4er capítulo: REENCUENTRO EN DORSET

Bella estaba disfrutando del sol en los jardines, sentada en un banco entre rosales, cuando oyó el ruido del carruaje acercándose por el camino privado que llevaba hasta la puerta principal de la mansión. Su corazón se alteró y empezaron a revolotear las mariposas de la expectación cuando pensó que quizá era Edward que acudía a ella después de haber recibido su nota.

Su carta había sido lacónica, lo sabía, pero por muchas vueltas que le dio en su momento, no había sido capaz de expresar todas las ideas que se arremolinaban en su mente. Además, había pensado que Edward no haría caso de una misiva larga y tediosa; él siempre prefería ir al grano, así que se decidió por escribir únicamente lo más importante.

«Estoy esperando un hijo».

¿Debería haber especificado que ese hijo era suyo? Para Bella era inconcebible que pensara que podía ser de cualquier otro, pero tenía la certeza que aquella era una baza que Edward podría utilizar para hacerle daño. Acusarla de estar embarazada de otro hombre sería algo que no dudaría en hacer sabiendo que le dolería en lo más profundo.

Qué estúpida había sido confesando que lo amaba, pero no había podido evitarlo en aquel momento. Pensó que sería la puntilla que lo decidiría a recapacitar sobre lo que él mismo sentía hacia ella, pero no había servido de nada. La había dejado marchar sin siquiera ir a despedirse.

Se obligó a caminar con tranquilidad hacia la mansión. Si era Edward, no quería que la viera llegar corriendo, deseosa de recibirle entre sus brazos: porque eso era lo que deseaba más que nada en la vida. Había echado de menos su voz, su pasión desbordada, las palabras soeces que la excitaban hasta más allá de lo posible, su agresividad… todas sus perversiones.

Se llevó la mano al cuello, esperando encontrar allí la gargantilla que había dejado sobre el tocador en La mansión de Twilight. Incluso aquello echaba de menos. Se sentía perdida sin todas las cosas que le indicaban que pertenecía a alguien.

Porque a pesar que seguía siendo de Edward, él la había dejado ir como si no le importara lo más mínimo. Malditos hombres y su estúpido orgullo y sus venganzas absurdas. Maldito fuera él mil veces, porque no podía vivir con él y no sabía estar sin él. Lo soñaba cada noche, y se despertaba agitada, excitada e insatisfecha; excepto una noche en que llegó hasta el final, lo sintió llenándola, penetrándola con fiereza, y tuvo un orgasmo antes de despertarse vacía, odiándose a sí misma por estar tan necesitada de un hombre que la despreciaba y que no la quería.

Edward bajó de un salto sin esperar que el lacayo extendiera la escalerilla. No quería parecer ansioso pero no pudo evitarlo. Una vez con los pies en el suelo, enderezó los hombros y miró hacia la enorme puerta principal, sabiendo que en cuanto la atravesara empezaría el juego más importante de su vida.

¿Por qué había pensado que casarse con Bella era buena idea? Porque la había subestimado. Esperaba una mujer que se acobardara ante sus demandas, que le suplicara clemencia, que lo temiera y lo despreciara. Y se había encontrado una mujer que era puro fuego en sus manos, que le respondía con una pasión desmesurada y aceptaba sus demandas sin miedo, disfrutándolas al máximo. Incluso cuando intentó subastarla y la acarició delante de todos aquellos malditos babosos, se había excitado hasta el punto de emitir pequeños gemidos disimulados. Aceptó todo cuánto él quiso darle, y pidió más.

Había sido un auténtico hijo de puta con ella. Y no la merecía. Lo tenía tan claro como clara era el agua del arroyo que atravesaba el bosque.

¿Qué hacía aquí esperando arreglar su matrimonio? Ella estaría mucho mejor lejos de él, y su hijo también. ¿Qué sabía de ser padre? ¿O marido?

La vio por el rabillo del ojo justo cuando iba a poner el pie en el primer peldaño de la escalinata que llevaba hasta la puerta principal. Venía caminando despacio, mirándolo con la cabeza erguida y sin parpadear. Los ojos se le fueron hacia la barriga, esperando verla ya crecida, pero a duras penas la notaba.

Esperó con paciencia a que llegara hasta allí, con las manos cruzadas por detrás de la espalda, sin quitarle los ojos de encima, y ella se tomó su tiempo.

