21
Touchdown
Los Angeles Lakers contra Oklahoma City Thunders. Playoffs de las semifinales de la conferencia Oeste. 27 sobre 18 a 9 minutos del final del último cuarto. 122 a 105 en el global del partido, con un inconmensurable Jordan Clarkson acercándose a los 32 puntos. El Staples Center a rebosar de aficionados que celebraban cada punto local con una verdadera fiesta, mientras Rachel y yo conseguíamos recordar que los de amarillos eran los nuestros, o mejor dicho a quién debíamos animar.
—¿Eso ha sido gol?
—Rachel, en baloncesto no existen los goles —repetí por quinta vez—. Es una canasta.
—Ya, ya lo sé, pero ha sido gol, ¿no? —replicó dando un nuevo sorbo al zumo de verduras que Santana le acababa de entregar. Era absurdo tratar de hacerle comprender las reglas del juego, sobre todo, porque ya estaba a punto de acabar y no era capaz de recordar ninguna de las pocas explicaciones que yo supe darle.
Y no. No es que fuese una experta en baloncesto, y por eso estaba sentada en la tercera fila del majestuoso estadio viendo uno de los partidos más importantes de la temporada. Si estábamos allí era porque George nos había regalado tres entradas para ello, y así aprovechar el tirón de publicidad que nos permitía un acontecimiento de esas características. Aunque yo estaba convencida que todo había sido idea de Rachel que, buscando algo con lo que distraernos, terminó pidiéndole a su representante que encontrase algún plan para aquel día.
Supuse que aquella mañana, al ver mi cara después de mi noche en vela, le hizo creer que tenía que hacer algo, y así evitar que mi extraño malestar siguiese martirizándome. Un malestar que seguía sin comprender por qué me estaba acusando desde la cena en el estúpido restaurante. Dos horas estuve abrazándola en el sofá mientras veíamos a Dakota Fanning y Alicia Keys en La vida secreta de las abejas. Dos horas en las que incluso dejé escapar algunas lágrimas que excusé con la película, pero que eran producto de la terrible confusión que se adueñaba de mi mente, y me llenaba de rabia e impotencia por mi actitud infantil. Y después, toda una noche sin poder dormir un par de horas seguidas y dándole vueltas a algo que ni siquiera comprendía.
No estaba enfadada por mis diferencias con Rachel respecto al asunto de Santana y Brittany. Tampoco lo estaba por el dinero, o porque aquella chica se me acercara solo porque supuestamente era la novia de Rachel Berry. No estaba molesta por nada, pero a la vez todo me irritaba. Comprendí que lo mejor que podría hacer era dejar que todo pasara cuanto antes y no pensar. No pensar en nada.
Tal vez por eso estaba allí en aquel instante.
Yo jamás había visto un partido de baloncesto completo en mi vida, y admito que aquella noche supe perfectamente por qué no lo había hecho antes; Era un completo aburrimiento. Pero confieso que al menos me ayudó a no darle vueltas a la cabeza, a distraerme y por supuesto a reírme. Todo gracias a ella.
A pesar de mi poca implicación con ese deporte, conocía más o menos el vocabulario que se utilizaba para describir las jugadas, los puntos o como transcurrían los cuartos. Rachel no. Rachel se empeñó en que cada vez que el balón caía por la canasta, era un gol. Y cuando un jugador le quitaba el balón a otro, le estaba bloqueando. Sin contar con los touchdowns, más conocidos como triples para el resto del mundo. Tenía tal monumental lio con las palabras que mi malestar desapareció por completo gracias a la risa que me provocaba con sus ocurrencias.
Santana no pudo disfrutarlo de la misma manera que yo. Ella estaba muy por encima de nosotras en las gradas, siendo meramente una testigo de la que iba a ser nuestra última aparición pública como supuesta pareja. Digo supuesta, porque durante todo el partido nos mantuvimos distantes, sin gestos de cariño más que nuestra mutua compañía. No hubo caricias en las manos, ni sonrisas cómplices, ni nada que no fuese nada normal en una relación de amigas, a pesar de las continuas quejas de Santana por, tal y como decía, desperdiciar una oportunidad como aquella. Rachel se portó como yo esperaba que lo hiciera tras llegar a nuestro acuerdo, y yo simplemente hice lo que creía que debía hacer para ayudarla a conseguir esa popularidad que le abriese las puertas de Hollywood, sin sentir que estuviese mintiendo al mundo entero. Ni a mí misma.
