Espejo
Max giró sobre el colchón, inquieta, y se tapó el rostro con el brazo. La cierva estaba detrás de ella buscándola con el hocico para lamerla. Max no la dejaba. Se cubría la cara en cada intento. No por asco a sus lamidas, sino por vergüenza. Vergüenza de sí misma.
Rachel quería ver sus ojos. Su expresión. Lo que fuere para confirmar que se encontraba bien, pero Max continuaba sin permitírselo.
Desde que volvieron fue así.
Apenas entraron al refugio la heroína se desplomó en el colchón y le dio la espalda. Quedó arrinconada contra la pared supuestamente durmiendo. Sin embargo, la realidad era otra. Casi nada pudo dormir esa noche. Pesadillas donde Nathan era protagonista molestaban a su sueño, provocando que despertara agitada en varias ocasiones. No podía olvidar la asquerosa sensación de sus labios golpeándola; del rastro húmedo que dejaba su respiración acelerada en su piel, de su emocionada entrepierna calentándole el vientre. Todo le daba repulsión. Haber besado al asesino de su novia… No podía perdonárselo.
Aunque lo hizo por una buena razón que sabía que Rachel comprendía, pues, no le hizo reclamo alguno, se sentía condenadamente mal e incluso abusada de algún modo. Pequeña y asustada. Toda esa noche fue un infierno. En especial porque la razón de su odio, el niño malcriado, le había hecho enfrentar sus demonios más internos de la peor manera. Le hizo entender a la fuerza que solo era una humana más. Errante, pecadora e imperfecta. No era una heroína, ese apodo desapareció para ella. Y aunque finalmente le terminó ganando la batalla a su lado oscuro, ésta la dejó mentalmente agotada. Perturbada. Lo que quedaba de sus creencias se derrumbó en una maldita noche.
Imposible dormir así.
La cierva la consoló como pudo ante aquellos fuertes despertares que rozaban un ataque de ansiedad, pero Max parecía avergonzada de recibir su cariño. Y, tal como estaba haciendo ahora, se dedicaba a evitarla, como si verla a la cara confirmara una y otra vez lo que tuvo que hacer para salvarse el pellejo.
La cierva bajó las orejas, entristecida, mientras divisaba su espalda encorvada. Max estaba allí, pero la sentía a kilómetros. Lejos. Muy lejos.
Quiero verte…
Pensó, apoyando una pata en su espalda. La empujó unas veces con la suficiente energía como para traspasarla. Max frunció el entrecejo al sentir ese conocido escalofrío en su interior que por un impactante momento le congelaba los órganos y la sangre.
—Estoy bien, Bambi. —se limitó a contestar. La cierva, insatisfecha con esa seca respuesta, puso la otra pata en su espalda. Volvió a empujarla insistentemente.
Una ceja de Max tiritó. Esa fusión era insoportable. Se retorcía por dentro debido al hormigueo que recorría cada parte de sus tripas.
—Dije que estoy bien.
La cierva sacudió la cola con fuerza, enojada, y se acercó a su oreja.
¡Si estás bien, mírame!
Soltó un largo y ronco bramido en su oído, haciendo que Max se sobresaltara.
—¡D-Deja de hacer eso! —Se refregó la oreja, girando el cuerpo hacia ella— ¡Me vas a dejar sor..! —Se detuvo al chocar con su entristecida carita. La cierva la miraba con una absoluta pena que solo tenía un significado. Uno que Max entendió a la perfección.
No me ignores…
—No me mires así… —Max se rascó la nuca con culpa y llevó las manos a su lomo—. Lo siento, no quise preocuparte.
Enredó los brazos en su cuello y la abrazó. La cierva se dejó abrazar, cerrando los ojos.
—Es solo que… todavía me siento extraña por todo lo que pasó. Deprimida, asqueada, para la mierda. Como quieras llamarle. —Esbozó una cansada sonrisa—. Pero tienes razón, no puedo cerrarme ahora. No es momento de caer, Nathan podría aparecer esta noche también. Tengo que ponerme de pie.
Max abandonó de a poco su cuerpo y la miró a los ojos.
—Rachel, hoy es el día. Hoy pase lo que pase volveré al pasado y te salvaré. —le dijo determinada. La cierva ensanchó los ojos— ¿Me vas a ayudar?
¿Acaso tengo otra opción?
Pensó Rachel, declinando la cabeza. Su intención al levantarla no era aquella, sino pasar tiempo con Max para hacerla sentir mejor. Quién sabe, quizás un paseíto la animaría. No quería ayudarla a cometer lo que le parecía un suicidio, pero, lamentablemente, ya se lo había prometido. Iría con ella hasta el final. Llevarle la contra ya no iba a funcionar. Max no dudaría ni cambiaría de opinión, se lo dejó bien claro. Y Rachel tampoco cambiaría su opinión: la acompañaría hasta el mismísimo infierno de ser necesario.
Bramó en una afirmación. Max le sonrió con suavidad y acarició su cabeza.
—Gracias. Pero antes que nada… —Pasó la vista a su pierna y observó con atención la tela con la que se cubrió la herida. Rojo. Estaba completamente ensangrentada. Le daba terror descubrir cómo se encontraba la herida debajo, aunque ya tenía una vaga idea. Le ardió toda la noche y no se sentía exactamente bien. En sí, se sentía afiebrada. Tenía toda la pierna contracturada y con una insoportable picazón que la asaltaba desde adentro hacia afuera.
Bufó y empezó a bajarse el pantalón para ver mejor la herida. La abertura que se hizo en el jean al cortarse no era suficiente para examinarla.
La cierva comenzó a ondear la colita al ver cómo arrastraba el pantalón por sus piernas, acción que Max no pasó desapercibida. La observó de reojo con una severa ceja alzada.
—No te entusiasmes, pervertida. ¿Quieres montarme o qué?
Bambi volteó la cara, sintiéndose emboscada.
Tú eres la pervertida… y desconsiderada. Sabes que sigo siendo yo, ¿cómo quieres que no te mire?
Max terminó de sacarse el pantalón, quedando en ropa interior, y respiró hondo juntando valentía.
—Aquí vamos… —Empezó a desenredar la tela debajo de la rodilla. El solo roce le dolía horrores—. A ver qué tan asqueroso está esto.
Terminó de desenredarla y lentamente levantó el único pedazo de tela que continuaba adherido a la herida. Muy adherido y pegajoso.
—Oh, no… —Sus ojos se agrandaron, impresionados, al ver el color putrefacto de su piel. Tenía la piel oficialmente pelada. La sangre se mezclaba con un tono amarillento que pintaba la carne expuesta—. Mierda, se infectó. Necesito alcohol urgente.
La cierva contempló su pierna en demasía preocupada. Esa herida debía ser tratada en un hospital, no solo con alcohol. Max pensaba lo mismo, pero no podía ir a un hospital en ese momento. Debió haberla curado apenas volvió al refugio, sí, pero su mente estaba en tan caótico estado que se olvidó totalmente del dolor y se dedicó a tratar de dormir. Todo para nada. Al final no hizo ninguna de las dos cosas.
Se levantó con un importante esfuerzo y caminó renga hacia la esquina del refugio donde había encontrado la cerveza. Se agachó, quejándose en el medio, y empezó a remover todas las cajas que estaban allí. Debía haber algo más que cerveza. Ron; Vodka, Gin, ¡lo que sea! Algo bien puro para ponerse en la herida y así limpiarla y aguantarla un poco más.
—Vamos, Chloe… Confío en tu ebriedad. Tienes que tener algo. —masculló, yendo hasta otro rincón del refugio que, a todo esto, se encontraba más desordenado que antes gracias a la visita de Nathan.
La cierva la seguía pasando la mirada de un lado a otro. En efecto, Chloe debía tener algo ahí. En su presente original, todas las veces que Rachel iba al vertedero a ver a su amiga llevaba una botellita de regalo. Dos; tres. De acuerdo, quizás cuatro. Esa línea temporal donde se encontraban ahora no era tan diferente a su línea original. Los grafitis de ambas seguían intactos, lo cual significaba que su amistad también. Por ende, los vicios también.
La cierva continuó buscando en cada lugarcito, olfateando todo lo que hallaba. De pronto sus orejas se levantaron, entusiasmadas. Bramó, llamando la atención de Max.
—¿Encontraste algo? —preguntó Max, caminando hacia ella a paso torpe. Se agachó donde la cierva estaba señalando con el hocico y levantó unas revistas— ¡Ah, bingo! —Sonrió, agarrando una petaca llena de polvo. Estaba vacía por la mitad— ¿Vodka? Bueno, algo es algo. Bien hecho, Bambi. —Le acarició la cabeza. Bambi la levantó orgullosa. Por fin estaba siendo útil.
Max volvió al colchón y se sentó con cuidado; su pierna ardía con cada maldito movimiento. Abrió la petaca y antes de lanzar el contenido a la herida miró a la cierva con una expresión de dolor. El solo imaginarse lo mucho que le iba a quemar le hacía replantearse el hacerlo. La carne se encontraba demasiado expuesta y sensible. Nada la protegía. Iba a doler de un modo tan terrible que su garganta se lo haría saber.
—Bambi, no te asustes, pero posiblemente grite un poco.
