Capitulo 19
Ya no había manera de negarlo. Una semana después de la última visita de Menma, Naruto ya no podía negar que había recuperado totalmente la vista. Y si le quedaba alguna duda, sólo tenía que mirar el maravilloso color del pelo de Hinata.
Aún no se lo había dicho. Inseguro como estaba respecto a lo que había entre su mujer y su hermano, y sin saber cómo explicarle una semana de buena visión, estaba esperando el momento oportuno.
Ese día ella le había rogado que fueran a merendar junto al lago, con una cesta con comida y vino. Y allí estaban. Desde la piedra plana en que estaba sentado, la observaba por entre sus tupidas pestañas jugar con los perros, arrojando un palo en el agua para que fueran a buscarlo, y riendo; su risa tintineaba como campanillas.
Fue un verdadero milagro que él viera la serpiente, su cabeza plateada apenas visible por encima del pasto, y en posición de saltarle a los tobillos a Hinata.
Reaccionó sin pensar.
-¡Hinata, no te muevas! -gritó, levantándose de un salto.
Ella se volvió a mirarlo. Por su cara pasaron expresiones de sorpresa y confusión al verlo caminar hacia ella con los ojos fijos en la serpiente. El percibió un movimiento imperceptible en el reptil y se abalanzó sobre ella, la levantó en volandas y la depositó más allá.
La serpiente saltó, golpeando el aire en vano, y cayó al suelo. Los perros comenzaron a ladrar enloquecidos y corrieron detrás de la serpiente, que se deslizó veloz por entre la hierba y se metió en el agua. Ellos siguieron corriendo de un lado a otro por la orilla, con las colas en alto, por si a la serpiente se le ocurría volver.
Y entonces Naruto recordó. Giró la cabeza cautelosamente.
Ella lo estaba mirando con los ojos muy abiertos, desconcertada. Hasta ahí llegó su plan de decírselo en el momento oportuno, pensó él, inquieto, y le sonrió tímidamente, como un niño al que han sorprendido robando caramelos.
Lentamente, Hinata le apartó los brazos y retrocedió, su expresión de desconcierto se había convertido en una expresión de absoluta incredulidad.
-¡Ves! -exclamó.
-Sí -dijo él simplemente.
Repentinamente ella se arrojó en sus brazos, haciéndolo perder el equilibrio, y lo abrazó fuertemente.
-¡Oh, Dios mío, gracias! -exclamó-. ¡Gracias a Dios! Es un milagro, ¿verdad? Tenía tanto miedo de esperar... ¡Ay, Naruto, es maravilloso!
Estrechándola en sus brazos, Naruto sintió subir un raro calor de vergüenza por debajo del cuello de la camisa.
Entonces ella echó la cabeza hacia atrás para mirarlo con ojos llenos de extrañeza.
-¿Cuándo? ¿Cuándo lo descubriste, en este momento? ¿Así de repente, abriste los ojos y te había vuelto la vista? - preguntó, sin aliento.
Santo Dios, deseó decirle que así era exactamente cómo había ocurrido.
-No exactamente -susurró-. En realidad... ya hace varios días.
Ella agrandó los ojos, mirándolo con esa hermosa boca abierta, y lentamente deslizó las manos por su cuello y las dejó caer a los costados.
-¿Varios días?
Él asintió.
Ella continuó mirándolo fijamente, como si no pudiera comprender la realidad de que él veía. Pero entonces empezó a subirle y bajarle el pecho, con su respiración agitada, lentamente retrocedió, soltándose de sus brazos. Pues sí, lo comprendía.
-Puedo explicarte... -se apresuró a decir él.
-¡Me has mentido!
Naruto hizo un gesto de impotencia, miró hacia el lago, donde los perros continuaban oliscando.
-No te he mentido. Simplemente no estaba seguro.
-¿No estabas seguro? -preguntó ella, con la voz impregnada de incredulidad.
«No estaba seguro de que la paz no acabaría.»
