Capítulo 32
Santa Claus.
Eran las 5 de la tarde del 26 de diciembre. Quinn caminaba nerviosa por el hall de entrada del edificio donde Rachel tenía su hogar.
Habían pasado tres días tras haberla visto en el parque jugando con Brody y Emily. Tres días en los que había decidido marcharse a Lima para pasar la Navidad junto a su madre, tratar de organizar su mente y hallar una estabilidad emocional que empezaba a necesitar, si no quería correr el riesgo de cometer imprudencias como la que había estado a punto de llevar a cabo justamente por culpa del dichoso dibujo.
Tres días en los que la única interacción que mantuvo con ella, fue a través de algunos mensajes en los que simplemente se felicitaban la Navidad, como lo habían hecho durante los años que ella estuvo en Londres, y uno en el que le avisaba de su regreso, y de la intención de poder visitarla con la excusa de entregarle algo.
En ese instante, después de haber arribado de nuevo a la ciudad de los rascacielos, tras asegurarse que Superman había sobrevivido perfectamente a sus primeras 72 horas en absoluta soledad, después de haberse duchado y vestido para la ocasión, llegaba a la puerta del apartamento de la morena con un regalo entre sus brazos.
Por primera vez y sin que sirviera de precedente, optó por tocar el timbre de la puerta en vez de llamar con sus ya típicos dos golpes. Rachel, con los nervios de una adolescente colapsando su cuerpo, no dudó en acudir a la llamada.
—¡Quinn! —exclamó entusiasmada—Hola.
—Hey, hola—respondía devolviéndole la sonrisa—¿Qué tal estás?
—Bien, muy bien—le respondió con una felicidad abrumadora inundando su rostro. Y no solo su cara, Quinn no pudo evitar recrearse en ella en aquel primer contacto, en como Rachel lucía un sencillo vestido negro, y su pelo caía ondulado sobre sus hombros. Tuvo que incluso desviar la mirada en varias ocasiones, tratando de evitar resultar demasiado delatadora.
Iba a ser más complicado de lo que esperaba.
No acudía a aquella cita con las mismas intenciones que días atrás. No estaba en su mente querer averiguar si el mensaje oculto en el dibujo era realmente para ella. Lo único que pretendía era recuperar la normalidad, demostrarse a sí misma que podía estar en la vida de Rachel, sin arruinar su amistad. Y para ello, además de olvidarse de los sermones de Santana acerca de su orientación sexual, tenía que dar ese paso. Tenía que volver a enfrentarse a ella.
Si hubo un detalle que no pasó desapercibido para ella; el saludo.
Fue extraño, muy extraño si pensaba en como solían saludarse desde que volvieron a encontrarse. Esa vez no hubo abrazo, ni caricia en el hombro o beso en la mejilla, y ambas eran consciente de ello, pero ninguna se atrevió a dar ese paso.
—Vamos pasa, no te quedes ahí—añadió Rachel invitándola —¿Qué tal por Lima?
—Bien, todo perfecto, ya sabes, como siempre.
—No sabía que te ibas a marchar, me sorprendió recibir tu mensaje.
—Si, bueno, en realidad surgió de repente. Mi, mi madre me preguntó, Santana insistió—mintió—No sé, pensé que era buen momento para pasar con ella un par de días más.
—Sí, claro, me parece perfecto. Es normal que quieras estar con tu familia—musitó y Quinn no pudo evitar desviar la mirada de sus ojos—¿Y Santana? ¿Ha regresado contigo?
—No. No, ella sigue en Lima. Va a estar un par de días más allí, y luego vuela hacia Miami.
—Oh, genial… Quiero decir, que me alegro por ella. ¿Le va bien en su vida?
—Sí, sí muy bien, de hecho. No sé si sabes que ahora es representante de una firma de maquillaje, y viaja por todo el país.
—Si, algo he oído. Es extraño, aún me pregunto por qué estudió psicología—dijo buscando su sonrisa.
