Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole. Yo solo traduzco.
Capítulo 18.5
Una Banda de Hermanos
"¡Qué extrañas criaturas son los hermanos!" ~Jane Austen
EMMETT
—Otro —espeté, bebiendo mi shot. El barman simplemente arqueó una ceja, sacudiendo su cabeza, pero aun así siguió vertiendo.
¿Qué iba a decirme? ¿Que me vaya a casa? Tacha eso. ¿A mi cuarto de hotel? Por lo mucho que le estaba dando de propina, más vale que se guardara sus opiniones para sí mismo.
—Bueno, miren aquí, si no es el Emmett Cullen. Quizás esta sea mi noche de suerte.
Mierda, amigo. Suspiré antes de girarme para ver a Archer White, el principal reportero presidencial de la revista Time, en otras palabras, el dolor en mi culo.
—¿Qué quieres Archer? —espeté.
—Una Pepsi.
—¿Pepsi? Marica —reí.
Él sacó su teléfono para comenzar a grabar al parecer.
—¿Puedo citar lo que dijiste?
—¿Cuál es tu maldito problema? ¡No estoy compitiendo para presidente! ¿A quién mierda le importa lo que digo?
—La gente de los Estados Unidos está perdiendo la democracia. Tu suegro está compitiendo sin tener un oponente real. Básicamente ganó sin responder preguntas reales sobre los derechos de las mujeres y de los gays, el calentamiento global, la guerra, las relaciones económicas, la educación…
—¡Lo entiendo! Ahora ve a preguntarle al senador Hale, porque no entiendo por qué me molestas a mí.
—Eres su yerno, has estado en su campaña por meses. Le compraste un collar de diamantes a tu esposa el mismo día que fuiste a un comedor comunitario. Eres un jodido príncipe y toda tu familia se alimenta de la codicia. ¿Alguna vez has trabajado en tu vida? Todo este dinero que tienen…
Tomándolo del cuello, lo tironeé hasta que estuviera de pie.
—Ahora que los dos estamos de pie, dilo en mi cara, maldito…
—¡EMMETT! —Mina, mi estratega política menos favorita y cuidadora. Tomó de mi brazo, intentando hacerme hacia atrás—. Emmett, tenemos que irnos, ahora. Ningún trago más.
Lo solté, pero el imbécil no parecía poder cerrar su puta boca.
—¿Tiene una adicción, Sr. Cullen? —preguntó, frotándose el cuello mientras levantaba su teléfono.
Quitándoselo de su mano, Mina dejó un cheque sobre la mesa.
—El periodismo solía ser respetable. Ellos no acosaban a los ciudadanos, ni esperaban a que estén en el suelo para atacarlos. Puedes citarme en eso. Buenas noches, Sr. White.
Me sentí como un niño por la forma en que ella me sacaba del bar. Su pequeña mano color oliva no soltó mi camisa hasta que cruzamos el ascensor. Por supuesto, mi suite se encontraba en el piso sesenta y siete.
—¿Acaso te volviste loco? —siseó, sus ojos oscuros ardían con rabia—. ¿Lo hubieras matado?
—No, debería haberlo matado. No tenía derecho a hablarme así. ¡Soy un maldito Cullen!
—¿Y qué?
—¿Y qué? Ser un Cullen…
—¡Ser un Cullen importa un carajo aquí! Se trata de ser un Hale, ser presidente. Lo entiendo, estás acostumbrado a romper los dedos del que te mire mal. Pero como dije cuando te uniste, debes tomar con humildad el barro que te arrojan. Mira la escena completa, ¿recuerdas? Estamos en la última instancia. Sigue haciendo lo que venías haciendo hasta anoche.
—Sí, quieres decir, seguir siendo una perra. Gracias por recordármelo, Mina. Iré a planchar mi traje ahora —anuncié, bajándome en mi piso.
—Eso es todo lo que pido. —Sacudió su cabeza mientras la puerta se cerraba y todo lo que pude hacer fue mostrarle el dedo del medio.
Quería mandar a la mierda a todo el maldito mundo. Entrando a la sala de la suite de colores pasteles y cuadros genéricos de flores, me dirigí hacia el bar una vez más.
