Vigesimoctavo

No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí.

El sol, por primera vez en días, se adueñaba de Nueva York y nos regalaba un cielo de un azul intenso que no te cansabas de contemplar. Lograba que todo se volviese nítido y reflejase una brillantez casi cegadora.

Miles de personas, millones de hecho, abarrotaban las calles de Manhattan en fechas tan especiales como la Navidad, y más aún si el buen tiempo acompañaba después de tantos días de lluvia e incluso nieve. Millones de personas que hacían su vida. Millones de personas que tenían su propio mundo. Millones de personas que se cruzaban contigo, y ni siquiera miraban. Y yo empecé a detestar esa frialdad con la que la gente de Nueva York te trataba.

¿Por qué nadie era amable? ¿Por qué no una sonrisa o una mirada de complicidad? ¿Por qué nadie se preocupaba al ver a alguien sufriendo?

Estuve casi 30 minutos sentada en las escalinatas de uno de los bancos más importantes de Nueva York, aunque a aquella hora estuviese cerrado, y nadie, ni siquiera un tipo que empujaba un enorme carrito de hamburguesas y perritos calientes, que se detuvo a escasos metros de mí, me miró. A nadie parecía importarle ver a una chica sentada a solas y apenada con un cigarrillo entre los dedos, que esperaba al menos recibir una simple sonrisa.

Y sí, digo un cigarrillo entre los dedos porque mi patético estado anímico, me llevó a creer que una de sus caladas lograría templar mis nervios, y hacerme pensar con más calma. Al fin y al cabo, esa es la excusa que un fumador siempre da cuando le preguntas el porqué de su adicción.

Lo realmente patético era que ni siquiera tuve el valor de llevármelo a los labios. Lo encendí como quien prende fuego a un papel, y dejé que se consumiera. Como si estuviese quemando un billete de cinco dólares.

Me repugnaba el olor del tabaco, pero al menos me entretuvo un buen rato mientras lo observaba quemarse. Y es que, aunque pretendía hacerme creer a mí misma que estaba allí solo por liberarme de la presión que sentía en casa, y despejarme un poco, lo cierto es que había elegido aquellas escalinatas por las privilegiadas vistas que tenía desde ellas.

Si hubiese querido olvidarme de todo estaría caminando por Central Park, entreteniéndome con los patos de alguna de las charcas, o interactuando con los miles de payasos que se esmeraban en divertir a los más pequeños. Pero mi masoquismo innato y la intensa curiosidad que me invadía, me llevó a situarme allí, donde tan solo tenía que lanzar la mirada hacia la otra acera de la avenida para verla a ella.

Era, probablemente, la mejor posición para observar con todo lujo de detalles quien entraba o salía de la Pequeña Gardenia, y pasar al mismo tiempo completamente desapercibida.

Los cuatro carriles de la avenida, más el ir y venir de los coches y los transeúntes por la acera, me servían de perfecto camuflaje para convertirme en una espía perfecta, o tal vez en una obsesiva paranoica.

Santana fue lo suficientemente clara, aunque no con palabras, para demostrarme que Quinn me había mentido. Que la noche del viernes al sábado no solo habían visto una estúpida película cómica, sino que se habían conocido tal y como ella quería. Quinn me mintió, o al menos eso era lo que yo creía tras pasar todo el sábado trabajando en la cafetería, y ver el magnífico humor que desprendía mi amiga.

No le volví a preguntar, por supuesto. Me negaba a obtener algún tipo de detalle más íntimo y realista, pero Santana no paró de sonreír. Le regaló bombones a todos los clientes que pedían café, y ni siquiera alzó la voz como era común en ella cuando estaba trabajando, y algo la sacaba de quicio. Evidentemente, había pasado muy buena noche, y eso me dejaba a mí como la persona más patética, ridícula y mentirosa de la historia. Y todo por culpa de ella. Por culpa de quien debía estar en el interior de la floristería trabajando en sus espectaculares centros de adorno.

Confieso que el horror y la vergüenza que sentí cuando Santana me descubrió junto a ella, semidesnuda y después de habernos besado, se esfumó y dejó paso a una rabia que hacía ya tiempo que no sentía.

