No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.

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Minutos después Edward revisaba los mensajes y se enteraba de que tenía que pagarle a Tanya un resarcimiento de un millón de dólares si quería evitar el juicio y que la prensa supiera lo de la demanda de acoso, y que toda su vida se arruinara.

No quería tomar una decisión ese día. Aún estaba emocionado por la boda con Bella, y hubiera preferido no pensar en nada que no tuviese que ver con ella. Pero Tanya era una piedra en el camino que opacaba su dicha. La odió por ello.

A la mañana siguiente, tomó el teléfono y llamó a Emmett. Para bien o para mal, seguiría su corazonada y no los consejos legales. Ahora tenía que olvidarse de ello y esperar. Ese maldito asunto vería el final de una forma u otra, porque él necesitaba concentrarse en Isabella, en su amor, en su matrimonio, en ese cuerpo celestial que estaba disfrutando tanto.

Con su celestial cuerpo boca abajo sobre la cama, Isabella realizaba un bosquejo de lo que sería la decoración del enorme vestíbulo del Sky Blue. Edward le había encomendado esa tarea, y no era la única que tenía pendiente. Bajo la ventana él había hecho instalar una mesa de dibujo y una banqueta. También le había proporcionado un ordenador de escritorio con todo tipo de dispositivos periféricos, y un sinnúmero de programas de diseño. Ella sospechaba que todo ese despliegue era un pretexto para darle dinero. Pues no le iba a dar el gusto, ¿cómo podría cobrarle a su novio por un trabajo para el cual ni siquiera se sentía capacitada? Haría lo que pudiese, y echaría mano al fideicomiso para sobrevivir.

Lo más complicado era la decoración integral del pent-house del rascacielos. No estaba en blanco, tenía algunas ideas, pero temía que no fueran del agrado de Edward en vista del gusto tan ecléctico con el que había decorado su departamento.

Estaba bastante ansiosa por toda la responsabilidad que él depositaba en ella. A eso se le sumaba que la había matriculado en la Universidad de Montevideo, la más cara de todas, para que comenzara la carrera de Arquitectura. De nada sirvió que ella se opusiera, argumentando que en la universidad pública podía estudiar lo mismo y gratis. Para alguien tan rico cómo él esos argumentos no tenían sentido.

Isabella recién estaba cayendo en la cuenta de que Edward tenía dinero, y mucho.

Ese descubrimiento no la tenía demasiado contenta, más bien todo lo contrario. Podía oler los problemas que traía aparejado cualquier exceso. Pero su principal preocupación no tenía nada que ver ni con las tareas encomendadas ni con el dinero.

Su principal preocupación era Marie. Desde que había surgido el tema de la boda, la seguía a sol y a sombra. No podía ni siquiera hablar por teléfono sin tenerla adosada escuchando. La última semana había visto a Edward sólo dos veces, una en su casa invitado a cenar a instancias de su abuela, y otra en la oficina, también acompañada por ella. Se había convertido en su escolta personal, una molesta, insistente y castradora escolta.

El resto del tiempo se las había arreglado para aguarles los encuentros. Había llegado incluso a fingirse indispuesta para que Isabella no pudiese salir de la casa.

Tanto ella como Edward estaban llegando al punto de arañar las paredes de las ganas que tenían de estar juntos y a solas, haciendo lo que mejor se les daba: follar hasta que el mundo se acabara. Todo por culpa de Marie y esa moral victoriana y estricta.

Y no sólo en eso pretendía tener injerencia. Puso el grito en el cielo cuando le comunicaron que no celebrarían un matrimonio religioso y estuvo un día entero en la cama llorando y persignándose: "Que Dios los perdone", repetía.

Finalmente convinieron en hacer un matrimonio civil, y acto seguido una simple bendición de parte de un sacerdote amigo de Edward. Pero ahí no terminaban las preocupaciones de Bella. Se acercaba el cumpleaños de Edward y no tenía ni idea de qué regalarle. Por lo menos sabía que se iba a poner ese día, un hermoso vestido verde agua y plata con el que parecería una sirena.

Esa noche Bella asistiría a la fiesta que Esme, la madre de Edward, estaba organizando en la mansión familiar en Punta Ballena. La celebración se extendería toda la jornada. Al mediodía harían carne asada, una enorme barbacoa para los familiares y amigos más cercanos. Y a la noche, una fiesta de gala donde se reuniría lo más glamoroso de varios países. Ni Esme, ni el resto de los asistentes al evento tenían ni idea de que el momento cúlmine del mismo no sería ni un baile, ni un pastel, sino el anuncio de su compromiso con Edward. Eso la tenía bastante nerviosa. No le gustaba ser el centro de atención, y mucho menos delante de la crème de la crème de la alta sociedad. ¿Por qué él tenía que ser rico? Si hubiese sido un simple empleado de Cullen Construcciones, como ella había creído cuando lo conoció, todo sería más fácil. De nuevo volvió a presentir problemas asociados al maldito dinero.

Marie entró a la habitación para avisarle que iba a salir.

—¿Dónde vas y a qué hora vuelves? —preguntó Bella imitando el tono de su abuela cuando la sometía al interrogatorio de rigor.

—No te pases, niña. Tu tía Carmen necesita que la ayude a empapelar la sala, así que estaré fuera todo el día.

