¡Hola gente hermosa! Disculpen la tardanza, pero me costó un montón escribir este capítulo. Además, tuve un mes SUPER desafortunado… ya me quejé en otro fic así que no les daré la lata aquí jajajaja Muchísimas gracias por seguir por estos lugares, acompañándome en esta pandemia. Uff, les aviso que este capítulo quedó mega largo, así que lo lamento si pierden la sensibilidad en su cuerpo después de leer jajaja Pero quería darle enfoque a las emociones de los personajes, así que tal vez me excedí un poquitín jiji Un afectuoso saludo a cada uno de ustedes, gracias por leer y por comentar. ¡Llenan mi corazoncito de felicidad! Los re-adoro, bellos, preciosos, hermosos. Por eso mismo, les traigo un capítulo súper deprimente JAJAJA Prometo que el próximo capítulo será más happy. Ok, ¡bye!
Capítulo 19
Yoh estaba sentado en el borde de la cama. Su postura levemente curvada, con los antebrazos sobre las piernas. Sus ojos estaban fijos en el mismo punto del piso de madera hace ya un rato. Su percepción del tiempo estaba alterada, por lo cual desconocía cuántos minutos llevaba en esa posición.
Sabía que Anna caminaba de un lado a otro frente a él. A veces salía de la habitación, y volvía. La escuchaba hablando, un parloteo constante inusual en ella. Sin embargo, no recordaba ni una palabra de lo que decía. Oía distante el sonido de su voz, que siempre había tenido un efecto relajante en él.
Ocasionalmente veía sus piernas. Llevaba una falda azul marino, y tenía puestas unas pantuflas rosadas. No recordaba el resto de su vestimenta. No recordaba ni siquiera cómo llevaba el cabello. ¿Estaba recogido o suelto? Era un pésimo novio. Había estado todo el día junto a ella y no lograba recordar cómo iba vestida.
La falda azul se detuvo frente a él. Yoh volvió a reconectarse con su entorno cuando sintió las manos de la rubia sobre sus mejillas. Él alzo la mirada, y observó unos preocupados ojos miel fijos en los suyos.
Anna estaba ligeramente inclinada, tomando el rostro de su novio con ambas manos. Oh, blusa blanca y cabello recogido. Él sonrió tristemente. Una muchacha tan atractiva merecía un hombre que le prestara más atención.
—Yoh —le habló con una voz suave, que le dedicaba únicamente a él y a su hijo—. ¿Estás bien?
El castaño amplió sutilmente su sonrisa, y tomó las manos de su novia.
—Sí… disculpa, es sólo que…
—No seas bobo —negó con la cabeza, y se sentó para sentarse sobre el colchón, junto a su novio—, no tienes por qué disculparte. Es que te he estado hablando y…—
—Estoy un poco desconectado. Lo sé, es que… —miró a Anna, que se encontraba a su lado. De pronto de costaba encontrar las palabras para hablar— Es difícil de asimilar.
Anna suspiró. Nunca había pasado por la muerte de un familiar, y aunque un pariente falleciera, no sabía si sentiría lástima. Apenas conocía al resto de los Kyoyama, y hace meses no había tenido noticia de nadie con quien compartiera apellido. Por otro lado, no era la misma situación de Yoh. Sabía que toda su familia había vivido en la misma casa por años, teniendo una relación mucho más cercana.
Apoyó su cabeza sobre el hombro de Yoh, y puso una mano sobre su rodilla, presionándola suavemente. Él cogió su mano en silencio.
—Es extraño —dijo él de pronto, con una amarga sonrisa en el rostro— La abuela siempre me ha intimidado. Es… era tan fuerte —tragó saliva al notar que, en efecto, tendría que acostumbrarse a hablar sobre ella en el pasado—. Me cuesta creer que se haya ido, y es estúpido, porque ya era una anciana, pero…—
—Uno nunca está preparado para perder a un ser querido —sabía que el rechazo de sus padres no se podía comparar a la muerte, pero habían desaparecido para siempre de su vida repentinamente.
Yoh presionó sus labios, sin saber cómo responder. Su abuela tenía una edad muy avanzada, y al igual que su abuelo su salud les había dejado de acompañar hace mucho. Aun así, no creyó que la muerte los visitara sino en mucho tiempo más. La última vez que vio a Kino, la mujer parecía encontrarse bien. Había ido a conocer a su bisnieto, y no dejaba de bromear sobre su peso y lo pronto que la habían convertido en bisabuela. Incluso tuvo la fuerza física suficiente para golpear a Hao con su bastón en varias oportunidades.
El remordimiento no tardó en llegar. Yoh apenas habló con ella. De hecho, recordó que en esa ocasión toda su familia se había quedado un par de días en su casa, pero él se quedó la mayor parte del tiempo en su habitación. Hana había nacido recientemente, y era su prioridad en ese momento. Si tan sólo hubiese sabido que sería la última vez que estaría con su abuela…
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. No había logrado llorar. Quería hacerlo, pero no podía. Las lágrimas permanecían en su lugar, sin intenciones de moverse.
Se formó un nudo en su garganta. Tenía tantas ganas de llorar, pero su cuerpo no quería responder.
Su respiración comenzó a hacerse pesada, y su pecho le dolía. No obstante, se mantenía inmóvil.
Sus ojos volvieron a fijarse en el mismo punto en el piso que había mirado anteriormente. Era más fácil perderse ahí que afrontar la realidad.
Sintió que Anna se movía, alzando levemente su cabeza. Sabía que lo estaba observando, pero no podía devolverle la mirada. En silencio, lo envolvió en sus brazos lentamente, dejándolo descansar sobre su pecho. Él la abrazó de vuelta, rodeando su cintura. Una de las manos de la rubia comenzó a acariciar su cabello, desenredando algunos mechones en el camino.
Lograba escuchar la suave respiración de Anna, que generalmente le traía paz.
Recordó cuando era pequeño, y en más de alguna ocasión Kino, seria como ella sola, permitía que Yoh se escondiera en su pecho, buscando consuelo.
Fue en ese momento, cuando olvidó que era un padre, cuando olvidó que ya había crecido, cuando olvidó que tenía responsabilidades, que las lágrimas comenzaron a brotar.
Hao miraba fijamente al techo de su habitación. Estaba recostado hace quizás cuánto tiempo sobre su cama. Sus piernas cruzadas una sobre la otra, y sus manos entrelazadas detrás de su cabeza.
Estaba furioso, por lo cual intentaba tranquilizarse sin mucho éxito.
