Tocado por un ángel.
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Capítulo: 20
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Dejo esto por aquí, pero antes quiero agradecer a mi beta Adriana Molina por este capítulo, y todos los que me corrige.
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—Estás embarazada—dijo.
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—Eh...sí—respondí.
Edward se mantuvo en silencio durante unos minutos, pero luego sonrió y no sabía si para bien o para mal.
—Gracias—dijo tomándome entre sus brazos y apretándome con suavidad.
—¿Porque me das las gracias? —pregunté confundida.
—Porque contigo podré experimentar todas las cosas que jamás imaginé.
Rodeé su cuerpo con mis brazos sin poder abarcarlo completamente, pero dándome la certeza de que ambos estábamos juntos en esto.
—Isabella, de verdad lo siento por todo lo que te hice pasar después de que volvimos. — él lo dijo mientras me soltaba de su abrazo.
—No necesitas disculparte— contesté mirando sus ojos verdes.
Edward me llevó nuevamente al sofá donde ambos caímos, mi cuerpo encima del suyo. Él escondió su rostro en mi pecho mientras yo metía mis dedos por su cabello.
—Siento causarte tantos problemas. —dije mientras acariciaba con mi otra mano su cuello.
Él movió mi cuerpo hacia un lado y con ello se acomodó frente a mí como un niño pequeño. Sus brazos habían tomado mi cuerpo y a pesar de que era más pequeña que él, me encontraba unos centímetros más arriba, logrando que Edward fuera rodeado entre mis brazos y su rostro escondido en mis pechos.
Llevé la mirada a los grandes ventanales frente a mí, y pude ver la lluvia caer afuera mojando la ciudad de Atenas.
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Edward Pov.
Me sentía cómodo entre sus brazos, cerré mis ojos un momento e inhalé su fresco aroma a flores.
Aún me era difícil creer en la manera en como mi vida había cambiado tanto, Bella lograba llenar el vacío que había sentido durante mucho tiempo, la soledad con ella no tenía lugar en ningún momento.
Sin poder evitarlo el sueño se apoderó de mí, y después de días sin poder dormir bien, me dejé llevar sintiéndome realmente cómodo junto a ella.
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—Esme, ¿Tan difícil es nuestro matrimonio?
La voz de mi padre se escuchó claramente fuera del estudio de nuestra casa en Creta.
Mi mamá no respondió, tampoco imaginaba el rostro que pudo haber hecho ante esa pregunta.
—¿No dirás nada? ¡Por lo menos deberías intentar fingir que te importo!
Me acerqué a la puerta y la abrí un poco. Mi padre se encontraba en el vestíbulo de la mansión junto a mi madre.
La expresión triste de mi padre me hizo sentir mal, él siempre quería que mamá se sintiera a gusto en su matrimonio, siempre daba todo por ella, pero mi madre siempre fue una mujer fría con respecto a él.
—Tía Esme, es tan fría, no es de extrañar. ¿No crees Edward?
La sorpresiva voz de Alec me asustó.
—Ella no es así, solo no sabe cómo expresarse a papá. —la defendí mirándolo y frunciendo el ceño.
—Tenemos ocho años Edward, no creo que aún no te des cuenta. —dijo mi primo con malicia.
—No he visto nada de lo que dices. —respondí.
Él se acercó a mí y con una sonrisa contestó:
—Esperó que cuando te des cuenta no sea demasiado tarde.
Lo miré confundido.
—¿Alec, tu odias a mi madre?
Él negó, pero la sonrisa que había tenido segundos antes, desapareció para dar paso aún gesto frío y sin ninguna emoción.
—No Edward, no la odio. Solo la aborrezco.
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Me desperté con ese recuerdo en mi mente, a mis ocho años aún creía en qué todo tenía una explicación, y que no había personas malas, pero me había equivocado, en este mundo tan solitario te debes mantenerte en guardia, si no, serás tragado por el más hábil y con mayor destreza.
Quién juega mejor sus cartas es quien destruye la vida del otro.
Me removí un poco en los brazos de Bella, sin querer despertarla. Mirándola sentí la emoción correr dentro de mí. Con mis dedos toqué su rostro.
—Seré papá. —susurré —Gracias por hacerlo realidad.
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Bella Pov.
Los días habían seguido, y mi relación con Edward había mejorado mucho. Todos los días venía a casa temprano, y pasaba tiempo conmigo como también con los niños.
Acosté a Matt en la cuna para su siesta de la tarde, mientras Fernando se encontraba jugando con Alec en el jardín.
Tomé el libro que había escogido de la biblioteca de Edward, me senté en la mecedora a la par de la cuna, y tocando la pasta roja con letras doradas, las iniciales: A.M.
Abrí el libro y empecé a leer.
La primera vez que la conocí, me pareció la chica más valiente que había conocido.
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Había terminado la universidad en Oxford, y mi padre deseaba abrir una oficina en Nueva York de la naviera, deseaba llegar a más lugares y que más personas optaran por tomar nuestros servicios.