—Sí, ha sido gol —le dije tras darme por vencida.
—¡Bien! ¿Cuántos más tienen que encestar para ganar el partido?
—No tienen un límite de puntos, Rachel. Simplemente tienen que esperar a que acabe el partido, y el que más tenga es el que gana.
—Ok, ¿Y cuánto falta para que acabe el partido?
—Pues…7 minutos y 15 segundos ahora mismo —respondí tras comprobar el marcador
—Bien. Me alegro, porque esto es realmente aburrido, y este zumo me está sentando un poco mal. El que yo hago está mucho más bueno.
—Pues no bebas más.
—Si falta poco, no importa.
—Rachel, 7 minutos en baloncesto pueden ser perfectamente como 15 minutos en cualquier otro deporte. Hay tiempos muertos, faltas…y muchas más cosas que hacen que el tiempo se detenga.
—Mierda…La próxima vez le diré a George que busque algo más acorde a nosotras, algo que sea más divertido que esto. Aunque me consuela saber que al menos Santana estará peor que nosotras. Podremos reírnos de ella después.
Fui a sonreír al ver como revolvía los ojos y daba otro sorbo del dichoso zumo, tras pensar en cómo Santana realmente tendría que estar viviendo un suplicio al sentarse sola en la grada. Aunque conociéndola, seguro que ya había buscado la forma de entretenerse y sacarle partido a la situación, sin duda. Pero mi intento quedó en nada cuando mis ojos se desviaron más allá de Rachel, y lo descubrí sorteando a los demás espectadores sin perdernos de vista.
—Me temo que el partido se va a poner más interesante ahora —dije tras asegurarme que pretendía acercarse a nosotras. Rachel me miró incrédula—. ¿Qué te apuestas a que ahora va a ser más divertido?
—¿Por qué? ¿Pasa algo? ¿Alguna de esas animadoras terminara haciendo algo divertido para entretenernos?
—Mucho mejor que todo eso —musité evitando que pudiese oírme. Había llegado justo al asiento continuo donde estaba Rachel, y no dudó en sentarse aún sin saber si estaba o no ocupado por alguien.
Una gorra de los Lakers y su radiante sonrisa me hicieron sonreír a mí también, y a Rachel por supuesto. Le bastó mirarme un par de segundos para girarse rápidamente y encontrárselo de frente. Fue entonces cuando su incredulidad dejó paso a una sorpresa, que me hacía recordar a esa Rachel adolescente que tanto echaba de menos.
—Hola —le dijo él sonriente, y Rachel se removió incomoda en el asiento.
—Hola, hola Zac —balbuceó ella
—Bien, te acuerdas de mi nombre —le guiñó un ojo—. Quinn —me miró a mí, y yo simplemente sonreí educadamente, sorprendida porque él si recordase mi nombre—. Si me llegan a decir que además de toda una estrella de Broadway, eres aficionada al baloncesto…Creo que te habría pedido matrimonio el día que te vi en Funny Girl —bromeó y Rachel se ruborizó.
—No, no. No soy muy aficionada al baloncesto, pero es entretenido —respondió y yo a punto estuve de soltar una risotada que tuve que contener mirando hacia el lado opuesto.
—No importa. ¿Vas con los Lakers o con los Thunders?
—Con los Lakers, por supuesto.
—Entonces genial. ¿Cómo estás? ¿Todo bien?
—Pues sí, todo bien —respondió mirándome de soslayo—. ¿Y tú? ¿Qué tal estás?
—Muy bien, tratando de disfrutar de un buen partido. No te vi por el festival, ¿Estuviste?
—Sí, claro que sí. Estuvimos las dos —musitó señalándome, buscando desesperadamente que también participase en la conversación, pero yo me mantuve al margen.
—Oh vaya…Pues es una pena que no os viese allí.
—Tal vez fuimos días diferentes.