Creer que se había reído de mí, por milésima vez, me dolió mucho más en ese instante que cuando lo hacía por culpa de su incorregible sarcasmo. Sumándole, por supuesto, la dolorosa sensación de saber que yo no iba a tener la oportunidad de Santana. De descubrirla de aquella forma. Era una mezcla tan rara y confusa, que no podía evitar pensar que era la excusa perfecta para hacer lo que estaba haciendo en aquel instante.

Quería verla, quería observarla y ser consciente de que sí, que me había mentido. Que ni su sonrisa, esa que extrañaba a horrores y que nadie más en Nueva York tiene el placer de vestir, que ni su llamativa y espectacular mirada, ni su embaucador acento y ese halo de protección que siempre mostraba preocupándose por los demás, estaban presentes en ella a diario. Que solo era algo que utilizaba cuando yo estaba frente a ella, para idiotizarme y tenerme a su merced. Quería ver como se comportaba con el resto de paranoicos y pirados que se cruzaban con ella. Quería saber si realmente la doble cara que yo siempre había criticado, existía realmente. Y no me iba a marchar de allí hasta que no quedase completamente satisfecha de que no estaba loca, y Quinn Fabray si era una arpía.

Y mucho menos después de haber tomado la decisión que tomé aquella misma mañana, y que Santana ya conocía y aceptaba.

Confieso que me desconcertó que se lo tomase tan bien, y, sobre todo, que no pusiera ningún tipo de impedimento o excusa. Pero no era tiempo de cuestionarme acerca de ello.

—¡Oh, dios mío!

No. No exclamé nada. De hecho, ni siquiera hablé. Aquella sentencia que destruyó mi enésima mirada escrutando a una mujer que se adentraba en la Pequeña Gardenia, no era mía. Como siempre en mi vida, alguien se encargaba de destruir mi calma relativa, y devolverme a la realidad con un golpe certero, como si cayese desde un octavo piso y me estrellara contra el suelo.

Fue Kurt, y me lamenté en el mismo instante en el que lo vi paralizado a mi derecha, observando mis manos y por supuesto mi cigarrillo. Supe que no iba a ir bien, así que esperé a que me atacara.

—¿Qué diablos haces con eso? —empezó y yo ni siquiera lo miré. Volví la mirada hacia el frente, hacia los cientos de coches que cruzaban sin parar por aquella calle, cuestionándome qué diablos hacía él allí y como me había encontrado— ¿Estás fumando? ¿Qué haces aquí? ¿Rachel?

—¿Puedes, puedes ir poco a poco? —le interrumpí con una serenidad que ni yo misma esperaba—. De una en una por favor.

—¿Poco a poco? ¿Qué haces fumando?

—No estoy fumando. Simplemente miro como se consume —respondí, y a pesar de lo extraño que podría resultar no me importó que no me creyera.

Kurt volvió a cuestionarme, pero esta vez con la mirada, y dio varios pasos hasta acercarse a mí.

—¿Qué haces ahí? ¿Por qué miras como se consume un cigarro? ¿Te has vuelto loca?

—De una en una —repetí—. Y no, no hago nada, solo distraerme. Me apetecía sentarme aquí.

—¿Te apetecía sentarte ahí? —repitió confuso —. En las escalinatas de un banco a las 11:23 de la mañana de un domingo. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?

—¿Por dónde quieres que empiece? —le dije tras permanecer varios segundos en silencio, y aceptar que no iba a seguir mintiendo más. No tenía sentido hacerlo más.

No podía ser más patética ni melodramática que como lo estaba siendo en aquel instante. Y supuse que Kurt entendió mi situación, porque no tardó en tomar asiento a mi lado, colocando sobre sus piernas las tres bolsas que cargaba.

—Empieza por donde tú quieras, ya sabes que puedes contar conmigo. ¿Verdad?

—Supongo —asentí notando como el nudo no iba a tardar en aparecer en mi garganta, y las ganas de llorar me iban a interrumpir sin duda. Pero estaba decidida a desahogarme, al menos con él.

—¿Qué ocurre, Rachel? ¿Por qué estás así? —insistió

—Le he pedido a Santana que me de tres semanas de vacaciones. He decidido pasar las Navidades con mis padres. En Ohio.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Y tus clases?

