18
Lucha en la marmita. El remedio de Monroe para la tos.
Por dos grandes agujeros subía un espeso vapor que inundaba toda la sala. Entre ambas aberturas había una gran rueda dentada que arrastraba una inmensa cadena de la que pendía una gigantesca marmita de hierro negro; el otro extremo de la cadena desaparecía por la segunda abertura. Rodeando la marmita había cuatro draconianos ataviados con armaduras, dos de los cuales empuñaban látigos de cuero e iban armados con espadas curvas. Sólo pudieron verlos un instante, pues la niebla los envolvía. Lexa oyó el chasquido de un látigo y el bramido de una voz gutural.
—¡Tú, enano, parásito, sabandija! ¿Qué estás haciendo ahí parado? ¡Métete en la marmita antes de que desolle tu asquerosa piel y la separe de tu nauseabunda carne! ¡Te voy a...!
El draconiano se detuvo a media frase. Los ojos se le salieron de las órbitas al ver que Bellamy, lanzando su grito de guerra, aparecía entre la niebla. El draconiano lanzó un alarido que fue convirtiéndose en un sofocado gorgoteo cuando Bellamy lo agarró por el cuello, lo levantó del suelo y lo lanzó contra la pared. Se oyó un crujir de huesos estremecedor que, incluso, asustó a los enanos gully. Mientras Bellamy atacaba, Lincoln, balanceando su gran espada de doble puño y vociferando el saludo de los caballeros, cercenó la cabeza de un draconiano. La cabeza rodó por el suelo, convirtiéndose en piedra. A diferencia de los goblins, que atacan todo lo que se mueve sin detenerse a pensar y sin estrategia alguna, los draconianos eran rápidos e inteligentes. Los dos que se hallaban junto a la marmita sabían que poco podían hacer enfrentándose a cinco guerreros diestros y bien armados. Uno de ellos saltó con rapidez dentro de la marmita, gritándole instrucciones a su compañero en su lenguaje gutural. Otro, corrió hacia la rueda y destrabó el mecanismo. La marmita comenzó a descender por el agujero.
—¡Detenedla! —chilló Lexa—. ¡Va a buscar refuerzos!
—¡Te equivocas! —gritó Raven asomándose por el borde de la abertura—. Los refuerzos ya están en camino en la otra marmita. ¡Deben haber unos veinte!
Bellamy se apresuró a detener al draconiano que manejaba el mecanismo pero llegó demasiado tarde. La criatura dejó el elevador en marcha y corrió hacia la marmita, saltando con decisión tras su compañero. Bellamy, siguiendo el principio de no dejar nunca huir al enemigo, saltó a la marmita tras ellos. Los enanos gully silbaban y abucheaban, y algunos se acercaron al borde para poder ver mejor.
—¡Ese maldito idiota! —maldijo Lincoln, mientras apartaba a los enanos gully para poder ver mejor; todo lo que podía divisar de la pelea que Bellamy mantenía con los draconianos era las relucientes armaduras. El peso de Bellamy contribuyó a que la marmita descendiese a más velocidad.
—Allá abajo lo destrozarán —murmuró Lincoln—. ¡Voy tras él! —le gritó a Lexa. Lanzándose al vacío, se agarró de la cadena y se deslizó hasta la marmita.
—¡Ahora los hemos perdido a ambos! —exclamó Lexa—. John, ven conmigo. Drogo, quédate aquí con Daenerys y con Octavia. Intenta parar esa maldita rueda. ¡No, Raven, tú no!
