La noche seguía avanzando paulatinamente, en la mayoría de los templos ya estaban dormidos, pero había que hacer por lo menos un aviso con cosmos antes de pasar, y sólo cruzar cuando el Caballero Dorado en turno confirmaba de "recibido". Todos conocían el cosmos de Deathmask y de Saga así que no había mayor problema. Algunas señales, como la de Milo, eran dadas con pesadez y cierto hastío por que lo despertaran, pero en el caso de Aioria, por ejemplo, el cosmos respondió despierto y cortés, pero muy rápido. Zephir comentó que no le extrañaba ya que, por lo que alcanzaba a oír y oler, el caballero de Leo estaba muy despierto, en compañía, y sin ganas de ser molestado.

Todos sonrieron ante el comentario, Dicro más que cualquiera, estaba feliz porque, de entre los amores que había fomentado en esos años, aquél se hubiera concretado tan maravillosamente. Sabía, desde disparar esas flechas, que Aioria y Marín iban a ser muy felices cuando estuvieran juntos, y no existía ningún Erota que no fuera feliz y más fuerte cuando una pareja tan destinada se unía por siempre.

Deathmask le hizo una mirada cómplice, señalando con una sonrisa divertida a la pareja que caminaba algunos pasos delante de ellos, y haciendo una traviesa pregunta. Dicro afinó la mirada y pudo ver las preciosas marcas de las flechas de Eros que resaltaban en medio de las escápulas de ambos. Estas eran doradas atornasoladas y tenían la forma de un círculo, del que salían por todos lados, como a modo de explosión, mil hilos que cubrían el cuerpo y entrelazaban los cosmos de los enamorados, por momentos, dando la impresión de alas.

Hizo un ademan silencioso, dando a entender que la pareja estaba más que cubierta por las marcas de su amor y era completamente irreversible. Zephir se unió a la mímica de la conversación, dándoles a entender que, por su olor, sabía que aquel par también ya se había unido por algo más que las flechas de Eros, repetida y muy satisfactoriamente.

Un ademán bastante explícito y sugerente.

y Deathmask casi estallan en risas, pero se contuvieron para no delatarse frente a la pareja. La Erota mexicana de todos modos permaneció un momento más observando a Zephir y a Deathmask hablando con la mímica que habían desarrollado en sus años anteriores de convivencia. Lo hacían como si no hubieran pasado 8 años desde la última vez que se vieron, y la nostalgia la hizo sentir feliz de estar viviendo un poco de esa alegría pasada que creyó perdida para siempre.

Cuando al fin llegaron al templo de Cáncer, Saga y Alfa se despidieron del trío y continuaron su trayecto a Géminis, aunque Alfa no se fue sin antes agradecerle a Zephir el cuidado que había tenido con ella mientras estuvo débil. Dicro y Deathmask también se despidieron, y ya cuando Saga y Alfa iban de salida Zephir gritó a todo pulmón:

—¡No la desveles, Géminis! ¡Tienen días suficientes para tener sexo después!

Saga quedó pasmado, preguntándose qué era lo más correcto: si darse la vuelta, regresar a golpearlo, o gritarle que no fuera metiche, pero Alfa tomó la delantera y con un sonoro: ¡tranquilo, no hay lío! la Saintia de Retículo se llevó al geminiano aturdido, mientras reía a todo pulmón.

—Qué ganas de querer que te partan la cara —comentó el canceriano.

—¡Valió la pena el riesgo! Quería ver qué cara ponía el famoso Saga de Géminis. ¡ah! los atenienses son tan divertidos de pasmar, además, imaginé que ella me salvaría.

Deathmask le dio un golpe en la cabeza por respuesta, y luego los guió por su templo hacia la sección residencial. Mientras tanto, Zephir observaba las paredes y olfateaba el lugar por todos lados.

—Siempre quise ver el interior de tu templo —comentaba el agradable pelirrojo—. Pero esperaba algo menos aburrido. Me da curiosidad, ¿no extrañas las caras en los muros?

—No realmente. Tenía esas almas atrapadas porque me provocaba placer sentir que las ajusticiaba por todo lo malo que hicieron. Ahora me da lo mismo.

—¿Entonces ya no te portas como un ángel exterminador?

—¡He! claro que sí —respondió sonriendo—, me refiero a que no volvería a tener a esas almas atrapadas aquí en el Templo. Ahora me conformo con arrojarlas de una al inframundo, tenerlas deambulando en el Yomotsu, o hacerlas pedacitos y que queden regadas entre dimensiones.

—Ya me extrañaba, pero así eres tú y me alegra que lo respetes. ¿Entonces no volverías a encerrar a nadie así?

—Depende, si se lo merece claro que lo haría, aunque ya no en el Templo. —La expresión de Deathmask cambió a una muy determinada. —Lo hice hace unos años, para hacerle justicia a una persona, y salvar a otras que le eran amadas, y no me arrepiento.

El Bacante y la Erota intercambiaron miradas sin que el canceriano lo notara, pero no dijeron más. Al poco de llegar a la zona residencial del Templo comenzaron a escuchar patitas a lo lejos, corriendo en su dirección. Los tres esperaron un par de segundos y luego apareció en una galería lejana la sombra brillante de Servino, que al verlos a los tres, aceleró la carrera para aventarse sobre Dicro, quien lo cargó en pleno salto, mientras se dejaba lengüetear. Lo observó con cariño y detenimiento, casi al punto del llanto. Había vuelto a ser su Servino fuerte y fibroso, veloz como un dardo, y en sus ojos había una alegría de otro mundo.

—Te tienen muy mimado —comentó Zephir mientras también acariciaba al animalito.

—Bastante, ha subido mucho de peso.

—Es culpa del bribón, cada vez que entro a la cocina me pide alguna golosina con cara de mustio, ya lo verás ahora que entremos.

Dicro se detuvo en seco, había olvidado eso; en teoría tenían que cenar. Cuando aceptó quedarse en el templo, no pensó que iban a convivir de modo tan casual y cercano. Pensar en ver a Servino la hizo dejarlo de lado, y justo iba a zafarse diciendo que no tenía apetito cuando su estómago la traicionó, y rugió fuertemente.

—¡Vaya! veo que no soy el único con hambre, espero que tengas buena comida aquí, chaora dhubh.

Deathmask sonrió de un modo particular al escuchar a su amigo llamarlo "oveja negra" en gaélico escocés, tenía mucho tiempo que eso no pasaba.

—Tranquilo, hay suficiente para tu apetito báquico, para el de los tres. —Servino ladró amigablemente como respuesta. —Va bene, cuatro.

Efectivamente, en cuanto entraron, el perro comenzó a llamar la atención, pidiendo algo de comer. El canceriano no se hizo del rogar y, tomando algunos bocadillos, se los entregó a Servino, que comió de su mano tranquilamente. La escena conmovió a la mujer quien por un momento se transportó años atrás, recordando cuando el animalito, más joven en ese tiempo, hacia exactamente lo mismo con su abuelo, en su taller, donde siempre tenía algo que darle entre sus herramientas de ebanista y carpintero. Luego de lengüetear su mano, Servino pasó a restregarse en sus piernas, y fue ahí que Deathmask se dio cuenta que aún tenía la armadura puesta.