-No... no estaba seguro de que fuera cierto. Me volvió a trocitos, a ratos, y no estaba... Tenía que estar seguro de que era real -explicó él, encogiéndose por dentro por lo ridículo que sonaba eso.
-¿P-pero ves? Quiero decir, ¿lo ves todo? -preguntó ella, visiblemente confundida.
-Sí.
-¿Has recuperado totalmente la vista? ¿No tienes ninguna duda?
-Ninguna.
-¿Y de eso hace ya varios días? -continuó ella, casi en un susurro.
-Sí -contestó él, después de titubear un momento. Por los ojos de ella pasaron destellos de muchas emociones; después giró bruscamente sobre sus talones y se dirigió a la manta que había extendido en el suelo.
Naruto se apresuró a seguirla, sintiéndose violento y culpable.
-¿No estabas seguro de que era real? -chilló ella, cogiendo una esquina de la manta y levantándola. El pan y el vino salieron volando y fueron a aterrizar en la hierba junto con dos copas de cristal y una jarra con vino-. ¿De qué estabas inseguro, Naruto? ¿La hierba no era lo bastante verde? ¿El cielo no era azul? ¿Ves todo el mundo que te rodea y no estás seguro de que es real? ¡No puedo creer que me hayas ocultado esto!
Empezó a doblar la manta, pero él le cogió la muñeca.
-¿Lo encuentras ridículo? ¿Sabes lo que es perder la vista, Hinata? ¿Tienes una idea de lo que significa ser arrojado a la oscuridad y verse obligado a aprender a vivir de nuevo? La visión me fue llegando despacio, a trocitos, y por ridículo que te pueda parecer, no podía estar totalmente seguro de que no era mi mente la que me estaba gastando crueles bromas. ¡Tenía que estar seguro!
Hinata se soltó la muñeca, formó una inmensa bola con la manta y luego la tiró al suelo.
-Comprendo que tiene que haber sido una conmoción recuperar la vista -dijo, esforzándose por conservar la serenidad-. Pero lo que no logro comprender es que hayas podido ocultarme eso a mí. Y durante tanto tiempo, Naruto; ¿días? Perdona, pero me parece que eres tú el que me está gastando una broma cruel a mí.
-No, Hinata -repuso él, tendiéndole la mano.
Ella saltó hacia atrás, poniéndose fuera de su alcance.
-¿Cuántos días? ¿Cuántos días has estado observándome, fingiéndote ciego, sabiendo que yo te daría mis ojos si pudiera? ¿Cuánto tiempo lo has sabido? -preguntó, histérica.
Naruto se quedó sin habla, y cerró los ojos. No tenía ninguna buena respuesta a eso, no tenía forma de explicarle cómo su mentira se le había ido escapando de las manos, que había esperado el momento perfecto para decírselo, sabiendo que cada hora que pasaba era irrecuperable.
-Que era real lo he sabido hace al menos hace cuatro días - confesó-. Tal vez cinco.
Hinata ahogó una exclamación.
-¿Cinco días? -chilló. Se le nublaron los ojos de confusión, y se pasó las manos violentamente por el pecho-. Oh, no, no me digas que me veías... la otra noche cuando me estaba bañando...
Levantó la vista y lo miró indecisa, sus ojos plata muy abiertos, por la humillación. Naruto nunca se había despreciado tanto como en ese momento. No se atrevió, a contestar; no necesitaba contestar. A ella se le pusieron rojas las mejillas y bajó la vista.
-Y en el invernadero, supongo -musitó con una vocecita débil. Al ver que él declinaba contestar, le brotó una gruesa lágrima del ojo y le bajó hasta la boca-. ¿Lo has disfrutado? - preguntó con voz ronca.
-Dios mío, por favor, déjame que te explique -gimió él.
-Ya lo has hecho -dijo ella amargamente y se agachó a coger la cesta-. Lo has explicado muy claro, en realidad. -Soltó la cesta y lo perforó con una mirada dura-. No confiabas en mí para decirme la verdad. Y me has espiado, Naruto. ¿Cómo has podido? ¿Cómo te has atrevido?
