Capítulo 26

Satine

Siete.

Siete días encerrada en su apartamento.

Siete días asistiendo solo a las clases necesarias, y ocupando el resto del día en estudiar los más de doscientos folios que tenía de apuntes en aquellas asignaturas que nada tenían que ver con los ensayos, con la expresión corporal o la danza.

Rachel creía que iba a empezar a enloquecer. Jamás había tenido que estar tanto tiempo dedicándole al estudio. Lo normal era dedicarle un par de horas diarias y nada más, pero había descubierto que era lo único que conseguía apartar de su mente todo el revuelo de sentimientos tras la pelea con Quinn.

No había vuelto a llamarla, ni a verla. Ella no la había buscado, y Quinn parecía que tampoco había puesto de su parte por hablar con ella.

Fue extraño aclimatarse a aquella nueva rutina en la que de repente, tras más de un mes encontrándosela en cualquier parte del campus, a cualquier hora y bajo cualquier circunstancia, Quinn desaparecía por completo y no dejaba ni rastro de ella.

No volvió a verla en la biblioteca, a la que no tuvo más remedio que ir para devolver uno de los libros. Ni la encontró en el jardín donde ella solía comer con Kurt y Marley los miércoles, y que curiosamente, pertenecía a uno de los edificios donde Quinn daba clases a aquella misma hora.

Se la había tragado la tierra, y solo hubo una persona que le confirmó que seguía con vida tras aquella total y absoluta desaparición; Marley.

La había visto en el club de lectura, y aunque en aquella ocasión ni siquiera la miró ni le habló como la vez anterior, pudo confirmarle a Rachel que aún seguía su rutina diaria. Aunque quizás con horarios diferentes.

Lo cierto es que aquel enclaustramiento y la obligación de estudiar, habían logrado en Rachel algo completamente inusual en su personalidad; convertirse en un ogro, o al menos así la describía Marley.

Respuestas cortantes, malos gestos, o completa y absoluta ignorancia respecto a ella y Kurt. Rachel no estaba pasando por su mejor momento, y todo ello se reflejaba en su mal humor y las continuas disputas con su compañera de apartamento. Y con cualquier ser humano que llegase a cruzar su camino con el de ella.

Aquel viernes no iba a ser diferente.

Después de haber acudido a una solitaria clase en aquella mañana, regresaba al apartamento, y recuperaba su monotonía de sentarse frente a su escritorio, con una gran taza de café, y solo la luz de su lamparita iluminando los apuntes.

—¿Hola! ¿Hay alguien en casa? — la voz de Marley rompió el silencio abrumador de del apartamento en aquella mañana, y Rachel ya comenzó a lamentarse— ¿Rachel? — cuestionó metros antes de llegar a la puerta de la habitación de la morena.

—¿Quieres dejar de gritar? —replicó malhumorada— ¡Estoy aquí!

—Hey, tranquila —respondió la chica tras abrir la puerta y descubrirla en el interior—. No estaba segura de que fueses a estar

—Pues estoy —interrumpió sin levantar la vista de los apuntes.

—¿Qué te pasa? —preguntó sabiendo de sobra la respuesta— ¿Por qué no dejas el mal humor para el teatro, y esas clases de interpretación?

—¿Por qué no te metes en tus asuntos? —respondió cortante— Estoy estudiando, así que déjame en paz.

—¡No! —perdió la paciencia— No estás estudiando, estás escondiéndote y vas a terminar loca si sigues aquí con la luz apagada —recriminó al tiempo que caminaba hacia ella y abría la ventana que permanecía sobre el escritorio, permitiendo que la luz cegara por completo a Rachel.

—¿Qué haces? —alzó la voz— ¿Me quieres dejar en paz?

—Rachel, espabila —se acercó—. Deja de hacer el imbécil y deja de luchar contra el mundo. Eres ridícula.

—¿Ridícula yo? —la miró enfurecida.

—Sí, tú. Mírate, llevas una semana en guerra con nosotros, y no te hemos hecho nada. Pareces una cría

—¿Yo soy una cría? —interrumpió— ¿Y me lo dices tú? ¿La que chatea con a saber qué tipo de perturbador? ¿La que cree que detrás de esa estúpida pantalla va a estar el amor de su vida? ¿Yo soy la cría?

—Ah bueno, veo que me estabas esperando para tomarla conmigo.

—No, eres tú la que has llegado aquí y no paras decirme idioteces. Eres tú la que no me deja estudiar.