Demasiado tarde. La kender, gritando con entusiasmo, saltó por el agujero para alcanzar la cadena y comenzó a deslizarse por ella. Lexa y John hicieron lo mismo. La semielfa se abrazó a la cadena justo por encima de la kender. Pero el enano no pudo agarrarse y cayó, yendo a parar al fondo de la marmita, recibiendo un pisotón de Bellamy. Los draconianos sujetaban al guerrero contra una de las paredes del gran recipiente. Bellamy golpeó a uno de ellos, lanzándole contra el lado opuesto. Al otro —que estaba intentando desenvainar la espada—, intentó apuñalarlo antes de que consiguiera su propósito. Pero la daga rebotó sobre la armadura de la criatura y el golpe obligó al guerrero a soltarla. El draconiano se lanzó hacia su cara, intentando arrancarle los ojos con sus garrudas manos. Con un esfuerzo abrumador, Bellamy agarró al draconiano por las muñecas y consiguió alejar las garras de su rostro. Ambos continuaron luchando ferozmente en uno de los lados de la marmita. El otro draconiano se había recuperado del golpe y buscaba su espada. Cuando la encontró, arremetió contra el guerrero, pero fue bruscamente detenido por una fuerte patada en la cabeza propinada por las pesadas botas de Lincoln, que había estado observando atentamente la lucha. El draconiano se tambaleó hacia atrás y la espada voló por los aires. Lincoln dio un brinco e intentó golpear a la criatura con la espada, pero el draconiano se apartó a un lado y la hoja golpeó el aire.
—¡Dejadme salir! —vociferó John desde el fondo de la marmita. Cegado por el casco, que llevaba en la cabeza, estaba siendo lentamente aplastado por los inmensos pies de Bellamy. En una súbita explosión de rabia, el enano consiguió levantarse, haciendo que Bellamy perdiese el equilibrio y cayese sobre el draconiano. La criatura pudo esquivarlo y el guerrero se tambaleó, apoyándose contra la enorme cadena. El draconiano, furioso, blandió su espada, pero Bellamy se agachó y la espada golpeó la cadena; con un sonido metálico, la hoja se partió a consecuencia del impacto. John se lanzó de cabeza contra el draconiano, golpeándolo en el estómago. Ambos cayeron a un lado. Con el fragor de la lucha, la marmita comenzó a balancearse, dispersando a su alrededor aquella nauseabunda neblina.
Sin dejar de observar lo que sucedía, Lexa se deslizó por la cadena.
—¡Quédate ahí! —le gritó a Raven. Soltándose, se dejó caer y aterrizó en medio de los vapores de la reyerta. Raven, desilusionada y obedeciendo a Lexa con pocas ganas, sacó una piedra de uno de sus bolsillos y, sin dejar de sujetarse a la cadena, se dispuso a arrojarla, confiando en que cayese sobre la cabeza de uno de los enemigos. La marmita fue tomando impulso, tambaleándose de un lado a otro al ritmo de la pelea. Además, seguía descendiendo, por lo que la otra marmita —llena de excitados y maldicientes draconianos— subía cada vez más.
Drogo, apostado al borde del agujero y rodeado de enanos gully, no podía ver nada a causa de la neblina. No obstante, oía los golpes, maldiciones y gruñidos provenientes de la marmita donde estaban sus amigos. De repente, en medio de la bruma comenzó a aparecer la otra olla, llena de draconianos que le miraban boquiabiertos, sacando sus rojas lenguas y jadeando ansiosos. Drogo comprendió que en cuestión de segundos, él, Daenerys, Octavia y quince enanos gully, se tendrían que enfrentar a una veintena de draconianos furiosos. Se giró para detener el mecanismo pero tropezó con uno de los enanos gully. Se puso en pie de nuevo rápidamente; tenía que evitar de cualquier forma que aquella marmita llegara hasta arriba. La inmensa rueda giraba lentamente, chirriando agudamente al topar con las galgas. Drogo se la quedó mirando largamente, pensando en detenerla con sus manos desnudas. Una sensación de urgencia sacudió su cuerpo. Octavia observó la rueda un instante, calculando el tiempo que tardaba en girar, e introdujo su bastón de mago entre la rueda y el suelo. El bastón tembló unos segundos; Drogo contuvo la respiración, temiendo que llegara a romperse, pero el bastón aguantó. El mecanismo finalmente se detuvo.
—¡Drogo! —gritó Daenerys desde el borde del agujero, mientras observaba lo que ocurría en la marmita en la que luchaban Bellamy y los demás.
