Capítulo 31
Familia perfecta.
—¡Deja de patearme de una jodida vez! —exclamó devolviéndole el gesto intencionadamente, y el gruñido de Santana se escuchó en todo el apartamento. —Si vuelves a darme, te la devuelvo más fuerte—le amenazó dándole la espalda, en un último intento por aguantar un poco más en la cama. Pero su amiga no estaba por la labor.
Ni cinco minutos tardó en volver a patearla tras girarse bruscamente, y aferrarse a la almohada, tratando de evitar que la luz que se colaba por los ventanales, destruyera su impasible sueño.
Quinn no lo soportó más.
Se reincorporó en la cama para lanzarle una mirada que lograse fulminarla, pero encontrarse a Santana con la cabeza prácticamente hundida bajo la almohada, le hizo darse por vencida.
El reloj en su mesilla marcaba las 08:15 de la mañana de aquel domingo, vísperas de Navidad, mientras la nieve se agolpaba en las esquinas de las ventanas y la claridad inundaba todo el apartamento. Ni cinco horas había logrado dormir, y no solo porque Santana se dedicará a patearla inconscientemente mientras dormía a su lado, sino porque los planes de visitar tiendas que habían preparado la tarde anterior, terminaron convirtiéndose en una entretenida cena con varias de sus compañeras de universidad, y por supuesto una salida a varios de los pubs más concurridos de la ciudad.
A eso de las 03: 00 de la madrugada regresaron al apartamento con varias copas de más, un incesante dolor de pies, y muertas de risa. Una risa que, a esa hora de la mañana, seguía retumbando en la cabeza de Quinn, provocándole un molesto dolor y el cambio brusco en su humor.
No lo pudo evitar.
Esa vez no le devolvió la patada, Quinn optó por abandonar la cama cansada de soportarla, y le estampó su propia almohada con toda la fuerza que en aquel instante fue capaz de sacar. Nada. Prácticamente ninguna, pero el rebufo de su amiga tras el golpetazo, le sirvió para creerse vencedora de una batalla que evidente había perdido.
Aunque allí no acababa su venganza.
30 minutos estuvo Quinn bajo la ducha disfrutando del calor del agua, y procurando que su voz sonara alta y clara mientras tarareaba una canción. No le importó acentuar su dolor de cabeza, si con ello lograba molestar más aún a su compañera de cama.
Después de ello, y tras vestirse y ordenar su pelo, no dudó en hacer todo el ruido posible en la cocina, mientras se disponía a preparar el desayuno. Nunca antes se le habían caído con tanta insistencia los cubiertos sobre la encimera, ni había colocado los platos con tanta vehemencia, y mucho menos abrir y cerrar cada puerta de los armarios sin motivo alguno. Pero nada dio resultado. Ni siquiera el borboteo del café en la cafetera, ni el silbido de la misma tras llegar al punto de ebullición, o el olor que inundaba todo el apartamento, lograron hacerla salir de la cama. Quinn lanzaba la mirada hacia el altillo, y descubría los pies de Santana enredados entre las sabanas, inmóviles, completamente impasible, y terminaba dándose por vencida.
El plan de aquella mañana pasaba por ir directamente a la estación de tren a las 12:00 del mediodía, y despedirse de ella. Dejar que siguiera durmiendo mientras ella recomponía su estado con un café caliente y varias tostadas, era lo único que podía hacer. Siempre con la compañía de su fiel compañera. Superman no era como Santana.
Quinn no dudó en trasladarse al sofá, y desayunar allí mismo mientras observaba y jugaba con Superman. Fue ella, la pequeña ardilla, la que la ayudó a recuperar la calma, y comprensiblemente, le trajo al presente lo que había vivido el día anterior. Le recordó a Emily, y su cara cuando le tuvo que mentir al decirle que su amiga estaba visitando a su mamá, el gesto confuso de Rachel al encontrarse con Santana, y el temor de sus lágrimas en el parque. Le hizo recordar que ella si tenía un plan para aquel día además de despedirse de Santana, y que había algo que aún no había visto, y no sabía dónde había dejado.
El dibujo. La hoja que Rachel había usado como excusa para presentarse en su casa, porque estaba convencida de que había sido eso, una excusa. No tenía ni idea de donde lo había dejado, y la necesidad por averiguar lo que había dibujado la pequeña, hizo que rompiese su momento de tranquilidad.
