Mayo. Cinco meses después de conocernos Rei se había convertido en una de mis mejores amigas.
Cuando le conté a Eriol cómo la había conocido se extrañó mucho, yo no era del tipo de personas que socializa con desconocidos pero con ella había surgido así.
Me acompañó un par de veces al bar donde pasaba el rato con ella, quería comprobar que no había nada raro en mi nueva amiga... él como siempre tan protector conmigo.
Quedó satisfecho al conocer a Rei, incluso de vez en cuando empezó a venir con nosotras a tomar algo.
Mi forma de vestir había ido cambiando con el tiempo, hacía meses que había donado toda la ropa que tuviera tonos rosas porque ya no me gustaba nada ese color, no sentía que pegara conmigo.
Tras varias compras con Tomoyo y con Rei mi armario se volvió algo más oscuro, tenía muchas camisetas de mis grupos de Rock favoritos y varios vestidos negros que me encantaban.
También empecé a experimentar con el maquillaje, normalmente apenas me ponía pero ahora me encantaba usar sombras de ojos diferentes, junto con pintalabios rojo oscuro o color berenjena.
Ya tenía diecinueve años y me sentía distinta.
En la facultad todo iba bien, había hecho un grupo de amigos nuevo entre los que estaba un chico mayor llamado Kaito a quien se le notaba desde lejos que se moría por mis huesos.
Después de varios meses insistiendo decidí darle una oportunidad, tal vez así dejaría de soñar con Shaoran.
Los sueños continuaban invadiendo mi mente casi todas las noches y mientras estaba dentro de ellos yo seguía pensando que eran totalmente reales, eso no había cambiado aunque ya hacía más de ocho meses que Shaoran se había marchado a China.
Esperaba que poco a poco Kaito se metiera en mis pensamientos y consiguiera que esos sueños dejaran de atormentarme.
Le pedí que tuviera paciencia conmigo, él más o menos sabía que yo había tenido una mala relación antes y accedió a que yo marcara el ritmo.
Un mes juntos y todavía ni nos habíamos besado, pero él decía que estaba dispuesto a esperar lo que hiciera falta.
Siempre se desvivía teniendo detalles conmigo, yo no podía entender cómo aún no sentía ganas de besarlo ni me empezaba a enamorar de él, realmente parecía el chico perfecto.
Me gustaba mucho físicamente y estaba cómoda con su compañía pero no sentía nada más.
En junio llegó el verano y mi primer año de universidad terminó con muy buenos resultados.
Por la tarde quedé con Rei para celebrarlo, pero en vez de cervezas le dije que quería invitarla a merendar a mi pastelería favorita.
Nos encontramos allí y nos sentamos en la terraza.
-vaya, nunca he venido aquí- dijo mi amiga mientras miraba la carta con los dulces disponibles.
-los batidos son los mejores de la ciudad- le comenté con una sonrisa.
Mi amiga se tocaba el pendiente de su nariz mientras ojeaba todas las opciones.
Dejó la carta en la mesa y dijo -quiero un trozo de pastel de chocolate- con ojos golosos.
Nos reímos y me levanté para pedir eso junto con un batido de frutas tropicales para mí.
Mientras compartíamos su tarta sin querer me quedé mirando a Rei hasta que ella me dijo -¿tengo algo en la cara?-.
Negué con la cabeza sonriendo y contesté -estaba mirando tus pendientes, llevo tiempo pensando en hacerme algunos-.
Aparte del pendiente de la nariz, Rei tenía seis más repartidos por las orejas y uno en el ombligo.
Ella abrió mucho los ojos con sorpresa.
-¿en serio? ¿y dónde te los harías?- preguntó con curiosidad.
Me llevé la mano a la barbilla para pensarlo un momento aunque en realidad ya lo sabía.
-en las orejas... quiero dos en este lóbulo para ponerme aros pequeñitos y otro aquí arriba en el hélix para llevar una estrella- le expliqué.
-sí que lo has pensado bien- respondió mi amiga levantando las cejas.
Me encogí de hombros.
-siempre me han gustado pero me dan miedo las agujas y no sé si seré capaz-.
Ella puso los ojos en blanco y dijo -te aseguro que en las orejas no duele-.
-no sé si creerte- contesté entrecerrando los ojos con malicia.
Las dos nos reímos y terminé mi batido.
-vamos, te voy a llevar a un sitio que te va a gustar- me dijo Rei agarrándome de la mano.
Caminamos unos minutos y alcé una ceja al ver que entrábamos en un estudio de tatuajes.
Al ver mi cara ella dijo -aquí también hacen piercings, el dueño es amigo mío- con una sonrisa traviesa.
-me da miedo, Rei- susurré notando un pequeño retortijón en el estómago.
-de verdad, te prometo que no duele. si quieres hacerlo, hazlo-.
Puse los ojos en blanco y le respondí -eres una mala influencia-.
Rei chasqueó la lengua molesta y contestó -más bien soy tu lado valiente y divertido-.
Nos reímos y su amigo se acercó a preguntarme qué tenía pensado.
Le expliqué lo que quería y nos llevó a una pequeña sala donde me hizo sentarme.
Rei también entró para darme valor.
El chico me pidió que me quitara los dos pendientes que ya tenía y aplicó una crema fría en las zonas de mi oreja donde quería los piercings.
Cuando pasó un minuto vi como sujetaba una aguja y cerré los ojos.
-bueno, los dos primeros hechos. ¿lo has notado?-.
