Palabra: cobre.


La tribu salvaje de Río Claro

You had the blue note sapphire eyes
To back up all those gazes
To pierce my guard and to take my soul off
To faraway places
Told me I'll never be alone
'Cause you're right there

Cradled in Love, Poets of the Fall


Katsuki está discutiendo otra vez con su madre. No a gritos, pero casi. Cada cierto tiempo voltea a verlo y Shouto le devuelve la mirada. Directa. Sin rodeos. No entiende nada. Izuku intenta explicarle quién es quién, pero a Shouto empieza a dolerle la cabeza cuando todo el mundo habla al mismo tiempo.

Escuchó quien era Rumi. «Le decimos Miruko también», explicó Izuku. «Por…». Y en vez de seguir hablando hizo una seña fingiendo que sus manos eran orejas de conejo en la cabeza. «Tiene algo que ver con un viejo Dios Conejo de los antiguos». Rumi Usagiyama tenía dos orejas de conejo, probablemente de una presa que había atrapado mucho tiempo atrás. Izuku siguió después hablándole sobre los antiguos, las personas que habían habitado las praderas antes de que llegaran los salvajes desde el sur. Todavía quedaban algunos de sus sitios rituales, dedicados a sus viejos dioses, todos con rostros y espíritus animales.

Por lo demás, la jefa de la tribu es imponente sólo con su mera presencia. Lleva una capa morada con pieles en el cuello, que le recuerda mucho a la capa roja y desgarrada de Katsuki, una especia de cinta blanca que le cubre el pecho con un bordado hecho con un hilo del color del cobre que representa una media luna. Pantalones morados, como casi todos allí. Hay pocas mujeres con faldas o prendas que a Shouto le recuerdan a una falda. Su cuello está lleno de collares con piedras de colores o dientes de animales que seguramente cazó, parecidos a los de Kacchan. Y en su vientre está tatuado todo el ciclo lunar.

Izuku lo descubre mirando a Rumi Usagiyama.

—Kacchan quiere su puesto —le dice.

—Pero ella… es muy joven.

—Los jefes no lo son para siempre. Cambian cada poco tiempo —explica Izuku—. No me preguntes cuánto porque no sé todo sobre sus costumbres. Kacchan siempre ha querido ser jefe.

—Pero también busca la aventura… —apunta Shouto.

—Bueno. —Izuku sonríe—. Hay tiempo para todos los deseos. Incluso si se contradice. —Luego apunta a un hombre que está cerca de Rumi. Lleva la mitad del rostro cubierto con un paliacate azul. La capa que cae desde sus hombros es también de un azul brillante—. Ese es Tsunagu Hakamata. Entrenó a Kacchan. Un poco. Le enseñó a disparar un arco y a cazar. Esas cosas. Si le dices te dirá que lo detesta, pero en el fondo le tiene aprecio. —La sonrisa de Izuku es amplia. A Shouto no se le escapa el cariño con el que mira hacia Katsuki, todavía discutiendo algo con su madre.

Shouto carraspea.

—No son monógamos, ¿cierto? —pregunta.

Izuku sacude la cabeza.

—No, no lo son.

A Shouto le parece que está a punto de reírse.

—En la corte siempre se referían a los salvajes como… —hace una pausa— «promiscuos».

Entonces Izuku sí se ríe y Shouto no puede evitar sonreír porque la risa de Izuku es música en sus oídos.

—Valoran el amor de una manera diferente —dice cuando logra controlar sus carcajadas—. Bueno. Lo ponen por encima de muchas cosas. En las cortes del norte todos los matrimonios son arreglados, ¿no?

—Creo… creo que mis papás se casaron por amor. O por cariño, al menos.

Eso hacía más horrible todo. Sí, se habían casado para unir su magia, pero Shouto recordaba, levemente, cuando su madre todavía se sentaba en el trono y Enji discutía un poco menos con ella. Fuyumi juraba que, cuando todavía era muy pequeña, los había visto sonreírse.

—Creo que hubo cariño. —Es lo único que se atreve a asegurar.

Izuku no pregunta.