—Olvidé quitarme la armadura.

Sus acompañantes se miraron y vieron que ellos también portaban las suyas.

—El hambre tiene una voz muy fuerte —comentó Zephir mientras se concentraba, como hablando con la nimata, y ésta suavemente se convertía en la piel de cristal y metal que lo cubría, aparte de su faldellín azul y sus sandalias. Dicro hizo lo mismo con su ágape y esta desapareció con un suspiro en el viento, dejándola cubierta por su túnica larga de lino blanco, su gargantilla dorada con una gema verde y los pies descalzos.

—Eso es bastante práctico, yo debo hacerlo a la antigua, iré a quitarme a Cáncer, ustedes sírvanse.

El canceriano se retiró a la cámara especial que tenían los templos para la armadura, le dio la indicación con su cosmos, y ésta fue a armarse dentro de su caja de pandora, sobre un pedestal de mármol, para luego cerrarse. Después pasó a la habitación, tomó la primera túnica que se le cruzó y regresó a la cocina rápidamente, muy rápidamente, tanto que él mismo se sorprendió ¿estaba emocionado por estar con ellos? ¿Con ella? Él no había experimentado esa emoción tan fuerte, aún se le hacía desconocida, apenas y la había conocido un poco, en Asgard.

Tener a una persona que quería tan cerca

Más cerca que sólo intercambiar unas palabras

Se sentía... bien.

Cuando llegó a la cocina ya estaba todo servido, incluso un plato lo esperaba.

—Tenías razón, no está nada mal esto —hablaba Zephir con la boca algo llena.

—¡He!, falta algo más, me extraña que no lo encontraras. —Y de una gaveta en una esquina sacó una botella de vino y unas copas.

—¡Así se habla! —dijo tomando la botella y sacando el corcho con los colmillos.

Estuvieron comiendo en silencio por un rato, lo cierto es que tenían mucha hambre y necesitaban con fuerza algo que les levantara el ánimo. No quisieron comentar nada de lo que habían visto, y no necesitaban decirlo para saber que todos pensaban en eso justamente. Aunque Dicro parecía algo distante, poco a poco, la conversación y la presencia de Servino, que se movía entre sus pies y los de Deathmask, la hicieron relajarse un poco más.

Chaora dhubh, si no te importa, me gustaría bañarme antes de dormir

—También yo —secundó Dicro—, odio sentirme repleta de sudor. Ahora que lo pienso, qué vergüenza haberme presentado así ante Athena

—Pueden hacerlo, pero hay dos problemas: sólo hay una cámara de baño y yo también quiero bañarme, así que, o sorteamos turnos, o nos metemos los tres juntos.

—¡Sí, como hacíamos antes! ¡Entremos juntos! —exclamó Zephir con cierta ilusión, Deathmask lo miro extrañado, y Dicro con un sutil pánico.

—Para ser sincero, bromeaba. Pueden entrar ustedes juntos si gustan, yo esperaré que terminen.

—¡Para qué! Seria genial hacerlo como antes, cuando íbamos a los festivales y nos bañábamos en los ríos entre sexo y sexo.

Observaron al pelirrojo mirar a su lado con una gran sonrisa, como buscando a alguien junto a él, para luego detenerse. Su sonrisa se quedó congelada un segundo antes de darse cuenta que le sonreía al espacio vacío. Había volteado, por inercia, a buscar a Enola, a ver su sonrisa pícara para que le apoyara en sus travesuras como siempre... y no encontró nada.

El canceriano y la chica miraron todo, y les pareció escuchar cómo al corazón del ojiazul se le hacía una grieta mientras se borraba su sonrisa.

—Yo también lo extraño —le comentó ella para que no sintiera vergüenza—. Hace rato tuve que devolver un plato a la alacena.

El silencio se hizo incómodo, tanto, que el italiano decidió cortarlo de tajo. No pensó en lo que iba a hacer, se dejó llevar por la intuición, eso había resultado bien. Así que los tomó a ambos de las manos y los sacó de la cocina.

—¿A dónde vamos?

—A la cámara del baño.

—Pero, ¿la cocina?, ¿los platos...? —cuestionaba Dicro algo alarmada, casi arrastrada por su fuerte agarre.

—No irán a ningún lado.

De camino los siguió Servino, hasta que Deathmask le dio la orden, con un silbido, para que se fuera a la cama, y eso hizo moviendo la cola.

Ya en la cámara soltó su agarre, tiró de la cadena que abría las compuertas, y mientras el agua caía en cascadas, o escurriendo por las paredes hacia la pila por las canaletas en el piso, caminó delante de ellos mientras se quitaba la camisa. Los fuertes músculos de su espalda bronceada sobresalieron, imponentes, mientras dejaba la túnica y procedía a quitarse los pantalones. Ambos amigos se pusieron rojos, aunque la chica más que cualquiera, al verle la espalda desnuda otra vez, luego de tantos años. Ella adoraba esa espalda, y cabe decir que el sonrojo se incrementó cuando se bajó los pantalones y caminó, sin pudor, a la pila que se llenaba con agua caliente.

—No recordaba lo bien que se ve su trasero al caminar —susurró Zephir a su amiga, quien apenas podía respirar.

—¿Van a seguir manoseándome con la mirada o vienen?

—Voy. —Zephir se quitó las sandalias mientras caminaba, el faldellín y la nimata salieron volando a la orilla de la pila, y luego brincó al agua caliente.

Todo había pasado tan rápido que cuando se dio cuenta, sólo ella faltaba por entrar y, aunque no le afectaba en sí hacerlo, le daba algo de miedo que Deathmask pudiera descifrar en su cuerpo sus nuevos secretos. Pero si se demoraba o se portaba tímida iba a sospechar más, así que lo único que podía hacer era portarse natural.

—¿Y con qué piensan bañarse? —Caminó a la estantería donde estaban las botellas de jabón y demás aditamentos, y los acercó en una pequeña bandeja.

Luego se quitó la gargantilla, las tobilleras doradas, y se levantó el vestido por sobre la cabeza, en un ademán que quería que luciera casual y nada sexy. Fracasó rotundamente, claro, porque Zephir y Deathmask quedaron embebidos mirándole las piernas, como apareciendo por acto de magia, para luego dar paso al abdomen marcado y a los senos. El italiano ojiazul tuvo que verla con detenimiento un poco, no sólo por la genial vista, también le parecía que la cadera de ella era un poco más grande, pero no dejó que eso le sorprendiera, ella era ahora, físicamente, mayor que él. Su cuerpo era ya el de una mujer hecha y derecha, aunque ahora que la miraba, tenía la piel más maltrataba que antes, y había algunos moretones ligeros a raíz de la pelea de ese día.

—¡He! ¿Te volviste a portar mal?

—¿De qué hablas? —preguntó ella con toda la calma del mundo mientras los alcanzaba dentro de la pila.

—Las cicatrices nuevas. ¿Volviste a romper el voto de neutralidad?

