Capítulo 22: "El reinado de Atemu y el regreso de Diabound".
Ra continuaba su viaje en la barca llevando luz en el domo del cielo para que la tierra despertase y Apophis retrocediera de su eterna persecución para permitir que el día comenzara y los siervos del Sol iniciaran su día. Así los primeros tonos rojizos y anaranjados iluminaban el valle del Nilo al tiempo que las voces de los habitantes de Kemeth comenzaban con los himnos de adoración a Ra.
Como todo primer día del calendario lunar Seth dirigía los agradecimientos a Ra por un nuevo día, un nuevo ciclo y ante todo una nueva temporada de inundaciones, el Alto Sacerdote y Consejero Mayor había ocupado el puesto que alguna vez Akunadín llevó.
Atemu cerró los ojos un momento, aún no se acostumbraba al peso del collar sobre sus clavículas y hombros, así que disimuladamente llevó sus hombros hacia atrás y luego hacia abajo tratando de alivianar el peso de la pieza de oro, al menos hace varios meses tenía la nueva corona que, definitivamente era más cómoda para usar, en especial porque no se deslizaba por el lado derecho de su cabeza y cara, ahora podía mover su cuello libremente. Pero el collar era otra historia.
A su izquierda alguien tomo aire sonoramente.
Humedeció sus labios sabiendo que eso solo haría que Simon, el anciano Mano derecha del Faraón de su padre, se molestara aún más con él. Se supone que un Faraón estaba por sobre los hombres, pero Atemu era consciente de que era tan humano como todos, por lo que no era inmune a la incomodidad. Sin embargo Simon siempre decía que un Faraón estaba por sobre los demás, por lo que sensaciones mundanas no eran parte de su día a día.
Nuevamente llevó sus hombros hacia abajo, elongando su cuello con menos disimulo que hace un rato, ganándose un sonido de carraspeo por parte del viejo egipcio que, de seguro, no dejaba de observar cada uno de sus movimientos.
Mahaado negó suavemente con la cabeza. Solo entonces Atemu decidió dejar de molestar al consejero y volver su atención hacia donde Seth encendía un incienso con una sonrisa disimulada en su rostro, sus ojos azules mirando directamente hacia su primo. Al menos no era el único incómodo.
La ceremonia terminó con el último canto de agradecimiento a Ra por su generosidad en el día a día. El incienso y las antorchas eran removidos del lugar para iluminar otras zonas del Templo Mayor de Ra.
De seguro era el momento para que Simon le recordase la necesidad de parecer una estatua durante estos servicios, para aparentar fortaleza. Pero antes de que el anciano lograse comenzar con uno de sus sermones, Karimu apareció rápidamente a su lado con paso apresurado antes de arrodillarse.
"Majestad, traigo noticias". El protocolo dictaba que debía esperar a que el Faraón indicase que escuchaba, por lo que Karimu como buen seguidor de reglas, mantuvo su vista hacia abajo sin cambiar de posición.
"Dime". Aún después de dos años, no lograba acostumbrarse a tanta ceremonia alrededor suyo.
"Han llegado dos mensajeros del sur, vienen de Nubia para anunciar que sus reyes desean una audiencia de su Majestad y sus ministros".
Por un momento Atemu creyó que el fiel Karimu llevaba noticias de la serpiente blanca que seguía lejos de Kemeth, después de todo el último avistamiento del Zork fue en la costa sureste de las tierras más allá de Egipto. Todo indicaba su objetivo era regresar a las arenas y subir por el Nilo hacia Menéferes, pero mientras no se avistara cerca de sus fronteras no tenía permiso para intervenir.
"Permitan que descansen en la sala de huéspedes y procedan a entregar su mensaje según conveniencia". Respondió Atemu, ganándose una sonrisa por parte de Simon e Isis, de seguro ambos pensando en la hija mayor del Rey Ankhel. "Si hay noticias de Saba, también quiero saber".
Ese último comentario hizo que Seth se acercara a ellos. "¿Saba?, ¿por qué nos interesaría un reino tan al sur?".
El Faraón frunció el ceño antes de dirigir la mirada hacia su primo. "Porque el último avistamiento de Diabound fue hace dos ciclos lunares en la costa sureste casi ingresando a Saba, si pasa por esas tierras seguirá a Nubia y luego a Kemeth".
Seth palideció un momento ante el nombre de Diabound, aún despertaba en medio de la noche con el recuerdo del Zork atacando el salón del trono. "¿Tan cerca?".
"Según Nadjik y los mensajes que han llegado a mis manos, fuera de nuestras fronteras Diabound se ha convertido en un gran problema". Comentó Mahaado sin perder detalle de las reacciones del Faraón. "Además hay una gran actividad de Zork de bajo poder".
Atemu frunció los labios. "Puede que Nubia quiera solicitarnos protección". Y sin decir más, procedió a caminar hacia la salida del templo.
Sólo Mahaado y Karimu se quedaron en el Templo mientras el cortejo seguía al Faraón hacia los salones de palacio para comenzar el día, ambos hombres se quedaron en silencio mientras los sirvientes caminaban a paso apresurado cambiando de lugar antorchas y otros elementos que Seth usara en la ceremonia. Una vez solos Karimu procedió a hablar.
"Entonces es cierto que los ataques a las aldeas del Este han sido por parte de Zork". Karimu empuñó ambas manos con fuerza, aún recordaba partes del ataque de Heishin a palacio y esas imágenes solían darle pesadillas. "¿Mahaado?".
El hechicero a su lado sonrió con un gesto de pesar. "Aún no sabemos todo acerca de los Zork, hay algunos registros a los que podemos acceder en la biblioteca, pero son criaturas que sabemos que devoran almas". Comentó el egipcio más alto sin dejar de observar a su compañero. "Un Zork como Heishin o lo que sea que nos atacó hace dos años es lo más poderoso que hemos encontrado, hay otros más pequeños como los que se han quemado en las aldeas del Este hace unos meses y el año pasado en el puerto".
"Esos son pequeños en comparación a Heishin". Karimu frotó sus manos con algo de nerviosismo, si bien el año anterior había sido testigo de cómo el Ka de Kisara había destruido a los zork que aparecieron en el puerto, no quería pensar en enfrentar otros seres de oscuridad como ellos. "Escuché a Seth mencionar que hasta ahora se conocen tres tipos".
Mahaado asintió. "Aún nos faltan descripciones, pero si, sabemos que hay tres tipos de Zork, unos pequeños de color marrón y gris de forma ovalada que se llenan de estacas en su coraza, otros que varían de forma y los que expelen humo y líquido como Heishin".
La mano en su hombro no era un gesto de contención para Karimu, al contrario parecía un gesto de resignación. "¿Crees que Diabound sea como Heishin?".
Esa pregunta tomó por sorpresa a Mahaado, su expresión y gestos de duda eran un gran indicador para el guardia. "Creo, y esto es sin confirmación, Diabound es más una criatura de las sombras que un Zork, de lo contrario Bakura habría perdido su forma física cuando fue poseído, y según los relatos de Seth y el niño que acompaña a Heba, eso no ocurrió…". Una pausa frunciendo los labios. "El Faraón cree que el Zork dentro de Heishin tiene la capacidad de apropiarse de criaturas de las sombras, considerando que la habilidad especial de Diabound es manipular a otros físicamente".
Mahaado observó con cuidado al guardia, se conocían hace años, incluso antes de que Atemu naciera, por lo que entendía el miedo y las dudas de Karimu ante la intensión del Faraón de capturar a Diabound en vez de destruirlo.
Seth no estaba seguro si lograría ser digno de llevar el puesto de Sacerdote Mayor, mucho menos de lograr controlar la oscuridad dentro del cetro. Sin embargo su primo consideraba que sólo él poseía la entereza espiritual para portar dicho artículo, Atemu quien actualmente se encontraba sentado en el trono escuchando, a los mensajeros de Nubia proponer un acuerdo entre ambos reinos para la protección de sus fronteras.
Algunas veces era difícil recordar que solía empujar a Atemu a las piletas de los jardines, y que su primo era muy quisquilloso con su comida, esa imagen no iba con la actitud segura y plácida del Faraón sentado en el trono, una pierna cruzada sobre la otra, ambas manos apoyadas en los reposa brazos al costado, ojos atentos a pesar de que los mensajeros respetaban la regla de no mirar directamente al gobernante.
En dos años de reinado, Atemu era considerado uno de los más eficientes gobernantes de Egipto, con los tres dioses que asolaban las arenas del desierto, ahora bajo su cuidado y control, no era extraño recibir visitas de gobernantes, príncipes, princesas, ministros, buscando nuevas alianzas con el Dios caminante a cambio de protección.
Y es que Diabound era un demonio conocido por casi todo el continente. De seguro Kemeth estaba a salvo por la poderosa presencia de su Faraón, pues hace dos inundaciones que solo tenían noticias de lejanas tierras acerca del demonio de cabello blanco y la serpiente que devoraba almas.