Cuando finalmente llegó, no dijo ni una palabra. Lo miró, con el rostro adusto y casi beligerante, se giró y empezó a subir la escalinata. Cuando llegó arriba, antes de cruzar la puerta giró la cabeza para mirarlo. Él se había quedado abajo, sin seguirla.

—¿Vas a venir? —le preguntó con voz calmada.

Edward no salía de su asombro. No quería reconocerlo, pero estaba asustado. Había esperado que ella lo recibiera de dos maneras: que se echara a sus brazos llorando de alegría, o que intentara echarlo de allí con cajas destempladas. Pero nunca con aquella ira contenida que le recordaba a sí mismo.

La siguió y entró en la mansión.

Estaba muy diferente a la última vez que había estado allí. Parecía que Bella había ocupado su tiempo en redecorar la mayor parte de la casa, o por lo menos, lo que él podía ver. Subió las escaleras hasta el primer piso, y entró en la que era la salita verde y que ahora era de un color rosa pálido que le dolían los ojos.

—¿Qué has hecho con mi casa?

—¿Tu casa? —Bella se sentó con indolencia en el sofá y cruzó las piernas. Edward quiso sonreír pero se aguantó las ganas. No podría hacer algo así si debajo de aquel vestido llevara todas las capas de ropa que dictaminaba la buena sociedad—. Creí que ahora era mía, y que podía hacer lo que quisiera con ella. Claro que si no te gusta, siempre puedo volver a redecorarla. Me encanta gastar tu dinero.

Aquella no era su Bella. ¿O sí? Sí, lo era. Una mujer fuerte que jugaba con las cartas que el destino le había entregado sin quejarse.

—Si a ti te gusta, a mí me parece bien.

—Estupendo. ¿Qué te ha traído hasta aquí, querido esposo? Pensé que no querías volver a verme.

—Estás embarazada.

—Sí. Pero esta circunstancia no tiene por qué cambiar nuestra relación. Tú querías que me alejara de tu lado. Ni mi hijo ni yo te necesitamos para nada. —Le dolió decir aquello porque no era cierto. Ella lo necesitaba más que al aire que respiraba, y había languidecido interiormente por él durante todo el tiempo que habían estado separados, pero no iba a admitir su debilidad, no después de la forma en que la había tratado al final—. Puedes seguir tranquilamente con tu vida en Londres, querido. Nosotros estaremos muy bien aquí. Lo único que necesitamos de ti es que pagues la factura.

El dolor en los ojos de Edward fue un triunfo para Bella, y estuvo a punto de saltar del sofá a sus brazos para abrazarlo y asegurarle que no era verdad, que lo seguía amando y que lo recibiría de vuelta a sus brazos sin dudarlo ni un instante. Pero sabía que si hacía eso, se burlaría de ella y perdería la oportunidad.

—Y una mierda.

—¿Qué dices, querido? —replicó con frialdad.

Edward caminó con decisión hasta la puerta y la cerró con llave. No quería interrupciones de nadie. Se giró y apoyó la espalda en la madera.

—No te vas a librar tan fácilmente de mí —afirmó con seguridad, y el alma de Bella se rio de felicidad.

—Yo nunca he querido librarme de ti, querido —le contestó con calma—. Desde el mismo instante en que nos conocimos, no he hecho otra cosa que obedecerte, así que no sé por qué dices algo así.

—Me abandonaste —la acusó, y aunque intentó evitarlo, su voz transmitió amargura.

—Era lo que tú querías. No sé por qué te sorprende tanto que consiguieras salirte con la tuya. Al fin y al cabo, siempre lo has hecho, ¿no?

—No sabes nada de mí, ni de mi pasado.

—En eso tienes razón, pero ¿de quién es la culpa?

—Mía, por supuesto.

—Me sorprende que lo admitas.

—No hay nada que admitir. Nunca te conté nada de mi pasado porque jamás pensé que podría importarte.

Bella suspiró ligeramente.

—Y eso demuestra hasta qué punto me conoces —dijo con sarcasmo.

—Pero te conozco, Bella. Quizá no tanto como tú quisieras, pero sé tus más profundos secretos y anhelos —susurró con su seductora voz acercándose a ella, acechándola como un gato acecha un ratón antes de disponerse a jugar con él.

—¿Cuáles son mis platos favoritos? —le preguntó sin dejarse intimidar, y él se quedó quieto, sorprendido por la pregunta—. ¿Qué tipo de libros me gusta leer? ¿Prefiero el teatro o la ópera? ¿Cómo me gusta el té? Si tanto me conoces, deberías saber las respuestas.

