Después de la visita de su ex esposo, Sakura Haruno hizo que el personal se retirara del edificio bajo la indicación de que necesitaba pasar un par de días sola, en su casa. Llamó al hospital para indicar que atendería unos asuntos personales, y ellos parecieron en exceso flexibles. Después se dio una ducha en su habitación, de aspecto menos juvenil que antes y en la que ya no había fotografías donde apareciera su ex—no podía hacerle eso a las parejas que tuvo después de él—. Se puso un camisón de seda con tirantes cuya tela color azul real apenas alcanzaba sus rodillas mientras un encaje blanco adornaba los bordes de la prenda. Peinó su cabello mientras se miraba en el espejo y reconoció una marca de los labios de él, así que no pudo evitar sonreír al pensarlo. Ella quizá no había estado con tantos hombres como mujeres habían dormido con Sasuke, pero los tres años no pasaron en vano y, aunque fue discreta al buscarlo en otros brazos, jamás iba a compararse tener al real a su lado. Sin embargo, no sabía si él iba a volver. Se levantó de su taburete, se puso unas pantuflas blancas y bajó a la cocina, donde preparó una botella de vino y un plato con quesos, pan, entre otros aperitivos. De vez en cuando hacía aquello, aunque tenía demasiado trabajo en los últimos días, y decidir tomarse un descanso le venía bien. Fue así que apagó las luces del lugar, encendiendo solo las lámparas junto al sillón que estaba frente al ventanal y, con la iluminación tenue, se dispuso a leer el libro que terminó en una ocasión, cuando vivían juntos, porque ahora parecía apropiado: El amor en los tiempos del cólera, por Gabriel García Márquez.
Convencida de que esa noche no podría dormir al no saber de él, Sakura decidió recurrir a la lectura. Quizá la idea de que le cansaría la mente hacerlo mientras bebía vino era una ridiculez, pues una historia de amor fuerte y verdadero no era lo más aconsejable. En realidad, descubría su historia en Florentino Ariza y Fermina Daza. Él era un hombre cuyo amor nació al ver por vez primera a su "diosa coronada"—lo que le recordaba a sí misma jugando en el bosque con las ninfas al usar una corona de flores—, luego su amor se mantuvo mientras crecían. Él fue siempre constante, aun cuando ella decidiera casarse con otro hombre. Él la quiso tanto, que se enfermó de amor y lo confundieron por cólera. Él la amó a ella y solo a ella, aun cuando durmió con todas. Él tuvo a muchas mujeres en su vida, pero solo amó realmente a una, y si ellos eran Florentino Ariza y Fermina Daza, ¿entonces qué los detenía de encontrarse en la madurez de su vejez para estar juntos? El sonido de la puerta cerrándose la hizo colocar el separador y levantarse en camino al bar junto al comedor, para traer un vaso licorero y una botella de whisky, porque era lo que él bebía.
—¿Qué es lo que dijo mi madre? —preguntó, notando que él estaba de pie, con el libro en su mano, leyendo la reseña en la parte trasera.
—Dijo que tú ya no le hablas.
—Se sobrepasó —explicó, para entonces ofrecerle el vaso. Él lo miró, en su mano estilizada, y al final lo tomó, con cuidado, para dejar el libro sobre la mesa de té—. En realidad, estoy esperando una disculpa. Deméter siempre será la madre de Perséfone, la perdonaré fácilmente.
—Tampoco sabía que tú habías recuperado la memoria, y presumió que dejarte haya sido mi primer acto de amor genuino.
—No creo que fuera así, creo que en parte era lo único que ella aceptaría como tal —suspiró—. Sé que ella dijo que depende de la interpretación del universo, pero la realidad es que es una deidad caprichosa y egoísta, como todos nosotros. No hay fuerza que venza a su terquedad y mientras ella intenta fingir que no es su culpa, la realidad es otra.
—¿En qué se diferencia eso de lo que haces tú al decidir que nada importa?
—Nunca dije eso. Para mí importa —lo contradijo, alcanzando su copa de vino para darle un ligero sorbo—. Todo lo que sucedió importa, Sasuke-kun.
—Actúas como si fuera irrelevante. Es como si me hubieras perdonado.
—Supongo que lo hice —murmuró, para sí misma—. Ninguno de los dos nos comunicábamos en esos días, ni siquiera lo intentamos. Hacía falta claridad entre nosotros, y solo vino cuando volviste a conocerme, en Yoshino. Traer a Tsunade parece haber sido un error, ¿no crees?
—¿Cómo supiste que fui a verla?
—Porque hueles a tierra —sonrió, no para él en realidad, y lo siguió con la mirada, notando que se aproximaba al ventanal—. Mi madre da una sensación de calidez, pero huele como la tierra, ¿no lo crees? Debe ser porque es la deidad de la cosecha… no lo sé.
—Sakura, te dejé una carta aquella vez.