¿Cómo era posible que su abuela hubiese muerto? ¿Por qué nadie le avisó lo grave que estaba? Era tan injusto. Era imposible que de la noche a la mañana hubiese estado tan mal que no logró sobreponerse. Si bien no sabía la causa específica de su muerte, no le importaba. Alguien tuvo que notificarle. Alguien tuvo que decirle que nunca más podría estar con ella. Se la habían arrebatado con tanta facilidad…
Era tan injusto.
Empuñó las manos, y se sentó sobre el colchón.
Estaba respirando agitadamente. Cruzó sus piernas, y cerró los ojos. Se esforzó por inhalar aire lo más lento posible que sus sentimientos le permitieran. Si no se calmaba luego, golpearía a alguien. Una vez que no había más espacio en sus pulmones, exhaló lentamente.
Continuó sus respiraciones profundas, logrando por fin encontrar algo de paz. Aun así, el dolor en su pecho no quería desaparecer. Era como si alguien estuviese presionando su corazón con fuerza, un recordatorio constante de que las cosas no estaban bien. Odiaba sentirse de esa forma, herido e impotente.
Pensó en su hermano, siempre optimista, un fiel creyente de que todo tenía solución.
No esto, Yoh. La muerte no tiene solución.
Abrió los ojos al sentir que alguien llamaba a su puerta. Chasqueó con la lengua, lo último que quería hacer era recibir visitas en ese momento. No quería tener compañía cuando se sentía miserable. Miró con enfado en dirección a la puerta, y caminó de mala gana hacia ella.
—¿Qué quieres? —preguntó, cuando vio a Anna frente a él.
—Vendrá un auto a buscarlos en media hora—le dijo, con una voz firme, pero ojos compasivos.
Hao la miró extrañado, y cruzó los brazos, apoyándose en el marco de la puerta.
—"¿Buscarlos?" ¿No irás a Izumo con nosotros?
—Tengo un bebé de quince días, Hao —a pesar de lo condescendiente de su respuesta, denotaba cierta aflicción —Son casi siete horas de viaje en tren, y llevar a Hana a un templo lleno de gente no sería muy responsable.
El Asakura maldijo internamente. Le aliviaba saber que Anna estaría ahí, porque de esa forma no tendría que lidiar con la tristeza de su hermano. Ahora todo había cambiado. Tendría que aguantar más de dos días enteros con esa sonrisa falsa que Yoh ponía para disfrazar su pena.
—¿Piensas dejar a Yoh cuando más te necesita? —el resentimiento en su voz era venenoso. Sintió remordimiento al ver a la rubia desviar la mirada. Parecía que ella tampoco estaba conforme con su propia decisión.
—No me hace feliz quedarme en casa mientras ustedes despiden a su abuela —aclaró innecesariamente. Su rostro denotaba insatisfacción, pero ya había barajado sus opciones— Llamé al doctor y dijo que exponía demasiado a Hana si iba con ustedes. Así que será mejor que…—
—Las excusas déjaselas a mi hermano. No me interesa, gracias.
Cualquier rastro de amabilidad en Anna desapareció por completo, y el castaño frente a ella lo hallaba completamente razonable. La había escuchado caminando por el pasillo, hablando por teléfono tratando de conseguir algún transporte para viajar a Izumo. También oyó la llamada que le hizo al médico, y Hao sabía que todo lo que le decía era cierto. Sin embargo, quería pelear con alguien, al menos así podría desquitarse. Él despreciaba sus esfuerzos y quería hacerla sentir mal a propósito.
Esperó que Anna le contestara furiosa. Una bofetada, un insulto, lo que fuera. Estaba preparado para cualquier reacción.
En cambio, la vio suspirar, dejando ir cualquier emoción negativa contenida en su interior. Su expresión se suavizó nuevamente, y llevó una mano hasta el brazo del castaño.
—Lo siento mucho —susurró, sorprendiendo a Hao completamente.
No era lo que deseaba. No quería ni lástima ni compasión. ¿Dónde estaban los gritos y las discusiones?
Se sintió como un idiota, porque, en efecto, estaba actuando como uno. Inhaló elevando la mirada al techo. Una respiración profunda y dolorosa, odiando que la rubia estuviera ahí como testigo. Expulsó el aire, y se encogió de hombros, sus ojos tristes arriesgando a revelar sus verdaderas emociones.
—Iba a pasar en algún momento —se obligó a sí mismo a ser fuerte, sintiendo gratitud instantánea cuando su voz no tembló al hablar.
Vio que Anna lo examinaba con la vista, sus ojos ligeramente entrecerrados. Obviamente sospechaba que Hao no estaba tan bien como se mostraba, pero decidió no presionarlo más. Lo soltó, y cruzó los brazos.
—Un chofer los irá a dejar a la estación de trenes —dijo ella, dando por alto el pequeño momento de vulnerabilidad de su cuñado—, los boletos están comprados. Cuando su tren llegue a Izumo, habrá otro chofer que los llevará a la casa de los abuelos.
El castaño sintió una puntada en el estómago al escuchar las últimas palabras. Ahora sería la casa del abuelo, en singular. Por otra parte, no le asombraba saber que la rubia había arreglado todo. Era Anna, después de todo.
—Lleva algo formal —le recordó, dando media vuelta antes de irse—. Traje y corbata negros, camisa blanca.
—Sí, mamá —contestó Hao, poniendo los ojos en blanco.
Anna miró sobre su hombro al castaño, y abrió la boca para decir algo. Aun así, no pronunció palabra alguna, y se dirigió a su cuarto.
Cuando Hao la vio entrar a su habitación, la imitó, cerrando la puerta detrás de él nuevamente. Ya en la soledad de su propia alcoba, se apoyó contra la puerta, mirando agobiado hacia el techo. No podía ceder ante la rabia, ni la pena. No siendo el hermano mayor.
—Ropa formal —se dijo a sí mismo, buscando en el closet algún bolso para comenzar a empacar—. Qué estupidez.
Tal como Anna lo había dicho, su transporte no tardó en llegar. Yoh llevaba un bolso, que, a su juicio, cargaba una cantidad ridícula de ropa. Se quedaría en Izumo dos días, para el velorio y el funeral. En otro contexto tal vez se habría quedado más días con su familia, pero no se sentía cómodo dejando más tiempo a Anna sola con su hijo. Guardó sus cosas en el maletero con la ayuda del chofer, mientras que su novia se aproximaba a él con el bebé en sus brazos.
Cuando él estaba en blanco, ella arreglaba todos los detalles para poder viajar. Había llamado a Manta por teléfono, explicándole la situación. El chico no dudó en ofrecerle sin costo el transporte a su amigo, aunque tampoco tenía la opción de negarse a Anna.
Ella no sólo consiguió transporte, sino que adelantó la compra de los boletos de tren. Hizo las consultas pertinentes al doctor para saber si podría llevar a su hijo a Izumo. Llamó a los Asakura para saber la duración de su estadía en su hogar en Izumo.