El bárbaro corrió hacia ella seguida de Octavia. Los enanos gully, alineados alrededor de la abertura, se lo estaban pasando de maravilla, disfrutando de uno de los espectáculos más emocionantes de su vida. Monroe, siempre que podía, se asía a la túnica de Octavia.
—¡Khark-umat! —suspiró Drogo al mirar hacia abajo.
Bellamy lanzó por la borda al draconiano con el que peleaba, el cual se perdió entre la neblina, cayendo al suelo con un golpe sordo. El guerrero tenía el rostro lleno de arañazos y un corte de espada en el brazo derecho. Lincoln, Lexa y John seguían peleando con el otro draconiano, quien se defendía de los golpes intentando matar a sus enemigos. Lexa lo apuñaló con su daga. La criatura cayó al suelo, convirtiéndose automáticamente en piedra y aprisionando el arma de Lexa en su rocoso cadáver. Tras una fuerte sacudida la marmita se detuvo repentinamente.
—¡Cuidado! ¡Tenemos vecinos! —chilló Raven soltándose de la cadena. Lexa miró hacia la otra marmita que, a unos veinte pies de distancia de ellos, se balanceaba llena de draconianos armados hasta los dientes y preparados para una maniobra de abordaje. Dos de ellos se encaramaron al borde de la olla, disponiéndose a saltar a través de la bruma que los separaba. Bellamy, apoyándose en el costado de la marmita, blandió su espada con furia, intentando traspasar a uno de los asaltantes. Falló la estocada, pero el impulso que había tomado hizo que la marmita comenzase a girar sobre sí misma. Bellamy perdió el equilibrio y cayó, haciendo que la marmita se inclinase peligrosamente por su enorme peso. El movimiento fue tan brusco que, de pronto, se encontraron mirando hacia el suelo que había debajo de ellos. Lincoln agarró a Bellamy por el cuello y tiró de él, haciendo que la marmita se enderezase. Lexa resbaló, aterrizando de bruces en el fondo de la marmita; allí se encontró con que el draconiano muerto ya se había convertido en polvo, por lo que pudo recuperar su daga.
—¡Aquí vienen! —gritó John ayudando a Lexa a ponerse en pie.
Un draconiano se lanzó hacia ellos, agarrándose al borde de la olla con sus manos de afiladas garras. La marmita se balanceó violentamente una vez más.
—¡Ponte en aquel lado! —Lexa empujó a Bellamy hacia el lado opuesto, confiando en que el peso del guerrero mantuviera el equilibrio de la marmita. Lincoln intentó hacer caer al draconiano, pinchándole las manos con la espada; pero otro draconiano, calculando mejor la distancia, aterrizó en el enorme puchero cerca del caballero.
—¡No te muevas! —le gritó Lexa a Bellamy cuando éste, de forma instintiva, se lanzaba al combate. La marmita se tambaleó. Bellamy se detuvo y la olla se enderezó de nuevo. El draconiano que estaba colgado del borde y cuyos dedos habían tomado ya un tono verdoso, se soltó y desplegando las alas voló hacia abajo desapareciendo entre la niebla.
Lexa se giró dispuesto a luchar contra el draconiano que había aterrizado en la olla, pero tropezó con John quien volvió a caer. La semielfa se pegó a uno de los lados de la olla y cuando ésta se balanceó una vez más, miró hacia abajo. La niebla se despejó, permitiendo a Lexa divisar, a lo lejos, la destruida ciudad de Xak Tsaroth. Al incorporarse, aturdida y desorientada, vio que Raven estaba luchando contra el draconiano. La pequeña kender había trepado por la espalda de la criatura y le golpeaba la cabeza con una piedra, al tiempo que John recogía del fondo de la marmita la daga de Bellamy y apuñalaba al mismo draconiano en la pierna. Al sentir que la hoja penetraba en su carne, la criatura chilló. Lexa, desesperada, miró hacia arriba temiendo que llegaran más draconianos. La desesperación se convirtió en esperanza cuando vio que Drogo y Daenerys le observaban a través de la niebla.
—¡Intentad subirnos de nuevo! —gritó Lexa descorazonada. En aquel momento algo le golpeó la cabeza. El dolor fue muy agudo. Sintió que caía y caía...