—Tal vez…—dijo justo cuando medio estadio se alzaba recriminando algo a los jugadores, o al árbitro. No lo sé, solo que todos, incluido Zac, comenzaron a quejarse por algo que había sucedido. Todos excepto Rachel y yo, que aprovechamos la ocasión para mirarnos, y ella más concretamente, para acercarse a mi oído y hablarme.
—¿Qué hago, Quinn? ¿Qué le digo?
—No lo sé, pero no dejes pasar la oportunidad de que te vean con él.
—¿Qué? ¿Para qué? —masculló olvidándose por completo de la extrema cercanía que manteníamos aprovechando el alboroto a nuestro alrededor. No hubo tensión entre nosotras como la hubo el día anterior. Solo un plan. Mi plan de seguir el consejo de James Gulliver y buscar aliados que otorgasen ese plus a la fama de Rachel.
—Rachel, si los de la Fox te ven junto a él, sabrán que tienes amigos muy famosos, y eso puede ayudarte a conseguir lo que buscamos.
—Pero…
—Nada de peros. No se trata de fingir nada, Rachel —susurré percibiendo como Zac ya nos miraba de reojo—. Solo interactúa con él. Hazte amiga de él.
—¿Amiga de Zac Efron?
—Sí, vamos…Habla con él —la incité.
—Ok, pero no me dejes sola. No sé qué decirle y no quiero parecer estúpida por culpa del baloncesto —me susurró casi desesperada.
—No te preocupes. ¿Ok? Simplemente habla con él de lo que creas oportuno. ¡Vamos!
Me hizo caso. Después de mi invitación, Rachel volvió a recolocarse en el asiento y lanzó una mirada hacia Zac, que disimuladamente volvía a ella sin perder esa sonrisa tan característica y espectacular que tanto parecía gustar. Digo gustar porque yo no era su fan precisamente, pero era consciente de las pasiones que levantaba a lo largo y ancho del país. Y de medio mundo. Ya podría haber aparecido por allí Leonardo DiCaprio, que también era seguidor de los Lakers y era más de mi gusto. Pero no, quien apareció fue él. Y desde aquel instante toda la atención de Rachel recayó sobre su sonrisa y esa capacidad de seducción de la que solía hacer gala. Aunque la vi mirarme de vez en cuando para asegurarse que seguía allí, junto a ella.
No pensaba marcharme si es lo que creía que iba a hacer. No pensaba volver a dejarla sola e incumplir mi promesa, pero si iba a procurar mantenerme un tanto al margen, para que fuese ella quien se llevase toda la atención de los reporteros que había cubriendo el evento, de los espectadores más curiosos, e incluso de algo que yo no llegué a pensar que pudiese sucederle a ella. Era evidente que Zac Efron llamaba mucho más la atención que yo, porque apenas pasaro minutos de su llegada cuando una de las cámaras decidió que era el momento de enfocarlo. Y no una cámara cualquiera.
Acababan de pedir el segundo tiempo muerto de aquel cuarto, y las cheerleaders ya ocupaban la pista, cuando el rostro de Zac y el de Rachel a su lado aparecían en el video marcador rodeados con un inmenso corazón. Era la famosa Kiss Cam que obligaba a los elegidos a mostrar su afecto en público con un beso, y ninguno de los dos se dio cuenta hasta que el barullo general les avisaba.
Él sonrió a mas no poder, Rachel me miró completamente sorprendida, y diría que incluso asustada. Yo simplemente actué sin pensar y le sonreí regalándole un pequeño guiño de ojos a modo de conformidad, como si ella necesitara de mi aceptación para hacer algo como aquello. Zac, al igual que yo, ni siquiera se lo pensó dos veces. Buscó a Rachel que aún seguía confusa mirándome, y tiró de ella con sutileza para regalarle un beso en los labios que logró los aplausos de todo el estadio, o al menos a mí así me lo apareció. Y supuse que a ella también a juzgar por el rubor que incendió sus mejillas, y que a punto estuvo de hacerla entrar en shock.