Hizo todo eso cuando él perdía el tiempo, sentado en su cama.
—Yoh, cuando llegues allá más te vale planchar tu ropa —ordenó la rubia, sujetando a Hana que miraba a su alrededor con curiosidad—. No quiero escuchar que llegaste al templo viéndote indecente. Y recuerda, llevas sólo una camisa, así que no se te ocurra quemarla.
—Sí, Anna —rodó los ojos, notando que su novia lo miraba enfadada. Se atrevió a ignorarla, prefiriendo inclinarse sobre el bebé despierto. Milagrosamente, parecía estar de buen humor—. Pórtate bien, Hana. No hagas rabiar a tu mamá o va a vengarse conmigo cuando vuelva.
El bebé sonrió al ver que su papá le hablaba. Yoh sonrió ampliamente, y extendió los brazos para que Anna se lo entregara. Lo recibió felizmente, aprovechando que no estaba llorando ni pataleando. Si Hana estaba contento, él también.
—Eres tan pequeñito —le dijo, poniéndolo sobre su pecho—. Te voy a extrañar, chiquito.
Cada vez se sentía más culpable. No sólo había sido un inútil, sino que además dejaría a Anna sola con el bebé. Ella había insistido en que viajara tranquilo, pero Yoh sabía que la vida con un niño de dos semanas no era nada fácil, mucho menos sin contar con la ayuda de nadie.
—Siento mucho no poder acompañarte —comentó la rubia, con una sonrisa triste contemplando a ambos Asakura—. Pero Hana…
—Anna, te encargaste de todo —Yoh no podía concebir que ella le estuviese pidiendo perdón—. Y no dudo que si Hana fuese más grande hubiesen viajado con nosotros. No te preocupes, estaremos bien. Gracias, en verdad. Eres increíble.
—Ya lo sé —contestó ella, con una leve sonrisa.
Yoh miró nuevamente al bebé, que exploraba con los ojos su entorno desconocido. Suspiró, no sabía lo difícil que iba a ser alejarse de él por primera vez desde su nacimiento. Estaba a punto de preguntarle nuevamente a Anna si estaba segura de quedarse a solas con el bebé, pero ya conocía la respuesta y no quería irritarla. Con cuidado, alejó a Hana de su cuerpo y se lo devolvió a la rubia.
—No te preocupes —citó ella, al ver los ojos tristes de su novio—, estaremos bien.
Él rio, sintiendo nostalgia por adelantado. —Sí, supongo que así será.
Hao se aproximó a ellos, lanzando su bolso bruscamente al fondo del maletero abierto. El chofer lo miró sorprendido, pero prefirió ir a sentarse al interior del auto antes de meterse en problemas.
—Ya estoy listo —dijo el mayor de los Asakura— ¿Nos vamos?
Su gemelo negó con la cabeza. Esperaba esa indiferencia forzada en su hermano. Tenía la mala costumbre de ocultar cuando sentía tristeza, porque asociaba ese sentimiento directamente a ser débil. ¿Cuál era la obsesión de Hao —y de Anna, por mostrarse siempre fuertes? Eran humanos, era lógico sentirse mal en una situación como esa.
Yoh se despidió de Anna dándole un beso en la frente, y le dio la mano a Hana con el dedo índice.
—Nos vemos —necesitaba entrar luego al auto, porque estar con ellos más tiempo no hacía menos arduo el adiós.
—Hasta luego, Anna —se despidió Hao, quien se encogió levemente para estar frente a su sobrino—. Ya nos veremos, pequeño monstruito —presionó suavemente su panza con el dedo índice, recibiendo un tirón de orejas de parte de la rubia.
—Ya hablamos sobre los apodos —advirtió Anna, soltándolo ante sus quejas. A pesar de la molestia de la madre, Hana lucía entretenido ante el sufrimiento de su tío—. Avísame cuando lleguen a Izumo, Yoh probablemente lo olvidará.
Hao frunció el ceño, con una sonrisa burlona —No somos críos. Cielos, la maternidad llegó a ti con todo.
Anna exhaló pesadamente. Ambos gemelos habían notado que la rubia intentaba contener sus exabruptos cuando el pequeño Asakura estaba cerca, saliéndose con la suya en más de una ocasión. Tomó con más firmeza al bebé, y dio media vuelta. Hao notó que Hana se asomaba sobre el hombro de su madre, observándolo fijamente. El castaño dio una media sonrisa, y se despidió del infante con la mano.
Al subir al auto, vio a Yoh observando por la ventana del lado contrario a su hogar. La ventana de la puerta del vehículo estaba abierta, y él estaba apoyando su cabeza sobre ambos brazos, con la cara hacia el exterior.
—Pareces un perro —comentó el mayor, sentándose junto a él. Apenas cerró su puerta, el auto comenzó a avanzar—. En serio, Yoh, te falta sacar la lengua.
—Hana no tiene ni un mes y ya lo estoy dejando solo.
Hao puso los ojos en blanco. ¿En serio se preocupaba por el niño? ¿Su abuela estaba muerta y él sufría por separarse de un bebé con quien tendría que lidiar toda su vida? Dejó su cuerpo caer sobre el respaldo acolchado del asiento.
—No estará solo, Anna lo cuidará bien —aseguró su hermano mayor, forzándose a sonar animado—. A menos de que insinúes que ella es incapaz de eso, porque créeme que te hará pedazos cuando se entere.
Vio de reojo que Yoh sonreía levemente, aun contemplando el exterior.
—No tienes que fingir que estás bien por mí, ¿sabes? —dijo el menor. Antes de que Hao interviniera, Yoh lo miró con una media sonrisa—. Sé que estás molesto. Puedes ser un cretino si quieres, prefiero eso a que seas deshonesto.
El mayor de los Asakura frunció los labios, y desvió la vista hacia el exterior de la ventana.
—Si es lo que quieres, será un viaje muy largo.
Escuchó la risa de Yoh, y sintió que volvía a girarse en sentido contrario a Hao. En efecto, sería un larguísimo viaje.
No tardaron en llegar a la estación de trenes. Ninguno de los Asakura estaba muy contento, serían seis horas sentados juntos, frente a frente, sin tener a donde escapar.
—¿Para qué viajar en un tren bala —preguntó Hao, buscando de mala gana su lugar en el tren—, cuando podemos economizar y demorarnos una eternidad?
Yoh encontró sus puestos, acomodando su bolso en un compartimiento.
—Si pagas los pañales de Hana por un año, yo pagaré los boletos en un tren bala cuando volvamos a casa.