Tardó varios minutos en encontrarlo. Lo buscó en el bolsillo de su abrigo, en el bolso, en la estantería e incluso dentro del libreto que había usado como excusa para escapar de Santana, y lo halló en el lugar menos pensado; sobre una pequeña caja que apilaba bajo las escaleras. Ni siquiera recordaba cuando lo había colocado allí, pero la tranquilidad al encontrarlo le fue suficiente para no pensarlo.
Sonrió al descubrir lo que había en el interior de la hoja, mientras volvía a dejarse caer en el sofá. Sin duda, era una obra de Emily Charlotte Berry.
La pequeña ya tenía unas características perfectamente reconocibles en sus dibujos. Todos los hacia con trazos, muchos trazos que se cruzaban entre sí formando miles de formas que a su vez daban sentido a una sola. Al más puro estilo Quibey, o el mismísimo Picasso, pero hecho por una niña de dos años y medio. El dibujo no era más que una enorme mancha hecha con trazos de color marrón, sin forma alguna. Aunque varios picos de líneas formando unas supuestas orejitas y una cola que ocupaba prácticamente toda la hoja, le dieron las pistas que necesitaba para saber de qué se trataba.
Dos puntos negros en mitad del mismo hacían de ojos. Al menos eso fue lo que intuyó mientras esbozaba una enorme sonrisa. La había dibujado a ella. A Superman, y a Quinn le fascinó la idea, y sobre todo el hecho de que lo hubiera hecho para regalárselo.
Estuvo a punto de tomar su teléfono para hacerle una fotografía y darle las gracias por anticipado a Rachel, y por supuesto informarle que era muy probable que aquella obra de arte terminase vistiendo las paredes de su apartamento. Pero quiso ser prudente y esperar al menos un par de horas. Era demasiado temprano, al menos para la pequeña. No así para Santana, a quien volvió a molestar intencionadamente.
—¡Se te va a enfriar el café! —soltó dejando el dibujo sobre la mesa, y adueñándose de su taza mientras escuchaba una nueva queja de su amiga. —¡Y te vas a quedar sin tostadas! —añadió divertida, dispuesta a seguir con aquella guerra durante varios minutos más.
Pero no pudo.
El dibujo sobre la mesa seguía llamando su atención, y la impasibilidad de Santana la llevó a hacerle un escrutinio más exhaustivo al mismo. Había algo que no cuadraba con los trazos imposibles que Emily había dibujado, y estaba justo en el interior del mismo.
Quinn no dudó en tomarlo de nuevo entre sus manos, y observarlo con mayor detenimiento, hasta descubrir que, entre tantas líneas, había escritas algunas palabras del mismo color. Algo lógicamente extraño, puesto que a Emily lo de escribir, aun le quedaba demasiado lejos.
—¿De he?—susurró leyendo las dos palabras que había percibido en ese primer escrutinio.—De he—añadió confirmando que realmente ponía eso, y rápidamente lanzó un barrido con la mirada por todo el dibujo— Me… ¿Qué diablos es esto?—murmuró volteando la hoja para asegurarse que no había nada escrito tras la misma.—Enamorado—balbuceó tras regresar la mirada al dibujo y descubrir otra de las palabras que había escrita en el entramado de líneas.—De he me enamorado…— Se cuestionó a si misma tras descifrar la segunda de aquellas palabras que aparecía en el lado opuesto a la primera—¿Qué es esto?—repitió como si fuese a recibir una respuesta. Solo Superman atinó a provocar un leve ruido que le hizo lanzar la mirada sobre ella, para descubrir que había dejado caer la pequeña ramita de muérdago que había acertado a colocarle en la jaula, e instintivamente regresó la mirada al dibujo como si de una señal se tratase —No—susurró cuando sus ojos dieron con la clave. Un me aparecía perfectamente trazado en otro de los huecos—¡Oh dios! —exclamó—De he enamorado ti me… ¿Me he enamorado de ti? —esgrimió completamente confusa por la situación, de hecho, creyó perder parte de la visión al lograr enlazar aquella frase con las palabras que habían ido apareciendo. Y no sabía si era algo real, o estaba sufriendo algún extraño suceso de alucinación. —Me he enamorado de ti—repitió y comenzó a negar rápidamente, como si aquello lograse darle una respuesta coherente a lo que empezaba a rondar en su mente.
No. No la iba a recibir, no iba a tener una respuesta de ella misma, aparte de Superman, solo había una persona que podía sacarla de dudas en aquel instante.
Santana.
A punto estuvo de tirar la taza de café cuando abandonó el sofá, y se llevó por delante la mesita al tropezar con ella. No le importó, a pesar del punzante dolor que le provocó en el pie derecho, Quinn ascendió hasta su cama con el dibujo entre sus manos, y el corazón latiendo a mil por hora.