—Es algo que todos nos hemos preguntado en más de una ocasión—le respondió Quinn devolviéndole el gesto, fingiendo una naturalidad que seguía sin llegar a ella.
—Me alegra que le vaya bien. —Añadió y Quinn asintió con una tímida sonrisa— ¿Está todo bien, entonces? Quiero decir, ella… Lo que pasó el otro día, no…
—Puedes estar tranquila—la interrumpió completamente convencida, aunque la culpa ya había empezado a adueñarse de ella. Ser consciente de que había incumplido su promesa, de que había compartido su mayor secreto con Santana, era algo que no lograba asumir sin más, por mucho que supiera que su amiga no iba a defraudarla. Pero el tener que mentirle a Rachel acerca de ello si le iba a pasar factura.
—Ok. Si tú lo dices, yo… Bueno, lo cierto es que te quiero pedir disculpas por como reaccioné el otro día. No debí hacerlo. No soy nadie para cuestionarte y pedirte que…
—Rachel—volvía a interrumpirla—Olvídalo. ¿Ok?
—Pero…
—Olvídalo. Ninguna de las dos sabíamos que Santana iba a aparecer, así que nada de disculpas o pensar más en ello. Todo está bien.
—Ok—balbuceó sabiendo que poco o nada podía refutarle.
—¿No está Emily? —le cuestionó Quinn cambiando de conversación
—Eh, sí, claro que sí—le dijo recuperando la sonrisa, al tiempo que se acercaba a las escaleras y lanzaba una mirada hacia la planta superior—¡Brody, cariño bajad, tenemos visita!
¿Brody?
Rachel mencionó al chico y Quinn se puso en alerta. Sabía que estaba en la ciudad, pero quiso creer que en aquella cita improvisada iban a estar a solas. No tuvo esa suerte.
—Hey, mira Em, ¡mira quién está aquí! —fue la voz de Brody saliendo de la habitación de la pequeña con ella sobre sus hombros, quien irrumpió desde el piso superior.
—Brody, ni se te ocurra bajar así con ella—le amenazó Rachel, pero el chico prácticamente la ignoró y comenzó a descender con su hija sobre los hombros, portando una sonrisa que acababa con cualquier reprimenda de su madre. —¡Por favor!
—Relájate, Rachel. Está todo controlado, ¿verdad, pequeñaja? —le respondía el chico animando a su hija, que incluso llegó a aplaudir—Mira quien está aquí, Em. ¡Hola, Quinn!
—Hola— balbuceó tratando de evitar que la presencia del chico lograse desestabilizarla—hola, Em—miró a la pequeña, que nada más llegar frente a ella, le lanzó los brazos para buscar su abrazo. Quinn no se resistió al gesto, y tras entregarle el regalo que portaba entre sus brazos a Rachel, tomó a la pequeña entre sus brazos completamente abrumada—Hola, hormiguita. Te he echado de menos—Le susurró.
—¿Hormiguita? —murmuró Brody lanzando una mirada hacia Rachel, que completamente embelesada en la escena no dejaba de sonreír. Definitivamente, Quinn no solo había conquistado su corazón, sino también el de su hija. —¿La ha llamado hormiguita?
—Es, es algo entre ellas—le replicó sin siquiera mirarlo.
—Ok, mira Quinn—espetó Brody tras ver como deshacían el abrazo—Mira todos los regalos que Santa Claus le ha traído a la pequeñaja—señaló hacia el árbol de Navidad, donde varias cajas ya abiertas se amontonaban unas sobre otras, y los restos de papeles de regalo formaban una alfombra alrededor del mismo.