A la derecha del trono se encontraba Heba, el joven príncipe ya había cumplido once inundaciones, por lo que ya estaba presente en las reuniones con otros reinos donde se discutían temas ajenos a la guerra y la hambruna que mantenía a los reinos del sur del continente en continuo conflicto. Actualmente Nubia presentaba a la menor de sus princesas como posible esposa, Teana era su nombre y traían retratos para mostrar su belleza y dos composiciones de poesía de su autoría como regalos para un pretendiente.
Al lado izquierdo del trono, el viejo Simon era el más entusiasmado con el inicio del desfile de posibles esposas para Atemu, quien ya estaba en edad de comenzar a entregar herederos y varios miembros de la corte comentaban eso en voz alta múltiples veces al día.
Atemu intentó prestar atención al Consejero directo del Rey Ankhel, sabía que cuando su padre estaba vivo tenían muy buenas relaciones con Nubia, al punto de que su familia real había sido bienvenida en Menéferes en varias oportunidades, inclusive se había hablado de un posible matrimonio entre Akenamon y la princesa mayor, pero cuando su segundo hermano mayor escogió esposa entre las hijas del visir de Thebas, las relaciones de ambos países habían cambiado.
Esto no era lo que esperaba, mucho menos considerando que un Zork se acercaba desde el sur, Nubia debía estar preparado para resguardar a sus habitantes y no pensando en un posible matrimonio. La situación era frustrante, y si a eso agregaba que Diabound cerca significaba que Bakura volvería a Kemeth, y él aún no sabía cómo sacar al Zork sin dañar al dueño del cuerpo.
Ahora comenzaba su dolor de cabeza, y la reacción de su cuerpo ante eso era comenzar a generar mayor magia de las sombras a su alrededor, lo que no era un espectáculo agradable si considerabas que Osiris solía enroscarse alrededor del trono y observar a todos mientras lamía sus dientes, no sería una buena imagen para los mensajeros0.
"Yuugi". La voz del Faraón silenció el auditorio de la sala del trono por completo. Si bien el lugar carecía de la opulencia característica de la sala antes de la gran tragedia y muerte de gran parte de la familia real, la voz de Atemu siempre resonaba en la sala con bastante amabilidad, pero firmeza.
El aludido dio un paso al frente, saliendo de la línea del trono a la derecha de su hermano. Estaba tranquilo ante el llamado, pues Atemu le recibió con una leve sonrisa en los labios y con su mirada cansada. "¿Qué te parece si proponemos una visita a Nubia?, creo que eres el indicado para asistir". Comentó Atemu antes de voltear su rostro ligeramente para observar a los ojos al ministro de Nubia, un hombre que claramente estaba nervioso ante la mirada del Faraón. "Sus gobernantes enviaron una buena propuesta, sin embargo la princesa es demasiado joven aún, por lo que pospondremos esta conversación hasta que alcance las dieciséis inundaciones". Sentenció Atemu, Simon intentó interrumpir para cambiar la decisión. "Estoy seguro de que el príncipe Yuugi será un buen mensajero y mis ojos en una futura visita a Nubia, entonces tomaremos una decisión".
Parte de Yuugi estaba molesto con su hermano, pues Teana de Nubia no era desconocida para el reino, pero por otra parte, Atemu estaba entregándole la oportunidad de viajar y conocer otro país, era uno de sus sueños, y por la sonrisa de Behu, sabía que pediría que su compañero asistiera con él.
Una vez terminada la conversación y con los mensajeros de Nubia enviados a sus aposentos de huéspedes, la audiencia se retiraba del salón a continuar con sus quehaceres. Simon no dudó en acercarse al Faraón para hacer saber su molestia con el rechazo a un compromiso próximo.
"Su Majestad, necesita comenzar a pensar en una reina, un heredero al trono y al menos completar un tratado vía matrimonio". Simon estaba molesto, lo podía sentir en su tono de voz.
"Tengo un heredero, es Heba". Respondió Atemu, descansando su barbilla sobre su mano derecha. "No desposaré una niña, mucho menos bajo presión de su familia, así no funciona el reino". Con un movimiento suave de su cuello, hizo que la pirámide, que colgaba de su cuello, brillara con el reflejo de las antorchas. "Mi reinado será corto, Yuugi será el siguiente, y su línea será muy próspera".
Simon odiaba cuando Atemu usaba esa frase en sus discusiones. Isis había predicho que Atemu dejaría el trono antes de dejar un heredero de su propia carne. "Como usted diga, Majestad". Y sin más, el anciano consejero procedió a retirarse del salón.
"Sabes que Simon odia que digas eso". Comentó Yuugi, sentándose en el apoyabrazos libre del trono, su espalda hacia Atemu mientras observaba las paredes del lado derecho del salón, las tabletas de criaturas de sombras seguían aumentando a medida que su hermano controlaba más y más la magia de las sombras. De hecho, si inclinaba su cuerpo hacia atrás, sería capaz de ver las tres tabletas que estaban sobre el trono: Ra, Osiris y Obelisco.
"Simon solo busca el bien para el reino, lo sé". Suspiró Atemu descansando su frente contra la espalda de su hermano menor, uno de los pocos habitantes del reino que ofrecía su apoyo sincero y sin reparos. "Recordé que querías viajar, por eso comenté lo de ir a Nubia". Explicó sin levantar su cabeza de la posición donde se encontraba, se había asegurado de que las puntas de la corona no tocaran a Yuugi.
El príncipe asintió. "Gracias por la confianza hermano". Sonrió el niño egipcio balanceando las piernas contra el piso de granito del salón. "Pero a mí tampoco me gusta cuando dices que tu reinado será corto".
Ese comentario sacó una risa del pecho del Faraón. "¿Asustado de las responsabilidades?".
Yuugi esperó un momento, durante unos minutos simplemente dejó que la respiración de su hermano le permitiera reflexionar hasta encontrar las palabras correctas. "Es que…".
Atemu hizo un sonido con su garganta indicando que prestaba atención.
"Es que cuando dices eso es como si fueras a morir pronto". Susurró Yuugi bajando la mirada. Su comentario lleno de emoción contenida se ganó un par de brazos alrededor de su cintura y un pequeño jalón hacia las piernas de su hermano, quien lo abrazó con fuerza. La verdad Yuugi sabía que estaba grande para esos gestos, pero había algo especial en sentirse protegido por los brazos de su hermano, por lo que cerró los ojos apoyando su mejilla contra el pecho del Faraón. "Te adoro hermano".
"Y yo a ti". Suspiró Atemu antes de besar la frente de Yuugi. "Sé que lo digo siempre, pero no sabría qué hacer sin ti".
Seth se dejó caer en la banca acolchada al costado de su cama, de inmediato se quitó el calzado que había llevado durante todo el día entre los ritos matutinos de adoración a Ra y las reuniones con los mensajeros de Nubia, para luego finalizar con los ritos vespertinos de devoción al sol. Fueron horas de pie, sin contar la sesión de entrenamiento durante la madrugada, pero al menos la siguiente estaba a cargo de Mahaado. Con un suspiro pesado comenzó a elongar sus pies, mover las articulaciones una por una contra la loza fría del piso aliviaba su malestar.
"Si me esperas, te puedo dar un masaje".
No pudo contener la sonrisa que apareció en sus labios. La verdad no esperaba encontrar a Jouno en su habitación a esas horas, mucho menos sabiendo que Atemu aún se encontraba en reunión con Simon e Isis, revisando algún detalle de la propuesta de matrimonio que los mensajeros llevaban a Egipto.
"Pensé que estarías con Atemu". Comentó Seth mientras seguía a Jouno con la mirada, su consorte se encontraba cambiando el agua fresca que dejaban al costado de la cama para beber durante las noches de verano.
"Sabes que sólo voy cuando pide mi ayuda". Comentó Jouno respondiendo a la mano extendida que lo llamaba al lado del Sacerdote.
"Lo sé". Concedió Seth rodeando a Jouno con sus brazos largos antes de abrazarlo. Si bien Jouno había llegado como esclavo al palacio cortesía de Isis, en la confusión de la coronación de Atemu, su estatus fue declarado como parte de los sirvientes libres de palacio y luego como consorte del alto sacerdote, considerado con los mismo derechos que Seth, por lo que sus actividades eran libres, ayudando a Atemu en sus quehaceres porque nacía de su propia motivación y no por obligación.
El kohl en los ojos de su primo estaba demasiado perfecto para que su aplicación fuera de unas manos diferentes a Jouno.
"Te extrañé todo el día". Suspiró Jouno secando sus manos antes de voltear hacia el Sacerdote, quien mantenía los ojos cerrados sin soltar su abrazo. "No me gusta cuando las reuniones se alargan". Y sin previo aviso procedió a morder juguetonamente el cuello de Seth.
"¡Hey!" Protestó el egipcio más alto, frunciendo el ceño en un intento de mostrarse molesto ante Jouno. "Eso dolió".
Después de dos años juntos, ese comentario no provocaba preocupación en Jouno, por lo que con una sonrisa volvió a morder el cuello de Seth. "Nah, ¿aún quieres un masaje?".
"Eso no se pregunta".