—¿La que dice que le entregaste algo a Tánatos? —él suspiró en respuesta, afirmándolo de forma silenciosa—. Lo sé. Los gemelos vinieron aquí por nuestro amor, ¿cierto? Decidiste que el amor que nos tenemos debía desaparecer, por aquél tiempo, y por eso lo escogiste a él: porque creías que era tiempo de que muriera pacíficamente.
—Fue lo correcto. Hicimos pedazos algo tan importante. Lo mejor era que desapareciera de una vez por todas y la mejor forma era en sus manos.
—Pero ellos te engañaron —ante eso, la mirada negra de Sasuke se volvió ligeramente, por el rabillo del ojo y por encima del hombro, mientras ella le sonreía con un aire de diversión—. Crees que porque eres Hades ellos no van a engañarte, pero estoy convencida de que incluso si decidiste que muriera sin violencia, él se lo entregó a Hipnos para que durmiera por un tiempo y sanara. Lo hizo mientras tú no veías, porque ellos querían engañar a la muerte cuando se equivocó.
—¿Te rehusarás a aceptarlo?
—Creo firmemente que deberías discutir con ellos su travesura —se encogió de hombros—. No haríamos esto si estuviera muerto.
—No te entiendo. Deberías odiarme por todo lo que pasó. Deberías estar resentida por lo que hice y querer que desaparezca de tu vida por siempre.
—Puedo ver cómo te sientes, porque yo nunca fui sincera contigo —murmuró, dando pasos lentos y cuidadosos hacia él, deteniéndose a su lado, al menos a un metro de distancia—, pero escribiste cartas para mí, aunque solo entregaste una. Cartas que encontré en esa caja fuerte, junto a los documentos que me llevaron a donde estaban todas las que preservaste de vidas anteriores.
—… ¿las leíste? —ella asintió.
—No todas, pero muchas de ellas. Hay lenguas muy antiguas ahí —admiró, entonces, a través del ventanal, junto a él—. Ahora, Sasuke-kun, quiero que escuches mi historia.
Capítulo Veinticinco: Epaulia
—Cuando encontré las cartas, las ordené por fechas y las leí una tras otra, pensando en lo que te habría dicho. Las memoricé, en mi cabeza, así que recuerdo cada palabra de ellas.
—Estaba obsesionado —suspiró.
—No tenía idea de quién eras cuando me encontraste, pero tuviste razón: me robaste el aliento. Eras tan guapo como un actor o un modelo. Itachi también parecía atractivo, pero tú… —explicó, con una sonrisa diminuta—. No sabía quién eras, simplemente estaba impactada.
—Tenías dieciséis. Eras una niña.
—Hormonas —burló, divertida—. Pero no le conté a nadie. Eras mi secreto. No quería que ninguna de ellas te viera porque, en el fondo, te reconocía. Eras mío.
—Eso no es pos…
—La segunda carta —lo interrumpió—. A decir verdad, estaba asustada. Amenazaste a mi familia, pero sería valiente por ellos —se encogió de hombros—. Estaría bien y sería tu esposa, "viejo rabo verde" —bromeó—. Al final, resultaste ser tú... no supe si me sorprendió más que fueras el hombre que me robó el corazón aquella vez, o que fueras tú: Hades.
—Pero me odiaste.
—No —soltó una risita, minúscula—. Estaba intimidada y apenada. Había cometido un error, tenías derecho a estar enojado y creí que me odiabas. Pensé que me tratarías mal por lo que te hice, pero entonces entendí que me lo merecía. Me atemorizaba que un hombre que me amó tanto y tan fuerte como tú pudiera odiarme. ¿Qué harías? Sin embargo, te debía mucho, Sasuke-kun.
—¿Por qué no fuiste a buscarme, Perséfone?
—En la tercera carta escribiste que me amabas, por primera vez en esta vida —lo miró por el rabillo del ojo, pasando de su pregunta. Él lo aceptó a regañadientes—. Cuando pusiste la corona de flores en mi cabeza pensé que no podía ser mala contigo. Debía ser la mejor esposa que pudiera ser después de semejante decepción y, si podía ganarme tu amor, sería más simple y podríamos estar juntos de otra forma, podría hacerte feliz. Pensé que debía compensarte.
—No quería eso —suspiró—. Quería que fueras tú… era todo lo que quería.
—Pero ya no era la misma —se encogió de hombros—. Tú tampoco… eso no es malo.
—Supongo que estaba aferrado a algo que no podía ser.
—El día de nuestra boda estaba nerviosa, sabía que estábamos haciendo las cosas mal. Incluso cuando me pediste que te llamara de esa forma, más íntima, no parecía que nos conociéramos en absoluto. En ese momento ya sabía que no debíamos casarnos —entonces se volvió hacia él, agobiada—. Fue horrible estar en el mismo altar y que me miraras con ira.