—¡Santana! ¡Despierta! —le gritó lanzándose hacia ella, —¡Santana! ¡Vamos!
—Joder—se quejó tapándose la cabeza con la almohada—Déjame en paz.
—Santana, tienes que mirar esto, vamos… ¡Santana! —volvía a gritarle, esa vez tirando del edredón.
—No quiero sexo, así que déjame en paz.
—¿Qué dices? —se mostró confusa—Vamos, ¡despierta, joder! Necesito que mires esto—volvía a tirar del hombro su amiga sin soltar el dibujo. —¡Vamos!
—¡Joder! —esgrimió malhumorada girándose al fin hacia ella—¿Qué diablos te pasa?
—Mira—le dijo ignorando su reacción— Necesito que mires esto. —Añadió mostrándole el dibujo. Santana, con los ojos entre cerrados, lo miró por algunos segundos y volvió a dejarse caer sobre la almohada—¿Lo estás mirando?
—¿Qué diablos quieres que mire? Es un jodido garabato.
—No, quiero que mires esto—explicó señalándole la primera de las palabras—dime que ves aquí, dime que no estoy loca.
—Solo veo rayas. ¿Qué mierda es eso? — se quejó bufando—¿Qué diablos te pasa?
—Mira, mira bien aquí—le mostró el hueco donde aparecía la primera palabra.
—¿Qué es eso? —cuestionó forzando la vista sobre el papel.
—¿No lees nada?
—¿Enamorado?
—Sí, eso es… Y mira aquí—le dijo señalando otra de las palabras—¿Qué pone aquí?
—¿De ti?
—Exacto.
—Quinn ¿qué es eso? ¿Por qué hay palabras ahí? ¿Algún crucigrama?
—Me he enamorado de ti—susurró—pone me he enamorado de ti.
—¿Qué? —Santana no tardó en reaccionar y sacarla del pequeño embelesamiento en el que se hallaba—¿Estás loca? —se apartó rápidamente de Quinn, que incrédula miraba la reacción de su amiga—¿Te has enamorado de mí?
—¿Qué? ¡no! ¿Como me voy a enamorar de ti?
—¿Y por qué me muestras eso? —volvía a cuestionar aturdida.
—Es el dibujo que me trajo Rachel ayer cuando vino con…—se detuvo. Acababa de ser consciente de lo que estaba contándole a Santana y de como ésta, con los ojos abiertos al máximo, empezaba a comprender la situación—¡oh dios! —se levantó de la cama—olvídalo, ¿Ok? Sigue durmiendo, aún es temprano.
—Hey, hey—la detuvo tomándola del brazo, pero Quinn logró escaparse de su intento por evitar que saliese huyendo—¿Me estás diciendo que Berry hizo ese horror de dibujo y te dejó ese mensaje en el interior? —cuestionó deslizándose por la cama hasta la barandilla, desde donde podía observarla descender las escaleras—¿Berry está enamorada de ti?
—¡No! ¿Qué dices? Sigue durmiendo, Santana.
—Oh dios, oh dios—masculló sonriendo, y no dudó en seguir sus pasos, y descender hasta la planta principal del apartamento—¿Está enamorada de ti?
—¿Tú no estabas dormida? —se quejó Quinn regresando al sofá, tratando de ganar tiempo para lograr hallar una excusa que no la delatara.
—¿Está enamorada de ti? —repitió sin perderla de vista.
—Basta, Santana—se mostró seria—Este dibujo lo ha hecho su hija… La hija de Kate, la niña que venía ayer con ella—masculló completamente desbordada—Habrá usado un papel que ya estaba escrito, y han salido esas…
—Es un dibujo de su hija—la interrumpió bloqueándola por completo. —No me mires así.
—¿Qué has dicho? —balbuceó temiéndose lo peor. Santana no dudó en tomar asiento a su lado, mostrándose seria.
—Es estúpido que sigas ocultándomelo, ya lo sé.
—¿Qué dices? Yo no te estoy ocultando nada.
—No me hagas perder la paciencia. Puedo permitir que me hayas mentido porque no tenías ni idea de lo que debías hacer, pero supongo que ayer ya tuviste tiempo suficiente para que Berry te diese indicaciones… Y no es necesario que sigas mintiéndome. Eres pésima, haciéndolo.
—No, no entiendo.
