Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la historia.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor.
Hay OOC
19} DUCADO DE ÕTSUTSUKI
Del edificio original erigido alrededor del 1240 apenas quedaban los basamentos. El Arzobispado de York había adquirido su propiedad y en el correr de los siglos creció tanto que Thomas Wolsey, cardenal y lord canciller del Reino de Inglaterra, decidió acometer las obras de remodelación y ampliación en el siglo XV. Se extendió de tal manera, dada la autoridad de la jerarquía eclesiástica de entonces que, cuando Enrique VIII retiró del poder al cardenal, lo adquirió como su principal residencia en Londres, convirtiendo York Place en uno de sus palacios favoritos, hasta el punto de casarse allí con dos de sus esposas, Ana Bolena y Jane Seymour. Ordenó que fuera rediseñado después, pasando a denominarse y ser conocido como Whitehall por el color blanco de la piedra de sus fachadas.
Enrique, a quien todo le parecía insuficiente, contrató artistas de la época y decoradores para el reacondicionado interior, dotando incluso al palacio de pistas de juegos para entretenimiento de su Corte. Posteriormente, en 1531, ordenó la construcción de la Puerta de Holbein, en estilo gótico inglés, para conectar con Westminster y el edificio de fiestas Banketing House, como parte del complejo arquitectónico de Whitehall.
Hasta este lugar llegaba la angustiada Hinata, junto a la condesa, en el coche que las conducía. Casi sin detenerse, un sirviente con librea acudió presto para abrir las puertas y bajar la escalerilla. A la muchacha le hubiera gustado que Naruto estuviera allí, pero él llegaría en otro carruaje porque había ido a recoger a Iruka. Imaginó a su segundo de a bordo incómodo con su atuendo.
Como inmersa en un cuento de hadas, Hinata echó una mirada a través de la ventanilla. Otros carruajes ocupaban el patio, un hervidero de criados yendo y viniendo con el fin de atender solícitos a quienes acudían a la invitación de la Reina. Cedió el paso a la condesa, que aceptó gustosa la galante ayuda de un criado, recibiendo después ella la misma atención para bajar, poniendo especial cuidado en lo pisarse el bajo del costoso vestido.
De lejos, acabó por distinguir que Naruto e Iruka descendían de otro vehículo y se lo hizo ver a lady Kushina.
—No se ve mal vuestro lugarteniente.
—Casi ni le conozco —asintió la joven.
Ciertamente, Iruka era la antítesis del corsario que en tantas ocasiones se había batido junto a ella sobre la cubierta del Moon Sea, magnífico pese a todo en su indumentaria oscura. Le costaba digerir lo mucho que la vida de ambos había cambiado en tan solo unos días, por el mero hecho de haber acudido en ayuda de un barco, en este caso nada menos que de Su Graciosa Majestad.
Pero en cualquier caso era Naruto quien reclamaba su completa atención. No podía quitarle los ojos de encima: calzas grises, greguesco negro, jubón recamado de pequeñas perlas y capa oscura, elegantemente recogida sobre el hombro izquierdo, colgando de su cuello un pesado medallón de plata repujada. Si no hubiera estado ya enamorada de él, se hubiera enamorado en ese instante.
Creyó Hinata que se acercarían a ellas, pero no lo hicieron, así que la condesa la instó a entrar y penetraron en palacio. Y el sueño se hizo realidad para Hinata, atravesando galerías en las que hileras de guardias uniformados permanecían estáticos en sus puestos, a cada pocos metros.
Era imposible no extasiarse con la opulencia del mobiliario, cuadros, lámparas, alfombras y cortinajes. El salón al que finalmente accedieron, ocupado ya por un nutrido grupo de personas que aguardaban la presencia de la soberana, era grandioso, de ricos tapices, finos candelabros y techo artesonado de filigranas doradas. Le impresionó por el lujo y la fastuosidad que, aunque lo imaginó, superaba con creces la idea que ella se había figurado.