—El jueves es mi última clase antes de las vacaciones de invierno, y hasta año nuevo no volveremos. Así que puedo hacerlo sin perder nada, aunque lo cierto es que no me importa perder algunas clases. Necesito, necesito centrarme Kurt. Necesito estudiar para la audición de Rupert y ordenar mi vida. Y estando aquí, ahora, no puedo. Me es imposible. Tengo la sensación de que estoy destruyendo todo lo que había logrado, y no quiero que eso suceda. Va siendo hora de pensar más en mí.

—¿Y me explicas cuál es el motivo que te lleva a sentirte así? ¿Por qué no te concentras? ¿Es por Brian?

—No —fui sincera al tiempo que lancé el cigarrillo al suelo, y lo apagué con un certero pisotón. El olor empezaba a provocarme verdaderas nauseas. O tal vez era la angustia—. Brian intentó besarme el otro día —confesé—, pero yo le rechacé.

—¿Qué? Oh dios. ¿Por qué?

—Porque no siento nada por él. Porque me di cuenta que todo lo que me había sucedido no era más que una alucinación, que no es lo que yo quería que fuese. Nunca he estado enamorada de él, solo de una ilusión.

—Pero Rachel, son dos años pendiente de él. ¿Cómo no vas a estar enamorada?

—Porque ahora lo estoy —respondí con seguridad. Tanta que incluso me desconcertó. Era la primera vez que aceptaba que lo que me sucedía con Quinn, iba más allá de una simple atracción. Me había enamorado, y negarlo era mentirme a mí misma. Y ya dije que no estaba por la labor de seguir haciéndolo.

—¿Ahora lo estás?

—Sí —murmuré—. Ahora sé lo que es estar enamorada, y te aseguro que no tiene nada que ver con lo que me sucedía con Brian. Ni siquiera se le acerca.

—¿De quién?

—De quien no debo enamorarme —respondí sin poder evitar como la pena me invadía y las primeras muecas de congojo empezaban a acusar mi rostro—. Soy una estúpida que se enamora de quien no debe. Siempre cometo el mismo error. Debe ser mi genética.

—Rachel, enamorarse no es un error. Nunca pienses en quien no debes enamorarte, porque nadie se libra de eso. Y, sobre todo, nadie huye del amor. Que no te engañen si te dicen que no piensan en ello. Todo el mundo lo desea.

—No —le interrumpí—, no me refiero a enamorarme de alguien que no quiere o no cree en el amor. No hablo de alguien a quien le suponga algo malo dejarse llevar, y sentir lo mismo.

—¿Entonces?

—Hablo de, de no romperle el corazón a quien más te importa. Hablo de sacrificar tu felicidad por lealtad —suspiré.

—¿Quién es? —fue directo, y a mí se escapó el aire. Tanto que no atinaba a mencionarla siquiera. Me bastó lanzar una mirada hacia la floristería para que él se percatara rápidamente de lo que estaba pensando. Y lo supo. Por supuesto que lo supo.

Kurt siguió mi mirada tras esperar pacientemente a que yo hablase, pensando tal vez que me estaba tomando un tiempo de reflexión antes de confesárselo. Pero fue centrar su mirada en el mismo punto que yo, y saber qué era lo que guardaba con tanto recelo.

No habló. Y lo agradecí.

Kurt es de esas personas que pueden desquiciarte a preguntas, hablarte de todos los compañeros, amigos o conocidos que habían pasado alguna vez por su vida, o enumerarte todos y cada uno de los diseñadores que existen en el mundo y clasificarlos según su estilo, sus tendencias o incluso su religión. Kurt hablaba mucho, de todo, incluso de lo que no interesaba, pero tenía el maravilloso don de saber cuándo el silencio era la mejor de las respuestas. Todo lo contrario, a Blaine. Y ese era uno de los detalles que me llevaban a adorarlo.

Solo escuché como un débil suspiro salía de él, y una lucha interna por encontrar las palabras perfectas comenzaba en su cabeza. Casi un par de minutos o tres estuvimos en silencio hasta que se decidió. Y no lo hice yo porque no sabía cómo hacerlo.

—¿Tienes miedo de que sea una chica?

Perfecta pregunta para hacerme entender que ya sabía todo y no necesitaba nombres.

—No —balbuceé—, por supuesto que no.