—Nosotros, la gente común… Es diferente. No hay fortunas que heredar. Gran parte de nosotros no heredamos magia como para preocuparnos por mezclarla. —Se cruza de brazos—. La gente se casa y se separa en las aldeas de tu reino, Shouto —sigue Izuku. «No es mío», quiere interrumpir, pero se contiene—. Pero sólo una persona a la vez. Hasta que no vi a la tribu no entendí… Kacchan no sabe explicarlo. Todos los sentimientos se le enredan entre el corazón y la garganta. Mitsuki fue la que me lo explicó un día. ¿Quieres saber?

Shouto asiente.

No pueden hacer nada más. Izuku entiende las conversaciones a su alrededor, pero Shouto no. Y son gente de fuera. Katsuki les dijo que conseguiría una audiencia con Rumi y que no molestaran. No es secreto que Rumi lo adora.

—Dice que el amor es muy grande como para contenerlo, que no deberíamos encadenarlo —explica—. Me dijo que los salvajes aman demasiado y que juran ser siempre honestos y responsables con los sentimientos del otro. Dijo que no siempre funcionaba porque las personas rara vez son ideales, pero que lo intentan. —Izuku sonríe—. Así lo ve Kacchan también. Aunque él no lo diga en voz alta.

Shouto busca la capa roja entre el gentío que sigue revolviéndose a su alrededor.

—¿Cuándo te enamoraste?

Izuku se encoge de hombros.

—¿Honestamente? No lo sé. Siempre lo admiré. —Suspira—. Era diferente antes. Creo que llegó a odiarme. Y yo odiaba esa actitud suya, pero a la vez… siempre fue la imagen de la victoria grabada en mi cabeza. Él lo sabe. —Izuku mueve la cabeza, apuntando hacia Katsuki—. La historia de Yagi, su leyenda… Eso es una cosa. Pero alguien como Kacchan… ¿Sabes que una vez le dio una paliza a tres chicos dos veces su tamaño? «Los héroes siempre ganan», solía decir entonces. A los siete años. O algo así. Esa imagen no se va nunca.

Izuku sigue viendo a Katsuki como si fuera lo más hermoso de la tierra. Shouto siente que le fallan las piernas cuando se da cuenta de que es la misma mirada que a veces usa con él.

—Izuku.

Entonces el joven voltea a verlo, y sonríe.

—Contigo es diferente. —Extiende la mano y busca la mejilla de Shouto.

«Izuku, hay demasiada gente, Izuku…».

Le da miedo ser vulnerable un momento. Izuku lo nota —por supuesto, siempre lo nota todo— y lo jala a una de las orillas de la multitud.

—Sabes que eres impresionante, ¿no? —le pregunta. Entonces, sí, las yemas de sus dedos de Izuku recorren la mejilla derecha.

Shouto no sabe cómo hacer una declaración de amor. Le fallan las piernas y quiere salir corriendo. Es diferente a Katsuki, por supuesto, que usa la agresividad como respuesta a casi todo. Pero no puede ser tan directo como Izuku, no sabe cómo.

—¿Shouto? —insiste Izuku.

—Sí. —Desvía la mirada. Busca la nada. Los ojos verdes de Izuku van a acabar por derretirlo si sigue viéndolos. Le da miedo lo que Izuku diga. Lo enfrentaría a muchas cosas que todavía no quiere mirar. Han mantenido su distancia unos días. Se besan, pero también habían estado huyendo de un reino que los persigue. No tienen tiempo para demasiado—. Izuku.

—Kacchan dice que soy un idiota que da miles de declaraciones de amor eterno.

Es consciente de que Izuku sigue mirándolo, pero no alza los ojos.

—¿Lo eres? —pregunta.

Los dedos de Izuku agarran su barbilla, lo obligan a subir la cabeza y dejar de desviar la mirada. Aun así lo intenta, pero acaba por terminar de sumirse en sus ojos.

—Sí.

Shouto nunca había sentido lo que hay en su interior en ese momento. No puede dejar de pensar que están rodeados de gente y aunque nadie los mira directamente, no puede sentirse a gusto allí. No con lo íntimo. Le enseñaron a mantener la compostura, a seguir el protocolo, a parecer intocable, lejos de la gente normal.

