansión de Deidara Green, Neji le dijo a Hinata que no le parecía sensato volver a acompañarla, dado el espantoso humor de Uzumaki. Esta había aceptado a regañadientes, pero, negándose a quedarse encerrada en casa mientras su esposo se divertía, logró que lord No Sabaku la acompañase de buen grado. Su rabia la había catapultado al nivel de una furia agotadora, por lo que la marquesa asistía a todos los eventos que podía. El único modo que tenía de escapar a la pena que todo aquello le producía era sumergirse en el torbellino de la sociedad. Al menos, en aquellos insufribles actos, se olvidaba de él por unas horas.

Bueno, casi. Para consternación suya, nunca lo tenía muy lejos de su pensamiento, ni de su persona. Al parecer, asistía a los mismos actos que ella y se divertía con distintas mujeres para restregarle por la cara lo poco que le importaba.

Aquello la enfurecía y le dolía; ella se vengaba bailando a menudo con tantos hombres como podía. Si a Naruto le importaba, no daba muestras de ello. La ignoraba descaradamente casi todo el tiempo y, si sus caminos se cruzaban accidentalmente, él se mostraba muy seco y distante. El había tomado por costumbre dirigirse lacónicamente a sus acompañantes como si ella no existiese. Si le dirigía la palabra en algún momento, era para hacerle algún comentario grosero.

Hinata le replicaba acalorada con algún «Déjame en paz» o el igualmente hiriente «lárgate». No parecía encontrar las palabras cuando lo tenía cerca.

A pesar de lo furiosa que estaba, no podía evitar que el marqués le recordase a un pajarillo liberado de su jaula. Revoloteaba por la sala, de atractivo en atractivo.

Era obvio que ella había sido su jaula.

Empezó a replanteárselo todo. ¿Se había imaginado lo que había sucedido entre ellos? ¿Había estado tan enamorada de él que le había atribuido sentimientos que él nunca había albergado?. Cuando él se percatara de la verdad, ¿querría recuperarla? Le costaba creer que quisiera, teniendo en cuenta cómo la evitaba a toda costa. ¡Cielo santo!, después de todo lo que había pasado, aún lo amaba. No podía dejar de amarlo, por mucho que lo intentara. Ni siquiera la amedrentadora presencia de lady Davenport sofocaba su amor.

Su desánimo se tornó en absoluta miseria cuando empezó a sospechar que tal vez estaba embarazada. Su periodo aún no había llegado y con lo que estaba pasando y las noches que salía a las reuniones sociales la hacía sentirse fatigada.

Sintió un mar de emociones incontrolables. ¿será cierto?. Le entusiasmaba la idea de tener un bebé, un hijo de Naruto, como el ánimo le caía en picado. Si no la quería a ella, ¿querría a su hijo? Por las noches daba vueltas sin parar, incapaz de conciliar el sueño como consecuencia de su desesperada situación o porque echaba muchísimo de menos sus abrazos. ¡Dios, cuánto ansiaba hablar con su tía! No tenía con nadie la confianza que había tenido con ella y sus primas, no podía hablar con nadie de su situación. Así que se enfrentó ella sola a su conflicto interno.

Naruto asistía a los mismos eventos que Hinata, sin saber muy bien por qué y sin ganas de planteárselo siquiera. Aborrecía aquellos actos; lo que sus iguales pensaran que sucedía entre él y su esposa no impedía a otras mujeres buscar sus atenciones. En otro momento de su vida, lo habría encontrado divertido, pero le repugnaban su disparatado parloteo y sus clarísimas intenciones.

Hinata, sin duda, parecía disfrutar de aquellos actos insufribles. Tras observarla varias noches, le daba la impresión de que estaba en su salsa. Sucumbía enseguida a los encantos de los hombres, riéndoles con gracia y regalándoles a todos su demoledora sonrisa. Y eso que le había declarado su gran amor. Si era cierto que lo amaba, ¿por qué no sufría como él? Cada vez que oía su risa melodiosa y despreocupada, creía de verdad que era cómplice del fraude de Hyuga.