—¿Entonces? ¿Qué es lo que te hace creer que no debes enamorarte de ella? ¿No te has parado a pensar que tal vez tanta acritud, tantas peleas o ese sarcasmo que siempre utiliza, tenga una explicación más íntima? Rachel, hay personas que entienden que la mejor defensa, es un buen ataque. Tal vez ella se vea intimidada por ti y por eso.

—Nos besamos —le interrumpí sin dejar de mirar hacia la floristería.

Entendía el esfuerzo de Kurt por hacerme ver que, en el amor, nada es imposible. Y por lo que me contaba no estaba muy acertado con el pronóstico en mi relación con Quinn. Así que decidí ser directa y acabar con sus elucubraciones.

—¿Os besasteis?

—Primero lo hizo ella, en el baño de la cafetería, cuando me confesó que había engañado a Brian para que me regalase la Hortensia. Luego fui yo, en el rellano de nuestro apartamento. ¿Recuerdas cuando se fue la luz en Acción de Gracias? Pues justo en ese instante yo estaba a punto de besarla, y el sábado siguiente salimos a cenar y también nos besamos, y el domingo cuando estaba ensayando ballet y me caí. ¿Te acuerdas? Pues bien, ese día, cuando Quinn me acompañó a la habitación para ver el lirio, también me besó. Ah, y el lirio me lo regaló ella, y lo utilizó de excusa para verme a solas y besarme. Y el lunes siguiente quedamos para hablar, y me confesó que le gusto desde el principio, desde que nos encontramos en el teatro cuando Bleu me intimidó, y yo, yo también le confesé que me pasaban cosas con ella. Así que, así que decidimos que podríamos intentarlo, hasta que llegué a casa —tuve que detenerme para tomar aire y tragar saliva.

Lo solté todo casi sin respirar, y percibí que Kurt aún estaba tratando de asimilar que nos habíamos besado en el baño de la cafetería. Al menos eso reflejaba su rostro.

—Después de eso, después de aquella noche del lunes, todo cambió.

—Ok, a pesar de estar a punto de colapsar por tal cantidad de información, no puedes detenerte y quedarte ahí. ¿Qué pasó el lunes? —se apresuró en cuestionarme.

—Quedé con Santana para contarle lo que me estaba sucediendo, y no pude.

—Un momento, el lunes —se mostró pensativo—. ¿Fue cuando te encontré llorando en el salón con ella?

—Ajam…

—¿Y no se lo contaste? ¿Por qué? Rachel, sabes que Santana está interesada en ella, deberías decírselo para que no se interponga.

—Ya es tarde —lo miré sin poder contener la primera de las lágrimas—. Santana me confesó que está enamorada de ella, antes de que yo le dijese nada.

—¿Qué? ¿Enamorada? ¿Santana? No, imposible.

—Pues sí, lo está —afirmé volviendo a desviar la mirada hacia la floristería—. Me dijo que jamás había sentido algo así por nadie. Que no podía quitársela de la cabeza y que estaba dispuesta a todo por ella. Que era la mujer de su vida —añadí notando como la voz empezaba a fallarme debido al llanto que poco a poco me invadía—. Y yo la comprendo. Demasiado, de hecho.

—No, no me lo puedo creer —musitó sorprendido.

—¿Entiendes ahora cuando digo que me he enamorado de quien no debo?

—Espera, espera —me interrumpió—¿Qué tiene eso que ver? Quiero decir, si Santana se ha enamorado no es tu problema. Quinn, por lo que veo, te ha elegido a ti, así que es ella quien no debe interponerse.

—No puedo hacerle algo así. Santana estaba interesada en ella mucho antes que yo, a pesar de que la conoció por mí. Yo, yo solo me he dedicado a criticarla, a discutir con ella. ¿Cómo quieres que le diga algo así? Se ha enamorado.

—Pero Quinn te ha elegido a ti. ¿Qué dice ella?

—Ella no sabe que Santana está enamorada, o al menos eso creo, porque ya no confío en ella.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Cuando, cuando supe que San estaba enamorada, le dije que no volveríamos a vernos. Quiero decir, que no estaba dispuesta a tener nada con ella, excepto amistad si así lo quería.

—¿Y ella que dijo?

—No lo acepta, pero me respeta. Bueno, al menos me respetaba hasta ayer.

—¿Por qué? ¿Qué hizo?