—Yo venía para preguntarte si querías mi ordenador como otros días, no ha molestarte. Pero… ¿Sabes qué? Tienes razón, es imposible entrar aquí y no perder la paciencia contigo y con tu actitud. ¡Estás insoportable!

—¡Estoy estudiando! ¿Qué parte de estoy estudiando no entiendes?

—Eres una estúpida —murmuró afectada por la actitud que Rachel había empezado a mostrar con ella. No solo aquel día, sino durante toda la semana.

—¿Dónde vas? —cuestionó la morena tras ver como Marley optaba por dejarla de nuevo a solas, y abandonaba la habitación completamente dolida.

—A seguir con mi vida —espetó desde el salón alterando aún más Rachel. Si había algo que realmente le molestaba, era que la dejasen en mitad de una discusión. Y eso Marley lo hacía cada vez que ambas se enzarzaban en alguna disputa.

Tanto le molestaba que no dudó en abandonar ella también su habitación, presa del orgullo, y averiguar qué tramaba Marley, y por qué estaba allí a aquella hora.

—¿Tú no deberías estar en clase? —preguntó déspota.

—Sí, de hecho, me voy ya — respondió sin mirarla—. Solo pasaba cerca y recordé que no tenías tu ordenador disponible, y mira por donde, también pensé que podrías necesitarlo para estudiar. Sin embargo, tú me recibes con ese mal humor de ogro que tienes, y a mí se me quitan las ganas incluso de mirarte.

—No tengo mal humor.

—Sí, sí que tienes mal humor. Estás desquiciada por lo que te han hecho esas estúpidas, y en vez de olvidarte de ello y pasar, te dedicas a pagarlo con nosotros. Porque a Kurt también lo tratas mal. Y no me extrañaría nada que tus padres decidiesen venir después de cómo les hablaste ayer por teléfono. Estás insoportable.

—¡No os digo nada! Sois vosotros los que no paráis de tratarme como si estuviera enferma, y eso me pone mal, porque me hace recordar todo lo que me ha pasado. ¿Entiendes? —volvía a mostrarse nerviosa.

—¿Cómo si estuvieras enferma?

—Sí, cada vez que vuelvo de la facultad y me meto en mi habitación, me preguntas, ¿estás bien, Rachel? ¿Necesitas algo? ¿Cómo quieres que me sienta si me hablas así? Pues me siento la chica más estúpida del universo porque dos imbéciles le han tomado el pelo, e incluso se ha llegado a enamorar de una de ellas —respondió con la voz entre cortada—. No me hace bien que me lo estéis recordando.

—Si te pregunto es porque te veo mal —se acercó—. Veo que te metes ahí y no sales a menos que sea para comer, y tú, tú nunca te has portado así. Tú sales a hacer ejercicio, buscas cursos de bailes, y todas esas cosas que tanto te gustan.

—Estoy metida en los exámenes finales —le aclaró—, y llevo un mes sin estudiar apenas por culpa de Quinn, y de la otra estúpida. ¿Qué quieres que haga? Te recuerdo que termino el curso dentro de una semana.

—Ok, perfecto, sigue enclaustrada y sigue con tu mal humor. Me haré a la idea de que es por culpa de los exámenes por lo que estás así, y no volveré a preguntarte. ¿De acuerdo?

—Es lo único que deseo —respondió un poco más tranquila— Si, si necesito algo te lo diré, te lo prometo.

—Eso espero —la miró de soslayo—. Tengo que marcharme. ¿Vas a querer el ordenador?

—Me vendría bien, el mío aún lo tiene el amigo de Kurt, y no sé cuándo diablos lo va a arreglar.

—Pues aquí te lo dejo —musitó dejando el portátil sobre la mesilla que presidía el salón compartido—. Que pases buena mañana o lo que queda de ella.

—¿No vienes a comer?

—No, tengo varias prácticas ahora, y no me da tiempo.

—Ok. Pues comeré a solas —balbuceó viendo como Marley ya se disponía a abandonar el apartamento, y ella volvía a quedarse allí, de nuevo, enclaustrada con aquella sensación de malestar que no conseguía marcharse de su cuerpo, y sin encontrar la solución que al menos, la hiciera menguar.

Estudiar era lo único que podía apartarla un poco de aquello, y con esa intención regresó a su habitación tras hacerse con una botella de agua, y el ordenador de Marley, que le empezó a mostrar aquellas imágenes a las que hacían referencia sus apuntes y que tuvo que estar imaginando por culpa de no tener el suyo a disposición.