—¿No crees que has bebido suficiente? —susurró Rose, saliendo del cuarto en su bata roja de seda.
—No se supone que piense, ¿recuerdas? Solo soy el esposo divertido y comprensivo con una gran billetera —le dije, abriendo la champaña que acababa de ser traída.
—¿Por qué es tan difícil esto para ti? No lo entiendo. ¡Por semanas has estado melancólico como un perro herido!
Por supuesto que ella no lo entendía, ¡jamás lo entendía!
—¡Porque soy un perro herido! Mi familia me exilió aquí porque no supe mi lugar.
—¿Exiliar? ¡Estás en una puta suite en un hotel cinco estrellas! ¡Por una vez estás solo y ni siquiera puedes manejar eso! Eres un hombre grande, Emmett, actúa como tal…
—¡Cierra la maldita boca! Por el amor de Dios, Rose, ¡cállate! Es un error de mi parte pensar que puedes entenderlo, pero simplemente no puedes. ¡La familia es todo! No tienes hermanos, ni hermanas, y tus padres se odian. Por supuesto que no tienes idea. Jamás confiaste en alguien, dependes solamente de ti y por esa razón estás muriendo por dentro. Mueres por validación y amor de la gente que ni le importas, que no te conocen. Pero prefieres eso…
—Estás ebrio, me voy a la cama antes que nos dañes aún más.
—Haz eso. —Fue todo lo que pude decir antes de dejarme caer sobre el sofá. Girándome de un lado al otro, intenté ponerme cómodo, pero por supuesto que el hotel cinco estrellas no podía conseguir un sofá para todas las medidas. Me encontré observando el candelabro del techo, inseguro de si debía o no ir a ella. Sin embargo, no tuve que esperar demasiado antes que una almohada cayera sobre mi rostro.
—¡Vete al diablo por hacerme enojar demasiado como para dormir! —espetó antes de darme un puñetazo en el brazo.
—¡Oye! Detente. —No lo hizo y tomé de sus manos, jalándola sobre el sofá y haciendo que los dos cayéramos al suelo.
—¡Rose, Dios, contrólate! —grité, atrapando sus brazos sobre su pecho.
—¡Bájate de mí, hijo de puta! ¿Muero por validez? ¿Qué tal tú? Te mueres por que tu hermanito te ame, que tu padre te respete, por algo de significado a tu vida. Bueno, ¿adivina qué? Si no hubieras renunciado a tu título de Ceann Na Coairte, hubieras tenido todo eso y más.
Quería estrangularla, pero alguien tuvo que golpear a la puerta. Nuestras miradas se encontraron antes de arreglar nuestras ropas e ir hacia la puerta. Ella tomó de mi brazo, colocándome a su lado antes de abrir la puerta.
—Hola —dijo ella sonriendo tan falsamente que luché para no poner los ojos en blanco.
El mayordomo devolvió la sonrisa antes de darle una carta.
—De parte del senador, Sra. Cullen, Sr. Cullen.
—Gracias, buenas noches —dijo Rose, cerrando la puerta antes de abrir la carta.
—Tu padre sabe que solo estamos un piso debajo de él, ¿no? —¿Y yo era el niño rico malcriado?
—Nos está invitando a todos a desayunar antes de volver a Chicago. Aparentemente, terminamos. Quizás ahora puedas aprender a sonreír de nuevo —comentó antes de lanzarme la carta a la cara.
Atrapándola para asegurarme de no estar soñando, quise bailar de felicidad. Volvía a casa.
JASPER
Se lo puse a un lado de su rostro, esperando a que apartara su mirada lejos de Orgullo y Prejuicio. Sin embargo, estaba tan inmersa en las palabras de la señora Austen, que ni siquiera lo vio. Me hizo querer reír. En cambio, con un dedo, bajé su libro.
—¡Jasper! El Sr. Darcy estaba a punto de… —Se detuvo cuando vio el porro frente a su rostro.
—¿Decías?
Ella sonrió, tomando el porro de mi mano.
—Me malcrías.
—Alguien tiene que hacerlo. —Reí, sentándome en la cama y encendiéndolo para ella. Sus manos temblaban un poco cuando se estiró para tomarlo. Dando una gran calada, tosió, riéndose mientras lo hacía.
—Más despacio o vas a terminarte toda mi mercancía.