—Santana no estaba borracha el viernes, lo estaba fingiendo para lograr que Quinn terminase en su habitación. Pero resulta que Quinn sabía de la trampa que le estaba preparando, y la aceptó supuestamente para poder verme, porque quería o necesitaba verme. Ayer por la mañana volvió a decirme que sentía cosas por mí, y me negó que se hubiese acostado con Santana.

—Es que no se han acostado —apuntilló él sorprendiéndome.

—¿Qué? Sí, sí que se han acostado.

—No, a menos que lo hayan hecho otro día, porque anoche te aseguro que no.

—¿Por qué dices eso? Santana me lo ha dejado entrever.

—¿De veras? —se mostró confundido— ¿Te lo ha dicho?

—Sí, bueno, no me lo ha dicho con palabras, pero sí me lo ha hecho saber. ¿Por qué dices que no?

—Pues porque anoche estuve despierto hasta casi el amanecer. Estuve hablando con Blaine para intentar solucionar nuestra pelea, y no escuché nada. Solo escuché algunas risas al principio de la madrugada y ya luego nada.

—Pero eso no tiene nada que ver, Kurt. Tal vez hayan sido más tranquilas, no como esas chicas que suele traer Santana a casa, y no se escuche…

—No, no, déjame que termine —me interrumpió—. Después de las risas, escuché una puerta y mi curiosidad me pudo, así que me asomé y vi como Quinn entraba en el baño. Luego, al salir, me vio y me dijo que Santana estaba completamente dormida y que ella no conseguía dormir porque no estaba segura de querer estar allí, y que estaba pensando en marcharse, pero yo le insistí en que se quedara. Era demasiado tarde para salir sola.

—¿Qué? ¿De verdad?

—Sí, Rachel, si llegan a hacer algo, no habría durado cinco minutos que es lo que duraron las risas. ¿No crees? Ni Santana se habría dormido tan pronto. Era tarde para salir sola, pero no para dormir. Ya, ya me entiendes…

—Pero, entonces, ¿por qué Santana me ha dejado entrever que sí? Te aseguro que no estoy loca, ella me lo ha dicho.

—Pues, pues no lo sé. Tal vez haya querido decirte otra cosa.

—No, no, te aseguro que no. Antes de todo eso, cuando me dijo que no estaba borracha, me confesó que era su última oportunidad de lograr meterla en su cama, y convencerla como solo ella puede hacerlo. Y por la mañana me lo dijo en la ducha —comencé a dudar—. ¿O lo he supuesto?

—No sé, Rachel. Yo solo puedo decirte lo que viví. Ya sabes que, si escucho o intuyo algo más, te lo habría dicho. Además, ni siquiera las escuché y tú, mejor que nadie, sabe que las paredes de nuestro apartamento parecen de papel, y se escucha todo.

—Ok —me levanté, como si aquello me ayudase a aclarar mis ideas —, ahora estoy realmente confusa. ¿Por qué iba a mentirme Santana?

—Pues no lo sé, tal vez deberías hablarlo con ella. No creo que tenga inconvenientes en contarte lo que realmente sucedió, y quien sabe, igual hace que cambies de opinión.

—¿Cambiar de opinión? No, eso lo tengo claro. ¿Entiendes ahora por qué necesito marcharme? Desde que Quinn ha aparecido en nuestras vidas todo es una completa locura. Si sigo más tiempo soportando esto, me voy a volver loca. Te lo aseguro.

—Ok, márchate, yo estoy de acuerdo en que tal vez sea mejor, sobre todo, porque creo que no debes descentrarte de lo realmente importante —añadió abandonando también el escalón—. Pero no deberías hacerlo sin aclarar al menos que está sucediendo, y quien de las dos te está mintiendo. ¿No crees?

—¿Y qué pretendes que haga? ¿Las cito a las dos y les pregunto? Te recuerdo que San no tiene ni idea de lo que me ha sucedido con Quinn, y no quiero que lo sepa.

—¿Por qué?

—Pues, pues porque es absurdo— espeté volviendo a sentir como la confusión lo invadía todo—. ¿Sabes qué? No voy a hacer nada, me da igual. Si se han acostado pues mejor para ellas, y si no, pues, que se yo, que se jodan. Estoy harta, no quiero pensar más en todo esto, no quiero volver a saber nada más.