—Veo que se ha portado bien contigo—volvía a mirar a la pequeña, que, tras dejarla en el suelo, corrió con gracia hacia los juguetes para mostrárselos de primera mano. Quinn no pudo evitar seguirla—Vaya, ¡cuántas cosas! ¿Vas a jugar con todo esto? —le pregunto, mientras la pequeña asentía completamente feliz— ¿Sabes que Santa Claus también pasó por mi casa? ¿Y adivina qué? A Superman le ha dejado una bolsa enorme de semillas, y, además, dejó algo para ti también—Le dijo señalando hacia Rachel, que seguía observándolas sin lograr reaccionar a la interacción de su hija con Quinn. Solo cuando sintió la mirada de todos, supo recuperar el habla.
—¿Esto es para ella?
—Sí, eso pone en la nota—señaló hacia una etiqueta que colgaba de uno de los laterales.
—Quinn, no era necesario que…
—Ha sido Santa Claus—la interrumpió, viendo como Emily no dudaba en regresar junto a su madre para recibir su regalo. Fue Brody el que reaccionó con más rapidez.
—Ven Emily, vamos a ver lo que Santa Claus te ha dejado en casa de Quinn—espetó el chico arrebatándole el regalo a Rachel. No tardó en sentarse con la pequeña junto al árbol y desenvolver el regalo ante la atenta mirada de ambas, que permanecían un tanto más alejadas. —Ohhh, pero ¿qué es esto tan bonito? —exclamó provocando la sorpresa en la pequeña, que lo miraba completamente asombrada— Mi pequeño cuento—leyó en la caja al apartar el papel que lo envolvía, y Rachel no tardó en acercarse curiosa.
—Es un cuento electrónico, pero también sirve para dibujar—intervino Quinn—Tiene pantallas digitales y varios lápices con los que dibujar en ellas. Así sus dibujos no se perderán nunca. Además, tiene como cien cuentos para que le podáis leer… Ya, ya sé que lo mejor son los libros, pero eso al menos ocupa menos espacio.
—Es genial Quinn—le respondió Rachel—A Emily le encantan los cuentos, y dibujar, así que es completo.
—Si, bueno, tiene muchos dibujos. Además, tiene una opción que seguro que le va a gustar.
—¿Cuál?
Brody seguía descubriendo el regalo con Emily a su lado completamente embelesada en el color rosa de la funda que protegía su nuevo juguete
—Puedes, puedes ver las ilustraciones de los cuentos o leerlos directamente, y en esa otra pantalla, puedes elegir a uno de los personajes para que te lea el cuento en, en lenguaje de signos.
Brody alzó rápidamente la mirada hacia la rubia y Rachel hizo lo mismo, tanto que Quinn se sintió cohibida.
—¡Eso es genial! —exclamó el chico—Así irá aprendiendo algunas palabras—se mostró efusivo. No así Rachel, que apenas pudo sonreír. —¿Te gusta Em? —preguntó Brody a la pequeña, que no tardó en asentir tras ver las primeras ilustraciones en la pantalla—pues dale un beso a Quinn, que Santa Claus se lo ha dejado a ella y ella te lo ha traído a ti.
Ni dos segundos tardó en hacerle caso a su padre. Emily se abalanzó sobre Quinn, que tuvo que bajar hasta su altura para recibir el cariñoso y divertido gesto de la pequeña. Un beso en la mejilla que sonó en toda la estancia, y que les hizo sonreír a los tres. Incluida a Rachel, que, tras el shock por el regalo, volvía a recuperar la naturalidad.
—Me alegro que te guste—le susurró a la pequeña, y Emily regresó hasta su padre dispuesta a descubrir mejor su nuevo juguete.
—Menudo regalo ¿Eh? —interrumpía Rachel acercándose a ella—deja que vaya a buscar algo—se excusaba segundos antes de ascender por las escaleras, y provocando la curiosidad de Quinn. Curiosidad que la mantuvo atenta durante varios minutos, en los que no pudo evitar observar cómo Emily se entendía con su padre. En cómo lo miraba completamente sorprendida cada vez que descubrían algo llamativo del cuento, o buscaba su atención abrazándolo continuamente, regalándole sonrisas y algún que otro intento de cosquillas que Brody le devolvía multiplicado por diez. Y de nuevo la misma sensación que tuvo en el parque, de nuevo esa presión en el pecho y su cabeza gritándole ¿qué diablos hacia allí?