Lo siguiente que recuerdo de ese momento es escuchar un lo siento por parte de Zac cuando todo recuperaba la normalidad, y como la tranquilidad volvía a restablecerse en el estadio con el reinicio del partido. No así en Rachel. No sé qué le llegó a decir a su nuevo amigo, pero a juzgar por la confusión que se instaló en el rostro del chico, nada alentador. Y tras ello, la vi como buscaba algo en el interior de su bolso que mantenía sobre sus rodillas. Su teléfono estaba sonando. Me miró, me ofreció el bolso para que se lo sostuviese y nos dejó allí, sin una explicación o excusa. Su rostro me indicó que la llamada parecía ser lo suficientemente importante como para no detenerse un segundo, y apresurarse en buscar un lugar donde el ruido le permitiese atenderla. Cuando quise darme cuenta estaba a solas con Zac, y con una extraña sensación de incomodidad adueñándose de mi estómago.
Admito que lo pensé, a pesar de haber respondió a la confusión de Rachel con un guiño de ojos. Pensé en cómo diablos se había lanzado tan rápido a sus labios, sin que apenas existiese confianza suficiente para ello entre los dos. Ni siquiera nos saludó de manera cariñosa al llegar, tan solo con un simple hola y una sonrisa. ¿Era habitual entre los actores tomarse tantas confianzas? ¿Era ese gen seductor del que solían hacer gala los actores de Hollywood como él, o George Clooney, o el mismísimo Leonardo DiCaprio? Yo sin duda no habría puesto impedimentos a que Leo me besara delante de todo un estadio repleto de gente, pero por alguna extraña razón, no me hizo gracia ver a Rachel en la pantalla uniendo sus labios a aquel creído actor que me miraba disimuladamente buscando algún tipo de conversación.
Yo no hice nada por provocarla. Si quería decirme algo tenía que ser él quien diese el paso. Y lo hizo. Ni siquiera pasó un minuto desde que Rachel se había largado para atender la llamada, cuando lo vi como ocupaba el asiento que había dejado libre, y me sonreía.
—Quinn. ¿Verdad? —me dijo y yo forcé una sonrisa por parecer amable— ¿Te gusta el baloncesto o como ella solo vienes por pasar el rato?
—No soy muy amante de los deportes, pero no está nada mal ver de vez en cuando partidos como éste.
—Cierto. Tú no eres de Los Ángeles, ¿Verdad?
—No. Soy de Ohio.
—Oh, genial. Pensé que serías de Nueva York. Supongo entonces que conoces a Rachel desde hace mucho. ¿No es cierto?
—Pues sí, bastante. Fuimos al instituto juntas.
—¿Sí? Guau, ya solo falta que me digas que teníais un coro y que participabais en concursos. Sería un extraño deja vu para mí —sonrió y yo me limité a imitarlo. Si él supiera—. Oye, Aaron me dijo que Rachel no tenía pareja. ¿Es eso cierto? —añadió rompiendo mi breve pensamiento. El chico era directo, sin duda.
—Pues…
—¿Crees que aceptaría si la invito a cenar? —preguntó sorprendiéndome, sin dejar siquiera que respondiese a la primera de sus preguntas, y dando por hecho que Rachel estaba soltera y sin compromiso alguno.
—Verás Zac…—Traté de sonar dulce, pero sin doblegarme. Pensé mucho en lo que quería responderle para evitar que Rachel saliese perjudicada, pero a la vez pudiese aprovechar ese tirón que tan bien le vendría para su fama.
—¿No va a aceptar? —me interrumpió de nuevo tal vez intuyendo que mi silencio era una negativa.
—No, no es eso. Estoy segura de que a Rachel le encantaría salir a cenar contigo.
—Pero…
—Pero no está en el momento adecuado. Ella, ella está más centrada en su trabajo, ¿Entiendes?
—Oh, ya…
—Si quieres lograr algo positivo de ella en ese aspecto, simplemente hazlo de manera gradual. No, no te precipites. Ella te admira muchísimo y seguro que aceptaría esa cena contigo, pero si pretendes ir más allá de una cena entre amigos tienes que ir poco a poco.
—Entiendo. De todos modos, mi intención es simplemente la de poder conocerla un poco y bueno, dejar que lo que tenga que suceder suceda. Me gusta mucho, pero apenas la conozco y no sé cómo es.