La cierva acercó el hocico, alarmada por tal advertencia. Max le dio unas palmaditas en el lomo para calmarla.
—Tranquila, solo será un momento. Es más, creo que puedo ahorrarte los gritos si encuentro… —Pasó la vista al colchón y agarró la chaqueta que se había quitado en la noche—. Con esto estaremos bien. —Llevó la chaqueta a su boca y la mordió. La cierva torció el rostro, curiosa, mientras Max levantaba el pulgar en una positiva señal.
Ahí vamos… La puta madre.
Comenzó a derramar el Vodka en la herida. Sus ojos estallaron apenas cayó una diminuta gotita en su piel.
—¡HMM! —exclamó, cerrando los ojos con lágrimas. La cierva se sobresaltó.
Ardía. Ardía tanto que juró que moriría infartada por el dolor. Era como si miles de agujas puntiagudas estuvieran atravesándole la piel. Mientras más era consciente del ardor, más parecía arder. La estaba quemando viva, pero tenía que seguir. Una gotita no iba a curarla. En sí, eso no iba a curarla, solo aplazaría un poco más lo inevitable.
Respirando agitada, continuó derramando el alcohol en la herida.
—¡HMMM! —Se fue hacia atrás apretando fuertemente los dientes contra la chaqueta y se estrelló contra el colchón. La cierva se subió de inmediato y se puso sobre ella, preocupada.
Max revoleó la chaqueta con el cuerpo entumecido por el dolor y se aferró la pierna acurrucándose contra sí misma.
—¡P-Puta madre! —exclamó, ocultando el rostro en el colchón. El ardor solo intensificaba, tanto, que de algún modo estaba anestesiándole la pierna—. Me cago en todo…
La cierva buscó la herida de su pierna con la lengua afuera y comenzó a lamérsela en un intento de ayudar. Max entreabrió los ojos al sentir un cosquilleo en la herida y deslizó las pupilas hacia ella. La admiró con la vista nublosa.
Siempre estás aquí… Tú siempre estás para mí.
Pensó entre emocionada y adormecida por el dolor.
Pensé que estaba sola, pero no. Tú estás conmigo.
Estiró la mano, llamándola.
—Ven…
La cierva se entusiasmó por su inusual pedido. Sin dudar, se tiró de cabeza y se acostó a su lado. Max se abrazó a ella y hundió el rostro en su peludo pecho suspirando. Refregó la nariz contra él; sus pelitos le hacían cosquillas. Cada vez más podía sentir a su ser. Y a su amor. No importaba qué forma tuviera Rachel, ella seguía siendo la misma. Lo percibía.
—Te amo, Rach. Gracias por estar.
La cierva se estremeció. Su piel se acaloró debajo del pelaje al oírla. Y su corazón, que de por sí ya bombeaba rápido, aceleró las palpitaciones haciéndola respirar jadeante. Si pudiera sonrojarse definitivamente lo haría. Su Maxine seguía amándola, incluso aunque ahora su forma no fuera la más adecuada para demostrarle el amor como realmente quería.
Y yo a ti, Max.
Apoyó su largo mentón en su cabeza y cerró los ojos con una infinita paz. Necesitaba ese abrazo. Ambas lo necesitaban luego de la agitada noche que pasaron.
—¿Me despiertas en un ratito? El dolor me dejó algo… agotada —le dijo Max en un murmullo, aferrándose a su pelaje. La cierva bramó bajito en una afirmación—. Ja, de verdad… eres una ternura.
Bambi bajó la vista y observó embelesada la tenue sonrisa que Max poseía. Parecía una niña escondida entre su pelaje.
Tú eres una ternura. La más linda de todas, y la más loquita.
Lamió su mejilla y volvió a reposar tranquilamente el mentón en su cabeza. Y entonces, tuvo un deseo. Uno similar al que desató la desgracia de Max.
Ojalá el tiempo se detuviese ahora mismo.
Pero, comparado a ese pasado y turbio momento en el que lo pidió, ahora lo estaba haciendo con felicidad, pues, quería quedarse entre sus brazos para siempre aunque fuera una mera cierva. No tuvo miedo de pedirlo. Ningún deseo podía afectar a su compañera, no más, porque ésta ya cargaba con uno. Aquel deseo pasado que se desencadenó en sus poderes. Hacerlo realidad dependía de la heroína, que, calmada por su calorcito, al fin había conseguido caer en un profundo sueño.
-/-
—¡¿Es joda?! ¡Te dije que me despertaras!
La cierva sacudió una orejita y entreabrió los ojos.
—¡Mira la hora! ¡Ya es de tarde!
Lentamente despegó su largo cuello del colchón y con los ojos achinados movió el hocico de izquierda a derecha tratando de hallar al causante de su despertar. No entendía nada. Su cerebro seguía durmiendo.
—Mierda, ahora tengo menos tiempo…
La cierva abrió la boca dando un importante bostezo y giró el cuello. Finalmente encontró a la causante. Max, por supuesto. Estaba parada en la puerta del refugio mirándola con los brazos cruzados y una ceja alzada. Oh, y con los pantalones puestos.
Lástima… La vista era alucinante.
—No te puedo pedir nada, para variar. Al final siempre terminas haciendo lo que quieres.
La cierva bramó. Bramido que sonó bastante gracioso debido a lo ronca que se encontraba su voz gracias al sueño. Estaba tan cómoda descansando al lado de Max que, bueno, se quedó dormida.
Cosas que pasan.
Se dio la vuelta, quedando patas arriba, y cayó del lado contrario para ver mejor a su compañera. Volvió a bramar en una disculpa.
—No me vengas con eso. Una cosa te pedí, ¡una! ¡Y mira! —Max señaló las afueras— ¡Está atardeciendo!
Bambi se achicó en el lugar, arrepentida, y comenzó a incorporarse mientras continuaba bramándole. Puso una pata en el borde del colchón para bajar y su próximo bramido se deformó cuando resbaló y terminó rodando por el piso hasta chocar con los pies de Max.
Max parpadeó en el lugar al verla en sus pies y se tapó la boca.
—Pfff… ¡Ja, ja! —Empezó a reírse, señalándola— ¡Tan dormida ibas a estar! ¡Eres un chiste!
La cierva sacudió la cabeza desde el piso, desorientada, y levantó el hocico. Sus largas pestañas descendieron cuando la vio reír. Adoraba su risa. Con tal de volver a escucharla se tropezaría todas las veces que fueran necesarias.
Max fue cesando la risa de a poco y se agachó para ponerse a su altura. Extendió una mano hacia ella.
—Pata.
Algo se activó en el cerebro de la cierva al oírla. Un poderoso instinto. Debía obedecer, ¡necesitaba hacerlo con urgencia!
De inmediato se incorporó y le dio la pata. Max levantó las cejas.
—No pensé que fuera a funcionar. ¿Eres un perro? Porque lo pareces.
La cierva bramó, confirmándole que no lo era. Al menos no por fuera. Max le sonrió de soslayo y acarició su cabeza.
—No puedo enojarme contigo si eres tan dulce. Ah… Te odio —le dijo, poniéndose de pie—. Tenemos poco tiempo. Antes de que llegue la noche debo desaparecer de aquí, y no tengo la más puta idea de cómo hacerlo.
Max apoyó el codo en la entrada del refugio y detalló las afueras. Otra vez el cielo estaba pintado de un rosado color. Las partículas flotaban en el aire con tranquilidad en medio de la llovizna que no cesaba. Parecía inofensiva, pero sabía bien que no lo era.
Eso solo era la calma antes de la tormenta.
La cierva se colocó a su lado y también observó los alrededores. Sus orejas se movían al compás de los sonidos de la naturaleza. Los pájaros cantando, los grillos apareciendo. Todo estaba en tanta calma que la noche de ayer parecía no haber existido. Pero existió. La prueba estaba en el arma y el bate que Max abandonó en el autobús.
Su instinto de supervivencia se activó al pensar en eso.
No podían confiarse. Tenía que asegurarse de que no hubiera nadie que desconcentrara a su Maxine de su misión. Y con nadie se refería a un odioso chico.
Bambi comenzó a caminar hacia las afueras con Max mirándola curiosa desde atrás.
—¿Vas a salir? Eso parece… Bien, diviértete. —La saludó con la mano mientras la cierva continuaba alejándose en un elegante caminar. Ésta viró el cuello hacia ella y bramó.
Ya vuelvo.
Quiso decirle. Max le sonrió, por ende, intuyó que la comprendió, así que continuó su camino.
Max debe escapar antes de que ese maldito vuelva.
Pensó preocupada y con la visión clavada en el césped. La levantó y su preocupación se esfumó así de rápido como llegó cuando una mariposa azul que aleteaba en el aire estacionó en su nariz. Sus pupilas se cruzaron al verla. Ahora solo una cosa aparecía en su mente.
¡Jugar!
Max ensanchó los ojos cuando la cierva arrancó a pegar saltitos de la nada, persiguiendo lo que le pareció una mariposa.
—Sí que se está divirtiendo… —comentó, riendo por lo bajo. Bambi se refregaba en el césped de un lado a otro jugando con la mariposa azul que, como si se sumara al juego, volaba sobre ella. Olvidó totalmente su misión—. Supongo que al final del día no puede evitar comportarse como un ciervo.