Ni siquiera se percató de que Rachel ya regresaba, y la descubría ensimismada en ellos.
—¿Estás bien? —le preguntó cuando ni siquiera había terminado de descender, y Quinn se sorprendió.
—Eh, sí, sí, claro—fingió forzando la sonrisa.
—¿Por qué has tardado tanto? —intervino Brody—No me digas que te has entretenido haciendo la cama.
—No, no la he hecho, eso es algo que te corresponde a ti—le respondió regalándole una mirada que pretendía ser amenazadora. No lo fue, el chico no pudo evitar soltar una risotada—Es tu obligación—insistió—Vienes aquí, te quedas a dormir, que menos que hagas la cama.
—Y la pienso hacer, dentro de un rato…
—Ya, claro.
—Siempre la hago, además, eso de que es mi obligación no es justo—soltó, mientras Quinn permanecía como mera espectadora del lanzamiento de indirectas entre ellos.
—Si, sí que es tu obligación.
—Tú también duermes en ella. Que me hagas hacer la cama donde dormimos los dos una semana al mes, es muy cruel por tu parte. —Le soltó divertido, y Rachel se dio por vencida soltándole un bufido que hizo reír hasta a Emily.
A Quinn no tanto. De hecho, se lamentó por haber presenciado aquella conversación, y más aún por haber escuchado aquella confesión.
No era una imagen que quisiera tener en su mente. Que Rachel viviese en un jodido Penthouse con suficiente espacio para albergar un equipo de futbol, y que tuviese que compartir su cama con Brody, era algo que no podía asimilar, por mucho que supiera que entre ellos no sucedía nada.
—Deja de sacar excusas—le replicó Rachel colocándose a su lado—Toma, esto lo dejó Santa Claus para ti—añadió regresando a ella, y ofreciéndole el regalo tras recuperar la sonrisa.
—¿Para mí?
—Claro, Santa Claus no solo pasó por tu casa.
Mal. Muy mal.
Otra vez el malestar, otra vez la sensación de querer salir corriendo por creer que estaba haciendo lo incorrecto. Le bastó lanzar una nueva mirada hacia Brody, que seguía jugando con Emily y de nuevo sintió que sobraba.
—Vamos—le insistió tras ver que era incapaz de reaccionar—¿No lo abres? —Y lo hizo. A duras penas y tratando de mantenerse serena, abrió la bolsa para descubrir lo que había en su interior
—Oh dios—susurró, y Rachel la miró entusiasmada. —No, no me lo puedo creer—añadió tras sacar del interior de la bolsa un jersey rojo de lana, con un par de ciervos blancos que lo decoraba, exactamente igual al que había visto en ambas días atrás. —Rachel—susurró con un nudo en la garganta.
—¿Te gusta?
—Me encanta—balbuceó observando el jersey.
—¿De verdad te gusta? —interrumpió Brody sin perderla de vista—no me puedo creer que tengas el mismo mal gusto que Rachel.
—No seas grosero—le replicó la morena—Te recuerdo que tú le regalaste unas pantuflas de cerdos a tu hija, dime si eso no es mal gusto.
—Pero tienen coronas—se excusó divertido. —Y a Em le gustan ¿verdad pequeñaja? —le dijo a Emily, que en aquel instante prefería seguir descubriendo todo lo que su regalo le ofrecía.
—Aún hay más—soltó Rachel ignorando a Brody, y Quinn la buscó con la mirada—Mira en la bolsa—añadió, y Quinn supo que le iba a ser imposible contener la angustia.