Octavia no oyó el grito de Lexa porque la maga ya había entrado en acción.
—Venid aquí, amigos míos —dijo Octavia con dulzura. Los hechizados enanos gully se agruparon en torno suyo voluntariosos—. Esos jefes que hay ahí abajo quieren hacerme daño —dijo en voz baja.
Los gully gruñeron, algunos fruncieron el ceño con expresión enojada y otros agitaron los puños en dirección a la marmita llena de draconianos.
—Pero vosotros podéis ayudarme. Podéis detenerlos.
Los gully miraron a la maga indecisos. La amistad, al fin y al cabo, tenía un límite.
—Todo lo que tenéis que hacer es ir hacia allí y colgaros de la cadena —señaló la cadena que sostenía la marmita repleta de draconianos.
Los rostros de los enanos se iluminaron. Aquello no sonaba tan mal. De hecho, era algo que hacían casi todos los días cuando no llegaban a tiempo de subir a la marmita.
Octavia movió el brazo.
—¡Corred! —ordenó.
Los enanos gully se miraron unos a otros y, excepto Monroe, corrieron hacia el borde del agujero. Chillando salvajemente, se arrojaron sobre la cadena, colgándose de ella con maravillosa destreza.
La maga corrió hacia la rueda seguida de Monroe, que trotaba tras ella. Asiendo el bastón de maga, lo sacó del mecanismo. La rueda tembló y comenzó a moverse de nuevo girando cada vez más rápido, ya que el peso de los enanos gully aceleraba la bajada de la marmita. La repentina sacudida halló desprevenidos a algunos de los draconianos que estaban encaramados en el borde para lanzarse contra la otra marmita, por lo que perdieron el equilibrio y cayeron. A pesar de que sus alas amortiguaban su caída, chillaron de rabia. Sus alaridos producían un extraño contraste con los gritos de júbilo de los enanos gully.
Drogo se asomó al agujero y, cuando la olla en la que estaban sus compañeros estaba casi llegando a la superficie, la sujetó.
—¿Estáis bien? —preguntó ansiosa Daenerys mientras se agachaba para ayudar a Bellamy a salir.
—Lexa está herida —dijo Bellamy sosteniendo a la semielfa.
—Es sólo un chichón... —protestó Lexa aturdida. En la parte trasera de su cabeza se palpaba un bulto que iba creciendo por momentos—. Creí que me estaba cayendo de esa cosa —se estremeció al recordarlo.
—¡No podemos bajar por allí! —dijo Lincoln al saltar de la marmita—. Y tampoco podemos quedarnos aquí. No tardarán mucho en volver a poner el mecanismo en funcionamiento y en perseguimos. Deberíamos retroceder.
—¡No! ¡No iros! —Monroe se agarró a Octavia—. ¡Conozco camino para Gran Bulp! —tiró de la manga de la maga y señaló hacia el norte—. ¡Buen camino! ¡Camino secreto! —dijo suavemente acariciando su mano—. No dejaré que jefes prenderte. Tú bonita.
—Creo que no tenemos otra salida. Hemos de llegar allá abajo —dijo Lexa. Daenerys tocó a la semielfa con la Vara e inmediatamente el poder curativo se extendió por su cuerpo y, a medida que el dolor fue aminorando, se sintió más aliviada. Con una amistosa sonrisa agradeció a Daenerys su ayuda—. Tal como tú dijiste, Octavia, deben llevar años viviendo aquí.
John gruñó, moviendo la cabeza cuando Monroe comenzó a caminar por el corredor en dirección norte.
—¡Deteneos, escuchad! —susurró Raven. Oyeron un sonido de pisadas que se acercaban.
—¡Draconianos! —dijo Lincoln—. ¡Hemos de salir de aquí! Dirijámonos hacia el oeste.
—Me lo imaginaba —refunfuñó John con expresión ceñuda—. ¡Esa enana gully nos está guiando directamente hacia esas lagartijas!
—¡Esperad! —Daenerys sujetó a Lexa por el brazo—. ¡Miradla!
