Capítulo 18

La primavera llegó suavemente a las regiones montañosas.

Era mayo y las montañas parecían alfombras verdes. De repente, el frío y los días nublados daban paso a un sol tan brillante y a un aire tan claro que verlo hería los ojos. De alguna parte venía un fragmento de sonido, el eco débil de una gaita, y el sonido persistente hizo que su alma llorase.

Le había llevado cuatro meses llegar aquí. Al principio, simplemente había conducido, rumbo al sur, torciendo hacia el este. Mientras conducía, las estaciones iban cambiando. El invierno se iba alejando de ella mientras conducía más y más hacia el sur, y estaba en Tennessee, a mitad de febrero, cuando vio florecer la primera flor. Le pareció un milagro, ver todos los junquillos de un amarillo alegre y eso hizo que se detuviera a descansar y a hacer planes.

Una primavera temprana, dijeron los lugareños, después de un invierno suave. Los junquillos estaban floreciendo dos semanas antes de lo normal. El invierno no había sido apacible en Minnesota, pero mil doscientos kilómetros más al sur estaba en un clima diferente, un mundo diferente.

Había comprendido rápidamente que no podría hacer esto sola, y sólo había una persona en la que podía pensar en llamar.

Samui había escuchado silenciosamente la petición de Hinata para viajar con ella a Escocia durante un tiempo no especificado.

—Escocia —dijo ella finalmente—. ¿Ellos todavía se pintan las caras de azul?

—Sólo en las películas.

—No tengo pasaporte.

—Eso es fácil de conseguir, si tienes tu certificado de nacimiento.

—Dijiste que necesitabas mi ayuda para hacer algo. ¿Puedes decirme exactamente qué tendría que hacer?

—Si vienes —dijo Hinata.

—Pensaré en ello. Llámame en un par de días.

Hinata le dio tres días, luego llamó de nuevo.

—De acuerdo —dijo Samui—. Si voy, ¿tendría que hacer algo ilegal?

—No. No creo —como ella tenía que esperar lo inesperado, Hinata no podía jurar que estarían del lado de la ley.

—¿Peligroso?

—Sí.

Samui suspiró.

—Bien, demonios —dijo ella con lentitud—. Haces que sea difícil resistirse, ¿no? ¿Cuánto tiempo estaré fuera? Tengo una casa que cuidar, ¿sabes?

—No lo sé. Un par de días, un par de semanas. Pagaré todos tus gastos.

—Yo los pagaré, si voy. Así, si me echo atrás, no me sentiré obligada a quedarme —ella guardó silencio durante un momento, y Hinata pudo oír sus uñas dando golpecitos al lado del teléfono—. Tengo una pregunta más.

—De acuerdo.

—¿Cuál es tu nombre real?

Hinata dudó. Se sentía extraña pronunciando su propio nombre. El único momento en que lo había oído en meses fue cuando Udon lo dijo. Había pasado por tantos nombres que a veces se sentía como si no tuviera identidad.

— Hinata —dijo ella suavemente—. Hinata Hyuga. Pero estaré viajando bajo el nombre de Louisa Croley. Ése es el nombre en mi pasaporte y en el carnet de conducir.

— Hinata — Samui suspiró—. Mierda. Si me hubieses mentido, podría haber dicho que no.

Descubrir dónde se había levantado Creag Dhu les llevó algún tiempo, Hinata y Samui habían estado en Edimburgo durante una semana antes de que Hinata pudiera seguirle la pista al nombre, y entonces descubrieron que se encontraba en un lugar remoto de las Tierras Altas occidentales que era prácticamente inaccesible.

Mientras Hinata investigaba, Samui visitaba Edimburgo. Recorrió el castillo, la Cámara Holyrood, hizo excusiones a St. Andrews y Perth. Hasta que Hinata no localizó realmente Cragh Dhu, no le explicó a Samui lo que iba a hacer.

Samui se rió en su propia cara, pero cuando Hinata con calma empezó los preparativos, Samui, suspiró y le echó una mano. No se rió cuando oyó hablar de Toneri y Neji.