—Quinn, sé que esa niña es su hija, pero tranquila, no voy a decir nada, no me interesa en absoluto. Me interesa más ese mensaje que te ha dejado en el dibujo.
—¿Cómo sabes eso? —balbuceó sintiendo como le bajaba la presión. —¿Por qué dices que Emily es…?
—Que pesada eres, te he dicho que no es necesario hablar de eso solo de…
—¡Santana! —interrumpía alterada—Esto, esto no es una broma, ¿Ok? ¿Cómo diablos sabes que es su hija?
—Si tu no me lo has dicho ¿Por qué tendría que decírtelo yo?
—No es lo mismo, yo no puedo decir nada porque se lo prometí… Y se supone que nadie sabe eso.
—Pues ya ves que no—le respondió acomodándose en el sofá—Yo también lo sabía.
—Oh dios, oh dios… Santana, por favor te pido que no vayas a hacer ni decir nada de esto. Tú no tienes que saber esto, no… No puedes saberlo.
—No me culpes a mí, es culpa de ella.
—¿Qué?
—Quinn, Rachel ha sido, es y siempre será una idiota. Lo lleva en esos genes que tiene, y parece que, con la edad, pone más empeño en superarse.
—No entiendo nada…
—Me lo dijo mi madre hace un par de años. Fui a visitarla y me dijo que se había encontrado con una amiga mía en el supermercado—matizó—Una amiga mía que estaba embarazada. La muy estúpida se fue a Lima a esconderse de los medios, o eso quiero creer. ¿A quién se le ocurre?
—Oh dios…
—Yo no la creí, por supuesto. Estaba más convencida de que había engordado, antes que haberse quedado embarazada. Pero se ve que no estaba en lo cierto. Cuando la vi aparecer ayer, y vi la cara de esa niña, supe que mi madre no se había equivocado. —Soltó desperezándose a su lado y dejando escapar un par de bostezos.
—No me lo puedo creer—volvía a lamentarse llevándose las manos a la cara—Ella no quiere que nadie lo sepa Santana, su carrera corre peligro.
—¿Qué? ¿Qué dices? ¿Por qué iba a correr peligro su carrera? ¿No se supone que ahora es tu jefa? ¿O eso es mentira también?
—Rachel está intentando regresar a la industria, y ha decidido empezar de productora, como ya te dije—respondía preocupada—Pero su intención es volver a actuar, y si se enteran de que es madre, nadie va a querer contratarla.
—¿Qué mierda de excusa es esa?
—No es una excusa. El teatro no es lo mismo que el cine y la televisión, Santana. Cuando te contratan te exigen mucho tiempo, necesitas que estés disponible para esa obra todas las horas posibles, y si tienes una hija de dos años, es evidente que vas a tener más inconvenientes.
—Repito, ¿qué mierda de excusa es esa? Quinn, las mujeres somos madres cuando nos da la gana, y nada ni nadie nos va a detener en lograr lo que queremos, por muchos hijos que tengamos. ¿Quién le ha metido eso en la cabeza? Porque es un machista de mierda, y sí… Hablo en masculino, porque seguro que es un tipo. ¿Me equivoco?
—No, no te equivocas—balbuceó sabiendo que tenía toda la razón—Pero eso no es lo que importa ahora, lo importante es que esto que sabes no lo sepa nadie más. ¿Se lo has dicho a alguien?
—¿Yo? Yo no hablo de Rachel con nadie, porque honestamente, me importa una mierda lo que haga con su vida.
—¿Segura?
—¿Qué te pasa? ¿Desconfías de mí?
—Santana, ambas sabemos que tú los secretos…
—Shhh—la interrumpió ofendida—Mira, no voy a permitir que hables así de mí. Aprendí una gran lección cuando tuve que contarle al mundo entero que me gustaban las chicas; nunca hagas o digas algo que no quieres que hagan o digan de ti. Y te vuelvo a repetir, a mi Rachel dejó de importarme el día que decidió alejarse de nosotras.
—Lo hizo por ese mismo motivo, no puedes ser tan dura con ella.
—¿Dura? No estoy siendo dura, solo la ignoro, no me interesa alguien que no muestra interés por los demás.
—Ella se alejó porque no quiere que todos tengamos que mentir por ella, nos está protegiendo de su mundo.
—No seas hipócrita, Quinn, ella no se alejó de nosotros cuando se quedó embarazada, ella se alejó el primer día que salió del McKinley—respondía con rotundidad—¿Cuántas veces fue a ver a los chicos? ¿Una, dos? ¿Cuántas, Quinn? No le importaba nada ni nadie, solo su carrera, Kurt, y ese novio que tuvo, Weston, los demás le importábamos una mierda. —Soltó y Quinn volvía a llevarse las manos a su rostro, sabiendo que, en cierto modo, tenía razón.