Aún estaba oscuro afuera, Ra no partía en su barcaza recorriendo el firmamento para iniciar el día, algo de niebla subía desde el río hacia la ciudad, cubriendo de una fina capa de rocío los techos de cada casa y bazar.
En el templo menor de Isis, uno de los pocos lugares que se encontraban lejos de los dormitorios y zonas más pobladas del palacio, Mahaado esperaba a su Faraón para continuar con una rutina que llevaba años sin descanso. Y era que la magia en Atemu creció en el momento en que los tres dioses lo eligieron y parecía que cada día existía más y más expansión de ese poder.
En sus manos se encontraban cuatro supresores de magia, habían comenzado con uno, pero luego se hicieron necesarios los otros tres para equipar sus habilidades a las de Atemu, y es que Seth y él tenían gran conocimiento de magia de las sombras, pero claramente no el poder del Faraón. Era increíble que en dos años todo cambiara tanto.
"Siento la demora". Comentó Atemu entrando al Templo, llevaba una túnica corta simple, como en todos los encuentros, sin adornos, sin joyas, solo el brazalete de duelo en su antebrazo izquierdo.
"No te preocupes". Mahaado se acercó a su Faraón con familiaridad que solo existía en esos momentos en que ninguno era lo que Kemeth les exigía ser, sino que volvían a ser un profesor y un aprendiz, como fuera antes de la gran tragedia. "Las reuniones de ayer fueron largas".
El hechicero observó el gesto cansado de Atemu, sus hombros ligeramente hacia adelante y la mirada perdida un momento en el suelo del salón de entrenamiento, una mano nerviosa frotando el borde del brazalete de duelo sobre su muñeca. "¿También crees que debería tomar una reina?".
Mahaado suspiró tomando, los bordes de sus dedos sobre el cierre a presión de los supresores de magia. "Creo que no debes dejar que las exigencias de Simon pesen sobre ti, si no quieres desposar a una mujer ahora, solo espera a que quieras hacerlo, no te obligues a hacer algo porque otros dicen que es lo correcto".
Observó como Atemu frotaba mejilla en un gesto molesto, pero quería esperar a que continuara hablando. De seguro Simon, Isis e inclusive el viejo decrépito de Akunadin continuaban forzando el tema una y otra vez.
"Quizás dejaría de pesar sobre Heba".
Claro, Heba y la posibilidad de que sea el heredero a falta de un hijo de Atemu.
"No puedes proteger a Yuugi de todo lo que ocurre a su alrededor, va a llegar un momento en que tendrá que cumplir con más responsabilidades en su puesto como príncipe, independiente de que sea el heredero o no". Mahaado conocía perfectamente las aprensiones del egipcio más joven hacia su hermano menor. "Heba es inteligente, a su edad tu hacías muchas cosas por el reino".
Atemu asintió, jamás dudaría de la inteligencia de Yuugi, pero en el fondo era su hermano menor y era parte de su responsabilidad con su familia proteger a Yuugi.
"Atemu". La voz de Mahaado hizo que levantara la mirada y tomara uno de los brazaletes supresores. "Me gustaría verte feliz". Ante eso solo pudo frotar sus ojos con fuerza. "Y para eso necesitamos sacar a Bakura de Diabound, después nos preocuparemos de los demás".
¿Por qué Simon continuaba siendo la mano derecha?, Mahaado sería una mejor opción.
"No pierdas las esperanzas". Si su maestro continuaba hablando de esa forma iba a llorar lo que llevaba dos años en su corazón. "Estoy seguro de que una vez que Bakura esté a salvo podemos hablar acerca de reinas, herederos y cuanta estupidez quieran Simon, Isis o Akunadín".
Eso le sacó una sonrisa temblorosa, pero fue suficiente para calmar su corazón ajustar el primer brazalete alrededor de su muñeca libre, luego ambos tobillos y finalmente su cuello. Inmediatamente sintió el alivio ante la presión que siempre existía en su pecho y manos, las turmalinas blancas lograban acumular gran parte de la magia que sobraba en su cuerpo.
"Muy bien, comencemos con los primeros ejercicios". Indicó Mahaado dando inicio a la sesión de entrenamiento.
Jouno despertó con la brisa previa al amanecer, intentó moverse con suavidad, pero el brazo de Seth le mantenía firmemente atrapado a lo largo de su cintura. Bostezó con pereza, al fin que Seth tenía la mañana libre, pero él debía ir por Behu para preparar a Yuugi para el día.
"No".
Sonrió un momento, Seth era imposible cuando podía dormir todo lo que cuerpo pedía. "Mañoso, tengo que levantarme".
"No". Pero con esa negación, Seth procedió a voltear hacia el otro lado de la cama, dejando que Jouno quedase libre.
En la penumbra del amanecer, Jouno se levantó de la cama estirando sus brazos hacia el cielo, una melodía suave en sus labios mientras recitaba las alabanzas del inicio del día que había aprendido de Seth en los últimos años. Algunas veces el sacerdote solía tararear esas melodías en el quehacer diario como si fueran parte de que respiración.
Una vez con el rostro limpio y cuerpo preparado para el día, Jouno decidió dejar a Seth dormir hasta que Atemu u otra persona necesitase de su presencia, por ahora iba camino a la habitación del príncipe a despertarlo, ya que sabía que Behu estaría durmiendo aún.
En el pasillo de las habitaciones no era el único cumpliendo tareas, a un costado podía escuchar a la vieja Sullvi ordenando los quehaceres para los huéspedes de Nubia, además del desayuno de Yuugi y los materiales que necesitaría para sus lecciones matutinas. En el camino saludó a Mariku, el egipcio rubio que cumplía guardia entre Atemu y Yuugi cuando estaba en palacio, en otras oportunidades solía verlo cabalgando por las afueras de Menéferes y según escuchaba en las reuniones de la corte, era un explorador por naturaleza.
Tocó la puerta de la habitación del príncipe, conocía ese lugar muy bien, pues era la antigua habitación de Atemu. Se asomó a la parte privada tras una gruesa cortina de tela tejida, desde allí veía claramente a Yuugi dormir con la cabeza oculta en su almohada, a su lado, Behu estaba acurrucado contra la espalda del príncipe. De seguro había tenido otra pesadilla.
Se acercó a ambos niños y con suavidad comenzó a despertarlos. Como siempre el primero en abrir los ojos fue Heba, quien entre bostezos le dedicó una sonrisa adormilada.
"Es hora de comenzar el día, Ra ya navega por el cielo". Comentó con una sonrisa, permitiendo que el príncipe estirara sus brazos. "Vamos Behu, también tienes lecciones después de la primera comida".
"Mou, Jouno, siempre nos despiertas tan temprano". Se quejó Yuugi alcanzando una fruta de las que estaban disponibles en la mesa para la primera comida. "Podría dormir un poco más y así aprendería mejor".
El antiguo sirviente solo rió ante el comentario quejumbroso del príncipe, era de todos los días mientras compartían el desayuno. A un lado de la mesa, Seth aún no despertaba completamente, pero el movimiento de su cabeza delataba que acababa de escuchar las palabras de Yuugi con plena claridad.
"Primo, ¿por qué tienes días en que puedes dormir hasta después del amanecer?". Preguntó Yuugi balanceando las piernas en la banca donde estaba sentado, pero su primo y alto sacerdote no alcanzó a contestar antes de que Mariku apareciera en la puerta, espada en mano, se dirigió inmediatamente hacia Yuugi, quien solo le observaba con sus enormes ojos violetas.
"Yuugi, ven". Mariku tomó al príncipe de la mano y se dirigió a Seth. "Hay una brecha en la guardia, vimos un grupo de jinetes acercarse desde el Este, no traen banderas ni se han anunciado".
Jouno tomó a Behu de la mano y a paso rápido siguió a Mariku por los pasillos de las cocinas hacia los salones en medio del palacio, el lugar más seguro para ambos niños y otros habitantes jóvenes del lugar.
"¿Nos atacan?". Preguntó Behu con la voz hecha un hilo. Seth acarició su cabeza, pero el niño fue inmediatamente al lado del príncipe, quien intentaba mantenerse firme, ojos alertas y ocultando el temblor de sus manos. Ya podían comenzar a ver un poco de la personalidad de Yuugi cuando asumirá mayores responsabilidades en la corte.
Mariku volteó a ver a ambos niños. "Tranquilos, es por precaución, ya saben que Atemu no los quiere cerca de zonas donde puedan hacerles daño".
Yuugi asintió lentamente ante las palabras de su guardia favorito. Nadjik tomó su lugar al lado de los niños mientras Mariku y Seth salían del lugar corriendo por los pasillos hacia el salón del trono.
Vaya forma de comenzar el día.
La conmoción fuera de palacio no tardó en despertar a Menéferes, un grupo de jinetes ingresaron tras derribar la puerta principal de la ciudad fortaleza y, sin importar la hora ni los intentos de los guardias, pasaron hacia la entrada de la morada del Faraón.