—… creía que tenía que casarme contigo. Ahora sé que me extralimité.
—Estaba asustada. Toda la boda fue una tortura, y pensé que estabas furioso. Realmente creí que me tomarías en contra de mi voluntad en la noche de bodas, apenas pude dormir durante toda nuestra luna de miel —su mirada bajó hasta el suelo, recordándolo—. Pero nunca lo hiciste, y me sentía terrible al volver a casa por pensar así de ti.
—Nunca quise hacerte daño —afirmó, tornándose hacia ella.
—Olvida las cartas —sacudió su mano, para restar importancia—. Eras un hombre tan bueno, tan gentil conmigo. Hacías este gesto dulce cuando me saludabas o te despedías, que era solo para mí, y dejabas tu trabajo a las cinco de la tarde porque era nuestro tiempo juntos.
—Apenas nos veíamos —quiso explicarle.
—Querías conocerme mejor, así que te esforzabas, me dejaste obtener la educación que quería y me amaste en silencio en todo momento. Jamás intentaste ir más lejos de lo que debías, y ahora sé lo que viste en Kiba aquella noche, ¿por qué me obligué a estar ciega ante sus actos?
—Él…
—Lo sé —volvía a hablar en su lugar, porque quería que la escuchara por completo—. En ese tiempo lo supe y lo sé ahora. Dejé que me coqueteara frente a ti, quizá quería llamar tu atención, pero era una idiota. No debí hacer eso, así que yo también propicié lo que sucedió después.
—Lo que hice es imperdonable.
—Yo decido lo que perdono —corrigió—. Esa noche entendí el error que cometí, vi el dolor que te estaba causando cuando te fuiste, y supe que habíamos hecho todo mal. Si pudiéramos volver a empezar, entonces todo se solucionaría porque yo estaba enamorándome de ti.
—Jamás lo creí —admitió—. Pensaba que me odiabas, y debía conseguir que no fuera así.
—Eran inseguridades mías, nada más —le sonrió—. Tú y yo estábamos encerrados en nuestras habitaciones separadas y nunca intentamos que fuera de otra forma. Lo vi esa noche y supe de inmediato que necesitábamos volver al punto de partida. Así que me quité los anillos y salí decidida a decirte que nos casáramos de nuevo, a tomar el tuyo para proponértelo.
—Pero me encontraste con ella…
—Cada vez que se rompe, se supone que el corazón se vuelva más duro después —murmuró—. Si se trata de ti, duele como si hubiese sida la primera. Fue tan horrible que pensé que iba a morir si no lo borraba, que no volvería a ti si lo conservaba en mi cabeza.
—Así que acudiste a Deméter —ella asintió—. Debiste decírmelo. Quizá lo habríamos solucionado.
—Pienso que solo somos capaces de solucionarlo porque ella borró todo de mí —confesó—. Al vivir en Yoshino volví a ser yo misma, como Sakura Haruno y un poco de Perséfone. Al final, la mujer de la que te enamoraste después no era diferente a la que tomaste como esposa. Esa chica solo estaba reprimida por cosas que no comprendía. Se escondía porque no te entendía.
—Si nos hubiésemos conocido por casualidad, si hubiésemos convivido como jóvenes normales que se conocen poco a poco, nada de esto habría sucedido —aquejó.
—Pero tampoco nos amaríamos de esta forma, querido —al escucharla llamarlo de esa forma, él alzó la mirada, un poco sorprendido—. Creo que estás confundido, creyendo que decido amarte por lo que fuimos antes: esposos y reyes del inframundo. Antes de perder la memoria era así, yo también estaba convencida de eso. Pero, ahora… las cosas son distintas.
—¿En qué son distintas, Sakura?
—Te amo más que como Kore, Sakura Uchiha o Sakura Haruno —su mano libre fue hacia él, tocando su hombro—. Te amo por lo que fuimos, por lo que somos y por lo que seremos, pero nada de lo que ha sucedido o sucederá puede afectarlo. Mi amor crece, cambia y evoluciona, así que ninguno de ellos es el mismo al que siento ahora, cuando lo sé todo y, al mismo tiempo, nada.
—Es el amor de Schrödinger —dijo, con una seriedad fría como el acero, pero fue un chiste tan plano que ella no pudo evitar soltar una risita.
—¿Qué? —dijo, intentando no carcajearse. Él suspiró, aliviado.
—Creía que la ignorancia te hacía presa fácil para mí y mis instintos estúpidos, pero pensaba que la verdad te iba a herir más de lo que podría beneficiarte, por lo tanto, al final yo decidí ocultar quién eras —volvió su mirada al ventanal, para admirar las luces de la ciudad nocturna—. No quería confundirte. Quería que fueras libre, pero te aferraste a mí.
