Edward estaba borracho. Desde el día en que Bella decidió marcharse, cada mañana se despertaba con una tremenda resaca, a veces en su dormitorio, a veces en su despacho, y otras veces en lugares sin recordar cómo había llegado.
Cuando eso ocurría, se iba de donde fuera como una exhalación, con la terrible necesidad de volver a su casa porque pensaba que todo había sido una pesadilla y que Bella aún estaba allí, esperándolo. Pero no era así, nunca era así. Entonces se aferraba a sus almohadas, o se tiraba sobre su cama para poder inhalar el aroma que había dejado en ellas.
El primer día que una doncella intentó cambiar la ropa de la cama, la echó a empujones y ordenó con fiereza que la persona que se atreviera a volver a entrar en aquella habitación, sería despellejada a latigazos.
Mike lo observaba con conmiseración. Sabía cuál era el mal que estaba consumiendo a su amo y conocía perfectamente el remedio, pero cada vez que intentaba entablar una conversación al respecto con él, Edward lo cortaba con cajas destempladas y se negaba a escucharle.
«No es por su culpa —se decía, tozudo como una mula—. No la amo». Pero mentirse a sí mismo no aliviaba su dolor.
El día que la carta llegó, estaba mirando pensativo la botella de whisky. Eran las dos de la tarde, y no hacía mucho que se había levantado. No había comido, como tantos otros días, y estaba a punto de abrirla y empezar a beber cuando Mike entró con la misiva.
No quiso leerla. ¿Qué podía querer de él Bella? Pero Mike lo obligó. Por primera vez se enfrentó a su amo con fiereza y lo amenazó con sacarle la estupidez de encima a golpes si no leía aquella carta.
Edward no le tenía miedo. En un estado normal, Mike no tenía ninguna oportunidad contra él; pero las semanas que habían pasado había perdido mucho peso, estaba hecho una mierda a causa de las borracheras y la mala alimentación, e incluso creía que estaba a punto de enfermar. Pero no quiso ceder, y el puño de su criado y amigo lo alcanzó en pleno pómulo, partiéndole la mejilla e hinchándole el ojo. Él cayó al suelo, desmadejado. Las fuerzas lo habían abandonado.
Mike lo levantó, lo sentó, y lo obligó a leer.
«Estoy esperando un hijo». Eso era todo.
Edward arrugó la carta y la lanzó al fuego. Se llevó las manos a las sienes y empezó a frotarse el cráneo, mesándose el pelo. ¿Qué podía hacer?
Mike cogió el papel antes que se quemara y lo leyó. Miró a su amo con pena, sacudió la cabeza y salió de allí sin decir una palabra. Ordenó a unos criados que hicieran el equipaje del señor, a otros que prepararan el baño, y cogió a Edward y lo llevó a rastras hasta allí a pesar de sus protestas.
—¡Puedo bañarme solo! —rugió cuando Mike había empezado a desnudarle—. ¿A qué viene esto?
—Viene a que va a ir a Dorset y va a hacer las paces con su esposa, a eso viene, señor.
—¡Y una mierda! ¡Yo no voy a ninguna parte!
—¡Ya lo creo que va a ir! Aunque tenga que llevarlo a rastras, atado y amordazado, después de darle la paliza de su vida, señor. ¡Va a tener un hijo!
—¿¡Y qué!?
No vio venir el primer puñetazo. Ni el segundo. Ni el tercero. Cuando empezó a sangrar por la nariz, tirado en el suelo, Mike paró.
—Como vuelva a decir otra barbaridad como esa, señor, con todos mis respetos, seguiré golpeándolo hasta que entre en razón. ¿Y qué? ¿Se atreve a decir algo así?
¿Es que ya no recuerda qué significa crecer solo? ¿Sin nadie que te proteja? Porque yo sí lo recuerdo, señor. Hubiera dado mi brazo derecho por tener un padre. ¿Y usted va a dejar a su hijo solo?
—No estará solo —murmuró, cabezota—. Su madre se ocupará de él.
—Un niño también necesita a su padre. Una esposa necesita a su esposo. Y usted, señor, necesita a la señora Bella. Déjese de gilipolleces de una puta vez. Estoy harto de aguantarle y verle deambular como alma en pena. ¿No quiere aceptar que la ama? Muy bien. ¿No quiere reconocer que la necesita como el aire que respira? Es su problema. Pero no se atreva a negarle a ese niño el padre que merece, ¡maldita sea!, por qué no voy a consentirlo.
Edward se quedó en el suelo, sentado. Apoyó la espalda contra la pared y alzó la mano para apoyar el brazo en el borde de la bañera. Cerró los ojos e intentó respirar profundamente. Tenía la nariz rota, y le dolió, pero no tanto como le dolía el corazón cada vez que pensaba en ella, y eso ocurría cada minuto de cada hora de cada día.
Se pasó la mano por el mentón y se sorprendió de notarlo poblado de pelo. Llevaba días sin siquiera afeitarse. Se miró las manos, temblorosas y casi estuvo a punto de echarse a llorar.
La amaba. ¡Por supuesto que la amaba! Y estaba aterrado por ello. Bella había tenido razón, era un cobarde. Lo supo en el mismo instante en que ella lo dijo, y por eso la dejó marchar. Ella estaría mejor sin él. Era un hombre con un corazón oscuro y frío que la haría desgraciada porque era incapaz de hacerla feliz dándole lo que ella necesitaba. No sabía qué era la ternura, el cariño, el respeto. ¿Cómo iba a mirarla cada día sin ser capaz de decirle «te amo»? En todas las semanas que habían pasado juntos, solo la había besado una vez: la misma noche en que ella lo abandonó. Los besos eran una forma de mostrar cariño, y él nunca lo hacía. Y sin embargo, la había besado.
—Ella no querrá saber nada de mí. Me lo dejó bien claro cuando se marchó.
—Usted la obligó, señor —contestó Mike con acritud—. Después de todo lo que la forzó a hacer, ¿qué esperaba? Pero no pierde nada por intentarlo, ¿no? Si no lo consigue, solo será su orgullo el que sufrirá. Y estoy seguro que si se esfuerza un poco, la recuperará. Ella lo ama, señor. Uno no se olvida de lo que siente con tanta facilidad.
Edward no dijo nada, pero asintió con la cabeza. Quizá aún tuviera una oportunidad. Todo el mundo sabía que las mujeres, cuando estaban embarazadas, eran mucho más sensibles. Pero no iba a suplicar. Se le removían las entrañas solo de pensarlo. Su orgullo era demasiado grande.