-Haz una respiración profunda, princesa -dijo él, angustia- do-. Trata de calmarte.
-¡Y te atreves a decirme que me calme! -gritó ella. Se dio media vuelta, se recogió las faldas y echó a correr hacia la casa, indiferente a los perros que corrieron detrás, encantados mordisqueándole los bordes del vestido.
Hinata corrió cegada por la frustración y el disgusto. En el corazón le rugían emociones turbulentas: la alegría y alivio porque él había recuperado la vista batallaba con la dolorosa sensación de haber sido traicionada. ¿Cómo pudo ocultarle eso? Después de todo lo que habían sido el uno para el otro esos dos últimos meses, ¿cómo pudo haberla espiado tan cruelmente? Esos momentos en que se creía a salvo de miradas, cuando creía volar, él la había estado observando.
Corrió hasta que llegó a los terrenos que circundaban la casa, y se detuvo justo debajo del jardín para presionarse el costado, en que sentía una punzada, tratando de recobrar el aliento.
-¿Hinata? ¿Te pasa algo?
«Ay, Dios, no, lo que faltaba, justo ahora.» De mala gana se volvió hacia la voz.
-Menma, no te esperábamos.
Él se acercó, le puso la mano en la espalda a la altura de la cintura e inclinó la cabeza para mirarle la cara.
-¿Qué has hecho? ¿Correr desde el lago? ¿Qué demonios ha ocurrido?
Tal vez el tono de preocupación que detectó en su voz, o tal vez la necesidad de expresar en voz alta la verdad, la impulsó a hablar.
-Se trata de Naruto. Ha recuperado la vista -dijo, y volvió a apoyar la mano en la punzada en el costado-. Lo ve todo, todo lo que nos rodea, ¡ve!
Se le atascó un sollozo en la garganta y tragó saliva, para tragarse con ella la emoción que le bullía dentro.
Menma tardó un momento en responder. Le rodeó la cintura con los brazos e intentó abrazarla, pero ella se apartó bruscamente. Él se conformó con acariciarle el brazo.
-Vamos, Hina, eso es una noticia maravillosa. Yo habría dicho que te sentirías feliz por él.
-Y estoy feliz, maravillosamente feliz. Dios sabe cuánto he rogado por este milagro.
-¿Entonces qué es lo que te aflige?
-¡No me lo dijo! Hace días que lo sabe y no me lo dijo.
-¿Quieres decir que...? Santo Dios, ¿no te lo dijo? Yo pensé que... pero eso no tiene importancia. Lo importante es que ha recuperado la vista.
Él pensó que... ¿qué? Hinata levantó la cabeza y lo miró.
Los ojos azules de Menma se fijaron en sus labios.
-¿Qué pensaste? -preguntó ella.
Él se encogió de hombros; sus labios se curvaron en una sonrisa rara.
-Es una noticia maravillosa, por supuesto...
-¿Qué pensaste? -repitió ella y con una palmada le quitó la mano del brazo, retrocediendo.
-Pensé que ya te lo habría dicho -repuso él.
¿Qué? ¿Naruto se lo había dicho a Menma? ¿Se lo había dicho a su hermano en su última visita, y no a ella? Una furia dolorosa la recorrió toda entera.
-¿Quieres hacerme creer que lo sabías? -le preguntó con un hilillo de voz.
-Ay, Hina, detesto verte tan dolida.
-¿Lo sabías? -chilló ella.
-Soy su hermano -respondió él, encogiéndose de hombros.
¿Ah, sí? ¿Esa era su explicación de que Naruto le hubiera mentido a ella? ¿Que era su hermano? ¿Qué era ella entonces, por el amor de Dios? ¿Una campesina burda que daba la casualidad vivía en Longbridge? ¡Qué idiota más colosal había sido!