La actitud de Rachel cambió desde el día en que llegó a Nueva York, aunque con ella se había mostrado más cercana que con el resto de chicos, si era cierto que fue distanciándose poco a poco de quienes habían sido sus amigos, hasta que decidió romper por completo.
—Santana, Rachel ha cometido muchos errores en su vida, pero ese no es uno que debamos echarle en cara—trató de excusarla. —Todos nos hemos ido alejando, es normal. Y sé que a ella le costaba mucho más mantener la conexión porque no quería, no se sentía cómoda sabiendo que Finn estaba cerca.
—Otra mierda de excusa—le recriminó—Yo había roto con Brittany y nunca dejé de visitarlos, incluso celebramos alguna navidad juntos ¿No lo recuerdas?
—No puedes compararlo, ellos no terminaron bien, y tú y Britt…
—¿Y yo y Britt qué? —la interrumpía—Dejarla en aquel instante fue una de las mayores estupideces que he cometido en mi vida, y tuve que hacerme cargo. La veía con Sam, con todos esos chicos que la pretendían y en ningún momento dejé de ser vuestra amiga porque estuvieseis con ella. Que digo, ¿cuántas veces nos hemos peleado tú y yo por algún chico o cualquier otra estupidez de esa? Miles, Quinn, y nunca nos dejamos de lado. Ella simplemente ha usado esa excusa para romper con todos nosotros.
—Basta, basta Santana—la detuvo— Ella tiene sus motivos y sí, quizás no lo hiciese bien, pero es una persona, con sus virtudes y sus defectos. No voy a ser yo quien la juzgue.
—Lo sé, por eso a pesar de todo, he sido honesta con ella y no he dicho nada de lo que ya sabía sobre su hija.
—Te pido que no digas nada, por favor.
—No me interesa meterme en esos asuntos—replicó—Si ella prefiere mantener a su propia hija como si fuese un secreto, como un problema, ella sabrá lo que hace.
—Santana, no tienes ni idea de lo que Rachel ha pasado, y está pasando.
—¿Lo que ha pasado? ¿Quinn de verdad me dices eso cuando tú misma tuviste que entregar a tu hija en adopción cuando tan solo tenías 16 años?
—Emily tiene un problema—soltó—O tal vez no sea un problema, pero para Rachel si lo es.
—Sí, tiene un problema, la madre que tiene es su problema.
—Deja de joder, es serio.
—¿Qué problema tiene esa niña aparte de ser una Berry? —le cuestionó y Quinn, a pesar de las dudas y la sensación de saber que estaba destruyendo su promesa, no pudo evitar confesárselo.
—No puede hablar.
—¿Qué? ¿Cómo que no puede hablar?
—No, no tiene capacidad para hablar, Santana. Emily nació con una lesión en su cerebro, no sé cómo se llama, la verdad, pero por culpa de ello no puede hablar.
—¿En serio? ¿Es muda?
—No sé si ese es el termino adecuado para su problema. Sus cuerdas vocales funcionan perfectamente, pero en su cerebro no funciona el centro del lenguaje. No, no es capaz de pronunciar palabra alguna.
—Ok. Eso no me lo esperaba.
—¿Entiendes ahora por qué te digo que Rachel está viviendo una tortura?
—¿Una tortura?
—Sabes lo importante que es para Rachel la voz, ¿te haces una idea de lo que debió suponer para ella que su hija naciera sin ella?
—¿Está sana?
—¿Cómo?
—¿Esa niña está sana? Quiero decir, ¿tiene algún otro problema que dificulte su vida?
—No. Claro que está sana. Es una niña muy despierta, y muy inteligente, y además es super creativa. Realmente es como Rachel.
—Entonces no debería estar sufriendo una tortura—le respondió—No debería darte pena Rachel, la pena la da ella por pasarlo mal con algo que no le hace daño a su hija.
—No, espera… No vayas a darme un sermón, porque yo estoy de ese lado. Para mí no sería un problema, pero Rachel no es como tú o como yo. Ella, ella piensa de manera diferente, y bueno, cada uno aprende a llevar su…
—No me vas a hacer cambiar de opinión—la interrumpió—Si ella ve en su hija un problema para su carrera, es cosa suya, a mí no me interesa en nada. Y por supuesto, no me voy a compadecer, porque no creo que sea un motivo para ello.