—Me parece perfecto. Invítala, pero como consejo te digo que dejes pasar unos días hasta que su vida se estabilice. Te aseguro que la recompensa por darle ese tiempo es conocer a la verdadera Rachel Berry. Y te va a encantar.
—No me cabe duda. ¿Sabes? Es curioso, porque había oído por ahí que vosotras dos erais pareja —me dijo con una enorme sonrisa—. Estos paparazis se inventan cualquier estupidez con tal de vender.
—Ya, ya te digo —balbuceé sin saber muy bien como mirarlo a la cara.
—No es cierto. ¿No?
—Eh…No, claro que no —respondí sin saber muy bien si estaba haciendo lo adecuado para Rachel o no. Simplemente pensé en ser honesta con él, y dado que parecía tener buenas intenciones e invitarla a cenar para conocerla, no podía permitir que creyese que entre ella y yo había algo. Rachel necesitaba aliados, me repetí una y mil veces desde que hablé con James, y no podía dejar pasar esa oportunidad tan buena de llamar la atención de los estúpidos productores de la Fox.
—No sé para qué lo pregunto. No creo que me dijeses que le pidiese esa cita si fuera tu chica. ¿Verdad? Además…—Se calló. Guardó silencio y yo lo agradecí por la extraña incomodidad que aún seguía atizándome sin piedad. Y lo hizo porque Rachel apareció de la nada para reclamar su asiento entre nosotros dos. Fue un alivio para mí verla aparecer, aunque apenas pude relajarme tras ver el gesto serio que portaba. Gesto serio y descompuesto, a decir verdad —¡Hey! Casi te pierdes el final— dijo él buscando su atención, pero Rachel se limitó a forzar una sonrisa y negar rápidamente. Yo no pude evitar fijarme en sus manos, que, tras recuperar su bolso de mis piernas, comenzaron a moverse inquietas sobre el mismo tocando cada cremallera, cada botón que encontraban y demostrando que los nervios parecían estar colapsándola.
—¿Estás bien? —susurré en un segundo en el que Zac parecía prestarle más atención al partido, resignado tal vez por no recibir una respuesta más agradable de Rachel. Ella negó sin apartar la mirada del marcador, contando los segundos que se detenían continuamente por culpa de las interrupciones del partido. De hecho, estuvo en silencio hasta que la bocina acabó con todo. Fue entonces cuando ni siquiera dejó que me diese tiempo a nada. Rachel agarró el bolso y me sujetó de la mano, tirando de mí para que me levantase lo más rápido que pude.
—Vamos, tenemos que salir de aquí ya —me dijo y mi confusión aumentó.
—Pero…Espera, tenemos que esperar a Santana —lancé la mirada hacia la grada donde se encontraba.
—La esperamos fuera, pero vamos…
—Rachel espera —la detuve mostrándome firme— ¿Qué pasa? Al menos despídete de Zac —mascullé y ella aceptó mi petición a regañadientes. Me esquivó y se dirigió al chico, que parecía haberse dado por vencido y mantenía una conversación con un tipo enorme que apareció de la nada junto a él. Ni siquiera sé que le dijo, solo sé que fue acercarse a él y una sonrisa volvió a aparecer en su rostro. En el de Zac, por supuesto, porque Rachel seguía mostrando esa dureza extraña que me llegó a asustarme. Vi que le dio una tarjeta y un beso en la mejilla. Nada más, lo único que hizo después fue tirar de mí y no dejar que yo me despidiera de él, excepto por una sonrisa que me regaló, y un adiós con mi mano. Ni siquiera quiso esperar a Santana, a quien simplemente escribió un mensaje para avisarle que la esperaríamos fuera del recinto mientras salíamos de él.
No tenía ni idea de lo que le estaba sucediendo, ni de por qué tanta prisa en abandonar el estadio. Sabía que el partido no le había resultado entretenido, pero tampoco era como para salir de allí de aquella manera tan precipitada, y desconcertante. Y el beso de Zac, a menos que hubiese sido horrible, tampoco era excusa para actuar así. No pude saber qué le sucedía hasta que no la detuve ya en el exterior, cuando nos alejamos lo suficiente de las puertas de acceso y salida, y pude esquivar el barullo de gente que se arremolinaba en aquella zona. Aproveché uno de los salientes del mismo estadio para apartarla de la acera, y buscar un poco de privacidad aprovechando que un puesto de perritos calientes cortaba el paso de la gente por aquella zona del acerado.