Todas esas noches había disfrutado y reposado en sus brazos creyendo que él la amaba tanto como ella lo amaba a él. Como si no supiera que un leopardo no cambia sus manchas. Enfurecida echó a andar hacia la casa.
-¡Hinata, espera! -gritó é éeme, he tratado de decírtelo.
Eso la detuvo. Se giró a mirarlo de arriba abajo con dureza.
-¿Has tratado de decirme qué? -espetó-. ¿Que mi marido me veía cuando yo creía que estaba a salvo de miradas?
-Traté de decirte que no se le puede creer -dijo él en tono brusco.
No dispuesta ni capaz de oír sus insinuaciones, ella miró al cielo poniendo los ojos en blanco, y continuó caminando. Menma le dio alcance.
-Traté de decírtelo, pero no quisiste escucharme. Hinata, lo conozco de toda la vida. Naruto sólo piensa en sí mismo, no le importa nadie más; no se le puede creer, se ha enemistado con todas las personas que lo han querido, y miente sin pensar y sin motivo.
-¿Qué pretendes, por el amor de Dios? -exclamó ella, deteniéndose a mitad de un paso para mirarlo-. ¿Por qué siempre tratas de denigrarlo?
-¿Denigrarlo? ¿Tan ingenua eres? Sólo trato de evitar que sufras. Mi única esperanza es que lo entiendas como yo, para que no permitas que te haga daño. Hinata, piénsalo. ¡Jamás ha sido veraz! ¿Sabes por qué se casó contigo? ¿Lo sabes?
Ella titubeó, la avergonzaba reconocer que lo sabía.
-Lo hizo para vengarse -se apresuró a continuar él-. Quiso herirme a mí porque mi padre lo desheredó. Ah, seguro que él te ha dicho que padre es despótico, indigno de confianza y Dios sabe qué más. Eso lo he oído muchas veces, te lo aseguro. Pero por mi honor, mi padre lo crió como a su hijo.
Le dio todas las oportunidades para ser su heredero, todas, y Naruto las desperdició una a una. Fue él el causante de la brecha entre ellos, no padre. Fue él quién se peleó con Kazekage, no éste con él. Lo tuerce todo para que convenga a sus propios fines, incluso algo tan trágico como su ceguera. ¿Por qué crees que no te lo dijo?
-N-no, no lo sé -tartamudeó ella.
Menma le cogió los hombros y le dio una sacudida.
-Por el amor de Dios, Hinata, ¡abre los ojos! ¿Por qué no te lo dijo? Para tenerte exactamente donde te quería, ¿no lo ves? ¡Te necesitaba! Si tú lo dejabas, mejoraban muchísimo las posibilidades de padre en los tribunales porque, ¿qué esposa abandona a su marido? Eso es algo inaudito, y demostraría que es incapaz de mantenerte como es debido.
«¡No!». Eso no podía ser, era demasiado inverosímil, una locura absoluta, pensó ella, y negó con la cabeza, pero Menma no cejó, y le enterró los dedos en los hombros.
-Las apariencias significan muchísimo para la nobleza, Hinata. Él te necesitaba a su lado para salvar las apariencias. ¡Por nada más!
Todos estaban locos, pensó ella, y había algo... algo que no tenía sentido.
-Si tanto te preocupas por mí, ¿por qué no me lo dijiste?
Inmediatemente él la soltó y la miró ceñudo.
-Porque me lo dijo como algo estrictamente confidencial, y yo soy hombre de palabra. Además, eres su esposa, no la mía-añadió entre dientes-. No me incumbía a mí decírtelo.
Algo en su manera de decir eso, un matiz de amargura en la voz, le dijo a ella que eso era falso.
-Disculpa.
Dio la vuelta para pasar junto a él y corrió hacia la casa, harta de la familia Namikaze y de sus misterios.
Esos misterios la tuvieron paseándose por sus aposentos gran parte de la tarde. Dos veces se negó a recibir a Naruto, que quería hablar con ella. Estaba demasiado confundida y dolida para hablar con él.
