Ala
Camino


Grace corrió a buscarlo con el mismo entusiasmo de siempre. Con Bali correteando a su alrededor, haciendo eco de su risa, parecía que no tenía una sola preocupación en el mundo. Que era, con toda franqueza, una visión maravillosa. Danny podía soportar vivir en esa isla mil vidas más si Grace y Bali siempre irradiaban esa aura de felicidad radiante.

Habían pasado apenas dos años desde el divorcio con Rachel, pero Danny no podía dejar de contar todos los cambios a los que habían sometido a su preciosa hija en ese tiempo. El divorcio primero, el nuevo matrimonio de su mamá, la separación de la familia debido a la mudanza, la muerte de su mascota... Todo había ocurrido en esos pocos años, en ese lapso finito de tiempo. Grace había dejado todo lo que conocía, no solo a su papá, sino a toda su familia en el continente y había llegado a Hawái conociendo solo a Stan, su mamá y sus daimonions.

—¿Estás lista para ir a la escuela, monito?

—¡Sí!

Danny sabía que estaba ansiosa por contarles a sus amigas la aventura que había tenido el fin de semana y, aunque no lo admitiría ante nadie más que Vach, le alegraba un poco ser por fin la causa de algo que su hija quisiera presumir. No era que Grace no disfrutara los días con él, Danny lo sabía, lo sentía, pero también era verdad que no podía darle los lujos a los que se estaba acostumbrando. Danny era un policía, su sueldo apenas le dejaba espacio para vivir en la isla y mantener sus propios gastos. No podía llevarla todos los días a hoteles cinco estrellas, no podía comprarle muchos regalos para llenar su habitación… No podía hacer mucho por ella sin quedar eclipsado. Rachel y Stanley le daban todo lo que estaba a su alcance, materialmente hablando al menos. Grace tenía con ellos todo lo que él no habría podido darle.

Lo único que lo consolaba era que Grace siempre corriera a sus brazos cuando iba a buscarla. Lo llamaba seguido también, pidiéndole que le contase alguna historia. Que le hablase de su día. Le pedía ayuda con sus tareas... Hacían cosas que habían hecho juntos siempre.

Stan no lo estaba reemplazando.

—Le dije a Mimi que fuimos a nadar con los delfines. Dijo que les iba a pedir a sus papás que la llevaran —Grace se rio.

Tanto como odiaba admitirlo, ver nadar a los delfines había sido su cosa favorita de todo el fin de semana por el puro deleite que brilló en la cara de Grace.

No era como si se lo tuviera que decir a McGarrett. Porque Danny no habría podido llevar a su Monito a ese hotel con su sueldo.

Ya le había dado las gracias.

McGarrett era su compañero ahora, eso sí. Podía pagarle siendo el mejor compañero que pudiera.

Una de las razones por las que había ido a ver a Steve el día anterior mientras Grace visitaba a su amiga Mimi había sido, en parte, su forma de agradecimiento. No muchas personas harían por Danny lo que él hizo. La otra parte, una gran parte, era que no olvidaba que Steve McGarrett estaba de duelo. Y que estaba solo. Su hermana estaba en la isla pero él no la había visto junto a su hermano más que un par de veces y parecía que lo único que Steve tenía era su casa... La casa en la que su padre había sido asesinado. Y otra parte, no muy pequeña, era simpatía. Danny sabía lo que era estar solo, física y emocionalmente, en medio del dolor. McGarrett parecía el tipo de persona que no dejaba entrar a nadie. Y Danny no era muy distinto.

—Me recuerda a Grace, ¿sabes? —le había dicho Vach, repentina. Súbitamente.

Danny se congeló.

No estaban hablando de su hija.

Vach y él no necesitaban palabras. No realmente. Más de una vez, más de mil veces, Vach elegía silencio. Vach se había quedado en silencio, contemplando sus decisiones, contemplando las ideas de Danny y sus errores, sus aciertos, y, aún así, no había dicho nada. Él siempre entendido que Vach respetaba sus decisiones, incluso sin estar de acuerdo en todas. Porque ellos no necesitaban palabras.