Max continuó observándola con una maternal sonrisa y quitó el codo de la entrada. Debía volver a trabajar en su misión, pero el ver a Bambi tan alegre saltando por doquier le dio ganas de tomar aire fresco. No le venía mal despabilarse aunque sea unos minutos. Necesitaba oxigenar el cerebro para pensar una estrategia.
Salió de refugio mirando su pierna en el camino. Todavía dolía, pero un poquito menos. La sangre se había secado. Claramente seguía infectada, no obstante, al menos aguantaría hasta que de alguna milagrosa forma regresara al pasado.
Movió los ojos de un lado a otro mientras recorría el para nada atrayente vertedero. Nada más que basura lo decoraba, pero a unos metros se encontraba un paisaje más agradable. El bosque a donde, si hubiera sido más rápida, podría haber escapado la noche anterior para así evitar la tenebrosa situación que tuvo que pasar con Nathan.
—Y así es cómo contaminamos el planeta. —dijo, detallando los autos en mal estado que ayer le sirvieron de escudo más de una vez.
Miró al frente y se detuvo en seco cuando uno llamó su atención: el más destruido de todos.
—A éste le dieron una buena paliza.
Se acercó por puro aburrimiento y lo examinó. El auto, bastante viejo, estaba especialmente abollado del lado izquierdo, lo cual le dio a entender que el conductor murió instantáneamente por el accidente. Nadie sobreviviría a ese tremendo golpe. Parecía como si un camión se lo hubiese llevado puesto. Las puertas no existían y el parachoques colgaba de la trompa.
Max afinó la visión, sintiéndose extraña. Ese auto le sonaba en demasía familiar. Mientras más lo miraba, más algo en su cerebro se sacudía, como si éste quisiera remover un recuerdo enterrado.
—Qué raro… —Se puso al costado del auto y metió la cabeza para ver el interior. Nada. No había nada más que basura y unas viejas revistas sobre el asiento trasero, que, dentro de todo y comparado al delantero, estaba en mejores condiciones.
Agarró una de las revistas semi-destrozadas y sin pensar entró al auto y se sentó. El ambiente adentro se sentía medio asfixiante, como si el aire se le viniera encima y quisiera aplastarla. Le atribuyó la culpa al espacio pequeño y al abandono que tenía el vehículo. La humedad se olía en las paredes.
—¿Dos mil ocho? Está jubilada. —Sonrió de lado, ojeando la revista. Sin embargo, esa sonrisa no tardó en desaparecer al ver la fecha exacta—. Veintiuno de septiembre… Wowser. Mi cumpleaños.
Escalofríos le agarraron al leerla. De todas las fechas que podía tener la revista, ¿tenía que aparecer exactamente la de su cumpleaños?
—¿Una coincidencia? —se preguntó, contemplando la fecha atentamente—. No. Ya no creo en las coincidencias. Esto es… ¿una señal? ¿Pero qué tipo de señal?
Max se recargó en el asiento y miró el techo del auto, pensativa.
—¿Qué tiene que ver mi cumpleaños con todo esto? ¿Qué edad tenía yo en el dos mil ocho? —Hizo la cuenta mentalmente—. Trece. Una niña. ¿Sucedió algo cuando tenía esa edad? Todavía vivía aquí y me la pasaba en la casa de Chloe, pero pronto partiría a Seattle. Cómo decírselo a Chloe… era lo único que rondaba por mi cabeza en ese tiempo. Al final la muy astuta ya sabía que me iba a mudar. Ja, siempre un paso adelante de mí.
O no tanto. Yo me fui de aquí y decidí seguir adelante olvidándome de todo, de otra manera la nueva ciudad me aplastaría. Eso pensaba. Pero Chloe… tuvo que enfrentar mi partida, la partida de su padre y la nueva vida que eso conllevaría.
—Ella decidió aferrarse al pasado y yo aferrarme al presente. Qué ironía, ahora soy yo la que quiere aferrarse al pasado. —Cerró los ojos con un ligero agotamiento. Le pesaba la cabeza. Apenas entró al auto le agarró un incoherente sueño. Quizás era la pesadez del ambiente, pensaba—. Su padre… Es verdad. En esa fecha cerca de mi cumpleaños… William falleció.
Volví al pasado para salvarlo pero resultó ser una muy mala decisión.
—Sí... —balbuceó, bostezando. Acomodó la cabeza de costado, adormecida—. Salvar a alguien… puede poner en peligro la vida de alguien más. Una vida… por… otra.
—Lo sabes, ¿y aún así sigues empecinada en cometer el mismo error, Max?
Max se sobresaltó. Una intensa sensación de nostalgia la invadió al escuchar esa suave voz. Masculina y suave. ¿De quién era? La conocía.
—O quizás es mejor llamarte… ¿pirata Max?
Max deslizó lentamente las pupilas al asiento delantero sintiendo como en el aire empezaba a flotar un aroma familiar. Su garganta se cerró al divisar una cabeza delante del asiento.
El impacto le robó la voz.
—Sí que hiciste un gran lío ahí afuera, Max. No te recordaba tan revoltosa.
La nombrada permaneció en silencio vislumbrando como aquel familiar hombre giraba el rostro hacia ella, revelando una amable sonrisa. Una mezcla de emociones la atacó al verlo, sin embargo, el terror no se encontraba entre ellas. No se asustó, aunque deseó hacerlo. Eso hubiera sido menos doloroso que las lágrimas que escapaban de sus ojos por ver nuevamente a esa persona que trató de salvar en vano.
—Pero en lo llorona sigues igual. —Él soltó una simpática risita que le hizo esbozar una amarga sonrisa— ¿Pongo algo de música?
Max asintió, limpiándose las lágrimas.
—¿Country? —inquirió ella.
—Siempre.
El hombre llevó la mano al antiguo reproductor de cassette y una alegre música Country empezó a sonar. Max se acercó a su asiento y reposó los brazos en él. Como si el vertedero no existiera, como si el tiempo tampoco, se dedicó a examinar bien el apacible rostro del padre de Chloe con unos ensoñadores ojos. Su serena expresión, su blanda mirada… Sí, era él.
Ya me acuerdo.
Pensó, recargando la mejilla en su brazo.
Este es el auto del accidente. Ja… Sí, ya recuerdo.
—William.
—¿Si?
—Te ves bien.
Él se echó a reír.
—Y tú has crecido mucho, Max. Ya estás en plena adolescencia. ¿Es difícil?
—Muy. Tu hija no ayuda. No me deja respirar en paz, debo salvarle el culo todo el tiempo.
—¡Ja, ja! Lamento eso. Siempre fue un poco intensa.
—¿Un poco?
—Tú ganas. Es extremadamente intensa, como su madre.
—Sí… Joyce puede ser muy intensa, y sus panqueques también.
—¡Ah! Sus panqueques… ¡Qué cruel eres! No me hagas desear estar vivo. —bromeó. Max despegó la mejilla del brazo y lo observó con profundidad.
—Hey, William… ¿Esto es...?
—¿Chloe pelea mucho con ella? —Evadió su pregunta. Max le mantuvo la mirada, pensativa.
—Son como perro y gato. Pero no te preocupes, Chloe la quiere mucho aunque no lo demuestre.
—Sí…, lo sé. Es una lástima que ahora sea tan introvertida con sus sentimientos.
—¿Te preocupa?
—No tiene caso que lo haga, pero siempre lo hará —respondió con melancolía— ¿Damos un paseo? —preguntó, poniendo las manos en el volante. Max pasó la vista a los pedales del auto y cerró los ojos con una triste sonrisa.
—Será un poco difícil conducir si no tienes pies.
—¿Oh? —William se miró las piernas—. Qué problema… ¿Quieres conducir por mí?
—Más difícil será que esta chatarra se mueva —bromeó Max, haciéndolo reír—. Dime, William… ¿Hay algo que quieras decirme?
—¿Debería?
—No sé… Por algo estás aquí ¿no?
—No realmente. —William volteó el cuerpo y apoyó el brazo en el asiento. La miró con una leve sonrisa que Max no pudo hacer más que corresponder. La sonrisa de Max, siempre al borde de sucumbir, se había convertido en su cimiento. Si dejaba de sonreír se derrumbaría—. Este auto tiene mi esencia y tú entraste en ella, eso es todo.
—Eso es todo… —repitió Max en un inquieto murmullo— ¿Eso significa que cada vez que me tope con una esencia veré al dueño de ella?
—Posiblemente. Ese es tu don, pirata Max.
La heroína bajó la cabeza sin sorpresa alguna. Lo sospechaba. Desde que volvió de ese mundo de recuerdos que le mostró Rachel muchas cosas habían cambiado, una de ellas era su percepción de la realidad. Ahora no solo veía y sentía la que existía frente a sus ojos, sino también la que se ocultaba detrás de ella. La sombra. Una realidad que le brindaba helados escalofríos. Solo era una sensación, pero a veces esa sensación tomaba forma: la cierva era una. El anciano de la tienda seguramente otro. Sospechó de él cuando abandonó la tienda, pero no quiso pensar mucho en eso, pues, tenía cosas más importantes que hacer. No obstante, ya no podía seguir negando la verdad. Ahora no solo veía al espíritu de Rachel, sino que veía más.