Se devanó los sesos en busca de un posible motivo por el que él le hubiera ocultado que había recuperado la vista, tratando valientemente de no pensar en otros secretos que podría haberle ocultado también.
Además, estaba Menma; por detestable que fueran sus palabras, ¿podría ser que dijera la verdad? «Mi padre lo crió como a su hijo.» ¿Podría Naruto mentir con tanta facilidad? «A Naruto no se le puede creer.» No pudo evitarlo, puso en duda todo lo que le había contado. Las tristes historias sobre su madre, sobre Yūra Kazekage. ¿Habría alguna verdad en ellas?
Uno de los hermanos Namikaze le mentía.
De acuerdo, de acuerdo, tenía que pensar. Uno de ellos mentía. Naruto ciertamente mentía, su supuesta ceguera era un testimonio de sus mentiras. No, era ella la que había estado ciega a todo. Fue ella la que estúpidamente se casó por tener libertad y la oportunidad de volar.
Pero el matrimonio no tenía nada que ver con libertad, y todo que ver con sinceridad; y con lealtad y compromiso, conceptos que hasta ese momento no le habían pasado jamás por la mente. Esos conceptos la golpearon con creces, porque había firmado su destino con la idea de diversión.
Bueno pues, ya lo tienes. Todo lo que vuela tiene que caer finalmente. Había caído, sí, como el gorrioncillo que cayó a tierra en el jardín de su madre. Naruto le había mentido, ganándose su más profunda compasión, al mismo tiempo hechizándola alegremente, haciéndola enamorarse desesperadamente de él.
Ah, y ahí estaba Menma también, siempre encantador, siempre presente, sin hacer nada que sugiriera que mentía. Pero algo en él le indicaba que era un falso. ¿Podría ser que por su necesidad de vengarse había tratado de envenenar el pozo de sus sentimientos por Naruto?
Y girando en medio de todo estaba el asunto del nacimiento de Naruto. Su nacimiento era la causa esencial de discordia entre los dos hermanos, y el motivo de que Naruto se hubiera casado con ella para vengar la pérdida de su herencia. Sin embargo, incluso en eso... había algo que no encajaba en la suposición de que Naruto era hijo ilegítimo. No era otra cosa que una vaga intuición, que la desconcertaba, pero...
«¡Polly!»
De pronto comprendió que era Polly la que la hacía pensar eso. Naruto le había dicho que su madre era hija única, mientras que Polly siempre hablaba de «las niñas». Al instante se precipitó a la puerta y salió en busca de su doncella personal.
La encontró en su habitación, cosiendo muy satisfecha, con el tobillo malo apoyado en un taburete.
-Buenas tardes, milady -la saludó alegremente, después de invitarla a entrar-. Todavía es temprano, ¿verdad? -añadió, mirando el reloj-. A las cinco bajaré a atenderla, como siempre.
-Polly, ¿te acuerdas de ese retrato de la galería de que te hablé?
-¿El de las ladys Kushina y Mito? Y qué bonitos retratos son.
Hinata cogió la banqueta del tocador, la llevó al lado de Polly y se sentó.
-¿Quiénes son Kushina y Mito?
-Vamos, las niñas de lord Uzumaki, por supuesto -dijo Polly sonriendo-. Qué niñitas encantadoras eran.
-¿Eran primas?
Polly soltó un bufido.
-Eran hermanas, lady Uzumaki, ¡hermanas! -exclamó, y movió la cabeza como pensando qué pregunta más ridícula.
-Lord Uzumaki cree que su madre era hija única.
Polly arqueó sus cejas grises hasta casi juntarlas con la línea del pelo.
-Con su perdón, señora, pero eso es una tontería. Claro que lady Rasenrengan tenía una hermana. Las dos eran uña y carne.
Ante esa información, Hinata se inclinó hacia ella, impaciente.
-¿Qué les ocurrió?