La semielfa se giró y vio que Monroe sacaba algo blando y amorfo de la bolsa que pendía de su hombro. Acercándose a la pared, la pequeña gully agitó aquella cosa frente a un pedazo de roca y murmuró unas palabras. La pared vibró, y en pocos segundos apareció una puerta que se abrió en la oscuridad.
Los compañeros intercambiaron miradas inquietas.
—No tenemos otra opción —murmuró Lexa. Oían claramente el tintineo de las armaduras de los draconianos que desfilaban por el corredor en dirección a ellos—. Octavia, luz —ordenó.
La maga pronunció las palabras y el cristal de su bastón se iluminó. Todos cruzaron rápidamente la puerta secreta que se cerró tras ellos. El bastón iluminó una pequeña habitación cuadrada, decorada con esculturas talladas que estaban recubiertas de limo, lo que hacía imposible su identificación. Se detuvieron en silencio, escuchando el desfile de draconianos por el corredor.
—Deben haber oído la pelea —susurró Lincoln—. No tardarán mucho en poner el mecanismo en marcha de nuevo, ¡entonces tendremos a todas las fuerzas draconianas tras nosotros!
—Yo saber camino abajo —Monroe movió la mano en señal de protesta—. No preocuparas.
—¿Cómo abriste la puerta, pequeña? —preguntó Octavia con curiosidad, arrodillándose a su lado.
—Magia —respondió ella tímidamente abriendo la mano. Sobre su sucia palma había una rata muerta que enseñaba los dientes en una mueca eterna. Octavia arqueó las cejas sorprendida, pero Raven le tocó el brazo.
—No ha sido magia, Octavia. Simplemente es una puerta con una clavija escondida.
La vi cuando Monroe señaló la pared, y estaba a punto de comentarlo cuando ella comenzó con esas tonterías sobre magia. Pisa la clavija cuando se acerca a la puerta y agita esa cosa —la kender soltó una risita—. Probablemente tropezó con ella una vez por casualidad, llevando la rata en la mano...
Monroe atravesó a la kender con la mirada.
—¡Magia! —declaró acariciando mimosamente a la rata. Metiéndola otra vez en su bolsa dijo:
—¡Vamos!, vosotros ir. —Los guió hacia el norte, cruzando habitaciones destruidas y cubiertas de limo. Finalmente se detuvo en una sala llena de piedras, polvo y escombros. Parte del techo se había derrumbado y la habitación estaba llena de baldosas rotas. La enana gully farfulló unas palabras y señaló algo que había en un rincón de la sala.
—¡Bajar! —dijo.
Lexa y Octavia se dirigieron hacia allí para investigar. Encontraron un tubo de unos cuatro pies de ancho, que asomaba en medio de aquel suelo destrozado. Aparentemente, había caído a través del techo, hundiéndose en la parte noreste de la habitación. Octavia introdujo su bastón en el tubo y miró el interior.
—¡Vamos, vosotros ir! —dijo Monroe señalando y tirando con impaciencia de la manga de la maga—. Jefes no poder seguir.
—Probablemente sea cierto —dijo Lexa—. Sus alas abultan demasiado.
—Pero no hay espacio suficiente para manejar una espada —dijo Lincoln frunciendo el entrecejo—. No me gusta...
De pronto dejaron de hablar. Se oyó el crujido de la rueda y el chirrido de la cadena. Los compañeros se miraron unos a otros.
—¡Yo iré primero! —Raven hizo una mueca. Introduciendo la cabeza en el tubo, avanzó gateando.
—¿Estáis seguros de que cabré ahí dentro? —preguntó Bellamy mirando ansiosamente la abertura.
—No te preocupes —la voz de Raven llegó hasta ellos—. Está tan impregnado de limo que te deslizarás tan fácilmente como un cerdo untado de manteca.
Esta buena noticia no pareció animar a Bellamy. Siguió contemplando la tubería apesadumbrado, mientras Octavia, ayudada por Monroe, se arremangaba la túnica y se deslizaba en el interior iluminando el camino con su bastón. John gateó tras ella. Le siguió Daenerys, haciendo muecas de asco cuando sus manos tocaron aquel limo espeso y verdoso. Drogo se deslizó tras ella.