El hombre al frente del grupo de quince jinetes se acercó a las puertas, donde tres de los guardias principales esperaban órdenes de Karimu. Sin embargo el hombre levantó su brazo izquierdo mostrando un brazalete de duelo, y las reglas en el reino eran muy simples: dejar pasar a los retadores.
Karimu frunció el ceño ante la sonrisa sardónica del invasor, quien pasó entre los porteros sin dirigir su mirada a los egipcios. Pero las reglas de Akunamukanon eran claras y mientras Atemu no decidiera cambiarlas, debían ser respetadas.
"Por aquí". Con gran incomodidad, el Guardia de palacio comenzó a guiar a los forasteros por la entrada principal hacia el salón del trono. Los pasos pesados de los hombres sonaban de forma extraña en su hogar, murmuraban en un idioma que no había escuchado más que de algunos visitantes, sonaban a personas del sur, pero no eran de Nubia, quizás Saba u otro reino más lejano.
En la entrada del salón del trono Karimu notó con horror que su Faraón acababa de ingresar con Mahaado tras él, claramente era un mal momento ya que el gobernante estaba solo vestido con una túnica blanca y un par de joyas muy simples, quizás un brazalete de duelo, pero sin la corona ni los adornos que marcaban su posición.
El extranjero no esperó a que Karimu le presentara, solo avanzó con paso seguro por el centro del salón del trono, sus ojos fijos en Atemu, sin importar que fuera una señal de falta de respeto hacia el gobernante de Kemeth.
"Faraón, he escuchado mucho acerca de ti, pero…". Por el acento definitivamente era del sur de Saba. "Esperé encontrar un hombre de alta estirpe".
Mahaado tomó su báculo con fuerza, inmediatamente avanzando hacia el grupo, ¿cómo se atrevían a semejante falta de respeto? Era absolutamente imperdonable. La mano de Atemu le detuvo, el brillo de la turmalina blanca alrededor de su muñeca sacó a Mahaado de su estado de furia.
"¿Quién invade mi hogar?". Atemu recargó su espalda en el respaldo alto del trono de piedra, en posición relajada dirigió una mirada severa hacia los forasteros, el hombre que acababa de hablar levantó su brazalete de duelo, desplegando el ala de Horus ante la corte.
"Dicen que eres un oponente temible, que destruyes almas cuando juegas con las sombras". Comenzó sin perder su sonrisa y seguridad, definitivamente Saba tendría que responder por esta demostración de hostilidad. "Quiero probar algo de tu habilidad, he venido a retar al Faraón Atemu de Kemeth".
Yuugi se horrorizo ante tal comentario, desde el balcón donde Jouno les había guiado lograba ver claramente a su hermano sentado en el trono, mientras el otro hombre le desafiaba. ¿Acaso estaba demente?, ¿nadie fuera de Kemeth conocía lo que su hermano podía hacer en un juego de sombras?
"Malditos forasteros". Gruñó Jouno negando con la cabeza. "No sabe a lo que vino".
El príncipe solo asintió, Behu a su lado temblaba observando la situación, claramente sintiendo el ambiente hostil, ya que todos observaban tremenda falta de respeto hacia el gobernante, pero por honor a las reglas del juego, ninguno podía intervenir en la situación.
"¿Por qué habría de enfrentarte?, llegas a mi hogar interrumpiendo a mi familia y pueblo, traes un brazalete egipcio y claramente vienes de otro reino". Atemu apoyó el codo derecho en el apoyabrazos del trono, sus dedos sostenían su barbilla mientras observaba los movimientos del retador y de los catorce hombres tras él.
"Dijeron que no querrías enfrentarnos en un comienzo, que eres un gobernante blando y lleno de miedo, Akunamukanon era un gran adversario, pero su hijo es solo la sombra de lo que él era". Yuugi sabía que esas palabras no logarían nada en su hermano, quien estaba acostumbrado a que otros esperaran una apariencia física diferente a la que tenía, inclusive desde antes de que los tres dioses le escogieran. "Pero si gano, quiero al que llaman Heba".
Behu cubrió su boca con ambas manos. Frente a él ocurría algo que jamás había visto, pero si escuchado un par de veces de la boca de Yuugi, y es que rara vez alguien osaba ingresar a Menéferes buscando desafiar al Faraón.
Vio al príncipe voltear a verlo con preocupación, y solo pudo negar con la cabeza ante su sorpresa.
"¿Behu?". Yuugi tomó las manos de su amigo con cuidado y las separó de la boca del otro niño, haciendo que la mirada de este se encontrara con sus ojos preocupados. "¿Estás bien?".
Behu señaló hacia abajo, ¿cómo estaba tan tranquilo?, siendo que los forasteros querían llevarlo a él si ganaban. Desde el balcón era claro que los quince hombre llevaban brazaletes de duelo, probablemente todos querrían enfrentar a Atemu al mismo tiempo, y Yuugi le preguntaba si estaba bien…
Abrió la boca, pero no logró que ningún sonido saliera. Ante eso el príncipe tomó su mano y prestó atención al duelo frente a ellos.
Seth suspiró con pesadez, odiaba estos duelos inoportunos, más ahora que observaba a los forasteros desplegar las alas de Horus en sus brazaletes y comenzar a convocar monstruos de las sombras en el salón. Observaba algunos gigantes de piel turquesa y un solo ojo levantarse desde el suelo de roca, otros portales permitiendo que un demonio de alas negras y grandes colmillos ingresara al campo, un Ryu Kishi, un demonio envuelto en fuego que claramente era un Fireyaru y finalmente un dragón con armadura verde y un solo ojo. Negó con la cabeza, esto iba derecho a un desastre ahora que Heba aparecía en la discusión.
Mariku frunció la nariz ante la selección de criaturas, e inclusive cuando el líder convocó una maldición del dragón, el monstruo más fuerte de todos los presentes en campo, no pudo evitar sentir pena por el pobre diablo que acababa de cometer el peor acto contra Atemu, prometer hacer daño a su hermano.
Atemu suspiró en el trono. Sus ojos observando el campo y lamentando la falsa seguridad de los invasores. Sin esperar más descruzó sus piernas mientras se levantaba del trono, lentamente comenzó a destrabar los broches de su brazalete de duelo, lo que llamó la atención de todos en el lugar. "Así que quieres jugar".
El retador sonrió, claramente malinterpretando los movimientos de Atemu.
"Veintinueve monstruos de sombras contra mis invocaciones". Suspiró Atemu dejando caer el brazalete de duelo y avanzando hacia los hombres, quienes deslizaron sus monstruos a posición de combate. "Y quieren jugar en las sombras sin saber de qué se trata".
Yuugi sintió un escalofrío recorrer su espalda, y es que la voz de Atemu solía cambiar bastante cuando era desafiado de esa forma. Su hermano mayor respondía bastante bien a los desafíos cuando eran consensuados, pero ataques sorpresa con amenazas a su gente eran otro tema, más considerando que uno de los jinetes apuntaba su espada directamente hacia él.
"Vienes a mi hogar a desafiar al Rey de los juegos de sombras". Ese tono de furia a penas contenida era peligroso. "Amenazas a Heba en mi presencia". Continuó avanzando, bajando los peldaños del trono hasta quedar a la altura de Mariku, quien comprendió la estrategia de Atemu enseguida y sin pensarlo, entrego su daga.
"Verán, un brazalete es un juego de niños, cualquiera puede convocar con uno de estos". Atemu cerró los ojos un momento, jugando un momento con la daga contra su mano izquierda. "Cuando los usas no eres tu quien convoca, es el brazalete el que hace el trabajo". Diciendo deslizó el filo suavemente por su antebrazo, dejando que un pequeño hilo de sangre comenzara a caer. "La verdadera forma es esta".
Mahaado levantó su báculo generando una protección entre los presentes y el campo de batalla.
Atemu levantó un dedo ensangrentado frente a él y sin otro movimiento, un círculo violeta apareció bajo sus pies, una línea dorada se levantó desde el círculo hasta quedar a su lado y expandirse para dejar que la cabeza roja de Osiris se asomara desde el reino de las sombras.
Yuugi abrazó a Behu y cubrió sus ojos y oídos cuando Osiris se desplegó en el campo, sus garras y dos bocas arrasando con monstruos y retadores presentes. Por un lado sentía que su hermano había sido demasiado cruel convocando a Osiris en seguida, pero las amenazas y las faltas de respeto eran una buena justificación. Sin embargo el sonido de Osiris masticando huesos no era algo que le agradece.
A un costado del campo de batalla, mientras Osiris limpiaba los rastros de los retadores, Seth sostenía el Cetro del Milenio con fuerza, la joven Mana estaba de pie al lado de su maestro.
"Me aterra pensar que Atemu tiene los cuatro supresores".
Seth parpadeó notando que Atemu solo llevaba las turmalinas blancas como adornos, de seguro el aviso había llegado mientras entrenaba con Mahaado. Era un problema si esos artículos que limitaban el acceso a la magia no tenían efecto en el Faraón, aún no encontraban un hechizo que permitiera que Atemu descansara de los brotes de exceso de magia que solía presentar.