Además, le resultaba asombrosamente doloroso pensar que lo había despachado con tanta indiferencia. A pesar de que sus ojos aún le parecían extrañamente faltos de vida, de cuando en cuando se preguntaba si era la actriz consumada que requería un engaño de aquel calibre.

Envidiaba a Itachi, que había llegado a la milagrosa conclusión de que Hinata era inocente. Su fundamento no era nada en concreto, sino todo en general. Naruto habría querido estar tan seguro.

Fue Jiraya quien lo tranquilizó más. El viejo marinero le había confesado que había visto a su esposa darle dinero a Hyuga, pero creía firmemente que lo había hecho por bondad. Aquel hombre tenía muy claro que lady Uzumaki no podía ser otra cosa que ingenua. ¿Por qué a él le costaba tanto creerlo? Porque, cuando le había concedido la oportunidad de elegir, se había puesto de parte de Neji Hyuga y le había mentido. Todo era muy sencillo: él la amaba, ella le había mentido y él ya no podía confiar en ella.

Las dudas lo consumían. Merodeaba por la espaciosa casa de Londres a horas intempestivas, sin apenas comer ni dormir. Tenía el violín de ella en el escritorio de su despacho y, de vez en cuando, lo sacaba de su estuche y, examinando el arco, imaginaba que los dedos delicados de Hinata lo sostenían y acariciaban las cuerdas con él. En aquellos momentos casi podía oírla. Más de una noche, lo había perseguido la imagen de ella paseándose por su cuarto, tocando con una orquesta imaginaria, y provocando en él emociones tan intensas que lo hacían estremecer.

Dios, cuánto la echaba de menos.

Por la mañana, cuando lord Uchiha llegó del baile de su hermano Sasuke, lo encontró contemplando el violín otra vez.

—Bow Street ha hecho algunos descubrimientos interesantes —anunció con sequedad al entrar en la biblioteca, después de saludar convenientemente y dejarse caer en una silla de piel. Naruto guardó despacio el violín. —Al parecer, Strait ha desaparecido sin dejar rastro —continuó.

Aquello despertó de inmediato el interés de Naruto. —¿Cómo es posible? Quizá esté en el continente.

—Podría ser, pero, personalmente, lo dudo. Según la sobrina soltera del abogado, que ocupa su vivienda, un tal Zabuza Momochi fue uno de los últimos hombres con quien lo vio antes de su desaparición —señaló Itachi mientras cruzaba despreocupadamente una pierna sobre la otra.

El marqués permaneció inmóvil. Aquel pequeño dato confirmaba sus sospechas; Zabuza estaba detrás de todo aquello.

—Sé lo que estás pensando —observó su amigo, leyéndole el gesto. —Por lo visto, no era inusual que Zabuza lo visitara. Contrataba sus servicios de cuando en cuando.

Apoyado en el escritorio, Naruto se frotó las sienes.

—Por mí como si era su maldito hermano. Zabuza está detrás de todo esto —dijo con paciencia. —Hoy he recibido un mensaje de Hyuga solicitándome una entrevista para esta tarde. Le preguntaré al primo hasta qué punto podría ser inusual que Zabuza visite a Strait. Y si tiene idea de dónde está.

A la pregunta de Hinata de si alguien estaba usando el despacho, una doncella contestó que había llegado un hombre que respondía a la descripción de Neji y que estaba esperando allí. A la joven le dio un brinco el corazón; desde su desafortunada salida juntos, no había vuelto a saber nada de su primo. Tenía que verlo, saber si estaba bien. Se le ocurrió una idea.

Bajó corriendo y se ocultó en la biblioteca. Después de lo que le parecieron horas, oyó al fin el eco de unas botas en el pasillo y se arriesgó a abrir la puerta, sólo una rendija. Neji avanzaba a toda prisa por el pasillo con la cabeza gacha y un gesto inescrutable.

