Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.


CAPITULO X

Llamó Candy tímidamente a la puerta. No bien se hubo acercado, cuando la blanca corza se levantó con rapidez y se vino hacia ella, colmándola de caricias y expresando con graciosos saltos el gozo que le causaba volver a verla. La puerta se abrió y se dejó ver una joven pastora qué tomando a la recién venida por la mano le dijo con cariñoso acento: «—Con bien vengas, amada hermana mía; entra. ¿Quieres tomar alimento? ¿Quieres descansar? Estás muy pálida y pareces muy fatigada». Mientras la pastora hablaba pudo ver Candy que traía en su pecho la cifra misteriosa. ¡Qué asombro! Candy cree reconocer a la pastora que ha visto en sueños, que le llevaba el pan cuando estaba en la prisión. Dejóse conducir por ella; algo le decía en su corazón que bajo aquel techo se hallaba en completa seguridad.

La pastora llevó a Candy a un saloncito, la hizo tomar asiento y le dijo: «—Voy a avisar a nuestra Madre, que tendrá mucho gusto en recibirte. —¿Es cierto? —dijo Candy—, ¿querrá recibirme? Y si es tan amable como tú, ¡qué dichosa voy a ser! Pero dime, te ruego, ¿cuál es el nombre de tu Madre? —Mi Madre —dijo la pastora—, se llama Rosemary, y de su amabilidad y dulzura vas a juzgar por ti misma». Diciendo esto salió del aposento.

Cuando quedaron solas pudo ver Candy que allí todo respiraba sencillez; pero al mismo tiempo todo tenía una gracia encantadora y estaba en el mayor orden; cada mueble, cada adorno tenía su lugar propio.

La puerta por donde había desaparecido la pastora se abrió y Candy vio entrar a una Señora de maravillosa belleza, de rostro más hermoso y apacible que la luna llena y el lucero de la mañana; sus miradas eran la misma dulzura y la misma bondad; su cuerpo esbelto y gallardo, y toda su persona llena de un encanto y de una gracia indefinible; su continente lleno de majestad inspiraba el más profundo respeto, pero al mismo tiempo la más dulce confianza. ¡Candy no pudo menos que postrarse ante aquella sublime aparición! Pero la amable Señora la levantó diciendo con una voz más agradable al oído que la más melodiosa música: «—¡Hija mía!» Y le abrió los brazos. Candy se precipitó en ellos llorando y se sintió estrechar contra aquel pecho qué abrigaba el corazón más tierno. Si Dorothy, su propia madre Dorothy, se hubiera presentado, no la habría estrechado tan cariñosamente. La mano de la hermosa Señora acariciaba la cabeza de la joven. «—Llora, llora en mi seno, querida niña», le decía. Candy lloró en efecto largo rato, sintiendo con esto muy aliviado su afligido corazón. «—Descansa —le dijo después—, descansa por ahora, hija mía, y mañana, si lo tienes bien, me contarás todos tus trabajos».

Hola esa noche sirvieron a Candy sabrosa y sencilla cena y descanso en blando lecho. A la mañana siguiente, cuando hubo despertado, la Señora le preguntó con amabilísimo interés si había dormido, y enseguida la llevó a un cenador del jardín donde les fue servido un frugal desayuno. Candy suspiró recordando los días felices en que su amado Príncipe la iba a despertar, Y aquellos agradables paseos por los jardines. Rosemary le dijo: «—Ahora bien, hija mía, si merezco tu confianza, derrama en mi pecho todas tus amarguras; confíame tu secreto, cuéntame todos tus pesares, que tal vez para todo hay remedio». Candy, contemplando la bondad y la prudencia retratadas en el semblante de la Señora, sintió para con ella una dulce e inmensa confianza y le contó toda su desgraciada historia, sin ocultarle cosa alguna. Al terminar dijo: «—¡Madre mía! Permitidme que os dé este nombre, os he abierto mi corazón; ¡soy muy culpable!» Al decir esto corrieron sus lágrimas con tanta abundancia que le impidieron continuar. Cuando pudo al fin hacerlo, exclamó: «—¡Yo no merezco ser la esposa del Príncipe! No oso esperar semejante dicha, y solo quiero llegar a su presencia para decirle: Príncipe, no merezco ser tu esposa, permite solamente que sea tu esclava. Una voz desconocida me ha dicho que se encuentra en el monte de la Mirra. Yo no sé dónde es ese monte ni quién pueda guiarme; pero estoy resuelta a no descansar hasta encontrarle. —Hija mía —le contestó la Señora—, haces bien en llamarme madre, porque lo soy realmente para ti. No quiero que por más tiempo sufras la terrible duda de si el Príncipe te perdonará. Sábelo: ¡el Príncipe de las Luces no solamente te perdona, sino que te ama y desea que seas su esposa! —¿Será posible? —exclamó Candy próxima a desmayarse de júbilo—. ¡El Príncipe me ama y desea que sea su esposa! ¡Oh!» Las lágrimas que a torrentes brotaron de sus ojos ahogaron sus palabras; inclinó su cabeza sobre el seno de su bienhechora. Lloraba y exhalaba dolorosos gemidos, como si hubiera oído una noticia desgarradora, y con voz entrecortada por los sollozos exclamaba: «—No me digáis eso, Madre mía, no le lo digáis, yo no lo puedo sufrir». Rosemary entonces con maternal cariño la estrechó contra su pecho, beso su frente, enjugó sus lágrimas y le dijo: «—Serénate, hija mía, serénate y escucha». Un bálsamo suavísimo y delicioso fueron estas palabras para la atribulada Candy. Una dulce serenidad se esparció en su interior; besó la mano que la acariciaba y respondió: «—Hablad, Madre mía, decidme lo que gustéis, ya os escucho. ¡Oh, y cuán feliz me hacen vuestras palabras! —Te he dicho, hija mía, y es así, que el Príncipe desea que sea su esposa; mas por tu parte debes poner esmero en merecer esta dicha, yo te enseñaré cuanto es necesario para esto. Abre tu corazón a la esperanza, espera todo cuanto puede esperar una hija mía. Créemelo, mi bien amada, tú llegarás a ser feliz. —Lo creo, lo creo —dijo la joven—, vos no sabéis mentir lo conozco, pero nada quiero ocultaros». Y sacó de su pecho el corazón, regalo del Príncipe, y le refirió el artificio con que estaba formado, y cómo ahora había escrito y no había obtenido respuesta. «—Hija mía —contestó la Señora—, continúa escribiendo, no te desanimes. Por ahora descansa, mientras estés aquí nada tienes que temer con tal que me descubras cuando te pase y sigas mis consejos. Yo te diré lo que debes hacer para llegar al monte de la Mirra». Candy, enajenada de gozo, prometió seguir fielmente los avisos de tan prudente consejera.