—Porque me enamoré de ti a primera vista —sonrió—. Lo hice cuando llegaste a Jeanne d'Arc con tu hermano, como lo hice cuando entraste a la floristería Yamanaka en Yoshino. Yo me enamoré de ti tantas veces que no puedo contarlas, y jamás pude ignorarlo. La diferencia es que me desenvolví diferente en cada ocasión —así, volvió su mirada a la vista panorámica—. Todavía te amo.
—No dejaremos de hacerlo, ¿cierto?
—Es más fuerte que nosotros —alardeó—. Fuéramos deidades o no, Sasuke y Sakura estaban destinados a estar juntos. Creo que de cualquier forma nos habríamos casado jóvenes, porque ese amor sería impetuoso e ilógico, pero tan real y doloroso como lo es el que tenemos.
—Al menos no sería regidos por una decisión de una deidad celosa.
—Fuimos dos deidades, en realidad. Quizá en el momento no era lo correcto, pero no era un asunto de si el amor podía existir o no, tanto entonces como eventualmente. Nuestro problema siempre fueron los medios, Sasuke-kun.
—¿Es el nombre que le darás a mi egoísmo?
—Egoísta sería que no aceptáramos la indiscutible verdad de ser estos chicos: nos habríamos encontrado algún día, en una caridad que detestaras, y nos enamoraríamos intercambiando solo una mirada —narró alegremente, convencida de su historia—. Sin embargo, eso no sucedió. Puedo ser soñadora, pero reconozco la realidad que vivimos. Así que, como Perséfone, seré capaz de comprender si decides que no puedes perdonarme por decidir ignorarte, dejándote olvidado en el inframundo y alejándome de ti durante siglos. De cualquier forma, yo te esperaré.
—Quien debe pedir perdón soy yo.
—Sasuke-kun, yo te perdoné hace años.
En ese momento, no parecía necesario que siguieran hablando al respecto. Había una sensación de alivio en ambos. Probablemente, esta era la primera vez que hablaban con sinceridad el uno al otro, siendo conscientes de todo lo que había pasado y quienes eran. Él jamás había escuchado la parte de Sakura, no tenía idea de lo que su ex esposa tuvo que vivir a su lado, y ahora podía ver mejor lo que había sucedido en su matrimonio. Se le ocurría que, aquél día, si se hubiese presentado de una forma clara y le dijera que él era Hades, que quería que se conocieran, esto habría resultado distinto, sin dolor. Pero, aun cuando estaba convencido de aquello, las palabras de la menor le dejaban en claro que era un error pensar en lo que no fue. Bebió un trago de su whisky, mientras ambos veían a través del cristal, y luego movió su mano sutilmente hasta que se tocaron sus dedos. No midió el tiempo entre los pequeños movimientos que tuvieron que realizar para acercarse uno al otro hasta que sus hombros se encontraran, como si alguien los vigilara, y de algún modo se descubrieron a sí mismos sentados en el suelo, con los dedos entrelazados y terminando sus bebidas al mirar el cristal, en silencio. Parecía que intentaban ocultarse de la mirada de quién-sabe-quién por la forma en la que actuaban. Él había tenido la gentileza de quitarse el saco para que ella se sentara sobre este, pero apenas cruzaron palabras. Quizá querían que el tiempo se quedara de esa forma, en un momento que era honesto y sin preocupaciones. Parecía que se engañaban.
—Hicimos el amor aquí, una vez —al golpear el recuerdo su mente, ella no pudo evitar escupirlo sin más. Él alzó las cejas, dejando que aquello volviera a su cabeza.
—Fue un buen cumpleaños —admitió. Sakura soltó una leve risita.
—Me alegro de que lo fuera —decidió, pero luego suspiró. Sus orbes se movieron rápidamente entre las luces de Tokio, pensando en algo angustiante—. No quiero que te vayas —al final, lo dijo en un murmullo, como si supiera que estaba mal decirlo. Él la miró, a su lado, pero ella decidió seguir admirando las luces de la ciudad—. Te extraño muchísimo cuando no estás.
—Lo sé.
—Si tan solo pudieras…
—Lo lamento.
—Ya sé —se quejó, para bajar la mirada. Estrechó su agarre, aferrándose al menos a eso—. Vas a volver a irte, yo lo sé. Pero eso no significa que yo quiera que lo hagas.
—Zeus se disculpó —explicó—. Y quizá deba buscar a Poseidón y a Hera para ofrecer mis disculpas, suponiendo que estén en la tierra. No los puedo perdonar, a ninguno de ellos, pero al menos puedo intentar hacer las paces. No podría soportar que actúen contra el clan por rencor.
—No has hecho suficiente, ¿eh?
—Me pregunto si un día bastará —así, él se acercó a ella, atrayéndola hasta su pecho.
—Tienes que irte. Ese es el único motivo por el que lo acepto, pero no es más sencillo —negó con la cabeza—. Si alguna vez, al menos, pudiéramos estar juntos por un año… Entonces eso sería definitivo y jamás volveríamos a separarnos.