Traga saliva.

—¿Sabes que brillas con una luz tan grande que nadie puede apagarla? —pregunta Izuku—. Y es tuya. Toda esa luz, esa amabilidad, esa vulnerabilidad, si quieres decirlo así… —Suspira—. Toda esa magia es tuya. Sólo tuya.

Shouto se queda sin palabras y está pensando en qué responder cuando otra voz los interrumpe.

—¡Ey, idiotas!

Katsuki siempre tiene ese tacto.

—Miruko quiere hablar con nosotros. —Mira a Shouto—. Le dije que estábamos buscando a un grupo de mercenarios. No le dije por qué o para qué. Pero dice que conoce a alguien que puede ayudarnos.

Apunta con la cabeza hacia la tienda del centro del campamento de la tribu. Izuku jala a Shouto con el brazo y se dirige hasta allá.

Al príncipe se le quedan atoradas todas las palabras en la boca. Sin saber qué decir. Todos los «te quiero» que le quiere dedicar a Izuku. Y a Katsuki, ya que también lo tiene a un lado.

Katsuki abre la tela que sirve de entrada y los deja pasar primero.

—Izuku. Llevaba tiempo sin verte—saluda una voz. Habla lento y con cuidado, como si no estuviera acostumbrada a la lengua común del norte—. ¿Tu madre está bien?

—Sí, gracias, Rumi —responde Izuku—. Iré a verla antes de que nos marchemos. Puedo traerle pan.

Rumi, sentada frente a ellos en el tapete central, sonríe.

—Así que me trajiste a un príncipe, Katsuki Bakugo. —Les hace una seña para que se siente—. Ruega que el rey no se entere, lleva años buscando excusas para borrar todo rastro de nuestra tribu.

—No nos quedaremos —responde Katsuki, al sentarse.

Shouto lo hace a su lado, pero Rumi Usagiyama le hace una seña.

—Acércate, acércate. Nunca he visto a un príncipe de cerca.

Shouto se mueve un poco.

—¿El cabello es natural?

—Sí, tiene que ver con la magia.

Rumi se ríe.

—Es buen estilo —replica. Se hace el cabello blanco para atrás, que contrasta con su piel oscura. Entonces, se pone seria—. No pueden quedarse. No mucho tiempo. Estamos demasiado cerca de la frontera y los soldados van a aparecer por aquí tarde o temprano. No voy a arriesgarme. —Se dirige a Katsuki entonces y, Shouto supone que por cortesía, se dirige a él en la lengua del norte—. Dime si valió la pena traerme a un príncipe si les voy a prohibir poner el pie aquí para cualquier cosa que no sea dormir una o dos noches hasta que el rey Todoroki deje de mover el cielo, el mar y la tierra para buscar a su hijo.

Katsuki tuerce la boca, frunce el ceño.

—Sí.

Rumi abre los ojos un poco y esa es la única muestra de su sorpresa.

Shouto se queda mirando a Katsuki.

—Bueno, dijiste que buscaban unos mercenarios. El mundo es muy grande, Katsuki, no van a aparecer por arte de magia sólo…

Katsuki señala a Shouto.

—Pregúntale a él.

Rumi Usagiyama lo mira y Shouto traga saliva.

—¿Y bien?

—Me capturaron hace tiempo. No tengo demasiados datos. —Después de eso se mira las manos, intentando ordenar sus ideas. No se ha permitido pensar seriamente en el asunto de Touya, no demasiado. Pero en ese momento le llega todo de tirón. A golpe. Touya puede estar vivo. Y puede no ser lo que espera—. Hay uno con… cicatrices. Bueno. No. Piel quemada. Pedazos enteros de piel quemada. La mitad de la cara. Y esa piel tiene color amoratado. No sé cómo describirlo. Y. Bueno. No es seguro.

—Llega al punto, príncipe.

—Quizá tenga magia de fuego —dice Shouto—. No lo sé, pero…

Rumi alza la ceja.

—¿Son los únicos datos que tienes?

Shouto asiente.