Cuando lo tuvo todo preparado, Hinata alquiló un coche y condujeron hasta un pueblecito de las Tierras Altas a siete kilómetros de donde supuestamente se había levantado Creag Dhu. El único alojamiento en el pueblo era un bed—and—breakfast que tomaron, pero la taberna local era una fuente de chismorreos.

Samui podía resistir un mano a mano bebiendo whisky o cerveza con cualquier escocés, y como recompensa ellos contestaron a sus preguntas.

Sí, un americano elegante había llegado hacía unos dos meses, deseaba excavar un gran montón de piedras. Una tormenta había hecho que se retrasara un poco, convirtiendo la tierra en barro y haciendo difícil llegar hasta aquel lugar, pero el tiempo había cambiado y ahora estaban progresando mucho.

—No le llevará mucho tiempo encontrarlo —dijo Hinata cuando Samui se lo dijo—. No puedo esperar más, tengo que ir.

—Hablas como si fuera un viaje seguro —dijo Samui irritada—. A lo mejor lo único que consigues es darle a tu culo una descarga eléctrica.

—Quizá —contestó Hinata. En sus momentos más racionales, sabía que eso era lo que pasaría más probablemente. Pero entonces pensaba en los documentos, en las cosas que había leído, y los sueños, en el sentimiento de urgencia, y sabía que tenía que intentarlo sin pensar en lo demencial que pareciera.

No había tenido sueños desde que habían llegado a Escocia. Todo se sentía tan extraño, como si un velo colgara entre ella y todos los demás. Nada le afectaba realmente, ni el miedo ni el enojo ni siquiera las cosas más mundanas como el hambre. Una parte esencial de ella ya se había ido, se había marchado de este tiempo. Sabía que se iba a ir y se preparó lo mejor que pudo.

Partieron tras el almuerzo al día siguiente, conduciendo hasta donde era posible, luego se bajaron del coche y siguieron caminando. Nubes tormentosas cubrían el oeste, encima del mar, y las sombras de las montañas se veían purpúreas bajo un cielo azul y dorado.

Hinata había tenido en cuenta cuidadosamente la logística. Los documentos daban la fórmula para viajar en el tiempo, pero no para la posición. Dedujo por ello que la posición no cambiaba. El lugar donde se estaba cuando se viajaba era a donde se llegaba. Estar de pie en medio de las ruinas de Creag Dhu habría sido perfecto, pero no se había atrevido a acercarse lo suficiente para verlas. Tendría que conformarse con llegar tan cerca como fuera posible, y luego ir andando el resto del camino hasta el castillo después de hacer el viaje en el tiempo.

El camino estrecho que habían escogido era poco más que un sendero, y se acabó cuando todavía faltaban cinco kilómetros hasta las ruinas. Recogiendo las cosas de Hinata, las dos mujeres salieron del automóvil y caminaron hasta las montañas.

El aire era dulce y fresco, se oía el lamento de un pájaro alto y solitario, Hinata ya podría sentir como algo la arrastraba, una tranquila expectación, una necesidad.

—¿Por qué no disparamos simplemente al hijo de perra? —sugirió Samui de repente, mientras alzaba su cabeza blanca al viento. Sus fosas nasales se dilataron y sus ojos verdes pálidos se entrecerraron. Parecía alguna diosa exótica de la guerra, preparada para matar a sus enemigos—. Es más fácil, más limpio, y demonios, mucho más fácil de lograr.

—Porque no es sólo Obito, es la Fundación. Aun cuando lo matemos, otro tomará su lugar —había sacado finalmente esa conclusión, y encontró una cierta paz en ella. Le gustaría matar a Obito simplemente y terminar con esto, reclamar su venganza, y marcharse después.

Pero no podía hacerlo. La Fundación del Mal... no podía permitir que la Fundación consiguiera el control sobre el Tesoro.