—Queda algo bueno de esto —murmuró, llevando una mano a alzarle el rostro, por el mentón, para admirar sus ojos tristes—. Al menos ahora me queda un motivo para volver a Japón, Sakura.
—¿De verdad lo crees? —él asintió, levemente—. Sasuke-kun, la próxima vez que vengas, tendrás que quedarte un año completo conmigo. Si después de ese año tú todavía necesitas irte, entonces no diré nada. Lo aceptaré, ¿de acuerdo? No esperaré por ti, ni siquiera lo pensaré. Amaré a alguien más después de eso, y seré feliz. Lo prometo.
Aun así, les quedarían cuatro días. Él conviviría con su madre como prometido, escapándose como si nadie lo notara para encontrarse con ella, pero todos lo sabían. No había necesidad de imaginar que ella recordaba todo, aunque él se los dijo antes de abordar el avión. Se despidió de su amante—y ex esposa— la noche anterior, para facilitar las cosas. Durmieron juntos por días consecutivos, le habló de sus viajes, escuchó los logros de ella y decidió festejarlos a su lado con una cena, dejó que le cortara un poco más el cabello, así que volvió a su viaje con un aspecto más pulcro. Al final nunca tuvo la discusión sobre su culto con su madre y tampoco le interesó siquiera pensarlo. Se había puesto al día con Itachi sobre los negocios, jugó con su sobrino, su padre habló de responsabilidades, su madre pidió que volviera pronto, tocó la barriga de Izumi, besó al amor de su vida—todas y cada una de sus vidas— y se marchó en silencio. Sakura Haruno se quedó atrás, admirando el cielo azul y pensando si algún día él regresaría…
[Dos Años Después]
—Le pedí un año —se quejó, Sakura. Ino la miró, como siempre, alzando su ceja de forma tal en que parecía cuestionar todo lo que ella decía—. Solo un año… ¿era mucho pedir?
—Bueno, él ha venido a visitarte constantemente.
—Debo creer que esto cambiará, ¿cierto?
—Creo que te volverías loca si no fuera así y, en el proceso, harías que todos a tu alrededor se desquiciaran junto a ti —se encogió de hombros—. Yo ya estoy a medio camino.
Ino Yamanaka tuvo a un pequeño nene rubio, hermoso, justo dos años atrás. Él estiraba los brazos hacia Sakura y la llamaba, por error, "tías". Al menos cuatro veces al año, la doctora que se versaba como cirujana encontraba espacio en su apretada agenda para escaparse al hogar de su amiga, y una de estas ocasiones era durante el Hanami. Su fortuna le había permitido comprarse una hermosa casa en la montaña, la cual era cuidada y atendida por la familia Yamanaka, quienes la rentaban cuando estaba disponible para apoyar con su mantenimiento. Este año, cuando los cerezos estaban en flor, no sería una excepción. Aun cuando las habitaciones tenían vista hacia la comunidad, el patio y la terraza eran ideales para que el manto rosado fuera admirado, o el cielo nocturno los atrapara en su belleza. Ahora, con el festival a punto de terminar, Sakura había pasado la última semana jugueteando con su "sobrino" y preparando una pequeña fiesta en su propiedad, para que todos pudieran convivir de forma amena. Ino vino temprano, decoró la terraza, y volvió al dormitorio para encontrarse a su amiga arreglándose el cabello, que resultaba ser también el momento exacto para sus crisis amorosas con un masoquista que las tuvo engañadas por meses.
—Odio tu casa —se quejó.
—Eres una mentirosa y envidiosa —bromeó, Sakura. Estaba frente al tocador, asegurándose de que todo estuviera en su sitio. Ino le sonrió a su reflejo.
—¿Acaso es una ocasión especial?
—Siempre lo es —contestó, para ponerse de pie—. Bien. ¿Qué te parece mi vestido?
Su amiga la miró de pies a cabeza. Su vestido era color rojo granate de corte A y cuello alter redondo, con la falda de volantes de gasa llegando hasta su rodilla y un lazo a la cintura que amarraba en su espalda. Ino se limitó a asentir con una suave sonrisa, acercándose rápidamente para ayudarla a ponerse los aretes y la pulsera de perlas que ella recibió hace poco más de cinco años, y luego buscó como una loca los zapatos de tacón bajo color beige, mientras Sakura se revisaba por enésima vez el cabello ondulado. Ella estaba nerviosa, claramente, y tenía motivos. Había pasado un largo tiempo, después de todo…
—Tu sobrino y yo hicimos una corona de flores —comentó, la rubia, para mostrársela. Eran flores blancas y rosadas, de tonos claros predominantes, así que Perséfone sonrió.
—Es muy bonita —afirmó—. Pensaba usar solo un moño.