La sobresaltó darse cuenta de estar llamando la atención. Su entrada en el salón había despertado apagados murmullos entre los distintos corrillos. Ella creyó que era por la presencia de la condesa, al parecer huésped habitual del palacio, pero no, las miradas incidían en ella y se volatilizó su anhelo más ferviente de pasar desapercibida.
Previendo que hubiera de ser presentada a algunos de los invitados, distinguidas damas y garbosos caballeros que ocupaban el salón, lady Kushina la había instruido al respecto, haciendo que memorizara el lenguaje secreto con el que ambas se comunicarían, y aprendiera casi de carrerilla el distinto modo en que debería realizar los saludos: si le ponía la mano en medio de la espalda, saludaba a un duque; si el contacto era en el costado, estaría ante un marqués; en el codo, un conde; si la tocaba el brazo, solo tendría que inclinar un poco la cabeza porque estaría en presencia de un cortesano de menor rango.
Por fortuna, para su tranquilidad anímica, no hubo de poner en práctica ninguno de los saludos: la llegada de un nuevo personaje desvió la atención de todos.
—El actual preferido de la Reina —le susurró al oído la condesa.
Hinata suspiró aliviada; por mucho que lady Kushina la hubiera disciplinado, no se veía capaz de enfrentarse a los presentes ni salir airosa del trance.
De repente, sin saber cómo, se encontró sola. Iruka parecía haberse esfumado, la condesa se disculpó un segundo para atender a algunos conocidos, y a Naruto no le veía por ninguna parte. Retrocedió hasta quedar medio escondida entre los cortinones de un ventanal, como si atisbara el exterior. No demasiado lejos de ella, en un pequeño grupo, una voz aflautada de señora entretenía a sus acompañantes con un parloteo continuado, llegando hasta donde se encontraba retazos de la conversación.
—Apostaría que la mujer que está junto a Lord Woodward es su nueva amante —susurraba una dama—. Es una vergüenza que se atreva a traer a su entretenida a presencia de nuestra soberana.
Lady Kushina llegó a tiempo de escuchar el cáustico comentario. Su presencia y la mirada biliosa que dedicó a las tres mujeres que cuchicheaban hizo que se dispersasen, y después condujo a Hinata hasta el otro extremo del salón. Como si le hubiesen llamado con campanilla, el segundo de a bordo de la muchacha hizo acto de presencia.
—He de hablar con una amiga —le dijo la condesa, que dirigía su vista en dirección a una mujer a la entrada del salón—. Cuidad de Hinata. Y tú, criatura, haz oídos sordos a cuanto comentario puedas escuchar, la Corte es un nido de lenguas viperinas.
Se fue alejando con paso apresurado, sin perder un ápice de su elegancia innata y Hinata desvió sus ojos en derredor por si localizaba a Naruto. Echaba de menos su compañía. ¿Dónde diablo se había metido? ¿Cómo tenía la poca delicadeza de dejarla sola junto a Iruka, más perdido aún que ella, en un lugar donde sabía con certeza que no se manejaban con ninguna soltura?
No podía imaginarse lo cerca que estaba de él. Naruto se paseaba por la galería anexa al salón, inquieto y nervioso tras la seria advertencia que le había hecho Iruka mientras viajaban en el coche hasta allí.
—¿Cuándo vas a tener la decencia de decírselo, muchacho? ¿O vas a dejar que sea la propia Reina quien se lo descubra a Hinata? —Se lo había soltado a bocajarro, sin mirarle, como si estuviera muy interesado en las calles que se veían desde la ventanilla del vehículo.
—¿A qué se refiere, señor Umino?
—A vuestro engaño, que ya dura demasiado.
—No sé de qué me está hablando...
—¿De verdad no lo sabe... Lord Naruto? —Entonces sí lo miró de frente, con gesto adusto. Naruto se quedó de una pieza, sin argumentos, atrapado en la red que él mismo había tejido—. Puede que Hinata sea tan cándida que se crea todo lo que diga, pero no se confunda conmigo porque no soy como ella... milord. —Casi deletreó la palabra, como si la escupiera.