"Siento el arranque de furia de la mañana". Era la tercera vez que Atemu se disculpaba con ellos ese día. Isis negó con la cabeza, claramente buscando que el Faraón no se sintiera mal por el despliegue de poder ante el retador, era parte de participar en un juego de sombras, no había nada extraño en eso.
"Majestad, solo hizo lo que debía hacer". Aseguró Simon, tratando de que el egipcio de cabello de colores se sintiera más tranquilo. "El reino de Saba debe responder ante tal falta de respeto hacia su persona y Kemeth".
Atemu abrió la boca un momento, pero prefirió callar. Le preocupaba que la amenaza fuera dirigida hacia Yuugi desde un comienzo, casi como si alguien les informase de la importancia de su hermano menor y la reacción que estas amenazas provocarían.
Mariku aprovechó el momento de silencio para interrumpir. "Mis ojos en Saba enviaron información esta tarde". Comenzó mientras tomaba una figura de color gris y la dejaba en el borde de Saba y Nubia en el mapa que se encontraba extendido en la mesa. "Diabound fue visto en la frontera esta mañana, existen varios avisos de aumento de criaturas de sombras en las aldeas de Saba, pero creo que más bien son Zorks de bajo nivel".
Los presentes tomaron aire con sorpresa, salvo Karimu, Mahaado, Seth y Atemu.
"Probablemente los brazaletes vienen de los objetos que han sido robados por Diabound".
Simon se levantó de su asiento golpeando la mesa. "Lo único que necesitamos es destruir a Diabound, ese demonio solo nos traerá problemas si permitimos que ingrese a Kemeth".
Algunos miembros de la corte asintieron alrededor, pero Seth no se quedaría callado. "Debo recordarles que Diabound es una criatura de las sombras que fue poseída por el Zork que habitaba en Heishin, no es llegar y destruir, ya que saldrá de su huésped e infectará a otro". Explico el sacerdote. "Lo que debemos hacer es separar a Diabound del Zork, sacar Bakura del lugar y así impedir que el Zork se apodere de un nuevo espíritu frágil".
"De seguro Diabound se ha anclado en Bakura, lo que nos permitirá protegerlo del Zork". Finalizó Seth cruzando sus brazos frente a su pecho descubierto, la sala estaba repleta de miembros de la corte y parte de los capitanes de la guardia real, lo que generaba un ambiente sofocante en medio del calor del desierto.
Atemu asintió, conocía el plan que ambos habían ideado para sacar a Bakura de las garras del Zork, algo que no sabían si podrían cumplir o si sería suficiente para rescatar lo que quedase de él.
"¿Desde cuándo no preocupamos por un ladrón de tumbas?". Preguntó Simon muy molesto con la situación, siempre que hablaban del Zork terminaban refiriéndose a Bakura.
Mariku rechinó los dientes, el maldito viejo siempre comentaba lo mismo.
"Desde que Bakura nos ayudó con el Zork dentro de Heishin, luego de rescatarnos a Heba, Behu, Jouno y a mi después de huir de Menéferes mientras tú y mis hermanos caían bajo su control". Atemu los sorprendió con un tono molesto, sus ojos color granate, claramente más oscuros de lo normal por la furia contenida, pesaban sobre Simon. "Si no vas a ser parte de la solución, retírate". Durante un momento los presentes vieron un brillo violeta tras los ojos del Faraón, el mismo color que formaba la magia de las sombras.
El viejo consejero frunció el ceño. "Bien, todo con tal de que nos deshagamos del Zork y deje de evitar tomar una esposa y comenzar a generar herederos, con su permiso, Majestad".
El gruñido de Osiris se escuchó en la habitación, por un momento las sombras en las esquinas parecieron crecer, y Simon caminó rápidamente hacia la puerta para desaparecer.
Sin ánimos de continuar escuchando a los miembros de la corte, Atemu realizó un gesto con su mano derecha indicando que abandonaran el lugar. Sólo Seth y Mariku se quedaron en la habitación.
"Si Diabound cruza la frontera desde Nubia, su siguiente objetivo será Menéferes". Comentó Seth observando el cuidadoso mapa que habían trazado con los movimientos del Zork a lo largo del continente. "¿Crees que puedas separar a Bakura del Zork?".
"No lo sé, hemos estado leyendo los mismos textos entre los dos, pero no encuentro una forma segura de hacerlo". Respondió Atemu levantándose de la silla al costado de la mesa del mapa, sus pasos intranquilos le llevaron a un lado de la habitación donde se quitó la parte de arriba de la túnica, claramente molesto por el calor encerrado del lugar. "Al parecer hay dos opciones, una es cansar al Zork para que su energía vital disminuya y de esa forma sea más fácil separarlo, y la segunda es destruir a ambos".
"No quiero pensar en que debas renunciar a Bakura".
"Un Zork es un gran peligro". Claramente eso pesaba mucho en el corazón de su primo. "Quizás… debo poner el bienestar de Kemeth antes que…".
El egipcio de ojos azules abrazó a su primo. Entendía la situación, como cuando Kisara sacrificó su vida para otorgar energía al Dragón Blanco de ojos azules durante la guerra. Parte de él había muerto ese día, y si bien, se sentía un trozo de lo que era, no cambiaría sus experiencias por nada del mundo. Kisara y él seguían unidos a través de su Ka, Jouno era la otra mitad de su Ba.
"No tomes una decisión ahora". Aconsejó Seth. "Creo que sería bueno que intentes descansar, mañana no habrá entrenamiento, quiero que intentes dormir lo que más puedas".
"Lo extraño tanto…".
En ese momento Mariku decidió intervenir, se lo debía a Bakura siendo su amigo durante tantos años, y si bien muchos pensaban que era un egipcio lunático y bastante excéntrico, durante su estadía en palacio había comenzado a apreciar y respetar en gran medida a la forma en que Atemu tomaba decisiones por el bienestar de Kemeth, pero no permitiría que se rindiera ante la imposibilidad de salvar a Bakura. "Él no se rendiría". Dudó un momento al sentir los ojos azules de Seth clavarlo contra el piso, y los ojos granate del Faraón observar con atención. "Sabes que si Bakura estuviera en tu lugar, no se rendiría hasta recuperar tu alma".
Atemu asintió una vez, eso era todo lo que Mariku esperaba.
Al día siguiente, con el desastre de los forasteros de Saba, dos grupos de mensajeros acompañarían a Shadi, el gran embajador, hacia la frontera del reino al sur de Nubia buscando una respuesta por parte de los gobernantes de esas tierras ante el ataque a palacio y las amenazas hacia el príncipe.
"Majestad". Llamó el sacerdote de ojos impenetrables. "Volveré con respuestas".
Atemu sonrió un momento. "Lo sé, sin embargo si el ambiente es hostil prefiero que regresen a Egipto lo antes posible, recuerden evitar la costa y si Diabound los encuentra, huyan". La indicación siempre era la misma, independiente del nivel de criaturas de sombras que el sacerdote lograse convocar, simplemente buscaba que Diabound no cobrara más vidas portando el rostro de Bakura, en especial considerando la presión de la corte para entregar la orden de destrucción hacia él. "No necesitamos mártires, necesito a mis sacerdotes listos para proteger Kemeth".
Tras Shadi partirían los mensajeros de Nubia con las buenas nuevas respecto de las conversaciones para una futura visita de Yuugi y noticias preocupantes respecto de la situación con Saba. El halcón mensajero que había sido enviado a Nubia fue recibido en ese reino y devuelto a Menéferes con una autorización para el ingreso a sus tierras por parte del grupo de Kemeth. Los caballos estaban listos para partir, provisiones para los dos días que tomaría la travesía siguiendo la ruta del Nilo.
"Deben mantenerse a salvo".
Mariku sonrió ante la frase del pequeño Yuugi, de seguro al fin sintiendo la necesidad propia de comenzar a participar o siendo semi obligado por el viejo Simon que observaba todo desde uno de los arcos de la entrada a los establos. Ese era un hombre con alto poder dentro de la corte, el principal detractor de tener la vida de Bakura como principal objetivo de la captura del Zork, pero contaba con la determinación de Atemu para lograr rescatar al estúpido egipcio.
El egipcio rubio terminó de ensillar su caballo con tranquilidad. No le preocupaba el viaje, sino la posibilidad de que el Zork estuviera tan anclado al alma de su antiguo compañero, que ninguno de los sacerdotes o entendidos en magia de las sombras lograsen separarlos. Y es que en el fondo de su corazón, si Bakura no regresaba, tomaría la responsabilidad completa por el bienestar de Behu, aunque estando en palacio no tenía de qué preocuparse.
La mañana los encontró cabalgando por la orilla poniente del río, el grupo de avanzada seguía la ruta que conectaba Menéferes y Thebes en ambos extremos del río, luego se desviarían hacia el Oeste, siguiendo las aldeas que marcaban la frontera con los reinos del sur, antes de entregar a los mensajeros en el reino de Nubia, descansar y luego continuar a la frontera con Saba para llevar la encomienda del Faraón y presentar a Shadi como el embajador.