—¿Steve te recuerda a Grace? —dudó, incrédulo. Herido. Ofendido. Ellos nunca hablaban de Grace. Jamás hablaron de ella con nadie más y nunca, nunca traían su recuerdo a la vida presente—. ¿Steven McGarrett?

Vach no dijo más. Sus ojos se quedaron sobre Danny, suaves y tranquilos y tan llenos de dolor. Tuvo la tentación de tomarla en sus brazos y decirle que estaría bien. Que todo estaría bien.

Pero sabía que era mentira.

Y Vach había comparado a Steve con Grace.

—¿Danno? —Su Grace, su niña maravillosa, su monito, le llamó la atención. Se había quedado frente al auto, con Bali enroscado alrededor de su cuello, y lo miraba fijamente—. Vamos a llegar tarde.

—Tienes razón, Monito —dijo Danny—. Tengo que ir a devolver el auto y a buscar el otro. Vas a tener que ir en el autobús.

La cara de Grace cayó por un momento. —¿No vas a ir que buscarme hoy tampoco?

Llevarla a la escuela e ir a buscarla eran de las pocas cosas que Danny podía hacer sin ninguna demanda exagerada de Rachel. Ella rara vez estaba en la casa por la mañana, Stan y ella absorbidos por sus trabajos, por lo que a Grace siempre la llevaban a la escuela alguno de los choferes de la familia. Eran apenas unos minutos. Eran unos pocos y preciosos minutos pero eran parte de su tiempo con Grace.

—Iré a buscarte —le dijo, firme. Grace le sonrió ampliamente—. Ahora, sube. O sí que llegaremos tarde. Tú a la escuela y yo al nuevo trabajo. No queremos eso.

—Ayer también me divertí en casa de Mimi —le dijo Grace. Rachel había arreglado el fin de semana de tal forma que Danny solo habría tenido el sábado para su hija, pero los arreglos que Steve había hecho, curiosamente, habían servido para aprovechar dos días.

—Me alegro que lo hayas hecho, cariño —le dijo.

Ver esa sonrisa brillante en la cara de Grace era increíble. Era maravilloso. Hizo que plantar una sonrisa en su cara fuese aún más sencillo.

Grace también era sumamente lista y perceptiva. —Voy a conocer algún día a tu nuevo compañero, ¿verdad? ¿A todos los que estuvieron trabajando contigo? ¿Y tu oficina nueva?

—Sí, sí por supuesto —Vach se pasó a sentarse en el asiento junto a Grace y Bali, serena y tranquila y tan distinta a él que Danny a veces no tenía palabras para describirla. Sus palabras quedaron colgando en la mente de Danny—. Estoy seguro que Chin y Kono te agradaran... Pero quiero decirte algo, monito, McGarrett está loco.

Grace ladeó la cabeza. —¿Loco?

—Muy, muy loco. ¿Quieres que te cuente todo lo que ha hecho desde que lo conocí?

No tenía ninguna duda que tenían tiempos difíciles por delante. Tenían que resolver las preguntas que habían quedado pendientes del caso de McGarrett —Danny no se olvidaba de la caja de herramientas que Steve quería llevarse de su garaje, la caja de herramientas que aún no había podido examinar y que parecía increíblemente valiosa para McGarrett—. Tenían que encontrar al infiltrado en la policía, que ya era una tarea que sabía titánica, una que le recordaba otros tiempos y que sabía que tendría consecuencias. Y, al mismo tiempo, tenía que hacer que esa isla fuese el mejor lugar para que Grace pudiera crecer.

Era un camino difícil e incierto pero, por primera vez desde que había llegado a Hawái ya no se sentía tan perdido. Finalmente había encontrado un camino. Solo tenía que seguir adelante.