La mexicana de ojos atornasolados tenía la piel repleta de rasguños y de algunas estrías en varias zonas, la mayoría concentradas en el abdomen, la espalda y los antebrazos, pero entre ellas una cicatriz sobresalía como un latigazo grueso, en forma de media luna, en el bajo vientre, como el zarpazo de una bestia.

—¿Cómo fue que te enteraste de eso? —Zephir lo veía como si le hubieran salido cuernos en la cabeza

—¿Nunca les dijiste? —le preguntó ahora el canceriano a la muchacha

—Tú me pediste que no le dijera a nadie

—Pero cuando te lo pedí estaba seguro que con ellos harías excepción.

—¡Me quieren explicar!

Entonces el caballero de Cáncer le explicó a su amigo que, ocho años atrás, cuando Dicro había roto el voto de neutralidad de los Erotas y había recibido su castigo, su maestro, Daka, lo había contactado para pedirle que no fuera de chismoso con el Patriarca, y que ella mantendría su parte del trato de ser su amante cuando se recuperara, pero que le pedía un par de días para eso. Había ido a asomarse, vencido por la curiosidad, y la había encontrado sola, en su cama, retorciéndose y llorando de dolor por las heridas.

—Y ya que estaba completamente prohibido que la ayudaran, y a mí me urgía tener sexo otra vez, la ayudé trayéndola aquí unos días.

—¿Es en serio?

—Incluso trajo a escondidas a un sanador de la Fuente de Athena para que me diera una mano, so pena de sacarle los ojos con una cuchara, arrancarle los dedos falange por falange, y darle a comer su lengua cercenada si decía algo, claro.

—¡Vaya! eso explica por qué las heridas sanaron tan bien y tan pronto —comentó el zorro escocés mientras luchaba por deshacerse las rojas trenzas mojadas.

—Aun así, veo que mis atenciones cayeron en saco roto, mira cuántas nuevas cicatrices tienes. ¿Cómo rayos te hiciste todo esto?

—Se pueden hacer muchas cicatrices en 8 años, Deathmask, y no, no rompí el voto. —Lo miró un momento, como recordando algo con rapidez, para luego soltar un pequeño suspiro. —Nadie puede sobrevivir a romper el voto dos veces.

Estuvieron limpiándose un rato que comenzó a tornarse extraño, Deathmask no podía evitar verle el cuerpo desnudo a la chica y excitarse, pero hacía lo posible por mantenerse el pene abajo. Y ella evitaba mirarlo directamente para mantener controlado el escozor que sentía en las piernas, y buscaba el modo de no darle una vista directa. Zephir comenzaba a sentir que le picaba la nariz y la entrepierna por el tremendo olor a deseo mezclado con el alcohol del vino que habían tomado, y que aquel par desprendía. ¿Cuándo iban a aprender que a él no lo iban a poder engañar nunca? Sabía perfectamente que no podría tener sexo con alguno de los dos dadas las circunstancias entre Deathmask y Dicro, pero de verdad se estaba consumiendo por dentro, así que tocaba tomar medidas extremas.

Medidas dionisiacas.

—Bueno, espero no les moleste, pero me voy a ir al escalón del fondo de la pila, y mientras se siguen bañando voy a mirarlos, masturbarme hasta venirme, y luego irme a dormir —les dijo del modo más natural del mundo.

Dicro se quedó confusa. Deathmask estuvo igual por un segundo y luego soltó una risotada impresionante.

—Eres un voyeur enfermo —señaló Deathmask con hila rancia—, pero yo no tengo lío.

—Gracias, lo sé, pero no es realmente eso lo que tengo. —Y entonces lo soltó. —Los dos apestan a lujuria de la buena, y me voy a terminar arrancando la nariz, la piel y la entrepierna si no hago algo YA.

Ambos se pusieron rojos de inmediato, pero tuvieron diferentes reacciones. Deathmask volteó a mirar a la mujer genuinamente sorprendido. Ella se sonrojó más aún de que la mirara de esa manera y le dio la espalda.

—¡Zephir! —reclamó ella pensando si era buena idea desaparecer a la dimensión astral en ese instante.

—Lo lamento, pero ¡me están volviendo loco!

Deathmask no dejaba de mirarla, y ella sólo trataba de huir de sus ojos (esos malditos ojos sexys).

—¿Te pongo caliente? —preguntó con una sonrisa honesta.

—Bu-bueno, ¿qué esperabas? No es como que me levantara hoy temprano y pensara "ojalá me toque ver a Deathmask y a Zephir desnudos el día de hoy." Los dos son muy sexys, es una reacción normal por algo tan inesperado.

—¡He! Gracias, qué honor. —Las palabras del italiano eran sinceras. La deseaba y mucho, pero nunca pensó que ella podría volver a considerar invitarlo a su cama.

—¡Cállate!

—¡Cállense los dos!

El pelirrojo ya estaba sentado, con el cuerpo casi del todo debajo del agua caliente, que era tan transparente que, a pesar de haber jabón y espuma en ella, se podía distinguir cómo apresaba su miembro, ya enhiesto, con una mano, y apretaba la orilla del peldaño lleno de azulejos con la otra, sus ojos estaban cerrados en un rictus de doloroso placer y su piel pecosa bronce enrojecida por algo más que el agua.

—Wow ¿en serio es tan fuerte? —le cuestionó ella sobre su ardor sólo por tenerlos enfrente.

—Lo diré así —dijo entreabriendo un ojo mientras comenzaba a subir y bajar su mano—: verlos, olerlos, oírlos, es como tener una erección en plena calle y no poder hacer nada.

—Ouch —musitó el italiano empático.

—Ustedes sigan en lo suyo, yo termino en un momento.

El pelirrojo comenzó a frotarse descaradamente con los ojos cerrados, frente a ellos. Se apretaba con intensidad, y comenzaba a gemir con el mentón estirado del todo al pecho. No era la primera vez que veían a su amigo hacer eso. En el pasado no siempre terminaban al mismo tiempo, así que era usual que quien hubiera quedado pendiente recibía "ayuda" de los demás para terminar, o se "ayudara" a terminar mientras los otros descansaban, porque tampoco era raro que terminaran y casi se desmayaran por varios minutos. La pareja se quedó observándolo, sin poder apartar la vista, pero sin saber qué hacer, porque claro que aquello los ponía calientes a ellos también: ¡malditos enredos del pasado!

¡AL DIAVOLO! —pensó el canceriano—. ¿Seguir en lo suyo? ¿Tú crees que podría seguir yo en lo mío mientras te escucho con esa voz de lujuria pegajosa a un paso? ¡¿Por quién me tomas?!

Y mientras farfullaba quién sabe qué cosas en italiano, el canceriano se acercó al extremo opuesto del mismo peldaño que ocupaba Zephir, subió una pierna al mismo, y levantó muy bien el pecho para que se observara todo su torso (y más abajo) claramente.

—Vamos a ver quién aguanta más sin venirse.

Sin misericordia con él mismo, abrazó su miembro con determinación, masturbándose decididamente frente al pelirrojo, quien no le quitaba un ojo de encima, aceptando el reto [...] Los dos se empeñaban en hacerlo claro, impúdico, para enloquecer al otro y que se viniera antes. Los dos iban muy parejos hasta que una voz embravecida e indignada les recordó que no estaban solos.