La joven pasó un día tranquilo al lado de aquellas sencillas y amables pastoras que la llamaban hermana. Le contaron a porfía las raras cualidades de Rosemary, a quien todas llamaban Madre. «—Hace poco tiempo que llegó aquí —decía una de las jóvenes pastoras—; ella ha dulcificado el carácter agreste y brutal de los habitantes de estos desiertos, y hasta parece que el mismo suelo se ha suavizado bajo sus plantas, porque ahora, ya lo ves, querida mía, las flores han aparecido en nuestra tierra. Imposible describir la dulzura y terneza con que nos trata. —Los pobladores de estos desiertos se ocupaban —decía otra— solamente en correr tras de las fieras y trepar los montes; ahora se ocupan en hacer florecer nuestros campos y en conducir pacíficos rebaños; las jóvenes por ella enseñadas trabajan en bordados y labores delicadas. —No temas nada, hermana mía —decían todas a una voz—, puesto que has llegado a su feliz morada tus desgracias han terminado».

En aquella rústica morada reinaba la más dulce paz; todas aquellas jóvenes se amaban con indecible ternura, y todas alegres y prontas obedecían los mandatos de Rosemary, que les repartía las haciendas de la casa; una regaba las flores y los frutales del jardín; otra sacaba al campo el rebaño que las proveía de leche para su sustento y de lana para sus vestidos; otras hilaban o cosían cantando al compás del uso o de la rueca. «—A ti —le dijo Rosemary a Candy—, por ahora solo te toca descansar»; y la divertía enseñándole las flores del jardín y asegurándole que su aroma no era dañoso como el de otras flores del desierto.

Después de tantos sufrimientos, era para Candy su mansión en aquella casita un descanso y un alivio sin el cual le hubiera sido imposible soportar tan dura prueba; y aún Elroy se hallaba bien allí y por la primera vez no pensaba en el castillo de las Negras Sombras.