A todos los demás.
¿Si sigo teniendo contacto con ellos los veré aún más? Como con mis poderes… Mientras más los uso, más descubro nuevas habilidades.
—¿Preocupada?
William la sacó de sus pensamientos. Max negó con la cabeza.
—No. Es solo que… suena tan irreal.
—Solo tú puedes decidir si esto es real o no. Puedes cegarte toda la vida o ser parte de ella.
Max entendió a lo que se refería, más no quería entenderlo realmente. Había cosas de la vida que no quería aceptar. Cosas que -algunos la creerán loca- comparado a ver espíritus le pesaban mucho más. No ser capaz de salvar a sus seres queridos era su máxima preocupación. Y uno de esos seres era él; una misión fallida.
—Perdóname… No pude salvarte, William.
William permaneció en silencio escuchándola. Su sonrisa no se borraba y el dolor de Max aumentaba gracias a ello. No merecía esa sonrisa tan bondadosa.
—No podía dejar morir a Chloe, por eso…
—Y aún no quieres dejarla morir.
—¡Jamás! No pienso rendirme con ella. Ni tampoco con…
—¿Ella? —William señaló las afueras. Max siguió su dedo y se encontró a la cierva contemplando la conversación con curiosidad—. Parece que vino a buscarte.
—Rachel… Ven. —La llamó Max, haciendo un ademán con la mano. La cierva se acercó y metió la cabeza en el auto. Observó a William con recelo; su aroma le era conocido—. Tranquila, es el papá de Chloe.
La cierva levantó las orejas. Miró a Max sorprendida y luego detalló con más curiosidad a William mientras olfateaba el aire meneando la cabeza. Él rió cuando acercó el hocico para olfatearle el cabello.
—Es más dócil de lo que pensé, al menos cuando no está en llamas —dijo William, llevando una mano a su cabeza. La acarició en medio de sus grandes orejas—. Sí que le diste problemas a mi hija… ¿Ya te calmaste un poco?
La cierva se achicó en el lugar bajando las orejas. Max contuvo una risita al verla tan avergonzada.
—Aunque no lo parezca, a veces es un amor. —le dijo Max, acariciando su lomo.
—Hm… Eso parece, y es todo gracias a ti, Max. ¿Lo sabes, verdad? Porque le dijiste "no" cuando tenías que decirlo, ella pudo crecer. Chloe no supo negarse ante sus pedidos, y en resultado terminó consiguiendo una amiga caprichosa en vez de sincera. Al final se quemó. Ah… Debió haberme hecho caso.
—¿Eh? ¿Se lo advertiste? —preguntó asombrada. William sonrió de lado mientras se entretenía rascando una orejita de la cierva. Entre ellos podían sentir su mutua energía.
—Algo así.
—Espera, ¿Chloe también puede ver…?
—No, pero podía soñarme. Y a esa chica… Ja, le encantaba soñar despierta e idealizar. ¿No es así, pequeña? —inquirió mirando a la cierva, quién pestañeó intrigada—. Pobrecita de ti, sí que te idealizó.
—¿Encantaba…? —repitió Max, confundida— ¿Ya no lo hace? ¿No te sueña?
—Ya no quiere hacerlo. —William volvió a los ojos a Max con un dejo de tristeza—. Hace ya un tiempo que Chloe dejó de creer… porque creer en mí le era demasiado doloroso. No quiere recordarme.
Max bajó los párpados con pesadumbre. Sí, sonaba muy a Chloe apartar sus sentimientos para no volverse vulnerable. Para no enfrentar la realidad.
—Entonces…
—Ya no puedo verla. Por eso, Max, tengo que pedirte un favor.
Max asintió de inmediato.
—Lo que sea.
William le sonrió agradecido.
—Dile que deje de culparse de una buena vez.
Sus palabras vinieron acompañadas de una punzante desolación que traspasó a la heroína. No era novedad que Chloe se culpara por la muerte de su padre. Aunque estuviera acostumbrada a esa rutina, nunca dejaba de dolerle. Y es que su mejor amiga no merecía continuar sintiendo ese dolor, esa culpa que no tenía. Tal vez si las palabras venían directo de su padre ella desistiría de seguir lastimándose, pero… ¿le creería? Que habló con su espíritu.
—No sé si va a creerme, pero se lo diré las veces necesarias hasta que me crea. Aunque me reciba de pesada le haré creer, lo prometo.
William mostró unos segundos de sorpresa por su fuerte convicción.
—Veo que en lo testaruda tampoco cambiaste, Max. —Volvió el rostro adelante con una decaída sonrisa—. Ahora que lo pienso… tal vez no haga falta este favor. Si Chloe sigue así, no tendrás a quién decírselo.
—¡No! ¡La voy a traer de vuelta!
—… Nuestras decisiones afectan a los demás más de lo que parece, pirata.
—Lo sé.
—¿Y aun así lo harás? Aunque todo se te venga encima.
—Ya se me vino todo encima, William. Últimamente… ni sé quién soy. Me cuestiono todo. Estoy oficialmente confundida. Todo lo que creí correcto en la vida… se convirtió en una mierda.
Max desvió la mirada, incómoda consigo misma. El recordar cómo estuvo a punto de caer en su lado más oscuro le brindaba una amarga sensación. Ésta se expandía por todo su cuerpo como si fuera una infección, volviéndola pesimista.
—Sin confusión no hay preguntas, y sin preguntas no hay respuestas —empezó a decir William—. Es parte de la vida confundirse y desviarse, Max. Si no lo hicieras, jamás encontrarías tu verdad. Nunca crecerías.
Max regresó la vista a él con el pecho oprimido.
—Aunque admito que tú… realmente estás rozando un límite peligroso. Esto ya no se trata solo de tu crecimiento, es un beneficio personal. Tu beneficio.
—¿Soy una egoísta?, ¿eso estás diciendo? ¿Todo lo que hago solo es una maldita locura?
William hizo silencio mientras Max esperaba recibir las ya conocidas advertencias que todos le daban. Estaba cansada de oírlas. Ya tenía una bolsa llena de ellas. Una bolsa que quería batear cual pelota de Béisbol y, con una traviesa sonrisita, ver qué tan lejos podía llegar.
William entreabrió los labios y Max tragó pesado.
Aquí viene.
—Iba a decirte lo que le dije a Chloe una vez, pero viéndote me di cuenta de que será en vano.
Oh.
—¿Qué le dijiste?
—Que tenga cuidado con la belleza del fuego… Que no se acerque demasiado porque sino se quemaría. Pero… —Giró el rostro hacia ella con seriedad—. Tú ya estás en llamas, Max. Tú eres el fuego, y esa chica es el viento que te aviva —dijo, señalando a Rachel—. Ciertamente son una combinación peligrosa.
Max se perdió en sus ojos mientras una satisfactoria sensación comenzaba a envolverla. Finalmente alguien la entendía.
—Te diste cuenta ¿eh? Sí, soy yo el problema. Hace bastante que estoy en llamas, William.
—¿Con tal de salvarlas arrasarás con todo, Maxine?
—Sí.
William sonrió de soslayo y volvió la vista al frente. El sol casi se ocultaba.
—No te voy a decir que está bien ni mal. Vas a tener que recorrer tu propio camino para saberlo.
Max se alegró al oírlo. Necesitaba esas palabras. Más allá de la pizca de precaución en ellas, eran las primeras alentadoras que recibía.
—Gracias. Eres el primero que no me reta por lo que estoy haciendo.
—¿Retar? —Rió—. No soy tu padre, Max. Y hablando de Roma, ¿cómo anda Ryan? ¿Sigue haciendo cosas de irlandeses?
A Max la atacó una intensa melancolía al oír el nombre de su padre. Con todo lo que sucedió en las últimas semanas sentía que no lo veía hacía años. El único contacto que había tenido con él desde que volvió a Arcadia Bay fue en su presente original, y tan solo unos mensajes de texto.
—A eso se dedica, ya lo sabes. Es un ridículo irlandés —contestó, apoyando el codo en el asiento de William—. Aunque hace bastante que no lo veo. Lo extraño, a mamá también.
—Debe estar preocupado. Trata de contactarte con tus padres antes de empezar este nuevo viaje. Nunca se sabe lo que traerá el futuro o lo que te quitará.
Max asintió con obediencia. William siempre fue como su segundo padre, era incapaz de no reaccionar de ese modo. Le tenía tanto respeto como aprecio. Cómo olvidar lo mucho que ese hombre participó en su vida; almorzando todos los fines de semana con su familia, jugando con Chloe y ella, llevándolas a pasear, siempre haciéndolas reír. Después de su padre, era el tipo más relajado que conocía. Incluso era amable y medido hasta cuando tenía que retarlas por haberse mandado alguna travesura infantil.
Incluso ahora lo eres.
—Y ten cuidado con las olas, pirata. Asegúrate de reforzar bien las velas del barco antes de zarpar. Se viene una tormenta.
Max agrandó la sonrisa por sus cuidadas precauciones y llevó una mano a su hombro. Lo único que consiguió fue traspasarlo. Sin embargo, William la observó con cariño, tal como si estuviera recibiendo las caricias de sus dedos.