—Neji —le susurró histérica desde detrás de la puerta, él levantó la cabeza de pronto. Sus ojos se encontraron y el joven miró furtivamente por encima de su hombro antes de colarse dentro. Hinata cerró la puerta despacio y, profiriendo un chillido ahogado de alegría, abrazó a su primo. Este le cogió los brazos y se la descolgó del cuello.

—Hinata, ¿te encuentras bien? —preguntó angustiado. —Me preocupaba lo que pudiera haberte hecho ese diablo; dejé dicho dónde podías encontrarme, pero ¿te lo comunicó el mayordomo?

—¡Estoy muy bien, Neji! ¡Ya te dije que Naruto nunca me haría daño! —le aseguró Hinata.

Él negó con la cabeza.—¡Yo no estoy tan seguro! —Su sombría reacción la sorprendió.

Ella jamás había temido a Naruto. Por muy enemistada que estuviera con él, lo conocía lo bastante bien para saber que jamás le haría daño.

—Se que parece... severo, pero perdónalo, Neji. Ha llevado una vida muy dura y lo han tratado mal muchas veces. Sé que está siendo muy poco razonable y muy obstinado, pero es porque supone...

—Supone demasiado. Quizá deberíamos dejar las cosas como están, pequeña. Ese hombre es inflexible —masculló Neji entristecido.

—No desesperes. Sé que terminará cediendo. Lo hará. He estado pensando, Neji, que hay alguien que podría proporcionarle las pruebas que necesita —le dijo Hinata tranquilizadora tocándole el brazo.

—¿Quién? —preguntó él escéptico.

—¡El señor Strait! No sé cómo no se me ha ocurrido antes. Es lo más lógico, ¿no te parece? Por lo menos, confirmaría que se precipitó al enviar los primeros documentos, probablemente porque papá le insistió. Papá podía ser muy insistente cuando quería, y sé por experiencia que a veces podía resultar complicado llevarle la contraria, por mucho que estuviese en su lecho de muerte...

—¿Strait? —repitió Neji angustiado, palideciendo visiblemente.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella perpleja.

—Hinata, no creo que sea buena idea —le contestó su primo cogiéndole las manos.

—Pero ¿por qué no? Él te puede ayudar. Yo lo recuerdo, era un hombre muy amable. El disipará las dudas de Naruto.

—Nada de lo que Strait pudiera decir disiparía sus dudas, pequeña. Tu esposo no creería ni al mismísimo rey —sentenció, y se volvió bruscamente, pasándose una mano por su pelo castaño mientras exploraba la pequeña estancia con un gesto de absoluta desesperación.

—¡Debemos intentarlo por lo menos, Neji! ¡De lo contrario, Naruto jamás te devolverá tu herencia!

—No servirá de nada, Hinata. ¡No es el momento de ir en busca de un anciano abogado! —espetó.

Atónita, no podía creer lo que estaba oyendo. Se había devanado los sesos por encontrar una solución que le devolviera a Neji lo suyo y disipara las dudas de su marido. El señor Strait era la única esperanza, y su primo estaba reaccionando como si fuese la idea más estúpida que se le podía haber ocurrido. Antes de que pudiera convencerlo, éste cerró los ojos con una mueca de dolor.

—Si nos encuentra aquí, pensará que estamos conspirando —declaró amargamente.

—Pero ¡Neji! —exclamó Hinata angustiada. La mirada de Neji se enterneció. Le cogió la mano deprisa y se la llevó a los labios.

—Pronto terminará todo. De una forma u otra, pronto habrá terminado —dijo enigmático, y se encaminó aprisa a la puerta. Ella lo miró perpleja e incrédula mientras le abría una rendija y, tras comprobar que no venía nadie por el pasillo, la miró con tristeza y salió. Hinata se quedó allí un buen rato, tratando de digerir su conducta. ¿Por qué Neji no quería hacerle caso? ¿Por qué se resistía a localizar a Strait? era incomprensible. e irritante.

Malhumorada y sintiendo náuseas, volvió a su habitación y se espantó al ver la hora. Había aceptado la invitación de lady Haruno para acompañarla al baile con su prometido, donde la mujer había declarado que desplumaría a su amiga la señorita Yamanaka en venganza por la partida de cartas de hacía dos noches. Lord No Sabaku le había contado de ellas que se habían enredado en una partida de loo interminable.