Descubrió el lugar dónde quería estar, y se lo señaló a Samui. El nido de piedras estaba casi en la cima de la montaña. Cuidadosamente subieron, sus pies alternativamente se hundían en la hierba húmeda o resbalaban en las piedras sueltas. Cuando alcanzaron su meta, permanecieron de pie en silencio, mirando el valle vacío, y la neblina que llegaba desde el océano. El emplazamiento de Creag Dhu no era visible. Estaba situado más allá de la siguiente montaña. Los lugareños habían dicho que era un lecho de piedra negra, destacándose contra el océano.

Hinata intentó verlo en su mente, pero aunque había visto numerosos lugares arqueológicos, la imagen que ella forjó, fue la del enorme castillo cuando estaba entero, apareciendo de repente oscuro contra un mar gris embravecido.

—¿Estás segura de que lo tienes todo? —preguntó Samui, mientras ponía su fardo en el suelo y colocaba los artículos rápidamente.

—Estoy segura —había hecho una lista mientras todavía estaba en los Estados Unidos, y había empezado a preparar las cosas entonces.

Según las instrucciones, había alterado su dieta hacía más de una semana, siguiendo las especificaciones. Ella se inclinó y fijó los electrodos a sus tobillos, pegándolos con cinta adhesiva en el lugar.

Sospechaba que su retraimiento preocupaba a Samui.

—Estoy bien —dijo en respuesta a la preocupación no expresada—. Si esto no marcha bien, entonces simplemente no funcionará. Me llevaré una descarga, pero no será bastante para matarme.

—Eso esperas —gruñó Samui, con creciente irritación.

—Si esto funciona, no sé si todas estas cosas se vendrán conmigo, o si que de repente apareceré allí desnuda. Si no vienen, llévalas al pueblo y haz lo que quieras con ellas.

—Claro. Siempre he querido un vestido de terciopelo tres tallas más pequeño de lo necesario y treinta centímetros demasiado corto.

—De todas formas te dejo el ordenador portátil. He borrado todas mis notas del disco duro, pero mi diario todavía está allí. Lo he puesto todo por escrito. Si algo me pasa y no puedo regresar… —se encogió de hombros. Por lo menos habrá un registro de lo que pasó.

—¿Cuánto tiempo se supone que debo esperar? —preguntó Samui preguntó furiosamente.

—No lo sé. Te dejaré eso a ti

—¡Maldita sea, Hinata! — Samui se giró con la cara roja por la furia, pero se trago las palabras llenas de furia y simplemente sacudió la cabeza—. No puedo hacerte recapacitar, ¿verdad? En tu cabeza, ya estás allí.

—Sé que no lo entiendes. Yo tampoco lo hago. —el viento le aplastaba el vestido contra su cuerpo y le levantaba el pelo, agitándolo detrás de ella. El valle se extendía debajo de ella pero no lo veía, sus ojos miraban más allá—. Ha pasado un año desde que asesinaron a Toneri y Neji. No he sido capaz de llorar por ellos todavía. Es como si no fuera digna de ello, porque no he hecho nada para vengarlos.

—No has tenido tiempo para llorar —la voz de Samui era áspera—. Simplemente has estado demasiado ocupada manteniéndote viva.

—No he ido a sus tumbas. Durante seis meses volví a estar en Minneapolis, y no busqué sus tumbas. No puse flores en ellas.

—Una cosa condenadamente bien hecha. Por lo que me has dicho, este bastardo de Obito tendría hombres vigilando el cementerio. Te habrían atrapado con toda seguridad.

—Quizá. Pero no podría haber ido ni siquiera si hubiera sabido que estaba a salvo. No todavía. Quizá cuando regrese.

Después de eso, no parecía haber nada más que decir. Samui la abrazó, sus ojos verdes húmedos y luego se alejó.

Hinata se sentó en las piedras y abrió el ordenador portátil, mientras lo encendía. Ella entró en el diario e intentó recoger sus pensamientos. Era inútil.

Volaban como pájaros.

Finalmente dejó de intentarlo y simplemente empezó a teclear.

17 de Mayo, la venganza toma el control de mi vida. Nunca lo comprendí antes, pero hasta entonces nunca había odiado. En un momento mi vida era ordinaria y segura, feliz y al siguiente todo se había ido. Mi marido, mi hermano...