—Ok. ¿No quieres hacer nada más?

—No. Lo he decidido —respondí sin pensar. Y fue lo mejor que hice.

Todo aquel barullo de contradicciones no hacía más que alertarme, volver a provocarme esa sensación de angustia que me había estado invadiendo durante días, y que por fin había dejado atrás, o al menos eso creía.

Estaba allí sentada por puro masoquismo, por observar a Quinn de alguna forma sin que ella fuese consciente, y verla actuar de manera natural, sin verse influenciada por Santana o por mí. Pero no llegué hasta aquella escalinata con la intención de que regresaran mis dudas y el debate interno que tan mal me hacía.

Fui yo la que decidió alejarse de ambas, y lo iba a hacer. Por el bien de Santana y por el mío propio. No había vuelta atrás.

—Ok, entonces, quedarte aquí sentada viendo cómo se consume un cigarrillo no te va a ayudar a pasar página —me dijo dándome la razón. De hecho, me sorprendió que se lo tomara con tanta calma. Ilusa de mí al creer que Kurt ya no tenía nada pensando—. Vamos, acompáñame, haré que todas tus dudas queden olvidadas gracias a mis perfectas mañanas de domingo.

—Si pretendes que te acompañe a ver tiendas, estás equivocado, entro a trabajar en una hora y media, y no me apetece recorrerme toda Manhattan.

—Tranquila —me ofreció el brazo—, solo voy a comprar un regalo para Blaine y regreso al apartamento. Aunque si lo prefieres, podemos comer juntos cerca de la cafetería y ya no tienes que ir y venir. Ya sabes.

—Ok, si es así —suspiré dándome por vencida al tiempo que me aprovechaba de su brazo para aferrarme a él—, te acompaño.

Idiota.

Realmente idiota por mi parte aceptar aquella invitación y aferrarme a su brazo. Cuando fui consciente de tal hecho, ya cruzaba la avenida directa hacia la floristería.

—¿Dónde vamos? —le cuestioné recordando que ni siquiera le había preguntado.

—A la floristería —respondió con serenidad—. Estoy intentando reconciliarme con Blaine y he pensado que un ramo de flores será perfecto. A él le gustan, a mí también y Quinn siempre tiene el mensaje perfecto. Así que…

—No, no, no —traté de detenerme, pero hacerlo justo cuando el semáforo estaba a punto de ponerse en verde para los coches, habría sido un suicidio. Así que esperé a ocupar la acera para deshacerme de su brazo y apartarme de él desesperadamente.

—¿Dónde vas?

—No voy a caer en tu trampa —enfaticé—. Me la has querido jugar y no, me niego a entrar ahí.

—Nadie te está obligando —se excusó —. Si quieres esperar fuera, espera, pero yo voy a entrar a por el ramo de flores. ¿Ok?

¿Pero por qué diablos no me insistía?

No, aquella pregunta disfrazada de maldición no la escuchó Kurt, porque apenas me dio tiempo a reaccionar tras gritarle que no iba a entrar en la floristería. Pero no lo hacía porque no lo desease. De hecho, no había hecho otra cosa más que pensar en ello durante la hora que estuve espiándola desde las escalinatas. Si dije que no entraba, era por miedo, por terror a mirarla cara a cara y saber que sí, que había vuelto a reírse de mí. Pero un poco de insistencia por su parte me habría ayudado a calmar la necesidad que sentía por verla. Si salía mal, podría culparle a él.

Sin embargo, no lo hizo, y como ni siquiera me dio tiempo a replicarle absolutamente nada, me quedé allí, moviéndome como una completa lunática en apenas un par de metros cuadrados. Sin dejar de mirar hacia la floristería que quedaba a escasos metros de donde estaba.

Y estaba allí. Sin duda era ella quien atendía a Kurt, pero yo no lograba verla al completo, y ella a mí tampoco. Solo podía distinguir sus manos colocando las flores en el ramo que ya le había pedido.

Él si me veía. De hecho, me miraba de reojo de vez en cuando, sonriendo sin parar y logrando que mi ansiedad aumentase hasta cotas insospechadas.