—¡Par de idiotas! ¡¿Y que yo estoy pintada en la pared?! —La mexicana sentía hervirle las venas, tanto por la excitación, como por el hecho de que su orgullo sexual, largamente dormido, se sintió ofendido de que aquel par disfrutaran tanto sin tomarla en cuenta. —¡Pero esto no se queda así! ¡Yo también me manoseo muy bien sola! ¡No me hacen falta!

Salió de la pila de agua, sin importarle dejar un rastro líquido a cada pisada. Fue por una silla cercana, que estaba en una pared, junto al mueble donde se encontraban los aditamentos de baño (una de las pocas piezas de mobiliario en el lugar). Colocó la silla a unos metros de ellos, para que ambos pudieran mirar a detalle, les dio la espalda, subió una pierna sobre el asiento, y reclinándose sugerentemente, ella también comenzó a masajearse tibiamente los labios íntimos, todo frente a sus caras.

Los dos se quedaron de una pieza, ahí estaba ella, mojada de pies a cabeza, dejando de lado las inseguridades que había mostrado al comienzo para mostrarles el dominio que tenía sobre su cuerpo. Hasta hace algunos meses ella había tenido una rutina hasta para masturbarse. Sólo después del encuentro que tuvo con Deathmask para salvar a Servino, algo había despertado en ella, y volvió a ser más fogosa, a entregarse con locura a sus propias manos armando mil historias… aunque ninguna como la que estaba viviendo en ese momento.

Zephir se pasó la lengua por sobre los labios, Deathmask se mordió un poco uno de los suyos, ambos como gestos de delicia mientras la observaban [...] Ella hacia minería exprés en su memoria, recordando qué era lo que a ellos les gustaba ver cuando se masturbaba, recordando aquellas veces en que se había recostado entre las sabanas [...] y mostrarles su auto placer mientras que los tres: Enola, Deathmask y Zephir se preparaban para saltar a la cama y hacerla suya de deliciosas formas.

—Gira, por favor gira, Carys —La voz de Zephir era demasiado sugerente, ella sonrió porque conocía ese tono de voz: estaba por terminar. Ella se giró, se sentó frente a ellos con las piernas más que abiertas [...] ayudándose poniendo los pies en puntas casi perfectas. —O dhiathan, Carys —susurró con un suspiro hondo.

Escucharlo decir "oh dioses" en su idioma le sacó una sonrisa que le masturbó su orgullo erótico tanto como ella [...] Se dio cuenta que a Deathmask casi no lo escuchaba, alcanzaba a notar sus respiraciones entrecortadas y cómo a veces masticaba en voz baja algo, pero no más. Tenía la tentación de mirarle detalladamente, pero sabía que si lo hacía iba a soltar su orgasmo antes de tiempo.

Al fin, el pelirrojo no pudo más y soltó su orgasmo con un alivio abrumador, entonces ella se fijó detalladamente que su amigo incluso se había levantado del peldaño para poder verla del todo. Ahí fue cuando decidió mirar al canceriano, y lo encontró como pensó que lo vería. Deathmask no se había movido de su posición, pero movía la mano frenéticamente [...] mientras la observaba con esos ojos azules vidriosos de deseo [...] Deathmask eyaculó con un suspiro candente pero moderado, inclinándose apenas un poco sobre sí mismo. Aun así, él no tardó en volver a mirarla, poner la otra mano en su rostro, y sacar la lengua en medio de dos dedos, todo enmarcado con esa sonrisa aterradora que tenía y esos ojos deliciosos.[...] Ella jadeó sin control mientras apretaba las piernas, los dedos, la entrepierna, y soltaba un orgasmo enorme mientras se inclinaba al frente, como si le hubiera faltado el aire por un momento.

Todos terminaron agitados, respirando profundamente mientras trataban de recuperar el habla.

—Muy bien, espero que estés contento con lo que hiciste —dijo el de ojos azul profundo mientras sonreía y salía del agua para comenzarse a secar.

—Oh sí, mucho —rió el otro.

—Además, yo gané —señaló Deathmask

—¡N'ombre! Yo fui la última en venirse, yo gané. —les retó mientras se ponía de pie con las piernas algo débiles—. Dioses, tenía un rato que no hacía algo así.

—¡He! ¿Mucho? —inquirió Deathmask mientras se secaba la cabeza y se ponía un paño alrededor de la cintura, la mujer se sonrojó otra vez.

—Bueno, no tanto —mintió—. Me refería a que con todo esto no había pensado que terminaría el día así.

Zephir salió también de la pila, que comenzó a vaciarse con el jalo de otra cadena cerca de donde estaban, le alcanzaron un paño de lino largo y comenzó a secarse mientras meditaba en lo que acababa de decir su amiga.

—Debo admitir que me hizo sentir algo de pena por ellos —comentó mientras se secaba la roja cabellera. —Me refiero a las fobias.

Los otros dos se mostraron interesados en esa conversación, que sabían que iban a tener en algún momento.

—Ustedes también ven cosas horribles —remató Deathmask mientras se secaba la espalda.

—Pero no es siempre, y es cierto que tenemos más consuelo, como con cosas como esta, por ejemplo—siguió Zephi mientras sonreía un momento de modo cómico—. ¿Quién puede pasar de una pelea, una revelación, a una sesión de masturbación triple, que no seamos los Erotas o los Bacantes? Yo no creo que ellos tengan algo así.

—Eso es verdad, ni los atenienses tenemos algo así, y eso que el sexo no está precisamente vetado aquí —comentó Deathmask.

—Además, al pueblo báquico por lo menos, si Dionisio lo permite, nos dejan intervenir. Nuestro voto más que de neutralidad, es de obediencia.

—Siempre me pregunté si ellos vivían esas cosas tan difíciles igual que nosotros los Erotas, y aunque me imaginé muchas veces algo como esto, me da tristeza ver que es incluso peor de lo que pensé —decía ella mientras terminaba de secarse las piernas—. No puedo culparlos por querer que las cosas sean diferentes, especialmente ahora que no hay ni dioses, ni supremo inquisidor que los castigue al violar el voto de neutralidad de su orden.

—Enola hubiera estado de acuerdo en eso.

—Es muy cierto —respondió Deathmask tranquilo al comienzo, y luego se detuvo en lo que habían dicho.

Enola habría estado de acuerdo.

¡Claro que lo hubiera estado!

Guardó silencio y de pronto dejó de mirarlos, no miraba nada, estaba concentrado en sus pensamientos, se notaba en el brillo de sus ojos azules. Sus amigos respetaron su silencio, confundidos. Podían sentir de pronto cómo un mar de sentimientos se iban apropiando del italiano, hasta que giró sobre sus pies, hasta la orilla de la pila. Una mano sostenía su cabeza y la otra apretaba uno de sus puños hasta hacerse sangrar la palma. Dicro y Zephir se acercaron cuidadosamente, pero un estruendo enorme los hizo saltar de un susto, el estruendo explosivo que hizo la pared del otro lado de la cámara, luego de que Deathmask soltara un golpe cósmico de ira hacia ella.