—¿Estás preocupado por mí, Willy?
Él suavizó la sonrisa
—¿Estoy siendo muy mandón? Lo siento, veo que los años me jugaron en contra.
Max soltó una risita.
—Nunca lo fuiste, eso no ha cambiado. Tú no has cambiado —musitó Max, conteniendo las lágrimas. No eran de tristeza esta vez, sino de emoción. Poder verlo de nuevo le hizo agradecer ese extraño don que le fue dado—. Te quiero, William. Gracias por estar aquí.
William le sonrió con dulzura y llevó una mano a su cabeza. Max se congeló cuando la tocó. Una electricidad se concentró en la parte alta de su cabeza y bajó precipitada hasta sus pies, poniéndole la piel de gallina.
—Yo también te quiero, pirata. Cuida a Chloe por mí.
Max se aclaró la garganta intentando no pensar en los escalofríos que recorrían todo su cuerpo.
—Lo haré.
William le regaló una paternal mirada y pasó la vista a la cierva, quién se encontraba en el regazo de Max contemplándolo con profundidad.
—Y recuerda, Max, no puedes ser siempre la heroína. Vivimos en sociedad, en conexión constante. Todos somos parte del universo, no solo tú.
Universo…
Esa palabra resonó con fuerza en su cerebro. Fuerza que vino acompañada de un vago rencor. Últimamente el universo no le caía tan bien.
—Si tú sufres, tus seres queridos también. Algún día vas a tener que dejarte cuidar. Espero que ese día llegue pronto.
Max se extrañó por sus palabras, pero más por el aura de despedida que comenzaba a rodearlo.
—¿William?
El nombrado regresó los ojos a ella y levantó la mano en un saludo.
—Ahora… es tiempo de despertar.
—¿Desper…?
La heroína abrió los ojos de golpe, agitada, y saltó en el lugar.
—¡Agh! —exclamó, al chocarse la cabeza con el techo del auto—. Puta madre… —Se la refregó pasando la mirada de un lado a otro con desconcierto. Halló a la cierva durmiendo tranquilamente en sus piernas, pero no halló nada más. Solo ellas y el auto— ¿Un sueño?
Observó el asiento delantero con unos ensimismados ojos y bajó la cabeza sonriendo. Aún flotaba el aroma de William en el aire.
Sí… y no.
Acarició el cuello de la cierva, provocando que levantara sus largas pestañas.
—Hora de trabajar, dormilona.
.
.
.
Max se paró frente a la larga línea que dibujó en la pared el día anterior. Agarró un marcador y la analizó con atención.
—No hay forma lógica de viajar al pasado si no tengo fotografías, eso ya me quedó claro. Pero… mis poderes no son lógicos. Tener poderes no es lógico. ¿Está mal que piense que puedo hacer un milagro, entonces? —Llevó la punta del marcador al medio de la línea dónde antes escribió "Presente: línea original" y al lado dibujó otro punto y anotó: "Presente: línea alternativa"—. Acá estoy ahora, y si milagrosamente logro saltar en el tiempo quizás termine… —Sacó una flecha de ese punto y la dirigió al inicio de la línea. Allí escribió: "Pasado: línea alternativa"—. Aquí. Aunque consiga saltar terminaré en otro pasado, en el pasado de éste presente. Eso no es lo que quiero. De alguna manera tengo que obtener la forma de viajar al pasado al que fui sin necesidad de fotografías, ya que, me cago en todo, no hay una puta fotografía. Nada. La nada misma. El universo me quiso joder, y lo hizo. Me dejó bien jodida.
Vaya castigo…
Se refregó el cabello, sentándose en el colchón. Las ideas iban y venían desde hacía un buen rato, pero ninguna sonaba lo suficientemente convincente. Solo tenía una chance, una oportunidad de viajar. Si se equivocaba todo terminaría. Su vida, posiblemente, también.
La cierva, que estaba vigilando la entrada por si aparecía Nathan, volvió a entrar al refugio y vio a Max agarrándose la cabeza con ambas manos. Tenía el rostro decaído pero sus ojos brillaban con intensidad. Y su energía… estaba mutando en una que no le agradaba mucho.
Carmesí.
Su aura se desprendía enrojecida del cuerpo mientras fruncía los dedos en su cabello. El color paulatinamente iba convirtiéndose en un rojo más oscuro y la pesadez en el ambiente aumentaba.
La cierva alzó el hocico y observó esas nubes con incomodidad. Como espíritu, debió haber advertido que era extremadamente sensible a las energías. En especial a las negativas. El ataque de alergia que sintió la noche anterior gracias a las energías de Nathan y Max fusionadas todavía retumbaba molesta en su ser. Y ahora, con una molestia similar, estaba absorbiendo toda la energía negativa de Max como si fuera una esponja.
Ira. Bronca. Max se está bloqueando.
—Aunque esté jodida no puedo sacarme este pensamiento de la cabeza: debería ser capaz de viajar sin estar en la maldita foto, y esta vez sin alterar nada. —Max se llevó el flequillo hacia atrás, descubriendo unos ojos que rozaban la impaciencia—. Cuando salté en el tiempo para salvar a Chloe la primera vez no utilicé ninguna fotografía, pero… ¿cómo lo hice? Lo único que recuerdo es haberme desesperado y de pronto ya estaba en la clase de Jefferson otra vez. Sin embargo, no fue un salto muy largo. Habré regresado media hora atrás, y ahora estoy hablando de regresar seis meses atrás. Saltar seis meses y caer en el pasado correcto… No, imposible. Definitivamente necesito una fotografía o algo parecido para que salga bien. Si llego a perderme en otras dimensiones será mi fin.
¿Pero cómo puedo viajar si no hay fotografías? Solo necesito un recuerdo, solo eso…
La cierva se acercó ante su monólogo y se sentó frente a ella intentando apaciguar la tediosa energía que Max emanaba. Max levantó el rostro al sentir su presencia y observó su carita torcida. La miraba con curiosidad y con la colita bailando sobre el suelo como si lo estuviera barriendo. Max le sonrió con desgano. Le molestaba su propia incapacidad de hallar una solución, y últimamente no sabía manejar muy bien el enojo. Tal vez porque nunca había sentido de verdad lo que era ese sentimiento hasta que su aventura comenzó.
Hasta que se vio obligada a ser más fuerte.
Sin embargo, no se sentía fuerte para nada. Lo único que sentía era una gran impotencia que acrecentaba con el paso del tiempo. Estaba harta de tomar malas decisiones, y ese sentimiento la hundía en un remolino de pesimismo.
Soy tan inútil.
—Si sigo así tu cuerpo va a terminar de pudrirse, Rach —dijo, transformando su sonrisa en una afilada— ¿Debería ir a inspeccionarlo para ver su estado?, ¿qué dices? Aunque debe ser un asco, mucho más que antes. No tiene caso revisarlo.
La cierva bajó el hocico, dolida por la indiferencia en sus palabras. Ahí estaba de nuevo esa Maxine que no reconocía. Fría; insensible, sin tacto alguno y hasta inmadura. Porque desquitar su frustración con ella en absoluto era maduro. ¿Qué tenía?, ¿seis años? Cada vez que Max se deprimía esa nueva personalidad salía a flote en un acto defensivo para que la vida no la aplastase.
No obstante, aplastaba a Rachel por su frialdad.
—¿No dices nada?
La cierva ladeó el rostro, ofendida. Ella no era quién para juzgarla, pensó. Si pudiera contar las veces que la Rachel del pasado le hizo una escenita a Max por el solo hecho de encontrarse irritada, perdería la cuenta. Sabía que Max no se transformaba en esa desconocida persona apropósito; no se percataba. Aún con todo justificado, no podía evitar enojarse. Su maldito carácter, aunque había aflojado bastante, la perseguía hasta siendo un espíritu. Sin embargo, su compañera humana tenía la culpa de que éste aflorase. ¡No podían contradecirle eso! Sus palabras eran tan puntiagudas que la herían. Agradeció no hablar su idioma, porque sino la hubiese puteado de arriba abajo hasta ponerla en su lugar.
—Oh, ya veo. Qué egoísta eres. Dejarme hablando sola… —dijo Max, levantándose. La observó desde lo alto con una opacada mirada—. Soy yo la que está sacrificando todo aquí, ¿no te parece que deberías mostrar un poco de agradecimiento?
La cierva le gruñó, haciéndole reír por lo bajo con sarcasmo.
—Sí, soy solo yo la que…
No.
—La que está…
No, no sigas. La estás lastimando.
—Está… —Max se tapó la frente con una aturdida mueca, tal como si recién estuviera cayendo en su terrible comportamiento. Tragando pesado, detalló el rostro entristecido de la cierva. Tenía el hocico decaído y un aura de soledad la envolvía. Su pecho se cerró; quiso desparecer—. Soy yo la que está… diciendo estupideces.
Bambi levantó la mirada al oír un cambio en el color de su voz y se sorprendió al encontrarla totalmente petrificada.
Gris…
Examinó su aura. El tono rojizo furioso se estaba transformando en una nube grisácea.
Tristeza.
Max entrecerró los párpados y unas contenidas lágrimas rodaron por sus mejillas.