—Ella solo quiere protegerla, no es un problema para su… —No pudo continuar. Le bastó recibir una mirada de su amiga para comprender que, a pesar de todo, seguía teniendo razón, y que no había motivos suficientes para excusar a Rachel.
Si, era evidente que quería proteger a su hija, pero todo aquello lo hacía para salvar su carrera, y era jodidamente egoísta por su parte. No solo se estaba perdiendo parte de la infancia de su hija, sino que estaba privando a Emily de pasar esos momentos con su propia madre. De descubrir los patos salvajes, de dibujar una estrella en un mural o simplemente correr detrás de cuatro palomas, con ella de su mano.
—¿Qué, Quinn? —le dijo ella rompiendo el breve silencio, sabiendo que había ganado esa batalla. Otra vez.
—No digas nada de esto a nadie—murmuró vencida—Solo te pido eso, por favor.
—Ya te he dicho que no me interesa meterme en su vida, no quiero saber nada de ella—le dijo tratando de suavizar el tono de su voz—Lo que si me interesa es eso que te ha escrito en el dibujo.
El dibujo. Quinn volvía a lanzar una mirada sobre el garabato y sentía como algo en su interior se removía.
—No tengo ni idea de que quiere decir eso, supongo que forma parte del dibujo.
—Quinn, si hay algo por lo que me caracterizo, y ya te lo he dicho antes, es por saber las cosas incluso sin querer, y que Berry tiene tendencias lésbicas es algo que todas sabemos.
—¿Qué? ¿Qué dices?
—¿Ya se te ha olvidado como la llamábamos en el instituto? —volvió a mostrarse más animada—¿Crees que la llamaba Gay Berry porque sí?
—Estás bromeando, ¿verdad?
—¿Tú que crees?
—La llamábamos así porque éramos unas idiotas que íbamos molestando a todo el mundo.
—Eso lo harías tú, pero yo nunca digo nada sin sentido. Por algo estudié psicología.
—¿Estás hablando en serio?
—Insisto, ¿tú que crees? —repitió, pero esa vez lo hizo señalando hacia el dibujo—El tiempo me ha dado la razón.
—Hey, no. No saques conclusiones erróneas. Ahí no pone nada para mí, solo es una estúpida frase sin sentido—trató de excusarse.
—¿Frase sin sentido? ¿Me he enamorado de ti es una frase sin sentido? —cuestionó con sarcasmo.
—Digo que eso no tiene porqué ser para mí.
—¿Para quién si no?
—Basta Santana, es una estupidez—se quejó abandonando el sofá para volver a la cocina, donde pretendía servirle una taza de café—El café aún está caliente, ¿quieres?
—No, no me apetece ahora mismo. Prefiero seguir hablando contigo.
—Pues yo pienso que, si no quieres desayunar, deberías meterte en la ducha y prepararte. Te recuerdo que tu tren sale en menos de dos horas.
—Tengo tiempo suficiente—sonreía divertida—¿Qué sucede, Quinn? ¿Por qué te has puesto tan nerviosa?
—Yo no estoy nerviosa. Estoy cansada, apenas he dormido porque no has dejado de darme patadas, y ahora pretendes hacerme un tercer grado acerca de la vida de Rachel. La verdad, tengo otras cosas en las que pensar ahora mismo.
—¿Tienes miedo de que te recuerde que tú también tienes tendencias lésbicas? —soltó ignorando el pequeño sermón, y la rubia no pudo evitar lanzar su mirada hacia ella.
—¿De qué hablas?
No recibió respuesta alguna. Santana le sonrió, se adueñó de su propia taza de café para darle un sorbo, y abandonó el sofá dispuesta a colarse en el baño, mientras Quinn la miraba incrédula.
Tardó algunos segundos en reaccionar, los suficientes para que la curiosidad la hiciera seguir sus pasos hasta el baño, y volver a cuestionarla.
—Oh, mierda—se quejó al encontrársela desnudándose—¿Puedes taparte? —le pidió girándose, pero Santana se limitó a sonreír mientras seguía deshaciéndose del pijama.
—Primer punto, ¿por qué evitas mirarme cuando estoy desnuda?
—¿Qué? —cuestionó Quinn regresando la mirada a ella.
—Es un acto reflejo típico en quienes no asumen una cualidad o característica de su personalidad. Estamos hablando de homosexualidad, y lo primero que has hecho al verme desnuda, es desviar la mirada para tratar de demostrarme justamente todo lo contrario, que el cuerpo de una mujer no te atrae.