—¡Rachel! —la tomé del brazo para que me mirase y dejase de caminar como una posesa—. ¿Qué diablos te pasa?
—Me tengo que ir Quinn, tengo que encontrarme con George en su oficina. ¡Ya!
—¿Con George? ¿Es por lo del beso con Zac?
—¿Qué?
—Vamos Rachel, no tienes que preocuparte por nada. Todos los famosos lo hacen cuando los enfocan en un partido, sin importar si son pareja, amigos, o simples compañeros. No le des más vueltas.
—No, no tiene nada que ver con eso, Quinn. Ni siquiera me he dado cuenta del beso. Ha sido el beso más soso de toda mi vida.
—Entonces. ¿Qué sucede? ¿Por qué te tienes que ir así?
—Me, me acaba de llamar George... Estoy en shock, Quinn —balbuceó desconcertándome aún más, si es que eso era posible.
—¿Me dices qué ha pasado o…?
—Ha estado reunido con los productores y los directores de la Fox —musitó mostrándome un brillo en los ojos que presagiaba lo peor. Vi como sus labios temblaban y me descompuse.
—Ok, ok, Rachel — tiré de ella para abrazarla sin más, sin pensar en nada que no fuese consolarla antes de que se rompiera. Porque estaba convencida de que lo haría en ese preciso instante—. Escúchame —susurré cuando ya la tenía entre mis brazos—, no importa lo que piensen esos idiotas. ¿Me oyes? Tú vales muchísimo, Rachel. Vas a triunfar y entonces todos esos idiotas vendrán a suplicarte una oportunidad. No tienes que venirte abajo porque…
—Quinn —me interrumpió buscando mi mirada.
—¿Qué? No, no te sientas mal, Rachel. No dejes que…
—Verás, te aseguro que ahora mismo estoy realmente conmovida por tu actitud —volvió a interrumpirme sin dejar de mirarme aún entre mis brazos—. Te aseguro que abrazarte y que me abraces se está convirtiendo en uno de los mejores momentos de mi día, pero…Aun sabiendo que probablemente dejes de hacerlo, no, no ha sucedido lo que estás pensando.
—¿Cómo? ¿A qué te refieres? —cuestioné sin soltarla, sin ser consciente de como seguía abrazándola en mitad de aquella acera, protegidas del resto por la pequeña camioneta del puesto de perritos calientes.
—Van a emitir la serie —soltó sin poder contener la primera de las lágrimas. Hecho que me llegó a confundir por creer que no había oído bien.
—¿Qué la van a emitir o que no?
—Que sí, Quinn —balbuceó con la voz quebrada—. Han firmado, van a emitir la serie y dentro de unos días empezaremos la promoción.
—Oh dios… ¡Pero eso es genial!
—Claro que lo es. Es lo mejor que me ha pasado desde que vine, Quinn —añadió acabando con todas las dudas habidas y por haber—. Voy a poder demostrar que valgo, voy a poder…
No dejé que continuase, o al menos no pudo hacerlo por culpa de mi abrazo. Tiré de ella de nuevo y la obligué a que me abrazara mientras, yo lo hacía con todas mis fuerzas, dejando que fuese la emoción, la alegría que me invadió en ese instante quien llevase la iniciativa. Y ella reaccionó de la mejor manera posible. Se aferró a mi cuerpo y dejó escapar una risa nerviosa que me llevó a la perdición.
No tengo ni idea si fue por la conversación que había mantenido con Zac, por todo lo que llevaba guardando desde que me confesó lo que la había llevado hasta aquella ciudad, y el miedo que la acusaba. O simplemente porque deseaba de todo corazón que la vida le recompensara con lo mejor. Solo sé que aquella sonrisa mezclada con las lágrimas que pude percibir en mi cuello, mientras sus brazos se aferraban a mi cintura, me enloqueció y me hizo actuar como nunca antes imaginé que pudiese hacerlo. No sé, fue como una sacudida, como una descarga de adrenalina que me llevó a buscar su rostro, sostenerlo entre mis manos y fijarme en sus labios sin pensar en nada más que en besarlos. Y lo deseé tanto que no lo dudé.