—Tonterías, usarás esto —decidió, para acercarse y acomodarlo en su cabeza—. Sabes que él no se perderá, ¿cierto? Siempre sabe cómo encontrarte, así que ustedes van a estar bien. Puedes respirar, yo me encargaré de lo demás.
—¿La cena estará lista?
—Sakura —riñó, alzando una ceja—. Tranquilízate.
—Sasuke-kun tenía mi edad cuando nos divorciamos —de repente, las palabras de Sakura rayaron en su pánico, así que los ojos celestes de su mejor amiga la miraron fijamente—. Ino, ¿qué voy a hacer si él no se presenta?
—Él vendrá —aseveró—. Así que cierra la boca y vamos afuera. Tus invitados están impacientes.
—No es el caso de mi madre.
—Tonterías. Si tú eres feliz, ella lo será. Al final del día, eres su única y adorada hija —decidió, para darle una palmadita en la espalda—. Ahora vamos, tú no eres una cobarde.
El monte Yoshino estaba cubierto por una capa rosa pálido. La música del festival podía escucharse hasta la casa, aun cuando esta no estaba tan cerca de las calles principales y, claramente, había un alboroto por la festividad. Ella se detuvo un momento para beber un poco de agua, respiró profundo y se armó de valor. Sabía que su amplia terraza estaba llena por sus invitados, todos importantes, así que salió acompañada por Ino, atravesando la sala común del segundo piso hasta llegar a la terraza y, ahí, se sintió tranquila por primera vez. Su familia había venido y parecían más felices de lo que Sakura podría haber anticipado. Pudo abrazar a sus padres con tranquilidad, sabiendo que estos no dejarían de estar apoyándola en lo que deseara hacer, pues no tenían un gran problema para acompañarla cuando ella más los necesitaba. Sin embargo, su saludo se vio interrumpido por una mano gentil que alcanzó la suya, enredando los dedos de forma que le tomó por sorpresa, haciéndola girar a su costado para contemplar un rostro que ansiaba ver. Él había venido, como prometió, y tenía una sonrisa elegante para los padres de Sakura, a quienes saludó con gran respeto y una inclinación a la que Mebuki correspondió pese a sus reservas. Pero no tenían tiempo para nada. Ino terminó por arrastrarlos hacia la baranda, frente a los cerezos en flor.
—Al fin —suspiró—. Deja de atravesar el planeta cada mes, ¿quieres? Nos pones nerviosas.
En ese instante, Sai se puso detrás de su caballete, con todo dispuesto para comenzar a dibujar, y su esposa se aseguró de que se miraran el uno al otro, de frente. Los Uchiha, también invitados a la noche de fuegos artificiales, admiraban y parloteaban en voz baja con los Haruno, mientras la pareja se quedaba estática para que el pelinegro los retratara. La buena noticia era que ese hombre era rápido con un lápiz y, bueno, ahora al menos podían verse el uno al otro mientras charlaban sobre el último viaje antes de que el cielo amenazara con un inminente atardecer.
—Es hora —señaló, Ino.
—De acuerdo —contestó, Sakura, y luego suspiró—. Sasuke-kun, creí que no llegarías —admitió sin sutileza, así que una sonora risa se escuchó de sus invitados.
—Te prometí que lo haría —murmuró, confundido.
—Pero yo creí que te retrasarías —insistió—. Pensé que ya habíamos pasado por demasiado y, por eso, al final dirías que no era buena idea volver en esta ocasión. Sin embargo, aquí estás: volviste a mí. Por primera vez no tuviste que esperarme, al fin fui yo quien estuvo en casa aguardando a tu regreso, y valió la pena cada segundo.
—Sakura…
—Prometimos estar un año juntos —le sonrió—, y lo hiciste, para mí. Cuando, después de eso, tú decidiste irte… bueno, casi me da un ataque de pánico cada día desde entonces —lo decía sonriendo, pero era verdad—. Sé que había algo que querías hacer y dijiste que volverías este día, pero se me olvidaba que tú y yo al menos cumplimos nuestras promesas.
—Es lo mínimo que podemos hacer, considerando cómo casi nos matamos el uno al otro.
—Lo sé —rio un poco, sosteniendo sus manos—. Pero, a partir del día de hoy, sin importar que tengamos que separarnos por un momento, siempre estaremos juntos. Y, esta vez, será de verdad porque no hay ni una parte de mí que dude en este momento.
—La primera vez que te vi, no tuve reparo antes de partir la tierra en dos —ella asintió, entre risas nerviosas—. Te tomé del mundo entero y te aparté de forma egoísta porque no conocía una forma apropiada de hacer que me conocieras. Incluso en esos momentos intenté convencerte de estar conmigo de forma equivocadas, pero decidimos que esta vez eso sea distinto.
—Al fin —susurró, ella, a modo de broma. Todos se rieron bajo de escucharlos.