—Umino...
—Cuando se ofreció a ayudarla se me dispararon unas cuantas alarmas —le cortó—, entre otras causas, porque vuestra línea de acción y vuestros modales desde que pisaste la cubierta del Moon Sea no fueron las de un simple aventurero.
—Le aseguro que...
—Nada debe asegurarme a mí, es a ella a quien debe una explicación. Vos y vuestra madre, la condesa.
—¿Cómo se ha enterado?
—Un perro viejo siempre tiene sus fuentes.
Habría querido dar una excusa convincente a Umino, pero no era él quien debía recibirla, desde luego. Tampoco hubo lugar porque este, reprochando sus embustes con frialdad, dejó de prestarle atención.
Ahora venía lo difícil. Tenía que sincerarse del todo con Hinata y temía su reacción porque no había sabido ser honesto con ella desde el principio. Es verdad que la conoció haciendo un trabajo, pero también era cierto que había dispuesto de ocasiones e intimidad para haber llegado a este punto con los deberes hechos.
Ahora le iba a costar Dios y ayuda afrontarlo porque las cosas habían ido demasiado lejos, todo se había complicado más de lo previsto y estaba metido hasta las cejas en una ciénaga de la que no sabía cómo iba a salir. ¿Cómo iba a reaccionar ella? En circunstancias normales, como un basilisco, y, conociéndola, con razón. No debió nunca dar por sentado que, al saber ella quién era él en realidad, iba a caer en sus brazos. No, Hinata tenía una personalidad y unos principios y, para una mujer como ella, su sangre noble, su título y sus propiedades no eran el pasaporte para que se rindiera a él y aceptara ser desposada sin más.
Lo que estaba por encima de cualquier otra consideración es que la amaba más que a su vida. Y bajo esa premisa tenía que exponérselo, porque aquella noche se estaba jugando su felicidad y el futuro de ambos.
Regresó al salón con el objetivo definido de sincerarse desde la humildad y pedirle perdón a Hinata, a sabiendas que cualquier reproche se lo tendría merecido, dispuesto a lo que fuera, incluso arrodillarse ante ella y rogarle su absolución.
Apenas dio un par de pasos ya dentro del salón y un hombre se interpuso en su camino. No tuvo otro remedio que atenderle: era Sasuke Uchiha.
Hinata, le descubrió de inmediato, como si un sexto sentido le hiciera notar la presencia de Naruto, conversando con un caballero de un modo que se le antojó bastante amistoso o familiar, teniendo en cuenta que ese hombre le palmeaba la espalda. Quiso interrogar con la mirada a Umino, pero su contramaestre tenía también los ojos fijos en la pareja.
Lady Kushina tomó entre las suyas la mano que la dama le tendía. Era una mujer de estatura media, delgada como un junco, cuyos cabellos plateados, recogidos bajo la toca, no encajaban con su cutis terso, sin arrugas ni afeites. Erguida y de porte distinguido, se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata que le confería una pátina de elegancia, lejos de hacerle aparentar una persona de avanzada edad.
Hablaban ambas en actitud precavida, como si insinuaran en sus tonos y ademanes la privacidad de una conversación en el transcurso de la cual el rostro de la recién llegada se fue abriendo a distintos estados de ánimo, que solo sabía interpretar su interlocutora: extrañeza, asombro, alegría y después la angustia de la duda. Se volvió para mirar en la dirección que le indicaba su buena amiga y sus cansados, pero aún hermosos ojos perlas grises, no consiguieron distinguir con nitidez. Dijo algo a lady Kushina, se apoyó en su brazo y caminó con resolución hacia Hinata e Iruka Umino.
A medida que acortaban distancia, crecía su turbación. Temblaba la mano que se apoyaba en el bastón, se hacía más vacilante su paso y se demacraban sus mejillas.
También Hinata estaba mirando hacia la aristocrática mujer vestida de oscuro que, a pasitos cortos y raudos, se les aproximaba del brazo de la condesa. Los rasgos de la dama suscitaron en ella una corriente de afinidad sin causa aparente, por más que intuía que iba a tener que someterse a una presentación, y preparó su mejor sonrisa.