Pasados los primeros días Candy tomó parte en los agradables trabajos de aquella casa, que para hacer los más fáciles y variados cambian las jóvenes entre sí por semanas. ¡Cuán agradable era para ella regar aquel pequeño jardín, pues el aroma de las flores lejos de hacerle mal, con suavidad la confortaba! Otras veces, enseñada por Rosemary, cosía o hilaba lana de deslumbrante blancura, y en fin, le tocó también a su vez sacar el rebaño. Los corderillos alegres y juguetones corrían por el campo o trepaban por la colina. Candy se divertía en seguirlos y los acariciaba blandamente cuando reposaban en la sombra. Era ya el séptimo día de los que había de salir al campo la joven. Este día, pues, estando descansando a la hora en que se dejaba sentir el calor muy fuertemente, el sueño comenzaba a apoderarse de ella cuando se sintió estrechar entre los brazos de una mujer a quien de pronto no pudo conocer hasta que oyó su voz. Era su antigua amiga, su mal aconsejadora, Eliza, en fin, que le dijo con fingidas lágrimas: «—Déjame volverte a estrechar entre mis brazos; te creía perdida y al fin vuelvo a verte». Luego prosiguió como admirada: «—¡Tú, convertida en pastora! ¿Tú pretendida por dos Príncipes! ¿Qué haces aquí? ¿Por qué huiste del castillo de las Negras Sombras? ¿Sabes dónde está el Príncipe de las Luces? ¿Deseas verle? ¿Tienes esperanza de unirte a él? ¡Oh!, si es así, haces tu dicha. En cuanto a Terrence, mi esposo, se le ha presentado y le ha recibido con una bondad sin ejemplo; ha olvidado su falta, que por otra parte ha considerado muy disculpable, y le colma de beneficios. ¡Oh, yo no sabía hasta ahora cuán benigno, clemente y bondadoso es!» Candy se conmovió hasta derramar lágrimas y dijo: «—Estoy en la casa de una amabilísima señora llamada Rosemary, y sé que el Príncipe se halla en el monte de la Mirra. —¡En el monte de la Mirra! —exclamó Eliza—. ¿Y sabes tú dónde está el monte de la Mirra? —No —contestó Candy—, pero se me ha dicho que pasado cierto tiempo seré conducida a él. —Yo sí sé dónde es —dijo Eliza—; he ido muchas veces a ver a Terrence que acompaña al Príncipe. Si quieres te conduciré a él. Sé un camino muy corto y muy llano. —¡Ah, que si quiero ir! —exclamó la joven—, ¿puedes dudarlo? —Pues entonces vamos —dijo Eliza. —Es necesario —dijo Candy—, avisar a Rosemary, mi Madre. —Pero esa mujer, cualquiera que ella sea, ¿puede detenerte? —interrumpió Eliza— ¡Qué consideraciones le guardas! Tú no amas al Príncipe. ¡Si oyeras lo que dice Terrence! ¡Si supieras lo que sufre por ti! Vamos, tú debes dejarlo todo; ir sin detenerte a su lado y aliviar sus dolorosos y terribles sufrimientos». Candy al oír estas palabras estuvo por seguir a Eliza, pero el amor y la ternura de Rosemary se le vinieron a la memoria y no pudo resolverse abandonarla sin despedirse de ella, sin oír por última vez sus consejos. Y al fin contestó a Eliza que le instaba viéndola vacilante: «—Yo no puedo dejar aquí el rebaño que han puesto bajo mi cuidado, pero mañana vendré temprano y partiremos. —¿Me lo prometes? —dijo Eliza—, ¿me lo prometes como también guardar inviolable secreto, aun respecto de Rosemary, de nuestra entrevista? Piensa que tal vez de tu tardanza o de tu prontitud en ir depende la vida del Príncipe». Candy prometió todo lo que de ella exigió Eliza, y se volvió a la casa de Rosemary mucho menos tranquila de lo que había salido. Al juntarse con sus compañeras procuró disimular lo que pasaba en su interior, por más que este disimulo le fuera costoso, y mucho más respecto a su bondadosa protectora.

Al ponerse el sol tomaron juntas la modesta cena; después gozaron por algún tiempo la amable e instructiva conversación de Rosemary; enseguida se retiraron cada una a su aposento y poco después todo estuvo en silencio en la campestre morada. Mas Candy estaba muy lejos de gozar las dulzuras del sueño. Velaba, presa de cuidados e inquietudes que no experimentaba hacía largo tiempo. La promesa dada a Eliza la atormentaba, pero mucho más la hacía sufrir lo que ésta le había dicho y ella bien comprendía: que atormentaba al Príncipe. Al pensar que había de separarse de Rosemary sentía que se le arrancaba el corazón. «—¿Y por qué —decía— la he de abandonar? ¿Por ventura no tengo bastantes pruebas de que ella sola es la causa de mi felicidad? Iré a verla», dijo, y se levantó para salirse de su aposento e ir al de Rosemary, pero se detuvo en la puerta temiendo interrumpir su sueño. ¡Ay!, acaso temía también que la reprendiese juzgándola culpable. Volvió a entrar y se sentó junto a su lecho sumergida en la mayor amargura. Entonces llegó a sus oídos la dulce voz de Rosemary, que acercándose a la puerta del aposento le dijo: «—Candy, hija mía, ¿no duermes? ¿Qué tienes? —añadió acercándose hasta ella y abrazándola con ternura—. ¿Tú lloras? —prosiguió, sentándose a su lado—. ¿Lloras, y no en mis brazos? ¿He perdido acaso tu confianza?» Al oír aquel dulce acento, Candy no pudo resistir, y le contó su encuentro con Eliza, su conversación con ella y el secreto que le había exigido. Rosemary oyó sin interrumpir y con la sonrisa de la más dulce benevolencia esta relación, y acariciando la joven le dijo: «—Nada temas, descansa por ahora, yo velo por ti». Diciendo esto salió del aposento. Candy más sosegada se recostó en su lecho y pasado algún rato logró conciliar el sueño.

Cerca del amanecer Rosemary despertó a Candy y le dijo: «—Ven, sígueme». Salieron de la casa las dos sin ninguna compañía, al menos en apariencia. Candy tuvo miedo, y aunque no lo manifestó, su compañera que la había tomado por el brazo la sintió estremecerse, y tomándole la mano le dijo: «—No temas nada —pero viendo que aún temblaba la joven, sonriendo añadió—: Voy a manifestarte que nada nos puede suceder». Al instante vio Candy que delante, a sus lados y a su espalda marchaba una aguerrida y bien ordenada tropa, con lo que se tranquilizó enteramente y se preguntaba a sí misma quién era aquella poderosa y amable encantadora.