Definitivamente, así era mucho más sencillo estudiar, y comprender lo que aquellas palabras trataban de describir. Ahora sí sabía cómo lucían los antiguos teatros griegos, y cómo vestían los protagonistas de algunas de las obras más importantes de la historia. Y gracias a ello, el tiempo de estudio empezó a ser productivo, y logró mantener su mente a salvo de los pensamientos que no paraban de atosigarla.

Sin embargo, no todo iba a resultar tan fácil.

A Rachel, la buena suerte hacía ya días que la había abandonado, de eso estaba completamente convencida. Pero en aquel instante, justo cuando acababa de repasar el tema más complicado y ver que lo tenía perfectamente memorizado, escuchó un extraño sonido proceder del ordenador que le llamó la atención.

Tuvo que buscar entre las distintas ventanas que mantenía abierta para saber qué era lo que insistía constantemente en dejar sonar una pequeña alarma, y a punto estuvo de escupir el sorbo de agua que daba cuando descubrió de dónde procedía.

Una pequeña ventana se abría en la parte inferior, y alguien con un sobrenombre terriblemente familiar apareció de repente; Nala.

La sorpresa y el desconcierto hicieron que Rachel mirase a su alrededor, como si hubiera más personas pendientes de ese hola que aquella chica le hacía llegar a través del ordenador. Y los nervios empezaron a jugarle una mala pasada.

La primera idea que tuvo fue la de cerrar rápidamente el ordenador. Luego rondó por su mente el responderle y dejarle claro que no era Marley quien estaba allí, sin embargo, tampoco llevó a cabo aquella acción y esperó pacientemente algún comentario más.

Empezaba a ser consciente de que era la mejor oportunidad que podía tener para saber quién era, y qué pretendía aquella desconocida de Marley. Pero aventurarse a preguntarle sería probablemente ponerla en una situación complicada, y conseguiría que su mejor amiga la odiase de por vida.

Satine; Hola

Envió tras pensarlo durante varios minutos y volvió a sorprenderse al descubrir el nombre que utilizaba Marley para mantener su anonimato; Satine

Previsible, pensó Rachel tras recordar que Moulin Rouge era el musical favorito de su amiga.

Nala: ¿Cómo estás?

Satine: Bien ¿Y tú? —acertó a responder si saber muy bien si aquella sería la forma correcta de hacerse pasar por Marley, y saciar su curiosidad de una vez por todas.

Nala: Muy bien.

Satine: Estoy, estoy un poco ocupada. ¿Hay algo que me quieras decir? —cuestionó tratando de no alargar demasiado aquello.

Nala: No. Pensé que podríamos hablar un poco.

Satine: Tengo cosas que hacer, como por ejemplo estudiar.

No habló. Nala, tal y como rezaba en la parte superior de aquella ventana, parecía estar escribiendo algo que no terminaba de enviar, y que comenzaba a preocupar a Rachel.

Marley y aquella chica llevaban meses hablándose, así que, por lógica, ambas tendrían una manera más personal de entablar conversación. Y empezó a temer que se hubiera percatado de que no era Satine quien estaba detrás de aquella pantalla.

Nala: Ok, no te molesto mucho más, pero hay algo que quiero preguntarte.

Satine: Adelante, pregunta.

Rachel no pudo evitar mostrar su curiosidad tras aquel misterio que lograba crear aquella chica acerca de una supuesta pregunta, que, al parecer y por lo que dudaba y tardaba en hacérsela, tendría que ser importante.

Nala: ¿Podríamos vernos?

Palideció. Rachel abría la boca a más no poder tras leer aquella pregunta, y volvía a mirar a su alrededor, como si aquel gesto le permitiese averiguar que no era una cámara oculta, que no era una broma o una ilusión, que no se había quedado dormida encima del escritorio y soñaba con aquella absurda historia que tantos quebraderos de cabeza les había traído. Tanto a Marley como a ella misma.

La idea de creer que aquella tal Nala era un chico con otro tipo de intenciones, seguía presente en su mente, y no se iba a marchar de ella hasta que la viese por sus propios ojos.

¿Qué mejor oportunidad que aquella?

Le estaba pidiendo una cita, y ella misma podría asegurarse de que su mejor amiga, no corría ningún tipo de peligro con aquella desconocida.

Tardó como cinco minutos en responder con aquella frase. Sabía que estaba mal, que Marley no se lo iba a perdonar, pero tenía que hacerlo sí o sí.

Satine: Sí, estoy deseando verte.

La incertidumbre la había llevado a levantarse de la silla, y observar la pantalla mientras caminaba indecisa por su habitación, sabiendo que estaba metiéndose en un nuevo lío. Más aún cuando recibió la respuesta que esperaba.

Nala: Ok, dime hora y lugar.