—¡Death! ¿Qué pasa? —decía ella con la preocupación en los ojos tornasol, en las escasísimas ocasiones que ella lo había visto a él así, nunca había sido bueno.

Nunca.

—Enola... Tú... Tú... pedazo de idiota —murmuraba de pronto, mientras se sostenía la cara y reía de modo muy amargo. Luego bajó las manos y volvió a apretar la orilla de la pila, respiró profundo. No había un modo fácil de decir lo siguiente, así que sólo lo dijo: —Jarod lo mató.

La sangre se les bajó a los pies a ambos.

—¿Cómo estás tan seguro?

—No lo estoy. Pero si no fue él, sólo pudieron haberlo matado alguno de los otros dos tronos, ¡¿cómo no lo vimos?! —decía tomándose fuertemente de los cabellos y mirando al techo—. Ninguna de las fobias que capturamos, ni siquiera al tener cierto rango, sabían de los planes de Jarod. Ellos sólo han estado cumpliendo órdenes a ciegas, por el miedo y la promesa de su liberación. Si Enola se hubiera cruzado con cualquiera de ellos, habría entendido sus motivos, no hubiera luchado del modo que lo hizo, ni se hubiera arrastrado hasta la muerte al Santuario. Además: ¿cómo lo supo? ¿Cómo demonios supo Enola de los planes de Jarod y por qué luchó tanto para decírnoslo?

Reinó el silencio, y luego se abrió el caos en sus mentes.

Oh, dhiathan —murmuró Zephir con los ojos temblándole—. Enola hubiera estado dispuesto a enfrentar a cualquiera de los tronos si hubieran estado solos. Aunque no pudiera vencer a Jarod, tenía el nivel para mantenerle una pelea a cualquiera de los tres y huir, incluso para vencer a alguno de los otros dos, pero esa no habría sido su primera opción. Los hubiera espiado para saber qué tramaban, y huido al darse cuenta de su plan, pero lo descubrieron, no pudo ser sólo uno, tuvieron que ser por lo menos dos de ellos. Eso explica cómo podría ser descubierto, con lo perfecto que era Enola para acechar, y cuando se vio superado... cuando... entendió que no saldría vivo...

—Fingió estar muerto para escapar, y prevenirnos —terminó ella la deducción cubriéndose la boca, para contener un grito de horror.

Zephir se tambaleó buscando la silla para apoyarse, todo le daba vueltas. La alcanzó pero aquello había sido tan imprevisto que terminó de rodillas en el piso, la silla se deslizó un par de metros lejos. Sentía el rugido de sus sentidos clamando por sangre, no podía ser de otro modo al conocer el rostro del asesino de su gran amor.

Superado.

Apaleado

Destruido

Hecho pedazos en una lucha desigual, al punto de verse en la necesidad de fingir estar muerto para escapar. Él lo hizo por ellos. Se hubiera quedado para hacer a sus enemigos tanto daño como pudiera, aunque le costara la vida, pero lo hizo por ellos, para salvarlos.

¡¿Qué era aquello tan horrible por venir para hacerlo actuar así?!

Comenzó a llorar de impotencia, ira y dolor. Terminó en el piso, de rodillas, con el cuerpo cada vez más frío, mientras se clavaba las manos en los muslos y luego entre el cabello, aullando su furia y maldiciendo a Jarod una y otra vez. Dicro se inclinó a su lado apenas cubierta por el paño que había tomado, necesitaba tranquilizarlo o iba a entrar en Bakheia, en el corazón del Santuario, sin poder hacer pedazos al motivo de su ira.

Muy mala combinación.

Él dejó de hablar, la escuchaba como en un eco perdido, comenzaba a mirar todo a través de un velo gris, y cada vez sentía menos el frío en su cuerpo. La visión se le cerraba en una bruma oscura, y dolían los ojos como si se hundieran en sus cuencas, se aferraba a la voz de su amiga como un náufrago a la cuerda de un barco salvador, pero la tormenta de sus emociones era demasiada, y el vino en sus venas lo empeoraba. El pulso de sus sienes le golpeaba cual tambores, como voces estridentes gritando en sus oídos "¡muerte! ¡muerte! ¡muerte!".

Ella lo sostenía, incluso lo zangoloteaba de un lado al otro para que la mirara, pero sus ojos estaban extraviados. Estaba por perderse, por dejarse llevar en su oscuridad embravecida, y los colmillos le crecían entra los labios. Y entonces, una bandera entre las sombras, brillante como seda fina bajo el sol, lo regresó. Una mano morena, con sangre corriéndole en la palma de una hundida herida, estaba frente a su rostro.

La mano de Deathmask de Cáncer.

El caballero italiano se había tomado su tiempo, no por tranquilidad, sino porque no sabía qué hacer o qué sentir y cómo ayudar, y entonces vio su mano herida por su furia y entendió qué podía hacer. Dicro miraba aquello atónita, no podía creer lo que estaba viendo, sin embargo, así era: Deathmask le estaba ofreciendo la Promesa de Ámpelos* a su amigo. Zephir tenía las pupilas alargadas y el azul hielo de los ojos, brillante como estrella, pero estaba regresando un poco a la cordura, al punto que, al entender qué significaba esa mano, elevó la mirada haciendo una pregunta silenciosa con sus gestos: "¿bromeas?"

—Por mi mano o la de mi orden, no descansaré hasta que estén muertos, por la sangre de Ámpelos, lo prometo.

Zephir elevó su mano y con uno de sus colmillos rasgó la carne de la palma. Su mejilla, parte de su boca y cuello quedaron ensangrentados. La mano tomó la del canceriano, y las sangres se mezclaron junto con su alcohol. Una chispa de cosmos los recorrió, formalizando la promesa.

No dijeron nada.

No hacía falta.

Ella también acercó la mano y la colocó sobre la de los dos, al mismo tiempo que tomaba su hombro, para reafirmarle que también podía contar con ella para conseguir aquella meta. Él los miró a ambos, y una lágrima de consuelo conmovido bajó por su mejilla ensangrentada hasta la coyuntura de sus labios. Deathmask movió su otra mano para limpiarla, ella se inclinó para besar con cariño en donde había muerto la lágrima, ninguno vio lo que hacia el otro porque lo hicieron, sin pensar, al mismo tiempo, y terminaron entrelazados de modo raro, con el dedo pulgar bronceado siendo tocado por ambas bocas.

Ella apenas se apartó un poco.

Zephir turbó un poco la mano.

Deathmask abrió mucho los ojos.

Una chispa los recorrió a los tres, y todo se llenó de una vibración poderosa que llevaban años sin sentir, menos de compartir. Algo que no lograban ver, pero sí sentir, se apoderó de los tres, haciéndoles palpitar las venas. Ninguno se movió. La ola de deseo que los recorrió a los tres había sido como un latido que hizo pulsar todo en ellos y a su alrededor. La mente comenzaba a desconectarse, ideas interesantes comenzaban a murmurar en sus oídos, y la puerta de los impulsos había corrido el cerrojo, golpeando su contenido furioso, pugnando por salir.

—Zeph... —murmuró Dicro apenas, con el susurro pecaminoso de quien habla en medio de un servicio religioso.