—Si me lo permite, señora, no tiene usted muy buen aspecto —observó Karui al rato, esa misma tarde, mientras le cepillaba el pelo a Hinata. —¿No duerme bien?. Dormía bien, pero toda esa situación, estaba haciendo mella en ella. Sentía nauseas y aún no había ido a ver al médico, no quería verlo ahí y que Naruto se enterara sin estar segura de nada.

—Estoy bien —murmuró, pero le dio un leve mareo cuando se levantó.

—Karui la ayudo a sostenerse —¿Se encuentra bien? inquirió.

Hinata asintió despacio con la cabeza. Estoy bien. Pero entonces Karui llego a una conclusión. —Ay señora, no estará embarazada.

Hinata levanto su vista hacia la doncella y trato de negar, después de todo no estaba segura de nada. Pero la doncella siguió con su parloteo.

—Se imagina ¡Ay, sería una gran noticia! ¡Si, es justo lo que necesita milord, si me permite el comentario!.

Hinata trato de salirle al paso, con una sonrisa forzada —Vamos. Lady Haruno me dijo que vendría exactamente a las ocho y media, y que Dios me ayude si no estoy lista —rio temblorosa.

Karui, siempre alegre, se animó también y, mientras la peinaba, le contaba los chismorreos de la casa. Hinata asentía con la cabeza y sonreía cuando correspondía, pero no lograba prestar mucha atención. No podía quitarse a Neji de la cabeza, sobre todo el que se negara a localizar al señor Strait.

—Lord Uzumaki ronda malhumorado la casa y nunca dice una palabra a nadie, salvo «sí», «no», «gracias» y «eso es todo» —lo imitó Karui. Hinata sonrió débilmente mientras imaginaba a los criados reunidos en las cocinas, imitando el paso rotundo y la voz grave del zorro de Konoha. Tampoco ella olvidaría nunca el sonido de su voz el día en que se había reencontrado con él, profunda, segura... y fría.

—Luego Wilson, prosiguio Karui. Nos oyó en la cocina ayer, y nos dijo que dejásemos de parlotear, que la verdad de todo aquel asunto era que algunos hombres siempre andaban buscando un modo de sacarle el dinero al marqués...

Antes de que Hinata pudiera decir nada sobre aquel asombroso comentario, la doncella sonrió y le dio una palmadita en el hombro.

—No son más que chismorreos, señora. Si quiere saber mi opinión, tendría que preocuparles más que el marqués se obsesionara tanto con esas muñecas...

—¿Qué muñecas?

—Las tiene escondidas en el despacho. Esta tarde me ha pedido que las llevara al salón principal. Me ha dado la llave de su escritorio y me ha dicho que mirase en el último cajón. Allí no había nada más que unos gemelos y una muñeca, así que se lo he llevado. Ha sido todo muy extraño, creo yo, porque él ya tenía una muñeca consigo.

Hinata meneó la cabeza confundida.—¿Qué quieres decir con que ya tenía una muñeca consigo?

—Pues eso, que, cuando le he llevado lo que me ha pedido, él ya tenía otra en la mano. Era como la que le he llevado, pero distinta —le explicó Karui con naturalidad, mientras terminaba de peinarla y se acercaba a uno de los armarios.

—¿Distinta? —preguntó Hinata sin aliento.

La muchacha se encogió de hombros mientras hurgaba en un joyero de nogal pulido en busca de unos pendientes.—La muñeca de lord Uzumaki tenía la misma cara que la otra, pero iba vestida de pirata. Ni me imagino qué demonios hacían dos hombres adultos jugando con esas muñecas...

—¡Dios mío! —casi chilló Hinata, y se levantó como un resorte.

A Karui, asustada, se le cayeron los pendientes que había seleccionado.—¿Qué? ¿Qué pasa?