Sí. Allí, en mitad de la acera y tras un partido de Los Lakers, me lancé a besar a Rachel Berry sin motivo aparente. Sin roles, sin mentiras ni planes. Simplemente la besé dejándome llevar por la emoción, y la dulzura que me embargaba al recibir una buena noticia para su futuro. Para ella, al fin y al cabo. Siendo consciente de que un beso de esas características no era habitual entre amigas, por mucho que estuviésemos celebrando. Y sin importarme que así fuera. Simplemente la besé. La besé descargando toda mi presión, todo el malestar que me había acusado desde la noche anterior, y dejándome llevar por una sensación de euforia que no supe descifrar hasta mucho tiempo después. En aquel instante solo sabía que la estaba besando, y que sus labios, tiernos y cálidos, se acoplaban a la perfección con los míos, regalándome ese estado de relajación que tanto había necesitado hasta ese instante.
Y si no fuera porque un extraño flash nos interrumpió, confieso que lo habría alargado hasta que nos hubiésemos quedado a solas en aquel lugar. Un flash acompañado de una risa que nos alertó.
Lo primero que vi fue la mirada desconcertada de Rachel a escasos centímetros de mí. Lo segundo fue la sonrisa traviesa de Santana a nuestro lado, enfocándonos con su teléfono móvil casi sin pestañear.
—Oh dios —escuché susurrar a Rachel.
—Wanky —dijo Santana, y fue entonces cuando fui consciente de la situación. Tanto que enmudecí por completo—. En público no, pero en privado sí —añadió sin dejar de sonreír—. Ahora entiendo esas prisas por abandonar el estadio.
—¡Van a emitir la serie! —interrumpió Rachel librándome de tener que seguir sufriéndola. Y yo lo agradecí a más no poder. Me mantuve al margen justo cuando se lanzaba a sus brazos de la misma forma que lo había hecho conmigo. Aunque sin beso, por supuesto. Santana la miró sorprendida.
—¿Qué? ¿Estás hablando en serio?
—¡Sí, sí, sí! Me acaba de llamar George. Ha tenido la última reunión y han llegado a un acuerdo. Estaremos en el aire. Voy a salir en las televisiones de todo el país.
—¡Oh dios! Eso es genial.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! —exclamó obligándola a dar varios saltos sin perder el abrazo. Santana la siguió a la perfección, sin perder un ápice de la emoción que también se había adueñado de ella. Yo seguía allí, completamente petrificada sin dejar de mirarlas, siendo una testigo más de como dos locas se abrazaban y saltaban al unísono en mitad de la acera. Al menos hasta que Rachel lo permitió.
—¡Tenemos que celebrarlo! —gritó Santana.
—¡Después! ¡Mañana! No, no lo sé, pero ahora mismo me tengo que marchar. George me está esperando y tengo que ir para que me explique cómo ha sido todo y lo que va a suceder a partir de ahora.
—¡Ok! ¡Ok! Pero deja de abrazarme. ¡Me vas a estrangular!
—Cierto, lo siento —se disculpó tras soltar una gran carcajada—. Me voy…¡Taxi! —gritó lanzándose directamente hacia la calle, donde no tuvo problemas en detener a uno de los cientos de taxis que merodeaban por allí. Ni siquiera se despidió de nosotras, y mucho menos se volvió para mirarme. Y, a decir verdad, agradecí que no lo hiciera para que no pudiese comprobar como la vergüenza había empezado a acusarme después del shock inicial por mi actitud. Sentía tanto calor en mis mejillas que parecía que acababa de sufrir quemaduras de segundo o tercer grado. Y no solo en mis mejillas, también lo sentía en mi pecho, en mis manos y en mi cabeza. Y después de la mirada que me lanzó Santana tras ver como Rachel lograba subirse a uno de los taxis, más aún. Tanto que llené mis pulmones de aire y fingí torpemente que no sucedía nada.