El gran problema de viajar entre ciudades en Kemeth era el calor de la temporada de verano, pero cerca del río este disminuía bastante en el día, al menos ya no era necesario desviarse por zonas arenosas para evitar los avistamientos de los Dioses, pero debían estar atentos a los animales salvajes.
No era necesario presionar a los caballos en el viaje, Mariku conocía la ruta, pues era uno de sus principales roles el acompañar a la guardia de mensajeros importantes o ser las manos de confianza de Seth o Atemu trasladando un objeto o una propuesta de tratado.
En el segundo y último día de viaje, el paso de su travesía cambió.
Mariku observaba atento el firmamento. Algunas estrellas titilaban más de lo normal, eso solo quería decir problemas pronto, pero en una noche de luna nueva no era buena idea continuar el viaje, ya que la visibilidad no era la mejor y todos necesitaban un momento de descanso para llegar a la frontera en el siguiente trayecto. Sabía que debía estar atento, algo iba a pasar, y por la actitud de Shadi, el sacerdote calvo pensaba lo mismo.
Aún así fue una sorpresa cuando escuchó el sisear de una gran serpiente alrededor del campamento. De inmediato los hombres despiertos levantaron antorchas desde la fogata al centro y alumbraron a su alrededor, encontrando un par de ojos verdosos brillando en medio de la oscuridad.
"¿Diabound?". Preguntó Shadi preparando su brazalete de duelo su muñeca izquierda para defender el campamento.
Mariku apretó el mango de la espada en su mano izquierda. "Si". Reconocería los ojos de la serpiente blanca que se había llevado a su compañero donde fuera. "Nos observa".
Un gruñido en medio del silencio, el ruido metálico de una lanza temblando en la mano de uno de sus guardias, el sonido de las bisagras de metal al extender el ala de Horus del brazalete de duelo en la mano del egipcio a su lado. Mariku rechinó los dientes ante de bloquear el movimiento que provenía del mismo lado, los colmillos de Diabound sujetando el filo de su espada, mientras la serpiente observaba con sus ojos planos como metal opaco antes de ser convertido en un espejo.
Por un momento Shadi sintió miedo, el esfuerzo físico de su guardia era notorio en el temblor de sus brazos sosteniendo los colmillos a centímetros de él. Tragó saliva y sujetó su muñeca con fuerza antes de convocar a Dragón de Alexandrite. En las arenas firmes del lado seco del río se dibujo la figura que descansaba en la tableta del salón del trono del Faraón y el Dragón azulino de piel brillante se hizo presente.
"¡Alexandrite, ilumina!". Ordenó el sacerdote, necesitaban luz para ver los movimientos de Diabound, quien de inmediato reaccionó a la luz, pero en vez de retroceder, atrajo el resto de su cuerpo hacia el campamento.
Los reflejos de las escamas brillantes del Dragón de Shadi permitieron ver con horror el efecto de dos años recorriendo las tierras de oeste y del sur para Diabound, la serpiente blanca con cuerpo de hombre que había reptado por el salón del trono del Faraón anterior y había capturado el cuerpo de Bakura.
La luz solo alcanzaba hasta la barbilla de Diabound, ya no tenía el rostro de un hombre con un cuerno en la frente, sino es de un monstruo con cabeza leonina, parte armadura en el pecho y una toca como la marca funeraria del Faraón, la piel de la serpiente blanca de la parte baja de su cuerpo se perdía entre la armadura color arena, y sobre su mano izquierda, llevaba a Bakura. Cabello enmarañado, negro y gris en algunas partes, el abrigo rojo era un montón de trapos marrones alrededor de su cuerpo, sus manos y pies una mezcla de negros, rojos y ocres, llenos de sangre seca, pero lo más temible eran sus ojos de muñeca, como el mismo tono apagado de metal opaco de un espejo mal pulido.
Y los hombres en el campamento gritaron de horror cuando la cabeza de la serpiente los ataco, atrapando a uno y devorándolo como a un ratón.
Mariku se escabulló evitando una mordida, la espada en su mano logró pasar por sobre la nariz de la serpiente, pero su piel era tan dura que no consiguió herirla.
El primer ataque de Alexandrite fue directamente hacia Bakura, la orden de Shadi fue acallada por el grito del gigante Diabound al momento de cubrir a Bakura contra su cuerpo mientras las alas del dragón brillaban con fuerza y sus garras se extendían sobre la piel del pecho y hombros de Diabound. Sin embargo bastó un golpe de su mano libre, para que el Dragón fuera destruido, enviando a Shadi de rodillas sobre las arenas.
Jouno tocó el marco de la puerta con suavidad, al no escuchar respuesta ingresó en silencio y suspiró al encontrar a su compañero de vida dormido con los brazos apoyados sobre la mesa y su cabeza acunada en el espacio que formaban ambos antebrazos sobre un rollo de papiro lleno de tinta.
Se acercó a Seth. No le extrañaba saber que se había quedado hasta tarde ayudando a buscar rituales relacionados con los artículos del milenio y, si bien, él no sabía leer, era observador y las figuras y diagramas asociados a la pirámide que portaba Atemu eran muy singulares.
"Le dije que fuera a dormir". Comentó Mahaado entrando a la sala con una vasija de agua. "Siento que nos demoremos". Se disculpo con Jouno, quien asintió.
"Estaba preocupado, Seth necesita dormir". Comentó al hechicero, para luego tocar suavemente la chasquilla chocolate del sacerdote, quien continuó durmiendo sin sentir la caricia. "¿Lograron avanzar?".
"Oh, Jouno". Le saludó Atemu ingresando al salón con sus brazos llenos de rollos pergaminos y algunos libros mal encuadernados balanceándose de forma peligrosa en sus manos. "Lo siento, no logramos despertar a Seth para que volviera a su cama".
El antiguo sirviente sonrió, no podía molestarse con Atemu, aunque significara estar lejos del sacerdote por varias horas. "Lo supuse, sé que trabajan mucho en estos momentos, pero creo que Seth debe dormir, sino sus plegarias de la mañana serán mediocres y eso nos traerá problemas con Ra".
"¿Qué… será mediocre?". Preguntó Seth levantando la cabeza sin abrir los ojos, sacando una risa en Mahaado y Jouno. "¿Qué es mediocre?... ¿la poesía de Atemu?".Eso solo consiguió que los dos hombres siguieran riendo y el Faraón hiciera un gesto indignado antes de dejar su carga de papeles en la mesa, el golpe de los pergaminos hizo que Seth abriera los ojos.
"Oye no escribo poesía hace años". Protestó Atemu con el ceño fruncido.
"Claro, y que se mantenga así". Seth estiró sus brazos por sobre la cabeza haciendo que su columna sonara en dos oportunidades antes de levantarse de la silla. "Bien, ya que vinieron por mí, me retiro".
El egipcio rubio se acercó cuando el sacerdote más alto extendió su mano hacia él, abrazando su cintura con cariño. "Amor, sácame de aquí, si leo un párrafo más que diga oscuridad, moriré".
Mahaado rió. "Vete, ya es hora de que todos descansemos". Siguió a Seth y Jouno con la mirada cuando estos salieron de la habitación y se dirigió a Atemu, quien observaba los pergaminos que tenía encima de la mesa. "Majestad, usted también debe dormir".
El Faraón asintió, el movimiento suave de su cabeza hizo sonar ligeramente los aretes que llevaba puestos contra el borde de su barbilla. "Me quedaré un poco más y luego iré a dormir".
El cansancio en Mahaado le hizo salir de la habitación a pesar de ser consciente de que Atemu se quedaría leyendo toda la noche, y es que poco a poco se acercaban más y más a la teoría original de la creación de los artículos del milenio.
"Una criatura de sombras puede albergar un alma". Leyó en voz alta, luego solo moviendo sus ojos a lo largo de las hojas mientras continuaba donde el primer tomo de duelo de sombras finalizaba. Y es que hasta el momento las opciones que aparecían para traer a Bakura de regreso parecían ser batallar con el Zork hasta que su energía se debilite y eso permita que la criatura Diabound quiera ser libre o destruir a Diabound para que el nexo entre el alma de Bakura y el Zork desapareciera, con el peligro de que la magia también destruyera a Bakura.
Necesitaba un plan, y es que la visión de Simon y Akunadín acerca de la prioridad de proteger a Kemeth tenía muchos adeptos en la corte, y la presión por destruir a Diabound crecía cada día. Al menos Seth, Mahaado y Mana parecían apoyar su decisión de recuperar el alma de Bakura, pero también era consciente de que su rol principal era ser Faraón, por lo que su pueblo estaba primero.
Se acercó a la ventana, era una noche sin luna, uno de los momentos en que el Zork era más fuerte, por lo que comunicarse con Bakura y preguntar su ubicación no era opción, sin embargo, sentía la cercanía de él en la brisa y el frío nocturno de esa noche.
Definitivamente sería otra noche sin dormir.
Ra llevaba un par de horas en el cielo mientras Yuugi participaba en su primer consejo, y es que como iría de viaje siendo representante de Atemu en Nubia, debía aprender a hablar en público y a opinar acerca de materias de gobierno, como ocurría con la repartición de los granos que se realizaría en cada aldea de la zona Este del Nilo, el sector afectado por la falta de tierras cultivables, pero el desarrollo de sus textiles era renombrado.