¿Qué estoy haciendo? Lastimar a la persona que más quiero... ¡¿Qué mierda me pasa?!
Se odiaba. Odiaba a esa nueva persona que nacía en su ser cuando el enojo la asaltaba. ¿Cómo podía detenerla?, ¿cómo aprender a calmarla? ¿Cuándo nació exactamente?
—Perdóname… —masculló entre sollozos, tapándose el rostro—. Perdóname, Rach. No quise decir todo eso… De verdad que no. No creo que seas egoísta, ¡no creo nada de eso!
La cierva, olvidando el enfado y dolor, comenzó a acercarse con cautela y la observó con unos apenados ojos.
Max… otra vez te estás perdiendo ¿no? Conozco esa furia, ese dolor y la disculpa que me estás dando.
Pensó, apoyando dos patas encima de sus pies.
¿Recuerdas cuando nos conocimos? Tú estabas tratando de salvarme, y yo te ataqué en ese auto. Pasé por encima tus sentimientos. Yo estaba igual de perdida que tú ahora. En blanco.
Se paró en dos patas y colgó las delanteras en sus hombros. Max se encontraba con el rostro declinado, ensombrecida. No tenía el valor de mirarla.
Te hice algo imperdonable ese día. Todavía no entiendo cómo me perdonaste. Yo misma no me perdoné, pero…
Lamió su mejilla, provocando que Max la mirara con fragilidad.
Pero así como tú me perdonaste, yo aceptaré todos tus cambios. No tienes que pedirme disculpas, prometo no hacer ningún berrinche más... excepto que estés en peligro.
La cierva rogaba que sus pensamientos le llegasen. Y quizás estaba soñando demasiado, pero Max estaba tan perdida en sus ojos que juró que le habían llegado.
—Rachel… —la llamó, acariciando su peluda mejilla.
La lastimé y aún así está aquí, a mi lado.
Pensó Max, cerrando un puño con fuerza. Las lágrimas no cesaban. Por un lado las agradecía y por el otro dolía demasiado. Tenía un nudo en la garganta. De repente empezó a faltarle el aire. Le costaba respirar por el agobio. Era como si la estuvieran ahorcando, como si le golpearan el pecho una y otra vez desde adentro hacia afuera; sensación que se le hacía familiar pero que había perdido la costumbre de sentir. Así era como se sentía antes cuando tenía una crisis. Cuando se sentía un ser humano con emociones y no una máquina. Sin embargo, todavía faltaba algo para reaccionar por completo. Aún había un gran muro entre su corazón y su mente. Su corazón no quería sentir, tenía miedo de hacerlo.
Debía romperlo.
¡Debía romper ese maldito muro de una buena vez!
Quizás… en serio necesito una golpiza para despertar. Para no lastimarla más, yo…
Max frunció el ceño, casi asustando a la cierva por la deformación en su rostro, y de pronto todo se oscureció.
¡Quiero volver a la normalidad!
Impulsó el puño a su propia frente.
La cierva soltó un desgarrador bramido cuando lo estrelló en su piel con fuerza, con ira y desesperación, pero más que nada con esperanza.
¡Max!
Rachel buscó sus ojos, exasperada. Max tiritó en el lugar con la mandíbula tensa y de a poco empezó a bajar el puño, descubriendo no solo su frente enrojecida, sino también sus ojos. Rachel se sorprendió al ver luz en ellos. La luz que hacía un rato atrás había recuperado y que temió que hubiera perdido de vuelta.
Max permaneció unos segundos con la mirada ausente. A pesar de que no lo recomendaba, pues, debió haber parecido una trastornada, el golpe que se proporcionó a sí misma ayudó. Apenas chocó los nudillos contra su frente los maliciosos y pesimistas pensamientos se esparcieron asustados por el dolor, más no la sensación de estar flotando sobre la realidad y no pertenecer a ella. Sensación que venía acompañándola desde que cayó en ese presente. No tenía importancia. Con el pesimismo lejos se conformaba. Ya tendría tiempo de recuperar la cordura cuando aquella pesadilla al fin se acabara.
Dobló el rostro para descontracturarse el cuello. El golpe lo endureció hasta tal punto que le ardía la nuca. En medio del movimiento halló a lo lejos el espejo colgado en la pared. Observó su agrietado reflejo, abstraída. Mientras empezaba a quemarle la frente por el golpe ocasionado, más el pesimismo se apartaba, despejándole la cabeza en más de un sentido. Ahora su mente se sentía tan lúcida que tenía espacio para armar el rompecabezas de lo que estuvo repasando en esos dos días encerrada en el vertedero. Y ese espejo… Su reflejo, quién lo diría, era la clave de todo.
Pasado, presente, futuro. La imagen se formaba con facilidad. Y su cerebro, a las carcajadas, encajaba la pieza final que le permitiría cumplir su misión. Se reía de ella porque no podía creer su incompetencia. La respuesta siempre estuvo en su interior, literalmente.
Esto es… Ya entiendo.
Max pestañeó, despertando, y miró a la cierva, quien continuaba colgada de sus hombros con una preocupada expresión. Aunque no se notaba plenamente en sus rasgos, sí lo hacía en su energía.
—Ah… Eso dolió como la mierda, pero tengo que admitir que funcionó un poco —le dijo Max, sonriendo de lado y refregándose la frente—. El anciano tenía razón. Estoy más lúcida, y más loca que nunca.
La cierva liberó un agudo bramido llorando por dentro y apoyó el mentón en su hombro. Max la abrazó, conteniéndola.
—Lamento lo de antes. Cada vez que me deprimo parece que pierdo el control… Lo siento. No volverá a pasar.
¡No me importa eso! ¡No quiero que te lastimes!
De verdad, la cierva ya no aguantaba más ver cómo era herida por otros y ahora por ella misma. Max no se merecía eso. No se merecía estar pasando aquel calvario por ella.
La heroína agarró sus patas y con una dulce sonrisa la bajó al suelo. Ella también bajó; se sentó en el colchón y apoyó los brazos en sus rodillas. La miró con atención, como si estuviera a punto de dar un importante discurso. La cierva también la observó fijamente. Algo en Max había cambiado. Su semblante se mostraba no solo más lúcido, sino también seguro. Conocía esa mirada.
Tenía un plan.
—Ese golpe también me ayudó en algo más. Me removió tanto el cerebro que trajo una conversación que debí haber recordado desde el principio. ¿Te acuerdas de Warren? Ya sé, lo odias, pero él es nuestra salvación, Bambi.
La cierva se sentó frente a ella y torció el rostro, sin entender. ¿Qué demonios tenía que ver Warnerd con todo esto? Se preguntó.
—Solo puedo pensar en lo que me dijo esa vez que lo vimos en la academia. —Levantó el índice y se señaló la sien—. Los recuerdos son como un viaje en el tiempo; la memoria es como un álbum de fotos. Todo se almacena en ella. Clara, concisa. Todo está dentro del cerebro aunque yo no lo note conscientemente. Cada recuerdo, cada momento, cada aroma… todo está allí. Entonces, ¿acaso la memoria no es lo mismo que una fotografía? Incluso es más poderosa, ya que también almacena sensaciones.
La cierva ensanchó los ojos y Max esbozó una alargada sonrisa.
—Es lo mismo que esa vez que salté en el tiempo para salvar a Chloe. No necesité una fotografía y sin embargo pude volver atrás. ¿Por qué? Porque yo estuve en ese momento pasado y mi cerebro lo recordó. Tal como si fuera una foto, recreó la clase de Jefferson. No necesito las fotografías en físico porque las tengo aquí, en mi cerebro. —Se dio unos golpecitos en la sien—. Y no quiero alardear, pero tengo una excelente memoria. Recuerdo hasta las cosas más pequeñas e insignificantes, hasta el más mínimo detalle. Puedo recrear absolutamente todo porque, tú bien lo dijiste una vez, mi lado Virgo es una obsesiva. Una neurótica. —Soltó una confiada risita— ¿Entiendes lo que quiero decir? Mi memoria es el método de traslado, Bambi. Debo entrar a mi cerebro de alguna manera y enfocarme en un recuerdo específico.
Loca… ¡Es una puta genia!
Bambi se levantó, emocionada, y se tiró encima de ella. Max se fue hacia atrás riendo y haciendo bailar sus patas delanteras juguetonamente. Así fue. Mirando su reflejo entendió lo que le faltaba, y eso era lo de siempre: fotografías. Fotografías que se encontraban almacenadas en su mente. En ella misma.
—¡Pero! la parte negativa es que todavía no sé cómo entrar —continuó con los ojos plantados en el techo. La cierva, mientras tanto, comenzó a lamerle la frente con energía, llevándose su flequillo consigo— ¿Cómo entrar a mi propio cerebro? ¿Cómo entrar en mí misma y ver mis propios recuerdos? Debo concentrarme en uno concreto. Sí…, eso decidiré primero. ¿A cuál recuerdo iré?
La cierva se detuvo en seco y la miró con cierta inquietud que Max comprendió al instante.