Hinata no respondió, empezó a pasearse nerviosa por el pequeño salón. ¡Una muñeca pirata! ¡La muñeca pirata! Una riada de imágenes invadió de pronto su pensamiento. Ella, de pie en un esquife rumbo a tierra, gritándole a su padre por haberla bajado del barco. Su padre, de pie junto a la borda, despidiéndose contento de ella. Y Naruto, de repente en cubierta con la muñeca en una mano. La muñeca que él mismo había decapitado, ¡vestida de pirata! La muñeca de Neji, se dio cuenta entonces, era una réplica, era falsa... Hinata se dejó caer pesadamente en una silla, sin poder creerse sus propios pensamientos.

—¡Él lo sabe, Karui! ¡Lo sabe! ¡Cielo santo, lo sabe! —gritó Hinata.

—¿Que sabe qué? —exclamó la doncella alarmada.

—¡Sabe que Neji miente! ¡Ay, Dios, Neji miente, y Naruto lo sabe porque tiene la muñeca!. ¿No lo entiendes? ¡La ha tenido todo este tiempo! ¡Sabe que la otra es falsa! Sabe que Neji me dio una imitación...

Se interrumpió al caer en la cuenta de lo que estaba diciendo. De pronto, todo empezaba a tener sentido, muy a su pesar. La cabeza se le llenó de sospechas sobre su primo. Desde el momento en que se había topado con él en Pemberheath, había evitado encontrarse con Naruto.

Se había mostrado muy misterioso respecto al negocio que tenía entre manos. Luego la había sorprendido con recuerdos de su pasado y un segundo testamento. No quería localizar al señor Strait, el único que podía aclararlo todo. Se enterró la cabeza entre las manos. Algunos detalles que en su momento le habían parecido de lo más inocente, de pronto se convertían en indicios de evasivas, traición y engaño.

—¿Qué ocurre, milady? —gritó la criada alarmada.

—Karui, de niña tuve una muñeca. ¡Sólo una! Y el verano que pasamos en el barco de papá, ¡Naruto me la quito y le arrancó la cabeza del cuerpo!

—¡Cielo santo!, ¿que hizo qué?

—Pero luego la arregló —se apresuró a decir —¡y la vistió de pirata, porque yo solía vestirme de pirata! Me la iba a dar, pero nunca pudo hacerlo, porque papá me subió a un barco y me mandó al colegio en compañía del señor Strait.

Hinata hizo una pausa. EI abogado era además uno de los pocos que podían saber el aspecto que tenía su muñeca. ¿Estaría él también implicado? ¿Acaso todas las personas a las que conocía se proponían estafar a Naruto? Pero ¿por qué? ¿Cómo? Hinata se dio unos golpecitos en el labio con un dedo, mirando obnubilada la alfombra.

—El señor Strait podría estar implicado. Neji, ay, ¿cómo ha podido hacerme esto? Da igual, tendrá que confesar. Tendrá que contárselo todo a Naruto —susurró Hinata.

¿Por qué no había recordado todo eso antes? ¿Por qué su esposo no le había dicho que aún tenía la muñeca? ¿Tantas ganas tenia de deshacerse de ella que se había reservado información que podría haberla exonerado?. Se levantó de un brinco y corrió al escritorio, donde sacó en seguida un pergamino.

—Karui, debes llevarle esta nota a mi primo, Neji Hyuga —dijo serena mientras escribía. —Jones debería saber dónde se lo puede encontrar.

La doncella retrocedió inconscientemente un paso cuando Hinata vertió cera de la vela para sellar la misiva en la que le pedía a su primo que se reuniera con ella en el baile de los Wilmington por un asunto de extrema gravedad.

—No sé, señora. El marqués nos ha ordenado que le comuniquemos si usted precisa enviar algún mensaje —dijo Karui titubeante.

Hinata le lanzó una mirada acalorada mientras agitaba la misiva en el aire para secar el sello.

—¿Ah, sí? —espetó furiosa. —¡Me da igual! Te lo suplico, Karui, hazle llegar esto a mi primo. Es importantísimo, y no debes decírselo a lord Uzumaki. Una vez seco el sello, se levantó y se acercó a donde estaba la criada, le cogió la mano y le puso la nota en la palma.