Habiendo llegado al sitio en que la víspera había hablado Candy con Eliza, dijo Rosemary: «—Espera aquí un momento oculta, estoy cerca de ti, si me necesitas no tienes más que llamarme». La joven obedeció no sabiendo lo que pretendía su protectora; pero poco después oyó las voces de dos personas que hablaban y que se iban acercando a donde estaba ella. Eran un hombre y una mujer, y cuando ya estuvieron cerca los reconoció: ¡eran Terrence y Eliza! «—Aquí en este lugar le he hablado —decía ésta—. —¿Y crees tú que vendrá? —decía Terrence. —¡Oh, sí! Seguramente —contestó Eliza–, no lo dudes. —Recuerda —le dijo Terrence—, los magníficos ofrecimientos que nos ha hecho el poderoso Neil si volvemos a su poder a la fugitiva esclava, y recuerda también las alabanzas que en el Imperio de las Sombras se tributan a tu astucia y a tu talento. —Aún conservo —dijo Eliza—, los ricos regalos que he recibido del Príncipe todas las veces que he hecho a Candy caer en mis redes, haciéndole descubrirme sus secretos y despreciar los avisos del sagaz Albert. —Pero ayer, —continuó Terrence—, debiste obligarla a que te siguiera. —No ha querido dejar el rebaño que guardaba —contestó Eliza—, pero me aseguró que vendría y le arranque la promesa de que no revelaría nuestra entrevista a nuestra mortal enemiga, y te repito, no lo dudes, es nuestra y esta vez no se escapará de nuestras manos». ¡Cuán distantes estaban estos perversos de creer que ellos eran los burlados y que los estaban escuchando! «—¿No te parece que se oye ruido? —dijo Terrence—, ¡huyamos!, volveremos después a la hora convenida». Y se fueron precipitadamente. Indignada Candy contra aquella pérfida amiga a quién había amado y que había sido causa de todas sus desgracias, ¡qué bien conocía ahora cuánta razón tenía Albert en lo que le aconsejaba! Le pedía mil veces perdón.

Cuando estuvieron lejos Terrence y Eliza, Rosemary se acercó a la joven, la condujo cariñosamente y retornaron a su pacífica habitación, y al día siguiente otra de las pastoras saco a pacer el rebaño.

Así pasó algún tiempo, qué hubiera sido para Candy enteramente feliz si hubiera podido encontrar ella felicidad lejos del Príncipe de las Luces, así es que preguntaba muchas veces a Rosemary cuando se pondría en camino para el monte de la Mirra. Por lo que hace a Elroy decía muchas veces a Candy: «—Hija mía, aquí estamos muy bien, no dejemos nunca está apacible morada, aquí no estamos en poder de nuestros enemigos, ya no nos expongamos a nuevos trabajos». Candy sonreía y no contestaba nada.

Una ocasión Rosemary dijo a su joven protegida: «—Quiero que oculta presencies lo que va a pasar aquí; pero después guardarás silencio de lo que veas, ni aun a mí misma me hables palabra de ello», y la colocó en un gabinete desde donde podía ver sin ser vista.

Candy quedó admirada al ver convertida la apacible sala en un salón regio, pues se hallaban allí dos tronos qué Candy se preguntaba para quién estaban dispuestos. Soldados fuertes y aguerridos que portaban relucientes armas, y cuyo Marcial aspecto infundía temor y respeto, guardan la puerta y estaban al lado de los tronos.

No duró mucho su duda, pues a poco rato se abrió la puerta que quedaba enfrente de ella y vio a Rosemary, su buena, su tierna Madre, a quien siempre había visto vestida como una simple pastora, adornada esta vez con real, deslumbrante magnificencia. Su vestido era blanco como la nieve; rica corona de oro y diamantes ceñía su cabeza, y llevaba un manto adornado de valiosa pedrería. Le daba la mano un caballero vestido también con noble decoro, en quién al principio no paró la atención Candy, toda ocupada en contemplar la hermosura y amable majestad de Rosemary; pero poco faltó para que cayera desmayada cuando oyó hablar al caballero y reconoció su voz; volvió los ojos para mirarle y vio que no se había equivocado, que era, en efecto, su antiguo y fiel amigo Albert. Pero, ¿qué hacía allí?

Temblaba y lloraba Candy recordando cuántas veces había desoído sus consejos, y le decía: «—Perdóname, mi buen padre, mi generoso amigo. ¡Oh, si me fuera permitido presentarme a ti y pedirte mil veces perdón!» Procuró serenarse para mirar lo que iba a pasar allí. Rosemary y Albert se hacían cortesías, cediéndose uno al otro el primer lugar, y cuando ocuparon sus asientos vio unos soldados que traían presos con las manos atadas por detrás, al pérfido Terrence y a su digna compañera Eliza. Fueron convencidos de negros y horrendos crímenes: Terrence había usurpado la librea del Príncipe de las Luces sin que fuera cierto que hubiera estado jamás a su servicio. Eliza había abusado para perder a Candy de los encantos de la amistad que ella candorosamente le dispensaba, y Albert los condenó a prisión perpetua.

Cuando Rosemary y Albert quedaron solos, notó Candy que hablaban bajo y aun le pareció oír su nombre repetidas veces, y oyó la dulce voz de la Señora que suplicaba. Por fin Albert se despidió con muestras del mayor respeto, y la noble y majestuosa Reina dejó sus magníficas vestiduras y volvió a ser la sencilla Rosemary, la buena Madre de las pastoras.