Los perdí a ambos.

Es extraño cómo cambian las cosas, cómo en el tiempo que lleva parpadear la vida de uno va de lo ordinario, incluso mundano, a un paisaje de pesadilla de horror, incredulidad, y casi pena incapacitante.

No, no he llorado. He mantenido mi dolor encerrado dentro de mí, una herida que no puede sanar, porque no me atrevo a permitirla salir. Tengo que concentrarme en lo que se debe hacer, en lugar de permitirme el lujo de lamentar aquello que he perdido. Si vacilo, si me permito bajar la guardia por un momento, entonces también estaré muerta.

Siento como si mi vida perteneciese a alguien más. Algo está equivocado, discordante, pero: ¿era antes o ahora? Es como si las dos mitades no cuadrasen, como si simplemente una o la otra no fueran mi vida. A veces no puedo sentir ninguna relación en absoluto con la mujer que era, antes de esa noche.

Antes, era esposa. Ahora, soy viuda. Tenía una familia, pequeña pero unida, y dolorosamente amada. Desaparecida.

Tenía una carrera, uno de esos trabajos oscuros, intelectualmente desafiantes en los que podía, y lo hacía, perderme en los viejos pergaminos polvorientos y preciosos, en enigmáticos libros, un mundo desconocido por donde vagaba mentalmente en el pasado, a veces durante tanto tiempo que Toneri me tomaba el pelo diciéndome que había nacido en el siglo equivocado. Eso también ha desparecido.

Ahora tengo que huir, esconderme, o también seré asesinada. Me he pasado meses huyendo de un agujero a otro como las ratas, llevando a rastras conmigo algunos manuscritos robados y traducciones antiguas. He aprendido a cambiar mi apariencia, cómo conseguir una identidad falsa, cómo robar un coche si es necesario. Como de vez en cuando, aunque no bien. Toneri no me reconocería. ¡Mi marido no me conocería! Pero no puedo permítame pensar en ello.

¿Cómo pude llegar a esto? Una pregunta retórica. Sé cómo pasó. Lo vi mientras pasaba. Vi a Obito matarlos a ambos. No hubo ninguna transición entre antes y ahora, no hubo tiempo para adaptarse. Pasé de respetable a fugitiva en el espacio de unos devastadores minutos. De esposa, a viuda, de hermana al superviviente, de lo normal a... esto.

Sólo el odio me obliga a seguir en marcha. Es un odio tan fuerte, abrasador y puro que a veces me siento incandescente con él. ¿Puede el odio purificar?

¿Puede quemar todos los pequeños obstáculos que te impiden actuar? Creo que puede. Creo que el mío lo hace. Quiero que Obito pague por lo que le hizo a mi vida, que pague por las muertes de aquéllos a quienes amo. Quiero que él muera.

Pero no quiero que Toneri y Neji hayan muerto para nada, por eso tengo que perseguir a la Fundación también, no sólo a Obito.

No sé cuánto tiempo me llevará cumplir mi destino. No sé si puedo hacerlo a tiempo (un mal juego de palabras) o si moriré en el intento. Todo lo que puedo hacer es intentarlo, porque el odio, y la venganza, es todo lo que me queda.

Debo encontrar a Naruto el Negro.

Dejó de mecanografiar, mientras miraba fijamente las palabras en la pantalla. Cuando estaba en la universidad había llevado un diario escrito con una tapa flexible parecida al cuero. Toneri se lo había dado la primera Navidad después de empezar a salir. Ella había pretendido usarlo para llevar que un registro de su trabajo, de sus pensamientos sobre él, de cómo iban la investigación y las traducciones. En lugar de eso se había convertido en un diario de su vida privada, y cuándo ella cambió a un ordenador portátil el hábito se había traspasado a la página electrónica.