—Hace cinco años sabíamos que debíamos hacer un cambio para convertirnos en quienes realmente somos, para que hagamos de esto genuino, así que una noche le ofrecí a Tánatos que se llevara al amor que poco a poco fuimos destruyendo, pero esos malditos gemelos me engañaron cuando Hipnos se lo llevó a tomar un descanso, y tú siempre lo supiste —ella le sonrió, feliz de escucharlo admitir su error—. No se me habría ocurrido que me alegraría que se burlaran de mí, pero es justo, porque nos permitió aprender. Ahora, nuestra unión será celosa solo de quienes quieran arrebatarnos, pero nos compartiremos con las personas que cuidan de nosotros.
—Y será por siempre.
—Y que ni siquiera la muerte nos separe.
No quisieron una ceremonia, porque eso no tenía significado. Le pagaron a un juez de paz para que se presentara en silencio, y volvieron a usar las argollas que con tanto esfuerzo guardaron cerca de su corazón, al alcance de sus manos para cuando llegara este día: en collares. No eran objetos malditos, pero habían sido mal implementados, y eso cambiaría ahora cuando decidieran besarse con ternura por primera vez del resto de sus vidas, frente a sus familias y un pequeño grupo de amigos. Ino los fotografió, pensando que ella había escogido un color inusual, aunque al menos seguía siendo un vestido de fiesta que lucía bien con él en un traje. Así, se abrazaron por largos momentos, y firmaron un papel que volvía a cambiar el nombre de Sakura para que formara parte del clan Uchiha, ahora sin arreglos prenupciales que la aventajaran, sino una promesa de compañía que resultaba inquebrantable. Después todos los felicitaron y celebraron, en el balcón de Yoshino, hasta que el cielo se iluminó por las explosiones de fuegos artificiales. Decidieron juntos que se casarían aquí, pues fue donde se encontraron, fue el lugar en el que tomaron forma, fue su primera cita—sin importar cuánto Sasuke discutió que no era válida— y, aquí, ellos estaban destinados a volverse estrellas, más unidas que Spica, más grandes que cualquier sol, más brillantes y perfectas que incontables cuerpos celestes, más poderosos que deidades durmientes esperando al nuevo día.
[…]
Una noche de bodas debe ser divertida, ¿cierto? Aunque se suponía que la casa estuviera llena por sus dos familias, incluso Itachi e Izumi prefirieron moverse a una posada donde tenían reservaciones desde que anunciaron que se casarían aquí. "Los recién casados deben tener su casa para ellos solos", así que los Haruno aceptaron la invitación de los Yamanaka, y dejaron el lugar solo para que la pareja descubriera su amor en cada rincón de su propiedad. A decir verdad, probablemente esto resultaba ser lo mejor para todos, ¿cierto? Habría sido vergonzoso que alguien los escuchara, en particular teniendo niños en la casa. Ah… niños.
—Quiero tener un bebé —el sol se asomaba por la ventana, y ella no tuvo reparo alguno para decirlo en voz alta, así que él la miró, sorprendido.
—¿Qué?
—Un bebé —insistió, apoyada sobre su pecho y mirándolo firmemente—. Sasuke-kun, deberíamos tener un bebé.
—Sakura, sabes que eso no es… posible.
—Pero, ¿y si lo fuera? —ante su pregunta, él enarcó una ceja—. Querido, dijiste que querías que los Uchiha dejen el culto a Hades y permitir que la vida siga su curso. Tú y yo tenemos poder de distinta forma, así que no volveríamos a encontrarnos en otra vida. No creo que vivir de esa forma me haga feliz, ¿sabes? Entonces, decidí que deberíamos tener un bebé.
—No estoy entendiéndote.
—Incluso si el culto desaparece ahora, tienes un poder enorme. Más grande que cualquier otro Dios olímpico.
—Lo sé. Probablemente vuelva una vez antes de que… pase lo que se supone que vaya a pasar. Pero, incluso así, nada garantiza que podamos encontrarnos en la próxima vida —suspiró—. Estoy convencido de que he terminado. No quiero seguir haciendo esto. Tendremos una buena vida.
—Sasuke-kun, ¿qué sucedería si tú y yo concentramos todo lo que tenemos de nuestro poder al hacer el amor? —ante su pregunta, él se quedó atónito—. ¿No crees que podremos renunciar a la reencarnación juntos y concebir un bebé?
En ese momento, lo comprendió. Ella proponía que cada ínfima gota de su energía fuera dedicada a aquello, lo que podría ser factible. Con sus esencias mezcladas, la infertilidad no sería obstáculo para que tuvieran al menos una cría. Sin embargo, eso no solo significaría que él no volvería a nacer, más bien ambos compartirían ese destino. Las palabras de su esposa proponían procrear un hermoso bebé, sano y humano, mientras ellos dejaban atrás su inmortalidad. Después de aquello, al llegar su muerte lo siguiente se volvía incierto, pero sin importar lo que pasara terminarían conociendo el mismo fin. No volverían a la tierra como mortales, sería su última vida y, teniendo un hijo, sería la mejor aprovechada de todas.