-Vamos, lo que les ocurre a todas las jóvenes, naturalmente. Lady Kushina fue y se casó con lord Rasenrengan, y lady Mito se marchó a Londres. Después no supe más de ella. Las niñas nunca volvieron a Longbridge, y el difunto lord Uzumaki era, bueno, no era del tipo conversador. Me escribí con lady Rasenrengan un tiempo, pero rara vez hablaba de su hermana, aunque claro, después de... -Se interrumpió y cambió de tema-. Lady Mito siempre hablaba de vivir en Italia. Tal vez se fue a vivir allá.
-¿Pero no sabes dónde está?
-No, milady. De eso hace más de treinta años. -Estuvo un momento con el ceño fruncido y después reanudó la costura-. Ah, pero eran las niñas más hermosas de la región. Lady Kushina era la menor, y fue la que se casó primero. Lady Mito se marchó más o menos al mismo tiempo.
-Pero no entiendo por qué Naruto no sabe que tiene una tía -insistió Hinata, mirando la pared. Polly frunció más el ceño.
-Eso tendrá que preguntárselo a él. Preguntárselo a él, sí, vamos.
Hinata salió de la habitación de Polly sumida en sus pensamientos, y caminó lentamente hacia sus aposentos.
Era como si tuviera la mente llena de piezas de un rompecabezas, todas revueltas: el retrato de las dos niñas que estaba en Longbridge, el retrato de Rasenrengan Park, de un hombre que se parecía muchísimo a Naruto.
Los cuadros encajaban de alguna manera, estaba segura, pero por su vida que no lograba ver cómo.
La tarde se le estaba haciendo insoportable a Naruto. Después de recoger sus cosas y seguir a Hinata hasta la casa, lo primero que tuvo que hacer fue enfrentar al montón de criados y aceptar sus felicitaciones por la milagrosa recuperación de su vista.
Se sintió casi siniestro, como si les hubiera jugado una horrible mala pasada a todos. Más de uno lo miró con cierta desconfianza, pero ¿cómo no entenderlos? ¿Qué ciego sale a una merienda campestre y vuelve con la vista totalmente recuperada?
Otros cantaban alabanzas a la gloria de Dios, diciéndole que estaba bendecido. Eso era casi cruel: no estaba bendecido, estaba condenado.
Lo segundo que tuvo que hacer fue enfrentar a Menma, que había aparecido sin anunciarse y sin invitación, como le gustaba hacer cada vez con más frecuencia, para luego pasearse por la casa como si fuera el dueño.
Ah, pero Menma sí que estaba en buena forma. Después de proclamarse extásicamente feliz por la recuperación de su vista y, naturalmente, por el fin del pleito de Minato, se puso a parlotear sobre sus intentos de calmar a Hinata, sin importarle quién lo oía, y a describir con todo detalle sus hermosos ojos llenos de lágrimas. Pero le aseguró que había hecho todo lo posible por consolarla.
A Naruto no le costó imaginarse eso, y ahora que volvía a «ver» a Menma, no se fiaba de él ni por un segundo. Pero ese innoble sentimiento lo hizo encogerse de odio a sí mismo. ¿Dónde estaba la misericordia que deseaba mostrar a Menma? ¿Dónde estaba el beneficio de la duda?
Se sentía como si sus entrañas se hubieran podrido, pero a medida que avanzaba la tarde fue aumentando su desconfianza de todos.
Maldita sea, él había visto a su mujer y su hermano juntos cuando creían que él estaba ciego. Y por mucho que quisiera disipar sus sospechas, Hinata había cerrado con llave la maldita puerta de sus aposentos y se negaba a hablar con él. ¿Y qué había hecho él que fuera tan horrible? ¿Es que no era capaz de comprender lo pavoroso que puede ser el don de la vista para un ciego? ¿No podía siquiera intentar comprender cómo se había sentido él en ese momento? ¿O era otro el motivo de su enfado?