—Ay, hermanito —Hao se sentó prematuramente agotado, observando a Yoh luchando con su pesado bolso—, el niño tiene dos semanas y ya te tiene en la ruina.
Yoh se rindió y se sentó frente a su hermano, poniendo su bolso junto a él.
—¿Crees que con veinte mil yenes para la ofrenda estemos bien? —preguntó Yoh, haciendo que su gemelo lo mirara sorprendido.
—Espero que sea una broma —dijo él, inclinándose hacia su hermano—. Sé que es tradición y todo, pero no creo que el abuelo quiera dinero cuando ustedes son lo que más lo necesitan.
—Anna insistió en que…—
—Yoh, Anna está en casa. Serás libre por dos días, deberías aprovechar de pensar por cuenta propia, a menos de que lo hayas olvidado.
El menor lo miró con reproche, pero no contestó. Había convencido a su hermano de no pretender que todo estaba bien, pero necesitaría de un gran esfuerzo para soportarlo. Buscó entre su bolso dos cajas, extendiéndole una a Hao.
—¿En qué momento compraste comida? —preguntó curioso el mayor, recibiendo el alimento en sus manos.
—Cuando mostrabas los boletos en la recepción.
Hao no tenía hambre, pero sabía que el gesto de su hermano era un sutil "Come y calla". El tren inició su recorrido, y los gemelos se mantuvieron los primeros minutos comiendo en silencio. De cierta forma, la comida ayudó a alivianar la tensión que se había formado previamente entre ellos. La tristeza de Yoh y el enfado de Hao eran una mala combinación. Sobre todo, cuando ambos tenían el mismo sentimiento de culpa comiéndoles la cabeza. Ninguno quería hacer la experiencia más desagradable para el otro, pero tratar de engañar a su gemelo era imposible. Ocultar sus sentimientos no tendrá ningún propósito más que vivir en una farsa.
—Estaba bueno —dijo para sí mismo Yoh, comiendo la última pieza de comida en el interior del contenedor de alimentos—. Aunque los camarones fritos de mamá son mucho mejores.
—Tampoco es tan difícil prepararlos —respondió Hao, terminando también su comida.
—Pues a la abuela le quedan del asco —Yoh rio ante su propio comentario, observando melancólicamente el plato vacío—. Nunca me gustó su comida, pero siempre que cocinaba había que comerse todo.
Su gemelo también sonrió nostálgicamente, soltando una corta risa.
—Hacía los tamagoyaki más horrendos del planeta. Siendo ciega, no sé por qué lo seguía intentando. Era un desastre en la cocina.
—Aunque su puntería para aventar cosas es de otro mundo.
Ambos alzaron la vista, la misma expresión apenada en el rostro. Como un espejo, miraron al mismo tiempo por la ventana. No tenían idea de donde iban; aún faltaban varias horas para llegar a su destino. Les esperaba un entretenido velorio, y luego el funeral. En su infancia, habían presenciado en dos ocasiones las ceremonias fúnebres típicas sintoístas, pero su protagonista nunca había sido alguien cercano. La despreciable tradición y los sentimientos contenidos. Las condolencias a su madre y a su abuelo. De pronto, ya no querían llegar a Izumo.
—¿Habrá sufrido? —preguntó Yoh, observando los objetos pasar velozmente a través del vidrio.
Hao frunció el ceño, mirando de reojo a su gemelo. ¿Por qué tenía que tocar ese tema?
—No lo sé… —el mayor ni siquiera había hablado con el resto de sus familiares. ¿Cómo saberlo? — ¿Qué es lo que te dijo papá por el teléfono?
—Que fue a tomar una siesta, y llamó al abuelo para que la acompañara. Después… simplemente no despertó.
El dolor en la voz de Yoh era inusual para su gemelo. Solía enmascarar su tristeza con falsa alegría, pero era descubierto fácilmente por él. Hao mordió el interior de su labio, y pensó cuando su hermano recibió esa llamada de su padre. Lo imaginaba caminando hasta el teléfono, bostezando ya que se encontraba en medio de su siesta. Su emoción al oír la voz de su padre. Su rostro preocupado al notar que no traía buenas noticias. El nudo de su garganta formándose cuando supo que su abuela había dejado ese mundo.
—Estaba durmiendo, Yoh —razonó él, intentando no sonar condescendiente—. Es la forma más pacífica e indolora de partir.
—Y repentina —agregó el menor, una amarga risa al final de su frase.
—Creo que ella sabía que iba a morir.
Yoh observó intrigado a su hermano.
—¿Por qué piensas eso?
—¿Kino llamando a Yohmei para tomar una siesta juntos? Dime, ¿cuándo habrá sido la última vez que compartieron el mismo cuarto? La abuela solía decir que dormir separados había salvado su matrimonio.
El menor parpadeó múltiples veces, fijándose en que esa idea sí era muy lógica.
—¿Crees que el abuelo haya sospechado algo?
Hao inhaló profundamente. Si el resto de sus familiares tenía la impresión de que Kino fallecería luego, ¿por qué nadie les dijo nada?
—¿Tú sabes cuando algo está mal con Anna? —era una pregunta retórica— Ahí tienes tu respuesta.
Se mantuvo algunos minutos con la vista hacia el exterior, agradeciendo que su gemelo no quería seguir indagando sobre la muerte de su abuela. Lamentablemente, Hao había celebrado antes de tiempo.
—La última vez que la vi, apenas conversamos —relató Yoh, buscando desahogarse con la única persona que tenía cerca—. No creí que sería mi última oportunidad para estar con ella. Cuando nuestros padres se fueron a Izumo por la salud de los abuelos, ni siquiera pensé en que podrían fallecer. Estaba tan preocupado de mí mismo, de mi propia vida y mis problemas, que en ningún momento durante todos estos meses reflexioné en la posibilidad de que podría perderlos.
El mayor no sabía qué esperaba Yoh de él. ¿Quería consuelo? No podía dárselo. Él tenía el mismo remordimiento, y quizás aun peor. Su gemelo tenía una excusa al menos para haber dejado al resto de su familia de lado, pero Hao había estado demasiado ocupado en banalidades. Recordaba las múltiples insistencias de Yohmei en que lo visitara cuando tuviera tiempo. Sus invitaciones para reunirse, sólo para beber un café y ponerse al día. Todas las llamadas telefónicas que evitó. Hao pensó en cada vez que Kino le dijo ser un nieto ingrato. Mitad broma, mitad verdad. Porque era cierto, se sentía como un malagradecido.