—¿Qué dices, querido?
—… quiero que sea una niña.
Después de aquello, los señores Uchiha recorrieron Japón para comunicar su decisión. Había sido un viaje de luna de miel poco ortodoxo, pero todos los líderes entendieron lo que su señor les pedía, y tomaron acciones inmediatas. Al terminar con su misión, ellos volvieron a Tokio y se encerraron en la habitación principal, arreglada para convertirse en la de un matrimonio. Se lanzaron a la cama y trabajaron sin cansancio para concebir un bebé. En ese momento no estaban seguros, tampoco lo estuvieron por los siguientes meses que lo intentaron. Con el pasar del tiempo, la duda presente y la idea de que Hades había superado su ira en una sola vida, Sakura tardó un año más antes de sostener su mano en un viaje que le parecía la culminación de todo lo que había experimentado, como humana y como deidad.
—Te perdono —su voz no intentaba sonar altanera. En realidad, ella se esforzó a armarse de valor, mientras apretaba la mano de su esposo con fuerza—. Me ha tomado tiempo, pero he decidido que voy a perdonarte, madre.
—Sakura —habían pasado siete años y ella entró a su casino, antes de la hora de abrir, abordándola desde a espalda. Tsunade, en la sala de juegos, se quedó pasmada al verla tras de sí.
—Sin embargo, no puedo aceptarte en mi vida. No es que no hagas falta, Deméter —tragó saliva. A pesar de todo, era la primera vez que la enfrentaba recordándolo todo, así que resultaba más difícil de lo que imaginó—. Comparto la vida con un hombre que te niegas a aceptar, y no puedo darte un trato diferente al que le das a mi esposo.
—Escuché que habían vuelto a casarse…
—Hace un año —murmuró, para mirarlo a su lado—. No me ha dejado, desde entonces. Si Hades y Perséfone pueden sobrevivir una primavera de mil seiscientos años, entonces tendrán la mejor vida juntos. Eso fue lo que decidimos.
—Hicieron su vida —respondió, mirándola de pies a cabeza—. Cuando tú estabas cerca, yo siempre podía sentirte. ¿Por qué dices que me perdonas cuando te ocultas de mí?
—No lo hago.
—Yo no puedo sentirte.
—Es por eso que vine a perdonarte —explicó—. Tú eres la única fuerza que conozco que sea capaz de dar vida en tierra inerte. Así que, si tu poder celoso es capaz de escuchar las súplicas que hicimos cada día, entonces mereces que te vea a los ojos y acepte quien eres.
—¿Qué es lo que mi poder podría hacer crecer para ti y que con eso me perdones?
—Un amor tan grande como el tuyo —suspiró, rompiéndose en el acto con lágrimas emotivas, lo que se estaba volviendo una costumbre—. Si tú me amas la mitad de lo que yo amo al bebé que yace en mi vientre, entonces dejarás de lado tus malas intenciones y lo superarás, aceptando lo que tenemos, mi esposo y yo.
—… ¿un bebé?
—No puedes sentirme porque renuncié a ser una deidad, madre. A cambio de eso y de cuánto lo hemos pedido, se ha concedido nuestro deseo.
—¿Van a tener un bebé?
—Una niña —respondió, Sasuke—. Tendremos una niña, Tsunade.
Ellos sabían que eventualmente iban a lograrlo y, al morir, no les esperaba un paraíso ni un infierno. Tuvieron una hija que se convirtió en la heredera predestinada de su clan y, al cabo de los años, Chronos decidió llevárselo a él primero por su vejez. Ella lo alcanzó solo un año después, porque no soportaba seguir sin su compañía, y se encontraron en el cavernoso palacio del mundo de los muertos, donde ya no quedaba lo que fueron ahí como deidades, ni primaveras que los apartaran nuevamente. Al morir, Hades y Perséfone volverían al sitio al que pertenecían, pero no como dioses sino como algo más: eran el resultado de cuánto estuvieron juntos y separados, eran aquello en lo que se convertían cuando habían amado tanto en tan poco tiempo, lo que quedaba una vez que la eternidad parecía tan limitada. Eran dos entes destinados a amarse incluso si eran solo bolitas de luz o polvo de estrellas, incluso cuando Spica hubiera muerto. Eran los jóvenes que se encontraban por casualidad y se enamoraban a primera vista, eran la historia de lo que no fueron y pudieron ser, eran el resumen de cada vida que tuvieron juntos o separados, eran Sasuke y Sakura alcanzándose en un plano etéreo que duraría por toda la eternidad, danzando tomados de las manos sin responsabilidades porque ya las habían cumplido y lo que ellos tenían no era un amor con el que la muerte pudiera terminar. Eran más fuertes que una explosión del universo.
[FIN]