Para desconcierto suyo, sin embargo, no se produjo tal salutación. Lady Kushina y su acompañante se pararon frente a ella, y la respetable dama no dudó en observarla con detenimiento de arriba a abajo, fijando luego sus ojos perlas en el colgante que descansaba sobre el pecho de la muchacha para exigirle, a continuación, en un tono desabrido que la desorientó.
—Decidme vuestro nombre.
Cruzó Hinata una mirada azorada con la condesa. Sin saber muy bien cómo dirigirse a ella, puesto que desconocía su condición, optó por doblar ligeramente la rodilla al tiempo que respondía.
—Hinata Hyuga, milady.
—¿Y el nombre de vuestro padre?
—Mi padre era el capitán Hyuga, señora —repuso, un tanto contrariada por la rigurosa inflexión de su voz.
—Quiero decir su nombre auténtico, niña.
—Hiashi Hyuga. —Pero no fue Hinata quien contestó, sino Iruka Umino.
Hinata giró el cuello hacia él doblemente sorprendida, por ser Umino quien respondiera ¿Por qué él no parecía encontrarse turbado por tales preguntas de ámbito personal que requería la señora? ¿Y quién demonios era aquella antipática mujer, que ya no le caía tan bien?
La dama titubeó brevemente como si cediera a su peso e Iruka evitó que cayera, asistiéndola a tiempo.
Mientras tanto, Hinata era víctima de un estupor manifiesto. ¿Qué demonios estaba sucediendo que se le escapaba? ¿Por qué tantas preguntas, por qué Iruka había contestado con tanta facilidad, qué hacía que lady Kushina y la otra mujer no la quitaran ojo, entre aleladas y fascinadas?
A continuación, ya con voz trémula y más azorada, quiso saber aquella dama:—Decidme el nombre de vuestra madre.
—Hanna, señora.
Aquellas letras hicieron perder la poca entereza que le quedaba a la mujer. Sin dejar de mirarla, adelantó una mano para tocar su mejilla y la muchacha pudo comprobar, con infinito embarazo, cómo las lágrimas rodaban por sus mejillas.
A Hinata no le dieron tiempo para reaccionar: lady Kushina, tomándola por el codo, la condujo hacia la salida del salón, seguidas por un Iruka grave y estirado, ayudando a caminar a la dama.
Desde el lado opuesto del salón Naruto, aun hablando con Sasuke, fue testigo del encuentro, del intercambio de palabras y de lo precipitado de su retirada. Frunció el entrecejo, preguntándose también él qué estaba ocurriendo, aunque, por el modo en que Iruka guiaba a la Duquesa viuda de Õtsutsuki, quizá se trataba de un desmayo.
Se excusó con Sasuke y se fue tras ellos, que se internaban en una sala adyacente al salón en el que se aguardaba normalmente ser recibido por la Reina, evitando por poco que Iruka le cerrara en las narices. Dentro, su madre trataba de reconducir la situación, pero la duquesa lloraba y Hinata parecía confusa, sin saber muy bien a qué venían sus lágrimas ni cómo calmarla. El único que manifestaba una relativa calma, era Iruka, con quien cruzó una mirada cómplice.
—Dadas las circunstancias, se impone que Hinata tenga una audiencia privada con Su Majestad, ahora mismo. —Oyó que decía su madre.
Si la muchacha no entendía nada, Naruto no se quedaba atrás.
—¿Qué decís, madre? No veo motivo para tal cosa.
—Lo hay —intervino la Duquesa viuda con voz desfallecida—. Es imperativo que hable con nuestra soberana antes de que comience la fiesta.
—¿Puedo conocer la causa de tal apremio, Excelencia?
—Debe ser presentada ateniéndose a su origen, Naruto, no solo como la mujer que salvó su vida, sino como la mujer que es en realidad: Hinata Hyuga Õtsutsuki, mi bisnieta y mi única heredera.