—¿Vamos? —dije como si nada, adelantándome a ella. Pero era evidente que no me iba a dejar escapar tan fácilmente.
—Espera Quinn, tengo que algo que decirte —masculló tirando de mi mano. Yo la miré esperando sus burlas de la mejor manera posible.
—¿Qué quieres?
—Nada, solo decirte que Mercedes ha aceptado que salgamos todas juntas. Le dije que el finde tú no podías, y ella la semana que viene empieza a promocionar su nuevo single y va a estar ocupada. Así que hemos decidido quedar mañana.
—Ok. Por mi perfecto.
—Bien —sonrió de nuevo con travesura—. ¿Se lo dices a Rachel luego cuando la veas?
—Claro, yo se lo digo.
—Ok —carraspeó—. Supongo que la esperarás despierta para darle las buenas…Noches.
—Ok, ok—la detuve viendo venir su alud de bromas—. Lo que has visto aquí, no significa nada…
—¿Qué he visto? —cuestionó con ironía— Oh ya, ya sé a lo que te refieres. Hablas de eso que tú misma me dijiste que no volverías a hacer ni en público ni en privado, por supuesto.
—Santana, no tengo ganas de discutir ni de tener que matarte aquí mismo, así que te pido que no trates de ridiculizarme. Ha sido una confusión, nada más.
—¿Una confusión? Quinn, una confusión es chocar sin querer con sus labios en un saludo, o un abrazo. Lo que Rachel y tú hacíais hace un par de minutos era vicio, puro vicio…
—¡Vete al infierno! —mascullé deshaciéndome de su mano.
—¡Hey! Espera…Solo estaba bromeando.
—Pues no lo hagas. No tienes derecho a hacerlo sin saber qué está sucediendo, y mucho menos si no eres capaz de comprender que no tiene importancia alguna. Rachel estaba emocionada por la noticia, y yo también. Nada más. Ha salido sin más, pero no es algo importante.
—Ok, ok…Yo acepto tus excusas.
—No son excusas —repliqué sin siquiera mirarla, avanzando ya por la acera hacia ningún lado. Porque no tenía ni idea de hacia dónde me dirigía por culpa de la tensión que me estaba provocando.
—Ok, lo que tú digas —respondió siguiendo mis pasos—. ¿Pero al menos podrías decirme donde vamos a celebrarlo?
—¿Celebrar qué?
—Celebrar que tienes un casting, que a Rachel le va a salir todo bien, y que yo tengo una foto tuya con la que chantajearte por el resto de mi vida. Bueno, esto último no. Mejor celebremos que todo nos va a salir bien. Además, Rachel me ha dicho que piensas pagar todos tus gastos, así que podrías invitarme a cenar por una vez al menos, ¿No?
—Si piensas que voy aceptar eso para tener que aguantarte toda la noche, es porque no me conoces. Además, eres tú la que me tiene que dar explicaciones sobre el dinero.
—Quinn —musitó volviendo a detenerme. Yo mantuve la compostura y la miré desafiante—. No voy a bromear, te lo prometo. Me apetece cenar contigo, y después de estar todo el partido sola creo que me lo merezco. ¿No? Ya sé que sabes de donde sale el dinero, así que podemos hablar de todo lo que desees.
Dudé, aunque sus ojos me invitaban a confiar en ella. Si había algo que Santana sabía hacer perfectamente, era demostrar cuando decía la verdad con una simple mirada. Y en aquel instante parecía ser complaciente conmigo, y entendía que la situación que acababa de vivir requería de su empatía. Al menos hasta que yo supiese porqué diablos había hecho lo que hice. Honestamente, hasta ese mismo instante no tenía ni idea de porqué terminé besando a Rachel de aquella manera.
—Te lo juro —añadió con apenas un susurro.
—Está bien. Vamos a cenar, pero como abras la boca para burlarte de mí, te juro que…
—No lo haré. Recuerda que hace unos días te dije que no iba a permitir que me juzgaras —musitó serenamente—. No seré yo quien te juzgue ahora. Ya sabes eso que tú siempre dices… Nunca hagas lo que no quieres que a ti te hagan.