—¿No debería contárselo a lord Uzumaki? —gritó ésta. —Nos dejó muy claro...

—Karui, es imprescindible que yo hable con mi primo en privado ¡Dame tu palabra de que no se lo dirás a lord Uzumaki!

—Pero, milady, si su primo ha hecho algo malo, ¿no debería saberlo también el marqués? —preguntó Karui, suplicante.

Hinata se llevó las manos instintivamente al abdomen.—Te lo suplico, como amiga: hazme ese favor —dijo sin fuerzas, molesta al ver que los ojos se le llenaban de lágrimas. —No lo entiendes, él no aceptará...

Karui le miró las manos, posadas en el abdomen, luego volvió a mirarla a los ojos empañados.

Hinata respiró hondo.—Debo convencer a Neji de que le confiese a Naruto lo que ha hecho, es mi única esperanza—murmuró entre lágrimas.

Se dio cuenta de que Karui debía de pensar que había perdido el juicio por completo; la pobre muchacha no entendía nada de lo que le estaba diciendo. Pero Neji debía confesar. Tenía que contárselo todo a Naruto para que él supiera que ella no estaba implicada, que nunca lo había estado.—¡Hazlo, Karui! —le gritó de pronto, consciente del tono histérico de su voz.

El semblante de la muchacha se deshizo del miedo y se dirigió de prisa a la puerta.—Sí, milady —murmuró, de pronto ansiosa por escapar de su delirante señora.

Karui se enorgullecía de ser siempre alegre y siempre obediente. Aquel día no fue distinto, con una excepción: envió a un muchacho a que le entregase una nota al primo de su señora, pero después fue a buscar al marqués. Puede que se estuviera jugando el puesto, pero la mirada enloquecida de lady Uzumaki la había asustado y debía hacer lo correcto.

Naruto se sirvió otro whisky y continuó paseando nervioso de un lado a otro. A Neji Hyuga no lo había inquietado en absoluto que le negara lo que reclamaba. Era evidente que lo esperaba y, curiosamente, no había defendido su postura, como Naruto había previsto. Cuando este le había exigido que le dijera qué había ocurrido con el señor Strait y por que Zabuza había sido una de las últimas personas que lo había visto, el joven no había respondido. Había guardado silencio durante toda la entrevista y, al final, se había interesado por Hinata. Naruto había conseguido contenerse y, en lugar de partirle el cuello, le había dicho a aquel sinvergüenza que no tardaría en pudrirse en el infierno. Encogiéndose de hombros, se había marchado.

El marqués salió de su ensimismamiento al oír que llamaban a la puerta.—Adelante —gruñó.

Entró la doncella, con el ceño muy fruncido.

—¿Qué ocurre, Karui? —inquirió Naruto, suspirando impaciente.

Inusitadamente, esta alzó la barbilla.—Tengo algo que contarle, milord —dijo, y se aclaró la garganta, nerviosa.

Naruto volvió a suspirar, pasándose la mano por el pelo.—¿De qué se trata?

—Llevo trabajando para usted desde que era niña, milord, y nunca he creído ni una palabra de lo que decían de usted, jamás —empezó.

Naruto puso los ojos en blanco; no le sorprendería en absoluto que el servicio comentase su disputa con Hinata.

—Te perdono el desliz...

—Sigo sin creerlo —añadió. Naruto no prosiguió y arqueó una ceja, inquisitivo. —No, señor, no. Ni siquiera después de lo de las muñecas y de que mi señora asegure que usted piensa que su primo es un estafador.

—¿Lo de las muñecas? —preguntó Naruto, frunciendo el cejo.

La criada alzó la barbilla un poco más.

—Le he contado lo de las muñecas y se ha vuelto como loca y ha empezado a gritar que usted sabía que era mentira y que no entendía por qué no se lo había dicho y que el señor Hyuga había mentido y que el señor Strait estaba implicado...