Cuando Yoh no obtuvo respuesta de parte de su hermano, lo miró con curiosidad. Ese rostro, casi idéntico al suyo, evitaba a propósito el contacto visual. Entendió de inmediato cuando notó los ojos vidriosos en Hao, que no tenía que seguir presionándolo. Sabía que cuando su hermano estaba triste solía expresarlo de forma explosiva, y cualquiera podría pensar que estaba más molesto que apenado. Si no conociera a su gemelo, Yoh se levantaría de su puesto, se sentaría junto a él, y posiblemente le daría un abrazo. Como ese no era el caso, decidió dar un paseo por el tren, porque sabía que su hermano preferiría estar solo.
Pasadas de unas cuantas horas, llegaron finalmente a su destino. No fue un viaje agradable, pero pudo haber sido mucho peor con un bebé de quince días llorando y pataleando. Después de un trayecto de treinta minutos en auto, divisaron su antiguo hogar. Aun había escasos rayos de luz, pero predominaba la noche, dándole un escalofrío a Yoh.
—Olvidaba lo tétrico que es este lugar cuando está oscuro —susurró el menor, sacando su bolso del maletero del auto.
—¿Qué dices? Aún hay algo de luz, y estamos en pleno verano— Hao se había adelantado un poco, ya casi en la entrada del edificio.
Yoh agradeció al chofer que los había ido a dejar y se apresuró para alcanzar a su gemelo.
—¿Ya estarán de vuelta en casa? —preguntó él, cuando vio a su hermano dispuesto a abrir la puerta.
—Siempre dejan la puerta sin seguro —susurró, sin contestarle a Yoh.
Anunciaron su llegada sin muchos ánimos, quitándose los zapatos en la entrada. Apenas se escuchaba ruido en el interior del hogar, una mala señal. Fueron recibidos por su madre, que caminó hacia ellos despacio, con los ojos vidriosos y una gentil sonrisa en el rostro.
—Es lindo tenerlos de vuelta —comentó Keiko, acercándose a sus hijos para envolverlos con sus brazos—. Sé que las circunstancias no son las mejores, pero me alegra verlos.
Hao respondió al abrazo tenso, mientras que Yoh parecía mucho más cómodo ante la muestra de afecto, como si lo hubiese necesitado desde mucho antes.
—Lo siento mucho, mamá —le dijo, mirando con la misma expresión agridulce que su madre tenía—. Tuvimos que haber estado con ustedes, pero…
—No hay nada que lamentar —aseguró ella, pasando una mano por el cabello del menor— Ustedes tienen sus propias vidas en Tokio, y todo fue muy rápido. Ella parecía estar muy bien, ¿saben? Se había recuperado de su última gripe, y tenía mucha energía. Pero de pronto le dio sueño, y nos avisó que iría a su recámara a recostarse. Su abuelo dice que fue la primera vez en años que la veía tan relajada… Cuando intentamos despertarla aún tenía una pequeña sonrisa.
—¿Y el abuelo? —preguntó Hao, alejándose de su madre—. ¿Cómo está?
—Se ve bien —dijo Keiko, acariciando el hombro del mayor—. Bueno, no es muy demostrativo. Está en su recámara. Iba a dormir, fue un día arduo, pero tal vez aun esté despierto.
—Si, iré a verlo en un rato más —Yoh dio una media sonrisa, y observó a Hao— ¿Vamos a dejar nuestras cosas a la alcoba y saludamos al abuelo?
—Prefiero hablarle mañana.
Yoh asintió, y ambos caminaron hasta su antigua habitación. Antes de mudarse a Tokio, compartieron cuarto durante toda su niñez. Creían que era una técnica de sus padres para forzarlos a ser hermanables, pero a su juicio sólo había empeorado la situación. Sonrieron al ver que algunas de sus antiguas pertenencias seguían ahí. Fotos en la pared, juguetes y adornos infantiles. Sin embargo, la habitación era ocupada principalmente para almacenamiento. El armario estaba lleno de cajas. De ahí, sacaron unos futones enrollados y los estiraron en el suelo.
—¿Tienes tu traje para mañana? —preguntó Yoh, quitando prendas desde su bolso de viaje—. Le pediré ayuda a papá para planchar mi camisa. Tengo sólo una, y si la quemo, Anna va a…—
—Pobre hermano —dijo el mayor, sentándose sobre su futón con las piernas cruzadas—. Estás tan traumado. Ve a planchar tu ropa; si quemas tu camisa, te presto una. Si quemas mi camisa, te mato.
—Estoy acostumbrado a las amenazas, Hao —rodó los ojos, recibiendo en la cara una camisa blanca—. Y a que me lancen cosas.
—Es gracias a mí que estás preparado para la vida —el Asakura vio a su hermano negar con la cabeza, dejándolo solo en la habitación.
Hao buscó entre sus bolsillos su teléfono celular. La breve charla con su hermano le recordó que nadie era inmune a las represalias de la rubia.
"Llegamos" fue lo único que escribió. No adoraba los mensajes de texto, y mucho menos hablar por teléfono. Se estiró sobre el futón que ocuparía durante su estadía, detectando un desagradable olor a ropa guardada por siglos en él. Buscó entre su bolso su perfume. Sabía que era un desperdicio malgastarlo en algo tan banal, pero prefería su propio aroma antes que el de ese viejo futón.
Sintió el teléfono vibrar en poco tiempo. Asumió que sería un mensaje de Anna, y suspiró fatigado. No tenía intenciones de conversar con nadie.
"¿Cómo está Yoh?"
Hao quiso lanzar el aparato al piso al leer ese mensaje. ¿Por qué lo molestaba a él, cuando quería saber de su hermano? Yoh también tenía un teléfono, si no lo contestaba no era su problema.
"Bien" escribió el Asakura, recostándose sobre el futón. Estaba dispuesto a apagar el celular, hasta que un nuevo mensaje lo detuvo.
"Y tú, ¿cómo estás?"
Por un motivo desconocido, esta pregunta lo irritó aún más. No quería pensar en cómo se sentía, sino aprovechar la soledad de su habitación para poner la mente en blanco.
"Bien" respondió tan rápido como pudo, y apagó el aparato.
El templo más cercano en Izumo era realmente impresionante. Para ser un lugar con una población tan pequeña, la solemnidad y perfección de dicho establecimiento no debía envidiar nada de los otros santuarios en zonas más urbanas.
En la entrada del templo, la familia recibía a los invitados a la ceremonia. Escuchar condolencia tras condolencia de personas que con suerte habían conocido a Kino, y que no se habían comunicado con los Asakura hace varios años, no tenía gracia. Con el pasar del tiempo ya era fácil simular que todo estaba bien; que la muerte de la abuela había sido algo natural y no les había afectado ni sorprendido. Sin embargo, ambos gemelos no soportaban ver a su madre y a su abuelo. Esas sonrisas amables y falsas. Keiko tenía los ojos llorosos, pero no había derramado una sola lágrima. Por otra parte, Yohmei asentía y agradecía cada palabra de aliento de las visitas, sin rastro de emoción. Era mal visto ser muy expresivo en esos eventos, así que los lamentos y los llantos tenían que ser guardados para después.