En mucho tiempo no hubo mudanza alguna en la suerte de Candy, la que continuaba recibiendo cada día nuevas caricias de Rosemary. Una vez le dijo la Señora: «—Hija mía, ¿tú quieres ir al monte de la Mirra? —¡Oh, sí, Madre mía! —dijo Candy— ¿Cuándo llegará ese feliz momento? ¿Cuándo nos pondremos en camino? —Antes es necesario que te prepares para ponerte en la presencia del Príncipe —contestó Rosemary—, es necesario que te hagas digna de ello y que te pongas en estado de cumplir lo que el Rey de las Luces exige de ti para ser la esposa de su Hijo. —¡La esposa de su Hijo!... —respondió Candy temblando de emoción—. ¿Yo la esposa del Príncipe? ¡No, Madre mía, no me lo digáis, yo no soy digna de semejante dicha! Yo sólo aspiro a la incomparable de ser la esclava de sus esclavas. Yo no merezco llamar al Príncipe mi esposo, y seré harto feliz si me permite llamarle mi Amo y Señor. —Bien, hija mía —dijo Rosemary—, si quieres que el Príncipe sea tu Señor, preciso es que obedezcas sus órdenes; yo sé lo que desea de ti, y voy a indicarte lo que debes hacer». Enseguida señaló a Candy las tareas que debían ocuparla en adelante. Debía dedicarse al estudio, siendo su maestra la misma Señora, la que ejercía este empleo con infatigable empeño y con incomparable dulzura; le enseñaba el idioma de las Luces, el dibujo y la pintura, el cultivo de los jardines; pero en lo que se esmeraba principalmente era enseñarla a bordar, a fin de que algún día pudiera bordar la nupcial vestidura. Todas estas ocupaciones estaban repartidas en las diferentes horas del día, de tal manera, que no se estorbaban unas a las otras, y eran para Candy de gran provecho, procurándole consuelo y distrayéndola de sus penas. Rosemary, que velaba por ella, le procuraba también útiles recreaciones, enseñándola a cantar y a tocar varios instrumentos. Muchas veces al caer la tarde, unían sus voces al susurro de los vientos y al murmullo del arroyo, y entonaban cánticos alabando la bondad y magnificencia el Rey de las Luces.

Una de las ocupaciones que más gusto daban a Candy, era cultivar una parte del jardín qué Rosemary había puesto especialmente bajo su cuidado.

En cierta ocasión que se entretenía en tan agradable trabajo, se juntó a ella una de las pastoras y le dijo: «—Bien haces, hermana mía, en procurarte las más Bellas y exquisitas flores, por qué bien pronto las habremos menester en abundancia. —¿Qué quieres decir con esto, hermana mía?», dijo Candy. La pastora la condujo debajo de un árbol copudo donde se sentaron ambas, y le habló del modo siguiente: «—Dentro de pocos días llega para nosotras una grande fiesta: celebramos el aniversario de la llegada de nuestra Madre a esta tierra; ya te hemos dicho que era un desierto inculto, y que a su llegada se ha convertido en una feraz campiña. Todos los habitantes de ella, pastores y labradores que viven en las granjas y aldeas vecinas, le son deudores de muchos beneficios y la miran como a la pobladora de esta comarca, como a la bienhechora y Madre común. Cuando llega, pues, este tiempo, aniversario de su venida, acostumbran reunirse con nosotras, y todas juntas dedicamos un mes a festejarla, a tributarle obsequios celebrando convites, fiestas y regocijos en honor suyo. Las familias se parten entre sí los días de este mes, turnándose para celebrarla, y el último día Rosemary, nuestra Madre, hace un gran banquete, con el que obsequia a los que le han obsequiado y les hace regalos de grande estimación, como que son talismanes de gran virtud, ya para curar las enfermedades oh ya para otros varios usos de que resultan muchos bienes. Entre los obsequios que acostumbran ofrecer a nuestra Madre en cada uno de los días de dicho mes, tienen preferencia las guirnaldas y ramilletes de flores, y por eso te he dicho que haces bien en procurártelas». Grande regocijo causó a Candy lo que oía, y pensó desde luego en los obsequios que debía ofrecer por su parte a su amada protectora. Además de las flores que cultivaría con doblado esmero, trató de disponer algunos dibujos y bordados, los cuales, aunque no podían menos de quedar imperfectos, mostrarían de algún modo su aplicación y sus adelantos, y juzgaría ella que serían gratos a la Señora.

La fiesta se acercaba; de todas partes iban llegando los habitantes de aquellas comarcas cargados de presentes, acompañados de sus familias y hasta de sus rebaños. A todos recibía con afabilidad Rosemary. Se construyeron alrededor de la casita graciosas cabañas, qué adornadas con flores durante el día e iluminadas por la noche, presentaban un bellísimo espectáculo.