Cuando ella bajó para la cena, con un precioso vestido de brocado azul que le ceñía las curvas y consiguió encenderle una antorcha dentro, pasó junto a él sin dirigirle más que una fugaz mirada y fue a sentarse frente a Menma.
Al instante éste inició una estúpida conversación con ella hasta que Naruto creyó que iba a explotar. Cómo lograría soportar toda la cena, no lo sabía. No podía apartar los ojos de ella. Dios, oh. Dios, ¿cómo podía no haber visto su elegancia natural? A la cálida luz del candelabro, su piel de porcelana y sus mejillas sonrosadas la hacían embelesadora.
Los cabellos ya le habían crecido hasta bajo los hombros y los llevaba recogidos hacia atrás en un sencillo y elegante moño alto.
Menma también veía eso.
Demonios, no sólo lo veía, le rendía pleistesía. Cuando al finalizar la cena se retiraron al salón verde, su hermano se dedicó prácticamente a hacerle el amor a su mujer, ante sus propios ojos.
Le hablaba dulcemente, a cada momento le tocaba la mano, el hombro, la rodilla. Se reía de las cosas que ella decía, y estaba pendiente de todas las palabras que salían de esos hermosos labios.
Hinata le respondía con educación, observó, nunca con coquetería. ¿Se reprimiría porque estaba él? ¿Qué habría pasado cuando él estaba ciego? Por mucho que trataba de dominarse, se sentía cada vez más celoso de esa sonrisa con hoyuelo, en particular cuando iba dirigida al cobarde de Menma, aunque fuera fugazmente.
Cuando por fin llegó el momento de retirarse. Naruto se fue a sus aposentos después que subiera Hinata, y con cada paso que daba iba aumentando en él una rabia irracional.
Su delito no era tan grave como para ganarse esa altivez por parte de ella. De acuerdo, debió haberle dicho lo de su vista, pero no entendía por qué ella lo condenaba. Tal vez se había equivocado al juzgarla; tal vez era mucho menos profunda que lo que había llegado a creer ese último tiempo.
O tal vez era más intrigante que lo que él hubiera imaginado, ¿ o estaría furiosa por no poder seguir con su aventurita ante sus propias narices? Dudaba de todo. Lo único que sabía era que estaba furioso, y que su cabeza lo estaba matando.
Dio un estrepitoso portazo al entrar en su habitación, se quitó la chaqueta y la tiró al suelo, lo mismo hizo con la corbata, que prácticamente se la arrancó del cuello, y luego se quitó el chaleco, tirándolo también al suelo; todo esto lo hizo caminando hacia la puerta de la habitación de ella.
Que se encomiende a Dios si ha puesto llave a la puerta, pensó, dio un empujón y la puerta se abrió golpeándose en la pared.
En la banqueta de su tocador, Hinata pegó un salto, soltó un chillido y se giró con la mano en el cuello.
-¡Me asustaste!
El apretó las mandíbulas y paseó la vista por la habitación, haciendo un estúpido esfuerzo por controlarse. ¿Por qué tenía que controlarse? Había estado ciego dos meses y luego recuperado la vista; no era él el villano de la historia. Y la había creído tan apasionada, tan extraordinariamente misericordiosa.
-Me debes una disculpa -dijo con los dientes apretados. Ella agrandó los ojos, sorprendida, y luego los entornó peligrosamente.
-¿Que yo te debo una disculpa?
Él avanzó otros pasos, se puso en jarras y con los pies separados, mirándola.
-En primer y principal lugar por haberme cerrado la puerta con llave. No vuelvas a cerrarme la puerta -gruñó-. Ésta es mi casa, tú eres mi mujer y quiero entrar aquí cuando me dé la maldita gana.
Hinata se levantó lentamente, apretando el cepillo con tanta fuerza que él le vio los nudillos blancos.
-Se ha tomado debida nota del inventario de tus pertenencias. ¿Algo más?
-Ah, sí, señora, ciertamente hay algo más -gruñó él-. También me debes una disculpa por haberte portado con tanta puerilidad hoy.