—Acaba de morir su esposa y tiene que sonreír como si nada —susurró Hao, quien estaba de pie junto a su gemelo—. Es tan repulsivo.
—La abuela siempre fue a la antigua —comentó Yoh, forzando una sonrisa cuando alguien se acercó e hizo una formal reverencia ante ellos—. El abuelo no sería capaz de hacer algo menos ostentoso. Apuesto a que teme que lo persiga como fantasma.
—Lo perseguirá cuando sepa todo el dinero que gastaron en esta ridiculez —masculló su hermano, reverenciándose ante los desconocidos que lo saludaban.
—Chicos —ambos voltearon asustados al sentir una mano en sus hombros y esa voz hablado por detrás. Suspiraron aliviados al ver que era Mikihisa, y no el fantasma de su abuela. El hombre los miró extrañado, pero continuó hablando—. El monje recitará el sutra en breve. Necesito que vayan adentro por mientras, y se sienten en la primera fila. Su madre, su abuelo y yo les seguiremos enseguida.
—No tengo idea de que estoy haciendo —murmuró Yoh, caminando detrás de Hao—. Así que voy a imitarte.
—Asumes que estoy mejor preparado para esto —comentó él, avanzando a través del tiempo—. Y tienes razón.
Sus pasos se hicieron más lentos a medida que se aproximaban a la ronda de asientos que su padre había indicado. Era la fila más cercana al altar que habían hecho para su abuela, en donde su cuerpo inerte aún descansaba.
—Recuerda —susurró Hao, cuando ambos alcanzaron sus lugares. —El sutra, el incienso, la ofrenda.
Yoh asintió, mirando con lástima hacia el ataúd.
—¿No te da pena que hayan puesto su bastón con ella para la cremación?
—¿Acaso quieres conservar ese bastón? —preguntó él mayor, arqueando una ceja— Después de todos los golpes que nos dio con él será bueno no volverlo a ver.
La ceremonia pasó con lentitud. Ya en la casa, al fin lograron respirar con tranquilidad. Mantener las apariencias estaría reservado sólo para el templo, por lo cual no era necesario seguir con las formalidades innecesarias en el ambiente hogareño. Hao desató el nudo de su corbata negra con pesadez, observando a cierta distancia a su hermano hablar con su abuelo. El mayor de los gemelos había intercambiado escasas palabras con Yohmei, y pasada la primera ceremonia creía que ya era hora de hablar con él a solas.
A medida que se acercaba a ellos, oía la voz de su abuelo, sin una pizca de la energía que lo caracterizaba.
—Dejé una caja con cosas que tal vez podían interesarte —dijo el anciano, mientras Yoh asentía sonriendo con gratitud—. Está en mi habitación, la verás de inmediato.
—Gracias, abuelito —el muchacho asintió y se marchó, mirando de reojo a Hao cuando abandonó el lugar.
Hao puso las manos en sus bolsillos, y cuando abrió la boca para hablar, su abuelo se adelantó.
—Como su abuela ya no está, será mi trabajo decirte que luces bien vestido de traje y corbata —señaló el anciano, sonriendo de lado—. Estaría muy orgullosa de ti sabiendo que te comportaste tan maduro. Me extrañó que no explotaras cuando viste a Yohken en el templo, las pocas veces que se vieron siempre terminaron en peleas.
—Él es el idiota que busca discusiones con alguien varios años menor que él —explicó Hao, cruzando los brazos sobre su pecho—. Las ganas de burlarme de él y su estúpido rostro no faltaron, pero preferí comportarme antes de que el fantasma de la abuela me persiga.
Por primera vez desde su llegada, escuchó a su abuelo reír. El nieto sonrió levemente, y vio a su abuelo llevar una mano hasta su antebrazo.
—¿Por qué es que tú e Yoh insisten con eso? —preguntó el mayor de los Asakura, negando con la cabeza—. Su abuela falleció para estar en paz, no para atormentarlos.
—Con la abuela Kino uno nunca sabe —Hao se encogió de hombros, y posó una seria mirada sobre los ojos de Yohmei —. ¿Cómo estás, abuelo?
El anciano lo observó con los párpados entrecerrados —¿Hao Asakura, preocupado por mí?
El menor inhaló una gran bocanada de aire. El trato entre Yohmei y Hao era muy distinto al que tenía con su gemelo. Si bien trataba a Yoh como a un niño, reprendiéndolo y aconsejándolo constantemente, con Hao era como si fueran iguales.
—Tal vez lo esté —contestó Hao, relajando un poco su postura—. O tal vez pregunto sólo por cortesía.
El anciano puso los ojos en blanco.
—Heredaste el orgullo de tu abuela —dijo él, su rostro suavizándose con melancolía—. Es bueno hasta cierto punto.
—Lo sé —admitió su nieto, formando una línea recta con los labios.
—Contestando a tu pregunta… —el anciano meditó un poco, vacilando al buscar las palabras adecuadas para describir su sentir—, estoy bien. Enormemente triste, porque, aunque no lo creas, la vieja esa me caía bien.
Ambos rieron con nostalgia, recordando sus innumerables peleas y discusiones. Habían vivido tantos años juntos, que la paciencia se había agotado desde antes del nacimiento de los gemelos.
—Me enloquecía. Me sacaba de mis cabales, y sé ella apenas me soportaba —Yohmei lucía más vulnerable que nunca. Daba la impresión de que había envejecido unos diez años de la noche a la mañana, con un semblante afligido que Hao nunca había visto en él—. Pero la quería. Fue mi esposa, la madre de mi hija, y la abuela de mis nietos. Ella era la persona que más me entendía, y a veces lográbamos comunicarnos sin hablar. La última vez que fuimos a Funbari a visitarlos, nos dio gracia lo mucho que tu hermano y Anna se parecían a nosotros cuando comenzamos a convivir.
—Sí —Hao tuvo que tragar algo de saliva, intentando hacer desaparecer el nudo en su garganta—. Actúan como una pareja de varios años. Es casi simpático hasta que me involucran en sus batallas.
—Lamento que estés en medio de todo, pero no sabes lo contentos que estábamos tú y tu abuela sabiendo que estarías ahí para Yoh. Verlo con mi bisnieto en sus brazos, actuando como un adulto, tan responsable de repente. No creo que hubiese sido lo mismo si su hermano mayor no lo apoyara constantemente.