Llegó, pues, el día señalado para comenzar la fiesta. Apenas escucharon los primeros cantos de los pájaros que anunciaban que pronto iba a amanecer, sonaron en la puerta de la cabaña la zampoña, el tamboril y todos los instrumentos campestres, acompañando las alegres voces que saludaban a Rosemary, deseándole toda suerte de felicidades, congratulándose de su hermosura y rogándole que viniera a colmarlos de ventura con su dulce presencia.

Se abrió la puerta y se presentó la amabilísima Señora, regocijo de toda aquella comarca, y allí fueron los abrazos cariñosos, las alegres risas. Condujéronla a un dosel florido que estaba preparado sobre la verde hierba; hiciéronla tomar asiento, y luego cuantos allí estaban fueron llegando uno a otro a ofrecerle un ramillete de escogidas flores. Enseguida las familias a quienes tocaba la solemnidad de aquel primer día, se acercaron en grupos a la Señora para tributarle sus particulares obsequios: eran regalos sencillos y rústicos a la verdad, pero ofrecidos con sincero afecto y recibidos con incomparable benevolencia. Quién ofrecía un corderito blanco como la nieve, quién un panal de miel, un nido de pajarillos, un canastillo de frutas o un par de tortolitas blancas. Para todos tenía una palabra de ternura la agradecidísima Señora, todos salían de su presencia inundados de gozo y de consuelo.

Los pastoriles instrumentos que habían callado por un instante, volvieron a sonar y pasaron todo el día las pastoras entretenidas cantando sencillos cantares en alabanza de la más tierna y querida Madre.

El segundo día y los demás fueron en todo semejantes al primero. El júbilo iba creciendo de día en día. Candy experimentaba un delicado sentimiento de dicha y bienestar, y Elroy participaba en gran manera de estos afectos; gozosa se ocupaba en preparar las flores y en formar guirnaldas y ramilletes que se habían de ofrecer a la Señora; radiante de júbilo iba a su vez ella misma a tributarle sus obsequios y se sentía inundada de dicha con sus palabras y con sus miradas.

Cada día se presentaba nuevos motivos de regocijo, se inventaban nuevas diversiones, nuevos cánticos y nuevos obsequios. Aquellos a quienes tocaba preparar el convite, rivalizaban con los demás por su empeño en agasajar a la Señora, pero sin envidia, sin el menor disgusto ni desazón; la amistad más pura, la paz y la alegría reinaba entre aquellos felices convidados, y la amable vista de Rosemary los hacía saltar de júbilo.

Muy pronto pasaron para Candy días tan felices, llegaba el último de todos, en que Rosemary acostumbraba dar a sus convidados un banquete. La víspera todo era regocijo en la casita de la Señora, las pastoras alborozadas iban y venían ayudando a su amada Madre en los preparativos del convite; se amasaba el pan, se preparaban las mesas, se aderezaban los manjares, se prevenían flores, adornos y vestidos. Las pastoras reían, conversaban unas con otras, se felicitaban por la alegría que les esperaba. En medio de todo aquel inocente regocijo Candy se sintió acometida de una súbita tristeza; se mantenía un poco retirada, porque aunque amaba tiernamente a Rosemary, aquellos días felices que iban a concluir habían traído a su memoria su antigua felicidad que había desaparecido como un sueño. Pensaba en sus ingratitudes, en la ausencia del Príncipe, en los tormentos que sufría por ella y en la ignominiosa marca que afeaba su cuello. ¡Ella afrentada con esta señal infamante! ¿Cómo podría presentarse entre aquellas cándidas e inocentes pastoras? Rosemary solicita y cuidadosa, no viéndola, fue a buscarla y le dijo: «—¿Por qué lejos de mí, querida niña? ¿Por qué no tomas parte en el regocijo de tus compañeras? —¡Ah!, Madre mía —contestó Candy, y se echó a llorar y se arrojó en sus brazos. ¿Qué tienes, hija mía? —dijo la bondadosa Madre—, arroja en mi corazón todos tus pesares» Candy le abrió su pecho, le declaró todo cuando la afligía y dijo al concluir: «—Lejos del Príncipe, ¿qué placer puedo yo disfrutar? —Alégrate, hija mía —contestó Rosemary—, alégrate, yo lo quiero y tú tienes razón para ello. Alégrate por las esperanzas que te he dado, porque se acerca el día de tu felicidad, porque el Príncipe te ama, sí, te ama mucho, y… alégrate también porque tú has comenzado a amarle. Ea, hija mía Candy, deja todo por mi cuenta; júntate por ahora con tus compañeras y participa de su gozo». Las palabras de Rosemary obraron eficazmente sobre Candy; se disiparon todos sus pesares; le alejaron de su mente todas las especies que podían afligirla y se derramó en su corazón una inocente e inusitada alegría; besó la mano de su bienhechora, fue saltando a encontrar a sus compañeras y tomó parte en sus amables y divertidas ocupaciones.

Al día siguiente, antes de asomar la luz, se levantaron todos y fueron a despertar a la Señora como el primer día. Dejóse ver Rosemary que parecía más hermosa que nunca. Saludo a todos con maternal sonrisa y fue a sentarse en su florido dosel.