Un pequeño marco con una fotografía en su interior. Una imagen que ella reconoció perfectamente, porque apenas hacia una semana que se la habían tomado junto a su árbol de Navidad. Estaban las tres, ella, Emily sentada sobre sus piernas y Rachel a su lado, con la cabeza sobre su hombro, cubiertas con las guirnaldas y todos los trastos de la decoración esparcidos por el suelo.
Le fue imposible no reflejar el gesto arrepentido en su rostro, y a punto estuvo incluso de dejar escapar alguna que otra lágrima. La culpa la estaba destrozando, y Rachel no tardó en percibirlo.
—¿Estás bien? —le dijo buscándole la mirada—¿No te gusta?
—Claro, claro que me gusta—susurró con apenas un hilo de voz, y los alertó a ambos, a Rachel y a Brody, que no tardó en abandonar el asiento junto a la pequeña, y acercarse a ambas.
—Quinn, ¿te sientes mal? —cuestionó el chico.
—No, no, estoy bien—trató de mantener la compostura, pero realmente le costaba hacerlo. Con el jersey en una de sus manos y la fotografía en la otra podía ser la persona más feliz del mundo en aquel instante.
Aquellos dos regalos era justamente lo que más había deseado, pero no era capaz de asimilarlo como Rachel parecía hacerle entender. Que ya la sentía como parte de su familia, era un hecho, pero con todos aquellos sentimientos que la estaban volviendo loca, y que le resultaba imposible contener, la culpa tomaba la delantera en sus actos.
Quería marcharse, salir de allí y acabar con aquella sensación de vergüenza y la presión que se adueñaba de su pecho.
—Muchas gracias, Rachel. Es precioso.
—No me des las gracias, ha sido Santa Claus—le respondió aún preocupada por el gesto que mostraba—¿Estás bien, de verdad?
—Sí. Si. Le daré las gracias a Santa Claus—añadió tratando de que su voz dejase de temblar— Rachel, lo siento, pero me tengo que marchar ya.
—¿Ya? ¿No te quedas un poco más?
—No, no puedo, lo siento. He quedado—mintió—Con las chicas de la universidad.
—Oh, vaya, yo pensaba que ibas a venir a ver el árbol de Navidad del Rockefeller Center—interrumpía Brody—Aún no hemos ido a verlo.
—Lo siento, me es imposible.
—Quinn ¿Estás bien? —Insistió Rachel, que en ningún momento creyó la excusa.
—Sí, estoy bien, Rachel—le replicó más convencida—Pero me tengo que marchar, lo siento.
—Ok, está bien—Balbuceó—¿Te veré esta semana?
—Sí, claro, por supuesto. Adiós, Brody, me alegro de verte.
—Yo también, y no te olvides que tenemos algo pendiente.
—Cierto… Cuando quieras vamos a cenar.
—Genial. Te escribiré pronto.
—Ok—volvía a responder segundos antes de volver a buscar a Rachel, que seguía tratando de averiguar lo que pasaba por su mente. —Me encantan los regalos—espetó agradecida al tiempo que comenzaba a caminar hacia la salida. La morena la siguió un tanto incrédula. —Lo voy a colgar en cuanto llegue a mi casa, y pienso ponerme el jersey a menudo…
—Quinn—susurró tras ella, justo cuando se disponía a abrir la puerta—¿Qué haces mañana?
—Pues, pues no lo sé.
—¿Te apetece que nos veamos y tomamos un café?
—¿Un café? Eh, ok. Me escribes un mensaje y me avisas con la hora y…
—Por la mañana, a las 10 ¿Te parece bien?
—Ok. Supongo que sí.
—Bien. Iré a buscarte, ¿de acuerdo? —le dijo, y Quinn asintió sin más. No quería rebatirle absolutamente nada, porque eso le implicaba tener que pasar más tiempo allí, y todo lo que necesitaba era salir y que el frio lograse calmar su estado. —Ok, pues nos vemos mañana—susurró desviando la mirada hacia el umbral de la puerta, donde aún permanecía la rama de muérdago que había colocado. Quinn no pudo evitar imitarla, y descubrió como el detalle seguía allí, anclado.