Apoyó las botas sobre la mesa lacada y se sirvió otra copa más. Había perdido la cuenta de todo lo que había bebido tras dos días encerrado en aquella sala, apenas sin probar bocado, saliendo solo para gritarle a Lee que le trajera una botella más de brandy.
Estaba ebrio, sí.
¡Y qué!
Era preferible a mantenerse sereno, en cuyo caso veía con claridad meridiana que su vida se había ido a la mierda. Al menos las brumas del alcohol le arrastraban a una somnolencia que embotaba su desgracia. Después de que Hinata le dejara le importaba todo un bledo: su fortuna, su nombre, su título. Renunciaría a todo con tal de borrar de su mente el dolor que había visto en los ojos de la mujer a la que amaba más que a su vida.
Emborracharse era lo único que le daba algo de sosiego.
Se bebió la copa de un trago y estiró la mano para atrapar la botella de nuevo. La muy maldita estaba vacía, así que la estrelló contra la chimenea al tiempo que gritaba a voz en cuello.
—¡Lee!
Se levantó. Tambaleándose, apoyándose en los muebles, consiguió alcanzar la puerta y abrirla.
—¡Lee! —vociferó por segunda vez—. ¡Otra botella!
Unas manos pequeñas pero firmes lo empujaron hacia atrás, haciéndole retroceder a trompicones.
—Ni un sorbo más, Naruto.
La visión se le emborronaba, tuvo que entrecerrar los ojos para fijarlos en las facciones indignadas de su madre.
—Buenos días, condesa —quiso balbucir con una sorna propia de su estado, yendo a caer pesadamente sobre un sofá.
—¿Te has lamentado ya lo suficiente?
—¡No! Vete, madre, y déjame en paz.
Lady Kushina le hubiera cruzado la cara. Pero su corazón de madre penaba por él, la hería en lo más hondo que se hundiera en su desdicha, destrozado y arruinando su futuro. Todo ser humano tiene derecho a lamerse las heridas ante su desgracia, por eso le había consentido dos días de retiro, sin intervenir, sin acercarse a él, dejando que asimilara lo sucedido y dando tiempo a que pensara en la manera de arreglarlo.
Pero se acabó. Lee ya no pudo controlar las reacciones de su hijo y tuvo que acudir a ella, a pedirle ayuda. Entonces se dio cuenta de que no debió dejar tanto tiempo a solas a Naruto.
Ni siquiera tuvo en cuenta el desconsiderado rechazo de su hijo.
—Si todo lo que sabes hacer es estar ahí tumbado, compadeciéndote y bebiendo, es que eres más cobarde de lo que me has hecho creer hasta ahora. Levántate y ponle remedio porque en esta familia no se abandona, ni Inglaterra quiere que se pierda uno de sus hombres ni la Reina uno de sus mejores consejeros.
La reprimenda avivó el fuego que consumía a Naruto.
—Te ruego que me dejes, madre, quiero estar solo.
—¿Para seguir ahogando tu cobardía en alcohol? ¿Para continuar llorando como un crío?
—¿Por qué no? No tengo otra cosa mejor que hacer.
—Siempre hay una salida a los problemas, ¿qué es eso de darse por vencido? Solo los muy cretinos se dan a la bebida.
—¡Por los clavos de Cristo! —explotó—. Solo estoy pidiendo un poco de paz y silencio, madre. Necesito estar solo.
—Lo que necesitas es cumplir con tu obligación.
—¿Y cuál es? ¿Hacer como si nada hubiera pasado?
La Condesa de Konoha se armó de paciencia y se sentó a su lado. Acarició su mejilla, en la que la barba ya era notoria. Contrariamente a lo que esperaba, Naruto no la rechazó y aceptó el consuelo de su contacto.
—Hijo, estás actuando como un estúpido.
—Lo sé.
—Si estás decidido a recuperar a Hinata, ponte a ello, te ayudaré.
La sola mención de su nombre le sobrepasaba. Quiso reírse y ni siquiera pudo. Su madre siempre iba a estar ahí, y le agradecía su oferta de ayuda, pero ni con el apoyo de la Guardia Real podría solucionar su problema.