Satine: ¿Puedes hoy?

Preguntó rápidamente, sabiendo que el tiempo jugaba en su contra, y que Marley probablemente hablaría con ella por la noche.

Nala: Estaba pensando en eso. ¿Qué tal ésta tarde?

No podía creerlo.

Rachel volvía a tomar asiento frente al ordenador tras ver como todo parecía ir sobre ruedas, y empezó a lamentarse por Marley.

Aquella chica la había rechazado, supuestamente, tres veces en menos de un mes, y ahora en apenas cinco minutos ella ya había conseguido una cita para aquel mismo día.

Tan surrealista como sospechoso. Y esa sospecha hizo que Rachel siguiera hacia adelante con el plan.

Un cambio de opinión tan radical debía tener algún motivo, y ella se iba a encargar de averiguarlo. Si Marley quería enfadarse con ella cuando lo supiera, pues ya tendría tiempo para conseguir que la perdonase, pero no iba a dejar pasar aquella oportunidad.

Satine: ¿A las 3?

Nala: Perfecto ¿Dónde?

Tardó varios minutos en buscar el lugar más idóneo para aquel encuentro, aunque lo que realmente quería era ver si era una chica, y no lo que pensaba que era.

Un lugar con más personas era lo indicado.

Satine: ¿Conoces la cafetería Untittled?

Nala: Claro.

Hecho, pensó Rachel tras aquella respuesta. Supo que no había marcha atrás, y que se la estaba jugando por Marley. Aunque lo cierto es que su curiosidad también la incitó a hacer aquello.

Empezaba a sentir que las malas influencias se habían adueñado de parte de su personalidad, y estar tanto tiempo entre mentiras y planes, con Santana, Jane, Brody y Quinn, la habían llevado a actuar así.

Satine: Perfecto. ¿Nos vemos allí?

Nala: Allí estaré. ¿Cómo vas a ir vestida?

Punto clave de la cita. Si lo que pretendía era averiguar que aquel personaje no estuviese mintiendo a Marley, no necesitaba que la viese a ella, precisamente, ni que supiese que era ella quien se estaba haciendo pasar por su cita. Así que la mejor solución que pudo encontrar fue la de una nueva mentira, otra más.

Satine: Llevaré una camiseta azul y un sombrero de un color más claro — mintió. Por supuesto que mintió. Rachel no pensaba quitarse su blusa blanca y los shorts que vestía.

Nala: Está bien.

Satine: ¿Y tú? ¿Cómo sabré que eres tú? —se interesó tras ver como guardaba silencio por más tiempo del debido. Era primordial saber cómo iba a ir vestida para poder saber quién era, aunque cada vez tenía más claro que aquella chica, o chico, le iba a mentir.

Nala: Llevaré una blusa rosa.

Escueta respuesta después de tardar tanto en escribirlo, pensó Rachel, que confirmaba aquella sensación de creer que todo estaba siendo una malévola broma de aquella desconocida.

Satine: Ok. Espero que no me hagas esperar, soy bastante puntual y me apetece mucho conocerte —. Sabía que se estaba excediendo con aquello, pero quería conocer un poco más y ver las reacciones de aquella chica.

Nala: Tranquila, estaré allí a la hora pactada.

Basta Rachel, pensó tras leer de nuevo como aquel personaje no se mojaba en darle algo que pudiese convencerla de que estaba haciéndolo bien. Sus respuestas siempre tardaban en llegar, y cuando lo hacía, eran tan escuetas y directas, que poco o nada podía replicar.

Nala: Te dejo que sigas estudiando. Te veo a las 3 en el Untittled Café.

Satine: Ok. Allí estaré.

Enviar aquella última frase no supuso alivio alguno para Rachel, menos aun cuando Nala abandonó la conversación de manera fulminante. Ni siquiera se despidió, ni tuvo palabras cariñosas, tal y como Marley repetía una y otra vez.

Nada de lo poco que había podido conversar con ella, se asemejaba a la imagen idílica que Marley daba de aquella desconocida, con la que tenía multitud de conversaciones en las que ambas conseguían desahogarse. En las que incluso llegó a surgir, por parte siempre de su amiga, una extraña atracción que empezaba a causarle problemas de autoestima tras la negativa a acceder a conocerla.

Ya no había vuelta atrás.

Rachel había conseguido en diez minutos lo que Marley no pudo en cinco meses, y eso era motivo más que suficiente para no arrepentirse. A no desechar la idea, y seguir adelante con la firme intención de descubrir si a su mejor amiga, también había alguien jugándole una mala pasada.