—Esto es una insensatez, ¡espero que os deis cuenta de ello! —exclamó Lincoln enojado.
Lexa no contestó. Le dio unas palmadas a Bellamy en la espalda.
—Es tu turno —le dijo.
Bellamy gruñó. Arrodillándose, el enorme guerrero trepó por la abertura del tubo. La empuñadura de su espada se le atascó en el borde. Retrocediendo, la desenganchó y lo intentó de nuevo. Esta vez se le atascó el trasero y se arañó la espalda. Lexa le empujó.
—¡Estírate! —le ordenó la semielfa.
Bellamy volvió a gruñir, dejándose caer pesadamente. Comenzó a avanzar con el escudo por delante. Su armadura rozaba contra las paredes del tubo metálico produciendo un sonido tan agudo y estridente que hacía rechinar los dientes.
Lexa se agarró a la tubería, metiendo sus piernas en primer lugar y deslizándose sobre aquel limo de fétido olor. Volvió la cabeza para mirar a Lincoln que era el último en bajar.
—Desde que seguimos a Echo a la cocina de El Último Hogar, ¡todo ha sido una insensatez! Hace sólo 4 días que abandonamos Solace y parece que ha transcurrido una eternidad. Deseo intensamente volver a nuestra ciudad. ¡Ojalá lo consigamos pronto!
—¡Que los dioses te oigan! —asintió el caballero, suspirando.
Raven, encantada con la nueva experiencia de gatear por el tubo, vio, de pronto, unas sombras en el otro extremo; intentó encontrar algo donde agarrarse y consiguió detenerse.
—Octavia —susurró la kender—. ¡Alguien sube por la tubería!
—¿Quién? —preguntó la maga comenzando a toser al respirar aquella atmósfera húmeda y fétida. Intentando recuperarse, iluminó la tubería con su bastón para ver quién se aproximaba.
Monroe echó una mirada y pegó un respingo.
—¡Son Gulps! —murmuró. Moviendo una mano de un lado a otro, chilló—: ¡Bajar! ¡Bajar!
—¡No! Ir arriba, al mecanismo. Jefes enojarse —gritó uno.
—Nosotros ir abajo. ¡A ver Gran Bulp! —dijo Monroe dándose importancia.
Al oír esto, los Gulps comenzaron a retroceder, protestando y maldiciendo.
Pero Octavia no podía moverse. Se llevó las manos al pecho, tosiendo con una tos seca y profunda que resonaba alarmantemente en la estrechez del tubo metálico. Monroe la miró preocupada y, metiendo su pequeña mano en su bolsa, revolvió unos segundos y sacó un objeto que sostuvo bajo la luz. Lo miró, suspiró y negó con la cabeza.
—Esto no ser lo que quería —musitó.
Raven al ver un reflejo de brillantes colores se acercó a ella.
—¿Qué es eso? —preguntó, aunque conocía la respuesta. Octavia también observaba el objeto con ojos brillantes.
Monroe se encogió de hombros.
—Piedra bonita —dijo sin interés volviendo a rebuscar en la bolsa.
—¡Una esmeralda! —exclamó Octavia. Monroe levantó la mirada.
—¿Tú gustar?
—¡Mucho!
—Tú guardar —Monroe depositó la joya en manos de la maga y, con un grito de triunfo, sacó lo que había estado buscando.
Raven, acercándose a ver la nueva maravilla, se apartó asqueada. Era una lagartija muerta —absolutamente muerta. Alrededor de la cola tiesa de la lagartija había atado un cordón de cuero. Monroe se lo acercó a Octavia.
—Llevarlo alrededor del cuello —le dijo—. Cura tos.