—Uh, qué mal. Tengo permiso para fumar. —Se relajó sobre los almohadones detrás de ella.
—No en Irlanda.
—Detente, matas mi entusiasmo.
Tomando el libro de su regazo, leí la página que estaba leyendo.
—¿Estabas baboseándote por el Sr. Darcy de nuevo?
—¿Celoso?
—Por favor, Darcy no es nadie en comparación. Mira a esta sonrisa, a estos ojos. —Reí, posando para ella. Ella me observó a través del humo antes de reírse—. Allí se fue mi ego.
—También tienes una buena cabellera —susurró, dejando el porro a un lado sobre la mesa para pasar sus manos por mi cabello—. Estoy contenta de que no te lo hayas cortado por mí.
La sonrisa en mi rostro cayó cuando me encontré con sus ojos. Dejándome caer sobre los almohadones, estiré una mano y acaricié el pañuelo azul que se había colocado.
—Sabes que lo habría hecho, ¿no? Me hubiera afeitado las cejas también. —Incluso aunque sonrió, lo decía en serio.
Las últimas semanas habían sido duras. Sus cambios de humor, su dolor, la pérdida de su cabello. Quería hacer lo que fuera para ayudarla a llevar esa carga. Sin embargo, todo lo que pude hacer fue estar allí… rezaba que fuera suficiente por ahora.
—Perdón por haber sido una perra ayer —susurró, acurrucándose contra mí.
Envolviéndola en mis brazos, intenté no pensar en ello.
—No estabas…
—Sí, lo estaba. No sé qué me pasó. Que tenga cáncer no significa que deba lanzarte comida. Dolía masticar y quería que sintieras dolor, no sé por qué, pero lo siento, Jazz. Te amo.
Mordiéndome el labio inferior, parpadeé un par de veces antes de dejarlo pasar.
—Estás bien, nena. Esas zanahorias estaban pasadas, de todas formas. Ahora, ¿puedes explicarme por qué insistes en releer esto de nuevo?
—Es un clásico.
—Hay muchos otros clásicos.
—Escucha, Cullen, Orgullo y Prejuicio es un clásico romántico atemporal que hace que mis dedos de los pies se retuerzan. Así que, no lo odies.
Haciendo un puchero, levanté el libro con mi mano libre.
—Y aquí yo pensaba que era el único que hacía que tus dedos se retuerzan.
—No, tú y Jane, pero por otra razón diferente. —Amaba cómo se sentía cuando se reía contra mí—. Ahora, lee.
—Sí, señora. —Buscando mi parte favorita de la novela, leí—: "A poca gente quiero de verdad, y de muy pocos tengo buen concepto. Cuanto más conozco el mundo, más me desagrada, y el tiempo me confirma mi creencia en la inconsistencia del carácter humano y en lo poco que se puede uno fiar de las apariencias de bondad o inteligencia…"
Antes que pudiera parpadear, ella se encontraba de pie y corriendo hacia el baño. Me senté y esperé. Había aprendido a las duras que ella odiaba cuando la seguía al baño. Nos gritamos el uno al otro por ello y simplemente tuve que dejarlo pasar. Ahora, esperaba en la cama con pies ansiosos contra el suelo, a la espera de salir corriendo si me necesitaba. Fueron unos diez minutos largos, pero finalmente volvió tambaleándose.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté, levantándome. Ella sacudió su cabeza, tomando el borde de la cama. Abrazándose a la columna de la cama, respiró profundo, pero no ayudó. Sus piernas cedieron debajo de ella. Antes que pudiera caer, la atrapé rápidamente.
—Diablos —susurró.
—Llegaste más lejos esta vez. De a poco, ¿recuerdas? Acabas de terminar una ronda de quimio —susurré, abrazándola hacia mí mientras me sentaba sobre la cama.
—Solo quiero estar bien ya.
—Lo estarás. No te empujes demasiado. —Sabía que no me escucharía, pero estaría aquí, cada una y todas las veces estaría aquí leyéndole cualquier clásico que necesitara. Y si eso significaba tenerla a mi lado por un minuto más, lo haría por siempre.
¿No estaría bueno que Rosalie se calle por un momento? Jajaja, se está haciendo odiar.