—Sabes perfectamente que no es así —contestó él, molesto—. Pero sé cómo suena tu voz cuando estás excitada, y los suaves ruiditos que haces cuando te penetro.

—¿Esperaba que Bella se sonrojara? No lo hizo. Se limitó a mirarlo con fijeza mientras él seguía acercándose pausadamente—. Conozco cada centímetro de tu piel. El color tostado de tus pezones, y sé el sabor que tiene tu excitación. He tenido mi boca en tu coño y he bebido de ti, cariño, mientras tú me suplicabas más y más.

Llegó ante ella y le cogió la barbilla para obligarla a levantar el rostro.

—Has tenido mi polla dentro de esa preciosa boca, Bella.

«Bella». La había llamado así desde que había llegado. No «esclava», «puta» o «zorra», sino «Bella». ¿Qué significaba?

—Sí, es cierto. Conoces mi lado más perverso. ¿Y qué? No soy tu amante, Edward, sino tu esposa. Pero nunca te interesé como tal, ¿verdad? Solo querías hacerme pagar la desfachatez de dejarte en ridículo delante de un grupo de mojigatas estúpidas que no valían más que las fortunas de sus familias. Pero tu orgullo pudo más que tu sentido común, y en lugar de aceptar mis palabras con humor y dejarlas pasar, preferiste correr a esconderte en tu madriguera para planear una venganza que restituyera tu amor propio perdido.

Las palabras de Bella lo golpearon físicamente como bofetadas dadas con la mano abierta. Se lo merecía. Se había comportado como un niño inseguro del que se habían burlado, devolviendo los golpes de forma desproporcionada.

Pero la verdad era mucho más compleja.

Se había enamorado de Bella Swan a primera vista. La había deseado solo verla, y su desprecio lo había arrollado como un carruaje a la carrera con los caballos desbocados, dejándolo aturdido, vacío, humillado y con ganas de correr a esconderse en un lugar oscuro y ponerse a llorar como cuando era un crío y aún estaba encerrado en el orfanato.

—Pero te gustó todo lo que te hice —susurró. Jamás iba a admitir ante ella tamaña vulnerabilidad.

—No voy a ser tan estúpida como para negarlo. Pero las cosas han cambiado. Voy a ser madre, y mi hijo ha pasado a ser mi principal y única prioridad.

—Levántate.

Bella no quiso obedecer, pero su cuerpo respondió sin que ella opusiera ninguna resistencia.

Entonces la besó.

La cogió por la cintura y la atrajo hacia sí, apretándola contra él, mientras se apoderaba de su boca con fiereza. Bella intentó no responderle, quiso mantenerse fría y distante, no dejar que él supiera hasta qué punto la afectaba, pero fue incapaz. Edward, su amo, había vuelto a por ella y no le importaba el motivo que lo había traído hasta allí.

Le devolvió el beso aferrándose a sus anchos hombros, deseando sentir su piel bajo las palmas de sus manos, ansiando cualquier migaja que él quisiera darle. Se sentía patética por reaccionar así, sabiendo que él no la respetaría después de aquello y qué pensaría que podía volver a atormentarla impunemente: y tenía razón. Lo amaba, con todo el conjunto de defectos que tenía, y las pocas virtudes que había podido vislumbrar, pero no tenía remedio.

—Has estado deseando que viniera a por ti —le susurró al oído mientras le acariciaba un pecho por encima de la ropa—, admítelo.

Ella no contestó inmediatamente. Quería gritar, salir corriendo, aferrarse a él para que no volviera a dejarla nunca más. Tenía el convencimiento que con él nunca sería feliz, pero no podía renunciar a la esperanza.

—Sí, que Dios me perdone, sí…

—Mi dulce esclava… —la alabó y ella sintió que un estremecimiento de placer le recorría el cuerpo—. Desnúdate. Quiero poseerte, follarte sin parar, hacerte gritar de placer.

—No llego a los botones… amo —susurró Bella, y Edward se estremeció ante la sensualidad implícita en su tono. Sonrió, complacido, y empezó a desabotonar el vestido palpando con los dedos un botón tras otro, sin dejar de mirarla y de esparcirle dulces caricias por el rostro con sus labios.

Cuando terminó, deslizó el vestido por los hombros y dejó que cayera al suelo. La miró deleitándose con lo que había supuesto: debajo solo llevaba la camisola: ni corsé, ni enaguas, ni pololos… nada.

—Estás preciosa…

Bella notó tanta ternura en su voz, que se ruborizó de placer.

—Siéntate, y no te muevas.