—¿Te ha funcionado? —le dijo mirándola por última vez antes de abandonar la casa, y Rachel comenzó a negar.
—Solo una vez—respondía Rachel volviendo a posar la mirada sobre ella, y Quinn palideció. No solo por la respuesta, sino porque Brody seguía observándolas.
—Espero que tengas más suerte—se atrevió a responder, y Rachel supo que aquel día no iba a recibir ningún gesto cariñoso de ella. Ni en el saludo, ni en la despedida, por mucho que el muérdago las obligara a ello. —Adiós, Rachel
—Adiós, Quinn—susurró—Cuídate. —Añadió cuando la rubia ya se alejaba de ella directa al ascensor, que parecía estar esperándola.
Ni siquiera en ese instante pudo volver a mirarla, y Rachel no quiso tentar más a la suerte. Cerró la puerta tras ella dejando escapar un suspiro, que incluso Brody percibió.
Quinn hacía lo mismo en el interior del ascensor y más tarde en la calle, donde el frío volvía a recibirla, y conseguía evitar que entrase en colapso por culpa de lo sucedido en el interior del hogar de la morena.
Ni siquiera había podido despedirse de Emily y aunque se arrepentía de no haberlo hecho, creía que había sido la mejor opción para evitar que fueran testigos de las lágrimas que en ese instante, sí caían por sus mejillas.
¿Cómo iba a seguir siendo su amiga si sentía que todo en su vida, giraba en torno a ella? ¿Cómo iba a tratarla como lo hacía con Santana o cualquiera de sus amigas? Tenía que hacer lo que fuera necesario para acabar con aquellos sentimientos, y en ese instante, frente a la gran avenida que transcurría por el oeste de Central Park, solo se le ocurría una idea. Probablemente la peor de todas.
—Matt—susurró tras ver como el chico le aceptaba la llamada—¿Qué haces esta noche?
—¿Nos vamos ya? —en el interior del hogar, era Rachel quien trataba de recuperar la naturalidad. Pero Brody no se lo puso nada fácil. —No quiero que se haga demasiado tarde para Em.
—Pensaba que se iba a venir con nosotros—masculló Brody tras ver como Rachel comenzaba a preparar la ropa de su hija
—Ya has visto que no—respondía un tanto nerviosa—¿Tú crees que no le ha gustado el regalo?
—A mí no me habría gustado, excepto por la foto, claro está. No sé por qué le has regalado ese jersey.
—Porque ella siempre se ha reído de mis jerséis, y pensé que regalarle uno era una bonita forma de decirle que me alegra mucho que haya vuelto.
—¿Le regalas un jersey que le parece ridículo para decirle que estás agradecida? —cuestionó con sarcasmo—Me temo que tendrías que haberle dejado una nota explicándole la intención, porque va a estar complicado que lo entienda.
—Ella sabe perfectamente lo que quiero decirle al regalarle algo así—le interrumpió—Es una manera original de decirle que ya forma parte de mi familia.
—Oh, ¿Así que es eso? ¿Y por qué yo no tengo uno de esos jerséis? —se mostró divertido—¿Es Quinn más importante que yo?
—No seas estúpido. No te parece suficiente regalo ella, para sentirte de nuestra familia—le dijo señalando a Emily—Con Quinn es diferente. Solo quería que ese regalo acabase con cualquier duda acerca de lo que siento por ella—confesó sin siquiera mirar al chico.
—¿Lo que sientes por ella?
—Sí, ya sabes, Quinn y yo…—Dudó nerviosa al ser consciente de lo que había estado a punto de decir—Ya sabes, ella es importante para mí.
—Rachel, ¿me estoy perdiendo algo que no quieres contarme?