La maga, acostumbrada a manejar objetos mucho más repugnantes que éste, sonrió a Monroe agradeciéndoselo, pero rehusó el remedio asegurándole que se sentía mucho mejor. Ella la miró poco convencida, aunque por lo que parecía, la maga realmente se encontraba mejor; el espasmo había pasado. Encogiéndose de hombros Monroe guardó la lagartija en la bolsa. Octavia, examinando la esmeralda con ojos de experta, miró fríamente a Raven. La kender, suspirando, se volvió y continuó gateando por el tubo. La
maga deslizó la piedra en uno de los bolsillos secretos de su túnica. De pronto la tubería se bifurcó en dos. Raven miró interrogativamente a la enana gully. Monroe, dudosa, le señaló hacia el sur. Raven tomó esa dirección, lentamente.
—Esto es muy empin...—No pudo acabar la frase pues comenzó a deslizarse hacia abajo a gran velocidad. Intentó frenar un poco pero el lodo era demasiado espeso. Al oír una maldición de Bellamy resonando a lo largo del tubo, Raven comprendió que sus compañeros tenían el mismo problema. De pronto vio una luz a cierta distancia. El túnel se estaba acabando, pero, ¿adónde iría a parar? Raven tenía la sensación de caer al vacío desde una altura de quinientos pies. La luz se hizo más brillante y Raven, dando un gritito, salió despedida de la tubería. Cuando Octavia hizo lo propio, casi cayó encima de Monroe. La maga, mirando a su alrededor, pensó por un instante que se había precipitado en una hoguera. En la habitación flotaban unas nubes blancas, grandes y ondeantes. Comenzó a toser y a jadear, pues le costaba respirar.
—¿Qué es...? —John salió volando del tubo, cayendo de cabeza. Intentó distinguir algo a través de la nube—. ¿Es venenosa? —preguntó deslizándose hasta Octavia. Esta negó con la cabeza pero no pudo responderle. Monroe arrastró a la maga hacia la puerta.
Daenerys salió del tubo tendida sobre su estómago, casi sin respiración. Ahora le tocaba el turno a Drogo, que se precipitó fuera de la tubería con el cuerpo encogido para evitar golpear a Daenerys. Segundos más tarde, salía despedido el escudo de Bellamy, produciendo un ruido estruendoso. La cota de mallas del guerrero, guarnecida de puntas de hierro, y su amplia cintura, le frenaron lo suficiente para que pudiera deslizarse tranquilamente fuera de la tubería, aunque magullado y cubierto de lodo verde. El mismo aspecto ofrecía Lincoln cuando consiguió alcanzar a sus compañeros. Finalmente, cuando Lexa aterrizó, todos tosían y se sentían mareados debido a la polvorienta atmósfera.
—¿Qué es esto? ¡En nombre del Abismo! —exclamó Lexa atónito. Al inhalar la blanca sustancia se atragantó—. ¡Salgamos de aquí! —graznó—. ¿Dónde está la enana gully?
Monroe apareció por la puerta. Había sacado a Octavia de la habitación y regresaba a buscar a los demás. Salieron agradecidos y se derrumbaron en el suelo, entre las ruinas de una calle, para descansar. Lexa esperaba que no fueran sorprendidos por un ejército de draconianos. De pronto miró a su alrededor.
—¿Dónde está Raven? —preguntó alarmada, poniéndose en pie.
—Aquí estoy —respondió una voz ahogada y lastimosa. Lexa se giró bruscamente.
Raven —o al menos Lexa creyó que aquella cosa debía ser Raven— estaba ante ella. La kender estaba cubierto de pies a cabeza con una espesa sustancia blanca y pastosa. Lo único que Lexa podía ver de ella era un par de ojos castaños que parpadeaban tras una máscara blanca.
—¿Qué te ha ocurrido? —le preguntó la semielfa. Nunca había visto a nadie en un estado tan lamentable.
Raven no respondió, solo señaló hacia el interior de la habitación. Lexa, temiendo que hubiese sucedido algo desastroso, corrió hacia allá y miró cautelosamente a través de la puerta destruida. La nube blanca se había despejado, dejando ver la sala. En una esquina había apilados varios sacos abultados. Dos de ellos estaban reventados y una masa blanquecina se esparcía por el suelo. Lexa comprendió lo sucedido. Se llevó la mano al rostro para ocultar una sonrisa.
—¡Pero si es harina! —murmuró.