Abrí los ojos sorprendida y le dije que no.
-el de arriba si lo vas a notar un poco-.
Dicho esto me agujereó el hélix y pude notar un pequeño pinchazo pero soportable.
-ya está, debes curártelos durante dos semanas y cuando pase ese tiempo ya puedes ponerte los pendientes que quieras-.
Me miré en el espejo muy sonriente, me había puesto unas bolitas de plata en los tres agujeros nuevos.
Me devolvió mis dos pendientes y me los puse también.
-has sido muy valiente, Sakura- dijo Rei con una sonrisa cuando salimos de allí.
-porque tú estabas conmigo- respondí sin dejar de sonreír.
Los meses siguieron pasando, era enero y ya hacía año y medio que Shaoran se había marchado.
Sí, seguía contando el tiempo así aunque jamás lo reconocería delante de nadie.
Todos los domingos por la tarde iba con Eriol en su moto hasta una zona boscosa a las afueras de Tomoeda para entrenar.
Le había pedido hacerlo porque no quería olvidar todo lo que Shaoran me había enseñado sobre artes marciales, me gustaba ser capaz de defenderme y luchar.
Nuestras sesiones de entrenamiento eran un secreto entre los dos, prefería que nadie más supiera que seguía practicando y, aunque Eriol estuviera con Tomoyo, seguía guardando todos mis secretos igual que antes.
Eriol antes solo sabía defenderse, pero gracias a mí había aprendido a pelear aunque no lo hacía tan bien como Shaoran y todavía no era capaz de vencerme.
En el fondo de mi corazón sabía que otra razón por la que me gustaba practicar los movimientos de artes marciales era porque me hacían sentir cerca del chico que no conseguía sacar de mi cabeza.
Giré en el aire dándole una última patada seca a Eriol y conseguí que cayera al suelo.
-estás mejorando- dije ayudándolo a levantarse.
-gracias pero creo que nunca podré superarte- respondió él con una mueca.
-eso espero- añadí ganándome un codazo de su parte.
Por mi cuenta también estaba intentando aprender un poco de Kung Fu cuando me quedaba sola en casa, pero eso no lo sabía ni Eriol.
Nos apoyamos en un árbol para recuperar el aliento.
-entonces vuelves a estar soltera, ¿no?- preguntó mi amigo.
Suspiré mirando hacia arriba.
Lo había intentado con todas mis fuerzas pero no había conseguido enamorarme de Kaito.
A los dos meses de estar juntos me decidí a besarlo y me gustó, pero no sentí esas mariposas por dentro.
Seguimos juntos y poco a poco fuimos intimando más pero yo seguía sin sentir lo que debería.
Pensé que tal vez necesitaba llegar hasta el final para que mis sentimientos por Kaito crecieran y pudiera olvidar a Shaoran, por eso esa navidad decidí tener sexo con él.
Fue un maldito desastre.
Tuvimos que parar porque la cara de Shaoran aparecía ante mis ojos al tener a Kaito tan cerca, aunque a él le dije que fue porque no me encontraba bien.
Volvimos a intentarlo unos días después pero otra vez pasó lo mismo.
Después de eso entendí que no había nada que hacer, no lo había olvidado y su recuerdo me iba a seguir atormentando así que no podía seguir estando con otra persona.
Rompí con Kaito explicándole que no podía enamorarme de él y que si no lo había conseguido en casi un año no iba a pasar nunca.
A él le dolió pero no se enfadó, sabía a lo que se arriesgaba cuando insistió en que saliéramos juntos.
-sí... supongo que tendré que estar sola mucho tiempo- respondí a Eriol.
-es lo mejor, hasta que estés totalmente recuperada no deberías salir con más chicos-.
-no pienso hacerlo, ya bastante daño le he hecho a Kaito- dije en voz baja.
Me arrepentía, no debería haber estado con él por mucho que me lo pidiera.
Tres meses después, los cerezos empezaron a florecer anunciando que se acercaba mi cumpleaños.
Sonreí al pensar en lo diferente que iba a ser la Sakura de veinte años de la Sakura de antes de entrar en la universidad.
Si pudiera viajar al pasado y visitarme a mí misma estaba segura de que mi yo pasado quedaría muy impresionada.
Ahora sabía luchar mejor que nadie, ya no tenía esa apariencia de niña dulce e inocente y era una de las mejores estudiantes de mi carrera.
Lo único que a mi yo pasado no le habría gustado es saber que Shaoran todavía seguía persiguiéndome en mis sueños.
¿Cuánto tiempo más tendría que pasar para que mi mente y mi corazón se olvidaran de él?
Suspiré saliendo del piso de Tomoyo, ese día también me había cruzado con los malditos padres de Shaoran pero por suerte nunca me dirigían la palabra y yo simplemente hacía como si no existieran.
Ojalá ellos también se mudaran a China y no volvieran nunca.
Rodeé los jardines del triunfo para pasar lo más lejos posible de ellos y me dirigí a mi casa escuchando a todo volumen lo último de Evanescence.
Me amargaba pensar en lo bien que le estaría yendo a Shaoran, seguro que estaba consiguiendo todos sus objetivos y tenía a muchas chicas rendidas a sus pies. Ya ni se acordaría de mí y yo todavía soñando con él como una estúpida.
Tiempo.. siempre me habían dicho que el tiempo lo cura todo, tal vez necesitaba un poco más para pasar página de una vez por todas.