Se trataba de expandirnos y yo lo apoyaba totalmente.
Cuando llegué por primera vez, todo era nuevo para mí, me impresionó la ciudad, aunque al mismo tiempo temía que nuestro legado no fuera bien aceptado.
Los meses pasaron y con ello las estaciones se fueron llevando mis miedos y temores. Había presentado una propuesta ingeniosa y bastante beneficiosa para los empresarios que deseaban exportar en todos los continentes, mi proyecto tenía luz verde y todo apuntaba a que sería un éxito.
Una tarde mientras paseaba por el central park, una joven tropezó frente a mí, yo la sostuve para que no cayera y al elevar ella su rostro para agradecerme, jamás imaginé que encontraría la mujer que logrará robarme el corazón con una sola mirada.
—Lo siento, fui una tonta al no darme cuenta de la piedra.
Yo sonreí divertido porque no creía en el destino, pero tenerla entre mis brazos después de algo tan inocente como lo era tropezar, podía creerme un completo creyente.
—¿Acaso se está riendo de mí? —ella cuestionó mi repentino comportamiento.
—Por supuesto que no. Solo que no puedo creer la suerte que tengo al haberla ayudado.
Después de ese inesperado encuentro, ambos seguimos frecuentándonos en el mismo lugar, se volvió habitual para mí verla casi todos los días.
Había ocasiones que prefería irla a visitar en el pequeño negocio que poseían sus padres. Una floristería llamada: Rosenthal. El mismo apellido de la familia.
Nuestro noviazgo duró ocho meses, luego de ese tiempo le propuse matrimonio. Me sentía el hombre más feliz de la tierra.
Ella aceptó. La boda la celebramos por lo civil en Estados Unidos, y la ceremonia religiosa quería hacerla en Grecia. Mis padres aún no estaban enterados de mi relación con ella, pero no creía que hubiera problema con mi esposa.
O por lo menos eso creí.
Cuando volví a mi tierra natal, y la presenté a mi familia, mi padre objetó mi tonta idea de haberme casado con alguien que no fuera de Grecia. Mi madre no fue muy diferente de él, lo único que ella prefería a alguien de mayor clase que mi pobre esposa.
Nuestro primer año se convirtió en un infierno para ambos.
Luego ella quedó embarazada, y por fin pude tener una pequeña alegría entre tanta catástrofe que se había convertido mi vida.
Su embarazo fue delicado y tuvimos que cuidarlo. Yo pasaba el tiempo que podía con ella, pero a veces me era imposible.
—¿Todo va bien en casa Anton?
Solía preguntarme mi mejor amigo, Theo Christakis.
—Algo así.
Mi viejo amigo siempre me ayudaba cuando me sentía muy angustiado o asfixiado con todo lo que pasaba.
Ambos habíamos crecido juntos, y cuando mi padre había prosperado creando el negocio, había impulsado también el del padre de Theo.
Theo y yo éramos casi hermanos por el cariño que nos teníamos, o eso era lo que yo creía.
Al nacer mi pequeña y hermosa hija, la amé. Era una réplica en miniatura de mi esposa, lo único que cambiaba eran sus ojos, ya que eran del mismo color que los míos: verdes.
La criamos con todo el amor que sentíamos. Así mismo los años fueron pasando, también nuestra vida y nuestra hija fue creciendo.
Aún teníamos momentos muy difíciles, pero creíamos que podíamos superarlo todo. Cuando mi padre falleció, mamá sufrió mucho y todo el cargo que él tenía pasó a mis manos.
Cuando Esme cumplió siete años, yo no pude estar con ella por mis asuntos con la empresa. Mi esposa me lo recalcó, al mismo tiempo que me dio la noticia que iba ser padre nuevamente.
Traté que ella supiera que la apoyaba y que no estaba sola, pero no voy a negarlo, la abandone en casa y eso aún me lo reprochó. Porque fui un tonto.
Yo la amaba y ella a mí, pero no supe comprender cómo la terminé perdiendo frente a mis ojos.
Ella me abandonó porque ya no podía soportar mi indiferencia y el dolor que sufría y que yo no logré comprender.
Nuestra hija quedó huérfana de madre, y odie a mi esposa por ello. Muchos años guardé rencor, hasta que descubrí que toda mi infelicidad desde el principio solo tuvo un nombre:
Theo Christakis.
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—Anton Markopoulou— dije mientras cerraba el libro.
El libro que tenía en mis manos era su diario. La presión que sintió mi pecho al compadecerme e imaginar el dolor que él debió haber sufrido, me hizo estremecer.
Revisé donde me había quedado, y al dar vuelta a la página, pude darme cuenta que su trágica historia aún seguía.
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¡Hola! Creo que vamos descubriendo cosas. La historia del abuelo de Edward. Triste ¿No creen?
Me gustaría saber lo que ustedes opinan de ella en sus reviews.
Gracias por leerme.