Conforme iban llegando todos los concurrentes a ofrecer sus ramilletes, iban recibiendo de la señora algún precioso regalo, cada uno recibía lo que más le convenía, lo que más había menester. A unos les daba frasquitos llenos de esencia o de óleo de fragancia suavísima; a otros bálsamo precioso fabricado por sus manos, y que tenía la virtud de curar todas las heridas y de calmar todos los dolores; a otros, y eran los más, daba collares de perlas esmaltadas en oro; a no pocos, su retrato; a otros, cintas y vestidos que llevaban bordada la cifra misteriosa; dio a varias doncellas anillos, pendientes y brazaletes de oro; a otras, lienzos de lana y de lino tejidos de sus manos. A los tiernos niños, preciosas cajitas llenas de sabrosas confituras. Cada uno quedaba contento con lo que recibía y no envidiaba los regalos de los otros; pero todos al recibir aquellos dones sentían tanta dulzura, tanto júbilo y alborozo, que no podían menos que expresarlo cantando himnos, dando voces y haciendo otras mil demostraciones.

Por lo que hace a Candy, cuando llegó su vez, solo recibió de la Señora un tiernísimo ósculo y un estrecho abrazo, y al dárselo le dijo los regalos que tenía preparados para ella los reservaba para mejor ocasión.

Concluida esta ceremonia todos se esparcieron por el campo y pasaron el día como los otros en inocentes y agradables diversiones.

Cerca de ponerse el sol, Rosemary convocó a todos sus convidados, y con la más amable cortesía los invito a ponerse a la mesa.

En aquel ameno bosquecillo en que Candy vio las palomas blancas que la condujeron por primera vez a la venturosa casita, en aquel sitio encantador, entre las rosas y azucenas y las márgenes del cristalino arroyo estaba preparada la mesa del convite. Todos ocuparon sus asientos respectivos, y Rosemary pon maternal agasajo le servía por su mano la comida; los sabrosos y bien preparados manjares, el pan blanquísimo, hecho de la flor de la harina, y los regalados frutos de su huerto. En cuanto a la bebida no fue más que agua cristalina y pura, cogida del cercano arroyo. Rosemary con indecible gracia se disculpó de no servir otros licores, porque decía: «—Los vinos fabricados en este desierto todos sabéis cuán perniciosos son, y en cuanto a los saludables y generosos vinos traídos del Reino de las Luces, los tengo reservados para una fiesta a la que desde ahora convido a todos los presentes. ¡Fiesta de inmenso regocijo, porque será la celebración de una gran boda!» Al decir esto fijó sus hermosos ojos en Candy que estaba a su lado. Todos comprendieron que de ella se trataba y prorrumpieron en ruidosas exclamaciones celebrando su ventura. Las pastoras arrebatadas de júbilo, se arrojaron a ella y le dieron mil abrazos y felicitaciones. Candy se puso encendida y las lágrimas saltaron de sus ojos. No pudo más, rompió a llorar y ocultó su semblante en el seno de su amada Madre. Ella la acogió con benévola sonrisa, y todos gozaron por largo rato amable conversación. Terminado el banquete todos se retiraron a sus aposentos, y al día siguiente se despidieron de Rosemary y de las pastoras, y llenos de gozo volvieron a sus respectivas moradas, llevando y conservando con grande aprecio los dones que habían recibido. Rosemary y sus hijas volvieron a sus acostumbradas tareas.

Candy adelantaba de día en día en todo cuanto se le enseñaba. Hacía grandes progresos especialmente en el bordado, ya habían salido de sus manos bellos paisajes, cortinas y tapices que adornaban la casita con grande regocijo de la amable Maestra. Candy, siguiendo sus consejos, acudía también todos los días a su espejo maravilloso que había traído consigo y que conservaba con gran cuidado, porque aunque hacía mucho tiempo que no gozaba su amada visión, las palabras de Rosemary le habían hecho concebir grandes esperanzas de volver a verla y grande aprecio del espejo. «—Es una rica alhaja —le había dicho—, se guardaba con otras muchas en el castillo de la Cumbre, la sierpe abusó de él para perderte y le manchó con su impuro aliento; pero ya ves, ha sido renovado y purificado para tu uso, y a fuerza de mirarle ha de venir un día en que su vista te haga muy feliz.

Llegó por fin la vez en que Rosemary llamó aparte a Candy y le dijo: «—Hija mía, mañana apenas hubiere luz, irás a mi aposento, porque tengo algo importante que decirte». Candy espero con ansia que amaneciera. Muy temprano se levantó fue al aposento de Rosemary precipitada, pero la Señora no dio señal alguna de advertir su presencia. Estaba toda ocupada en escribir una carta. Candy no quiso interrumpirla y esperó. Tuvo entonces grandes deseos de saber lo que Rosemary escribía, y estaba colocada de manera que con facilidad hubiera podido leer lo escrito; pero apenas tuvo ese pensamiento cuando se sintió penetrada de un respeto tan profundo que la obligó a bajar los ojos, y esperó en silencio hasta que Rosemary, habiendo terminado se volvió a ella y después de saludarla con su acostumbrada ternura le dijo: «—Hija mía, ya es tiempo de que te pongas en camino. —¡Para ir al monte de la Mirra! —exclamó Candy. —Para ir al monte de la Mirra —dijo la Señora—, necesitas un guía, y sin esto tu pérdida es segura. —Querida Madre mía, ¿quién puede desempeñar este oficio? —preguntó Candy. —Hija mía —respondió la Señora—, tú has tenido deseos de saber el contenido de esta carta; pues tú me has abierto tu corazón y no has tenido para conmigo secreto alguno, bien mereces que yo te comunique los míos. Léela, pues, y mira a quién va dirigida, es ese el guía que debe conducirte. Candy tomó la carta de manos de Rosemary y vio con sorpresa que iba dirigida a Albert y que decía así: «Albert, te mando a nuestra Candy; yo he cumplido con mi encargo, cumple con el tuyo; pero no te olvides, te ruego, que Candy es hija mía».