Yuugi sabía que su hermano estaba enseñándole, y si bien el desafío era entretenido, estaba seguro de que Atemu ya tenía todo planificado y listo para ser ejecutado en el cambio de cosechas, y era muy probable que distara bastante del tipo de plan que él estaba presentando.
"Propongo que se organicen turnos para asegurar la entrega de granos en todo momento". Concluyó Yuugi, la sonrisa de Atemu era casi como si recibiera un abrazo directamente.
"Creo que turnos no es lo más indicado". Comenzó Simon, interrumpiendo la sensación de logro de Yuugi. "Un horario en específico es más que suficiente para que cada poblador asista, turnos según necesidad de los aldeanos será una sobrecarga de trabajo para los ministros".
"Hay aldeas que se encuentran a distancias caminables una de otras, otras como Kur Denta quedaron aisladas después de la masacre de Kuru Eruna, ellos necesitan tiempo para asistir en busca de sus granos de alimento". Intervino Atemu. La visión ortodoxa de Simon, solía ser un problema al momento de mantener a todos en Kemeth con la mayor ayuda posible, en más de una ocasión había escuchado que no comer durante dos días era normal, por el rostro pálido de Behu, no permitiría que su pueblo pasara hambre. "Si queremos proyectar una sensación de seguridad y confianza en las aldeas del Este del Nilo, necesitamos que pierdan la visión de Masacre que han tenido como ejemplo en Kuru Eruna".
Las campanas de la torre de observación sonaron con fuerza marcando la alarma de las murallas de Menéferes. Karimu ingresó corriendo al salón del trono y se arrodilló para tomar aire. "Majestad, Mariku vuelve, fueron atacados". Resumió la situación en tono apresurado. Desde la cabecera de la mesa del consejo, Atemu se levantó más rápido que los otros miembros de la corte y con paso apresurado se dirigió hacia el patio interno. Karimu, como buen guardia fue el único que logró seguir al egipcio de cabello tricolor hacia los aposentos de los sanadores, donde el caos cuidadosamente metódico rodeaba a los heridos.
Mahaado corrió con todo lo que podía por las escaleras y pasillos, sus túnicas pesadas eran un obstáculo, pero debía llegar lo antes posible si iba a ser parte de los esfuerzos por sanar a los heridos.
Los salones de los sanadores eran habitaciones amplias y de mucha iluminación, Shadi se encontraba en la primera camilla, sobre una mesa de piedra que lo ubicaba a buena altura para el trabajo coordinado del sanador mayor que cubría su cuello con emplastos de hierbas, mientras sus mejores aprendices recitaban antiguos conjuros para reconectar la vida.
El brazo de una de las mujeres detuvo a Atemu cuando ingresaba a ese lugar. "Debe esperar a afuera". Le ordenó la mujer tomándolo por los hombros y empujando hacia la entrada.
"No, yo puedo ayudar". Rebatió el Faraón, porque ese era su trabajo cuando era el tercero en la línea del trono.
"Su magia no servirá aquí". Contestó la mujer mirándolo a los ojos con determinación, en otra oportunidad Karimu habría gritado por la falta de respeto, pero sabía que uno de los nietos de esa sanadora iba en el grupo de mensajeros y no había regresado con el grupo. "Las sombras no tienen lugar en estas casas de vida".
Detrás de ella, los esfuerzos por ayudar a Shadi se detenían y el sanador negaba con la cabeza anunciando que sus esfuerzos no rindieron fruto de salvar al embajador. El cuerpo de Shadi había llegado moribundo, probablemente su espíritu libre ya viajando por las arenas de Kemeth en búsqueda del amanecer.
Los ojos del viejo sanador mayor se cruzaron con los de Atemu, su mano reseca y marchita señalando que entrase rápidamente. "¡Atemu!". Y sin mayor indicación, el Faraón pasó bajo el brazo de la sanadora y siguió a su antiguo maestro hacia la siguiente camilla, donde Mariku temblaba producto del dolor que sentía ante las manos que sostenía su herido cuerpo.
Con la llegada de más manos para trabajar en Mariku y los otros heridos, los egipcios trabajando se acomodaron entregando espacios de acción específica. Atemu tomó su posición a la altura del abdomen de su guardia, quien tomó su mano más próxima con fuerza, la sensación pegajosa se sangre seca daba tracción a la presión de los dedos del egipcio rubio, quien tiraba de la mano del egipcio de cabello tricolor, claramente buscando su atención.
"Mariku, descansa, estamos ayudándote". Atemu miró a los ojos al otro egipcio mientras mantenía su mano derecha haciendo su parte en la reparación del abdomen de este.
"Diabound… viene… es… rápido… es distinto". Dijo entrecortado, sentía que debía entregar el mensaje lo antes posible, en palacio necesitaban saber que la versión de Diabound que escapó hace años no era la que enfrentarían. "Alexandrite… Guerrero del silencio… todos destruidos". Mariku intentó soltarse de las manos que sostenían sus hombros y le obligaban a descansar su cuello contra los linos donde estaba tendido. "Viene…".
Mahaado escuchó las palabras de Mariku y detuvo a Seth en la entrada, su mirada preocupada hizo que el primo del Faraón se detuviera y junto a Isis, Karimu, Akunadín y Simon se congregaran a un lado de las salas de sanación.
"Shadi está muerto". Anunció Mahaado, la inhalación sorprendida de Isis no fue suficiente para detener lo que debía decir. "Ayer en la noche fueron convocadas tres tabletas desde el salón del trono, pensé que Shadi las necesitaba, pues eran tres de su elección, el Dragón de Alexandrite, el Guerrero del silencio y el grupo de Goblins, poco después las tres tabletas volvieron a su lugar con daño considerable que solo hoy en la mañana logramos identificar… el grupo fue traído por la habilidad mágica del Dragón de la compuerta, la única tableta que responde a Mariku". El hechicero detuvo a Simon con un gesto de su mano, pidiendo que le permitiera continuar. "Mariku acaba de informar que fue Diabound, pensamos que estaba a una semana de distancia, sin embargo es más rápido de lo que pensamos, y más poderoso, debemos prepararnos ahora".
Akunadín suspiró con fuerza, esto complicaba las cosas en el reino, considerando que podía relacionar la aparición de Zorks en los alrededores junto a la presencia de Diabound. "Isis, necesitamos que veas lo que nos traen las arenas, mientras buscas a Diabound con tu artículo prepararemos a los guardias, al parecer tendremos una guerra nuevamente".
"Pero si es así, y Diabound los alcanzó a casi dos días de viaje". Interrumpió Seth, llamando la atención de todos los sacerdotes presentes. "Ya debería estar aquí, ni siquiera el Dragón de la compuerta es tan rápido, Diabound ya debería estar en la muralla de Menéferes".
"Si nos está dando tiempo, no lo desaprovechemos". Los sacerdotes de voltearon para observar a Atemu acercarse. "Necesitamos convocar las tabletas en guardia en la muralla, llamaremos a todos los aldeanos de los alrededores para que se refugien aquí o lo más lejos posible".
Simon dudo un momento antes de preguntar. "¿Y los que volvieron?".
"Vivirán". Al menos estaba seguro de que quienes habían recibido las atenciones después de que le permitieran entrar a las salas.
"Todos menos Shadi". Murmuró Simon en tono acusatorio.
Karimu frunció el ceño, estaba harto de que Simon continuara acusando a Atemu de múltiples cosas, desde no cumplir con su deber hacia Kemeth y dejar un heredero pronto hasta no querer ayudar a Shadi. "No le permitieron entrar, Shadi ya estaba muerto, y si no fue capaz de convocar una criatura de suficiente poder desde un comienzo su mayor error fue dejar que Diabound matara a sus guardianes mientras estaban conectados a él por medio del brazalete". Shadi había sido demasiado distraído o simplemente nunca prestó atención a cómo pedir ayuda a las criaturas de las sombras. "Si alguien es culpable de la muerte de Shadi, es el mismo Shadi".
El sacerdote de ojos azules asintió ante el sentimiento de Karimu. "Ahora debemos centrarnos en las preparaciones".
Atemu decidió ignorar la pugna que se llevaba a cabo frente a sus ojos, definitivamente debía sacar a Simon de la corte y ascender a Mahaado como su mano derecha, pero no era el momento. "Evacúen la ciudad, llevaremos todas las criaturas que se puedan convocar a las murallas, quiero el palacio completamente sellado… Isis, necesito que vigiles los movimientos de Diabound lo antes posible".
Con las tareas asignadas, cada miembro de la alta corte realizó un gesto de respeto con su cabeza antes de partir a cumplir con sus órdenes. Solo Mahaado se quedó al lado de Atemu, quien suspiró con fuerza y cerrando los ojos invocó a Ra en el cielo, pidiendo que fuera su vigía alrededor de Menéferes.
"Majes-".
"Debemos destruir a Diabound".