—Hinata me odia, madre.
—Claro. Y yo soy la querida de sir Jiraya, ¿qué te parece? —Bizqueó Naruto oyendo tamaña barbaridad en boca de su madre—. Óyeme bien, insensato: esa muchacha no te odia, hijo mío, más bien todo lo contrario.
Naruto volcó su cabeza en el regazo de su madre, como cuando era pequeño, evocando lo sucedido al saber Hinata —y de paso él— que era la bisnieta de la Duquesa de Õtsutsuki.
Fue una declaración sorpresiva e impactante que se expandió en la mente de todos los presentes, paralizados por la conmoción y trascendencia de la noticia. Pero no hubo tiempo material de asumir la primicia porque se imponía, sin solución de continuidad, una audiencia privada con la Reina ya mismo, inmediatamente antes de que la soberana se presentara ante su Corte; un hecho extraordinario e inusual que trastocaría el protocolo y necesitaría de la mediación de las personas de mayor confianza y más próximas a Tsunade I de Inglaterra. Por fortuna, tanto la dignidad de la duquesa como el predicamento de su propia madre pusieron en marcha la maquinaria de su autoridad para que fueran recibidos brevemente.
La duquesa expuso ante su Majestad hechos, nombres y fechas, facilitando información personal, confidencial y precisa a propósito de la oposición radical de los Õtsutsuki al amor declarado entre Hanna Õtsutsuki y Hiashi Hyuga, y la posterior y angustiosa desaparición de la hija de ambos tras la muerte de Hanna. Kaguya Õtsutsuki, única persona que la había apoyado, revolvió cielo y tierra en busca de la niña sin encontrar pista alguna para recuperarla. El tiempo acabó por hacerle pensar que pudiera haber muerto, pero incluso así no cejó en su empeño. Solo se dio por vencida años después, tras la desaparición de su hijo y su nuera, que perecieron en un accidente.
Tsunade permanecía impertérrita escuchando. Una vez finalizada la exposición de la duquesa, mantuvo un silencio expectante que interrumpió determinando que la joven sería presentada como le correspondía, de acuerdo a su rango y condición, a tenor de los nuevos hechos sometidos a su consideración y dictamen.
A continuación, dirigiéndose a Naruto, habló así:
—En cuanto a vos, Lord Naruto, agradecemos vuestra colaboración para desenmascarar y acabar con el traidor Ao y por habernos devuelto a la bisnieta de lady Kaguya sana y salva. Tened por seguro que recibiréis vuestra recompensa por habernos servido, como siempre, con riesgo de vuestra propia vida. Y no os preocupéis por habladurías de otro signo: de lo sucedido en alta mar, nadie abrirá la boca.
Esta proclamación, orgullo de cualquier súbdito de su Majestad, supuso el principio del fin de su relación con Hinata y de la amargura que ahora padecía.
Después de eso, Hinata no había cargado contra Iruka, que confesó estar al tanto del secreto de Hiashi Hyuga, manteniendo la clandestinidad del origen de la muchacha en juramento a la última voluntad de su capitán y amigo.
Acometió contra él, con quien se negó a cruzar palabra por más que lo intentó, interrumpido por la multitud de parabienes recibidos de cortesanos interesados, sobre todo, en tener noticia de primera mano sobre el pasado de la recién aparecida heredera del ducado de Õtsutsuki.
Hinata se había mantenido en un segundo plano, amparada por su bisabuela y por la condesa, manteniendo un mutismo total ante cualquier pregunta sobre sus años de ausencia. ¿Qué debía decirles en tales circunstancias y en su nueva condición? Desde luego, no que había sido criada en un barco y que, más tarde, había sido capitán de un grupo de aguerridos corsarios, peleando como uno más de ellos. Tampoco que, en consecuencia, robó e incluso mató, porque en las reglas de los mares del Caribe, o se mataba o se moría. No, de nada de eso podía hablar.