—Te he visto miles de veces desnuda—replicó como pudo.
—Así es, pero en ninguna de esas veces había cuestionado tu orientación sexual.
—Es una estupidez—balbuceó tratando de mostrarse firme—Es solo que no te esperaba desnuda, nada más. Ahora te estoy mirando.
—Así es, pero ahora mírame a los ojos, aquí arriba—señaló hacia su cara—no aquí abajo.
—Deja de decir tonterías—interrumpió molesta—¿Por qué dices eso de mí? ¿Te has propuesto joderme el día?
—¿Joderte el día? No sabía que la homosexualidad fuese algo así para ti—le replicó colándose en la ducha.
—No paras de molestarme. No has parado de hacerlo desde que estás aquí, y ahora me sales con eso. ¿Desde cuándo tengo tendencias homosexuales? —le cuestionó con sarcasmo.
—No es mi deber decirte eso, Quinn. Eres tú la que tienes que averiguarlo de una vez. Y mira por donde, tal vez Berry sea esa persona que te haga salir del armario de una vez.
—Eres una estúpida…
—Quinn—la buscó con la mirada—Admítelo, toda tu vida amorosa ha sido un tropiezo tras otro. Has ido estampándote una y otra vez con cada chico que has estado, y eso no me lo puedes negar.
—¿Y por eso piensas que tengo que estar con una chica?
—Pues podías probar y averiguarlo—respondía ya bajo el agua—Piensa en tus novios; primero Hudson, que fue un completo desastre con el que solo estabas por ser popular. Mientras estabas con él, te lo montabas con Puck, porque era el chico rebelde. Más tarde llegó Sam, y ni siquiera te acostaste con él a pesar de ser el único que se salva de tu lista—apuntilló—Apareció Joe, el chico ese de las rastas al que llamabas Jesús adolescente. ¡Jesús adolescente! —remarcó con burla—¿Lo besaste alguna vez? Porque yo creo que ni eso, ni siquiera un beso le diste. Y después te vas a Connecticut, y te enganchas con un profesor mayor que tú. Aun sigo sin comprender como pudiste hacer algo así, mientras acudías a todas las conferencias feministas y venias con el discurso de que no necesitabas a los hombres para nada. También estaba ese tal Matthew ¿Cuánto duró? ¿Dos o tres meses? —cuestionó—Y te vas a Londres y aparece Charles, el chico más soso que he conocido en toda mi vida, y que te deja ocho meses antes de volverte a Nueva York. Ocho meses, Quinn. —Repitió de nuevo enfatizando sus palabras—¿Cómo no quieres que piense que deberías probar a estar con una chica? Pero si debería ser por prescripción médica para ti. —Soltó mientras Quinn trataba de asimilar el sermón que le acababa de regalar.
No había dicho nada sin sentido, todo lo contrario, acababa de destrozar las pocas excusas a las que seguía aferrándose su subconsciente.
—Quinn—volvió a hablar tras un breve silencio—Te confieso que pensar en que puedas llegar a tener algo íntimo con Berry, hace que me entren nauseas, pero igual es la solución a tus problemas con el amor. Deberías pensarlo así, ¡y ojo! No solo lo digo yo, lo dicen muchas más.
—¿Qué? —reaccionó al fin— ¿Quién más lo dice?
—¿Cuánto tiempo hace que no buscas tu nombre en Google? —bromeó sacando la cabeza tras el cristal de la ducha. —Te animo a que pruebes, te vas a reír un poco…
—Oh dios, ¿tú también has leído el foro ese?
—Mejor pregunta quien no lo ha leído—respondía regresando bajo el agua—¿Te gusta?
—¿El qué?
—¿Qué va a ser? Berry ¿Te gusta Berry o es ella que se está haciendo ilusiones contigo?
Claro que le gustaba, no solo le gustaba, sabía que lo que sentía era mucho más, pero confesarlo rompía todos los esquemas que se había armado consigo misma. Decirlo en voz alta, hacer partícipe a alguien más de lo que le estaba sucediendo, era aceptar una nueva realidad para la que no sabía si estaba preparada. Y por eso mismo no fue capaz de responderle, sino, de huir de ella. De salir del baño sin mencionar palabra alguna y regresar al sofá, donde volvía a observar el dichoso dibujo y el mensaje que había en él, tratando de encontrarle una explicación más sensata y lógica.