—¿Qué dices? —el nieto lo miró confundido, sin comprender porque ahora hablaban de él—. Yo no he hecho nada. Si Yoh ha cambiado es porque él se ha animado a hacerlo.
—No seas modesto. Tal vez no creas que hayas ayudado a tu hermano, pero es suficiente con saber que tienes a alguien que cree en ti para lograr grandes cosas —sus ojos, por primera vez, brillaban con lágrimas.
Fue suficiente para que Hao quisiera salir corriendo, pero ya era demasiado tarde. Su abuelo desvió la mirada, avergonzado de estar a punto de quebrarse frente a su nieto.
—Tu abuela siempre fue dura conmigo, pero no sería la persona que soy sin ella —cruzó los brazos, intentando de recobrar su compostura. Aun así, su gesto se mantenía melancólico—. Nunca le agradecí por eso, y como te habrás dado cuenta ya no podré hacerlo. Sin embargo, cuando amas, a veces las palabras no son necesarias. Mi gran consuelo es que ella me conocía perfectamente, y ya sabía todo lo que no le pude confesar.
Hao dudó en un principio, pero se decidió y llevó una mano al hombro de Yohmei, quien sonreía melancólicamente.
—Los secretos no existían para la abuela —recordó el menor, su mano firme sobre el anciano—. Tiene razón. Ella lo sabía todo.
Sintió su labio inferior tiritar levemente, maldiciendo al instante. ¿Por qué se le hacía tan difícil mantener la compostura? Esperaba que Yohmei tuviera razón, y que Kino se hubiese ido con la certeza de que su familia la amaba. Hao deseaba que ella supiera que todas sus respuestas cortantes, todas las visitas rechazadas, todos abrazos recibidos de mala gana, no significaban que no la quería. Él era así, nada más.
Miró hacia el techo de madera, obligando las lágrimas en sus ojos a quedarse en su lugar.
El funeral no fue más agradable que el velorio. Tener en consideración tantos detalles hacía que la experiencia pareciera más un trabajo del instituto que una ceremonia para despedir a un ser querido. Todo tenía que ser perfecto, porque cualquier error significaba una gran falta de respeto para los presentes y para el honor de la fallecida Kino Asakura.
Despedirse de su familia nunca había sido tan fácil y difícil a la vez. Abandonar a Yohmei y a sus padres en Izumo significaba que ya podrían dejar ese lamentable episodio atrás, pero irse en un momento de dolor para ellos no hacía más que aumentar el constante sentimiento de culpa en los gemelos.
Después de un largo viaje de vuelta a Tokio, llegaron por fin a su hogar en Funbari.
—No pienso subir a un tren en los próximos meses —dijo el mayor de los gemelos, caminando con dificultad hacia la entrada de la casa.
—Prometiste al abuelo que volverías por esa taza de café que le debes hace un año —recordó Yoh, siguiéndolo de cerca sujetando una gran caja con ambas manos.
Hao lo miró sobre su hombro, negando con la cabeza al verlo malabareando con todas sus pertenencias personales. Una caja de cartón, su bolso y una guitarra en su espalda adornaban como árbol de Navidad el cuerpo del menor.
El castaño de cabello largo tocó la puerta, arrepintiéndose en pocos segundos. Escuchó a la distancia el llanto de su sobrino, una adición perfecta al fatídico viaje del que regresaba. Resopló molesto, preparado para recibir algún golpe de su cuñada.
Notó que Yoh lo alcanzaba, sus últimos pasos más apresurados que los anteriores.
—¿Tan feliz estás de volver a ver a ese niño? —preguntó, enarcando una ceja.
Su hermano lo observó, negando ante lo despectivo en el tono de voz de su gemelo. Aun así, prefirió no responderle. Ambos estaban exhaustos, y sólo quería entrar a su casa rápido.
La puerta se abrió, y Hao cerró instintivamente los ojos, esperando una reprimenda o un brusco pellizco en su mejilla. Cuando no fue víctima de ninguna agresión, miró confundido a quien se encontraba frente a él.
—¿Tamao? —preguntó, sintiendo a su hermano empujándolo levemente hacia el lado para ver a la muchacha.
—Buenas tardes, Hao —saludó ella, forzando una sonrisa para el recién llegado. Sus ojos se posaron sobre los de Yoh, que la observaba igual de confundido— ¡Hola, Yoh!
Su voz, mucho más animada al saludar al menor de los hermanos, llamó la atención de la rubia que se encontraba al interior de la casa. Se asomó por el marco de la puerta con naturalidad, meciendo al bebé rubio envuelto en sus brazos.
—¿Se van a quedar parados aquí afuera o qué?
Ambos hermanos intercambiaron miradas confundidas, y luego notaron que Tamao parecía ponerse nerviosa.
—Supongo que las explicaciones tendrán que esperar —dijo Hao, que entró a la casa soltando un suspiro.
Yoh lo imitó y caminó hacia el interior, sabiendo que no recibiría un cálido saludo de su novia con Tamao ahí. Nunca se había sentido cómoda demostrando su afecto con gente presente, por lo cual no esperó ningún abrazo y continuó avanzando, tambaleándose.
—¿Qué es todo eso? —preguntó la rubia, observando la caja y la guitarra que llevaba.
—Cosas que el abuelo nos dejó —contestó, dejando los objetos en el piso— Menos la guitarra. Es de papá, pero no la usa.
Hana comenzó a moverse en los brazos de su madre inquieto, haciendo que Anna esbozara una pequeña sonrisa.
—Claro, ahora estás de buenas —susurró, sus ojos fijándose en los de Yoh.
El castaño se acercó a la rubia, que sin palabras comprendió sus intenciones. Extendió con cuidado sus brazos, entregándole el bebé al joven padre. Yoh miró a Hana, y podría jurar que él también lo estaba observando.
—Hola, chiquito —le dijo, recostándolo sobre su pecho—. Te extrañé tanto.
Esas últimas palabras las dijo mirando a Anna, quién dio una media sonrisa.
—Ejem…—
Voltearon a ver a Tamao, que aún se encontraba junto a ellos, sonrojada como de costumbre. Anna suspiró pesadamente.
—Tamao vino a visitarnos esta mañana —relató la rubia—. No sabía que estaría sola, así que fue gentil y me ha acompañado todo el día.
—Quería avisarles que dejé comida preparada en la cocina —dijo ella, una tímida y nerviosa expresión en su rostro—. Como ya llegaron, supongo que no necesitarás más mi ayuda.
—Te agradezco mucho, Tamao —admitió Anna—. Si tuviera dinero te contrataría para cocinar, pero mi economía no me lo permite.
—Descuida, en serio, fue un gusto ayudar —contestó la de pelo rosa, quitando un bolso del mismo color de un colgador de pared— Me voy, fue un gusto verte… verlos. —corrigió, desviando su mirada de Yoh.