—Aún andabas caliente por lo que veo —comentó el canceriano.

—Yo... —al hablar Zephir sintió aquel pulgar más cerca, lo que lo hizo tartamudear—. Y-yo no fui... ¿o sí?

Era el trabajo de los bacantes ayudar a las personas a correr los cerrojos que colocaban en su ánimo, liberar lo que se resguardaba en los pliegues más profundos del alma, pero Zephir no estaba seguro si había sido él, sin querer, quien había abierto la puerta del deseo en los tres en ese momento. No había que olvidar que los tres bebieron y se masturbaron, por lo que andaban llenos de endorfinas. Tal vez Zephir había hecho aquello luego de toda la adrenalina que le recorría el cuerpo al interrumpirse el proceso de Backheia también. Bastó sólo un cándido roce espontáneo para activar la memoria de la vieja química compartida en el pasado.

Sus amigos intercambiaron miradas. En aquellos días, esa chispa habría sido suficiente para arrojarse entre ellos, pero en esta ocasión las cosas no podían ser iguales. El italiano de cabello azulino le mandó un mensaje silencioso a Dicro. Ambos podían ver a Zephir batallando con la excitación: respiraba trabajosamente, como si estuviera intentando evitar una crisis asmática, tratando de bajarse la excitación que amenazaba con desbocarlo. Lo que había pasado antes, cuando los había olido, no era nada con lo que le pasaba ahora, y si no hacían algo, iba a caer en Bakheia otra vez. Dicro sabía que Deathmask no tendría inconvenientes en darle más que una mano a su amigo con ello, pero el lío es que ella estaba presente, y la influencia también la había alcanzado. Si Zephir estaba tratando de parar la influencia, si Deathmask no se le había ido encima para satisfacerlo, era porque ELLA estaba ahí.

Tenía una elección que hacer: o se iba y los dejaba arreglar el asunto entre ellos, lo cual no garantizaba que Zephir lograra calmar su excitación porque una parte de su deseo no estaría satisfecho, o se dejaba llevar por el mandato de su alquimia compartida y garantizaban que perdiera el efecto báquico del todo.

La mexicana de ojos atornasolados ardía en lujuria y dudas. Miraba a su amigo, poco más alto que ella, muy cerca, con el cabello rojo y el rostro manchado: la visión morbosa de una fiera de otro mundo, al que devoraba lujuriosamente con ansias de hacerlo venirse dentro suyo. Y luego su mirada se movió, lenta, hacia las manos ensangrentadas. Siguió el trayecto de ese brazo poderoso, moreno, unido a un torso que había vuelto a imaginar en sus noches más solas pegado a su piel. Se dio cuenta que las cicatrices que él tenía salpicadas por todos lados, pequeñas, pero ahí, como astillazos en una piedra de mármol oscuro, habían desaparecido luego de su resurrección. Estaba de pie, con la piel brillándole más que nunca, sólo con la cadera cubierta con un paño, devorándola con esos penetrantes ojos azules que parecían poderle alcanzar el corazón para detenerlo con una orden.

"Te desea mucho"

Eso había dicho su maestro cuando habían ido al Santuario hacía días. Ella también lo deseaba, lo había deseado desde que la levantara del piso de su Templo, cuando le ofreció su cuerpo a cambio de salvar a Servino, abrazándola con un cariño que nunca le había conocido. Lo habría deseado desde la primera vez de verlo, de no haber estado tan destrozada por las muertes de Enola y de su abuelo.

Y bastó ese pensamiento para que invadieran en ella esos recuerdos, todo ese dolor que se le vino a la cabeza, todo ese miedo, todo lo que estaba por venir, y todo lo que nunca iba a poder ser posible entre ellos.

El punto muerto en el que estaba condenada a vivir hasta el fin de sus días.

Una vez —pensó con más desesperación de la que le gustaba admitir—. Una. Sólo una más.

Después de todo era sólo sexo, ¿verdad? Y no estaba sola con él, esto era para evitar que Zephir se transformara por completo en pleno centro del Santuario. Aquello se podía calificar como un accidente afortunado, una oportunidad que le daba la vida, luego de quitarle tanto. Un leve consuelo por lo que no tendría jamás, y después de que Deathmask se diera cuenta lo distinto y maltratado que era su cuerpo al de su pasado, dejaría de desearla, podrían seguir sus vidas, muy lejos el uno del otro, porque sólo era deseo.

¿Verdad?

Ella sonrió tenuemente, se acercó de nuevo a la mejilla de su amigo y besó el mismo lugar, tocándolos a ambos, apretando el hombro de Zephir de modo sugerente, y con la otra deslizaba el dedo medio, delicadamente, entre las palmas ensangrentadas, haciendo un rechinido que les lamió los oídos a los tres con ardorosa lujuria.

Con eso bastaba.

Una sonrisa bastardilla asomó por los labios del canceriano. Le acarició entonces el rostro con la mano ensangrentada, manchándole la piel clara aún más. Ella se movió directamente a la espalda de él, lo abrazó sensualmente pasándole las manos por el pecho y el abdomen, para luego murmurarle en el oído, tan cerca que también tocó las manos italianas, haciendo que su dueño tuviera escalofríos.

—Shhh, respira —decía una y otra vez mientras le ponía un mano en medio del pecho—. Respira, estarás bien.

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Los tomó a ambos por detrás de la cabeza; la molestia de su mano herida había pasado a segundo plano, y poco le importaba estarle llenando la piel y el cabello a Zephir de sangre, o que este hiciera lo mismo sobre su cuerpo con la mano herida. El italiano miraba al techo, estirando hasta lo imposible la columna, bamboleando las caderas entre aquellos jugueteos que estiraban, humedecían y calentaban la piel intima, hasta que decidió que quería más.

—De pie —ordenó al pelirrojo con autoridad digna de comandante de imperio romano.

Zephir iba a obedecer de inmediato, ansioso de que lo hiciera suyo [...] pero algo en su mente cariñosa conectó con la realidad. Recordó lo que significaba Deathmask para ella, y se sintió terriblemente mal de estar acaparando toda la atención. Una vez más, sus amigos habían estado ahí para darle consuelo a su dolor, para ayudarlo. Era muy injusto que él fuera suyo por segunda ocasión cuando ella había perdido tanto.

—¡Espera! —exclamó—. A ella... La quiero a ella en medio—respondió Zephir sin darle oportunidad a la chica de decir nada, sabía que se moría de ganas pero no iba a decirlo jamás, y sólo si él lo pedía ella lo iba a aceptar.

—Va bene —aceptó más que gustoso Deathmask, y antes de poder protestar, él ya la había tomado de la mano y puesto de pie, pegándola a su cuerpo, tomando su rostro entre ambas manos, y acercando el suyo.

—D-Death…yo… —susurraba con nervios pero también con deseo. Él palpó por debajo de su cabellera y apretó un poquito, ella gimió al sentirlo, adoraba que le tomaran la cabeza así.

—Extraño tu cabello largo —comentó antes de bajar lentamente y apropiarse de sus labios, de un modo más suave del que ella esperaría entre aquella pasión.