—¡Karui, tranquilízate! —le dijo el aristócrata con mucha más calma de la que sentía y le hizo una seña para que se sentara al otro lado del escritorio.

La muchacha titubeó un instante, luego tomó asiento, muy rígida. Naruto esperó a que se recolocara las faldas y descansara las manos, muy recatada, en el regazo.

—A ver, empieza por el principio —le pidió, y escuchó perplejo y en silencio el relato del reciente encuentro de Karui con Hinata. ¡Aquella condenada muñeca! Al final se había acordado de ella.

—Sé que ella no volverá a dirigirme la palabra, milord, pero lo he estado pensando y no me parecía bien, porque yo lo he visto con lady Uzumaki y es más que evidente que usted la ama y lleva unos días muy alicaído y, cuando milady ha dicho que usted lo sabía, bueno, no se me ha ocurrido otra explicación. También ella se daría cuenta, si no fuese tan emotiva. No puede pensar con claridad, está muy nerviosa. Supongo que debería agradecer que al menos no haya ido corriendo a plantarle cara al señor Hyuga y se haya limitado a enviarle una nota, porque temía por su propia... seguridad —murmuró la doncella furiosa.

—¿Plantarle cara a Hyuga? —repitió Naruto confundido. —Karui, ¿tiene la marquesa algo que temer de él? ¿Por qué le preocupa su seguridad? —inquirió, ignorando por un momento el hecho de que Hinata obviamente sabía que Neji era un estafador.

—No se lo puedo decir —respondió ella en voz baja.

Naruto frunció el ceño y se apoyó en el escritorio. No estaba de humor para los remilgos de una criada.

—¿Por qué no? Me has contado todo lo demás —le preguntó sereno.

Ésta desvió la mirada y fingió estudiar el estampado del brazo de la silla.

—¿Karui? —la instó Naruto, esforzándose por controlar su paciencia.

—No me corresponde a mí contárselo —murmuró.

—Karui. —No se lo pedía, se lo ordenaba. Esta se sonrojó.

—¡No volverá a dirigirme la palabra!

—Si es algo relativo al bienestar de lady Uzumaki, debes decírmelo —le comunicó al límite de su paciencia.

—¡Es que no es ella misma! Últimamente está muy sensible porque está embarazada —espetó la chica sin darse cuenta de lo que había dicho. Se percató de inmediato y abrió mucho los ojos, horrorizada.

—¿Cómo has dicho? —le preguntó Naruto, pasmado.

Karui gimoteó desesperada. Naruto cubrió la distancia que los separaba y la cogió por los codos, poniéndola de pie bruscamente.

—¿Está embarazada? —inquirió con voz amenazante.

Aterrada, Karui no pudo más que asentir con la cabeza. El la soltó despacio. Notó que una intensa emoción reemplazaba inmediatamente a las otras. Todo aquello lo superaba. Una emoción intensa y tumultuosa se apoderó de él. ¡Cielo santo!, estaba embarazada.

—Has hecho lo correcto, Karui —espetó, ignorando su lloriqueo. —Eso es todo —Apoyó los brazos en el escritorio y descansó sobre ellos.

—Milord...

—¡Vete! —le gritó. Oyó a Karui escabullirse y cerrar la puerta al salir.

Le costaba asimilarlo. Un hijo. Su hijo. La sola idea tenía un efecto poderoso en él que le costaba comprender. O digerir. Lo invadió una curiosa sensación de orgullo. Y de amor. Resolvería su problema después, pero, de momento, Hinata era lo único que le importaba, y las consecuencias le daban igual. Se levantó del escritorio y cruzó el despacho, abriendo la puerta con tanto brío que chocó con la pared.

—¡Jones! —bramó mientras se dirigía a su dormitorio.

Estaba deseando abrazarla, acariciarle el vientre y sentir la vida que llevaba en su interior, la criatura de los dos. Quería estrecharla entre sus brazos y demostrarle lo que jamás podría expresar con palabras.

Pero Hinata ya había salido esa noche en compañía de lady Haruno y su prometido el hermano de Itachi.

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Continuará...