-¿Qué? -exclamó ella indignada.
-Me has oído. ¿No es curioso que yo creyera que mi mujer estaría agradecida de que me hubiera vuelto la vista? Resulta que no entiendo por qué le fastidia tanto que pueda verla.
-¡Debes de estar desquiciado! -exclamó ella, dando un fuerte golpe con el cepillo en el tocador-. Claro que estoy agradecida, pero olvidas un hecho importante, Naruto. ¡Me mentiste! No me dijiste que habías recuperado la vista, y sólo puedo suponer que eso se debió a que querías espiarme y espiar a toda la demás gente de esta propiedad.
-He caminado por esta propiedad sin ver nada, sin poder fiarme de lo que veía. ¿Tienes una idea de cuántas imágenes veía en mi mente cuando estaba ciego? ¡Cientos! Imágenes tan reales que dudaba de mi cordura. Cuando comenzó a volverme la vista no podía estar seguro de que no era mi mente la que hacía aparecer esas mismas imágenes.
-No me cabe duda de que eso fue muy traumático -dijo ella con voz ronca-. Yo no podría haber soportado lo que has soportado tú, ni con tanto valor. Pero queda el hecho de que no te fiaste de mí lo suficiente para decírmelo. ¡No ha cambiado nada, Naruto, y yo creía sinceramente que las cosas habían cambiado! Esto... esto no tiene nada que ver con tu vista, se trata de nosotros, de ti y de mí, y de tu capacidad de confiar en mí, de ser sincero conmigo. ¡Me has espiado! -sollozó, y se limpió furiosa una lágrima que le brotó de un ojo.
-Dios santo, no te he espiado -rugió él mirando al techo-. He tratado de explicarte lo mejor que he podido por qué no te lo dije. Ah, pero tú has dejado clarísimo que no te gusta el motivo, Hinata. Y no puedo dejar de pensar por qué estás tan obstinada en no creerme. Tal vez eres tú la que ocultas algo.
-¿Yo? -Lo miró con los ojos nublados por la confusión, o culpa, pensó él. Con la mano trémula se limpió otra lágrima de la mejilla-. ¿Qué podría ocultarte?
-Ah, no sé -dijo él, burlón-. Tal vez deberíamos preguntárselo a Menma.
Hinata levantó la mano como un rayo para golpearlo, pero él le cogió la muñeca y le apartó el brazo.
-¿Cómo te atreves a insinuar una cosa así? Dios mío, estás obsesionado con él. Todo tiene que ver con Menma, ¿verdad? Todo te conduce a él. Bueno, escúchame. Naruto. En este momento puedo decir en verdad que lo encuentro mucho más deseable que tú -gritó histérica.
Él sintió que la cabeza se le hacía trizas. Sin pensarlo, le cogió los brazos y la apretó contra su pecho. Mil réplicas, mil amenazas pasaron por su cerebro. Pero cuando la miró a esos ojos grises vio reflejados en ellos su miedo y su rabia. El hecho de que él, justamente él, pudiera dejarse llevar por un ataque de celos lo asqueó.
La repugnante escena emocional le recordó al instante a Minato. Era casi como si tuviera a Minato en sus brazos. Pero no era Minato. Era Hinata, que lo rechazaba, Hinata, que lo despreciaba, Hinata, que amaba a Menma.
La odió.
La odió por volverse en su contra después de haberle abierto su mohoso corazón. Se había convertido en un patético imbécil, un imbécil débil y patético, que se había dejado afectar por una princesa campesina. ¿Y él mismo se había convencido de que amaba a esa cretina? Consternado, la apartó de un empujón. Hinata cayó hacia atrás, pero chocó con el tocador y alcanzó a agarrarse al borde.
Él sonrió indolente, como para quitarle importancia al gesto de miedo en su linda boquita.
-Señora, puedes creer lo que quieras -dijo con indiferencia y salió despreocupadamente de la habitación como si no hubiera ocurrido nada.