En el diario había registrado su fuga de Obito Uchiha. También, era el único alivio que tenía del pesar que guardaba encerrado dentro, sólo allí se lamentaba por Toneri y Neji. También había dejado por escrito su profunda fascinación, y sus sentimientos encontrados de incredulidad y temor, por lo que había descubierto en los viejos escritos por lo cuales Obito había matado. Habría querido desecharlos, pero no fue capaz de hacerlo. Había demasiados detalles relacionados uno con el otro, demasiadas coincidencias para ser simplemente coincidencias.

Ciertamente Obito no desechaba los secretos contenidos en los documentos. Y al final, ella también había creído.

Cuidadosamente cerró el archivo y apagó el ordenador portátil, poniéndolo en lugar seguro. No sabía si alguno de los artículos que había recogido haría el viaje con ella, o si tendría que llegar allí —al tiempo de él— sin nada, ni siquiera una puntada de ropa. No había estado hablando en broma sobre aparecer completamente desnuda.

No sabía nada a ciencia cierta, ni siquiera si el maldito procedimiento completo funcionaría.

Si no funcionaba, Samui sería el único testigo de su colosal tontería. Y si no surtía efecto, encontraría cualquier otra manera para detener a Obito y a la Fundación. Pero si lo hacía...

Inspiró profundamente. Lo tenía todo preparado. Había comprobado y vuelto a comprobar las cifras, y luego las había comprobado una vez más. Había encontrado los minerales adecuados en los alrededores, las rocas con mejor conductividad. Había bebido la cantidad correcta de agua, calculada según su peso para viajar el tiempo que quería, tanta que se sentía hinchada. Había comido lo correcto, alterando sutilmente la química de su cuerpo. Se había preparado mentalmente, planeando lo que haría, la secuencia de lo que debería hacer.

Hasta el clima estaba cooperando, acercando más y más la tormenta de la costa, hasta que el aire estuvo encrespado y crepitando electrizado. La tormenta no hacía falta, pero su presencia parecía una bendición.

Era el momento. Hinata recogió la bolsa grande de tela áspera que había cosido, y la estrechó contra su pecho. Samui y ella también habían cosido a mano la ropa pesada, anticuada que llevaba, aunque ninguna de ellas era particularmente hábil con la costura. Pero al menos la moda de principios del siglo catorce era sencilla.

Llevaba un vestido de algodón liso, de manga larga y cuello alto, en absoluto ajustado al cuerpo. Encima llevaba otro vestido, uno sin mangas, de buena lana suave. El vestido de debajo se denominaba kirtle, y el que llevaba encima era una sobreveste. En la bolsa había una sobreveste de pesado terciopelo, por si lo necesitaba para aparentar una cierta posición social. Un pedazo de lana que estaba doblado en el bolso, podía ser utilizado como un chal si lo necesitaba.

Había tomado la precaución de comprar un par de mocasines hechos a mano durante el corto tiempo que estuvo en Tennessee, y el cuero suave se ajustaba a sus pies. Llevaba medias blancas largas, sujetas con cintas pasada de moda que ató por encima de sus rodillas. No llevaba sostén o bragas, pues no existía nada parecido a la ropa interior en aquellos tiempos. No había elásticos o etiquetas que hicieran que el vestido le pareciera sospechoso a alguien. Su pelo largo fue asegurado en una trenza gruesa, en el estilo que había llevado hacía bastante tiempo. Se cubrió la cabeza con una pañoleta de algodón grueso, atando los extremos detrás del cuello.

Lo único que llevaba a modo de dinero eran unas cuantas joyas, los pendientes y la alianza matrimonial que llevaba puestos cuando todo ocurrió. No había nada en su apariencia, esperaba, que estuviera claramente fuera de lugar. Lo que llevaba en la bolsa de tela de arpillera sería suficiente para quemarla por brujería si fuese atrapada.

La tormenta se acercaba, los truenos tenían un eco similar a un gong de latón. Ahora o nunca, pensó. Tenía que darse prisa para que Samui pudiera recoger el ordenador portátil. La lluvia no le haría nada bueno. Cuidadosamente colocó el pie en el interruptor de presión que había preparado, soportando su pequeño peso simplemente para encenderlo. Ella podía sentir los electrodos que había puesto en sus tobillos, y se preguntó cómo lo habían hecho antes de que los electrodos y las baterías existieran.