«—Guarda esta carta —dijo Rosemary—. Partirás para tu castillo de la Falda; yo te marcaré el camino de tal manera que te sea imposible extraviarte; en llegando a él, busca a Albert, y cuando estés en su presencia, ruégale con humildad y con instancia que te conduzca al monte de la Mirra para pedir perdón al Príncipe de las ofensas que le has hecho, y rogarle que reciba en su servicio. Cuando le hayas hecho esta petición, podrás presentarle mi parte ese papel, y desde entonces quedarás al cuidado de Albert y harás todo cuanto él te diga. —Estoy dispuesta a obedeceros, Madre mía —contestó la joven. —Pues bien, hija mía —prosiguió la Señora—, ponte en camino y no temas nada si sigues en todo los consejos de Albert. Es prudente, es discreto, te ama, y lo que debe ser más para ti, el Príncipe le ha puesto a tu lado. Ahora, querida hija mía, voy a hacerte los regalos que te he prometido, y que te serán de grande utilidad». Diciendo esto, dio a Candy tres dones de inmenso valor: uno era una lámpara de limpio cristal, que por medio de un resorte se encendía, y su luz era tan brillante, que tornaba la noche más oscura y tenebrosa en clarísimo día; el segundo era un abanico. «—Con este —le dijo la Señora—, no tienes que temer el fascinante influjo de la sierpe, pues con sólo agitarlo disiparás su emponzoñado aliento». El tercero era un bellísimo collar de perlas y oro; esta alhaja era un precioso adorno para su cuello, pero no era esto lo más, porque la inestimable virtud de este talismán consistía en que haciendo correr sus perlas una tras otra, formaban entre sí un ruido tan grato y armonioso como el de una cascada argentina o de sonoras campanillas de cristal. «—Este ruido —dijo Rosemary—, le oiré yo donde quiera que estuviere, y por lejos que te halles de mí, acudiré al punto en tu socorro». Candy se estremeció de júbilo al recibir estos preciosos regalos: beso mil veces la mano de su bienhechora y abrazándola con ternura le dijo: «—Siento dejar vuestra dulce compañía, mi muy querida y tierna Madre, pero al mismo tiempo no quiero dilatar ni un instante mi partida, pues voy en busca del Príncipe». Candy se separó de Rosemary para disponer su viaje.

Era de verse la resistencia que opuso Elroy luego que Candy le comunicó su designio. Lloraba al pensar que se vería de nuevo expuesta a los pasados trabajos y fatigas. Candy la consolaba, a pesar de hallarse también afligida. Elroy le manifestaba cuán dichosas eran en la casa de Rosemary. «—¿Por qué salir de aquí? —decía—, ¿por qué dejar esta tranquila morada, Candy? Aquí no es el palacio de las Negras Sombras. ¿Qué fatalidad te lleva a buscar los peligros y las fatigas? Dejamos el descanso y vamos a buscar penas y riesgos indecibles. —Verdad es —le contestó Candy—. Pero vamos en busca del Príncipe». Estas razones no bastaban a convencer a Elroy, la cual continuaba llorando; llamaba en su auxilio a las pastoras y las conjuraba que no dejaran partir a Candy; se asía de ella y protestaba no dejar nunca aquella dulce y bien amada mansión. Candy, en tal apuro, llamó en su auxilio a Rosemary, que se presentó al momento con su acostumbrada benevolencia. Tomó a Elroy y la acercó hacia sí, le hizo mil caricias, le dio algunos regalos, dulces y sabrosas confituras, y le dijo tales palabras que Elroy salió de su presencia resuelta obedecer en todo a su joven ama.

Mostraron grande sentimiento las pastoras por la separación de Candy, les hicieron regalos así a ella como a Elroy, y todo aquel día pasó en hacer los preparativos para la partida. El siguiente, muy de mañana, las dos viajeras se despidieron de Rosemary y sus compañeras con tiernas expresiones, con abrazos, con lágrimas de una y otra parte.

Rosemary dio a Candy sus últimos consejos, la besó cariñosamente y la despidió.

Apenas hubieron dado los primeros pasos, se volvieron para contemplar aquel dichoso albergue donde habían pasado días tan felices. Elroy rompió a llorar y faltó poco para que abandonase sus resoluciones. Cuando ya no podían oírse, se despidieron por señas, agitando blancos lienzos, hasta que de todo punto se perdieron de vista.


Candy se ha enterado de la fuente de todas sus desgracias.

Por fin Eliza y Terrence han recibido su castigo.

¡HASTA LA PRÓXIMA!