—No voy a borrar nuestra historia, tranquila. Además, no me conviene viajar muy atrás. En mi estado lo más seguro es ir a un recuerdo dentro de todo cercano, como la última vez que nos vimos con Chloe o algo así. —Estrechó la visión en sus esmeraldas ojos, pensativa—. En realidad… ese es perfecto. Ir a ese momento antes de que secuestraran a Chloe. Cuando las tres nos sacamos una foto en su habitación, ¿te acuerdas? Si voy a ese momento podré adelantarme a los planes de Jefferson y con suerte tomarlo por sorpresa.
La cierva asintió; Max también.
—Entonces, lo único que queda descifrar es lo más difícil: ¿cómo carajo entro a mi propia cabeza?
Nuevo desafío desbloqueado.
Max comenzó a recorrer el refugio de punta a punta pensando alguna forma sensata de viajar. Algo que tuviera un poco de sentido. Probó sin mucha suerte concentrarse en un recuerdo específico, pero nada sucedió. Definitivamente necesitaba otra entrada además de sus recuerdos. Un acceso fácil.
La noche había llegado, el tiempo se acababa.
—Dicen que solo usamos una pequeña parte del potencial del cerebro cuando estamos despiertos, pero... ¿y cuando dormimos?, ¿qué pasa ahí? Cuando dormimos podemos hacer lo que sea. Crear; interactuar, volar, viajar... Estamos utilizando la mente más que nunca. Estamos creando y percibiendo nuestro mundo al mismo tiempo. Usamos mucha energía, la que necesito ahora. ¿Quizás esa sea la entrada a mis recuerdos?, ¿los sueños? ¿Tengo que dormir? ¿Dormitar? ¿Entrar en un sueño lúcido? No, todo suena incierto. Nada me asegura que pueda inducirme a mí misma a un sueño lúcido y así entrar a mis recuerdos. En sí, ¿cómo mierda se hace eso?, ¿meditando? ¿Cómo carajo se medita?
Max se refregó el cabello, perdiendo la paciencia. Pasó la visión a la entrada. La lluvia, que continuaba cayendo insistentemente, se estaba convirtiendo en un torrencial. Los truenos gruñían a lo lejos, el viento silbaba y traía consigo un aroma a tierra mojada.
La tormenta…
No quedaba mucho tiempo. Hacía al menos más de media hora que estaba pensando un bendito plan y nada se le ocurría. La cierva la contemplaba acostada en el colchón. Aunque no lo pareciera ella también estaba pensando un plan, además de acicalarse como si el mundo no se estuviera acabando.
—Vamos. Piensa, piensa…. —Max se paró frente al espejo agrietado en la pared y se miró la frente. Continuaba enrojecida por el golpe que se pegó— ¿Por dónde entra la información? Los recuerdos. ¿Qué necesito ver? Siempre necesité una foto de mí misma para viajar. Siempre me… —Abrió los ojos de par en par, detallándose atentamente el rostro en el espejo—. De mí… ¡Una foto de mí! —Giró el rostro a la cierva, quien la miró con la lengua afuera— ¡Soy yo, Bambi! ¡Yo soy la entrada que necesito para ingresar a mis recuerdos! ¡A mi puto cerebro! —Volvió la vista al espejo con una enérgica sonrisa—. Si no tengo una foto mía, solo necesito mirar lo que tengo enfrente: mi reflejo. Solo enfocándome en mí misma podré entrar en mí misma, al igual que cuando me enfoco en una foto del pasado puedo viajar al pasado. ¡Qué idiota fui! ¡He tenido una fotografía mía delante de mí todo este tiempo! Mi maldito reflejo... Además, dicen que los espejos son la entrada a otras dimensiones. Es una leyenda, pero ahora me creo cualquier mierda. Todo es posible.
Llevó una mano al espejo y se admiró con atención. Y, después de unos segundos recapacitando la idea, con preocupación.
Si hago esto es probable que… No, es seguro.
La cierva se levantó del colchón con el pelaje mojadito por el baño y se paró a su lado. Max bajó la mirada y la detalló con una pizca de tristeza.
Segurísimo. Mi cerebro sigue débil de tanto que usé mis poderes en el pasado, por eso…
—Bambi, hay algo que debo pedirte. —Max se agachó y la observó con una forzada sonrisa—. Creo que encontré la solución, pero voy a necesitar tu ayuda.
La cierva galopeó las patas delanteras, feliz por ser necesitada. Max suavizó la sonrisa y las sujetó.
—Lo que te voy a pedir no es poco. En realidad es todo. Todo dependerá de ti.
Bambi metió la cola entre las patas. Ya no estaba tan feliz, sino más bien presionada. Los ojos de Max le informaban que en absoluto le iba a pedir algo fácil de hacer.
—Escucha… Es posible que muera tratando de volver.
Las pupilas de la cierva se dilataron.
—Al no haber fotografías voy a tener que utilizar toda mi energía, exprimir mi cerebro hasta llevarlo al límite para lograr este milagro. No hay forma de que eso no me deje moribunda, por eso voy a pedirte que mientras esté dentro de mí… me mantengas con vida. No puedo morir antes de regresar.
La cierva bramó completamente en desacuerdo. La idea de que Max estuviera entre la vida y la muerte era inaceptable.
—Sé que es una mierda, pero tienes que hacerlo. Quizás cuando esté en mi interior para mí pasen horas, pero en el presente posiblemente sean minutos, segundos. Y en esos segundos, Bambi, debes bramar; lamerme, morderme, ¡lo que sea para mantenerme consciente!
La cierva bramó con más fiereza, moviendo las patas para liberarse de su agarre. Absurdo. No iba a aceptar.
—¡Sh, sh! ¡Tranquila! —Max atajó sus peludas mejillas, observándola con seriedad—. Todo estará bien, pero solo si me ayudas. Tienes que hacerlo, dependo de ti. Ya sabías que esto iba a ser peligroso, ¡y sabiendo eso prometiste que irías conmigo hasta el final! ¡Cumple tu promesa!
La cierva bajó el hocico. No era justo que la heroína usara esa maldita frase que la condenó.
—Si no hago esto todo seguirá igual, nada cambiará. Tenemos que hacerlo, Bam… No. —Max levantó su mentón y le sonrió con dulzura—. Rachel. Mi novia… Rachel. —Deslizó las yemas por su mandíbula en una suave caricia. La cierva la levantó, ensimismada. Max quería derrumbarla con sus palabras y caricias, y sí que lo estaba logrando. Porque esa caricia no era como las demás. No estaba acariciando a una inocente mascota. La intención con la que fue hecha era diferente. Incitante. Max no estaba pensando en una cierva en ese momento, sino en la Rachel humana. En recuperarla para proseguir con esas caricias adecuadamente—. Cuando volvamos al pasado podremos continuar con esto… —dijo, abandonando su pelaje con lentitud.
Gracias a su descaro, ahora lo único que Rachel podía pensar era que quería volver a su cuerpo humano con urgencia por obvias razones que necesitaba concretar. Ya no le bastaba lamer a Max, darle tiernos besitos. No, quería más. Algo que solo siendo humana podría darle.
No es justo… Sabes bien cómo conmoverme.
Max le mantenía la mirada, confianzuda, como si supiera lo que despertó en su interior por tratarla de ese modo tan especial. Por supuesto, lo hizo apropósito para que flaqueara. Una actitud que a Max se le había hecho costumbre. En el pasado así era como terminaba convenciendo a Rachel para que la obedeciera. Nunca fallaba. Era cuestión de tocarla un poquito de más y listo, cometido logrado. Y aunque la cierva lo sabía y un lado suyo se encontraba enojado por cómo la estaba manipulando, el otro lado le decía que Max recurría a esas traviesas tácticas por amor. Por puro amor. Un amor que debía corresponder hasta el final. Es cierto, lo prometió. Era su compañera y guía, y no una cualquiera. Sino una rebelde que había traicionado a su padre universo con tal de luchar al lado de Max a pesar de las peligrosas consecuencias que ello traería. Esa era su razón de ser, una que eligió por sí misma al ver el largo recorrido que la heroína tuvo que transitar. Acompañarla aunque la vida les diese la espalda, compartir el mismo destino, había sido su elección. Y siempre lo sería.
La cierva se alejó dos pasos y la miró con profundidad.
Cumpliré mi promesa.
Finalmente asintió con el hocico y bajó el cuello en una devota reverencia que Max, sonriente, le devolvió inclinándose cual realeza.
Voy a mantenerte con vida aunque tenga que morderte con todo lo que tengo.
Max levantó el rostro con una entregada mirada y llevó la mano a su cabeza.
—Perdóname. Te hice sentir extraña con lo que dije ¿no? —comentó, acariciándola. La cierva volteó la cara, avergonzada. Su suave voz era música para sus grandes oídos—. Pero es lo que siento.
Si con extraña te refieres a que quiero lanzarme sobre ti con desesperación, sí. Lo hiciste. Quiero montarte. Creo que estoy en celo.
—Lamento no poder hacer nada ahora. Cuando vuelva al pasado voy a atenderte como corresponde, Rach —prosiguió Max con total tranquilidad, acelerando su corazón—. No me contendré. Haré lo que quiera contigo.
La cierva agitó la colita, ansiosa.
¡Muy en celo! ¿Qué pasa con esta Maxine? Es tan… sexual. Ah… Ahora de verdad quiero que me salve. ¡Necesito que me salve para poder estar con ella!
Max le guiñó un confidente ojo.