Ella obedeció y él desapareció detrás del sofá. No podía ver qué estaba haciendo, pero lo oyó manipular por el cortinaje seguido de un rasgón. ¿Había roto las cortinas? Rio tímidamente, mordiéndose el labio para que él no la oyera. ¿Qué diablura estaría preparando?

Volvió al cabo de un momento, con dos tiras de tela que había sacado de las cortinas. Se agachó delante de ella y la miró a los ojos sonriendo traviesamente. Le cogió la muñeca y tiró suavemente de ella hasta que la posó sobre la rodilla, y allí la ató, enrollando la tela alrededor de la rodilla también. Después hizo lo mismo con la otra. Ella lo miraba divertida, respirando cada vez más fatigosamente. Tenerlo allí delante, tocándola, atándola, preparándola para hacerle el amor, era el cielo.

Cuando la tuvo atada, cada muñeca con su rodilla correspondiente, le separó las piernas, tiró de ella suavemente hasta que tuvo el trasero en el borde del asiento y la empujó para que cayera hacia atrás. Al tener las manos atadas a las piernas, el propio impulso la obligó a levantar las piernas y quedó totalmente expuesta.

Inclinó la cabeza y empezó a lamerla, de arriba abajo, abriendo su sexo con los dedos para poder penetrarla con la lengua. Bella gemía y su cabeza iba de un lado a otro sin que pudiera detenerla.

—Estás mojada, zorra —susurró él, y sintió cómo la humedad invadía su sexo—. Mi putita tiene un coño delicioso, y está ávido por acoger mi polla, ¿verdad, preciosa?

—Sí, amo.

—Pues aún no es el momento, preciosa.

Volvió a lamerla; chupó el clítoris y ella gritó; la invadió con los dedos, metiéndolos y sacándolos una y otra vez, hasta que Bella estalló y gritó su placer. Entonces se levantó, se desabrochó los pantalones y los dejó caer. La izó hasta que volvió a estar sentada al borde del sofá. Su boca estaba precisamente a la altura que deseaba: cerca de su polla enhiesta.

—Chúpala —le ordenó, y Bella abrió la boca y lo engulló, lamiendo el glande, saboreando el líquido preseminal.

Edward la agarró por el pelo y empezó a empujar. Al principio no podía penetrarla totalmente, pero poco a poco la obligó a acogerlo en su deliciosa boca, y entró y salió de ella, notando el remolineo de la lengua en su piel.

Bella disfrutó de aquella polla dura como el hierro, y suave como la seda, que la poseía con fiereza y determinación. Era su hombre que había vuelto a casa. Casi tuvo ganas de llorar de felicidad.

—Basta.

Sacó la polla de su boca. Respiraba con mucha agitación. Estaba a punto de correrse, y quería hacerlo dentro de ella.

La giró hasta tumbarla sobre el sofá. Ella no podía impedir nada que le hiciera, pero de momento le apetecía tumbarse encima de ella y follarla mirándole el rostro y esa boca preciosa que acababa de follarse.

—Ábrete bien.

Bella obedeció como pudo. El respaldo del sofá le impedía mover una pierna, pero la otra la extendió todo lo que el brazo atado le permitió. Edward se arrodilló entre sus piernas y la observó.

—Tienes el coño más bonito que he visto nunca —la halagó—. Y es todo mío, para mi placer, mi deleite. Nunca más otro hombre lo disfrutará —aseguró.

Bella sintió que lo había ganado todo. Nunca más iba a compartirla, y eso la llenó de gozo. Era suya, solo suya, y de nadie más.

La penetró de golpe, y volvió a sentirse llena una vez más. Y entonces se dio cuenta del terrible vacío que la había poseído durante todos aquellos días en que habían estado lejos el uno del otro.

La amaba, ahora estaba segura, aunque no hubiera pronunciado las palabras. Se lo dijo con cada envite, con cada gemido, con cada afirmación que era suya y solo suya, y su corazón se ensanchó y tuvo ganas de llorar de felicidad.

Ahora por fin podría darle lo que él necesitaba: amor incondicional. Porque ahora sería capaz de aceptarlo y disfrutarlo. Por fin.

Edward empujó y empujó hasta que sintió que el orgasmo la arrasaba de nuevo. Gritó y él la acompañó gritando a su vez, saliendo de su interior, derramándose sobre ella, marcando su cuerpo con su semen, mientras seguía estimulando la polla con su mano. Así la quería, con su semilla por encima de su piel, cubriéndola totalmente.

Porque era suya.