Una explicación que no lograba hallar, y que la llevó a tomar una de esas decisiones de las que siempre solía arrepentirse. Dobló el dibujo, tomó su teléfono, se colocó el abrigo, sacó un par de billetes de su cartera, y salió del apartamento sin siquiera decirle nada a Santana, que seguía disfrutando de la ducha.
Esa vez no fue corriendo, como si de una película romántica se tratase, sino en taxi. Quinn detuvo a uno de los coches y le pidió que la llevase justamente al 15 de West Central Park. Louis, el portero, volvía a recibirla con una enorme sonrisa tras bajar del coche, pero esa vez, a diferencia de las otras, la cuestionó antes de permitirle el paso.
—Buenos días, señorita Fabray
—Hola—balbuceó tras oírle mencionar su apellido—Buenos días.
—¿Viene a visitar a la Srta. Berry? —le dijo, y Quinn asintió nerviosa—Lo suponía. Me temo que no va a poder ser.
—¿Cómo?
—Lo siento, pero la señorita Berry salió hace unos instantes.
—Oh, vaya… Ok.
—¿Quiere que le informe de que ha estado aquí?
—No, no se preocupe—le respondió lamentándose por haberse dejado llevar de nuevo por un impulso—Ya, ya le hablo yo. Muchas gracias.
—De acuerdo, no creo que tarde mucho—añadió cuando se giraba con la intención de averiguar si el taxi ya se había marchado, o aún podía detenerlo para regresar a su apartamento—Está paseando por el parque con la pequeña Emily.
—¿Por el parque?
—Si, disfrutando de la nieve, supongo—añadió y Quinn no pudo evitar lanzar una mirada hacia el parque, sabiendo que aquello si era una buena oportunidad para ella. Que Rachel estuviese paseando por el parque con Emily a aquella hora, era algo realmente extraño, pero que se moría de ganas por ver.
—Ok. Muchas, muchas gracias, señor—le dijo al portero, que volvía a regalarle una radiante sonrisa—Que tenga un buen día—se despidió, y fue lo último que dijo antes de emprender, esa vez sí, una carrera hacia el parque.
Lanzó varias miradas hacia su móvil y pensó en llamarla, pero el factor sorpresa era siempre un plus, y evitar que Rachel pudiera darle tiempo a planear una excusa, no entraba dentro de sus planes, si lo que pretendía era averiguar si lo del mensaje en el dibujo era cierto, o una simple casualidad. Tampoco le hizo falta llamarla para averiguar su ubicación dentro del parque. Le bastó colarse por uno de los senderos que ya había utilizado junto a ella en otras ocasiones, para llegar justamente a la misma placita donde tuvieron su encuentro el día anterior. Prácticamente se repetía el mismo escenario, excepto porque la nieve se acumulaba en más cantidad sobre los bancos, y Rachel no estaba a solas. Había alguien más además de su hija, y ese detalle la obligó a detenerse y mantenerse lo suficientemente lejos como para evitar pudieran verla.
Brody.
Era Brody quien reía a carcajadas mientras corría tras Emily, y le amenazaba con lanzarle una mini bola de nieve, mientras Rachel, se contagiaba de la sonrisa de su hija, y grababa con el teléfono toda la escena. Hasta que no tuvo más remedio que acudir a la ayuda que profesaba la pequeña, para comenzar con un juego entre los tres, que terminó con Brody hundiéndose en la nieve mientras su hija y Rachel, intentaban por todos los medios aplastarlo.
Quinn no pudo evitar sonreír tras contemplar la escena, pero fue una sonrisa que apenas se mantuvo en su rostro. Solo el tiempo suficiente hasta que fue consciente de lo que realmente estaba presenciando. Eran una familia perfecta. Esa familia a la que siempre hacía referencia su madre. Un padre, una madre y una hija felices por poder compartir juntos un momento como aquel, divirtiéndose en un día de nieve en pleno Central Park.
Una familia a la que ella no pertenecía. Una familia que podía destrozar si seguía pensando que Rachel, aquella chica que en ese instante se abrazaba al cuello de Brody y reía a más no poder, sentía algo por ella.
La presión en el pecho tras ser consciente de lo que había estado a punto de hacer, la obligó a alejarse rápidamente de aquella zona, y regresar hacia su apartamento completamente molesta consigo misma, y lamentándose por no haber sido consciente del gran error que había estado a punto de cometer. Fue entonces cuando tomó la decisión más acertada, o eso creyó.
Quinn tomó su teléfono, tras lanzar una última mirada al parque, y escribió.
"Lo siento, Rach. No podemos vernos hoy, me marcho a Lima con Santana. Cuídate y Feliz Navidad."