Anna tenía que confesar que la chica le caía bien, pero su repentino cambio de actitud con la llegada de su novio no le había parecido tan agradable.
—Gracias, Tamao —se despidió Yoh, viendo a la chica retirándose, caminando torpemente hacia la salida—. ¡Espero que estés bien!
Ella volteó y le dedicó una amplia sonrisa que llegó hasta sus ojos, cerrando la puerta detrás de ella.
—Que considerada fue al quedarse contigo —comentó el Asakura, intrigado ante la expresión seria de la rubia.
—Muy considerada —masculló, frunciendo los labios.
Anna contuvo cualquier sentimiento negativo que estuviese a punto de desbordarse, ya que sabía que los últimos días no habían sido fáciles ni para ella ni para los gemelos.
—Vamos a la cocina para que comas algo —dijo, dándole la espalda al muchacho.
Yoh se encogió de hombros, y miró a Hana esperando alguna respuesta. El bebé le contestó con una burbuja de saliva, y el castaño sólo sonrió.
Llegaron a la cocina, la cual estaba siendo ocupada por Hao, que comía velozmente en la mesa de diario.
—Esto definitivamente no lo cocinaste tú —miró a Anna complacido cuando la vio cruzar los brazos molesta—, está demasiado bueno.
—Qué agradable tenerte de vuelta en casa —dijo ella.
Anna se acercó a la comida preparada por Tamao, dispuesta a servirle un plato a su novio. Yoh insistió en que no era necesario, pero ella lo veía muy entretenido con el bebé que no veía hace días.
La noche llegó velozmente, y, con Hana milagrosamente dormido, los adolescentes se lanzaron fatigados al sofá de la estancia, dispuestos a ver lo que fuese que la televisión les ofreciera. Hao fue el último en llegar, notando que su hermano y su cuñada ya se encontraban sentados juntos en el mueble. Notó que Anna parecía haber estado muy cómoda sobre el hombro de Yoh, pero cuando vio al mayor de los gemelos se enderezó al instante, frunciendo el ceño.
De seguro quería un tiempo a solas con Yoh, pensó él, riendo internamente. También era su casa, así que mala suerte. No pensaba irse a ningún otro lado.
Se sentó junto a ella, y la escuchó suspirar. Su hermano en cambio tenía la vista perdida en el televisor. Cuando estaba distraído, su fachada alegre se desvanecía.
—Toma —le dijo el mayor, extendiéndole una botella de vidrio.
Yoh dio un pequeño salto sentado en su lugar, y observó el contenido líquido del recipiente.
—¿Es cerveza? —preguntó él, confundido.
Esas palabras fueron suficientes para llamar la atención de la rubia.
—¿Por qué hay alcohol en esta casa? —interrogó, siendo que nunca había visto una de esas botellas en la nevera de la cocina. Sus ojos miel apuntaron directamente a Hao, que se encogió de hombros, con una sonrisa satisfecha.
Sin importar la mirada sorprendida de Anna, Yoh recibió la delgada botella. Hao extendió otra cerveza, y la hizo chocar levemente contra la de su gemelo, frente a la mirada irritada de la rubia.
—Por un viaje de mierda —brindó Hao, sintiendo una pizca de felicidad en su interior cuando escuchó la sonora risa de su hermano.
—Y por la abuela Kino —agregó Yoh, con una sonrisa que alcanzaba sus ojos—. De seguro está golpeándose contra una pared al ver nuestra actitud patética.
—Bien dicho —concedió el mayor —, por Kino. Madre, abuela, bisabuela y maestra ciega de los bastonazos.
Ambos gemelos rieron divertidos, aunque detrás de su alegría se escondía una pena que no habían logrado explorar en su totalidad. Llevaron la cerveza a sus labios, con la esperanza de que la amargura del alcohol fuera disfrazara la que cargaban en sus corazones.
Anna no era ajena a lo que estaba pasando. Conocía a ambos, y sabía que estaban sufriendo en silencio, pero preferían pretender que todo estaba bien. Lamentó, por veinteava vez dentro de ese par de días, no haberlos podido acompañar a Izumo. Tener que tragarse sus sentimientos era peor que beber veneno, y eso lo sabía por experiencia propia.
Dejó caer su espalda sobre el cómodo respaldo del sofá. Ella tampoco había tenido un pasar relajante durante las últimas horas, pero su estrés de mamá primeriza no se comparaba a perder a un ser querido. Respiró profundamente, y miró por el rabillo del ojo a los Asakura que se encontraban a cada lado de ella. Sus sonrisas habían quedado dibujadas en sus rostros, y sus miradas estaban fijas en la tele. Pero no estaban viendo la película sintonizada, se mantenían perdidos en las imágenes sin prestarles atención.
Suspiró.
—Ya basta —susurró ella, sintiendo que los ojos de su novio y su cuñado se dirigían a ella—. Vengan aquí.
Había algo en su tono de voz que denotaba fatiga, pero les confundía el deje de gentileza detrás de sus palabras.
Ambos la miraron confundidos, extrañándose aún más cuando, en un solo movimiento, atrajo a ambos del cuello.
—Anna… —fue lo único que alcanzó a decir Yoh, sintiendo su fuerte agarre.
—¿Qué crees que haces? —preguntó con enfado Hao, removiéndose bajo su brazo.
Anna los sostuvo con más firmeza, y llevó cada mano detrás de la nuca de los hermanos.
—Lo siento… —susurró, notando que el cuerpo de ambos se relajaba ligeramente—, en verdad. No sé cómo se sienten, pero pueden dejar de fingir. Están en casa, después de todo.
El silencio en el hogar era interrumpido únicamente por el sonido distante de la televisión. Yoh sonrió ante las palabras de la rubia, y respondió al abrazo, rodeándola de vuelta. Hao, por otra parte, evaluó brevemente la situación, pero, honestamente, estaba harto de pensar y de evaluar cómo actuar. Suspiró pesadamente, y apoyó su cabeza sobre el hombro de Anna.
Ambos escucharon su suave respiración hasta quedarse dormidos en el sofá. La rubia se levantó lentamente, y apagó el televisor. Necesitaba ir a chequear a Hana, porque algo le decía que estaría despierto en pocos minutos. Observó por breves segundos a los gemelos, que dormían profundamente. Una pequeña sonrisa se esbozó en sus labios, ligeramente conmovida ante la escena. No sabía si era por su reciente transición a la maternidad, pero no podía negar que algo se removía en su pecho frente a la imagen de los hermanos durmiendo. Sacudió la cabeza, y los cubrió con una manta que se encontraba sobre un sillón cercano.