Oh oh. ¡Qué bien! Marie se iba, se quedaba sola. Eso sonaba de maravillas. Ni bien su abuela se fue, Bella le pidió a Cope, la chica que ayudaba en su casa, que le hiciera el favor de llevarle unos papeles a Edward a la oficina. Y que se los entregara en mano, porque eran muy importantes.

Inmediatamente después lo llamó.

—Edward.

—Hola, Princesa.

—Mira, te he enviado a Cope con unos papeles. Pídele a tu secretaria que la tenga esperando hasta que tú la llames.

—Y todo eso es por…

—Porque necesito que vengas ahora a casa. Marie no está.

Él no preguntó más nada; antes de colgar ya se estaba colocando el saco. Sólo se detuvo para darle las instrucciones a Gianna, y luego salió a la calle y tomó un taxi.

Era lo más rápido, y además ninguna vecina curiosa comentaría al día siguiente que su coche estuvo aparcado frente a la casa de Isabella.

Veinte minutos después tocaba timbre, agitado. Bella le gritó que entrara, que estaba abierto, y que subiera a su habitación.

Eso sonaba muy bien. Sólo esperaba que Marie no regresara antes de tiempo.

Alejó ese pensamiento de su mente, confiaba en que Isabella supiera lo que hacía.

Además, en ese momento, no era su cerebro quien gobernaba sus actos precisamente.

Entró a la habitación, pero ella no estaba. Desconcertado, se volvió hacia un lado y hacia el otro. Y ahí fue que la vio. Estaba recostada en la puerta del baño. Tenía puesto su uniforme de colegiala, el cabello recogido en una cola de caballo en lo alto de la cabeza, y en su boca tenía… un chupetín de bola.

Edward casi pierde el sentido. Su corazón se disparó, y no sólo su corazón. Se llevó la mano al pecho, jadeando. Estaba preciosa. Era la fantasía de cualquier hombre.

—Bella…

—Shhh… no digas nada. Sólo siéntate en la banqueta y mira. Te gusta mirar ¿no? —preguntó, seductora.

Él asintió, y tragó saliva. Obedeció de inmediato, pues temía que sus piernas no lo sostuviesen.

Bella se sentó en la cama y continuó volviéndolo loco.

—¿Recuerdas que me preguntaste si me masturbaba en tu ausencia? —le preguntó mientras pasaba la lengua lentamente por el chupetín.

—Lo recuerdo —respondió haciendo un gran esfuerzo. Estaba tan alterado que su voz sonó ronca y más profunda que de costumbre.

Isabella prosiguió. Ni ella misma se reconocía. Se sentía caliente y sensual. Se había propuesto seducirlo y lo estaba logrando.

—Pues sí. Lo he hecho. Aún lo hago cuando pienso en ti, y en lo que hicimos, y me vuelvo loca.

Él estaba a punto de estallar. Intentó ponerse en pie, pero ella lo detuvo con un gesto.

—No te muevas. Hoy te toca mirar, ¿quieres o no quieres ver, Edward?

—Quiero ver. Muéstrame cómo te tocas por favor —rogó.

Isabella se puso de pie, se levantó apenas la falda plisada y dejó caer sus bragas sin dejar de mirarlo.

—No me toco… Te mostraré.

Y luego lo hizo.

Ante la atónita y enfebrecida mirada de Edward, se subió a la cama, tomó su almohada y se montó en ella de espaldas a él. Descubrió su trasero subiéndose la falda, y comenzó a moverse hacia atrás y hacia delante.

El panorama que tenía Edward frente a él era irresistible. Estaba maravillado y completamente excitado. No podía apartar los ojos de ese trasero perfecto moviéndose ni del húmedo coño de Bella que se frotaba contra la almohada. Tan caliente estaba que temió por su salud. Es que no sentía las manos y tenía la vista nublada.

Isabella se volvió a mirarlo y luego se corrió gimiendo. Edward no pudo soportar más la tortura de mirar y no actuar. Se acercó, sacó su miembro del pantalón, y sin más preámbulos la penetró profundamente en un solo movimiento. La aplastaba con su peso, pero no podía controlarse. Se movía rápido y fuerte, como un animal en celo, aferrado a las caderas de Isabella que acompañaba sus movimientos con la misma furia y desenfreno que él.

Lo escuchaba jadear y gemir en su oído, y eso la excitaba aún más. Acabó una, dos, tres veces seguidas. Era tanto el placer que sentía que temió volverse loca. Sentía que estaba transitando un camino sin retorno, donde sólo había placer, un placer tan exquisito, tan completo, tan fuerte…

Él se corrió gritando. Era un sonido gutural, tan sensual, tan genuino y salvaje que ella se sintió subyugada. Nunca había escuchado algo así, y estaba satisfecha porque le había dado tanto placer como él a ella. Lo habían gozado juntos como si fuese la última vez.

Sólo que ése era el comienzo.

Edward la dio vuelta entre sus brazos y le comió la boca. Fueron muchos días sin besarla, y aun saciado por la increíble follada, estaba ansioso por esa boca… Increíble era el efecto que Isabella tenía sobre él.

Cómo la deseaba. La tenía, pero la seguía deseando. Y estaba maravillado porque su Barbie Rosa se había transformado, y ahora era definitivamente, su Barbie Puta. Suya. Para siempre.

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OMG!

Decidí que un capítulo era poquito jajaja así tuvimos doble actualización! ¿Les está gustando la historia?

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!