Afortunadamente para ella, Naruto acaparaba toda la atención, manejándose a la perfección entre aquella jauría de lobos que componían la corte de Tsunade, sacándose de la manga un convento en el norte de Escocia, de donde la había rescatado, cumpliendo órdenes de Su Gracia, la Duquesa viuda.
Incluso a ella le resultó creíble la nueva y piadosa vida que se inventó Naruto para evadirla de la verdad. Este era en realidad Naruto Uzumaki, el maldito e imprudente Conde de Konoha —¡cuánto le costaba pensar en él con esta personalidad!—: un hombre hábil, capaz de presentar al Príncipe de los Infiernos en la Corte y hacerles creer a todos que se trataba del Arcángel San Gabriel.
Pero Hinata, resentida como nunca antes lo estuviera, ni siquiera le correspondió con una simple mirada, retirándose en compañía de su bisabuela y de Iruka.
En consideración a la excepcionalidad de la ocasión, también él solicitó el beneplácito de la reina para ausentarse. Le fue concedido y fue tras ellas, urgido a hablar con Hinata cuanto antes. Consiguió alcanzarles subiendo ya a un carruaje en cuyo costado, como una burla del destino, lucía con toda su carga histórica el escudo del Ducado: una media luna. Recibió una respuesta tan fría que le heló la sangre.
—Mi bisabuela y yo tenemos mucho que contarnos, Lord Naruto —silabeó su título, lanzándoselo a la cara como un insulto—. Lamento tener que prescindir de vuestra compañía.
—Hinata, es importante que hablemos, necesito que me escuches.
—No quiero oír nada. Y espero, por vuestro bien, que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse.
Así comenzó la cuesta a los infiernos de un hombre cuya vida saltaba por los aires, que quiso cerrarse al mundo negándose a sí mismo una salida desde la que afrontar el remedio a los errores cometidos, de los que tan solo él era culpable.
—Naruto...
La voz de su madre le hizo volver al presente e incorporarse. Le dolía la cabeza, se sentía sucio de cuerpo y alma.
—Necesito una copa —dijo.
—No. Lo que necesitas es un baño de agua fría, un afeitado, tu mejor talante y tu caballo presto a partir a galope tendido hacia la mansión Õtsutsuki.
—Déjame a solas, madre. Por favor.
Lady Kushina se levantó y se fue retirando hacia la puerta. Antes de salir se volvió hacia él.
—Naruto Uzumaki, Conde de Konoha, bravo caballero y consejero de Tsunade I de Inglaterra —enumeró con cáustica mordacidad—, probablemente el único hombre capaz de conseguir, aparte de Jiraya, que la Soberana cambie de parecer. ¡Mírate, huyendo de ti mismo, muerto de miedo como un niño de pecho que rehúye enfrentarse a una muchacha! ¡Hijo mío, das lástima!
Él permaneció allí sentado, con la mirada perdida en el vacío, rumiando su soledad, rechinando en su cerebro el sarcasmo desabrido de su madre de cuya boca, hasta ahora, jamás había escuchado tanto reproche y tan contundente.
—¡Lee!
—No hace falta que grite, milord —contestó este, a un paso tras la puerta que dejó abierta su madre—, os oigo a la perfección.
—Que me preparen un baño. Pídele a la cocinera una de esas pócimas para despejarme del alcohol. Y manda ensillar mi caballo, tengo que salir.
Lee asintió y caminó presto a cumplir las instrucciones. Hasta el primer recodo de la galería. Allí, con semblante guasón, le esperaba la condesa con la palma de su mano extendida hacia él.
—Creo que me debes un penique. Te dije que le haría reaccionar, ¿verdad?
Se agitó el cuerpo de Lee por la risa, rebuscando en el bolsillo de su levita el importe reclamado.
—No sabéis con qué placer pierdo la apuesta, milady.
Lo que nadie podía imaginar era que, horas más tarde, cuando Naruto llegó a Õtsutsuki Hall, Hinata Hyuga había partido de Inglaterra.
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Continuará...