La jefa de la Tribu Salvaje de Río Claro suspira.

—Aizawa se enfrentó a alguien con magia de fuego hace poco.

—¡Aizawa! —Izuku salta ante el nombre—. ¿Está cerca?

—Prometió pasar por aquí mañana temprano —responde Rumi—. Pueden preguntarle. Pero nosotros no sabemos absolutamente nada. Hay demasiados grupos de mercenarios ocultándose en la pradera, intentando conseguir el favor de alguno de los reinos del Norte. No les seguimos la pista. —Se queda callada un momento y luego sus ojos entornados se clavan en Katsuki—. Los quiero mañana al atardecer fuera de aquí. ¿Entendido?

Los tres asienten.

—Fuera de mi vista, entonces. —A Shouto es al único al que le dirige una mirada un poco más amable—. Interesante cabello, príncipe.

—Shouto —dice él—. Shouto Todoroki.

La jefa de la tribu sonríe.

—Shouto, entonces. Interesante cabello.

—Gracias.

No tardan en volver a estar afuera, entre el tumulto de gente que habla una lengua que Shouto no entiende. Katsuki les consigue algo de cenar y luego los arrastra hasta su propia tienda.

—Quiero dormir en algo que parezca una cama el día de hoy —espeta. En realidad lo único que hay en su tienda es un futón, pero no está nada mal. Izuku es el primero que se deja caer sobre él y sonríe.

—Deja a Shouto en medio, Kacchan —dice Izuku.

Katsuki gruñe.

—Bien. Princesa, acomódate o me quedo con…

Pasan unos minutos buscando una posición cómoda porque claramente ese futón no está planeado para que tres personas descansen sobre él. Pero tienen espacio suficiente.

Uno de los brazos de Katsuki rodea la cintura de Shouto y él está recargando contra uno de los costados de Izuku. Su cabeza descansa más en su hombro que sobre el bulto que hace de almohada.

—Te encantarán las praderas —dice Katsuki. Shouto no puede ver su rostro, pero le gustaría—. Son hermosas. La vida es diferente.

El príncipe aprieta su mano. No dice nada.

No puede decir nada.

Todavía no puede creer estar allí, entre ellos. Cuando se da cuenta hay una lágrima en escapando de uno de sus ojos. Izuku es quien se da cuenta primero de que está allí.

—Shouto, no llores. No llores, por favor…, Shouto.

—Princesa. —Katsuki aprieta su abrazo.

«No sé por qué estoy llorando». No puede decirles nada. No sabe por dónde empezar. «No lo entiendo yo tampoco, no sé…»

—Las veces que sean necesarias —empieza Katsuki— iremos a buscarte. No importa cuántas veces. Nadie puede hacerte daño aquí. Nadie te hará daño porque planeo arrastrar por el suelo a quien lo intente. Izuku también. ¿Entendido?

Apenas le quedan fuerzas para asentir, pero luego recuerda que Katsuki no puede ver su rostro, ni su expresión.

—Sí —le sale un hilo de voz.

—Bien. Sólo quería que lo supieras.


Notas de este capítulo:

1) Ya es bien tarde del día que estoy escribiendo este capítulo pero quiero hacer las notas primero. Necesito que alguien me dibuje a Miruko en modo salvaje con una capa morada y collares y las orejas de un conejo. Es la novia, obvio. La quiero mucho.

2) Sí, saldrán Aizawa. Y Yamada. Y Shinsou. Son personajes cuyos conceptos pensé desde el principio pero apenas andan apareciendo por el capítulo 22. También, cameo de Best Jeanist porque YES.

3) Ya me están alcanzando los capítulos (ando con tres de ventaja). No es un problema muy grave considerando que ya casi acabo el fic y estoy preparando las cosas de Julio (a finales hay una Bakudeku Week —Twin Stars Week— y a mí se me fueron las ideas al cielo, porque, sinceramente OTP). Así que ruego paciencia por si hay retrasos. Que intentaré que no, ya sólo quedan ocho capítulos más.

4) La canción es muy Todobakudeku, sólo lo dejo caer.


Andrea Poulain