Rachel, si sigues así vas a enfermar, me repetí al tiempo que tomaba la decisión de girarme y darle la espalda a la escena, a la floristería y a medio Manhattan. Debía empezar a ser consecuente con mis actos y apartarme de todo lo que me hacía daño, aunque mi corazón se rompiera de nuevo y la curiosidad me crease esa angustia que casi ni me dejaba respirar.

Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente. Y aunque era bastante ridículo llevarlo a cabo dándole la espalda como una pataleta de niños, lo cierto es que me sirvió para al menos estar aquellos minutos sin batirme en duelo conmigo misma.

No sé cuántos pasaron, ni cuántos tardó en regresar Kurt a mi lado. No supe de qué hablaron ni si Quinn me había descubierto. No lo supe hasta que vi un enorme ramo de flores a mi lado. Era precioso, aunque yo no tenía ni idea de qué tipo de flores se trataban.

Amarillas, blancas, verdes, moradas. Había flores de todos los colores, formas y olores. Nunca una combinación tan extraña, me resultó tan llamativa.

—Narcisos, madreselva y ésta se llama Muguete —me explicó Kurt deteniéndose a mi lado. Sabiendo que mi confusión también tenía algo de curiosidad por aquellas flores.

—El lirio de los valles —susurré al recordar aquella extraña planta con pequeñas florecillas blancas campaniforme que tan bien olían—. La flor de la buena suerte.

—Sí, eso me ha dicho Quinn —sonrió—. Veo que estás enterada de todo.

—¿Estaba ella? —cuestioné como si yo no lo supiera. Daba igual, necesitaba escucharlo y lo hice. Kurt asintió al tiempo que me mostraba otra flor que guardaba con recelo en su mano izquierda.

—Esto es para ti.

—¿Qué? ¿Me has comprado una flor?

—¿Yo? No, ni hablar. Quinn te ha visto y me ha pedido que te la entregue de su parte. Dice que, si no entras, es porque no quieres acercarte a ella, así que ella tampoco lo hará. Pero quiere que tengas esto.

Tuve que tragar saliva. No solo al contemplar la extraña planta de pequeños racimos de flores azuladas, con pétalos pequeñitos y perfectamente custodiados por un vibrante núcleo anaranjado. Sino que lo hice al ser consciente de que ella me había visto, y seguía empeñada en respetar mi decisión de no acercarme. A pesar del beso que hacía dos escasos días nos habíamos regalado.

—Se llama Myosotis, o algo parecido —añadió obligándome a tomarla entre mis manos—. No me ha querido dar el significado, porque quiere que los busques tú, o le preguntes a ella. Huele muy bien. ¿Verdad?

Sí. Olía tan bien que me fue inevitable no acercármela a la nariz varias veces antes de descubrir que sus ojos no perdían detalle de mi actitud.

Fue un acto reflejo el que me llevó a desviar la mirada hacia la floristería cuando ya emprendíamos el camino de regreso a donde fuera que fuésemos, y descubrirla junto a la puerta, observándome a través de uno de los ventanales por donde yo solo podía ver sus manos.

No sé cuánto duró aquel cruce de miradas. De hecho, ni siquiera me importó el tiempo. Daba igual la distancia, o que yo no detuviese mis pasos ni ella saliese corriendo detrás de mí. Nos bastó mirarnos para hablarnos, para llenarnos de una inevitable sensación de pena al saber que nuestros caminos no estaban destinados a unirse, sino a alejarse.

Y ella parecía saberlo mucho antes de que yo fuese consciente, o al menos así me lo hizo entender con aquella hermosa flor que yo desconocía.

Un buscador de internet me dio la respuesta.

Myosotis, o Nomeolvides.

Cuenta la leyenda, que un ángel se encontraba llorando a las puertas del Paraíso, del que Alá le había expulsado porque el ángel amaba a una mujer mortal.
Tras las súplicas del ángel, Alá le dijo que sólo sería perdonado si plantaba la flor "no me olvides" por todo el mundo. Si repartía su semilla por cada inmenso bosque, por cada enorme montaña o profundo valle. Cuando el ángel contó a su enamorada este requisito tan difícil de cumplir, ella prometió ayudarlo en su tarea.

Fue tanto el amor y el sacrificio de los enamorados por permanecer juntos para siempre, que conmovieron a Alá, y otorgó la inmortalidad a la mujer, para poder abrirle las puertas del Paraíso y que ambos pasasen la eternidad juntos.