Dicro no podía creerlo: la estaba besando. Una vez más la estaba besando. Sintió que el corazón le golpeaba y se expandía al límite, como a punto de estallar. Hubiera podido llorar de alegría, pero se obligó a recordar el momento que vivía. Aquella sería la única vez, la ÚLTIMA vez. Dejaría las lágrimas para después.

El moreno se despegó de ella sólo lo suficiente para poderla girar, permaneció cercano, o más bien adherido a su piel [...] Con decisión la abrazó posesivamente, y mientras una mano le acariciaba el torso, la otra le inclinaba la barbilla para volver a besarla. Ahora sólo Zephir seguía de rodillas. Al verlos besarse, el deseo volvió a acicatearlo con ganas, se acercó a ella, le levantó una de las piernas, y hundió con determinación la lengua entre los labios íntimos, haciéndola temblar como si le hubieran hecho cosquillas.

—ZeEphH… — apenas murmuró ella.

—Había olvidado lo rica que eres. —Y se recargo la pierna sobre el hombro—. Tu sabor, como envinado. —Y sin aviso le introdujo un dedo también, los temblores aumentaron. —Mójate más para mí.

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Las piernas de ella también temblaban entre el esfuerzo y el placer. Un par de lágrimas se escaparon de sus ojos, pero no se preocupó ya de ocultarlas, Deathmask seguramente pensaría que eran, como muchas veces en su pasado, fruto del gozoso que sentía, no pensaría, jamás, que eran por la idea de estar con él de nuevo.

¿Por qué te ves tan triste? —pensaba Deathmask por su lado, al mirar la expresión llena de placer. Lucia satisfecha y gozosa, sin embargo algo no estaba bien. Por más que lo razonaba, no entendía por qué ella le parecía triste cuando todo en su rostro y su cuerpo indicaban lo contrario. ¿Serían tal vez las lágrimas?, o el hecho de que, aunque el sexo era bueno, no la hacía olvidar todo lo que acababan de pasar ese día, lo que acababan de entender hacía poco. —Aunque sea un momento, te lo haré olvidar.

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El escándalo se hizo notorio, todos jadeaban, gemían, suspiraban y rugían con ansias de más y más. Eso siempre le había encantado a ella, que los hombres a su lado gimieran con toda su fuerza, sin recatos, la volvía tan loca que ya había tenido más de un orgasmo, y aún así no quiso que se detuvieran hasta que sintió sus alarmas encenderse. Aquellas que pensó nunca más volverían a vibrarle en las sienes. Les pidió que aceleraran, que la hicieran suya con todo lo que tuvieran.

—HASTA EL FONDO —pidió con la cara más bella que jamás le habían visto. En sus viejos dialectos, eso significaba que se vinieran dentro suyo.

El canceriano no esperó a hablar con Zephir para ver cómo lograrlo, directamente los hizo girar a los tres. Zephir contra la pared, Dicro entre ellos, y él sobre ambos.

—Sostenla —le ordenó a su amigo pelirrojo, que sólo atinó a obedecer, anonadado por la virilidad del otro.

El otro se afianzó con fuerza de la pared con ambas manos, miró a sus amigos atrapados entre su cuerpo y el muro, observándolo fascinados, esperando qué iba a hacer. Sus labios se torcieron en la más perversa y sexual de todas las sonrisas que jamás había puesto, y soltó la primera estocada.

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En cuanto notó que Zephir iba a terminar, el moreno desbocó toda su fuerza a través de su cadera. Por un momento pareció como si los estuviera penetrando a ambos, y cuando al fin el pelirrojo no pudo más y soltó su orgasmo, él hizo lo mismo, llenándola por completo. Ella lo sintió en su cuerpo, caliente y borboteante. Respiró profundamente, con un alivio que no recordaba cuándo había sentido antes. Dejó recargar todo su peso en su amigo, cerrando los ojos para concentrarse en sus costillas.

Cuando abrió los ojos ya estaban en el piso, los tres recargados en la pared, tratando de reponerse un poco antes de hablar. En ese momento observó los resultados de aquel imprevisto. Todos tenían el cabello hecho un desastre, su cuerpo estaba enrojecido, en parte por la sangre que no se había secado gracias al sudor; la de los otros o la propia, y algunas magulladuras estaban ya tomando la forma de dedos y manos.

—No sé ustedes, pero no creo poder usar las piernas en menos de 20 minutos —comentó el italiano con una risa agitada y corta.

—Yo... yo tendré suerte si puedo levantarme mañana —comentó ella con una sonrisa cansada.

—Lo lamento... no sé qué pasó, en serio... —se disculpaba Zephir mientras se quitaba el cabello rojo de la cara.

—Yo no —afirmó Deathmask con sonrisa sincera—. No fui consciente de cuánto me hacía falta esto hasta ahora. El único lío es que tendremos que volver a bañarnos, nos vemos terrible.

Los tres rieron apenas con el poco aire que tenían.

—Gracias por ayudarme— dijo Zephir con el corazón mucho más tranquilo. Aún le dolía lo que habían entendido, pero sabía también que no estaba solo para enfrentarlo, y eso lo hacía sentir mejor.

En cuanto pudieron mover las piernas regresaron a limpiarse rápidamente. Ya era bastante tarde, para ellos había sido apenas un suspiro, sin embargo, fácilmente habrían pasado algo más de 3 horas, así que, en cuanto pudieron, Deathmask los llevó a sus habitaciones. Había tenido la tentación de sugerir dormir todos juntos, como antes, pero lo cierto era que si hacían eso, corrían el riesgo de otro "round" imprevisto, y todos necesitaban el descanso.

Lo que venía después no iba a ser sencillo.

Luego de dejar a Zephir en una de las habitaciones, y que él se tirara de lleno a la cama luego de desearles buenas noches, Deathmask llevó a Dicro a la siguiente, que ella reconoció de inmediato. Volteó a mirar al dueño del templo, que le afirmó con una sonrisa.

—Sí, ésta es la habitación a la que te traje cuando estabas mal, pensé que te agradaría quedarte en un lugar que conocieras.

—Admito que no recordaba mucho de este lugar, el sanador que trajiste me tuvo inconsciente mucho tiempo para poder hacer las curaciones, pero sí, es agradable volver a este lugar.

Ella dio un par de pasos al interior, y entonces él, por un impulso que no midió, le tomó los hombros y recargó la frente suavemente sobre su cabeza, dejándola pasmada.

—Sé que fue para ayudar a Zephir, pero gracias por confiarte otra vez a mí.

Ella se quedó impávida en su sitio, sin aliento, él no esperó a que ella dijera nada y luego de desearle buenas noches, soltó sus hombros y cerró la puerta. Lo cierto es que, aunque estaba cansado, Deathmask tardó mucho en lograr dormir. Estaba anonadado por lo que acababa de pasar, anonadado y muy feliz, una felicidad familiar y al mismo tiempo tenía en ella un sentimiento nuevo, algo que no lograba definir pero que no importaba porque se sentía genial en su corazón.