—¿Te gusta la idea? Ja, calentona.
¿Que si me gusta? Casémonos. Tengamos bebés ciervos.
—No cambias más.
Max rió mientras la cierva rascaba tímidamente el suelo con una pata. Se retorcía por dentro maldiciendo conservar su esencia humana. Gracias a ella era incapaz de no sentirse atraída por su propuesta. La realidad era que ya había aceptado su fatídico destino; era Max quien no lo hacía. No obstante, el verla tan compenetrada intentando salvarla hizo que una pequeña esperanza comenzara a nacer en ella. Y ahora, ante esa ferviente promesa de "hacerle lo que quisiese" más todavía. Por culpa de esas palabras Rachel recordó lo bien que se sentía su cuerpo junto al suyo; su aroma, el toque de sus suaves labios, su voz en éxtasis… Todo. Max fue tan cruel que despertó nuevamente sus ganas de vivir sabiendo bien que aquello no debía pasar.
Ganas de vivir a su lado.
—¿Empezamos?
La voz de Max la despertó. Bambi alzó la mirada con un brillito de preocupación que la heroína tranquilizó con una sonrisa.
—Confío en ti, Rach. Lo harás bien. —le dijo, caminando hacia el espejo. Bambi la siguió a paso lento, para terminar chocando contra sus piernas. Levantó los ojos y halló los de Max. La observaba con cierta… ¿melancolía?
Bramó.
¿Qué pasa?
—Esto va a sonar raro, pero… voy a extrañarte, Bambi.
La cierva sacudió las orejas mientras Max se agachaba de nuevo para envolverla en un cariñoso abrazo que sonaba a despedida.
—¿Sabes? Es la primera vez que tengo algo así como… una mascota. Es lindo. —Reforzó el abrazo, enterrando la nariz en su lomo—. Tu compañía ha sido realmente dulce, Bambi. La mejor que podría pedir. Gracias a ti no enloquecí. Bueno, al menos no tanto —aclaró riendo en un murmullo y se apartó para verla de frente—. Lo que quiero decir es que… no quisiera dejar de verte. Cuando vuelva al pasado me encontraré con la Rachel humana y solo podré verte a ti en mis visiones ¿no? Si es que apareces… Después de todo, tú perteneces al presente, no al pasado. El pasado y el presente, por más parecidos que sean, son mundos diferentes. Ustedes son el mismo alma pero en tiempos diferentes, y también… —Llevó la mano a su largo cuello y lo acarició—… tú aún existes porque la vida de Rachel sigue en un limbo, sin ser segura. Si logro salvarla y volvemos a un presente donde esté viva, tú volverás a formar parte de ella ¿verdad? Como una fusión. Incluso, ¿quizás algún día esa Rachel recuerde estos momentos? Si es que logra recordarme primero…
La cierva le mantuvo la visión, pensativa, y asintió. Max dibujó una pequeña sonrisa y apegó sus frentes.
—Entiendo. Por eso… hasta que ese momento llegue nos tenemos que despedir. —Volvió a abrazarla con fuerza; Bambi se refregó contra su mejilla emitiendo un dulce bramido—. Gracias por todo, Bambi. Eres una ternura.
Ah… Nunca pensé que Max se iba a encariñar tanto con mi yo actual. No es como si la Rachel del pasado no fuera yo, pero es verdad que no recordará nada de esto… porque nunca habrá pasado por esto.
La cierva le dio un juguetón lengüetazo en el cuello. Max rió por ello y besó su peludita cabeza.
Pero aunque Max extrañe tener una mascota, prefiero tener manos para protegerla que seguir así. Si hay una mínima entrada para volver a mi cuerpo humano, la acepto.
Max comenzó a ponerse de pie y le regaló una última sonrisa antes de girarse al espejo.
—Apégate al plan, Bambi. Voy a hacer todo lo posible para enfocarme en mí. Tengo que concentrarme en mi propia mente, en entrar en ella. —Max afinó la visión en sus azules ojos—. Apenas lo consiga posiblemente me caiga. Ahí entras tú. No sé bien lo que va a pasar conmigo, pero algo es seguro: mi cuerpo no soportará mucho este viaje. Solo tengo una chance.
La cierva bramó, plantándose a su lado y lista para cumplir su misión.
Max respiró hondo, preparándose.
—Aquí vamos.
Empezó a enfocarse en sus propios ojos con la misma fuerza que utilizaba para trasladarse con una fotografía. De paso, también agregó al ejercicio recuerdos cercanos. Tal vez éstos la jalarían cual imán a su propio interior. No perdía nada con intentarlo.
Entrar, entrar, entrar.
Su visión no tardó en comenzar a desenfocarse, provocando que viera borroso. Una lente dañada. Sin embargo, aún no era suficiente. Solo el malestar que siempre sentía al retroceder aparecía en su cuerpo, más no conseguía entrar a su mente. Como sospechó, tenía que utilizar más energía.
—Vamos…
Abrió los ojos lo más que pudo y focalizó tanto la vista en su reflejo que la imagen empezó a parecerle extraña, como si hubiera perdido la forma. La cierva bramó cuando unas gotas de sangre se derrumbaron a su lado; a Max empezaba a sangrarle la nariz. Sabía lo que seguiría. En sí, ya estaba sucediendo. Sus orejas sangraban levemente también. La sangre se resbalaba por los orificios, escurriéndose por su cuello. Y con ello un agudo dolor atacaba al cerebro de Max, provocando que sintiera miles de hormiguitas marchando por él. Un calambre insoportable.
Se agarró la cabeza notablemente mareada y con la falta de oxigeno en aumento. Y la probabilidad de desmayarse también. Aún no podía caer. Sentía que lo estaba consiguiendo. Los conocidos latigazos le azotaban el cerebro con mucha más violencia de lo usual. Estaba llevando al límite su poder.
Un poco más… ¡Solo un poco más!
Max tensó todo el cuerpo exprimiendo al máximo su energía y puso una temblorosa mano en el espejo. Su respiración se entrecortó. Apenas tocó el espejo el sentido del tacto la abandonó. Su mano empezaba a ser succionada por éste, comiéndose las puntas de los dedos. No supo si esa imagen era real o no, pues, de pronto todo se oscureció sin darle opción a averiguarlo.
El telón cayó, dejándola parada en un solitario y oscuro escenario.
Pasó la mirada de un lado a otro, atontada, y escuchó al público detrás del telón en un distorsionado eco.
¡Seremos compañeras contra el crimen, Mad Max! ¡Tú y yo!
¿Chloe…?
Se preguntó, animándose a abrir lentamente el telón. Sus ojos saltaron al ver al público sentado. Su amiga de la infancia con un brazo apoyado en el respaldo de la butaca. A su lado, una castaña con una pluma celeste mirándola penetrantemente.
Es un pacto inquebrantable, Maxine.
¿Ra… chel?
La nombrada asomó los dientes en una arrogante sonrisa.
Un pacto de sangre.
Su mente apretó el botón de apagar y con ello sus ojos rodaron hacia atrás.
Lo último que llegó a sentir fue cómo sus rodillas perdían fuerza y su corazón saltaba del pecho pidiendo auxilio.
Y luego, un bramido.
Un desgarrador bramido retumbó dentro de su mente. El sonido rebotó y rebotó contra las paredes de su cerebro hasta que tocó el botón de encendido, generando que abriera los párpados con lentitud. Sus pupilas se achicaron cuando lo primero que vio fue una pesada oscuridad únicamente iluminada por diminutos puntos resplandecientes en lo alto.
¿El… universo?
Pensó tratando de moverse. No sentía el cuerpo; estaba flotando. No había suelo para amortiguar los pies.
¿Nuestro cerebro es como el universo? ¿Estoy flotando entre dimensiones o…?
Deslizó los ojos hacia el costado y éstos brillaron ante el reflejo de unos rayos de luz que pasaban a su lado velozmente como si fueran estrellas fugaces. Estrellas coloridas.
Todos somos parte del universo…
Recordó las palabras de William.
Percibiéndolo más pesado de lo normal, giró el rostro siguiendo uno de esos fugaces colores y se sorprendió cuando uno se estrelló contra la oscuridad, como si hubiera una pared camuflada detrás de ella, y empezó a tomar otra forma. La luz se expandía cual alas de mariposa.
Max afinó la visión aún sin comprender bien dónde estaba parada. Dentro de aquella luz una imagen comenzaba a formarse. Una imagen que le quitó el aliento.
Risas; voces a lo lejos, sensaciones. Se vio a sí misma riendo con su mejor amiga, Chloe, en su habitación.
Un… recuerdo. ¡Un recuerdo!
Volvió el rostro adelante y se encontró rodeada de ellos. Rodeaba de imágenes de su vida. De todos los presentes, todos los pasados y líneas alternativas por las que transitó. Memorias. Algunas borrosas, otras más claras, le daban la bienvenida. Voces opacadas iban y venían por sus oídos, ondeando de izquierda a derecha.
Lo conseguí…
En un mundo en el que no existía nada más que ella y el universo, Max se encontró con sus recuerdos.
Y en un mundo donde los minutos estaban contados, la cierva se encontró desesperada.
El corazón de Max se estaba deteniendo.
Continuará.