—¿Qué? No, claro que no—respondía aumentando su nerviosismo—Vamos Em, vamos a ponernos el abrigo.
—Rachel—volvía a hablar esta vez acercándose más a ella—¿Qué te pasa con Quinn?
—Nada—respondía rápidamente—¿Qué me va a pasar?
Algo iba mal, pensó Rachel. Que Brody la cuestionase de aquella forma le hacía indicar que no estaba siendo todo lo buena actriz que pretendía para ocultar sus sentimientos. Y no tenía ni idea de cómo actuar para evitar delatarse sola.
Kate lo descubrió, al menos estaba segura de creer saber lo que le sucedía con Quinn, por el simple hecho de notar la distancia que hubo entre las dos cuando discutieron. En ese instante era Brody el que intuía que algo le sucedía, y justamente por todo lo contrario, por confesarle que Quinn era especial para ella.
No había un término medio para lograr ocultar lo que sentía, y eso empezaba a ponerla realmente nerviosa.
—Pues no lo sé, pero tu actitud demuestra que algo te sucede.
—¿Qué actitud?
—Estás a punto de ponerle tu abrigo a Emily—le dijo divertido, evidenciando el ataque de nervios que sufría—¿Crees que tú podrás ponerte el suyo?
—Oh dios—masculló dándose cuenta de que ciertamente, pretendía colocarle su propio abrigo a la pequeña. —Es por tu culpa, me estás poniendo nerviosa con tus preguntas absurdas—se quejó.
—Rachel, llevas unas dos horas nerviosa solo porque Quinn iba a venir—volvía a hablar el chico—Te has vestido así por ella, y para colmo, cuando os estabais despidiendo, has intentado que cayera en la trampa del muérdago—añadió con una traviesa sonrisa dibujando su rostro—¿De verdad que no te sucede nada?
—No seas crío, le he dicho eso porque me ha preguntado. Además, es una broma entre ella y yo.
—Pues te juro que ha habido un momento en el que pensé que le ibas a dar un beso.
—¿Qué? ¿Estás loco? —volvía a responder completamente nerviosa—solo era una broma.
—Ok, ok… Perfecto.
—Brody, deja de imaginar cosas que no son. No es agradable para mí—le soltó desafiante.
—Lo siento, no volveré a bromear con algo así.
—Mejor. ¿Nos vamos ya?
—Sí, claro—miró a la pequeña—pero, tú confías en mí, ¿no? —insistió regresando a ella.
—Pues claro.
—Y si algún día te sucede algo que te genere dudas, me lo dirás, ¿verdad?
—¿A qué viene esto ahora? —le cuestionó tomando a la pequeña en brazos.
—Solo quiero que sepas que Kate y yo estamos aquí para lo que necesites, que puedes contar con nosotros y…
—¿Kate? —le interrumpió cuando ya pretendía abandonar el hogar—¿Tú has hablado con Kate?
—¿Con Kate? —esbozó una ligera sonrisa—Pues no, ¿por qué? ¿Tiene algo que decirme?
—Brody ¿Has hablado con ella de mí? —volvía a cuestionar nerviosa.
—Rachel, vamos, ya es suficiente charla por hoy. Tenemos que ver un gran árbol de Navidad y Em está impaciente.
—Pero ¿has hablado con ella o no? —insistió obligándolo a detenerse junto a la puerta.
—Anda mira—dijo Brody ignorando su pregunta, y lanzando una mirada hacia el muérdago—¿Conmigo no funciona? —preguntó divertido y Rachel se dio por vencida. Sabía que no lo iba a lograr, que no iba a sacarle la información porque lo conocía, y prefería tener esa baza en su poder para usarla cuando menos lo esperase. No era la primera vez que lo hacía, y por supuesto, no sería la última.
—Ni lo sueñes—respondía adelantándose al chico con Emily entre sus brazos—Para ti el muérdago dejó de funcionar hace mucho tiempo.