El hechicero sintió su corazón romperse por el tono de pena y determinación que acababa de escuchar de su Faraón.
Isis tomó la palabra en el consejo, sus ojos cansados demostraban el gran esfuerzo que realizó durante horas rastreando a Diabound en las arenas, la Corona del Milenio sobre su frente era un artículo que permitía ver algunos escenarios probables en el futuro próximo, pero también buscar la energía mental de un alma en particular y rastrearla. Diabound no tenía un alma humana, pero si Bakura, el problema fue que no conocía la energía en particular de él y buscarlo alma por alma fue lo más difícil del rastreo.
"Podemos seguir los movimientos de Diabound a lo largo de la ribera Este del Nilo, si bien no tiene alma, ya logré identificar su rastro de energía, cada uno de sus movimientos podrá ser cuidadosamente seguido desde la Corona del Milenio". Explicó la mujer mostrando en el mapa de Kemeth el recorrido de la criatura a los largo de Kemeth. "Lleva horas sin moverse".
Karimu fue el siguiente en tomar la palabra. "Podemos llevar un ejército a ese lugar, así evitaremos el enfrentamiento en Menéferes".
"Es una excelente opción". Secundó Akunadín. "Lo mejor es alejarnos de Menéferes y conseguir el enfrentamiento en medio de las arenas, tendremos espacio, no será necesario poner en riesgo a los habitantes de la ciudad, podremos partir ahora mismo".
"Hoy es luna nueva". Advirtió Atemu. "Es el momento en que Zork se encuentra en su ápice de poder, si nos atrevemos a salir de los sellos que protegen la ciudad es probable que sea más difícil destruir al Zork". Explicó, sus dedos rozando la Pirámide del Milenio que colgaba desde su cuello. "Saldremos al amanecer, mientras más horas de luz aprovechemos, menor será el poder de ese monstruo, no necesitamos más bajas entre los nuestros".
Seth decidió pedir la palabra para comentar. "Luna nueva nunca es buen augurio para una batalla, concuerdo con su Majestad, debemos iniciar la disputa si o si con Ra cruzando el cielo". Luego una pausa mientras observaba al príncipe Yuugi, a quien ya no le negarían enterarse de sucesos como la guerra próxima. "El cuerpo de Shadi está en preparación, será sepultado con los honores de su rango en la tumba de su familia".
Karimu se levantó y tomó la palabra, debía explicar el plan de combate que llevarían a cabo. "Por la ubicación y las rutas que tiene Diabound para transitar hacia Menéferes, tenemos una desventaja táctica, pues quedan en la explanada sur de la ciudad, además corremos peligro de derrumbar algunos monumentos mortuorios de Faraones de antaño". Con su mano derecha la zona de tumbas de la realeza que se encontraba en medio de la ruta y claramente sería parte del camino que cruzarían ellos o Diabound para encontrarse".
El hechicero de la corte pidió la palabra. "Tenemos algunas opciones de hechizos de campo, si entre cuatro o cinco hechiceros mantendremos un campo como los de duelo de sombras, podemos proteger las estructuras a nuestro alrededor –". El resto de su explicación fue interrumpida por el movimiento de la tierra, el salón se movió de forma horizontal durante unos segundos, haciendo que las tabletas en las paredes soltaran trozos de piedra y polvillo hacia el ambiente. Ni bien el polvillo comenzó a caer hacia el piso y la tos de los presentes disminuyó, los pilares de la entrada principal del salón se resquebrajaron desde la base, desmoronándose hacia los presentes.
Mana, Mahaado y el Ka de Kisara fueron lo que sostuvo los pilares sobre las cabezas de los sacerdotes presentes, quienes de inmediato corrieron para evitar ser aplastados por ellos. Sin embargo lo más impresionante era la figura en penumbras en la entrada principal.
"Así que un asalto a Diabound".
Atemu sintió que su sangre se congelaba durante un momento. Conocía esa voz. Su mirada estaba fija en la entrada del salón, donde la figura en penumbras avanzaba arrastrando algo pesado sobre las lozas del piso. El sonido metálico resonaba entre las paredes y el techo alto que albergaba suficiente espacio para que las tabletas fueran resguardadas.
Las antorchas a cada lado del salón alumbraron difusamente la figura de Bakura, el abrigo rojo que solía llevar estaba rasgado y sucio a su alrededor, nuevas cicatrices en sus piernas y pecho, además de las manchas negras y marrones en sus manos, el cabello enmarañado y de tonos negros y grises, pero lo más terrible eran sus ojos violáceos y opacos, no eran de ese color terroso oscuro que acompañaba los recuerdos de Atemu hasta ese día.
"Dos años sin vernos…". Esa voz era una horrible imitación de la voz real de Bakura, era como si el Zork en su interior estuviera manejando una marioneta. "Faraón…".
En ese momento Mahaado tomó posición frente a Atemu, aferrado con firmeza a su báculo, convocó de las tabletas a su criatura favorita, dejando que el hechicero de ropas oscuras apareciera en el lugar, lo que sacó una carcajada del Ladrón frente a ellos.
"El hechicero". Comentó Bakura, sus ojos no parpadeaban mientras arrojaba a los pies del trono el sarcófago que arrastraba con una cuerda. La pesada estructura de metal rechinó contra el piso al deslizarse entre las lozas hasta llegar a la altura donde Yuugi estaba de pie. "Un regalo para usted, Majestad, es un presente tardío por su coronación".
Atemu alcanzó a su hermano y lo ocultó tras de sí para evitar que viera cuando Bakura azotó la cuerda contra la tapa del sarcófago, permitiendo que este cayera abierto y la momia en su interior quedase a la vista de los presentes. Recordaba las marcas en la cubierta, y es que cuando su padre fue enterrado, la imagen que había sido pintada en el sarcófago lo acompañó en sus sueños durante meses. No permitiría que Yuugi viera el cadáver de su padre en medio del salón del trono.
Bakura avanzó riendo cruelmente por el medio del salón, ni bien Mahaado indicó a su criatura de las sombras que atacara, la cabeza gris de la serpiente de la parte inferior de Diabound apareció a medias entre las sombras. De inmediato los colmillos se aferraron al báculo verde oscuro que llevaba la criatura mágica, al tiempo que Bakura continuaba avanzando por el salón.
El Dragón blanco de Seth dio un golpe con su cola hacia el egipcio poseído, pero la mano color ocre y arena de Diabound apareció entre ellos, en las sombras de la esquina del salón del trono, el color violeta del reino de las sombras permitía ver como el monstruo de cabeza leonina y adornos mortuorios se transportaba lentamente hacia ellos.
"¡Salgan de aquí!". Ordenó Atemu, la pirámide brillando sobre su pecho mientras Ra volvía a aparecer desde el círculo dorado que se abría sobre el Faraón. Las alas metálicas del Dragón alado se abrieron enseguida, permitiendo que el Dios se lanzara contra la cabeza de Diabound con sus garras listas para despedazarlo.
A un costado Seth entregaba en los brazos de Karimu a Yuugi, quien estaba paralizado observando el lugar. Ninguno notó al pequeño Behu correr hacia Bakura hasta que su voz infantil grito. "¡Hermano!".
Atemu vio el brillo en las manos de Bakura antes de que Behu lograse alcanzar a su hermano, el reflejo de la espada de Mariku, de seguro, robada en el altercado de la noche anterior, en dirección abierta hacia el pecho de Behu. No pensó en su movimiento antes de cruzar los metros que le separaban de ambos hermanos e intentar detener al niño.
Behu solo tenía ojos para su hermano, al fin regresaba a casa, y en su carrera desesperada por volver a sus brazos, solo notó que Bakura llevaba el filo de una espada hacia él cuando los ojos de muñeca de su hermano se encontraron con los suyos. Por un momento creyó que moriría a manos de su propio hermano mayor, de quien siempre le había protegido, pero entonces vio la túnica blanca de Atemu cruzarse y el filo de la espada que iba hacia él, pasar por el hombro izquierdo del Faraón.
Había sido una pésima idea, pero no pensó otra solución antes de recibir el golpe que atravesó su hombro, sin embargo había protegido a Behu. Tomó aire con dificultad cuando Bakura deslizó la espada fuera de su hombro, escuchó el grito de Behu tras él antes de que Osiris apareciera y de un mordisco lograse alejar a Bakura de ellos.
"Dejo tu regalo, Faraón". Y tal y como había venido, Bakura desapareció entre las sombras, llevándose a Diabound con él.
"A… Atemu". Susurró Behu viendo con horror como el hermano mayor de Yuugi sangraba frente a él.
Yuugi se soltó del agarre de Karimu y corrió hacia su hermano, quien sostenía su hombro con su mano contraria, lo vio tambalear hasta quedar arrodillado. Desesperado, corrió con todas las fuerzas que tenía hasta llegar al lado de Atemu.
"¿Hermano?".
Mahaado corrió hacia ellos desde el otro lado del salón. Todo había sido un desastre.
Notas: Debo admitir que jamás pensé recibir feedback después de años sin continuar esta historia. Lloré con el mensaje que recibí... Simplemente gracias.