Cerrando los ojos, empezó a respirar profunda, lentamente, y concentró su mente en Naruto el Negro. Había hecho todo lo correcto para viajar seiscientos setenta y cinco años exactamente, pero se sentía como si necesitase un objetivo. Él era el único objetivo que ella tenía, ese hombre que había vivido casi setecientos años antes. No tenía ningún retrato suyo, ni siquiera un dibujo tosco como había sido habitual entonces, para llevarlo a su mente. Todo lo que ella podría hacer era concentrarse en él, en el hombre, en su esencia. Ella lo conocía. Oh, ella lo conocía.

Él la había hechizado durante meses, poseyendo su mente en la vigilia mientras ella traducía los antiguos documentos, invadiendo sus sueños con imágenes tan vívidas que algunas veces ella se despertaba hablando con él en sus sueños, y siempre se sentía como si simplemente él hubiera estado allí. Él le había hecho el amor en sus sueños, atormentándola con su sensualidad subconsciente.

Naruto el Negro de algún modo había sido su salvador, dándole una esperanza.

La fuerza de su personalidad, mayor que la vida de un hombre, la había alcanzado a través de un intervalo de siete siglos.

Él la atrajo, de cierta forma, impidiendo que se hundiera en el pozo de la desesperación. Hubo algunos momentos, durante estos meses pasados, que él había sido más real que el mundo que la rodeaba.

Comenzó a llenar su mente con su imagen, a formarla contra la oscuridad de sus párpados cerrados: un hombre tan vívido como el relámpago, tan poderoso como el trueno. Débilmente fue consciente de que era peligroso centrarse en su imagen imaginaria de él, en lugar de en los hechos, pero no pudo poner su mente en blanco. Ella podía sentirlo, cada vez más cerca. Él estaba allí, él estaba allí...

Respiró profunda y lentamente. Inspirar aire por las fosas nasales. Espiarlo.

Completando el círculo, una y otra vez. Inspirar. Espirar...

Ella vio sus ojos celestes, y penetrantes, ardiendo a través de la niebla del tiempo hasta que fue como si él la estuviera mirando directamente a los ojos encolerizado. Ella vio la hoja alta, delgada de su nariz, la melena gruesa de su pelo rubio que se mecía contra sus hombros musculosos, las trenzas pequeñas que colgaban a cada lado de su cara según la antigua moda gaélica.

Ella le vio abrir la boca para gritar una orden. Percibió débilmente alrededor de él el estrépito y el horror de una batalla, pero él era la única figura clara. Vio el débil brillo del sol contra la hoja de su espada cuando él movió el arma sólida con un brazo enérgico.

El otro brazo esgrimía un hacha temible, en lugar de llevar un escudo, y ambas armas estaba manchadas de sangre mientras él cortaba y esquivaba, derribando a un enemigo tras otro.

Dentro. Fuera. El aire daba vueltas alrededor de ella, una y otra vez, volviéndose más pequeño y más sofocante, mientras su mente se agarraba con más firmeza al hombre que era su objetivo. La espiral empezó a ceñirse más alrededor de ella, creando una sensación de succión, y ella supo que estaba casi lista para irse.

¡Naruto! ¡Naruto el Negro! Mentalmente ella le llamó, gritando su nombre, su anhelo tan agudo e intenso que le dolía cada célula de su cuerpo. Hubo una sensación de ser condensada, comprimida, concentrada. En su mente ella le vio girar la cabeza con sorpresa, como si él hubiera oído el eco distante de su lamento, y luego su imagen, también empezó a condensarse, avanzando lentamente hacia ella, tirando de ella, atrayéndola hacia un pozo de oscuridad.

Ella se aferró al faro que era su esencia, como un piloto que conduce un avión hacia un radio–faro. Con el último resto de conciencia ella permitió que su pie se relajase sobre el interruptor de presión, y el mundo estalló en una llamarada abrumadora de calor y luz.

Continuará...