Dicro se quedó todavía un rato más luego que él se fue, de pie, cerca de la puerta. Caminó lentamente a la cama y apenas y fue consciente de cuando se acostó en ella. Esas últimas palabras, aquellos últimos gestos, la impresionaron más aún que toda la sesión anterior de sexo. El canceriano nunca había sido tan abierto con sus sentimientos, menos con los que lo hacían tan feliz (sin implicar el desmembramiento de algún desgraciado desafortunado). Se tomó los hombros y saboreó la sensación de esas manos, ahí y por todo su cuerpo, pero en su caso, su felicidad tenía mezclada una emoción que conocía bien, una nefasta sensación que cada vez se hacía más presente.

Miedo.

Miedo por lo especial que habían sido esas palabras, por lo raro que era en él mostrarse así, por el modo en que la había tratado tan fogosa pero tan respetuosamente, era feliz, y sin embargo tenía miedo. No pensó que él pudiera contemplar aquello como una puerta abierta a algo más, nunca se le pasó por la cabeza, o tal vez sólo eran ideas suyas, tal vez sólo estaba siendo agradecido y nada más al entender que ella confiaba en él más de lo que pensaba en un comienzo.

Conforme más lo pensaba más se confundía, trató de dormir pero su mente cansada no encontró el modo hasta pasado un buen rato, y ahí, al final, su mente tuvo un último pensamiento que se quedó haciendo eco aún a la mañana siguiente:

—¿Acaso cometí un error?

Bajo esas mismas estrellas, unas horas más tarde de que lograran todos en el templo de Cáncer conciliar el sueño, en un lugar muy lejano y aun para ellos desconocido, el valle del Sheol comenzaba sus actividades. Todos silentes y ordenados como hormigas, letales y feroces, se hacían cargo de sus encomiendas sin chistar. Los días iban bajando algo la tensión de las fobias del ejército. Aún tenían miedo, pero estaban adaptándose con extraña rapidez, aunque eso a Jarod no le sorprendía, eran fobias, tenían que aprender a adaptarse, o si no el estrés al que se veían sometidos todos los días podía enfermarles la mente y el corazón.

El hombre de ojos dorados caminaba con gracia asesina entre sus soldados, quienes le daban espacio o, discretamente, huían de su paso si podían. La oscura penumbra del interior de la fortaleza era escabrosa, pero no era extraño para las fobias sentirse más seguros en la fortaleza y en sus alrededores que en el boscoso valle, repleto de pesadillas andantes, siempre hambrientas y deseosas de presas. Cuando lo vieron acercarse por el inicio del largo pasillo, una de las fobias que resguardaban una enorme puerta se adelantó para alcanzarlo, caminando a su lado, pero de modo recatado.

—Se consiguió atrapar a ocho blancos que no han levantado sospechas hasta este momento.

—¿Las víctimas?

—No tenían señor, los capturamos antes de que consiguieran más.

—¿Las pruebas?

—Contundentes y en camino a las autoridades correspondientes de modo anónimo, para que empiecen las investigaciones.

—¿Cómo se encuentran ahora?

—Iracundos como bestias asustadas.

Ya para ese momento se encontraban a pocos pasos de la puerta y se alcanzaban a escuchar cantidad de voces vociferando, furiosas, inseguras y negociantes. Jarod abrió las puertas de par en par, todos en el interior guardaron silencio, todos menos las fobias, quienes ya estaban haciendo sus labores de modo lacónico, desde antes.

Había ocho personas arrodilladas, encadenadas al piso, sin la posibilidad de levantarse. Todas miraron en su dirección, pudo percibir la sensación de su pánico al detallarlo, pero no le extrañó que no dijeran gran cosa: los monstruos como ellos sabían cómo mantener las máscaras. Pero le alegraba saber que lucía aterrador para ellos, de hecho, no se había quitado las vendas sobre sus heridas, que ya habían dejado de sangrar. Básicamente ya no las requería, pero era bueno tenerlas puestas, imponían y daban un aire de misterio. Reservaba el quitárselas y mostrar sus cicatrices para un día más especial. Los atrapados preguntaban qué era lo que estaba pasando, algunos manteniendo la calma lo más posible, otros vociferando que se iban a arrepentir si no los soltaban. Al centro, un bracero ardía con una llama digna de un herrero, soltando calor desmedido y una luz como la que desprendería un pequeñísimo sol.

Jarod extendió la mano y le facilitaron un rollo de pergamino que tenía inscripciones en griego antiguo. Comenzó a caminar frente a cada uno, llegaba a cada prisionero y leía su descripción correspondiente, levantaba a veces alguna ceja, apretaba un poco los labios, pero nada más, y a todos les dirigió una mirada de enojo indignado. Pero no dijo nada ni hizo más, hasta que llegó al último. Era un hombre de mediana edad, barbado, con cabello oscuro y ojos claros, que hablaba en un inglés chicloso, casi como si quien estuviera hablando fuera un cerdo masticando, amenazándolo y riéndose como si nada de lo que Jarod hiciera pudiera darle miedo.

Mientras más leía, la cara se transformaba en una mueca de asco mezclada con ira, no dijo nada. Cuando terminó, enrolló el pergamino, lo entregó a una de las fobias, y le propinó una bofetada al otro, una sola, pero que consiguió que escupiera sangre. Luego caminó tranquilamente hasta el brasero, metió la mano tan cerca del calor que ninguna persona podría resistirlo, no una persona común. Y tomando por el mango un hierro hirviendo que estaba dentro, tomó al hombre de la cabellera, le estiro el cuello, y le clavo el hierro ardiente en él.

Gritó.

Un berrido tan escalofriante y animal que podría ser confundido con el de un cerdo en matadero. Todos los demás encadenados guardaron silencio, un par con los ojos razados de lágrimas.

El líder de las fobias regresó con desprecio el hierro al brasero y luego dio órdenes:

—Manténganlos en buenas condiciones, pero no les expliquen nada, no les dirijan ni una palabra... y a aquél —y señaló al hombre que había quemado—, márquenlo tanto como conserve el hierro su calor.

Salió caminando tranquilamente mientras escuchaba a todos dejando sus poses orgullosas e iracundas para ser sinceros con su miedo, y comenzar a rogar piedad, revolviéndose en contra de las cadenas, prometiendo lo que fuera a los extraños investidos en túnicas claras y plomizas, algunos portando partes de sus Thymós para ayudarse en las funciones que les esperaban.

Las puertas se cerraron detrás, pero no había terminado de recorrer el pasillo cuando escuchó los horrendos gritos de dolor y miedo haciendo eco.

Ahí, y sólo ahí, se permitió sonreír.

N/A:

* Ámpelos, en la mitología griega, fue el primer gran amor del dios Dionisio. Era un sátiro de gran belleza. Ambos se amaban y para demostrarle su amor y valor Ámpelos solía montar animales bravos. Dionisio le advirtió que tuviera cuidado con los toros. Pero por intervención divina —a veces atribuida a Selene, otras a Hera a través de Ate—, Ámpelos fue arrojado del lomo de un toro que había montado y el impacto lo mató. Dionisio quedó destrozado, y de la sangre de Ámpelos nació la vid que da las uvas, por tanto, es el origen del vino. Dependiendo el mito varía el dios que obró el milagro.